Las experiencias

Motochika pasó la noche entera en vela cuidando de Motonari, hasta que al amanecer éste abrió los ojos por la mera rutina implantada en su ser de tener que ir a trabajar.

El hombrecillo se incorporó, nervioso, pero la fiebre no había bajado y se mareó casi al instante.

–Oye, ¡oye! –exclamó Motochika, sujetándolo por los hombros–. Es sábado, hoy no hay trabajo...

Motonari lo miró con los ojos desorbitados, hasta que cayó en cuenta del día que era y se relajó pesadamente.

Se restregó los ojos con esfuerzo.

–Me voy a volver loco... –susurró, más para sí mismo, pero Chousokabe pudo oírlo.

El joven lo empujó suavemente hasta que lo acostó de nuevo y acarició su rostro, mirándolo con entera preocupación, asentada por el coloreado oscuro de las ojeras que comenzaban a marcarse.

–Por qué... ¿Por qué no me quieres decir qué te pasa?

–Estoy muy nervioso... –admitió Motonari, levantando una de sus manos vendadas y sujetando débilmente la de Motochika–. Todo esto... necesito pensar mucho, evaluar bien cada paso que vaya a dar... No quiero que te pase nada, ni a Masamune... No me perdonaría que... –cerró los ojos apretadamente, conteniendo un sollozo.

El muchacho esbozó media sonrisa y se inclinó para besar suavemente su frente.

–Oye, de alguna manera siempre salimos bien librados, ahora no seré diferente y... bueno, soy un idiota pero sé que puedo ayudarte de algún modo, no tienes que cargar solo con todo.

Tras un largo minuto de silencio, Mouri levantó su celular de la mesita de noche y se lo ofreció al adolescente.

–¿Por qué no van a caminar un poco? Los teléfonos de ustedes ya no deben funcionar, seguro que sus padres los dieron de baja. Llévate el mío.

Chousokabe lo miró confundido, tomando el aparato. No le agradaba la idea de dejarlo solo aunque la fiebre ya hubiese cedido en mayor parte, pero ansiaba más que nada salir del pequeño departamento.

–¿Estás seguro...?

–Trata de tener cuidado, vete al otro distrito si quieres, pero por favor... cuídense los dos –murmuró el de ojos pardos, mirándolo con aprensión.

Se podía ver el gusto en el rostro del joven, aunque permaneciera la inseguridad.

–¡Lo haremos! Pero... Primero te prepararé algo y dejaré todo hecho para que no tengas que levantarte. Quiero que descanses... ¿Sí?

–Estaré bien... Sólo déjame a mano el teléfono inalámbrico –pidió Mouri–. No te preocupes.

Chousokabe le plantó un beso tierno en los labios y salió trotando a buscar el teléfono, gritando en el camino.

–¡Hey, Bella durmiente, levántate!

Mouri podía escuchar desde donde estaba el escándalo de los jóvenes en la sala. Luego de quince minutos, Motochika volvió a entrar, llevándole el teléfono, una pequeña jarra de agua y un poco de fruta picada.

–Dice Date que es buena para los enfermos –explicó, cuando el oficinista tomó el plato entre sus manos.

–Oh... –musitó Motonari, mirando la comida–. Gracias.

Cuando se quedó solo, se incorporó, se apoyó bien en las almohadas y tomó el teléfono. Marcó despacio, asegurándose de que recordaba bien el número.

Una voz suave lo atendió luego de varios segundos de timbrar.

–Hola.

–Hola, ¿Hanbei? –preguntó el de ojos pardos, tratando de sonar firme.

–Soy yo. ¿Quién habla?

–Mouri, Mouri Motonari...

El fin de semana transcurrió rápidamente, demasiado rápido para gusto de Motonari. El lunes llegó y el joven pidió permiso en su trabajo para salir temprano y poder atender asuntos importantes.

Tomando los recaudos necesarios, el contador llevó a los dos jóvenes a un elegante despacho en el centro. Los hizo vestirse bien para la ocasión.

Mientras caminaban, luego de haber salido de la estación del metro, los detuvo en la entrada del pulcro local comercial.

–Motochika, Masamune –se paró frente a los dos y los miró despacio, deteniéndose en cada rostro por breves segundos–. Ahora vamos a ver a un abogado familiar.

