N/A: A estas alturas ya tienen sus buenos 30ymuchos años.

---

–¿Sabes lo que quiero?

Chuck dejó de rascar al perro entre las orejas y miró hacia la cocina, donde estaba Dan.

–¿Qué?

Dan metió el pollo en el horno y se sentó a su lado en el sofá antes de contestar.

–Un gato.

–¿Un gato de los de verdad?

–Sí. Un animal. Un gato.

–Shh –dijo Chuck, tapándole los oídos al perro–. Que no te oiga Ernest.

–No digas tonterías. Ya sé que tú no eres muy de gatos, pero…

–Vale.

–¿Vale? ¿Así de fácil?

–Sí –contestó Chuck volviendo la vista al periódico–. A mi me gustan los perros y a ti te gustan los gatos. No me parece mal que quieras uno de los tuyos.

–Pero si siempre me dices que sí a todo lo que te pido deja de ser divertido.

–Pues pídeme algo menos razonable.

–Algo como… quiero adoptar niños camboyanos.

Chuck volvió a mirarle.

–Vale.

–¿Qué?

–Si es lo que quieres…

–Era una broma –dijo Dan, cogiendo la pelota de tenis que le ofrecía Ernest y tirándola al otro lado del salón.

–Ya lo sé –contestó Chuck–. No hagas eso dentro de casa.

Ernest volvió con la pelota en la boca y Dan volvió a tirársela.

–Nunca hemos tenido esa conversación.

–¿La de tener hijos?

–Sí.

–Por dos motivos. Uno, ninguno de los dos quiere tenerlos; y dos, aunque quisiéramos, legalmente no podemos. Así que confórmate con tu gato.

–Pero tú dijiste que querías hijos.

–¿Yo? –preguntó, genuinamente sorprendido–. ¿Cuándo?

–Cuando me enseñaste el apartamento. Dijiste que la biblioteca iba a ser el cuarto de los niños.

–Bueno, no dije que los quisiera, dije que los tendría.

–El ser humano, como cualquier animal, está programado para procrear. Deberíamos querer tenerlos.

–Estamos programados para hacer cientos de cosas que hace miles de años que han quedado obsoletas. Y, partiendo de esa base, nosotros ya estamos yendo en contra de nuestra naturaleza.

–Pero no es lo mismo. –Dan volvió a hacer caso al perro por fin y le tiró la pelota de nuevo. –¿No quieres un pequeño Chuckie correteando por aquí?

–Nadie se merece un pequeño Chuckie. Además, ¿tengo yo cara de padre de familia? No me gustan los niños. Odio los niños.

–¿Y el hijo de Serena?

–No es lo mismo un hijo que un sobrino. Mi sobrino es muy gracioso y muy listo y me hace gracia, pero sé que a la media hora le perderé de vista y no tendré que preocuparme.

–Y eres adorable cuando hablas con él.

–Odio que uses la palabra 'adorable' para referirte a mí. Sólo sabe hablar de elefantes.

–Yo creo que serías un buen padre. Los niños se te dan bien.

–No lo sería. Ni tú tampoco. No sabes ni en qué día vives la mitad del tiempo.

–Eso es verdad. Pero…

–A ver, Daniel, no sé si estás entendiendo de qué van estos últimos doce años de mi vida. Si quieres hijos, tendremos hijos. Si quieres que nos mudemos a la Luna, dime cuándo.

–¿Qué significa eso?

–Que no necesitas convencerme. Si te va a hacer feliz un niño, moveré cielo y tierra para que podamos adoptar uno.

–¿Aunque a ti te haga infeliz?

–Si tú eres feliz, yo soy feliz.

Dan sonrió.

–Eso también es adorable.

–¿Entonces? –preguntó Chuck.

–No quiero tener hijos. Nunca he querido.

–¿Y por qué estamos discutiendo? –se desesperó.

–No discutimos, sólo hablamos. Hay determinadas cosas que hay que hablar alguna vez.

–Pues ya has visto que esta no es de esas cosas. Hemos llegado a la misma conclusión que ya teníamos.

–Pero no todo en esta vida es sacar conclusiones y hacer informes y contrastar cifras. ¿Por qué sigo aguantándote a ti y a tu mente cuadriculada? –se preguntó a sí mismo.

