Mis queridos, estoy haciendo todo lo posible para publicar "seguido". Como esta historia es más larga y detallada, me toma más tiempo que Estúpido Cupido.
En fin, lean, disfruten, los amo!
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Capítulo 10: Versus
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El viaje en traslador hasta el Ministerio duró sólo un par de segundos. Eso les hizo pensar a los tres testigos acompañantes que saldrían en un abrir y cerrar de ojos del lugar. Claro que no contaban con el caos que estaba afectando al Ministerio de Magia en aquellos días. Después de la guerra habían quedado muchos daños que reparar y, definitivamente, había cosas que no cambiaban de una noche para otra, y otras tantas que empeoraban nuevamente, como la delincuencia, la pobreza y la salud.
Simon Cooper había sido directamente llevado a Azkaban por sus escoltas, y Merlina no pudo evitar sentir pena cuando él observó a McGonagal, Towler y a ella, con ojitos de perro hambriento.
Cuando entraron al Atrio, mucha gente iba y venía de un extremo a otro con premura. Memorándums revoloteaban por todo el lugar, intentando llegar a sus destinatarios con urgencia, pasando a llevar los rostros de algunos magos y brujas.
―Por las barbas de Merlín, ¿qué sucede aquí? ―Preguntó McGonagall admirada, colocándose una mano en el pecho. Seguro que no veía tanta gente corriendo desde la Última Batalla.
Por primera vez, Jack Robards pareció totalmente disminuido y avergonzado, pero no se atrevió a contestar. Era casi seguro que se metería en problemas si entregaba algún tipo de información que no debía salir a la luz.
―Ejem… bueno―masculló, carraspeando incómodo y tratando de recomponerse ―, vengan por aquí, tendrán que esperar un rato… ―añadió saliéndose por la tangente.
Ese "rato" se convirtió en "cuarenta minutos", para dar pie a otra tanda de pérdida de tiempo, que fue el relleno del formulario de testigos. Merlina estuvo diez minutos tratando de averiguar si en "domicilio" tenía que colocar su casa o Hogwarts. Nadie era capaz de contestar con seguridad, hasta que el mismo Robards, exasperado, dijo que pusiera Hogwarts, dado que era allí donde pasaba la mayor parte del tiempo.
―Probablemente el juicio se fije para dos semanas más, pero como dije anteriormente, se les enviará…
―¿Dos semanas? ¿Dos semanas por un crimen que no cometió? ―Chilló Merlina, atónita.
―Sí, dos semanas, señora Morgan, y allí podrá usted testificar y decir si cree o no que cometió aquel robo ―respondió Robards antipáticamente.
―No es que "lo crea", es, sencillamente, que no lo hizo ―rugió Merlina a punto de salirse de sus cabales.
―Cuando Kingsley Shacklebolt estaba aquí como Ministro de Magia, estas cosas no pasaban ―comentó el profesor de Transformaciones sin pelos en la lengua.
―Bueno, señor Towler, el tiempo ha pasado y Shacklebolt ha vuelto a ser un simple Auror y un trabajador cualquiera como todos los demás. Su gloria ya fue, ahora estamos en el presente.
Los tres docentes de Hogwarts se retiraron ofuscados y silenciosos, decidiendo viajar por la red Flu ―Minerva era libre de manejar la magia antiaparición del castillo, aunque prefirieron tomar un camino más seguro ―, sin embargo, cuando salieron por la chimenea del despacho de la directora en el séptimo piso, lejos de oídos ajenos, McGonagall habló.
―Esto son sólo trucos para que la gente crea que el Ministerio hace su trabajo ―murmuró con pesadumbre ―. Pero también pienso que están buscando las formas más absurdas para volver a inmiscuirse en Hogwarts, como alguna vez lo hicieron.
―No me cabe ninguna duda de eso. Últimamente El Profeta publica mucha basura; seguro que están bajo opresión otra vez. Algún problema debe estar acechando al Ministerio de Magia ―opinó la voz de alguien más. A Merlina se le aceleró el corazón: hacía tiempo no le escuchaba hablar. Por un instante, creyó que había encontrado la manera de volver de algún modo… Luego, recordó que tan sólo era un cuadro.
