Acto X: La estupidez

Durante una semana, Chousokabe se pegó a Imagawa Yoshimoto. Para entonces conocía desde el nombre de su empresa hasta el numero de zapatos que calzaba su esposa, los lugares que frecuentaba y las chicas con las que le era infiel. El hombre era un cliente frecuente de uno de los más lujosos burdeles de los Mouri, lleno de mujercitas vírgenes que habían sido vendidas para cubrir deudas de sus padres, o bien por elección propia.

Siempre se sentaba en la misma mesa y pedía la misma compañía y una botella de whisky, por consiguiente Motochika se apretó a la rutina de sentarse a sus espaldas, donde pudiera escucharlo todo. Alguna joven bailaba siempre para él, las mujeres sabían que estaba por puro trabajo, pero no perdían la oportunidad de coquetearle al atractivo guardaespaldas de Shojumaru.

A muchos de los que frecuentaban el lugar les parecía extraño que Imagawa gustara de las mujeres, pues su apariencia no era precisamente la de un hombre como tal. Era amanerado y ruidoso, muy chillón y a veces hasta más delicado que las damas. Sin embargo, pagaba muy bien y era un habitué, y a nadie se le habría ocurrido prescindir de él.

La primera semana, el Demonio entregó un reporte completo, pero al no recibir más órdenes, continuó con la misma labor. Para el duodécimo día ya estaba más que harto. El sujeto jamás salía de su rutina. A veces cambiaba el invitado a quien llevaba pero más allá de eso, era lo mismo, así que ahí estaba una vez más; en la misma mesa, bebiendo una cerveza fría, mientras Imagawa hablaba detrás suyo, al parecer, sobre negocios.

Chousokabe jugueteaba con la muchacha sentada en sus piernas, mitad atento a ella, mitad a la plática, y mayormente fastidiado por no haber podido estar con su amante desde el inicio de la misión.

Sin embargo, se acercaba el día del anuncio de sus funciones como co-partícipe de los negocios de Shojumaru. Eso lo tenía especialmente nervioso. ¿No era lo mismo que pertenecer a la familia?

No estaba muy seguro de si quería un título tan importante, sólo quería estar cerca del otro. Había aceptado el reto no tanto por el premio sino por el puro placer de hacerlo. Y como si de una invocación desde sus pensamientos se tratase, el nombre de su amante surgió en la plática de al lado.

–...sólo es una sombra de su hermano –decía Imagawa, sacudiendo su vaso de whisky.

–Yoshimoto-sama, por favor. Le van a oír –le advirtió uno de los que lo acompañaban.

–Me importa un bledo. Soy muy buen amigo de Okimoto, y al fin que él es el que dirige a la familia –replicó el sujeto, tragando su bebida en dos rápidos sorbos.

Chousokabe escuchaba atentamente. Se rií pensando que Imagawa era un ingenuo y pidió a la joven que lo acompañana que le trajera algo más de beber. Lo estaba distrayendo de algo que sonaba importante.

–Pero es con Shojumaru con quien se encontrará para afinar los detalles del trato –observó otro sujeto, que parecía ser un invitado importante del objetivo.

–Bah, negocios... Sólo se aprovecha del poder que le da su hermano. Es una ratita inteligente, sí, pero sin Okimoto, no es nada.

Guardó silencio por unos instantes y luego se echó a reír compulsivamente.

–Yoshimoto-sama, ¿acaso no ha escuchado los rumores que circulan? –comentó otro de sus hombres–. Muchos han quedado aterrados de ver a los ojos a Mouri Shojumaru, en lugares donde su guardaespaldas ni ha movido un dedo. Tiene fama de ser muy cruel...

–¡En verdad! Pero si ni siquiera puede hacer nada sin que su perro le esté correteando detrás –se burló Imagawa.

El aura de Chousokabe se había oscurecido para ese momento. Solía reírse de quienes dudaban de Shojumaru, pero por alguna razón ese sujeto estaba apretando botones peligrosos. Respiró pesadamente y cuando regresó la chica que lo acompañaba, la echó para dedicar su entera atención al imbécil que tenía a su espalda.

