EL ABANICO DE SEDA

Esta es una adaptación de la novela homónima a los personajes de CCS, por lo tanto los nombres de la mayoría de los nombres que aparecen aquí, pertenecen a CLAMP, pero la trama es de la autora Lisa See. Esto es sin ánimo de lucro.

En esta novela se ha seguido el calendario tradicional chino. El tercer año del reinado del emperador Daoguang, que fue cuando en esta historia, nace la protagonista, corresponde a 1823. La rebelión taiping empezó en 1851 y terminó en 1864.

Se cree que el nushu (el código secreto de escritura utilizado por las mujeres en una remota región del sur de la provincia de Hunan) apareció hace mil años. Parece ser la única escritura del mundo creada y utilizada exclusivamente por mujeres.

"AÑOS DE CABELLO RECOGIDO"

LA SILLA DE FLORES

Dos años después de la muerte de Rika, empecé a peinarme el cabello –que llevaba recogido desde los quince años– al estilo del dragón, como corresponde a una joven que está a punto de contraer matrimonio. Mis suegros enviaron más telas, dinero para que pudiera tener mi propio monedero y joyas (pendientes, anillos, collares) de plata y jade. Además regalaron a mis padres treinta paquetes de arroz glutinoso –suficiente para alimentar a la familia y los amigos que nos visitarían esos días– y una pieza de magro de cerdo, que mi padre cortó y mis hermanos repartieron entre los vecinos de Puwei para hacerles saber que había empezado oficialmente la celebración de la boda, que duraría un mes. Pero lo que más sorprendió y complació a mi padre –y lo que demostró que el sacrificio que mi familia había hecho por mí había valido la pena– fue la llegada de otro carabao. Con ese solo regalo mi padre se convirtió en uno de los tres hombres más prósperos de nuestro pueblo.

Tomoyo vino a pasar con nosotros todo el mes del rito de Sentarse y Cantar en la Habitación de Arriba. Durante esas cuatro últimas semanas, mientras yo terminaba mi ajuar, me ayudó en todo y estrechamos aún más los lazos que nos unían. Ambas teníamos ideas descabelladas acerca de lo que sería el matrimonio, pero creíamos que nada podría compararse con el placer que sentíamos cuando nos abrazábamos: el calor de nuestros cuerpos, la suavidad y el delicado perfume de nuestra piel. Nada podría cambiar el amor que nos profesábamos y no cabía ninguna duda de que en el futuro tendríamos cada vez más cosas que compartir.

Para nosotras el rito de Sentarse y Cantar en la Habitación de Arriba señalaba el principio de un compromiso aún más profundo entre las dos. Tras diez años de amistad, nuestra relación estaba a punto de entrar en una fase nueva y mucho más profunda. Al cabo de dos o tres años, cuando me instalara definitivamente en la casa de mi esposo y Tomoyo se marchara al hogar de su esposo en Jintian, nos visitaríamos con frecuencia. Estábamos seguras de que nuestros maridos, que eran hombres adinerados y distinguidos, alquilarían palanquines con ese propósito.

Como yo no tenía hermanas de juramento que me acompañaran durante esas celebraciones, mi madre, mi tía, mi cuñada, Nakuru –que había venido a casa porque volvía a estar embarazada– y unas cuantas muchachas solteras de Puwei subían a la habitación para celebrar mi buena suerte. La señora Wang también acudía de vez en cuando. En ocasiones contábamos nuestras historias favoritas, o una elegía una canción que todas cantábamos a coro. Otras veces cantábamos la historia de nuestra propia vida. Mi madre, que estaba satisfecha con su destino, nos contó "El cuento de la Niña Flor", y mi tía, que todavía estaba de luto, nos hizo llorar a todas entonando un triste canto fúnebre.

Una tarde, mientras yo bordaba el cinturón con que me ceñiría el traje de boda, la señora Wang vino a distraernos con "La historia de la esposa Wang". Se sentó en un taburete al lado de Tomoyo, que estaba muy concentrada componiendo mi libro del tercer día y buscando las palabras idóneas para hablarles de mí a mis suegros, y empezaron a decirse cosas al oído. De vez en cuando yo oía a Tomoyo decir "Sí, tiíta" o "No, tiíta". Siempre se había mostrado muy cariñosa con la casamentera y yo había intentado seguir su ejemplo con relativo éxito.

Cuando la señora Wang vio que todas estábamos esperando, removió e trasero sobre el taburete para ponerse cómoda y empezó su relato.

-Érase una vez una mujer piadosa con muy pocas perspectivas- en los últimos años la señora Wang había engordado mucho, y por eso tanto sus relatos como sus movimientos eran más lentos-. Su familia la casó con un carnicero. No podía haber otra unión más baja tratándose de una mujer de creencias budistas. Pese a ser muy piadosa, era ante todo mujer, y tuvo hijos e hijas. Sin embargo, la esposa Wang no comía pescado ni carne. Todos los días recitaba sutras durante horas, sobre todo el sutra del diamante. Cuando no recitaba, suplicaba a su esposo que no matara más animales. Lo prevenía del mal karma que arrastraría en su siguiente vida si continuaba desempeñando aquel oficio

La casamentera puso una mano sobre el muslo de Tomoyo en un gesto de consuelo. A mí me habría molestado sentir la mano de la anciana en mi pierna, pero Tomoyo no la apartó.

