10. LA MADRIGUERA

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Todos los personajes pertenecen a J.K Rowling.

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Si la montaña está cerrada, hay que rodearla...

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Los días pasaban rápidamente en Second Choice, y sus seis habitantes estaban muy ocupados en distintas tareas y ocupaciones.

Severus y los merodeadores se habían reunido con sus antiguos compañeros de la Orden, y habían decidido a ganar simpatizantes entre los distintos seres mágicos.

Narcisa estaba muy centrada en su plan de obtener la custodia de Blaise, y por eso llevaba días viéndose con la señora Zabini, camelándose poco a poco a la fría y hueca mujer, para convencerla de que le cediese la tenencia de su hijo.

Y Harry y Draco también estaban muy ocupados... Jugaban al quidditch cuando les apetecía, llenaban sus estómagos cada dos horas, y vagueaban el resto del día... Ambos habían terminado las tareas puestas por sus maestros, y eso les había dejado el resto del verano libre.

Dos semanas después de la llegada de Narcisa y Draco a Second Choice, una lechuza llegó una cálida mañana, para causar un gran revuelo y alguna que otra rabieta.

Ron Weasley había enviado a Errol, la vieja y cansada lechuza de la familia Weasley, para invitar a los habitantes más jóvenes de la casa, a un fin de semana en La Madriguera.

Draco se quedó mudo de la sorpresa, pero no fue ese el caso de Harry, al que parecía haber poseído algún espíritu nervioso y con verborragia .

- ¿Podemos ir? — preguntó el ojiverde, pronunciando por primera vez, una de las dos frases más escuchadas a lo largo de ese día, y citando a continuación la otra — ¡Porfi! Di que si...

- Ya veremos... — respondió, con evasivas, Sirius.

- ¿Eso que quiere decir? — volvió a preguntar el azabache, sin entender porque su padrino dudaba tanto.

- Que hablaremos de ello más tarde... — contestó el animago, con un suspiro cansado, sabiendo que su cachorro no se daría por vencido fácilmente.

- Pero... — insistió, con terquedad, el niño — ¿Qué es lo que hay que hablar?

- ¿Por qué no vais a ver que tal va mi huerto? — sugirió Severus, evitando estrangular, a su tenaz sobrinito.

- Lo miramos antes de comer... —replicó el ojiverde, rodando los ojos con impaciencia — No creo que haya cambiado mucho...

- Creo que quieren quedarse solos... — murmulló Draco, empezando a recuperar el habla.

- ¿Queréis que nos vayamos? — preguntó el leoncito, con tono dramático, y mirándolos con cara de perro apaleado.

- Harry James Potter... —lo riñó Remus, con tono severo, al ver como los otros dos ya habían caído en las redes, del pequeño manipulador que tenía por sobrino.

- Vamos Dragón... —dijo rápidamente el azabache, agarrando a su primo del brazo, y buscando una excusa para perder de vista, cuanto antes, la mirada inquisidora de su tío — Quiero enseñarte algo...

Harry y Draco se sentaron bajo un árbol, y allí resguardados del sol, el Slytherin se sinceró con el león.

- Me ha sorprendido mucho que Ron me haya invitado a mí también... A lo mejor lo ha obligado su madre... La señora Weasley es muy buena...

- Ron también es bueno... Y para nada rencoroso... — replicó el ojiverde, entendiendo muy bien sus dudas — Por eso ha olvidado T-O-D-O...

- ¿Lo dices en serio? — preguntó el rubio, con muchos interrogantes en su cabeza.

- ¡Claro que sí! Todos te aceptan... — aseguró Harry, como si fuera lo más obvio del mundo — Ya escuchaste a los gemelos la última vez...

- Fueron muy amables... — estuvo de acuerdo la pequeña serpiente.

- Fred y George solo son amables con quién les cae bien... — le recordó Harry, pasando el brazo por lo hombros de su primo, y mirándolo con una sonrisa complice.

Mientras los niños hablaban de sus cosas, los adultos discutían las ventajas y desventajas de darle permiso a los menores.

- No creo que sea una buena idea... — negó Narcisa muy preocupada, al ver las dudas de su primo, sabía que él no le negaría nada a su ahijado si no fuera un buen motivo, y en este casa, sólo podía haber uno: la seguridad— Lucius podría...— añadió sin terminar la frase, pero su gesto de pánico lo decía todo, y es que la bruja temía por la seguridad de su hijo, y también por la de ese pequeño ojiverde, que le había robado el corazón, en ese corto espacio de tiempo que habían compartido, desde que se habían conocido.