El adolescente de cabello castaño abrió mucho el ojo y separó apenas los labios, respirando pesadamente. Ninguno de los dos estaba seguro de lo que pasaba y se comportaban aprensivos ante la situación, abriendo los ojos ampliamente cuando un gran letrero en letras sobrias que anunciaban "Takenaka y Asociados" los recibió.

–¿Que hacemos aqui? –preguntó un nervioso Motochika, mientras esperaban en la recepción por quien los atendería.

–Vamos a iniciar medidas legales con sus padres –informó Motonari, no menos nervioso pero sí más firme.

Los muchachos se miraron, inundados por la confusión.

–¿Qué? ¿Cómo...? –atinó a preguntar Date.

–El nivel de violencia que han ejercido sobre ustedes es algo que no se excusa con la simple disciplina. Han manifestado repetias veces sus deseos de emanciparse del control de sus progenitores y ellos han respondido a esas llamadas con más y más violencia. Yo siento la necesidad de hacer esto... porque no quiero que sigan lastimándolos.

–Pe... Pero... –lo que fuera a preguntar Motochika se vio interrumpido por la secretaria, que les informó que Takenaka los esperaba en su oficina.

–Adelante, por favor –pidió la joven. Los tres ingresaron despacio al despacho del hombre, que estaba plácidamente sentado en su sillón.

Tenía el cabello rizado y corto, de color platino, muy parecido al de Motochika. Sus ojos, escondidos detrás de unos lentes con montura púrpura, eran de un brillante violeta. Llevaba puesta una camisa color lavanda, corbata negra y chaleco y pantalones en púrpura oscuro. Se levantó al verlos entrar.

–Motonar-kun –saludó efusivamente, caminando hacia el contador y estrechando su mano.

–Gracias por recibirnos, Hanbei.

Los muchachos observaban la escena fuera de sí, inspeccionando el cuarto, al delgado hombre y la previa explicación de Mouri... Eso no podía ser bueno. ¿Cómo lo pagarían? Parecían un par de cachorritos perdidos.

–Bueno, tomen asiento, por favor –pidió el platinado, con una amble sonrisa–. Algo me adelantaste por teléfono, pero quisiera conversar un poco con los chicos, ¿cuál es Motochika y cuál es Masamune...? –preguntó, volviendo a sentarse y mirando a los adolescentes.

–Chousokabe Motochika –dijo el Demonio, fingiendo una confianza que no sentía en lo más mínimo.

–Date Masamune –agregó el otro tranquilamente, sentándose junto a su amigo.

–Bueno, bueno. No se pongan nerviosos, estos procedimientos son más comunes de lo que deben creer –Takenaka trataba de animarlos con su cálida sonrisa–. Sé que debe ser difícil hablar de esto, pero deben contarme sobre las cosas que les han sucedido.

Los dos muchachos se quedaron en silencio por unos segundos, pero Date se animó a hablar primero.

–Hace unos dos años que vivimos por nuestra cuenta –dijo, retorciéndose las manos–. Chika... Esto, Motochika y yo nos conocemos desde que teníamos como... diez u once años, creo, y hemos sido amigos desde entonces. No somos chicos ejemplares, ya sabe, ningún adolescente lo es, pero mis padres... bueno, mi madre, para ser más exacto, no me tiene la más mínima paciencia en lo absoluto.

Motochika puso su mano sobre el hombro de su amigo en señal de apoyo. Sabía que le era demasiado complicado hablar de sus problemas, aunque fuera por algo razonable.

–Digamos que siempre he pensado que no fui planeado, muchas veces siento que mis padres me odian o que sólo se casaron porque iba a nacer yo –siguió el Dragón, con su único ojo humedecido–. Tengo un hermano menor y a él lo adoran. Y no, no son celos, pero jamás he visto a mi madre pegarle a él, aunque se haya portado realmente muy mal. Takenaka–san, ¿ve las marcas que tengo en mi rostro? Estos dedos son todos de mi madre. Cualquier cosa que yo hiciera mal era excusa para darme una paliza –se retregó nerviosamente la nariz–. Antes se guardaba de no pegarme en lugares visibles para que nadie en la escuela lo notara, pero supongo que con el paso de los años fue dejando eso de lado.

–¿Qué hay de tu padre? –preguntó seriamente Hanbei.

–Él nunca me ha golpeado –respondió rápidamente Masamune–. Nunca, nunca.

