IX
No entendía… no se explicaba qué lo poseía. Día tras día se lo preguntaba, pero ninguna explicación satisfacía su mente atormentada. Lo único que había logrado dilucidar al respecto, y que hasta el momento no dejaba lugar a dudas, era que mientras más lo negaba y más lo rechazaba, peor se hacía el tormento.
No… no sólo eso. También, encontró que si se permitía insignificancias como conversaciones casuales, su alma se apaciguaba por al menos un corto tiempo.
Y así se encontró a si mismo sentado en el borde de una pileta, no haciendo más que observar a la sirena atender el jardín que desafiaba las probabilidades y las leyes naturales.
No pensaba nada. Las voces de su mente, las que lo atormentaban cuando estaban de malas y cuando estaban de buenas alimentaban su demencia, decidieron regalarle el delicioso silencio que ya había olvidado que existía.
Cada día que pasaba se aficionaba más a esos ratos de paz, y aunque su propia debilidad le irritaba lo indecible, al mismo tiempo parecía que cada vez le importaba menos. Cada vez eran más frecuentes las veces que se daba al letargo mental que sólo ocurría cerca de la sirena.
Como un adicto… como un maldito infeliz que anhela la pócima del olvido…
Y sin embargo allí se hallaba, sin decir nada… pensando muy poco… mirando… y a pesar de sí mismo, esperando que la mujer cambiara sus atenciones hacia él. Por instantes ella volvía la vista en su dirección. Ella no parecía turbarse por el escrutinio del que estaba siendo objeto. Su rostro, la imagen de la calma.
Y en esos momentos era, más que en cualquier otro, cuando él sentía…
…nada.
Dulce y silenciosa nada…
… su mente, un templo de quietud…
…su cuerpo, un pandemónium de mensajeros químicos que permanecían ignorados, mientras ella se acercaba como si en el mundo no existiera razón para preocuparse. Y con esta actitud, se sentó a su lado.
–Dime, Mi Señor, ¿te gusta lo que ves?
Él la miró de reojo, con recelo. –El jardín…
–Por supuesto, ¿qué más podría ser? –aclaró la sirena.
–Es… imposible.
– ¿Imposible? ¿Como las sirenas? –preguntó ella con falsa curiosidad.
– Exactamente así.
Quedaron en silencio. Thetis se había dado cuenta que el General de Marina no mostraba un disgusto tan grande por su presencia como lo hacía al principio, pero tampoco parecía poner de su parte cuando de conversar se trataba.
– ¿Señor?
– ¿Mmh?
– ¿Cuál es tu flor favorita?
– Ninguna.
La sirena exhaló, exasperada. Una cosa es que sólo use una palabra para contestar, pero si al menos para variar tratara de mostrar una actitud más positiva…
– ¿Ninguna? Debe haber al menos alguna que te agrade…
– ¿Cuál es esa? –preguntó, señalando una planta que crecía a la orilla de la fuente.
– Narcisos.
–Una planta peligrosa, según he escuchado.
–Solamente si la arrancas y comes sus raíces, mi Señor.
–Es justa, supongo… Su venganza, quiero decir. Sin embargo, sería triste su destino si termina sirviendo a los deseos de su asesino.
Thetis se volvió hacia él, intrigada por sus palabras. Palideció al entender la insinuación de que ella planeaba envenenarlo. Su corazón palpitó rápidamente y sintió que el aire le faltaba. Ante la aflicción de la mujer, el General de Marina sonrió, complacido.
Extrañamente, el cinismo del hombre sirvió para traerla de vuelta.
–Mi Señor, eso sería sin duda un acto de vileza incomparable.
El hombre asintió. –Una hermosa apariencia que esconde un secreto funesto –comentó en tono ambiguo. Aunque parecía que hablaba de la sirena, ella tuvo la impresión de que se refería a alguien más, ¿tal vez a sí mismo?
El silencio volvió entre ellos, él cerró los ojos y respiró profundo, la calma en su rostro hizo que la sirena se cuestionara la prudencia de romper el silencio, que al parecer el hombre disfrutaba. Sin embargo, no quería que las últimas palabras que cruzaran ese día trataran de vileza y traición. Así, intentando cambiar el tono de la conversación, preguntó:
– ¿Conoces el mito de Narciso?
El General solamente negó una vez con la cabeza. Ella lo tomó como pié para iniciar su narración.
–Se dice que los narcisos brotaron por vez primera donde murió un hombre que era conocido por ese nombre: Narciso. Era él tan hermoso que inspiraba el amor de quienes tuvieran la mala suerte de conocerlo. Sin embargo, Narciso era un hombre vanidoso y orgulloso, y sus desprecios causaron gran sufrimiento.
– ¡Ja, ja! –Interrumpió el General, no intentando disimular el sarcasmo, – ¡qué historia tan inspiradora!
