Capítulo 10 Un niño debe tener sueños, imaginación e ídolos
La lluvia quiso dar una pequeña tregua a la ciudad de Edo por un rato. Desde su gran muelle, pasando por el bar de Otose y hasta el taller del viejo Gengai, el silencio fue total.
No muy lejos de esa última localización, Hikaru observó el cielo durante unos segundos antes de abrir la puerta de una casa. Cuando ya estaba dentro, se sorprendió al ver una joven de melena negra tumbada en el sofá. El hombre dirigió su mirada al otro lado de la habitación, donde pudo ver al más peculiar de sus compañeros digitales. Estaba sentado en una de las tres sillas situadas alrededor de una mesa cuadrada. El sujeto permaneció sentado, con la cabeza apoyada en una mano y su sonriente mirada clavada en Hikaru.
El joven pelirrojo apartó sus ojos de su compañero para hablarle sin tener que hacer contacto visual, pues no quería transmitirle su amago de enfado.
-Wargomumon, ¿qué has hecho?
La planta con apariencia de hombre dejó escapar una risa irónica.
-Tranquilo, doctor, tu queridísima hermanita solo está inconsciente -se levantó de su asiento, apartando la silla de forma escandalosa-. Pero si te soy sincero, me tuve que contener para no hacerle daño.
Hikaru frunció el ceño y, sin más intenciones de esconder su enojo, lanzó una mirada asesina a Wargomumon. La planta digital levantó sus manos y fingió temor.
-¡Qué miedo, qué miedo! -Le dijo mientras reía. Después de un suspiro bajó ambos brazos y continuó hablando, esta vez más seriamente-. No sé qué tiene de especial esta humana, pero si nos da problemas, aléjala de mí.
-Wargomumon. Te dije que la vigilaras, no que...
Antes de que el científico pudiese terminar su frase, la planta posó enérgicamente una de sus manos en su hombro.
-Y eso hice, pero ¿sabes? Empezó a comportarse de forma sospechosa -mintió.
Hikaru volvió a mirar a la joven que parecía descansar tranquilamente.
-Además, te lo he dicho muchas veces: Los humanos no me gustan... A excepción de usted, doctor -con una escandalosa carcajada se dirigió a la puerta que daba a la calle.
-¿A dónde vas ahora, Wargomumon?
-Echo de menos a mis queridas Yamato y Taichi -antes de salir miró a Hikaru por última vez-. Esas sí que me gustan. Una pena que me tengan miedo... ¡No lo entiendo! ¡Somos iguales!
Hikaru se sobresaltó después del portazo con el que se despidió su compañero digital. Suspiró aliviado cuando el silencio se hizo en la habitación. Pensaba que no era mal tipo, solo un poco impulsivo y violento. Se llevó la mano a la sien al intentar recordar por qué odiaba tanto a los humanos, pero no consiguió hacerlo.
El pelirrojo se sentó en el sofá, justo al lado de la cabeza de la chica que ahí reposaba, y le acarició el cabello delicadamente.
"Tu queridísima hermanita solo está inconsciente".
-Hermana... Solo yo sigo queriéndote... Si no es así, ¿por qué te has puesto de nuevo el nombre de "Katia"? -Hikaru continuaba acariciando la cabeza de la joven mientras la observada con tristeza en sus ojos-. ¿Me odias hasta el punto de preferir vivir en ese pasado que tanto daño te hizo? Takeru...
Pronunciar ese nombre en voz alta le hizo evocar en su cabeza una escena de cuando era un niño. El joven sonrió amargamente. Posó su cabeza en el respaldo del sofá y cerró los ojos. Fuera volvía a llover, lo escuchó. Sonrió una vez más y decidió dejarse envolver por los recuerdos, pues su mente necesitaba evadirse.
Había sido un día lluvioso como ese cuando Hikaru se perdió por primera vez en Edo. Él y su padre solo llevaban una semana en esa ciudad, y el pequeño se aventuró a salir a comprar.