-El esposo Wang le decía (y algunos creerán que con razón) que los hombres de su familia eran carniceros desde hacía innumerables generaciones- prosiguió-. "Sigue recitando el sutra del diamante", le decía. "En tu próxima vida recibirás tu recompensa. Yo seguiré matando animales. Compraré tierras en esta vida y dejaré que me castiguen en la próxima"

La esposa Wang sabía que estaba condenada por haberse acostado con su esposo, pero, cuando él puso a prueba sus conocimientos del sutra del diamante y descubrió que lo recitaba sin saltarse ni una palabra, le dio una habitación para ella sola a fin de que pudiera ser casta el resto de su vida de casada.

-Entretanto- continuó la señora Wang, cuya mano volvió a moverse hacia Tomoyo y se posó suavemente en su nuca-, el rey del más allá envió fantasmas para que vigilaran a las personas virtuosas. Espiaron a la esposa Wang y, tras convencerse de su pureza, la animaron a viajar al más allá para recitar el sutra del diamante. Ella sabía qué significaba eso: le estaban pidiendo que muriera. Les suplicó que no la obligaran a abandonar a sus hijos, pero los fantasmas no quisieron oír sus ruegos. La esposa Wang dijo a su marido que tomara otra esposa, y a sus hijos, que fueran buenos y obedecieran a su nueva madre. Y, tras pronunciar esas palabras, cayó al suelo, muerta

La esposa Wang padeció mucho antes de que la condujeran ante el rey del más allá. Él, que había comprobado su virtud y devoción observando cómo soportaba todas sus tribulaciones, le pidió, al igual que había hecho el marido de la esposa Wang, que recitara el sutra del diamante. Ella se dejó nueve palabras, pero el rey del más allá quedó tan satisfecho con sus esfuerzos (los que había hecho tanto en vida como después de muerta) que la recompensó permitiéndole regresar al mundo de los vivos convertida en recién nacido. Esa vez, la esposa Wang nació como varón en la casa de un erudito funcionario, pero llevaba escrito su verdadero nombre en la planta del pie.

-La esposa Wang había llevado una vida ejemplar, pero sólo había sido una mujer –nos recordó la casamentera–. Ahora que era un hombre, destacaba en todo cuanto hacía. Alcanzó el más alto rango entre los funcionarios imperiales, consiguió riquezas, honores y prestigio. No obstante, echaba de menos a su familia y ansiaba volver a ser una mujer. Al final el emperador le concedió audiencia; ella le contó su historia y le suplicó que la dejara regresar al pueblo natal de su esposo. Tal como había ocurrido con el rey del más allá, el valor y la virtud de la mujer conmovieron al emperador, que, sin embargo, vio algo más en ella: devoción filial. Le concedió una plaza de magistrado en el pueblo natal de su esposo. La esposa Wang llegó allí con sus lujosos ropajes de funcionario imperial. Cuando todos los habitantes salieron a rendirle pleitesía, dejó perpleja a la multitud quitándose los zapatos de varón y revelando su verdadero nombre. Dijo a su esposo, que ya era muy anciano, que quería volver a ser su esposa. El esposo Wang y sus hijos fueron a la tumba de la esposa Wang y la abrieron. El emperador de jade salió de ella y anunció que toda la familia Wang podía abandonar este mundo y alcanzar el nirvana, y eso fue lo que hicieron.

Pensé que la señora Wang había contado esa historia para hablarme de mi futuro. Mi esposo y su familia, por muy queridos y respetados que fueran en el condado, quizá hicieran cosas que pudieran considerarse ofensivas o incluso impuras. Además, era propio de la naturaleza de un hombre nacido bajo el signo del tigre ser fogoso, enérgico e impulsivo. Pudiera ser que mi esposo se rebelara contra la sociedad o se burlara de las tradiciones (he de admitir que eso no es tan grave como ser carnicero; aun así, eran conductas que podían resultar muy peligrosas). Yo, como mujer nacida bajo el signo del caballo, podría ayudar a mi esposo a corregir esas conductas negativas. Una mujer caballo nunca debe tener miedo de tomar el mando y apartar a su compañero de los problemas. Para mí, ése era el verdadero mensaje de "La historia de la esposa Wang". Ella no había conseguido que su esposo hiciera lo que ella le pedí, pero, gracias a su devoción y sus buenas obras, no sólo lo había salvado de la condena que le habrían acarreado sus actos impuros, sino que además había ayudado a toda su familia a alcanzar el nirvana. Es uno de los pocos relatos didácticos con final feliz que nos contaron, y aquel día de últimos de otoño, un mes antes de mi boda, me hizo sentir feliz.

Por lo demás, yo experimentaba sentimientos encontrados durante el rito de Sentarse y Cantar. Me entristecía saber que iba a alejarme de mi familia, pero, tal como había hecho con el vendado de los pies, procuraba ver más allá; no me quedaba con aquel pedacito de vida que podía ver por la celosía, sino que contemplaba un paisaje como los que Tomoyo y yo veíamos por la ventanilla del palanquín de la señora Wang. Estaba convencida de que me esperaba un futuro nuevo y mejor. Quizá era una actitud innata en mí; si pueden, los caballos recorren el mundo. Me complacía la idea de vivir en otro sitio. Como es lógico, me gustaría poder afirmar que Tomoyo y yo seguíamos nuestra naturaleza de caballo exactamente como la definen los horóscopos, pero los caballos (y las personas) no siempre obedecen. Decimos una cosa y hacemos otra. Sentimos de una forma; luego nuestros corazones se abren en otra dirección. Vemos una cosa, pero no comprendemos que las anteojeras limitan nuestra visión. Avanzamos por una vereda que nos gusta, pero entonces vemos un camino, un callejón, un río que nos tienta...