–Yo no tengo la mente cuadriculada, ese eres tú. Yo sólo soy práctico. No me gusta hacer cosas que no tienen ningún resultado positivo.

–Pero es mentalidad de empresario cyborg. Beneficios, costes de producción, reducción de gastos.

–¿Tú tienes mentalidad de escritor desquiciado, entonces?

–De verdad, ¿por qué sigo soportándote? Necesito saberlo.

–Porque sabes que tengo razón la mayoría de las veces. Y porque somos sexualmente compatibles.

–Estoy hablando en serio.

–Yo también. Es todo culpa del sexo. Tanto que yo estoy comprometido en una desesperante relación monógama con un hombre, cuando ni siquiera me gustan los hombres.

–¿Ves? Mente cuadriculada. Tú estás conmigo porque al hacer un estudio de tu satisfacción sexual yo quedo el primero de la lista. Yo que aún creo en el amor…

–Eso vino luego. Tiene mucho más merito de esta manera. Yo, un ser humano programado para procrear y mantener viva la especie, como tú dices, estoy contradiciendo mi genética, los impulsos que me mueven a acostarme con cada mujer que vea (que te aseguro que son muy fuertes, que yo soy un hombre muy primitivo), y he decidido mantenerme fiel a ti. Esa es la auténtica magia del amor. Que nuestro sexo es tan maravillosamente bueno que no quiero hacerlo con nadie más. Es tan bueno que quiero hacerlo siempre contigo, durante el resto de mi vida.

–No sé si me convence tu argumento.

–Debería. Porque es la base de todo lo que tenemos, y es tu culpa. Para empezar, conseguiste que ignorara mis instintos y quisiera tirarme a un tío. Luego conseguiste que te echara de menos, cuando ni siquiera te soportaba, porque hacerlo con otras personas no podía compararse a hacerlo contigo. Conseguiste que me involucrara sentimentalmente, y que me enamorara de ti como un imbécil. Y, finalmente, conseguiste que no quisiera hacerlo con nadie más, porque si es ese el precio que hay que pagar para estar siempre contigo, estoy más que dispuesto a pagarlo.

–¿No me soportabas?

–¿Por qué te quedas con lo único negativo que he dicho? ¿Qué pasa con lo de estar enamorado como un imbécil?

–Pero no me soportabas.

–No –bufó–, no te soportaba los primeros meses, o el primer año. Pero eres gracioso y fue fácil convivir contigo una vez que aprendí a dejar de escucharte.

–Voy a ver cómo va el pollo.

–No te cabrees.

–No me cabreo, sólo me parece una base un poco lamentable para un matrimonio o lo que sea que seamos nosotros.

–Sigues teniendo una concepción del amor muy de novela rosa.

–Eso no es cierto.

–Bueno, no del todo. Supongo que entiendes cómo funciona en la vida real, porque escribes sobre él, pero sigues soñando con el amor romántico y puro de las hermanas Brontë.

–Pero es así como debería de ser.

–Puede, pero la mitad de las cosas de este mundo no son como deberían sino como son más convenientes. Y lo dices como si lo tuyo hubiera sido muy distinto, como si hubiera sido amor a primera vista, cuando te pasaste años tratando de encontrar algo mejor que yo.

–Bueno, no eras el novio ideal por aquél entonces.

–Ya lo sé. ¿Ves? La magia del amor. Nos hace desafiar todos nuestros instintos para echar un buen polvo.

–Pero para mí eres mucho más que eso.

–Dan, deja de hacerte el tonto, tú para mí también.

–Pues lo dices como si…

Chuck le interrumpió:

–Eres guapo y cocinas bien y me gusta tu sentido del humor, aunque parezca mentira. Eres leal y yo puedo ser el peor cabrón del mundo (y de hecho lo soy) y tú seguirás ahí, porque nunca pides nada a cambio; y eso me hace querer ser una mejor persona. Pones orden en mi vida y me haces feliz –dijo de carrerilla, como si lo tuviera muy pensado–. Pero todas esas cosas no las descubrí hasta que vi que follabas como Dios. Si no fuéramos tan compatibles en la cama nunca me habría dado cuenta de que somos compatibles en la vida. Lo que no entiendo es qué te doy yo a ti.

–El dinero. Yo sólo te quiero por tu dinero.

–Por supuesto.

–Voy a ver el pollo –dijo Dan, levantándose–. Entonces, ¿lo del gato es definitivo?