–¿Cómo es tu relación con él? Para todo esto hay diferentes tipos de maltrato y el psicológico suele ser el más grave...

Masamune se quedó muy quieto; lo había tomado por sorpresa. Siempre había querido creer que, porque no lo golpeaba, Terumune le tenía un poco más de afecto. Pero entonces recordó las largas charlas denigrantes, las críticas mordaces, los insultos elegantes.

–Siempre ha buscado la forma de hacer que me sienta miserable –dijo al fin, luego de unos segundos–. Cada cosa que yo lograba, ahí estaba para criticarla y decir que cualquiera la podría haber hecho mejor. Y nunca ha detenido a mi madre cuando ella me levantaba la mano. Sólo se quedaba ahí mirando cómo me pegaba.

Hanbei se llevó la mano a la barbilla y miró a Mouri, que presentaba una expresión de dolor; realmente no tenía idea de lo que eran las vidas de los jóvenes. Asintiendo con la cabeza, Takenaka le reafirmó a Mouri que tomaría el caso y regresó su atención a los chicos.

–Bueno... Por ahora bastará con eso, veo que te es realmente difícil hablar de estas cosas. Te agradezco tu valor, Masamune-kun. Haré todo lo que pueda por defenderte –le dijo al muchacho, cuyo ojo estaba ya muy humedecido. Miró al de cabellos platinados–. Motochika-kun, ¿puedes contarme tu experiencia? –pidió con delicadeza.

–Yo... Bueno, no ha sido tanto como en el caso de Date... Verás, como Kunichika es alguien importante en una compañía, se la pasa de un lado a otro con mi madre y, pues... mi relación con ellos es mínima –Chousokabe suspiró largamente y continuó–. Me ha puesto la mano encima... Sí, las únicas veces que se tomaba la molestia de estar conmigo era cuando le llegaba una noticia mía...

–¿Qué clase de noticias?

El chico sonrió nostálgico con la pregunta y respondió:

–Me metía en muchos problemas, al ser hijo de alguien importante los niños se metían conmigo... o cuando hacía una travesura, lo que fuera que llamara la atención y pudiera manchar el "buen nombre de los Chousokabe".

Hanbei tomó nota de que Motochika llamaba a su padre por su nombre y continuó.

–¿Y tu madre?

–Ella siempre se hizo a un lado, lo que decidiera hacer Kunichika conmigo estaba bien porque lo hacía por mi propio bien y un día lo entendería, blah, blah, es una mujer sumisa –añadió el joven cano, negando con la cabeza–. Aunque al final parece que cayó en cuenta de sus actos... ella fue quien me ayudó a escapar.

El de ojos violetas levantó las cejas, sorprendido. Mouri y Date lo imitaron.

–¿Una mujer sumisa, y te ayudó? Vaya, vaya –sonrió, tecleando en su computadora.

–Lo fue hasta ese día al menos... –dijo Chousokabe, sintiéndose cohibido con todas las miradas encima.

–Bueno... Está bien. Veo que el nivel de abuso es diferente, pero en sí justifica una acción legal. Ahora... –tecleó algunas cosas más e hizo a un lado el portátil plateado, mirándolos con atención–. Necesito saber algo más... ¿Fueron sus padres quienes los hirieron y dejaron tuertos?

–Ehhh... No –replicó Motochika, sorprendido por la pregunta–. Esto fue un accidente...

–Irónicamente, fue lo que facilitó que pudiéramos vivir teóricamente en libertad –agregó Masamune.

–¿Cómo así? –preguntó Hanbei, curioso.

–Se querían demandar mutuamente, pero como ninguno de nosotros quiso acusar al otro, la cosa quedó sin solución, lo que creó más conflictos entre ellos y menos atención para nosotros.

–Sí... Y aproveché para ofrecerle un trato a Kunichika, ya que de todos modos a él no le importaba un… bledo mi vida, que dejaríamos el asunto sin decir más y me iría a vivir a otro lado sin pedirles nada –Chousokabe hizo una pausa y miró a Date unos segundos–. Un día que la madre de Date no estaba en la ciudad por algo de su hijito, hablamos con Terumune y aceptó sin darle vueltas...

–Mi padre es bastante... práctico –comentó el Dragón, desviando la mirada.

Hanbei los miró, parpadeando por algunos segundos.