Así es como me sentía, y pensaba que Tomoyo debía de sentir lo mismo que yo, pero mi laotong era un misterio para mí. Su boda celebraría un mes después de la mía, pero no parecía ni emocionada ni triste. Estaba muy apagada, incluso cuando cantaba, sin equivocarse, la letra de nuestras canciones o trabajaba con diligencia en el libro del tercer día que estaba componiendo para mí. Pensé que quizá la ponía más nerviosa que a mí la perspectiva de la noche de bodas.

-Eso no me asusta- dijo, mientras doblábamos y envolvíamos mis colchas.

-A mí tampoco- aseguré, pero ninguna de las dos lo decía con mucha convicción.

En mis años de hija, cuando todavía me dejaban jugar en la calle, había visto muchos animales aparearse. Sabía que tendría que hacer algo parecido, pero no entendía cómo iba a pasar ni qué se esperaba de mí, y Tomoyo, que generalmente sabía mucho más que yo, no podía ayudarme. Ambas esperábamos que nuestras madres, hermanas mayores, mi tía o incluso la casamentera, nos explicaran cómo realizar aquella tarea, igual que nos habían enseñado a hacer tantas otras.

Como a ambas nos resultaba violento abordar ese tema, intenté conducir la conversación hacia los planes que teníamos para las semanas siguientes. En lugar de regresar con mi familia después de mi boda, iría a casa de Tomoyo para acompañarla durante el mes del rito de Sentarse y Cantar. Tenía que ayudarla con los preparativos de la boda, como ella me había ayudado a mí. Hacía diez años que deseaba ir allí y, en cierto modo, eso me hacía más ilusión que conocer a mi esposo, porque había oído hablar mucho acerca de la casa y la familia de Tomoyo, mientras que apenas sabía nada del hombre con el que iba a casarme. Sin embargo, pese a estar muy emocionada (¡por fin iba a ver la casa de Tomoyo!), ella sólo me daba detalles muy vagos.

-Te llevará alguien de tu familia política- dijo mi alma gemela.

-¿Crees que mi suegra participará en el rito de Sentarse y Cantar de tu boda?- pregunté. Eso me habría complacido, porque así mi suegra me vería con mi laotong.

-La señora Li está demasiado ocupada. Tiene muchas obligaciones, y tú también las tendrás algún día

-Pero conoceré a tu madre, a tu hermana mayor y... ¿A quién más invitaréis?

Suponía que mi madre y mi tía participarían en los rituales de su boda. Tomoyo era casi un miembro más de nuestra familia y yo creía que querría tenerlas a su lado durante esos días.

-Vendrá tía Wang- contestó.

Seguramente la casamentera haría varias apariciones durante el rito de Sentarse y Cantar de mi laotong, tal como había hecho con el mío. Para la señora Wang nuestra boda suponía la culminación de largos años de duro trabajo; cuando abandonáramos el hogar paterno, ella recibiría sus honorarios. Era lógico que no quisiera desperdiciar ni una sola oportunidad de demostrar a las otras mujeres –madres de potenciales clientes– los espléndidos resultados que había obtenido.

-No sé si mi madre ha invitado a alguien más. No sé qué ha planeado- continuó mi laotong-. Todo será una sorpresa

Nos quedamos calladas mientras cada una doblaba otra colcha. La miré y me pareció advertir cierta tensión en sus facciones. Por primera vez en muchos años volvió a invadirme la inseguridad. ¿Y si Tomoyo seguía considerando que no era digna de ella? ¿La avergonzaba que las mujeres de Tongkou conocieran a mi madre y mi tía? Entonces recordé que estábamos hablando de su rito de Sentarse y Cantar. Todo se haría exactamente como su madre decidiera.

Le aparté un mechón de la cara y se lo puse detrás de la oreja.

-Estoy impaciente por conocer a tu familia. Vamos a pasarlo muy bien

Todavía estaba tensa cuando dijo:

-No quisiera que te llevaras una decepción. Te he hablado tanto de mi madre, de mi padre...

-Y de Tongkou, y de tu casa...

-Seguro que nada te resultará tan bonito como lo has imaginado

Me reí.

-Es una tontería que te preocupes. Todo lo que he imaginado proviene de los hermosos cuadros que tú has dibujado con tus palabras

-.-

Tres días antes de mi boda, empecé las ceremonias relacionadas con el Día de la Pena y las Preocupaciones. Mi madre se sentó en el cuarto peldaño de la escalera que conducía a la habitación de arriba, las mujeres de nuestro pueblo vinieron a presenciar los lamentos. Cuando mi madre y yo hubimos terminado de llorar y cantarnos una a otra, repetí el rito con mi padre, mis tíos y mis hermanos. Es cierto que era valiente y pensaba sin temor en mi nueva vida, pero mi cuerpo y mi alma estaban debilitados por el hambre, pues la novia no puede comer durante los diez últimos días de las ceremonias de la boda. ¿Observamos esta tradición para que nos entristezca aún más dejar a nuestra familia, para estar más complacientes cuando llegamos a la casa de nuestro esposo, o para que éste nos encuentre más puras? ¿Cómo voy a saberlo? Lo único que sé es que mi madre, como la mayoría de las madres, escondió unos huevos duros para mí en la habitación de las mujeres; sin embargo, no me proporcionaban mucha fuerza, y mis emociones se debilitaban con cada nuevo evento.