Cuando la intensidad de la lluvia aumentaba, pudo ver un parque cerca. Corrió hasta allí y buscó refugio. No esperaba que alguien más estuviese usando el árbol que escogió para resguardarse.
-Hola -le habló a la niña de pelo negro que estaba ahí sentada.
Con tan solo diez años, no supo qué sentimientos intentaba transmitir esa chica al mirarle fijamente, pero distraídamente, con sus azules ojos. Ni tan siquiera sabía qué estaba sintiendo él. Pero comprendió una única cosa.
Según su difunta madre, Hikaru pecaba de querer ayudar a todo ser que encontrase en apuros. El chico no entendía que eso fuese algo malo, y tampoco es que pudiese evitarlo. Él era así. Y en ese instante, comprendió que debía ayudar a esa niña.
-¿Qué te ha pasado? -Le preguntó.
-Deberías marcharte, antes de que te cojan a ti también.
Hikaru no sabía a qué se refería, pero dedujo que realmente estaba en peligro. Lo que le sorprendió fue que esa niña que acababa de conocer se preocupaba por él. Parecía anteponer su seguridad a la de ella misma, tal como él hubiese hecho.
-Yo te ayudaré. Dime, ¿qué te ha pasado?
-Sé que ellos tienen razón... No hay esperanza para mí...
-¿Qué? ¿Por qué dices eso?
-Porque es la verdad -la voz del hombre que apareció detrás de ambos niños, les asustó.
Hikaru, instintivamente, se puso delante de la pequeña e intentó darle una patada al tipo con pinta de macarra, pero el adulto iba armado. Con la empuñadura de su katana le golpeó varias veces por todo el cuerpo, mientras otro hombre atrapaba a la niña que no paró de forcejear en sus brazos.
El niño entendió que él solo no iba a poder hacer nada, así que dejó de oponer resistencia y los secuestradores rieron triunfantes.
-El poder de Dios os castigará -les advirtió Hikaru cuando se marchaban.
-¿Dios? -Rió uno de ellos-. Qué casualidad, nosotros somos los Mensajeros de Dios.
Hikaru no supo cuánto rato permaneció allí sentado mientras la lluvia lo empapaba, asimilando esas palabras. Tampoco se percató de que sus piernas le permitieron levantarse, y paulatinamente, regresar a casa, sin perderse esta vez.
El sonido de la puerta abriéndose y luego cerrándose, hizo que su padre se acercase hasta la entrada. El saludo que su cerebro tenía planeado para su hijo fue reemplazado por el instinto de correr hasta el pequeño al ver el estado en el que este se encontraba.
-¡¿Qué...?! -Al confirmar que estaba herido, el rostro del hombre se ensombreció-. ¿Quién te ha hecho esto?
-Papá... Quiero mandarle una carta urgente a Sorachi.
-¿Qué dices? No es el momento de escribir. Dime quién...
-¡Lo es! ¡Esa niña está en peligro!
Hikaru se tranquilizó al ver que esa fue razón suficiente para que le permitiese sentarse a la mesa cuadrada del salón y escribir mientras su padre buscaba utensilios con los que tratarlo.
El pequeño redactó una carta en la que explicaba la situación. Esa niña había sido raptada por unos tipos que se hacían llamar "Mensajeros de Dios", detalle que le indignó en sobremanera.
-Toma -le confió la carta a su padre.
-Iré ahora mismo a entregársela -le informó-. Mientras, descansa en la cama, ¿vale?
-Sí, papá.
Según Hikaru, su padre sí que era un verdadero Mensajero de Dios. Desde que podía recordar, había entregado miles de cartas a Sorachi por él; y el Dios, había contestado a cada una de ellas. Ya fuese en forma de carta, o con actos, pero siempre llegaba una respuesta. Esta vez esperaba que, con la información que le había ofrecido, hiciese algo por esa niña.
No tenía nada de qué preocuparse. Cuando tenía un problema escribía su carta a Sorachi, su mensajero particular la entregaba y su deseo se cumplía. Siempre.