- Draco no correría peligro en la Madriguera... — aseguró Severus, rodando los ojos, por la paranoias de los primos Black — Ni Harry tampoco...

- Estamos hablando de mi cachorro... — discutió el ojigris, mirando al pocionista, con una sonrisa terca — Siempre corre peligro...

- Sirius tiene razón... — estuvo de acuerdo la rubia, buscando una pluma y un pergamino, en uno de los cajones del escritorio — Escribiré a Molly...

- ¡Quieta! — la detuvo el ojinegro, tomando aire para calmarse, él tampoco tenía ganas de separarse de los mocosos, pero esas dos mamágallinas lo estaban sacando de quicio.

- ¿Qué pasa? — preguntó Cissy, mirándolo con reproche, por el susto que le había dado con el grito.

- ¿Esto es lo que queréis? — bufó Severus, cruzandose de brazos, para mirarlos con gesto de fastidio —¿Qué los chicos crezcan con miedo?

- Estoy de acuerdo contigo — intervino Lupin, poniéndose al lado del pocionista, e imitando su postura — Quizás deberíais pensarlo un poco más...

El resto de ese día fue muy complicado para los dos adultos Black, dos niños los persiguieron con su incansable cantinela de: "¿Podemos ir?" y "Porfi, di que si...", sin darles un sólo instante de tregua...

Y al final, aunque fuera a regañadientes, ambos tuvieron que ceder y permitir que los menores aceptaran la invitación de su amigo, logrando así que la paz volviese a Second Choice.

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Al día siguiente Harry y Draco se levantaron muy temprano, ansiosos por partir a la casa de su amigo, pero lamentablemente los adultos dormían aún.

Sintiéndose positivos, decidieron emplear ese tiempo en preparar el desayuno para todos.

Harry estaba acostumbrado a hacerlo, y Draco estaba dispuesto a ayudarlo en todo, los dos querían agradecer a los adultos todo el cariño y contención que les daban.

Severus y Narcisa fueron los más madrugadores, y los merodeadores no se hicieron esperar mucho más. Todos quedaron impresionados por el espectacular desayuno preparado por los niños.

Tras llenar sus estómagos, Harry y Draco saltaron de sus sillas, ansiosos por marcharse.

Tras las dramáticas despedidas de Sirius y Narcisa, los consejos de Remus y las amenazas de Severus, los chicos se dirigieron a la chimenea, cada uno con un puñado de polvos flu, y desaparecieron rumbo a la Madriguera.

Molly fue la encargada de recibirlos, y después de abrazarlos y besarlos, les dio un trozo de pastel de chocolate y los envió al jardín.

Allí estaban Ron y los gemelos, aunque no supieron muy bien que hacían los hermanos Weasley.

Ron y George parecían estar lanzando piedras, y Fred, tenía algo entre su dedo pulgar y el índice, y ese algo se movía.

- ¡HARRY! ¡Por fin habéis llegado! — aulló Ron, corriendo a abrazar a su mejor amigo, para intercambiar después un cariñoso puñetazo en el hombro, con el platinado.

- Yo también me alegro de verte, amigo... Hola a chicos — saludó el ojiverde a los gemelos, feliz de volver a ver a los traviesos adolescentes.

- ¡Hola hermanito! ¡Draco nos alegra que hayas venido! — exclamó George, con su habitual buen humor.

- Ya verás como no te vas a aburrir... — le aseguró Fred, mirando con sonrisa maligna, a "eso" que sostenía entre sus dedos.

- Creo que con vosotros eso es imposible... — replicó, con una carcajada, Draco.

- ¿Qué hacíais? — interrogó Harry, incapaz de aguantar por más tiempo, la curiosidad de saber que tenía oculto Fred.

- ¡Ah! Mamá nos has castigado... — explicó Ron, con un bufido de fastidio — Tenemos que desnogmizar el jardín...

- ¿Existen los gnomos? — preguntó el pequeño Potter, con los ojos abiertos como platos.

- ¡Pues claro! — respondieron todos a la vez, como si fuese lo más natural del mundo, y claro, para ellos lo era.

- Esto es un gnomo... — dijo Fred, acercándose a él, para mostrarle algo muy parecido a una patata con piernas.

- No se parecen nada a los muggles... — sonrió divertido, el ojiverde, mirando fascinado a la criatura mágica — Pero al menos estos son reales...