Todos se giraron para mirar al Albus Dumbledore, que descansaba cómodamente contra el marco de su cuadro, mirándoles a todos con una amplia sonrisa, con esos vivaces ojos azules a través de sus inolvidables lentes de montura de medialuna.
―Buenas tardes, Merlina ―añadió, guiñándole un ojo.
―¡Albus! ―Exclamó, emocionada, luchando contra el deseo de salir a abrazar su imagen. La última vez que le había saludado, había sido hacía tres años atrás, en un cuadro del primer piso, cuando ella fue a visitar a Severus en una ocasión. Dumbledore había estado jugando cartas con un grupo de monjas ― ¡Tanto tiempo!
―Es evidente que el problema apenas comienza ―siguió el ex director, casi divertido ―. Lo importante, es encontrar las soluciones antes que, nuevamente, tengamos que enfrentarnos a otra Dolores Umbridge.
― Lo sé, Dumbledore ―dijo McGonagall, apenada―. No entiendo cómo esa mujer ha llegado a escalar nuevamente en el Ministerio. No quiero ni imaginar lo que haría si estuviera de vuelta en el castillo.
―No lo permitiremos ―intervino Towler, quien parecía estar muy unido al colegio y al profesorado ―. Los gemelos Weasley tienen una amplia gama de productos para impedir algo como eso. Flitwick me lo comentó.
―Espero que no tengamos que recurrir a ello, además, probablemente ya esté preparada para algún ataque como ese ―suspiró Minerva ―¿Qué haremos ahora que no tenemos a Cooper?
―Yo creo que es bastante obvio ― la mirada de Dumbledore se clavó en Merlina y le dedicó una pequeña sonrisa.
La bruja sintió encogerse hasta quedar del porte de una hormiga cuando todos la observaron.
―Ay, Merlina… creo que necesitaremos tu ayuda.
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Severus estaba muy ofuscado para preocuparse demasiado de sus hijos. Por supuesto que se inquietó cuando mencionaron que necesitaban hablar con él, pero no les iba a insistir en preguntar si estaban arrepentidos de haberle dicho eso. No necesitaba enfrascarse en una lucha con los niños si ya iba a tener suficiente que enfrentar. Tal vez, en otra ocasión, hubiese sido capaz de hasta hacerles beber el veritaserum para obligarles escupir lo que le querían decir. Sin embargo, aquella no era la ocasión.
No pudo avanzar mucho en la preparación de la prueba escrita que realizaría el próximo miércoles a todos los de séptimo año. Era un examen muy difícil, así que debía concentrarse en formular bien las preguntas. No deseaba darles la satisfacción ―y jamás, en sus más de veinte años de enseñanza, había sido de ese modo ― de que pudieran decirle "profesor, esta pregunta está mal hecha" o "profesor, el enunciado de aquí está incorrecto". Así que, se rindió muy luego y prefirió hacer cosas sin importancia, como ordenar las cajoneras de su escritorio y alimentar a algunas criaturas, que tenía en cubículos de vidrio para las clases de la semana. Un Grindylow, un Gytrash y un Imp se agitaron ansiosos cuando lo vieron acercarse con comida.
―Y ahora, a esperar… ―Masculló cuando no supo nada más que hacer.
Merlina estaba furiosa, no tuvo necesidad de utilizar Legeremancia cuando le dio aquella terrible mirada antes de que se marchara. Con esos ojazos, se lo había dicho todo. No, no todo, sólo le había transmitido una fracción de sus sentimientos. Por esa razón, no se sorprendió en absoluto cuando, una hora más tarde, irrumpió en su despacho sin golpear y con un aura completamente oscura.
―¿Enviaron a Cooper a Azkaban? ―preguntó tranquilamente, arriesgándose a verla estallar. Si algo detestaba de verdad Merlina, era cuando él pretendía que nada malo ocurría. No era que quisiera fastidiarla, pero prefería lidiar con el asunto de una sola vez.