Sí, todo iba a salir bien. Esa niña sería salvada.
Hikaru cerró los ojos y tranquilamente durmió en su cama, no supo durante cuánto tiempo, pero cuando volvió a abrirlos, escuchó el sonido de una puerta, abriéndose también.
Recordó la situación y salió corriendo de su habitación. Al llegar a la entrada se quedó de piedra cuando vio a su padre, totalmente empapado, junto a ella.
Había sido más rápido de lo esperado, pero ahí estaba. Sana y salva. Su nueva amiga.
-A partir de hoy, esta niña vivirá con nosotros -anunció su padre-. ¿Se te ocurre algún nombre para ella?
No podía estar más feliz. ¡Encima iba a convertirse en su familia!
-¡Takeru!
Como si el grito de su yo del pasado le hubiese sobresaltado, Hikaru abrió los ojos bruscamente en la realidad. Se pasó una mano por su cabellera, intentando despejar su cabeza, y se levantó de aquel viejo pero confortable sofá.
No podía perder tiempo recordando el pasado. Ahora era el momento de cambiar el presente. Con la ayuda de su Dios, o sin ella.
El pelirrojo salió y miró el cielo, despejado en ese momento. Cerró la puerta tras de sí, y se puso en marcha, abandonando nuevamente su antigua casa.
La intermitente lluvia se había detenido no solo en esa parte de la ciudad. También en el muelle, donde Yamato reía a carcajadas mientras Katsura escurría el agua de su melena. Aunque no había sido la lluvia precisamente lo que había empapado al terrorista y a la joven.
-Lo siento -le dijo ella sin parar de reír-. No pensé que fueras a lanzarte a "rescatarme".
Zura dejó escapar un suspiro a modo de respuesta.
-Lo siento, de verdad -la risa de la joven cesó-. Me dejé llevar por los recuerdos...
-Recuerdos, eh...
Katsura seguía quitando el agua sobrante, esta vez de su ropa.
-¿Quieres que te cuente por qué empecé a vivir en Edo?
El samurai asintió con la cabeza.
-Mi hermano...
En ese momento, la chica pareció percatarse de algo. Katsura le hubiera preguntado si se encontraba bien, pero no tuvo oportunidad de interrumpirla, pues rápidamente retomó la historia que quería transmitirle.
-Mi hermano me contó que hubo una persona a la que amó pero no pudo hacer feliz. Quería a toda costa hacer que olvidase su pasado y que disfrutase de la vida -la chica hablaba mientras también liquidaba el agua salada de su bonito kimono-. Según él, ella siempre quiso tener una hermana pequeña. Por eso me mandó a mí hasta Edo, donde esa persona vivía. Fingí ser alguien perdida y sin recuerdos, sin lugar al que pertenecer. Y ella me acogió. Pero... El aire de este planeta no me sentaba bien, y comencé a enfermar.
Katsura tuvo la necesidad de hacerle varias preguntas, pero solo una salió de su boca.
-¿A qué te refieres con el aire de este planeta?
-Bueno... -Yamato apartó su mirada momentáneamente-. Digamos que no soy humana.
-Entiendo -Katsura permaneció serio, atento a su historia.
-Ella tuvo que esforzarse más y trabajar mucho para buscar un médico que me curase. Pero mi enfermedad al parecer no tiene cura -la pelirroja hizo una pausa mientras se levantaba-. Algunos médicos le dijeron que mi organismo no era el de un humano normal. Me tomaron como una amanto, y eso nos cerró las puertas a muchos sitios. Aunque ella nunca perdió la esperanza.
El samurai observó el ensombrecido rostro de la chica, e intentó despertarla con una pregunta directa.
-Koyasudono, ¿piensas que has sido una carga para esa persona?
Yamato le dirigió una débil mirada y sonrió levemente.