A la mañana siguiente me despertaron los nervios, pero Tomoyo estaba a mi lado, y con sus suaves dedos en mi mejilla intentó tranquilizarme. Ese día iban a presentarme a mis suegros y yo tenía tanto miedo que no habría podido comer aunque hubiese estado permitido. Me ayudó a ponerme el traje nupcial que yo misma había confeccionado: una túnica corta sin cuello, ceñida con un cinturón, y unos pantalones largos. Luego deslizó en mi muñeca los brazaletes de plata que me había enviado la familia de mi esposo y me ayudó a ponerme los otros regalos: los pendientes, el collar y las horquillas. Los brazaletes hacían un ruido metálico y los dijes de plata que yo había cosido en mi túnica tintineaban armoniosamente. Calzaba los zapatos rojos de boda y lucía un ornado tocado con cuentas perladas y alhajas de plata que temblaban cuando caminaba, movía la cabeza o no podía contener mis sentimientos. De la parte delantera del tocado colgaban unas borlas rojas que formaban un velo y me impedían ver. Para no perder el decoro debía mantener la vista fija en el suelo.

Tomoyo me guió hasta la planta baja. Que no viera no significaba que infinidad de emociones no me recorrieran el cuerpo. Oí los irregulares pasos de mi madre, a mi tía y mi tío hablar en voz baja, y a mi padre arrastrar la silla al levantarse. Fuimos juntos hasta el templo de Puwei, donde agradecí a mis antepasados la vida que había tenido. Tomoyo no se separó ni un momento de mí; me conducía por los callejones, me susurraba palabras de ánimo al oído y me recordaba que debía apresurar el paso, si podía, porque mis suegros no tardarían en llegar.

De vuelta en casa, subimos a la habitación de las mujeres. Para tranquilizarme, mi laotong me cogió las manos e intentó describirme lo que debía de estar haciendo en esos momentos mi nueva familia.

-Cierra los ojos y trata de imaginarlo- se inclinó hacia mí, de modo que las borlas de mi tocado se agitaban con cada palabra que pronunciaba-. El señor y la señora Li, sin duda elegantemente vestidos, han partido hacia Puwei con sus amigos y parientes. Los acompaña una banda de músicos para anunciar a todos cuantos encuentren por el camino que hoy van a realizar una buena adquisición- bajo la voz para añadir-: ¿Dónde está el novio? Él te espera en Tongkou. ¡Sólo faltan dos días para que lo veas!

De pronto oímos música. Estaban llegando. Tomoyo y yo nos acercamos a la celosía. Me aparté las borlas de la cara y miré. Todavía no veíamos la banda ni el cortejo, pero sí a un emisario que entraba en el callejón; se paró ante la puerta y entregó a mi padre una carta escrita en papel rojo, donde se declaraba que mi nueva familia había venido a buscarme.

En ese momento la banda dobló la esquina, seguida de un gran grupo de desconocidos. Cuando llegaron a nuestra casa, empezó el clásico tumulto. La gente lanzó agua y hojas de bambú a la banda, y se oyeron las risas y bromas de rigor. Me llamaron para que bajara. Una vez más, Tomoyo me cogió de la mano y me guió. Las mujeres cantaban: "Criar a una niña y casarla es como construir un buen camino para que otros lo utilicen".

Salimos, y la señora Wang presentó a los padres de ambas familias. Yo tenía que mostrarme tan recatada como pudiera en ese momento, en que mis suegros me veían por primera vez, así que ni siquiera podía pedir en voz baja a Tomoyo que me describiera qué aspecto tenían ni preguntarle qué creía que pensaban de mí. A continuación, mis padres encabezaron el cortejo hacia el templo de los antepasados, donde mi familia ofrecería el primero de numerosos banquetes. Tomoyo y otras niñas de mi pueblo se sentaron alrededor de mí. Se sirvieron platos especiales y bebidas alcohólicas. A los comensales se les pusieron las mejillas coloradas. Los hombres y las ancianas me lanzaban pullas. Durante todo el convite yo canté lamentos y las mujeres me respondieron a coro. Llevaba siete días sin probar bocado y el olor de la comida me mareó.

Al día siguiente, el de los Grandes Cantos, se celebró un almuerzo. Se expusieron todos mis trabajos y mis libros nupciales del tercer día, y Tomoyo, las mujeres y yo cantamos otra vez. Mi madre y mi tía me condujeron a la mesa principal. Tan pronto me senté, mi suegra me puso delante un cuenco de sopa que ella misma había preparado y que simbolizaba la bondad de mi nueva familia. Yo habría dado cualquier cosa por haber podido probar aunque sólo fuera un sorbito de aquel caldo.

El velo me impedía ver la cara de mi suegra, pero, cuando miré hacia abajo entre las borlas y vi unos lotos dorados que parecían tan pequeños como los míos, me asaltó el pánico. Mi suegra no calzaba los zapatos que yo había confeccionado para ella. Y comprendí el porqué: el bordado de los que llevaba era mucho mejor que cualquiera de los míos. Me sentí muy desdichada. Seguro que mis padres estaban avergonzados, y mis suegros, desilusionados.