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Merlina resopló como un caballo y se plantó delante de él con el rostro tenso.
―¿Me quieres molestar?
―Sólo te estoy haciendo una pregunta.
―Ahora, cuando todo está mal, te preocupas, ¿no? ―le increpó ella mostrando mucho los dientes.
―Siempre podrás tener la dicha de traicionarme.
―¿A qué te refieres?
Severus se reincorporó de su silla para quedar a su altura. Apoyó una mano en el escritorio.
―Si te hiciera sentir más tranquila, ve y diles a los Aurors que yo fui quien metió a Cooper en ese embrollo de El Club de Sherlock. Y puedes decirme "te lo dije" también.
Merlina entrecerró los ojos, negando con la cabeza.
―No me trago nada de lo que me dices. No puedes ser más frívolo. Aunque, conociéndote bien, estás aguantándote las ganas de tirarte al suelo y ponerte a patalear, ¿no? ¡Y cómo se te ocurre! ―saltó de pronto, sobresaltando a Severus ― ¡Cómo se te ocurre que podría traicionarte! ―frunció el ceño ― Contigo en la cárcel, no me serías de ni una utilidad.
El hombre rodó los ojos.
―No te hagas la Señorita Frialdad conmigo, porque no te resulta.
―¡Y tú, intenta ser menos idiota de lo que ya eres! ¿Sabes quién tendrá que dar dos horas de rondas nocturnas, aparte de seguir con su tarea de maestra? ¡YO! ―Gritó con las mejillas ardiendo.
Snape, definitivamente, no se esperaba eso. Merlina parecía a punto de echarse a llorar.
―¡Soy la única estúpida que conoce este maldito castillo como la palma de su mano! ― Siguió gritando ― Y claro, ¿cómo voy a negarme? ―le dio un empujón ― ¡Por tú maldita culpa perdimos a nuestro celador! Y, ahora, ¡yo voy a tener que sacrificarme!
―Yo te ayudaré ―aprovechó de decir el profesor cuando la mujer tomó una bocanada de aire ―. Revisaré los trabajos por ti.
―¡No quiero tu ayuda! ¿Para que los llenes de ceros y hagas que me odien más los estudiantes? ¡Olvídalo, Severus! No sabes lo enojada que me siento, si no fuera porque te quiero, no dudaría en enroscar mis dedos alrededor de tu cue…
Toc, toc, toc.
Merlina se interrumpió, mirando hacia la puerta.
―¡¿Sí?! ―Preguntó, un poco fuera de sí.
Dos cabezas de cabello oscuro se asomaron con timidez por el resquicio de la puerta. Podía adivinarse que les habían oído discutir por la expresión de sus rostros.
―¿Se… puede? ―Preguntó Agatha con una voz dulce, la que rara vez se le oía emplear.
―No es un buen momento, niños ―contestó su madre con amabilidad, tomándole la mano a su esposo para apretarla. Severus agrandó los ojos al sentir cómo le clavaba las uñas ―, ¿es muy importante? ―el hombre se soltó de su agarre, sobándose la mano disimuladamente.
―Sí ― respondió Drake ―. Tenemos que decirles algo.
Se aproximaron con paso lento hasta sus padres. Merlina le lanzó una mirada a Severus de "no creas que he terminado".
―¿Y bien? ―Indagó Severus.
―Nosotros… ―Comenzó Drake con voz solemne mirando sus zapatos.
―No ―corrigió Agatha, negando con la cabeza ―. "Ustedes".
―Ah, sí ―el chico carraspeó. Ambos adultos arquearon las cejas ―. Ustedes están peleados, ¿no?
―Tenemos nuestras diferencias.
―Sí, claro, diferencias ―se burló Severus ―. Vayan al grano, muchachos.
Agatha miró a su mamá.
―Mami, perdónanos.
―¿Por qué? ―Merlina se agachó y le puso una mano a su hija en la cabeza con dulzura ― ¿Qué ha ocurrido?