–Sí.

–Porque he pasado hoy por un refugio y he visto uno blanco y gris…

Chuck le siguió hasta la cocina, mientras Dan regaba el pollo con vino para evitar que se secara.

–¿Un gato callejero? ¿No puedes comprarte un persa o algo así con un poco de clase?

–Un persa. Como tu maldito perro suelta poco pelo…

–Pues uno de esos que son como ratas arrugadas.

–De hecho, ya he dicho que me llevaba ese en el refugio, mañana iba a pasar a por él.

–¿Y si llego a decir que no?

–Chuck, tú siempre dices que sí.

–¿Pues sabes lo que quiero yo?

Volvió a cerrar el horno y se limpió las manos con un trapo.

–Intuyo que vas a decir algo totalmente soez.

–Un piano.

–Eso te lo acabas de sacar de la manga para evitar que tuviera razón.

–No, de verdad. Un piano de cola.

–¿Estás loco? Eso no nos entra en casa.

–Ya lo sé. Pero están vendiendo el piso de abajo.

–¿Quieres que nos mudemos al piso de abajo?

–No, quiero hacer un dúplex. Haríamos una escalera aquí –dijo, señalando una esquina del salón–. Tiraríamos tabiques y uniríamos la habitación con la biblioteca. Haríamos un baño mucho más grande, y tu despacho lo pondríamos en el piso de abajo, al lado del mío, porque yo necesito un despacho. Y podrían estar unidos por una gran puerta corredera. Y tiraríamos la cocina y la llevaríamos abajo. Una cocina gigantesca con armario de esos climatizado para el vino, y un comedor como Dios manda, y aquí arriba ya tendría sitio para poner el piano.

–¿Vas a hacer todo eso sólo por un piano?

–Echo de menos tocar el piano.

–¡Yo ni siquiera sabía que lo tocabas!

–Pues lo toco. Y muy bien, además.

–Vivir contigo es lo mejor para cultivar un complejo de inferioridad de la hostia.

–¿Por qué?

–¿Cuantos idiomas hablas?

–Francés y alemán, además del inglés. El italiano a medias. No es mi culpa que se me den bien.

–Y tocas el piano y juegas al golf y al polo y…

–Bueno, tú escribes. Eso tiene más mérito.

–Gilipolleces.

–A mí no me parecen gilipolleces. Eres escritor, has sido traducido a cinco idiomas, tienes tu propia página en la Wikipedia y todo. ¿No te parece que tiene mérito?

–Supongo.

–Todo eso que tienes lo has conseguido tú solo. Yo sé francés y alemán y solfeo porque mi padre prefería meterme en actividades extraescolares a tener que sacarme a rastras de los bares con trece años. Soy el presidente de una empresa por herencia. Si de mí hubiera dependido estaría ahora en las Bahamas fundiéndome el dinero en putas de lujo y botellas de Crystal.

–Bueno, podrías haber hecho eso, y sin embargo estás aquí trabajando como un esclavo para mantener la empresa.

–Eso es culpa tuya. Si no me hubiera enamorado estaría cirrótico y sifilítico en las Bahamas, ahora mismo.

–Y serías mucho más feliz.

–Tendría muchas menos preocupaciones, desde luego.

–¿Lo estás diciendo en serio?

–¿Lo de las Bahamas?

–Lo del piso de abajo, idiota.

–Totalmente en serio. Tendría que ponerlo también a tu nombre, claro.

–Joder.

–Pero imagina la cocina.

–Me gusta nuestra cocina.

–Es tan pequeña que no se puede echar un polvo en condiciones en la encimera. La nueva sería tan grande como el salón. Con una isla en medio, y un frigorífico de tres puertas.

–¿Me estás comprando con electrodomésticos?

–Y un horno con puerta deslizante. Y un extractor industrial de esos que no hacen ruido. Y un teppanyaki y un fuego de gas para poner un wok.

–Eso ya te lo estás inventando sobre la marcha.

–Lo vi el otro día en un catálogo.

–¿Has estado viendo catálogos?

–Tenía que buscar cosas con las que chantajearte. También he elegido el piano.

–Eres un sinvergüenza.

–¿Eso es un sí?

–¿Podremos follar encima de tu piano?

–No lo sé, ¿podremos follar encima de tu gato?