En ese terrible momento Tomoyo se acercó y me cogió del brazo. La tradición dictaba que yo debía abandonar la fiesta, así que me condujo fuera del templo y me acompañó a casa. Me ayudó a subir por la escalera, me quitó el tocado y el resto del traje nupcial y me puso una camisa y las zapatillas de dormir. Yo no despegué los labios. La perfección de los zapatos de mi suegra me atormentaba, pero no me atrevía a hacer ningún comentario, ni siquiera ante Tomoyo. No quería que ella también se avergonzara de mí.

Esa noche, mi familia regresó muy tarde a casa. Si alguien pensaba darme algún consejo sobre el acto carnal, tenía que ser entonces. Mi madre entró en la habitación y Tomoyo salió. Mi madre parecía preocupada, y por un instante pensé que iba a decirme que mis suegros querían deshacer la unión. Dejó el bastón sobre la cama y se sentó a mi lado.

-Siempre te he dicho que una verdadera dama no permite que la indignidad entre en su vida- dijo-, y que la belleza sólo se alcanza a través del dolor

Asentí con pudor, pero por dentro casi gritaba de terror. Mi madre había pronunciado aquella frase una y otra vez durante el vendado de mis pies. ¿Tan malo era lo del acto carnal?

-Espero que recuerdes, Sakura, que no siempre podemos evitar la indignidad. Tienes que ser valiente. Te has comprometido de por vida. Sé la dama que te hemos enseñado a ser.

Entonces se levantó, se apoyó en el bastón y salió renqueando de la habitación. ¡Sus palabras no me habían ayudado en absoluto! Mi buen ánimo, mi audacia y mi fuerza me abandonaron del todo. En verdad, me sentía como una novia: asustada, triste y aterrada ante la idea de abandonar a mi familia.

Cuando Tomoyo volvió a entrar y me vio pálida de miedo, ocupó el lugar que mi madre acababa de dejar en la cama e intentó consolarme.

-Llevas diez años preparándote para este momento- dijo con ternura-. Obedeces las normas recogidas en las Enseñanzas para mujeres. Tus palabras son dulces, pero tu corazón es fuerte. Te peinas con recato. No te pintas los labios con carmín ni te aplicas polvos. Sabes hilar lana y algodón, tejer, coser y bordar. Sabes cocinar, limpiar, lavar, tener siempre a punto té caliente y encender el fuego en el hogar. Te ocupas de tus pies como es debido. Todas las noches, antes de acostarte, te quitas las vendas viejas. Te lavas los pies con esmero y utilizas la cantidad justa de perfume antes de vendártelos con vendas limpias

-¿Y el... acto carnal?

-¿Qué pasa con eso? Tus tíos han sido muy felices en la cama. Tus padres han tenido suficiente trato carnal para concebir muchos hijos. No puede ser tan duro como limpiar y bordar

Me sentí un poco mejor, pero Tomoyo no había terminado. Me ayudó a meterme en la cama, se acurrucó a mi lado y siguió elogiándome.

-Serás una buena madre, porque eres cariñosa- me susurró al oído-, y al mismo tiempo serás una buena maestra. ¿Cómo lo sé? Mira cuántas cosas me has enseñado- hizo una breve pausa para que mi mente y mi cuerpo asimilaran sus palabras, y luego continuó con un tono más natural-. Además, me he fijado en cómo te miraban los Li ayer y hoy.

Me aparté de sus brazos para mirarla.

-Cuéntame. Cuéntamelo todo

-¿Te acuerdas de cuando la señora Li te llevó la sopa?

Claro que me acordaba. Eso había sido el principio de lo que yo imaginaba sería una vida entera de humillación.

-Temblabas de pies a cabeza- continuó Tomoyo- ¿Cómo lo hiciste? Todos los presentes se dieron cuenta. Todos comentaron tu fragilidad combinada con tu circunspección. Mientras permanecías sentada con la cabeza agachada, demostrando que eres una doncella perfecta, la señora Li desvió la mirada hacia su esposo. Sonrió satisfecha y él le devolvió la sonrisa. Verás, la señora Li es muy estricta, pero tiene un buen corazón...

-Pero si...

-¡Y cómo te examinaban los pies todos los miembros del clan Li! Oh, Sakura, estoy segura de que en mi pueblo todos se alegran de saber que un día te convertirás en la nueva señora Li. Ahora procura dormir. Te aguardan muchos largos días

Nos tumbamos frente a frente. Tomoyo me puso una mano en la mejilla, como solía hacer.

-Cierra los ojos- susurró, y yo la obedecí.

-.-

Al día siguiente mis suegros llegaron a Puwei lo bastante temprano para recogerme y regresar a Tongkou conmigo antes del anochecer. Cuando oí la banda en las afueras del pueblo, se me aceleró el corazón. No pude evitar que las lágrimas brotaran de mis ojos. Mi madre, mi tía, Nakuru y Tomoyo lloraban mientras me acompañaban abajo. Los emisarios del novio llegaron ante la puerta de mi casa. Mis hermanos ayudaron a cargar mi ajuar en los palanquines. Yo volvía a llevar puesto el tocado, de modo que no pude ver a nadie, pero oía las voces de mis familiares mientras recitábamos los últimos cantos tradicionales.

-Una mujer no adquiere ningún valor hasta que se marcha de su pueblo- cantó mi madre.