Drake miró a su padre, tratando de comportarse como un hombre valiente. Severus esperó, expectante.
―Nosotros fuimos los que colocamos los caracoles en tu cama. Y creemos que crees que fue mamá.
Merlina se enderezó y se cruzó de brazos. Agatha y Drake aguardaron los gritos que tanto temían, sin embargo, la reacción fue totalmente inesperada.
―Así que… ustedes ―farfulló Severus, incómodo. Merlina le estaba observando con una expresión de petulancia.
―¿Mamá? ¿No estás enojada?
Merlina se volvió a su hijo y sonrió.
―No, no lo estoy, aunque debiera, pero me han ayudado a resolver un misterio. ¿No, Severus?
―¡Tal vez su madre no esté enojada, pero yo sí! ―Bramó Severus, de pronto, con las mejillas coloradas ― ¡Están castigados!
Agatha y Drake asintieron mansamente, mas Merlina intervino, colocándose delante de ellos.
―No vengas con eso ahora, ya me castigaste a mí por ellos, así que déjalos fuera.
―Son mis hijos.
―Son míos también.
―¡Por favor, no peleen!
―¡Aceptaremos el castigo!
Merlina se giró hasta sus hijos y señaló la puerta.
―Fuera de aquí, los dos. Si no quieren que me enoje, entonces vayan a hacer sus deberes ―Severus sacó la varita de su bolsillo. Merlina le dio un manotazo para mandar la varita al suelo y se le enganchó como lapa abrazándolo por la cintura ― ¡Corran antes que logre ponerle pestillo a la puerta!
Merlina conocía muy bien a Severus para saber que ese movimiento que había planeado hacer con la varita, era nada menos que para enjaularlos. Lo había hecho con ella más de alguna vez, pero no precisamente con malas intenciones, como en esos momentos.
Merlina creyó que combatiría contra ella nuevamente, sin embargo, cuando los chicos desaparecieron ―no lo dudaron dos veces ― a todo patín, cerrando la puerta de un golpe por la prisa, Severus enrolló sus brazos a su alrededor con fuerza.
―¿Qué haces? ―Preguntó la mujer, tratando de despegarse de su cuerpo.
―Me desautorizas en mi propio despacho, Morgan, haciéndome quedar como el malo del cuento y a ellos como un par de angelitos…
―¡Pero se eres el malo del cuento!
Merlina alzó la cara y lo miró. Severus estaba serio. Ella podía apostar a que se debía a la culpabilidad que estaba calándole el cuerpo poco a poco. No necesitaba saber Legeremancia para ello. Él la soltó con brusquedad, dándose cuenta de lo que pensaba su esposa.
―Mira, lo de los caracoles fue una cosa, y me tenía muy enojada, aunque no lo suficiente para no disculparte. Además, admitiste darte cuenta que yo no fui. Y no se te ocurra ir a castigar a los muchachos si no quieres que te metan babosas en la comida; no quiero correr el riesgo de tener contrincantes ― la ceja derecha del hombre se elevó ―. No obstante, es historia distinta lo de Cooper ―Severus chasqueó la lengua ―. No, Severus, no estoy tratando de ponerte celoso mencionando el apellido de ese muchacho ―dijo con sorna ―. Estoy diciéndolo por mí ―lo apuntó con un dedo ―. Esto no se va a quedar así. Vas a vivir la agonía escolar por la que tendré que pasar yo, te lo juro.
Severus, intimidante y sin un asomo de cobardía se acercó más a su rostro y susurró, apenas moviendo los labios. Merlina aplicó todo lo aprendido para utilizar Oclumancia. Sostuvo la mirada, pagada de sí misma, porque lo estaba logrando con tanta facilidad. ¿Por qué no le estaba costando? Algo faltaba allí.
―¿Qué vas a hacer? ¿Mmh? El repertorio de las bromas está lleno, Morgan. No hay nada que puedas buscar para sorprenderme. De hecho, no hay nada que pudiera sorprenderme.
―Me llamaste "Morgan" ―Señaló ella, con una sonrisa de conformidad.