–Menudas piezas me has traído, Motonari-kun... –rió al fin–. Hace mucho no me traían una denuncia como ésta.

–¿Crees que tengamos oportunidad?

–Creo que vale la pena el intento –Takenaka se recostó en su asiento–. Si no hubiesen abusado así de ellos, no habrían querido abandonar sus casas. Lo único que necesitamos son testigos, alguien que pueda probar que el abuso existió.

–¡Tu nana, Dragón! –gritó Motochika de la nada, antes de que la idea se le escapara de la cabeza–. Él siempre ha estado de tu lado.

Masamune lo miró con el ojo muy abierto.

–Es cierto, Kojuurou ha visto muchas de las golpizas que me ha dado mi madre –reflexionó el muchacho.

–¿Y por tu lado? –preguntó Hanbei a Motochika.

El joven se encogió de hombros.

–Todos están comprados por Kunichika... Temen demasiado por sus empleos.

El de ojos púrpura se quedó quieto, pensativo. Tras un largo minuto, miró al joven cano.

–¿Me puedes dar el teléfono de tu casa? Tú también, Masamune. Y las direcciones, anótenlas aquí –les alcanzó un cuadernito.

Los dos hicieron como se les pidió y se quedaron en silencio mientras Hanbei hablaba con Mouri.

–Te dije que era alguien especial –murmuró luego de un rato el de cabellos canos, refiriéndose al contador.

Masamune iba a decir algo, pero Hanbei volvió su atención hacia ellos nuevamente.

–Muchachos, creo que por hoy es todo. Motonari-kun, llévalos a un hospital donde puedan constatar sus lesiones y mañana tráeme todo el papeleo. Yo haré unas llamadas, entre tanto.

–Está bien –replicó Mouri, poniéndose de pie–. Muchas gracias, Hanbei.

–Por nada. Realmente me da gusto volver a verte... –sonrió el de ojos púrpuras.

–Esto... –empezó Date.

–¿Qué sucede, Masamune-kun? –preguntó el abogado.

–Pagar... ¿Cómo pretende que le paguemos? –murmuró el chico, nervioso–. No tenemos trabajo, ya casi no tenemos dinero...

Takenaka lo miró con una sonrisa pícara.

–Es un chico listo tal como dijiste, Motonari-kun.

–No tienes que preocuparte por nada de eso –le dijo Mouri, mirándolo con una sonrisa cansada–. Yo me haré cargo de todo.

Los dos jovencitos fruncieron el ceño como acto reflejo y miraron al contador.

–Estás bromeando, ¿no? –dijo Chousokabe–. Un abogado con un despacho como éste debe ser caro, estás loco si crees que dejaré que lo hagas...

–Iba a decírselos después, pero ya que están tan preocupados, sepan que voy a trabajar ad honorem –intervino Hanbei, cruzándose de brazos de forma grácil.

–¿Ad que? –preguntó el Demonio, apretando la mirada aun más.

–Uhm... Gratis –rió el de cabello rizado, al recordar que, según Motonari, el listo era Masamune y el "bestia", Motochika.

–¿Por qué lo harías? –interrogó un muy desconfiado Date.

–Motonari-kun es una persona a la que estimo mucho, y soy abogado en lo familiar... Día a día veo casos de padres que abusan de sus hijos de toda forma posible, niños abandonados que por falta de contención acaban cometiendo errores irreparables... Simplemente no puedo evitar querer colaborar para subsanar un poco esas cosas –respondió el abogado, quitándose los lentes y limpiándolos con cuidado con un paño que tenía sobre la mesa.

Era una buena explicación aunque demasiado caritativa y ninguno de los dos confiaba en esas cosas, pero Chousokabe no desperdiciaría el intento de Mouri, así que puso la mano en la cabeza de Date y lo tironeó hacia abajo, ambos haciendo una pequeña reverencia, antes de que el Dragón lo arruinara por su imprudencia.

Mientras salían, Masamune dijo por lo bajo:

–Chika... No... No confío...

–Cuida bien de esos niños –decía Takenaka a Mouri–, esto va a ser largo y duro, buscarán desprestigiarte de formas crueles, ¿estás seguro... de que puedes con esto?

–No lo sé realmente, Hanbei... –murmuró el contador, enlazando las manos y apretándose los dedos nerviosamente–. Pero tengo que hacerlo, por Motochika...