–No lo culpo, en todo caso. Ha de ser muy difícil sobrevivir en este mundo con esa figurita –añadió el sujeto de bigotes diminutos, mientras pedía otro whisky–. A veces cuando lo veo de lejos pienso que es una mujer.

–Bueno, eso es cierto... –rió su invitado, cubriéndose la boca con una mano.

–Juraría por las nubes del cielo que creo haberlo visto seduciendo a un tipo aquí mismo, el otro día, cuando esperaba mi turno para reunirme con él.

Motochika abrió los ojos ampliamente furioso, inhalando por la nariz, tratando de calmar su ascendente enojo. ¿Mouri lo estaba engañando? ¿En semana y media de ausencia se habría buscado un remplazo temporal? No... Era imposible... ¿Cierto?

La charla seguía, a pesar de su furia:

–Yoshimoto-sama, es de mal gusto decir cosas así.

–Ni que se fuera a enterar. E incluso si así fuera, debe estar muy ocupado con esa bestia enorme que tiene de guardaespaldas, como para hacer nada –replicó el impertinente sujeto–. Apuesto toda mi fortuna a que debe ser masoquista o algo así.

–¿Cómo sabe eso? –preguntó su invitado.

–No tengo que saberlo, lo sé con sólo verlo, con sólo verlo –exclamó Yoshimoto–. Uno aprende a darse cuenta de quién está arriba y quién abajo, si me entienden...

Y volvió a estallar en risotadas.

Motochika estaba casi al límite, pero debía aguantar. Había prometido no volver a actuar por su cuenta y parecía que Shojumaru necesitaba al sujeto.

Se juró mentalmente que, terminando todo aquel negocio, le daría la paliza de su vida.

–Y bueno, ¿cuándo se reúne usted con... Shojumaru-sama? –el invitado dudó unos segundos sobre cómo referirse a él, ahogando una risita.

–Lo veré mañana por la noche, me pidió que nos reunieramos en la mansión... –giró la bebida en su vaso, riendo altaneramente, y agregó–: Raro, ¿no? Okimoto está fuera de la ciudad...

–Yo que usted... –rió su invitado.

–Oh, no creas que no lo pienso hacer... –rió, haciendo un gesto de placer–. Seguro después de nuestro primer encuentro no ha encontrado la manera de seducirme.

–Paciencia, Motochika, paciencia, es sólo un imbécil soltando la lengua... Concéntrate –se repetía mentalmente el muchacho, tallándose el rostro desesperado.

–Debe ser realmente interesante tirarse a esa ratita.

El Demonio apreto su tarro de cerveza hasta reventarlo en su mano, provocando un par de cortes. Nada de gravedad, el dolor aliviaba un poco su furia, pero entonces escuchó lo último.

No podía... más bien no debía acabar con él en ese preciso instante. Necesitaba tiempo para pensar cómo lo ejecutaría, cómo lo cortaría en pedazos lentamente. Pero si había algún resto de coherencia en su cabeza, se había esfumado al escuchar aquéllo.

–Ver como esa mirada "siniestra", dirías tú, se deshace en placer gritando mi nombre... Oh, te apuesto a que es de los que te desgarran la espalda con las uñas –hizo estallar a la mesa en carcajadas.

Dos segundos después de eso, Chousokabe se encontraba de pie en todo su amenazante esplendor frente a los hombres, mirando de modo homicida a Yoshimoto.

–Afuera... –soltó en un suspiro, ignorando completamente la existencia de los otros hombres o las mujeres del burdel que le pedían que no ahuyentara a su cliente.

Yoshimoto sólo lo miró con desdén, como si Motochika no fuese más que un vil siervo.

–¿Y tú eres...? –preguntó con ademanes afectados.

Su compañero, al haberlo distinguido, palideció, haciéndose pequeño en su lugar. Imagawa era algo corto de vista y el lugar estaba en penumbras, por lo que siguió ignorando la identidad del joven.

–El perro de Shojumaru... –murmuró éste, entrecerrando la mirada. Ciertamente no quería agregar a su falta el haber destruido el lugar–. Afuera, ahora...

Imagawa trago duro de repente, sintiéndose muy nervioso.