―¿Y?
―Significa que te sientes amenazado.
―En tus sueños ―suspiró ―. De hecho, estoy tranquilo, pensé que tendría que enfrentarme a una especie de piraña poseída. Pero te comportaste asombrosamente bien en comparación de otros berrinches que has dado.
―No escupas al cielo, te va a caer en la cara.
Merlina retrocedió hasta la puerta, echándole un último vistazo a Snape. Este ya se había puesto a revolver sus cajones en búsqueda de trabajos para revisarlos. Cerró la puerta tras sí, transformando esa expresión de triunfo en una de horror: quería darle un escarmiento a Severus, pero la verdad es que no tenía idea cómo realizarlo, sabiendo que él había tenido razón en decirle que ya el repertorio de bromas estaba cerrado. No tenía la más mínima idea y, seguro que, al final, no iba a hacer nada. Por lo menos, y sabía que era así, lo había dejado preocupado.
De cualquier modo… ¿Qué es lo que había hecho que le resultara tan exitoso ocultar sus pensamientos de Severus? Si bien había aprendido a utilizar la Oclumancia, no siempre la lograba llevar a cabo con tanta perfección. Es decir, había logrado apartar completamente sus pensamientos y emociones. Por supuesto que estaba enojada, aunque no era eso, sino que la falta de nervios…
Nervios…
¿Nervios?
¡Nervios!
Se detuvo en medio del pasillo, girándose como si hubiesen gritado su nombre detrás de ella. El corazón se le aceleró de pura frustración. ¿Qué había ocurrido? ¿Por qué no se había colocado nerviosa como otras veces? ¿Dónde había quedado aquel sentimiento de mariposas y hormigas que le andaban por el estómago y toda su espina dorsal, cuando Severus se aproximaba a ella con aquellas penetrantes miradas provocadoras? Incluso, después de tantos años, tenía que por lo menos aguantar la respiración cuando le hablaba de ese modo sutil y excitante.
―Tengo que hacer algo ―farfulló para sí, comprendiendo a Severus cuando le dijo que sólo la había atacado al final para que le prestara atención y las cosas volvieran a ser como antes.
¿La llama se estaba apagando?
¡Pues había que echarle más leña al fuego!
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Querida Merlina:
¿Cómo estás, querida amiga? Hace un tanto que no sé de ti. ¿Acaso los estudiantes te están dando muchos problemas? Ya me lo imagino, pero ojalá que el asunto no sea tan grave.
Espero que los niños estén bien y, bueno, Snape igual. Susan me dice que no te escribiera eso (está conmigo, se vino a hacer su chequeo anual), pero lo hago sólo por consideración. No es novedad que no nos agrade Snape, tú sabes.
En fin, aquí las cosas están un poco densas, el Ministerio está realizando una serie de cambios en el sistema de salud y están que se echan a huelga. La verdad es que a mí no me afecta, pero a muchos de mis colegas sí, pero no me hace gracia tener algún riesgo similar.
Oye, ¿crees que podrías venir a mi casa unos días en las vacaciones de Navidad? Espero que sí. Sé que piensas estar con Phyllis, pero sería lindo tenerte acá y compartir, aunque sea por un par de días.
Ah, Susan fue al baño, aprovecho de escribir esto: ella quiere mucho que vengas porque quiere dar la gran noticia. Siento arruinarlo para ella, pero está esperando su segundo hijo. Cuando sea el momento ¿podrías fingir sorpresa? Tiene dos meses.
Eso por ahora, enviaré la carta antes que salga. Un abrazo
Te quiere
Endora.
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Merlina se apoyó en la pared, cansada, y se dejó caer en el asiento de piedra que estaba en aquél corredor del quinto piso. Dobló la carta y se la metió en el bolsillo. Habían transcurrido apenas tres días, y ya sentía que iba a colapsar en cualquier instante. Dos horas menos en su vida para revisar trabajos implicaba hacer las cosas en tiempo record, como comer, bañarse, ir al baño, cepillarse los dientes, incluso pensar. Aún le quedaba una media hora, en la que tendría que apagar chimeneas, antorchas, chequear la limpieza del Vestíbulo y el Gran Comedor. Ya había pasado por cada una de las aulas y los rincones más recurridos del castillo. Todo eso implicaba un considerable aumento de sueldo, pero su salud física y mental estaba primero.