–Vas a tener que negarlo... –susurró el de ojos púrpura, mientras acompañaba a su amigo hasta la puerta de la oficina.

–Sí... Sólo espero que él lo entienda...

Cuando Motonari salió a la calle, vio a los dos chicos pasándose un cigarrillo, parados en el cordón de la vereda. Caminó rápidamente hacia ellos y les arrebató el tabaco, aplastándolo con el zapato.

–¡Hey! –se quejó el de cabello cano.

–Si quieren fumar, háganlo en el departamento, no me importa, pero no lo hagan donde nos puedan ver a los tres juntos... Van a ser mi responsabilidad, no puedo permitir nada que les haga daño.

Los dos muchachos suspiraron fastidiados pero accedieron.

–Y… ¿Qué haremos ahora? –preguntó Chousokabe, apoyándose en el hombro de Masamune y mirando a Motonari–. ¿Ya se lo hicieron saber a Kunichika y a Terumune?

–Hanbei se encargará de eso, se comunicará en cuanto haya novedades. Ahora ustedes deben acompañarme al hospital –pidió el contador, tratando de ser gentil aunque la situación lo estresaba más a cada minuto.

–Vale... –aceptaron los dos al unísono, echando a caminar en dirección al hospital, tonteando para poder relajarse.

Mientras tanto, el abogado de cabellos blancos levantaba su teléfono y marcaba el número de la mansión Chousokabe.

–¿Residencia Chousokabe? Sí, qué tal, quisiera hablar con la señora de la casa.

–¿Quién la busca? –preguntó amablemente un sirviente.

–Mi nombre es Saitou Shigeharu, tengo que conversar algunas cosas con ella.

–Permítame un momento.

Tras varios minutos, Takenaka pudo escuchar la voz confundida de la persona a la que buscaba.

–Diga...

–¿La señora de Chousokabe? Qué tal, le habla Takenaka Hanbei, abogado en lo familiar –se presentó el hombre, con mucha soltura.

–Uh… ¿Abogado? ¿En qué le puedo ayudar?

–Bueno, señora, el asunto es sencillo. Estoy haciendo averiguaciones acerca de los maltratos dispensados por Chousokabe Kunichika a su hijo, Motochika. Me preguntaba si usted accedería a atestiguar acerca de los mismos.

La madre de Chousokabe se quedó pasmada, olvidando por un momento que estaba al teléfono.

–Él... ¿Él acudió a usted? –atinó a preguntar, luego de un rato.

–Se lo explicaré todo si decide colaborar –dijo suavemente el hombre–. Si no lo desea, no volveré a molestarla. Sé que es un riesgo muy grande para usted, pero le pido que lo considere, por su hijo –Hanbei hizo una respetuosa pausa–. ¿Quiere que le dé más tiempo, que la llame en la mañana?

–No... No, atestiguaré –tomó aire pesadamente y agregó–: Quiero hacer algo bien con él, para variar.

La mujer sabía que aquella decisión le costaría muy cara, pero estaba dispuesta a pagar el precio.

–Bien. La volveré a llamar en los próximos días, entonces. Creo que no debo recordarle que no debe hablar de esto con su esposo –añadió el abogado, dubitativo.

–No se preocupe por eso, hasta pronto... –antes de colgar, la preocupación le ganó a la señora–. ¡Espere! Motochika... ¿Esté bien?

–Está en muy buenas manos, créame –Takenaka sonrió, aunque la mujer no pudiera verlo.

Luego del hospital, Mouri llevó a los dos chicos a comer y, antes de que se hiciera muy tarde, emprendieron el regreso al departamento.

Antes de coger un taxi, el contador se detuvo en un cajero para buscar más efectivo. Chousokabe lo miró con expresión entristecida.

Masamune, acostumbrado a que lo atendieran cuando no estaba solo, no le dio demasiada importancia, abordando el coche cuando lo detuvieron.

Para su suerte, los espías de Kunichika se habían marchado del edificio, por lo que pudieron ingresar por la puerta principal. Una vez en el departamento, Mouri se dejó caer en su cama y ahí se quedó, muy quieto.

–Te lo pagaré... todo –escuchó, proveniente del marco de la puerta, donde estaba apoyado Motochika.

–¿Eh? –respondió el de ojos pardos, separando la cabeza de la almohada.

