—De la a la z: achuchón—

Shiraishi observó distraídamente las idas y venidas de la joven. Sus largas trenzas se mecían al compás de sus movimientos, de sus giros repentinos o de algún que otro frenazo. Tenía la cara llena de harina, sobretodo bajo el flequillo, que no cesaba de apartar con algún manotazo distraído o con el dorso de la mano.

Canturreaba alguna canción que probablemente había escuchado en la radio. Y se mecía condenadamente genial con el ritmo, moviendo sus caderas y sus hombros de una forma, que seguramente ella no se percataba, sensual.

Él no podía abrir boca. Había sido relegado rápidamente al sofá cuando intentó ayudarla. Ella no había aceptado demasiado bien que sus manos terminaran más en sus caderas que en la comida. Así pues, con un sonrojo y con un leve levantamiento de sus trenzas, le mandó al mueble para torturarle y que su única tarea fuera ver cómo meneaba su cuerpo delante de él.

—Oí.

Ella sacudió negativamente la cabeza y le señaló con la varilla.

—Ni hablar.

Shiraishi suspiró. Apoyó la barbilla sobre la mano y el codo en el posa brazos del sofá. No es que estuviera aburrido, es que estaba inquieto. Si ella continuaba provocándole de esa manera iban a terminar más manchados y no solo por la harina. Sin embargo, su novia parecía no darse cuenta.

Lentamente, su paciencia iba terminando y casi no le quedaba nada cuando ella se agachó para recoger algo que se le había caído y le dejó unas agradables vistas de su trasero.

Shiraishi se levantó del sofá casi como un rayo y llegó hasta su altura en dos zancadas. Cuando ella se levantó la estrechó entre sus brazos con fuerza, achuchándola. Sakuno emitió un grito de sorpresa y casi se le cae de las manos el pastel que sostenía con guantes de cocina puestos para evitar quemarse. Le besó la nuca y aspiró su aroma.

—Senpai, no…— esta vez, su voz titubeó. — Se estropeará.

Posó sus manos sobre las enguantadas sin despegar sus cuerpos. Dejó junto a ella el pastel sobre la encimera y luego, volvió a estrecharla entre sus brazos. Sabía que ella podía notar esa parte especial contra su trasero.

—Creo que aquí hay algo más caliente que el pastel, Sa-ku-no.

Ella levantó la cabeza hacia él, con el rostro enrojecido y mordiéndose el labio inferior, un gesto común que solía hacer cuando correspondía sus deseos de hombre. La clara muestra de su respuesta como mujer. Sin embargo, había algo con lo que él no contaba.

Su novia se había quitado los guantes lentamente y, aunque continuaba en medio de su achuchón, se las ingenió para volverse y tomarle las mejillas entre los pulgares e índices.

—Nada de achuchones y nada de manoseos. Es muy importante esta cena para mí. — aclaró poniendo énfasis en cada tirón. — Date una buena ducha.

Shiraishi no pudo más que rendirse. La miró con la promesa de que esa noche no la dejaría dormir y ella, con las mejillas sonrojadas, le besó los labios antes de volver a ponerse en su tarea. Shiraishi la observó y sintió frio en sus labios. Demonios, quería volver a abrazarla, achucharla con fuerza y no soltarla nunca. Pero una espumadera le hizo salir corriendo al cuarto de baño.

Los achuchones tendrían que esperar…