-Adiós, mamá- contesté-. Gracias por criar a una hija inútil

-Adiós, hija- susurró mi padre.

Al oír su voz derramé aún más lágrimas. Me aferré a la barandilla de la escalera que conducía a la habitación del piso de arriba. De pronto no quería marcharme.

-Las mujeres nacemos para abandonar nuestro pueblo natal- cantó mi tía-. Eres como un pájaro que entra en una nube para nunca regresar

-Gracias, tía, por hacerme reír. Gracias por mostrarme el verdadero significado del dolor. Gracias por compartir tu talento conmigo

Oí los sollozos de mi tía. No podía dejar que sufriera sola. Mis lágrimas se unieron a las suyas.

Miré hacia abajo y vi las curtidas manos de mi tío sobre las mías, desasiendo mis dedos de la banderilla.

-La silla de flores te espera- anunció con voz quebrada por la emoción.

-Tío...

Entonces oí las voces de mis hermanos, que se despedían de mí. Quería verlos, librarme de esas borlas rojas que me tapaban la cara.

-Touya, gracias por la bondad que siempre me has demostrado- entoné-. Hermano Segundo, gracias por dejar que cuidara de ti cuando eras un crío de pañales. Nakuru, gracias por tu paciencia

Fuera, la banda se puso a tocar más fuerte. Extendí los brazos. Mis padres me cogieron de las manos y me ayudaron a traspasar el umbral. Las borlas oscilaron ante mi rostro y alcancé a ver mi palanquín, cubierto de flores y seda roja. Mi hua jiao, la silla de flores, era preciosa.

Acudió a mi mente todo cuanto me habían contado desde que se concertó mi compromiso matrimonial, seis años atrás: iba a casarme con un tigre, la mejor unión para mí según nuestros horóscopos; mi esposo era un hombre sano, inteligente e instruido; su familia era respetada, rica y generosa. En efecto, así lo indicaban la calidad y cantidad de los regalos que había recibido mi familia, y ahora volvía a comprobarlo con la silla de flores. Solté las manos de mis padres.

Avancé dos pasos a ciegas y me paré. No veía por dónde iba. Extendí de nuevo los brazos, con la esperanza de que Tomoyo los cogiera. Ella acudió en mi ayuda, como siempre. Entrelazó sus dedos con los míos y me guió hasta el palanquín. Abrió la portezuela. Oí llantos alrededor. Mi madre y mi tía cantaban una canción triste, la que siempre entonaban las mujeres para despedirse de sus hijas. Tomoyo se inclinó hacia mí y me susurró al oído, para que nadie la oyera:

-Recuerda: siempre seremos almas gemelas- a continuación se sacó algo de la manga y me lo escondió dentro de la túnica-. He hecho esto para ti- añadió-. Léelo por el camino hasta Tongkou. Nos veremos allí

Subí al palanquín. Los porteadores me levantaron y echaron a andar. Mi madre, mi tía, mi padre, Tomoyo y varias amigas de Puwei nos siguieron a mí y a mi escolta hasta la linde del pueblo dedicándome palabras de ánimo. Sola en el palanquín, rompí a llorar.

Os preguntaréis por qué estaba tan afligida si iba a volver al hogar paterno al cabo de tres días. La explicación es sencilla: la expresión que utilizamos para "casarse" es buluo fujia, que significa "no caer inmediatamente en la casa del esposo". La partícula luo significa "caer", como caen las hojas en otoño o como caer muerto. Y en nuestro dialecto local la palabra "esposa" se pronuncia igual que "huésped". Durante el resto de mi vida yo no sería más que un huésped en la casa de mi esposo, no de la clase de huésped al que se agasaja con manjares, regalos y cariño o con blandas camas, sino de esos que siempre se contemplan como extraños y sospechosos.

Metí una mano en la túnica y saqué el paquete que Tomoyo había dejado. Era nuestro abanico, envuelto con un trozo de tela. Lo abrí, ansiosa por leer las alegres palabras que mi laotong habría escrito en él. Recorrí los pliegues con la mirada hasta encontrar su mensaje: "Dos pájaros vuelan libres, sus corazones laten como uno solo. El sol brilla en sus alas, bañándolos con un calor curativo. Abajo la tierra se extiende hasta el infinito". En la guirnalda que había en el borde superior, dos pajaritos volaban juntos: mi esposo y yo. Me gustó que Tomoyo hubiera representado a mi esposo en nuestro objeto más preciado.

A continuación extendí sobre mi regazo el pañuelo con que Tomoyo había envuelto el abanico. Mirando hacia abajo, mientras las borlas oscilaban con el movimiento de los porteadores, vi que mi laotong había bordado una carta para mí en nuestra escritura secreta para celebrar aquel momento tan especial.

Empezaba con la introducción tradicional de una carta dirigida a una novia:

Te escribo y siento que me clavan puñales en el corazón. Prometimos
que nunca nos separaríamos, que nunca habría ni una
sola palabra cruel entre nosotras.

Esas palabras estaban extraídas de nuestro contrato y sonreí al recordarlas.