-Posiblemente lo pensé en algún momento, pero creo que olvidé rápido ese pensamiento -continuó hablando tras hacer más notable su sonrisa-. Ella era feliz conmigo y yo con ella. Me enseñó muchas cosas, muchos lugares, muchas costumbres, muchas comidas... Y sobre todo, me dio tanto amor como yo le pude dar a ella. Tal vez lo que siento sea un vínculo de verdad, como si fuéramos hermanas. Aunque ella sea humana y yo no.
Katsura sonrió.
-Es una bonita historia.
-Más de una vez hemos hecho locuras como la que acabo de hacer -le confesó la joven mirando el muro desde el que había saltado-. Supongo que el recordarlo me ha emocionado. Lo siento.
-No pasa nada -el hombre de melena negra miró a varios lados, buscando a aquél intruso-. Más importante, ¿esto es un amanto?
Yamato también posó su mirada en Metalnikushokumon.
-Supongo -contestó ella.
-¿No lo sabes?
-Hmmm... ¿Cómo explicarlo?
-No hay necesidad de hacerlo -les informó una voz desde lo alto de unos contenedores-. Ya has contado demasiado, Yamato.
-¿Y ese quién es, Koyasudono?
La chica dio varios pasos hacia atrás, huyendo instintivamente de ese sujeto.
-No lo sé...
-¡¿Que no lo sabes?! -El de pelo corto negro dio un salto hasta el suelo y se acercó a ellos a paso lento, mientras no paraba de hablar-. ¡Demasiado tiempo has pasado entre humanos! Y pensar que siempre has sido mi preferida... Si alguien tiene que ser tu hermano, ese soy yo. ¡Ningún humano lo será!
El de pelo largo intuyó que no venía en son de paz, pero el hombre de pelo corto fue más rápido que su instinto de protección. En el momento en el que Zura posó su mano en su katana, ya había sido "atrapado". El brazo de ese hombre se había estirado, atrapó al samurai con él y violentamente lo lanzó lejos.
Katsura cayó en el agua por segunda vez en la noche, aunque esta vez no por iniciativa propia.
-Si vienes conmigo no lo mataré -Wargomumon acarició el rostro tembloroso de Yamato-, ¿vale?
Y aún así, esa planta digital se seguía preguntando por qué todos los demás le tenían miedo.
-Hikaru... -consiguió articular la chica-. ¿Hikaru te ha enviado?
Con una gran sonrisa en su cara, abrazó a la chica.
-¿Eso significa que sí te acuerdas de mí? -Le preguntó sin soltarla.
Poco a poco, su incompleta memoria iba completando el puzzle de su vida; y, efectivamente, ese hombre era una de las piezas.
-Wargomumon...
Satisfecho, se separó de ella y le acarició la cabeza.
-No me ha enviado Hikaru -contestó a la pregunta de la joven-. No metamos aún al doctor en esto. Ahora mismo tiene una importante visita esperándolo.
Tal vez Wargomumon se refería a la joven Takeru, quizás a alguna otra persona... O puede que se estuviese refiriendo al trío de la Yorozuya que vigilaba la casa de Hikaru desde fuera.
-¿Segura que es ahí? -Quiso asegurarse Gintoki.
-¡Que sí! ¿No confiáis en mí? -Se indignó Kagura.
-Confío en el olfato de Sadaharu -comentó Shinpachi poniéndose bien sus gafas.
-Espero que no sea un almacén de sukonbu...
-¡Callaos! -Gritó la pequeña Yato. Si estaban en esa situación no era culpa suya precisamente-. ¡Yo podía haberle dado una paliza a esa imitación de Luffy y haberle hecho escupir todo! Pero vosotros...
Kagura, bastante enfadada, recordó la escena que había ocurrido un rato antes:
-¡Iré contigo! -Había gritado la Dondake Girl del Shinsengumi cuando aquel tipejo pretendía rematar al fanático de la mayonesa y los demás-. Yo... Iré contigo. Pero no sigas haciéndoles daño.
-¡Espera ahí! -Le pidió la de la Yorozuya, desconforme con su decisión.
No iba a permitir que ese tío se llevase a la pobre chica. Gorisan le había contado que Sae estaba en peligro, y Kagura intuía que todo estaba conectado con él.
