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Todos invitados se congregaron en el salón principal, donde los aguardaba un espectacular festejo. Había trovadores y arpistas, acróbatas y bufones. Se destaparon barriles de los mejores vinos, cervezas whisky del rey Carlisle, para la ocasión. Las mesas estaban deslumbrantes, con manteles de lino y copas de plata y cristal. En las bandejas reposaban cisnes y faisanes rodeados de pétalos, rellenos con diversas exquisiteces. El aroma de cordero asado despertaba el apetito.
El rey condujo a los novios y a los padres de Bella hasta un dosel adornado con infinidad de arreglos florales.
Luego se hizo silencio, y le tocó a Jasper recitar poesías galesas. A Bella le costaba creer que el joven poeta fuera hermano de Emmett. Con su halo de bucles dorados cayéndole sobre los ojos, parecía más un ángel que un guerrero. La joven escuchaba sus versos sobre el amor y la fidelidad, con los ojos puestos sobre su marido. Sobre el amor, no se hacía ilusiones pero ¿tendría una amante si ella no llegaba a agradarle? Prefería que eso no sucediera. Que no besara a otra mujer como la había besado a ella. Santo Dios, ¡qué bien lo hacía! Se preguntó si todos los hombres sabían besar así. Seguramente no. Y él pareció satisfecho, aun cuando ella solo había permanecido inmóvil en sus brazos. Sonrió, sin darse cuenta, al fijar la vista en su perfil. Además, tenía buenos modales.
—¡Maldición!—gruñó Edward, de pronto, mirando enfadado a la multitud.
—Edward —susurró Bella—, desearía que te controlaras.
—El muy imbécil está a punto de provocar otra guerra —dijo, levantándose, sin ceremonias, y abandonando su lugar.
Ella observó cómo se acercó a grandes pasos a Jacob, el más vigoroso de los cuatro escoltas. En ese momento, Harry the Claveran, aun más poderoso, estaba sujetando al macizo galés.
—Pero el grandísimo bastardo llamó «afeminado» a Jasper —protestó Jacob, mirando enardecido sobre el hombro de Harry—. ¡Le partiré la crisma y utilizaré su calavera como una copa!
—Amigo —Edward no levantó la voz, pero con su frialdad acallo los crecientes murmullos de los invitados—, ve a tomar un poco de aire fresco.
Jacob no protestó. Se liberó de un Empujón de las manos de Harry que lo sujetaba como si tuviera tenazas. Luego, el príncipe dirigió una sonrisa no del todo amigable al caballero normando que había ofendido a Jasper, dándole a entender que, si lo intentara otra vez, no dejaría de recibir su merecido. Cuando se volvió para regresar a la tarima, se encontró de frente con Demetri.
Bella notó que su padre parecía dispuesto a intervenir, pero una mano de Carlisle sobre su hombro lo detuvo. Pero nadie detuvo a Emmett, que estaba recostado sobre la pared, a pocos pasos. Avanzó con la mirada fija en Demetri.
—Sigues siendo un cretino arrogante —espetó Demetri, dirigiéndose a Edward, mientras vacilaba sobre sus pies—. No has cambiado nada.
El príncipe observó la copa vacía en la mano de su ofensor y suspiró con cierto desencanto.
—Deberías cuidarte de la bebida. Podría ser la causa de tu muerte.
De Courtenay estaba demasiado borracho como para comprender el sentido de la advertencia.
—Debería haberte matado hace doce años. ¡Me la has arrebatado! —rugió, haciendo que Dante y Charlie se incorporaran.
—Lo cierto es que tú me la robaste a mí —repuso Edward, sin alterarse—. Pero no había manera de que lo supieras, por eso te perdonaré la vida.
Demetri rio, pero de inmediato su rostro se transformó en una máscara enfurecida.
—Su dote debía ser mía. Me pusiste en ridículo durante el torneo. Ya verás.