– ¡Mi señor! ¡No he terminado! –Se quejó la sirena.
–Me intriga más saber cómo es que sabes tanto del mundo terrestre: las plantas venenosas, las historias infaustas…
–Las criaturas del mar tenemos buenos oídos. Entonces, ¿quieres saber el final de la historia?
El Dragón Marino rodó la vista hacia arriba, mientras exhalaba de una forma nada galante. Una sonrisa que por igual parecía entusiasmada y perversa se dibujó en el rostro de la sirena mientras continuaba con su relato.
–Pues, un día Narciso se acercó a un manantial, buscando saciar su sed, pero lo que encontró fue la razón por la que su madre le había escondido la existencia de los espejos…
El dragón marino se inclinó hacia el espejo de agua que formaba la fuente en cuyo borde estaban ambos sentados. Contempló su reflejo, esa visión tan conocida… Aunque nunca hubiera visto su rostro reflejado en un espejo, esa imagen frente a él estaría grabada en su mente como si allí la hubieran marcado con un hierro ardiente.
–…Cuando Narciso vio el reflejo de su propia imagen, – continuó la sirena – no pudo sino quedar prendado de la belleza ante sus ojos. A partir de entonces no pudo apartarse de su reflejo, ignorando el hambre y la sed (la cual fácilmente hubiera podido saciar, pero no sin perturbar su adorada imagen), y allí terminó prematuramente sus días.
El General de Marina frunció el seño y apartó la mirada de su reflejo. –Infeliz idiota, –gruñó– morir de una forma tan estúpida es lo menos que se merecía.
–Mi Señor, –intervino la sirena– es solamente un mito.
Era solamente un mito, pero algo en la historia había acabado con el buen humor del General. Thetis se sintió frustrada por su propia falta de perspicacia.
– ¿Y bien, –preguntó él con impaciencia– eso es todo?
–Sí, mi Señor, es todo.
–Me alegra – dijo. Luego se volvió hacia la sirena. – Thetis ¿qué haces aquí?
– ¿Aquí? Hablo contigo.
– ¿No tienes nada mejor que hacer?
–Lo tendría, si tú me lo solicitaras –dijo ella con picardía.
El Dragón Marino se puso de pie sin decir palabra, y se encaminó a su estudio. Thetis exhaló y dejó caer su mirada, algo decepcionada. Era la conversación más amena que tenía en días, hubiera deseado que durara un poco más. Al fijar su mirada en el suelo, justo al frente de donde el General de Marina se encontraba hace sólo unos momentos, distinguió la forma de un objeto de color rojo brillante. Se inclinó para recogerlo, luego lo examinó con cuidado. Era un brazalete hecho de pequeñas cuentas de coral, entretejidas como formando un encaje carmesí. Sin dudarlo ni un momento, se apresuró a perseguir al presunto dueño del objeto.
– ¡Mi Señor! –llamó en cuanto pudo distinguir su silueta en uno de los pasillos del templo. Él se detuvo y se volvió hacia ella, quien corría a su encuentro. Se detuvo frente a él, extendiéndole la mano en la que sostenía el brazalete.
–Creo que has perdido esto –explicó.
El General de Marina fijó la vista en el objeto extendido en la palma de la sirena. Sus pupilas perdieron la luz por unos instantes, si no hubiera sabido mejor, Thetis hubiera jurado que fue pánico lo que vio en sus ojos.
Sólo por un instante.
De inmediato, el Dragón marino tomó la prenda con su mano derecha, mientras sujetaba con la mano izquierda el antebrazo de la mujer. Los ojos de Thetis se abrieron de sobresalto, mientras él deslizaba el brazalete alrededor de la mano de ella, hasta colocarlo en su muñeca.
–Lo encontraste, ahora es tuyo.
La sirena sintió que su corazón iba a colapsar en ese momento, mientras un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Sin pensar en las consecuencias de sus actos, o más bien decidiendo que no le importaban, se lanzó hacia él, rodeando su cuello con ambos brazos y utilizando el impulso para lograr alcanzar los labios del hombre con los suyos. Sólo un breve roce, una fracción de segundo que pareció durar la eternidad… antes que la comprensión de sus actos cayera sobre ella. Lo soltó de inmediato, retrocediendo un par de pasos.
Él se llevó la mano a los labios, su vista fija en un punto en el suelo.
Ella echó a correr, sus pasos descalzos eran apenas distinguibles en el silencio del templo.
El Dragón Marino dejó caer ambos brazos a los lados de su cuerpo, luego apretó los puños mientras el tremor de todo su cuerpo se acumulaba en su garganta.
–¡Aaaahhhhh!
El grito que resonó como eco en los pasillos desiertos hizo poco por aliviar su frustración, pues recurrir al refugio de su estudio (seguramente colmado de flores agobiantes), estaba fuera de discusión.