McGonagall avisó al día siguiente del incidente de Cooper acerca del "reemplazo" de Merlina. La mayoría demostró descontento, otros tanto parecían ser neutrales. Agatha y Drake eran parte de la zona "descontenta" ―Merlina era buena con ellos, pero no evitaba ser severa si debía serlo ―, porque no les hacía gracia toparse demasiado con su madre.
―Uf… ―Suspiró, formulando una pequeña sonrisa en su pálido rostro ojeroso. Se sintió contenta por Susan. Hacía siete años había encontrado su media naranja mientras viajaba por Francia por un asunto de trabajo, y conoció a Antoine, con el que había tenido a Annick, una adorable niña con rizos disparatados, luego de haberse casado.
Se sintió nostálgica al pensar en los hijos. La última conversación que había tenido con los suyos ―excluyendo a la pequeña Phyllis ―, había sido el pasado día domingo, cuando ellos confesaron su delito y con suerte los había visto en su clase. Los pobrecitos también estaban hasta el cuello con deberes y no tenían tiempo de acercarse a su madre con motivos familiares.
Se le había hecho tan pesado el trabajo, que ni siquiera había pensado en cómo hacerle pagar a Severus el mal rato, y él seguro lo había notado, porque, en los momentos en que la ronda de los profesores coincidían con la de ella, pasaba caminando muy campante a su lado. Lo que no sabía Merlina, claro, era que Severus estaba intentando llamar su atención: él también había notado la falta de pasión del otro día, y le preocupaba aún más de lo que le importaba a ella.
―Ya, bien, me olvidaré de todo eso y trataré de completar satisfactoriamente mis trabajos ―susurró, reincorporándose para continuar su camino.
―¡Oh! Señorita, la extrañábamos ―dijo de pronto el personaje de uno de los cuadros cercanos. Merlina se sobresaltó, se le había olvidado que, durante las noches, se solía estar más acompañado de lo que uno pensaba. Había estado a punto de decir en voz alta "maldito Dumbledore, ¿por qué no pudiste elegir a otra persona?", y los personajes de los cuadros eran muy chismosos como para haber cometido ese descuido. A veces era una lástima que los personajes de los cuadros pudieran visitarse los unos a los otros―, el muchacho Cooper es más bullicioso que usted.
―No se emocione, señor, que no me quedaré para siempre… o eso es lo que espero.
Luego de esquivar a Peeves varias veces para poder terminar con su labor, se fue a dormir, rogando por que el resto de los días fueran así de tranquilos hasta que llegara Simon. Con "tranquilos" se refería a poder realizar una clase sin intervención de preguntas idiotas, encontrarse con pociones bien hechas, no hallarse con un castillo demasiado sucio en las noches y estar fuera del alcance de las garras del poltergeist.
No es demasiado pedir, ¿o sí?, pensó antes de cerrar los ojos para dormir.
Pues sí, era mucho. En Hogwarts no se podía vivir más de una semana y no pasar por algún problema, del tipo que fuera, más tomando en cuenta que la rivalidad eterna se vería reflejada en Slytherin y Gryffindor, más temprano que tarde.
Ocurrió en el primer recreo del siguiente día. Había despertado con un humor de perros por el sueño que le invadía. Tenía los ojos pesados e hinchados.
―Severus… como sea te voy a matar… digo, me voy a vengar… ―masculló con voz soñolienta mientras tomaba la ducha, aplicándose jabón líquido en el pelo en vez de champú.
Durante la clase había escrito una rápida contestación a la carta de Endora y pensaba ir a la lechucería para enviarla. Sin embargo, antes que llegara muy lejos, oyó unas voces discutiendo en un pasillo lejano.