—Eres un imbécil, de Courtenay, lo supe cuando te vi por primera vez. Perdiste porque tu habilidad para la lucha es tan lamentable como tu gusto por las mujeres. ¿Acaso deseas que hiera algo más que tu orgullo? Emmett, hazme el favor de quitarme del paso a este borracho. No quiero mancharme las manos con su sangre la noche de mi boda.
Bella suspiró con fuerza, sorprendida porque Emmett le dio tal Empujón al conde, que lo hizo estrellarse contra una de las mesas. Con el camino despejado, Edward regresó hasta el dosel, sin tomarse la molestia de averiguar donde había caído Demetri.
—Manejaste bien la situación —reconoció Carlisle—. De Courtenay se lo tenía merecido.
—Con el debido respeto, Su Majestad —Edward hablaba con una risita de incredulidad— ¿Acaso estaba tan borracho como de Courtenay cuando le prometió la mano de Bella? Yo le conté lo mal que había tratado a la niña y a su animal aquel día y, sin embargo, autorizó el compromiso.
Carlisle lo miró, por un instante, en medio de un silencio fatal. Luego se inclinó hacia adelante, sonriendo a Bella. Edward había quedado en medio de ambos.
—Ma chére, ¿por qué no acompañas a tu madre, que está conversando con Dante y su agraciada mujer?
Bella comprendió que la estaba enviando lejos de allí para vérselas con su marido. Ella no quiso obedecer, porque él había hablado así para defenderla. Lo miró confundida, antes de emprender la retirada.
—Edward —comenzó a decir el rey, en voz baja—, si vuelves a hablarme así, te rebanaré la cabeza y la exhibiré en la entrada del castillo. ¿Está claro?
—Sí —respondió, sosteniendo la mirada.
El desafío que pudo percibir en sus ojos sorprendió a Carlisle y le hizo sonreír. No hubiera querido que su Bella se casara con un cobarde.
—No necesito explicar mis decisiones a ti ni a nadie, pero después de ver el comportamiento de de Courtenay hoy, considero válida tu pregunta. Su padre peleó conmigo en Hastings. Fue mi amigo. Por eso me apiade de su hijo aquella vez. La verdad es que Demetri fue un niño terrible. Lo envié a Normandía para que aplicara sus energías a cosas más útiles. A su regreso, parecía estar cambiado hasta el punto de resultar un candidato aceptable para Bella. También había heredado muchas tierras cuando murió su padre. ¿Entiendes, ahora?
—Sí —Edward respiró aliviado, por haber llegado a Winchester a tiempo para rescatarla de Demetri, una vez más. La buscó con la mirada por todo el salón.
—Bien —Carlisle la vio sentada a la mesa de Dante—. Acompáñala.
Cuando el príncipe se retiró, el rey se volvió hacia Charlie y le dijo:
—Me gusta.
—¿Por eso lo amenazaste con cortarle la cabeza?
—Tuve que hacerlo. Se trata de un hombre peligroso y me he ganado su respeto. Sería insensato y arriesgado por mi parte no conservarlo.
Bella sonrió al ver que Edward se le acercaba. No solo la había rescatado de lord Blackburn aquel día, sino que supo mantenerla a salvo durante los doce años siguientes, al contarle a Carlisle la historia de Demetri y Petunia. El rostro se le iluminó. Esperaba que el rey no se hubiera enfadado con él. Se sentía confundida y mareada, tal vez por culpa de Edward y el extraño efecto que le producía. Por primera vez en muchos años, tenía la sensación de haber perdido el control sobre sus emociones.
Lo que más deseaba era que volviera a besarla. Le gustaba en particular el contacto de la tersura de su rostro con los dedos de él y la manera en que ese cuerpo anguloso se apretaba contra el de ella. La joven lo contemplaba pausadamente: primero sus pies, luego su piernas, después sus caderas... Cerró los ojos con fuerza, al sentir que los huesos se le aflojaban. Había estado rodeada de hombres toda la vida, y jamás ninguno había despertado en ella pensamientos pecaminosos. Ahora, al estar casada, se esperaba que cumpliera con sus deberes conyugales con dignidad. ¡Oh, Dios! ¿Cómo lo haría? Estaba tan aturdida que apenas recordaba su nombre ¡y él todavía llevaba puesta toda su ropa! Y luego ¿qué sucedería? ¿Y si era tan salvaje en el lecho como en el combate? Apartó la mirada, no quería que nadie advirtiera el rubor de sus mejillas.