Sin embargo una tos intrusa, procedente de uno de los callejones, llamó su atención cuando pretendía partirle la cara al que se estiraba.
Desde las sombras de esa callejuela, Gintoki y Shinpachi le hacían señas para que se callase.
La planta digital apartó la mirada de la Yato, que había captado su atención durante unos segundos, y desapareció de su vista junto con Mayorin.
Sus compañeros de trabajo abandonaron el escondite y la única explicación que le dieron a la heroína de Gintama fue que debían seguir a esos dos.
Tras caminar sigilosamente por unas cuantas calles laberínticas, Kagura se había adelantado para no perder la pista de su presa, llegando hasta una pequeña casa situada en medio de dos almacenes. De ese edificio había visto al sospechoso y una persona encapuchada entrar y salir.
Y ahora, debían decidir cómo actuar.
-Lo siento, Kagurachan -se disculpó Shinpachi por no haberle ofrecido ninguna explicación-. Si queríamos averiguar qué estaba pasando, esta era la única opción.
-Así es -intervino el de la permanente natural-. Incluso se han llevado a Tailmon.
-¡No es Tailmon! ¡Es Saechan! -Se quejó el de las gafas.
-¡¿Qué?! -El enfado de Kagura, que empezaba a mitigarse, resurgió-. ¡¿Qué clase de adultos responsables sois?! ¡¿Cómo dejáis que secuestren a una chica?! ¡Madaos! ¡Sois unos madaos!
-¡¿Qué iba a hacer?! -Se indignó Gintoki, pues la pequeña no sabía la situación en la que se habían encontrado-. ¡Yo no puedo pelear contra Digimons! ¡No soy Masaru!
-¡Es Madao! -Gritó Shinpachi.
-¡¿Quién?! ¿Masaru o yo? ¡¿A quién llamas madao?! -Le espetó su líder-. ¡Si no fuera por la extraordinaria capacidad de recuperación de tu Ginsan, seguirías tirado en el suelo grasiento del garaje del viejo Gengai!
-¡No es eso! ¡Ginsan! ¡Kagurachan! -Shinpachi señaló con su dedo la puerta de la casa que vigilaban-. ¡Es Madao!
Efectivamente. Ahí se encontraba el señor Hasegawa llamando a la puerta.
Fueron precisamente esos toques insistentes lo que despertaron a la joven que dormía dentro. Algo asustada, se incorporó rápidamente en el sofá.
No consiguió recordar cómo había llegado hasta ahí, pero sospechaba quién lo había hecho.
"Hermana de Hikaru, ven conmigo". Rin dejó escapar una mueca de desprecio al recordarlo.
Una vez más, escuchó golpes en la puerta. Aunque esta vez, no parecía que estuviesen llamando. Sonaba más violento. Por seguridad, decidió no acercarse e ignorarlo.
La chica se levantó e inspeccionó toda la habitación, sorprendiéndose de lo familiar que le resultaba. Un sofá a la izquierda de la entrada y una mesa cuadrada con tres sillas a la derecha. No había nada más en esa habitación, pero ella conocía ese lugar.
De golpe, una oleada de recuerdos se visualizaron en su cabeza.
Por fin el deseo que llevaba implorando las últimas semanas de saber quién era, empezaba a hacerse realidad. Debía estar contenta, en paz. Debía llorar de alegría en esos momentos. No obstante, una opresión en su pecho comenzó a apoderarse de ella.
Puso una mano en la mesa para apoyarse y tomó asiento en una de las sillas.
"Tu hermano había regresado de un largo viaje, y ahora no necesitabas trabajar, pues él se iba a ocupar de todo".
-Hikaru... -dijo en voz alta.
Acomodó su cabeza sobre sus brazos en la mesa. Cerró los ojos y viajó al pasado, donde una pequeña Rin ocupaba esa misma silla, contemplando un suculento desayuno.
-Takeru, buenos días -le saludó aquel niño pelirrojo-. ¿Has dormido bien?