- ¿Qué os parece La Madriguera? — cambió de tema, George, mirando con orgullo a su hogar.

- ¡Es magnífica! — exclamó el buscador de Gryffindor, con admiración, el original edificio de varias plantas y chimeneas.

- Coincido con mi primo... — intervino Draco, todavía un poco fuera de lugar, pero feliz de estar allí.

- No es tan elegante como Malfoy Manor... — afirmó Ron, con tono avergonzado.

- Esa ya no es mi casa... — replicó el rubio, antes de rodar sus ojos, y poner cara de asco — Además en esa casa sólo había estúpidos pavos reales albinos... Pero la vuestra tiene gnomos... Eso si que es guay...

- Y un ghoul muy mono... — añadió George, fingiendo cara de enamorado.

- ¿En serio? ¿Dónde? — interrogó, muy interesado, Dragón.

- En el ático... — respondió Fred, con una sonrisa calculadora, que auguraba una broma.

- Justo encima de mi cuarto... — añadió Ron, encogiéndose de hombros con desinterés, para él no tenia nada de interesante un estúpido e inútil ghoul — Luego te lo enseño...

- ¿Puedo ayudar a desnogmizar? — preguntó el ojiverde, deseoso de ver más gnomos.

- ¿Y yo? — se apuntó, rápidamente, el platinado.

- ¡Claro! Así acabaremos antes y podremos jugar un partido de quidditch antes de comer... — asintió Ron, llevándose a sus amigos del brazo, para acabar cuanto antes con el castigo.

- A Ronnie le ha salido cerebro... — lo picó George, al que le encantaba tomar el pelo a su hermano pequeño.

- ¡Idiota! — lo insultó el pequeño pelirrojo, dándole una colleja.

Una vez que dejaron el jardín libre de gnomos, los chicos se enfrascaron en un competitivo y frenético partido de quidditch, donde pese a las locuras de los gemelos, nadie se cayó de la escoba, ni sufrió accidente alguno.

Molly los llamó para comer y todos aterrizaron ansiosos por devorar los deliciosos guisos de la excelente cocinera.

Y eso fue algo que, Harry y Draco, convirtieron en una costumbre, durante esos dos días; cada vez que la pelirroja los llamaba, dejaban lo que estuvieran haciendo, sin importar el qué, y corrían raudos y veloces a llenar sus barriguitas.

Después de saludar a Percy y al señor Weasley, que se había tomado un descanso en su jornada laboral para comer con su familia, todos se sentaron a la mesa y empezaron a degustar.

- ¿Qué haréis por la tarde? — se interesó Arthur, mirando a los chicos, mientras cortaba su filete.

- Podemos ir al bosque de... — se le ocurrió a Fred.

- No creo que sea seguro... — lo interrumpió Molly, quién había prometido a Sirius y Narcisa, que protegería a sus pequeños — Es mejor que os quedéis aquí...

- Pero mamá... — protestó Ron.

- ¿Por qué no construis un trineo? — les propuso el señor Weasley, antes de que se amotinaran.

- ¿Para qué? No creo que vaya a nevar... — replicó George, con gesto de enfado.

- No necesitáis nieve para deslizaros por la colina... La hierba también vale... — sonrió divertido Arthur.

- ¡ESA ES UNA GRAN IDEA! — chillaron emocionadisimos los gemelos, respaldados por los entusiastas gestos de asentimiento del resto.

- Antes debéis prometerme que tendréis cuidado... — exigió la pelirroja, mirándolos a cada uno con gesto grave.

- Sí, tía Molly... — prometieron, obedientes, Draco y Harry.

- Si mamá... — respondieron, de manera mecánica, los gemelos y Ron.

- ¿Nos ayudarás? — preguntó Fred a Percy, que se había mantenido al margen hasta el momento.

- ¿Yo? — preguntó el responsable Gryffindor, con gesto confundido.

- ¡Claro! ¡Necesitamos tu inteligencia! — respondió George, dándole una palmadita en la espalda.

- Creo que tengo un diseño arriba que puede funcionar... — murmulló Percy, nervioso y emocionado, cambiando su gesto serio por una sonrisa ilusionada.

- ¿En serio? ¡Hermanito no dejas de sorprendernos! — exclamó Fred, con evidente orgullo en su voz.

- Ahora vengo... — sonrió halagado el miope pelirrojo, antes de subir corriendo las escaleras.