Edward ya estaba llegando. La miraba como si la estuviera tocando, Parecía aspirar su aroma. Su espesa cabellera cobriza se desplegaba, al caminar, como la melena de un león que avanzaba hacia su hembra.
—Ven —le pidió, tomándola de la mano, para que se incorporara—. Deseo estar a solas contigo.
Bella abrió de par en par sus ojos:
—Pero no sé qué hacer —murmuró, mientras se alejaban de la mesa.
—¿Con respecto a que?
—Con respecto a... —se dejó caer contra su pecho. Sus brazos la rodearon. La muchacha levantó la vista y susurró—... Después.
Edward la miró con tan conmovedora dulzura y comprensión, que casi se sintió tentada de colgarse de su cuello y besarlo allí mismo, delante de todos, en medio del gran salón.
—No te preocupes por eso —su voz era tan cálida como sus labios.
—¡Oh, pero sí me preocupa! —respondió, separándose—. Debo hablar con mi madre. No se sentía bien esta mañana y no quise molestarla con mis preguntas. —Hablaba de manera atropellada, apretando la tela de su vestido en un puño—. Está embarazada, y no tendré oportunidad de ver al niño cuando nazca. ¿No podríamos visitarla? Mi prima me dijo, por la mañana, que...
—No.
—¿No? ¿Por qué?
—Es demasiado arriesgado cruzar la frontera.
—Podemos pedirle un salvoconducto a Carlisle.
—No pensemos en regresar aquí y vayámonos.
A Bella le temblaron los labios y le corrían las lágrimas por las mejillas.
—Demonios —lo escuchó maldecir. Se pasó los dedos por el cabello, desconcertado. Tenía un aspecto tan desvalido e indefenso que, de no haber sido por la tristeza que la embargaba, hubiera querido reír, al ver atribulado a ese temido guerrero—. Está bien —accedió, sabiendo que luego lo lamentaría—.Veré la forma de intentarlo. Pero deja de llorar.
Bella se sonó la nariz y lo miró esperanzada.
—¿Hablas en serio?
—Creo, que acabo de decirlo.
Ella estaba exultante de la alegría. De un salto, se aferró a su cuello y feliz, comprendió que acababa de descubrir la más eficaz de las artes femeninas: las lágrimas.
—¿Estás lista para ir a la cama ahora?
Su voz sonaba grave y adormecedora cerca del oído. Su cuerpo se puso rígido. La tomó por la cintura y la estrechó con insistencia contra mis músculos contraídos. Pero Bella casi no se dio cuenta. De pronto, se sintió invadida por un cansancio tan grande que ni siquiera fue capaz de sonreír. Bostezó:
—Oui, ¡tengo tanto sueño!
La sonrisa de él se desvaneció y dio lugar a una mueca de disgusto.
—¿Sueño? Bella, ¿acaso estuviste bebiendo whisky?
—Solo un poquito —respondió, apoyando su cabeza sobre el pecho de Edward y cerrando los ojos—. Sí, una copita. Al principio no me gustó, pero después me pareció que se endulzaba.
—Estás borracha.
—De ningún modo. Las damas no se emborrachan.
—¡Demonios! —se preparó para atajarla, cuando notó que se dejaba caer en sus brazos.
—¡Ay, Edward! Debes dejar de maldecir. —Ella se colgó de su cuello, mientras se dirigía hacia las escaleras—. Buenas noches, mamá —alcanzó a decir, antes de salir del salón.
Jajajajaj… pobre Edward…. perdón ayer no pude subir cap. el trabajo me lo impidió...Nos leemos muakis.