La niña se sonrojó, limitándose a contestar asintiendo con la cabeza. Ya había pasado varios días en esa casa, y seguía sin acostumbrarse a lo amables que eran con ella.
Él se sentó a su lado.
-Papá -el niño le habló a su padre, que apareció por la puerta situada detrás de la mesa-, he escrito una carta a Sorachi agradeciéndole que salvase a Takeru.
-¿Sí? -El hombre sonrió mientras cogía el abrigo que yacía en una de las sillas-. Dámela, saldré un momento a entregársela.
La nueva de la familia había escuchado ese nombre una y otra vez de boca del pequeño, pero esta vez sintió demasiada curiosidad. Es más, pensaba que el niño estaba equivocado.
-¿Sorachi? Pero si quien me salvó fue...
-Takeru -el padre de Hikaru interrumpió a la niña-. ¿Vienes conmigo?
-¡Eh! ¡Papá! ¡No es justo! -El niño, enojado, abandonó su asiento-. ¡Dijiste que no podías contarme cómo las mandabas! ¡Que era un secreto!
El hombre posó una mano en la cabeza del niño.
-Tranquilo, no voy a dejar que Takeru me vea hacerlo -le explicó con una sonrisa-. Recuerda que soy más rápido que un ninja.
-Vaaaale... -quedó más o menos conforme el pequeño.
Una vez fuera, la niña pensó en esa última frase.
"Recuerda que soy más rápido que un ninja". A pesar de que nunca había visto a un ninja en acción, tenía la sospecha de que ese hombre que caminaba junto a ella por la calle en esos momentos, no bromeaba. Varias noches atrás había irrumpido en el almacén en el cual se encontraba encerrada, formando un gran alboroto dejando a todos los secuestradores en estado crítico.
Takeru no era la única prisionera. Decenas de niños que habían sido apartados de sus padres, o como ella, huérfanos que tuvieron la mala suerte de acabar al "cuidado" de aquellos que se hacían llamar Mensajeros de Dios.
Kamiguchi Wataru. Ese era el nombre de la persona que le había salvado la vida aquella noche. Sin embargo...
-Watarusan -le llamó la joven mientras continuaban caminando-. ¿Hikaru no sabe que fue usted quien me salvó?
El hombre dio una calada a su cigarro antes de hablar.
-Un niño debe tener sueños, imaginación. Tener ídolos -posó su mirada en ella-. Hikaru cree en Sorachi.
-Pues debería creer en sí mismo -contestó ella con naturalidad.
El hombre rió a carcajadas, pues no se esperaba una respuesta tan madura. Tal fue su risa, que necesitó detenerse en medio de la calle y apoyarse en la pared de un edificio hasta que su ataque de tos cesase.
-Fumar no es bueno -le advirtió-. ¿Lo sabe?
-Lo sé -le contestó cuando consiguió calmarse-. Y veo que tú sabes muchas cosas.
-Mi padre murió por culpa del tabaco.
-Vaya... -El adulto, por instinto, tiró el cigarro al suelo-. ¿Fumaba demasiado?
-En realidad lo atropelló un camión que repartía tabaco.
-¡Entonces no fue por fumar! -Wataru se apresuró a recoger su colilla del suelo y limpiarla para volver a usarla.
-Pero... -la niña parecía ajena a esa cómica escena-. Sí que fumaba... Mucho.
Wataru permaneció de rodillas durante unos segundos, mirando a la niña y mirando su colilla. Le sonrió a la vez que se levantaba y le ofrecía su mano vacía.
Tal vez su forma de hablar no era muy infantil, pero no dejaba de ser una niña.
-Takeru, ¿qué edad tienes?
-Once.
El hombre sonrió.
-Entonces eres la hermana mayor de Hikaru -Wataru pareció percatarse de algo-. Ah, cierto. Puedes llamarme "papá" a partir de ahora.
Por segunda vez en el día, la joven contestó asintiendo con la cabeza debido a la vergüenza.