Percy no tardó en volver, con un pergamino enrollado bajo su brazo, y todos salieron al jardín, ilusionados con su proyecto.

Pasaron toda la tarde muy entretenidos, creando algo con sus propias manos, y por supuesto no faltaron las risas, las bromas y las pullas.

Estaban a punto de probarlo, cuando el señor Weasley, que acababa de regresar del Ministerio, fue a buscarlos, tras felicitarlos por su magnifico trabajo construyendo el trineo, los envió a asearse, ya que su mujer estaba a punto de servir la cena.

La cena empezó muy animada, haciendo planes para estrenar su flamante trineo, y recibiendo orgullosas felicitaciones por parte de Arthur y Molly; pero fue decayendo por el cansancio del largo e intenso día, y las risas fueron sustituidas por contagiosos bostezos.

La pelirroja viendo el panorama, los mandó a la cama, despidiéndolos con un maternal beso de buenas noches, que dejo un agradable calorcito en Harry y Draco, todavía muy poco acostumbrados a las muestras de cariño.

Aunque estaban agotados; los más pequeños de la casa, que dormían en el cuarto de Ron, tuvieron una última conversación antes de dormir, una que puso al día al pelirrojo sobre la existencia de la Orden del Fénix y todo lo que los tutores del ojiverde, habían hablado la noche anterior.

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Harry había pensado, antes de dormirse, que no se despertaría en horas, pero se equivocaba...

Alguien lo despertó antes de que el reloj diese las siete, y ese alguien no fue otra que una lechuza blanca, su lechuza y primera amiga.

Hedwig lo saludó, picoteando sus orejas con cariño, antes de mostrarle su pata, revelándole que no venía con las patas vacías.

Las manos del ojiverde empezaron a temblar, lo que complicó mucho su tarea de liberar una nota atada fuertemente a la extremidad del ave.

Cuando por fin consiguió su botín, la desdobló rápidamente para encontrarse con lo que más deseaba ver en el mundo, la letra de su pelirrojo.

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¡Hola pequeñajo!

Jamas podrías decepcionarme... Puede que me cueste entenderlo, pero me alegra que puedas perdonarlo, porque eso hará que viajes más ligero...

Yo también te echo de menos... Los dragones ya no pueden competir con volver a Hogwarts...

Espero que me ayudes a preparar mis clases antes del inicio de curso... Ya sé que no tendrás clase conmigo hasta tercero, pero me vendría muy bien tu ayuda...

Pronto será tu cumpleaños, y aunque yo no pueda estar ahí físicamente, quiero que sepas que mi corazón y mi alma si lo estarán, porque como ya sabes son tuyos...

Disfruta de las vacaciones, pequeñajo, te prometo que pronto estaré ahí para disfrutarlas contigo...

Te quiere y extraña:

Charlie

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Tras leer la misiva de Charlie, el azabache decidió esperar un par de días para contestarle, ya que Hedwig debía descansar del largo viaje.

Además si le contestaba ahora, seguramente le escribiría alguna cursilería estúpida, estaba demasiado sensible con la carta de su pelirrojo, tanto que podría cometer la imprudencia de decirle lo mucho que le dolía su ausencia, o lo mucho que extrañaba sus abrazos.

Escuchó ruido en la cocina y supuso que la señora Weasley ya había empezado su día, así que allí se encaminó, para ayudar a la pelirroja en sus tareas mañaneras.

Y no se arrepintió de su decisión, ya que Molly lo obsequió con un increíble y completo desayuno, además de contarle historias sobre la familia Prewett; sus padres, sus hermanos muertos durante la guerra, y también le habló de su insoportable y cruel tía Muriel.

Un par de horas más tarde la mesa estaba llena de chicos deseosos de probar su trineo.

En cuanto terminaron de desayunar, todos menos Percy y los señores Weasley se levantaron, ansiosos por salir.

- ¿A qué esperas Pers? — preguntó Fred, al ver que su hermano no se había movido.

- ¿Queréis que yo vaya? — dudó Percy, con gesto de confusión, y sin entender nada, a él nunca lo buscaban para divertirse.

- ¿Hace falta que lo preguntes? — le replicó George, agarrando su brazo, y arrastrándolo fuera de la cocina

- Cuida de ellos, cariño... — fue lo último que escuchó el mayor, antes de ser secuestrado por sus hermanos menores.

Y por fin, todos los guardianes que habitaban ese momento en la Madriguera, salieron al jardín a disfrutar de la tarde.