Pensaba que estaríamos juntas toda la vida. Nunca creí que
este día llegaría. Es triste que nos haya tocado ser niñas en esta
vida, pero ése es nuestro destino. Sakura, hemos sido como
un par de patos mandarines. Ahora todo va a cambiar. En los
próximos días descubrirás muchas cosas de mí. He estado muy inquieta
y consternada. He llorado con el corazón y con la boca, pensando
que ya no me querrás. Por favor, ten presente que, pienses
lo que pienses de mí, mi opinión sobre ti nunca cambiará.
Tomoyo

¿Podéis imaginar cómo me sentía? Tomoyo había estado muy callada en las últimas semanas porque temía que yo dejara de quererla. ¿Cómo había podido pensar tal cosa? Sentada en mi silla de flores, camino de la casa de mi esposo, sabía que nada podría cambiar nunca lo que yo sentía por Tomoyo. De pronto me invadió una espantosa aprensión y me entraron ganas de pedir a los porteadores que me llevaran a casa para ahuyentar los temores de mi laotong.

Entonces llegamos a la entrada principal de Tongkou. Oí el chisporroteo y los estallidos de los petardos; los miembros de la banda tocaban sus instrumentos. Empezaron a descargar mi ajuar. Había que llevarlo todo a mi nuevo hogar para que mi esposo se pusiera el traje de boda que yo había confeccionado para él. De repente, oí un sonido terrible, pero que me resultaba familiar: acababan de degollar a un pollo. Alguien esparció su sangre por el suelo, junto a mi silla de flores, para ahuyentar los malos espíritus que pudieran haber llegado conmigo.

Por fin se abrió la portezuela del palanquín y me ayudó a bajar una mujer, que debía ser la más importante del pueblo. En realidad la mujer más importante de Tongkou era mi suegra, pero en aquel caso la sustituía la que tenía más hijos varones. Me condujo hasta mi nuevo hogar, donde traspuse el umbral y me presentaron a mis suegros. Me arrodillé ante ellos y toque el suelo con la frente tres veces.

-Os obedeceré- dije-. Trabajaré para vosotros

A continuación serví el té. Después me acompañaron a la cámara nupcial, donde me dejaron sola, con la puerta abierta. Estaba a punto de conocer a mi esposo. Esperaba ese momento desde la primera vez que la señora Wang había ido a mi casa para examinar mis pies; aun así, estaba muy aturullada, nerviosa y desorientada. Aquel hombre era un completo desconocido, de modo que era lógico que sintiera curiosidad por saber cómo era. Sería el padre de mis hijos, así que me producía ansiedad pensar qué íbamos a hacer para engendrarlos. Y acababa de leer una misteriosa carta de mi alma gemela y estaba muy preocupada por ella.

Oí cómo movían una mesa para bloquear la puerta. Incliné un poco la cabeza, las borlas se separaron y vi cómo mis suegros amontonaban mis colchas de boda sobre la mesa y ponían dos copas de vino en lo alto del montón; una llevaba atado un hilo verde, la otra uno rojo, y los dos hilos estaban, a su vez, atados el uno al otro.

Mi esposo entró en la antesala, y todos aplaudieron y vitorearon. Es vez no intenté mirar entre las borlas. Quería mostrarme muy convencional en ese primer encuentro. Desde su lado de la mesa mi esposo tiró del hilo rojo; yo, desde mi lado, tiré del verde. Entonces él saltó por encima de las colchas y entró en la habitación. Con ese acto quedamos oficialmente casados.

¿Qué pensé de mi esposo la primera vez que estuvimos juntos? Al olerlo comprendí que se había lavado concienzudamente. Los zapatos que yo le había confeccionado quedaban muy bonitos en sus pies y sus pantalones rojos de boda tenían la longitud exacta. Pero fue sólo un instante, porque enseguida se inició el rito de Bromear y Chillar en la Cámara Nupcial. Los amigos de mi esposo irrumpieron en ella, tambaleándose y balbuceando porque habían bebido demasiado. Nos dieron cacahuetes y dátiles para que tuviéramos muchos hijos, y dulces para que tuviéramos una dulce vida.

Pero a mí no me ponían las golosinas en la mano, como hacían con mi esposo. ¡Nada de eso! Las ataban a una cuerda y las agitaban delante de mi boca. Me hacían saltar para cogerlas, pero asegurándose de que no lo lograra. Entretanto no paraban de bromear. Imaginaréis qué clase de bromas eran. Decían que esa noche mi esposo sería fuerte como un toro, y que yo sería tan sumisa como un cordero, y que mis pechos parecían dos melocotones a punto de reventar las costuras de mi túnica, y que mi esposo tendría tantas semillas como una granada, y que si utilizábamos determinada postura seguro que engendraríamos un varón. Es lo que se hace en todas partes: la primera noche que los esposos pasan juntos, se permite toda suerte de comentarios soeces. Yo les seguía la corriente, pese a que cada vez estaba más nerviosa.

Llevaba varias horas en Tongkou. Ya era noche cerrada. En la calle los vecinos bebían, comían, bailaban y se divertían. Volvieron a lanzar petardos para anunciar que todos debían regresar a sus casas. Por fin la señora Wang cerró la puerta de la cámara nupcial y mi esposo y yo nos quedamos a solas.

-Hola- dijo.

-Hola- dije.

-¿Has comido?

-No puedo comer nada hasta dentro de dos días

-Aquí tienes cacahuetes y dátiles- repuso-. Si quieres comértelos, no se lo diré a nadie

Negué con la cabeza, y las pequeñas cuentas de mi tocado se agitaron y los dijes de plata tintinearon. Las borlas se separaron y vi que mi esposo miraba hacia abajo. Me estaba mirando los pies. Me ruboricé. Contuve la respiración con la esperanza de que las borlas se quedaran quietas y así él no pudiera ver las emociones reflejadas en mis mejillas. No me moví, y él tampoco. Estaba segura de que seguía examinándome. Lo único que podía hacer era esperar.