-Takeru -volvió a llamarla-. ¿No te gusta que le hable a Hikaru sobre Dios?
-No me molesta -ella lo miró a los ojos-. Porque usted lo hace con buena intención. Eso lo sé.
Wataru sonrió al escuchar esa respuesta.
-¿Las cartas que manda Hikaru...?
-Yo las leo y yo mismo llevo a cabo sus deseos -contestó interrumpiendo a la pequeña-. Entonces, ¿me guardarás el secreto sobre las cartas?
La niña recordó la cara de felicidad que Hikaru ponía al hablar sobre Sorachi, y contestó afirmativamente a Wataru, devolviéndole la sonrisa.
La buena voluntad de esa familia era lo que más le gustaba de ellos.
Cada día que pasaba se sentía más feliz ahí. Al igual que Hikaru, el cual era raro verle no sonreír como ocurrió cierta mañana.
-¿Qué te pasa, Hikaru? -Se preocupó la niña.
-Escribí una carta a Sorachi preguntándole cómo puedo conocerle, pero no me ha contestado -el pequeño dirigió una mirada a su mensajero particular-. Papá, ¿tú lo sabes?
Takeru sonrió para sí, esperando con interés cómo iba a responder Wataru a eso. El hombre, después de tragar lo que masticaba, contestó.
-Conocer a Dios... Ya lo conoces, hijo -miró al niño con una sonrisa-. Sorachi está siempre contigo.
-¡No! -el pequeño rió, pensando que su padre era un poco tonto-. Me refiero a verlo en persona.
-Hmm... Eso es más complicado.
-¿Por qué?
Wataru dejó los palillos en la mesa para darle un trago a su jarra de sake antes de ahondar en el tema.
-Todo seguidor, en algún momento de su vida, ha deseado conocer a su Dios -comentaba mientras miraba su bebida-. Eso es cierto. Pero conocer a Dios conlleva ver el mundo en el que él se encuentra. Para ello tendrías que olvidarte de mí, de Takeru, de mamá. De todo.
Ambos niños se miraron.
-Y yo os pregunto -continuó el adulto-, ¿creéis que alguien lo desearía tanto hasta el punto de olvidar todo sobre sí mismo?
Hikaru quedó unos momentos pensativo, al igual que Takeru.
-Eso sería muy triste... -dijo el pequeño.
-¿A que sí? -Estuvo de acuerdo su hermana, que entendía el mensaje de su padre-. No quiero que te olvides de mí, Hikaru.
-Yo... ¡Yo tampoco! -Concluyó el niño.
Takeru y Wataru se miraron e intercambiaron una sonrisa. Ella pensaba que después de todo, no era tan mala idea el secreto de Sorachi. Incluso, de vez en cuando podía tomarle el pelo a su nuevo padre gracias a eso.
-Hikaru -el aludido miró a Takeru-. ¿Por qué no le mandas una carta a Sorachi diciéndole que haga que tu papá deje de fumar?
El tic que apareció en el ojo de Wataru le indicó a la niña que esa idea no le gustaba.
-Tienes razón -Hikaru pensó que cómo no se le había ocurrido antes-. Fumar no es bueno, y papá siempre dice que no tiene suficiente voluntad para dejarlo.
Rápido como el viento, escribió la carta y se la dio a su padre.
-Muy bien -Wataru sacó de su bolsillo un mechero y prendió fuego a la carta-. ¡Tal es el destino de este mensaje! ¡Pobre de mí!
Takeru escondió su risa mientras el pequeño se quejaba.
-¡Papá! ¡Eso no vale!
El padre cogió a sus hijos y los tiró al sofá, donde comenzó a hacerles cosquillas hasta que olvidaron el asunto.
La joven Takeru volvió al presente, donde la realidad había cambiado mucho desde aquellos tiempos.
"Hermana de Hikaru, ven conmigo".
Abrió los ojos y frente a ella se encontraba aquel mismo sofá en el que tantos buenos momentos habían pasado.
-Hikaru... ¿Qué estás haciendo?