–Todo lo que has gastado en nosotros... Todo lo que has hecho, ayudarme a rescatar a Date, tenernos aquí y... lo de hoy –se acercó para recostarse en la cama y abrazarlo con suavidad–. Cuando todo esto termine, te lo pagaré de algún modo...

Motonari respiró fuerte, frustrado.

–Tonto... No me importa el dinero...

Masamune, en la sala, miraba un papel arrugado que se había caído del portafolios del contador. Había hecho docenas de cuentas, calculando lo que gastaría en los meses venideros.

Teniendo a los dos adolescentes su salario apenas le alcanzaría para que comieran y pagar los diferentes servicios del apartamento. Aunque Takenaka hubiese dicho que no le cobraría, Mouri se negaba a no darle nada. En las cuentas venían cantidades fuertes que quería pagarle.

–Sólo quiero que estés bien –susurró el de cabello castaño, girándose dentro del abrazo y acariciando despacio ese rostro que tanto adoraba.

–No es sólo el dinero, Motonari... –contestó Chousokabe en un suspiro–. Como sea... Gracias... Es la primera vez que alguien decide dar la cara por nosotros.

Escondiéndose entre los brazos del chico, Mouri trató de relajar sus nervios, quedándose dormido rápidamente.

El Demonio se quedó velando su sueño cerca de una hora más, hasta que empezó a quedarse dormido y optó por ir a su lugar en la sala. Antes de salir, alejó el cabello que cubría el rostro de su amado y besó su mejilla, susurrando un "te amo" casi inaudible.

Masamune estaba en el balcón, respirando el aire de la noche y fumando ausentemente. Motochika se paró detrás de él y aprovechando la diferencia en alturas apoyó el mentón en la cabeza de su amigo, aspirando el humo del tabaco.

–Tenemos que irnos, Chika.

La voz de Date era seria y terminante.

–Lo haremos... –contestó el otro, contrariado por el tono de voz–. Sé que no confías en Takenaka, pero... no perdemos nada intentándolo.

El Dragón sacó el papel abollado por toda respuesta y se lo entregó a su amigo.

Motochika lo tomó y se fue a tirar al sillón antes de mirarlo. Cuando vio el contenido, supo a qué se refería Date y se recostó en el sofá, restregándose la cara con la mano desocupada.

El chico de pelo castaño se aplastó junto a su amigo.

–Le estamos causando demasiados problemas... tenemos que regresar con Maeda, él es el único que podrá mantenernos por un tiempo, al menos hasta que se acabe la cosa del juicio.

–Será lo mejor, pero... ¿Tienes idea de dónde este el maldito?

–Debe estar con sus tíos, sabes que se llevan muy bien –replicó Date, buscando su celular. Cuando encontró el número de Keiji en su agenda, lanzó un bufido–. Tch... Cierto... Sin servicio.

Los dos miraron el teléfono de la casa, indecisos sobre agregar llamadas a su deuda.

–Al diablo, se lo regresaré cuando consiga trabajo –farfulló Date, tomando el inalámbrico y marcando el número de su amigo.

Tomo tres intentos para que alguien respondiera su celular. Cuando al fin lo hizo, su voz aburrida recibió a Date.

–¿Quién habla?

–Soy yo, idiota –replicó el joven, molesto–. Escucha, Maeda, no tenemos mucho tiempo...

–¡¿Masamune? ¿Dónde rayos te has metido? Hace casi un mes que no sé nada de ti, ni del otro... ¡¿Dónde está Motochika? –los gritos de Keiji se oían incluso estando lejos del teléfono.

–¡Cierra el pico por un momento! –exclamó el Dragón–. Escúchame con atención, ¿dónde estás tú?

–Con Toshiie...

–Necesitamos un lugar donde quedarnos. ¿Puedes conseguir algo?

El joven de coleta se percató de que aquel pedido traía aparejado el subliminal mensaje de que los dos tuertos no tenían un centavo encima.

–Mahhh... –se quejó falsamente–. Aprovechas que estoy más aburrido que una pasa... Puedo conseguir un departamento de este lado de la ciudad en unos dos días.

–Nos convendría algo alejado del centro, donde sea sencillo llegar pero que no nos encuentren tan fácil... –Masamune frunció el ceño. Odiaba tener que ser tan específico a la hora de pedir favores, cosa que lo molestaba y apenaba mucho.