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Cargaron con el trineo hasta lo alto de la colina, y uno a uno, se deslizaron por la ladera, sintiendo el aire en sus casas, gritando jubilosos, y sintiéndose heroicos en su pequeño mundo.

Estuvieron muy entretenidos hasta media mañana, momento en el que los gemelos notaron un detalle importante.

- ¿Te has fijado en ese lado de la colina? — preguntó George, señalando a la ladera contraria a la que habían estado usando.

- ¿Crees que? — interrogó Fred, adivinando por donde iban los pensamientos del otro.

- La única manera de saberlo... — respondió Feorge, cómo si fuera lo más normal del mundo.

- Es probando... — terminó por él, su gemelo, mirándolo con ojitos brillantes — Me apunto...

- ¿De qué habláis vosotros dos? — se metió en la conversación Percy, que sabía que cuando esos dos murmuraban, aparecía el caos.

- Estábamos debatiendo... — respondió, evasivo, Gred.

- ¿Ah si? — se interesó el mayor, sin dejarse engatusar —¿Y cuál es el tema?

- Fred cree que ese ladera tiene más pendiente que esta... — respondió George, con alegría, antes de poner una mueca pensativa — Pero yo no estoy muy seguro...

- Pues tiene razón... — discutió su hermano mayor, quién se había puesto en la mitad del suelo plano, y observaba ambas laderas.

- ¡Lo sabía! No puedes discutir algo así con Percy... — aulló Fred, mirando burlón a su gemelo.

- Sigo sin estar seguro... Y sólo hay una manera de saberlo... — insistió George, quién no estaba dispuesto a perderse la diversión.

- No lo harás... — negó, con tono firme, el prefecto — Le prometí a mamá que cuidaría de vosotros...

- ¿A la de tres? — preguntó Ron, a sus amigos, con una sonrisa traviesa, que recordaba mucho a los gemelos.

- ¿Quién cuenta? — dijo Draco, apuntándose de inmediato a la aventura, y mirando de reojo como los otros tres Weasley seguían discutiendo, a solo unos metros de ellos.

- Y luego soy yo el de las ideas... — negó con la cabeza, Harry, fingiendo que no se moría de ganas de hacerlo.

- No tienes por que hacerlo... — lo picó su mejor amigo, con una sonrisa "demasiado" comprensiva.

- Claro que no... — añadió Draco, mirándolo con un gesto, que también pretendía comprensión.

- Uno, dos... ¡Tres! — contó el ojiverde, antes de salir corriendo, para dar rienda suelta a su locura.

- ¡Eh! ¡Traidores! — gritó Fred, al ver correr a los tres menores, hacia el trineo.

- ¡Nos han robado la idea! — se indignó George, viendo como los niños corrían en dirección a la colina, por la que ellos habían querido deslizarse.

- Se van a matar... — lloriqueó Percy, corriendo hacia los chiquillos, y viendo como desaparecían ante sus ojos al deslizarse por la pendiente — Mamá me va a matar...

- No seas tan melodramático Pers... Estarán bien... — lo animó George, mientras se acercaban al punto donde habían visto desaparecer a los más pequeños de la casa.

- Sí, mira... — indico Fred, que ya había llegado, y miraba como el trineo se deslizaba limpiamente, con un pequeño y elegante zigzagueo — Van muy bien...

Los tres niños habían conseguido llegar sanos y salvos a través de la complicada pendiente de la ladera, pero estaban teniendo ciertos problemillas para detener su invento.

Consiguieron parar el trineo, justo antes de llegar a un estanque, gracias a un pequeño derrape, volcaron el vehículo y rodaron por la hierba.

Cuando se levantaron, se miraron entre sí y estallaron en carcajadas; pero dejaron de reír al instante, cuando una fresca y ligera risa se les unió.

Miraron al frente y allí, en el estanque, había una pequeña niña rubia y enormes ojos azules, que los miraba con una sonrisa radiante, los tres niños la miraron espectantes, sin saber si era una presencia real o un espíritu, al final Harry, muerto de la curiosidad, fue el primero en romper el silencio que se había creado.

- Hola... — saludó el azabache, sonriéndole a la niña, ya que aunque fuera un fantasma, le gustaba ser amable.

- Hola... Vuestro juego es muy divertido... — parloteó la ojiazul, mirando a los tres niños con detenimiento, y fijando despues su vista en Harry.