No se esperaba que la pregunta que había formulado en voz alta fuese contestada por nadie. Sin embargo, junto a la puerta abierta que estaba detrás de ella, alguien habló.
-Jugar a ser Dios. Experimentación con humanos.
Takeru se levantó de su asiento y se alejó. Definitivamente, él no era Hikaru. Si había visto antes a esa persona que llevaba una venda en el ojo izquiedo, no se acordaba. Aunque hasta unas horas antes, lo normal en ella había sido no recordar a nadie.
-¿Tú también eres una de sus armas? -Le preguntó antes de llevarse su pipa a la boca-. ¿O tú eres Katia?
Hola de nuevo... Por fin llega el siguiente capítulo...
Lo siento. Entre otras cosas, me quedé sin mi portátil hace tiempo (lo asesiné con una taza de té...), estuve semanas fuera de casa, etc. Actualmente uso un portátil que me han prestado, pero a menudo me saca de mis casillas porque o no se conecta a la wifi o no me reconoce el disco duro. Pero bueno, voy sobreviviendo. Y deseando comprarme un portátil. T_T
Espero que os sigáis acordando de este fanfic, porque yo sí. En este capítulo ha habido varias revelaciones, y bastante flashback. Y todo sea dicho, poco humor. Pero he procurado que el humor fuese contundente. XD Espero haberlo conseguido.
En el siguiente a ver si se ve más sobre el pasado de esta gente o sobre Madao. (?)
Muchas gracias por vuestro apoyo y comentarios. :D Muchas, muchas gracias. T_T
En fin, sin más que decir, paso a los comentarios:
Luisalawliet Oh, me extrañaste... T_T Qué bonito. T_T Pues en estos meses supongo que me has extrañado también... Lo siento... T_T Espero haberte sorprendido con esto entonces. :D Ya me dirás si te ha gustado. :D Gracias por tu comentario. :D
Sasuchwann XDDDD Sobre todo Sougo, sí. XD Me encanta escribir sobre ese sádico, ¿se nota? No sé, es que me sale solo. XDD Debo tener un lado S. (?) Me alegro que te guste tanto y te deje con ganas de más. :D A ver qué tal este. :D Gracias por el comentario~
Claudia1542 Mayorin no es rusa, pero sí que es una chica del este, puesto que es de Japón. :D XD Pues ya has visto. No se llama Katia en realidad. Tal vez se llamó así en el pasado (Hikaru da a entender eso), pero definitivamente es algo que quiere dejar atrás. En el siguiente se verá más sobre eso... Espero que ahora entiendas mejor esta mierda. T_T Y si no, pues poco a poco se van diciendo cosas. Si te vuelvo loca, lo siento. XDD De este capítulo ya habías leído algo, espero que lo demás te guste. :D Gracias por comentarme. :D
Cheshire31614 Zura es todo un caballero, ¡si incluso se tiró a salvarla! D: Pobre Zura. XDD Como dices, a lo mejor era por Takasugi... ¿Takasugi la ha abandonado por Rin? D:
Exacto. Resumen: todos quieren salvar a todos. XDDDDD Lo de Sae... ¿Por qué quiere salvar a Hikaru en vez de a ella misma? ¿Por qué? ¿Por qué Gorisan no dice nada? Ah, porque lo han mandado a volar. (?)
Lo siento mucho si te haces un lío. T_T Pero en resumen, hasta que no recuerden todo, posiblemente lo único claro serán cosas sueltas... ¡A ver si recuperan ya toda la memoria!
Ha llovido y he podido escribir, sí. Lo malo fue cuando llovió encima de mi portátil... T_T
En fin, gracias por tus comentarios tan kilométricos siempre. XDD
karunebulous Ginpachi dice que en vez de dar las gracias, que des más parfaits. (?) Este goloso...Pues ya has sabido algo más de este Mad Scientist. Y de Madao. XDDDDDDDD ¿Qué demonios está haciendo ahí? Lo sabremos pronto. :D
Espero que este te haya gustado. Gracias por el comentario. :D