–N-No puedes... S-Soy un buen amigo de Okimoto y... tengo negocios con...

Antes de que pudiera continuar, Motochika lo atrapó por el cuello de la camisa, lanzándolo con toda su fuerza contra otra mesa, que quedó deshecha.

Con pasos tranquilos, caminó donde el hombre y lo agarró por el cabello, sacándolo a rastras del burdel.

–¡E-Espera...! –chillaba Yoshimoto, furioso–. ¡Yo soy...!

Un movimiento lo hizo golpear contra la pared, haciéndolo callar, llevándolo a paso tranquilo al callejón detrás del lujoso burdel.

El encargado del lugar se comunicó al instante con la mansión Mouri, donde se celebraba una reunión con personas muy importantes del clan.

Los guardias que custodiaban el burdel no sabían si detenerlo o dejarlo ir, después de todo se trataba del guardaespaldas de Shojumaru y podía tratarse de un encargo.

Pero, por la forma en que Imagawa pataleaba, parecía que iba en serio.

En Nichirin, poco antes de que Shojumaru diera el aviso importante por el que los había reunido, una de las sirvientas se acercó a Okimoto para informarle que tenía una llamada importante. Éste se retiró a tomarla en su estudio.

–Okimoto-sama –decía el encargado del burdel–, tenemos un problema con Chousokabe-san...

–¿Qué problema? –la sonrisa habitual de Okimoto desapareció, pues al tratarse de un bastardo sin lealtad no sabía qué podría estar sucediendo.

–Se ha... Se ha llevado a Imagawa Yoshimoto-san fuera del burdel... a la rastra... –el empleado tembló al escuchar el tono de voz de su jefe.

–Traten de detenerlo –ordenó fríamente. ¿Cómo podía meterse el imbécil con un importante invercionista de los Mouri, además de amigo personal suyo? Más le valía que no fuera en nombre de otra familia, o iba a sufrir–. Enviaré a alguien de inmediato.

Sin más, colgó y regresó a la sala con expresión de pocos amigos, buscando rápidamente a su hermano menor.

Éste se hallaba sentado en uno de los sillones, con las piernas cruzadas y expresión de indiferencia.

–Quiero pensar que no estas tratando de arruinarme, hermanito... –dijo quedo el mayor, sentándose en uno de los brazos del sillón.

Todos los presentes voltearon a ver a Okimoto, sorprendidos por su súbita acusación. Shojumaru levantó la vista y clavó con fiereza sus ojos pardos en los negros de su hermano.

–¿Cómo dices? –preguntó con calmada ira, sólo para cerciorarse de que había escuchado bien.

–Pides una reunión mientras el inútil de tu guardaespaldas trata de cargarse a Imagawa... –suspiró Okimoto, mirándolo con una fingida tristeza–. Dime que no tienes nada que ver con eso, me dolería hasta el fondo de mi corazón que mi hermano me traicionara.

El rostro de Shojumaru, que hacía tiempo había recuperado su color claro, mutó en una máscara de furia helada, poniéndose más pálido de lo que ya era. Sus ojos llamearon mientras hacía un soberano esfuerzo por no explotar de rabia allí mismo.

–Yo no he ordenado tal cosa –respondió al fin, tratando de dominar su voz–. Jamás haría una estupidez así y tú lo sabes.

–Entonces, encárgate de arreglar esto –ordenó gélidamente el líder, para levantarse y encarar a sus invitados con una sonrisa–. Lamentamos los inconvenientes de haberles llamado para nada... Shojumaru tiene que ir a arreglar unos asuntos, pero les compensaré su tiempo.

–Pero, Shojumaru-sama... –dijo uno de los hombres, mientras se ponía de pie.

–Éste ha sido un error, de seguro –replicó el de cabello castaño, levantándose a su vez–. Chousokabe-kun sólo debe haber confundido los nombres, lo he tenido ocupado últimamente.

Aun con toda su diplomacia a cuestas, era evidente que estaba furioso. Cuando los invitados se retiraron, Okimoto se detuvo en la puerta de la sala, dándole la espalda a su hermano.

–¿Por qué confías en ese tipo? –le preguntó, con voz severa.