- ¿Qué haces aquí? — interrogó Ron, que nunca había visto a la niña por allí.

- Estoy pescando — respondió, la pequeña rubia, señalando al estanque.

- ¿Vives cerca? — preguntó Draco, mirando con desconfianza a la rubia.

- Sí, allí... — asintió la platinada, señalando a su izquierda.

- Él es Ron... — presentó Harry a su mejor amigo, con una sonrisa amistosa, y mirando a la rubia con ternura — Vive en la casa que está al otro lado de la colina...

- Esa casa es muy bonita... — alabó la pequeña, sonriendo al pelirrojo, para volver a mirar fijamente al ojiverde.

- Hmmm... — titubeó Ronald, mirando confuso a la rubia — Gracias...

- ¡Están aquí! — se escuchó antes de que los tres Weasley faltantes, hicieron una atropellada entrada en escena.

- ¡Por fin! ¿Estáis bien? — preguntó Percy, revisando que los tres menores, estuvieran en perfectas condiciones — ¿Os habéis hecho daño?

- Estamos bien... No seas pesado... — farfulló Ron, alejándose de su hermano mayor.

- Sentimos haberte preocupado, Percy... — se disculpó Harry, muy avergonzado, al ver la preocupación del pelirrojo.

- Puede que tú si, pero no creo que ellos lo sientan... — replicó el prefecto, abrazando al ojiverde, y mirando con desaprobación a los otros dos, que enrojecieron al instante.

- Tienes mucha razón... Eres muy observador... — intervino la niña, que había permanecido callada hasta el momento, pero no había perdido detalle de nada.

- ¿Y tú eres? — interrogó Percy, que en su preocupación por los tres menores, no había reparado en la presencia de la pequeña invitada.

- Luna Lovegood... Vivo allí... — se presentó la platinada, apartando su mirada brevemente de un árbol, que parecía haber llamado su atención de alguna manera obsesiva.

- Hola, yo soy Percival Weasl... — se adelantó el prefecto, extendiendo su mano hacia la niña.

- No hace falta que te comportes como un pomposo culogordo... — lo interrumpió uno de los espontáneos gemelos — Yo soy Fred...

- ¡Eh! Ese soy yo... — protestó un pelirrojo idéntico a él.

- No Feorge... Yo soy Gred... — discutió uno de los clones, sin perder su sonrisa.

- No les hagas caso... Son un par de bromistas... — la saco de la absurda disputa —Yo soy Harry P...

- Potter... — lo interrumpió Luna.

- ¿Cómo lo sabes? — interrogó Draco, volviendo a mirar a la rubia, con un gesto de desconfianza.

- Porque me gusta observar... — respondió, con una enorme sonrisa, la ojiazul.

- Si, bueno... — intervino Ron, mirándola raro, antes de mirar hacia su derecha en busca de algo — ¿Habéis escuchado eso?

- ¿El qué? — preguntó Percy, que no había oído nada.

- ¡Eso! — señaló el platinado a unos arbustos que empezaron a moverse sospechosamente.

- ¡Por fin os encuentro mocosos! — dijo alguien atravesando los arbustos, y apareciendo ante ellos.

- ¡BILL! — aullaron Harry y Draco, corriendo a abrazarlo.

- Aprende de ellos bebé... — le reprochó el pelilargo al más pequeño de sus hermanos, mientras estrechaba en su pecho, a sus otros dos "hermanitos" — Ellos si saben saludar...

- Bueno... Ahora ya los tienes a ellos... — siseo Ron, cruzandose de brazos y frunciendo el ceño — No me necesitas...

- ¡Mi bebé está celoso! — rió el rompedor de maldiciones, levantando en un abrazo a su hermano menor del suelo.

- ¡NO ES CIERTO! — negó con gesto de indignación el hábil ajedrecista.

- Mamá me manda a llamaros... — lo ignoró el primogénito de los Weasley— Es la hora de comer...

- Ella es Luna Lovegood... — presentó el ojiverde a su nueva amiga.

- Hola Luna, yo soy Bill Weasley... — se presentó el trabajador de Gringgots, extendiendo su mano, y sonriendo a la delicada y angelical niña.

- Eres muy guapo... Pareces un príncipe... — afirmó la niña, mirándolo con sus grandes ojos azules, y dedicándole una dulce sonrisa.

- ¡Vaya! Gracias... — se sonrojó Bill, que pese a estar muy acostumbrado a los piropos, nunca le habían dedicado uno tan sincero.