Finalmente mi esposo comentó:

-Me han dicho que eres muy hermosa. ¿Es verdad?

-Ayúdame a quitarme el tocado y juzga tú mismo

Pronuncié esas palabras con más aspereza de la que pretendía, pero mi esposo se limitó a reír. Un instante después dejó el tocado en la mesita. Entonces se dio la vuelta y me miró. Sólo estábamos a un metro el uno del otro. Escudriñó mi rostro, y yo escudriñé su rostro sin disimulo. Lo que la señora Wang y Tomoyo me habían dicho acerca de él era verdad. No tenía marcas de viruela ni cicatrices de ninguna clase. No tenía la piel tan curtida como mi padre o mi tío, lo cual indicaba que no pasaba muchas horas trabajando en los campos de su familia. Tenía los pómulos marcados y su barbilla denotaba seguridad, pero no insolencia. Un rebelde mechón de cabello le caía sobre la cabeza sobre la frente y le daba un aire despreocupado. Sus ojos chispeaban y revelaban buen humor.

Avanzó un paso, me cogió las manos y dijo:

-Me parece que tú y yo podemos ser felices

¿Acaso podía esperar mejores palabras una muchacha de diecisiete años de la etnia yao? Al igual que mi esposo, yo adivinaba un esplendoroso futuro para nosotros. Esa noche, él siguió todas las tradiciones; me quitó los zapatos de boda y me puso las zapatillas rojas de dormir. Yo estaba tan acostumbrada a las suaves caricias de Tomoyo que no sabría describir cómo me sentí cuando me cogió los pies; sólo puedo decir que encontré ese acto mucho más íntimo que lo que vino después. Yo no sabía qué estaba haciendo, pero él tampoco. Sólo intenté imaginar qué habría hecho Tomoyo si hubiera sido ella, no yo, la que hubiera estado debajo de aquel hombre.

-.-

El segundo día de la boda me levanté temprano. Dejé a mi esposo durmiendo y salí de la cámara nupcial. Estaba muy angustiada desde que había leído la carta de Tomoyo, pero no podía hacer nada: ni durante la boda, ni la noche anterior ni ahora. Debía tratar de seguir los ritos hasta que volviera a ver a mi laotong, pero resultaba muy difícil porque estaba hambrienta, agotada y dolorida. Tenía los pies cansados, porque en los días pasados había caminado mucho. También me dolía en otro sitio, pero intenté olvidarme de todo eso mientras iba hacia la cocina, donde había una criada de unos diez años acuclillada, al parecer esperándome. Era mi criada particular; nadie me había hablado de eso. En Puwei nadie tenía sirvientes, pero me di cuenta de que aquella niña lo era porque no le habían vendado los pies. Se llamaba Yonggang, que significa "valiente y fuerte como el hierro" (y pronto comprobaría que la niña hacía honor a su nombre). Ya había encendido el fuego en un brasero y llevado agua a la cocina; lo único que yo debía hacer era calentarla y llevársela a mis suegros para que se lavaran la cara. También preparé té para todos los habitantes de la casa y, cuando fueron a la cocina, se lo serví sin derramar ni una sola gota.

Al cabo de unas horas mis suegros enviaron más carne de cerdo y dulces a mi familia. Los Li celebraron un gran banquete en el templo de los antepasados, otro festín en el que no me estaba permitido comer. Mi esposo y yo nos inclinamos ante el Cielo y la Tierra, ante mis suegros y ante los antepasados de la familia Li. Luego recorrimos el templo inclinando la cabeza ante todas las personas que eran mayores que nosotros. Ellas, a su vez, nos dieron dinero envuelto en papel rojo. Después... volvimos a la cámara nupcial.

El siguiente día, el tercero de la boda, es el que todas las novias esperan, porque es entonces cuando se leen los libros nupciales del tercer día que han compuesto su familia y sus amigas. Pero yo sólo pensaba en Tomoyo y que por fin la vería en aquella celebración.

Llegaron Nakuru y la esposa de Touya portando los libros y comida que por fin pude comer. Muchas mujeres de Tongkou se unieron a las de la familia de mi esposo para leer aquellos textos, pero no aparecieron ni Tomoyo ni su madre. Yo no lo entendía. Me sentía muy dolida... y me asustaba la ausencia de mi alma gemela. Estaba en el que consideraba el más alegre de los ritos nupciales, pero no podía disfrutarlo.

Mis sanzhaoshu contenían los consabidos versos acerca de la tristeza de mi familia ahora que no viviría con ella. Al mismo tiempo, ensalzaban mis virtudes y repetían frases como: "Nos gustaría convencer a esa noble familia de que espere unos cuantos años antes de llevarte". O bien: "Es triste que ahora estemos separadas". Además, rogaban a mis suegros que fueran indulgentes y me enseñaran las costumbres de su familia con paciencia. El sanzhaoshu de Tomoyo también era tal como yo esperaba, e incorporaba el amor que ella sentía por los pájaros. Empezaba así: "El fénix se une a la gallina dorada, una unión celestial". Hasta mi laotong había escrito frases estereotipadas.