–Hmm... Ya sé dónde sería perfecto, pero es al otro lado de la ciudad, muy lejos de la escuela y más feo que el último lugar donde vivimos, aunque reúne las características que pides... Podría arreglar todo para mañana en la tarde.

–¿Escuela? –Date lanzó una risotada–. Pfft, ¿quién te dijo que vamos a ir a la escuela? Con todo lo que está pasando ahora, tendremos suerte si salimos vivos.

–Eh, eso explica muchas cosas... –reflexionó Keiji, recordando los días que estuvo buscando a sus amigos–. Bien, llámame mañana por la tarde y te doy la dirección exacta... ¿Quieres que pase por ustedes en la camioneta del tío?

–De acuerdo, llámame... –el joven del parche se detuvo al recordar que no tenía celular–. Esto, no, espera, mañana en la mañana te llamo yo y vemos.

–¡Ok! –gritó el joven de coleta, y sin esperar más colgó. Le intrigaba saber qué había pasado pero siempre era una aventura con esos dos, ya habría tiempo de ponerse al día.

–¿Y bien? –cuestionó Chousokabe al otro tuerto–. ¿Podrá ayudarnos?

–Mañana lo volveré a llamar. Dijo que puede encontrar un lugar parecido a donde vivíamos antes, pero más alejado y... un poco más feo –Masamune se encogió de hombros.

–Suena bien... –contestó Motochika, retorciéndose en el sillón para recostarse en las piernas de Masamune como ya se le había hecho costumbre esos días. Suspiró sonoramente, pensando en cómo se lo diría a Motonari.

–¿Por qué te has quedado aquí todas las noches? –preguntó el Dragón, torciendo levemente la cabeza.

–No quiero dejarte solo –Chousokabe respondió como si se tratara de lo más obvio.

–O-Oye, yo estoy bien, ¿por qué te preocupas por mí si es él el que...

–Te conozco, hombre, estás en la casa de un desconocido pasando un mal rato... No te voy a dejar solo, lidiando con tus demonios, para dormir cómodamente con mi... –se sonrojó hasta la coronilla pensando en lo que iba a decir, ciertamente eran una pareja pero no sabía cómo referirse a ello ante el mundo–. Con Motonari.

–¿Mal rato? ¿Llamas a esto un mal rato? –Masamune se rió a carcajadas–. Mal rato era el que pasaba allá, cada minuto encerrado en esa mansión lúgubre me quitaba más y más las ganas de respirar. Demonios... Conocerías a los verdaderos demonios si vivieras bajo el mismo techo que Date Yoshihime. No, Chika –suspiró, relajando su risa–. Esto es un hotel cinco estrellas al lado de vivir con mi "familia".

El muchacho levantó la mano y le dio un golpe con los dedos en la punta de la nariz.

–Sabes a qué me refiero, pero si no me quieres aquí me iré a dormir al baño –dijo, con falsa indignación.

–No te hagas el interesante. Él está poniendo mucho en riesgo por nosotros y sé que al que quiere eres tú, así que, ¿por qué mejor no vas a demostrarle algo de gratitud?

Motochika se quedó en silencio por varios minutos. Claro que quería estar con Mouri, pero no tenía idea de cómo abordar el tema de su partida. Seguro no saldría nada bien. Suspiró frustrado, alborotándose el cabello, y al fin habló.

–Tienes razón, que haría yo sin ti, pedazo de consciencia... –se levantó y despeinó a su amigo con la palma de la mano antes de caminar al cuarto del contador.

–Si no fuera por mí, aún seguirías teniendo tu ojo izquierdo...

Masamune estaba encorvado en el sillón, con el cabello desordenado cayéndole sobre el rostro.

El joven cano se detuvo en seco al escuchar eso y regresó sobre sus pasos, levantando con fuerza al otro por el cuello de la camisa hasta dejarlo a la misma altura que sí mismo.

–No te atrevas a volver a decir eso en tu maldita vida –la voz era baja y llena de furia, tanta que le dificultaba respirar con normalidad–. Fue un accidente y a ti también te tocó sufrirlo...

Los labios de Masamune temblaron levemente, mientras su único ojo celeste se llenaba de agua.

–Fue por mi maldita culpa que te metiste en eso... Sólo yo debía salir herido, si iban a herir a alguien...