- Ha sido un placer conocerte, Luna... — se despidió el buscador de Gryffindor, dándole un breve abrazo a la pequeña.

- Eres muy simpático Harry Potter... —se despidió Luna, mirándolo con fascinación, antes de dirigirse al resto— Todos los sois... A lo mejor queréis venir a tomar el té...

- Claro, estaremos encantados... — aceptó de inmediato, el ojiverde, que por nada del mundo quería hacer sentir mal a Lunita.

- ¿A qué hora? — preguntó George, aceptando también la invitación.

- A las cinco es la mejor hora... — informó la niña, con gesto pensativo — Los sallitoc duermen a esa hora...

- ¿Los qué? — se atragantó Percy, que nunca había escuchado hablar de tal cosa.

- Los sallitoc... — repitió Luna, antes de darles una difusa explicación — Son unos seres diminutos... Y les gusta escuchar conversaciones...

- Tenemos que irnos... — la cortó Ron, muy convencido de que la chiquilla, no estaba bien de la cabeza — Mamá se enfadará si dejamos que la comida se enfríe...

Y eso fue el clic necesario, para que todos saliesen corriendo, nadie quería que la pelirroja se enfadase...

Cuando terminaron de comer, Bill tuvo que volver a Gringgots, el señor Weasley también tuvo que regresar al Ministerio, así que mientras Molly se encargaba de la colada, los chicos salieron al jardín y se tumbaron a la sombra, demasiado llenos para realizar alguna actividad física, por eso se dedicaron a rememorar su divertida e increíble mañana, y la singular niña que habían conocido, terminó acaparando la conversación; Ron y Draco opinaban que era un poco rara; a los gemelos les había parecido muy divertida; Percy aseguraba que tenía una mirada inteligente; y Harry había visto algo muy especial en ella, y no dudaba de que era alguien leal y confiable.

A las cinco en punto; Harry, Ron, Draco, Fred y George, golpearon la puerta de la casa de Luna, Percy había preferido quedarse en su cuarto leyendo un libro.

Les había llamado mucho la atención, el particular y singular edificio, en el que vivía la pequeña platinada.

Nunca habían visto una casa así, era una especie de torrede color negro, con una forma muy rara para ser una vivienda, y es que era cilíndrica, sin olvidar que estaba en la cima de una colina, vamos un hogar muy poco habitual.

- ¡Mola! — exclamaron los gemelos, mirando la casa con gesto de aprobación.

- Parece una torre de ajedrez... — sonrió, extasiado, Ron.

- Un tanto excéntrica... — replicó Draco, rodando los ojos.

- ¡Qué dices! ¡Es genial! — aseguró el ojiverde, mirando el resto de la propiedad.

Les abrió la puerta un hombre alto y delgado, con una larga melena blanca, que enseguida les dedicó una amplia y sincera sonrisa.

- Vosotros debéis ser los amigos de mi Lunita... — los saludó, sin borrar su sonrisa, e indicándoles una mesa con varias sillas a su alrededor — Pasad... El té está listo...

- Buenas tardes señor Lovegood, yo soy Harry... — se presentó el ojiverde, sonriéndole al hombre Y ellos son Ron, Draco, George y Fred..

- Un placer conocerlo, señor... — lo saludó el Slytherin, estrechando su mano, y dando muestra de sus refinados modales.

- ¿Dónde está Luna? — preguntó Harry, mientras los Weasley saludaban al señor Lovegood.

- Aquí... — se escuchó una vocecita, en un pasillo, a pocos metros de ellos.

- Hola, ¿qué haces ahí? — interrogó el azabache, mirando a su amiguita con diversión, mientras ésta daba saltitos.

- Estoy cazando grelinskys... — respondió Luna, con sencillez, sin dejar de intentar coger el aire con las manos.

- ¿Por qué no lo dejas por hoy? — le propuso su padre, mirándola con adoración — A todos nos gustaría que te sentases con nosotros...

- ¡Vale papi! — exclamó la niña, acercándose a ellos, y sentándose al lado del ojiverde.

El señor Lovegood, acarició el cabello de su hija en un gesto de amor, antes de servir el té y un enorme pastel para los invitados.

El té sabía un poco raro, pero el pastel estaba delicioso, y el padre de Luna los entretuvo contando unas increíbles historias sobre criaturas mágicas, de las que nadie había oído hablar jamás.