―¿Qué está ocurriendo aquí? ― Preguntó cuando llegó al lugar de los hechos, viendo cómo un grupo de muchachos de tercer año, de Gryffindor y Slytherin, estaban pelándose una caja sellada con cinta adhesiva. La ignoraron olímpicamente ― ¡Dije que qué está ocurriendo aquí! ―Vociferó agarrando por la túnica a los niños más cercanos a sus manos.
―¡Dame mi caja!
―¡Que no! ¡Es mía!
―¡Pero la lechuza me la entregó a mí!
―¡Pero tiene escrito mi nombre! ¡Ladrón!
―¡Oye, suéltalo!
―¡No, suéltalo tú!
―¡Deja a mi amigo!
Merlina trató de meterse en el medio, pero, antes que se diera cuenta, se vio envuelta en una nube de coloridos rayos de luz. Se lanzó al suelo para evitar que le alcanzara alguno.
―¡Paren ya, malditos demonios! ―Gritó Merlina, viendo la caja volar por los aires de un lado al otro.
―¡Accio caja!
―¡No! ¡Accio caja! ¡Depulso!
―¡Expelliarmus! ¡Accio caja!
Merlina, con su corazón latiendo fuertemente, se abalanzó sobre el último muchacho de Gryffindor que atajó la caja de la discordia y se le arrebató.
―¡No pueden… tratar… así… a una profesora! ―Les espetó y, con todas sus fuerzas, gritó: ― ¡Expulso!
La caja voló con rapidez, chocando con fuerza contra la pared del final, causando una gran explosión. Se sobresaltaron. Los ojos de Merlina se desorbitaron. Instintivamente, se puso delante de todos, creyendo que se formaría un incendio.
―¡Oh… no! ―Gimoteó uno de los muchachos de Gryffindor con ojos llorosos ― Diez galeons perdidos en petardos explosivos ―hizo un puchero.
Merlina se giró lentamente, con los ojos entrecerrados y una mirada de incredulidad.
―¿Petardos explosivos? ¿Estaban peleando por una caja de petardos explosivos? ¿Petardos explosivos que pudieron haberles volado la cara a pedazos? ―Los muchachos la miraron, envarados ― ¡Veinte puntos menos para cada casa! ―Reprochó sin piedad.
De pronto, sin que Merlina se diera cuenta, comenzaron a llegar más estudiantes al pasillo. La explosión había se había escuchado en varios pisos del castillo y nadie pudo evitar ir a curiosear.
―¿Veinte puntos…? ―Chillaron los muchachos a coro.
―¡Sí! ¡Veinte puntos, ya me oyeron! ¿Cómo se les ocurre estar jugando con eso? ¿Es que le faltan neuronas? ¡Silencio si no quieren que les reste más puntos, chiquillos irrespetuosos! ―continuó gritando, toda despeinada y con cara de desquiciada ― Pudieron haber causado un incendio, ¡pudieron haber causado un incendio! ―repitió, haciendo que los niños retrocedieran un paso, asustados ― ¡Si los vuelvo a ver haciendo este tipo de estupidez, me encargaré personalmente de que los expulsen a todos!
Mientras decía todo eso, iba pensando que, todo aquello, tendría malas consecuencias para ella. Definitivamente, ya no iba a obtener oportunidad alguna de redimirse. Ya no volvería a ser la profesora bonachona, sino que se convertiría en la versión femenina de Severus Snape. Sin embargo, en ese instante, no le importó demasiado. No permitiría que ocurriera algún incendio provocado por algunos estúpidos petardos. La seguridad de los estudiantes iba primero, y ella bien tenía experiencia en ese tipo de problemas.
La noticia acerca de que Simon Cooper había ido a parar a Azkaban por perpetrar un robo, quedó sepultada cuando todo el colegio se enteró del nuevo ataque de histeria de Merlina quien, más tarde, se sintió profundamente avergonzada. ¿Acaso se iba a ganar, nuevamente, el odio de los estudiantes? Agatha y Drake seguro iban a estar furiosos.