–¡Con un demonio, cállate! –Motochika dijo aquello un poco más alto de lo necesario, dejándolo caer en el sillón–. ¡Eres mi hermano! ¡Lo único que tengo! ¿Se suponía que debía dejarte solo y ya? ¿Acaso eres idiota? –era la primera vez que discutían respecto a ese día fatídico y no le gustaba saber que Masamune se culpaba por ello.

Éste se quedó en silencio por un largo minuto, cabizbajo y con el ojo cubierto por su cabello oscuro.

–Ve con él –dijo al fin–. Te necesita.

–No –fue la firme respuesta del Demonio–. ¿Siempre has pensado eso? ¿Me has seguido por culpa?

–Jamás –Date levantó la vista con expresión de desafío.

La expresión del demonio estaba descompuesta en una de dolor, por un momento todos sus recuerdos preciados le parecieron una mentira por causa de la lástima. Se sacó el parche, dejando al descubierto la desagradable cicatriz, y encarando al castaño, continuó con sus acusaciones.

–Prometiste ser mi ojo izquiero... ¿Por lástima?

–Cómo dices eso, Chika... –murmuró Masamune, levantándose y arrancándose su parche, agarrando a su amigo por la nuca y chocando su frente contra la propia–. Eres mi maldito modelo en la vida, yo no seguiría a nadie que me diera lástima, tú... incluso en la peor situación te las arreglas para seguir siendo genial, te escapaste de tu casa y buscaste la libertad por ti mismo... –hizo una pausa amarga y soltó el cuello de Motochika, pero no movió la cabeza. Bajó la vista y la clavó en el suelo, en sus propios pies–. Lo que te pasó fue por mi culpa y no hay nada que pueda hacer para remediarlo, sino tratar de ser tan valiente como tú y confiar en que quizás logre ser tan genial como tú en todo, y que podamos ser iguales...

–Eres un idiota... ¿Lo sabías? –susurró Chousokabe, abrazando con fuerza a su amigo y ocultando las lagrimas que escaparon de su ojo al esconder la cara entre el cabello del castaño, aunque el movimiento de su espalda en un sollozo lo delató completamente.

–Sí... –susurró Date–. Quisiera no serlo, pero lo soy.

El Demonio rió suavemente, negándose a soltarlo.

–No dejes de ser el idiota de mi hermano... Por favor.

Sintió los brazos de Masamune apretando su espalda, sus manos agarrándose a sus hombros.

–¿Qué nos va a pasar, Chika? –preguntó por lo bajo, casi susurrado.

–No lo sé... Sólo nos queda esperar... Pero puedes estar seguro de que a nuestros padres no les gustará nada saber que los estamos demandando.

–¿Bromeas? –rió ásperamente el menor de los dos–. Cuando mi madre lo sepa, me buscará para terminar de llenarme la cara de dedos.

–Kunichika buscará como callarnos, no pinta nada bien en su curriculum el maltrato infantil... –rió también el de cabello cano, separándose lentamente de su amigo–. Pero, oye... Estamos juntos, de algún modo saldrá bien...

–Tú al menos tienes a Nari –susurró Masamune, dejándose caer sobre el sofá.

Motochika lo siguió, echándose a un lado.

–Tú me tienes a mí, y si no soy suficiente, conozco a unas cuantas que morirían por estar contigo –se carcajeó, echándole el brazo encima y apoyando la cabeza contra la del otro.

El Dragón se quedó un rato, muy quieto y callado, y volvió a insistir con lo mismo:

–Hazme caso, Chika, ve con él.

–Ya es tarde y necesita descansar... Y tú también –replicó el Demonio, agarrando una almohada y arrastrándose hasta caer al suelo–. Buenas noches...

Masamune bufó, molesto. Se levantó del sofá y se metió al dormitorio de Motonari, para salir con el dormido oficinista en brazos. Lo acostó en el sillón y él mismo se encerró en el cuarto de Mouri, aunque se acostó en el suelo, no en la cama.

–La montaña vino a mí... –susurró Motochika para sí mismo, sorprendido por la acción de su amigo y más aún por que Motonari no se despertara, eso demostraba su nivel de cansacio. Como pudo empujo al oficinista y se acomodo en el pequeño sillon para dormir abrazandolo.

El de cabellos oscuros se movió en el abrazo, gimiendo en sueños. Frunció un poco el ceño y se acurrucó contra Chousokabe.