Tras la merienda, los niños y su nueva amiga salieron al jardín, donde se entretuvieron corriendo, jugando, tirando piedras al estanque... Y finalmente terminaron bañándose en las cristalinas aguas.

Y una vez dentro del agua, todo fue muy rápido, los gemelos iniciaron una guerra de remojones, Ron le hizo una aguadilla a Draco... Y en unos minutos más, todos terminaron enzarzados en una batalla, disparando tierra y agua o rodando por la hierba y la tierra mojada de la orilla...

Sirius y Narcisa debían recoger a sus niños después de cenar, pero ninguno había podido aguantar tanto...

Por eso se habían presentado por sorpresa en La Madriguera a media tarde, y allí Molly les explicó dónde estaban los chicos.

Y por supuesto, los caprichosos y posesivos Black, decidieron ir ellos mismos, a buscar a sus retoños.

Narcisa no estaba preparada para lo que vio, ese niño pulcro y refinado que había conocido como hijo durante doce años, ya no estaba...

Pero había un platinado que se parecía mucho físicamente, aunque éste estaba lleno de barro, y lanzando bolas de barro a los gemelos pelirrojos, mientras reía como un loco, una risa alegre y contagiosa que jamás había escuchado, una risa tan pura que resultó música para sus oidos.

Sirius esbozó una enorme sonrisa por el espectáculo que veían sus ojos, y no pudo evitar pensar que ojalá su lobito y el murciélago estuvieran allí para verlo, Harry intentaba correr, pero un ataque de risa parecía impedírselo, un pequeño angelito rubio lo animaba a seguir corriendo.

De repente, el ojiverde levantó la cabeza y lo vio, detuvo su ataque de risa al instante, y se quedó mirandolo fijamente; tras unos segundos, el niño iluminó su rostro con la más grande las sonrisas y corrió hacia él.

Sirius lo cogió en el aire, envolviéndolo en un apretujado abrazo, y aspirando el aroma de su cachorro, suspiró de felicidad.

Harry notó algo diferente en su padrino, parecía irradiar una luz brillante, ese pequeño halo de infelicidad e injusticia parecían haber desaparecido.

- Hola cachorro, ¿me has echado de menos? — preguntó el ojigris, con burla, alzando una ceja.

- ¡Claro que sí! ¿Cómo están tío Moony y tío Sev? — interrogó Harry, antes de volver a abrazarse a su padrino.

- Todos estamos bien... — replicó el animago, con tono de guasa, sobando cariñosamente la espalda del niño — Y más limpios que vosotros también...

- Lo siento... — se disculpó el ojiverde, sintiéndose muy avergonzado, por su desaliñado aspecto — Estábamos jugando...

- No te disculpes... — rió Sirius despreocupado, revolviéndole el cabello, aún mas despeinado de lo habitual — La ropa se lava, y tu felicidad no tiene precio...

- ¡Hola tía Cissy! — saludó el pequeño Potter, cuando la rubia se acercó, tras abrazar maternalmente a su hijo.

- Hola cariño... — le devolvió el saludo la bruja, acariciando su rostro con delicadeza — Parece que habéis tenido un fin de semana muy divertido...

- ¡Ya lo creo! — exclamaron todos a la vez, haciendo reír a los dos adultos.

Tras despedirse de Lunita, volvieron a la Madriguera, dónde los chicos de despidieron con grandes aspavientos, fastidiados por separarse de nuevo.

Harry fue el primero en usar la chimenea para volver a Second Choice, Remus lo esperaba con los brazos abiertos y una gran sonrisa, había corrido hasta allí, en cuanto había visto iluminarse la chimenea del salón.

Estrujó a su sobrino en su pecho, susurrándole al oído lo mucho que lo había echado de menos.

Cuando Harry se separó del abrazo y miró al licántropo, vio esa misma luz brillante que tenía su padrino, y entonces lo entendió todo, esa luz no era otra cosa que un halo de felicidad...

Y el azabache sabía que sólo había una cosa que podría hacer tan felices a esos dos, la relación entre ellos había cambiado, y sin poder disimular su alegría volvió a abrazar a su tío, justo en el mismo momento que Sirius salía de la chimenea, el ojiverde los miró a ambos y les sonrió, antes de murmurar algo.

- Me alegro tanto por vosotros...

Los merodeadores lo miraron confusos, y algo recelosos, ¿acaso Harry sabía algo?

Pero no tuvieron tiempo de salir de dudas, porque el resto fueron llegando, y de esa manera, las preguntas quedaron en el aire.

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