–¿Eres tú quien me debe reclamar, siendo que tú lo trajiste a esta casa? –preguntó a su vez Shojumaru.

–Es bueno en su trabajo y necesitaba su servicio... en ese momento –Okimoto se giró para ver a su hermano, realmente confundido–. Sabes que es un bastardo sin lealtad... ¿Por qué te arriesgaste a mantenerlo tanto tiempo?

El menor de los hermanos bajó la vista, ofuscado.

–Me engañó –murmuró, casi con un tinte de dolor en su voz–. Me hizo pensar que podía creer en él.

Okimoto abrió la boca para decir algo más, pero nada salió. Realmente no podía recordar haberlo visto así en muchos, muchos años.

Quizá la última vez fuera cuando aún eran niños.

En esos tiempos donde un nombre no era importante, podría decirse que cuando tenían una vida normal. Shojumaru siempre había sido un niño pequeño y fragil del cual Okimoto cuidaba. Era sensible aunque nunca lloraba, siempre tratando de ser firme para su padre, pero éste siempre fijó sus ojos en su hijo mayor. Esa mirada de dolor que presentaba ahora era la misma que ponía cuando su padre vanagloriaba los logros de Okimoto, olvidándose enteramente del hijo menor.

Pero ya no era como en aquellos días. Ahora Shojumaru tomaba sus propias decisiones y tenía que hacerse cargo de ellas.

–Intenta que no termine de arruinar nuestra reputación –murmuró Okimoto, muy serio, aunque con un dejo de afecto en la voz.

El de ojos pardos sintió el amargo sabor de la lástima en el tono de su hermano, y junto a su decepción y angustia creció la ira.

–Te aseguro que esto no se quedará así –murmuró, sacando su celular del bolsillo y saliendo de la habitación, pasando de largo a su hermano.

Mientras tanto, en cuanto había terminado la llamada el encargado del burdel, había enviado a los de seguridad a que detuvieran al guardaespaldas, que aprisionaba a Yoshimoto en el suelo con sus rodillas, golpeándolo sin piedad.

Uno de los enormes sujetos lo alejó como pudo, dándole un respiro al atacado, pero fue poco lo que duró; pues Chousokabe, totalmente fuera de control, se deshizo rápidamente de quienes intentaban sujetarlo para volver a su labor de destrozar al inversionista. Algunas de las chicas que estaban de testigos gritaban aterradas, pues en pocos minutos la cara del hombre estaba totalmente desfigurada.

Enceguecido como estaba, Motochika no se percató de que aquel hombre ya no se movía bajo sus manos.

Sólo cuando pudo sentir en sus puños que lo que debía ser un firme cráneo desmoronándose, pudo salir de su trance, dandose cuenta de que lo había matado. Le había reducido la cabeza a una cosa roja macilenta y pegajosa. Estaba totalmente salpicado en la sangre del sujeto cuando escuchó los gritos aterrados y se percató de las miradas. Eso no podía ser bueno... Como pudo, se levantó y corrió lejos del lugar.

Todo eso se le informó a Shojumaru cuando llegó al burdel y vio el cuerpo de la víctima.

El de cabello castaño se sujetó el pecho, arrugando su corbata, mientras respiraba agitado. Toda aquella situación estaba a punto de hacer que sufriera un infarto.

El aire que salía de sus labios pronto formó palabras.

–Encuéntrenlo... aunque haya que... dar vuelta... la misma tierra... Encuéntrenlo y... tráiganmelo...

Motochika, siendo un manojo de nervios andante, hizo lo más obvio que podía hacerse en una situación así. No fue a su casa porque Mouri tenía llave del lugar, pero sí corrió a donde se sentía seguro. A paso veloz se dirigía al centro, tratando de evitar las multitudes. Arrojó su chaqueta en algún lugar y trató de seguir sin llamar la atención.

De pronto, todo lo que lo rodeaba le parecía amenazante, se alejaba del cordón de la vereda para que ningún coche pudiera acercársele; pero cuando dobló en una callecita escondida, varias manos lo tomaron por el cuello, por las manos, por la cintura, y lo arrastraron a la oscuridad.

Un fuerte golpe en su cabeza fue suficiente para detener su angustiada lucha.