―¡Mami, nenes!
Charlie señaló a un grupo de niños de uno años que iban de excursión con sus profesores y dio un pequeño saltito. Ella también quería jugar con más niños.
―¿Has visto cuantos van? ―Alice los miró y sonrió. Echaba mucho de menos dar clase y salir de excursión con sus alumnos.
―Queo.
―¿Quieres ir al cole?
―¡Queo uá! ―Contestó. Grace era muy pequeña y no podía jugar con ella. Era un bebé aburrido y ella era ya una niña mayor que quería jugar.
―¿Con otros nenes?
―¡Sí!
Se quedo pensativa unos instantes. Creía que quedarse en casa con ellas era lo mejor, pero, a lo mejor, se estaban equivocando. A lo mejor su hija se sentía sola. A lo mejor la estaban convirtiendo en alguien incapaz de relacionarse con gente de su edad. ¿Y si estar constantemente rodeada de adultos la perjudicaba? A ver, era evidente que cuando Grace y Lyra crecieran un poco tendría compañía constante. Y con los hijos de James y Lizzy también podría jugar cuando vinieran a ver a su padre (o como quiera que se repartieran la custodia). Pero, hasta entonces, estaría sola. A lo mejor deberían…
―¿Alice?
Se giró al escuchar su nombre y sonrió.
―¡Pam!
―Oh, ¡cuánto tiempo! ―Le dio un abrazo y se sentó en el banco, junto a ella―. ¿Qué tal te va todo? ¿Estas son tus niñas?
―Sí. La mayor es Charlotte y la pequeña es Grace. ―Las presentó―. Charlie, ven a saludar.
La niña se acercó rápidamente a la amiga de su madre y le tendió la mano.
―¡Hola!
―Pero qué niña tan educada ―comentó―. Encantada de conocerte, Charlotte. Soy Pamela. Tu mamá y yo trabajábamos juntas.
―Oye, ¿y cómo es que no estás en el cole? ―Le preguntó Alice. Era un miércoles laborable. Debería estar en clase.
―¿No lo sabes? ¡Yo también lo he dejado!
―¿Y eso?
―Me voy un año a África, a dar clases a los niños de un poblado ―contestó―. Tenía muchas ganas de irme de voluntaria y poder aportar mi granito de arena y creo que ahora es el mejor momento. Tengo solo 28 años así que no tengo ninguna atadura, pero tengo algo ahorrado para poder mantenerme un tiempo fuera. Si no lo hago ahora, ¿cuándo voy a hacerlo? Con hijos ya no puedes hacer estas cosas.
―Sí, claro. ―Alice asintió lentamente. Era como si acabaran de decirle que su vida se había terminado por haber sido madre.
―Pero te veo genial, en serio. Y tus niñas son preciosas. Estoy segura de que Albus y tú estáis encantados. ¿Planeáis tener más? Empezasteis pronto así que todavía podéis tener vuestro equipo de baloncesto o incluso de fútbol.
―De… de momento no. Estamos bien los cuatro.
―Bueno, ya se verá en el futuro. ―Sonrió y miró su reloj―. Perdona, Alice, tengo que irme. Tengo que ir a recoger unos papeles para el visado.
―Claro. Por si no nos vemos, ten un muy buen viaje y enseña mucho.
―Gracias. ―Pam se puso de pie y se colgó el bolso―. Que os vaya muy bien. Tus niñas son monísimas.
Se dedicaron una última sonrisa y, en cuanto su antigua compañera su hubo marchado, Alice cogió a Charlotte, la subió sobre sus rodillas y la abrazó con fuerza. Se había sentido muy juzgada durante toda la conversación.
―¿Mami, ben?
―Claro, cariño ―murmuró, sin soltarla―. Mami está muy bien. A mami no le pasa nada.
Cerró los ojos y suspiró. Lo mejor sería volver a casa y dejar que las cosas siguieran como siempre. Hiciera lo que hiciera la juzgarían. Si se quedaba en casa, la mirarían mal por haber dejado de trabajar y, si volvía al cole, la criticarían por haber dejado a sus hijas desamparadas. Pero al menos así Albus y ella estarían más tranquilos. Debía dejarse de tonterías. Ya volvería al colegio cuando Grace fuera mayor. Si es que no llegaba otro bebé por el camino.
Rose intentaba amarrar a Lyra en su sillita, sujetando el móvil entre el cuello y la oreja y sin dejar de hablar.
―No, a ver, pues, si no está ahí, no tengo ni idea de dónde puede estar ―decía mientras intentaba colocar las correas―. Lo dejé todo ordenado antes de coger la baja. Oh, mierda, ¿cómo va esto? (…) Perdona, sí, sigo aquí. Es que Scorpius es el que entiende estas cosas. Yo no tengo ni idea de la mitad de las cosas del bebé. (…) No, tranquilo. En cuanto pueda abrocharle el cinturón a Lyra voy para allá. Ahora nos vemos.
Colgó, dejó el móvil sobre el asiento e intentó colocarle aquello bien con las dos manos. ¿Pero a Scorpius cómo le costaba tan poco colocar a Lyra en todas partes? Tenía que contarle su truco. Tras intentarlo varias veces logró, por fin, engancharlo y sonrió.
―Bueno, cariño, quédate tranquilita, ¿vale? Hoy te vienes con mamá al bufete.
La pequeña movió los brazos y Rose cerró la puerta con cuidado. Esperaba que no se pusiera a llorar por el camino.
Se subió al asiento del conductor, conectó el manos libres al móvil ―le había escrito a Scorpius, que estaba haciendo la compra, para decirle que tenía que ayudar a un compañero con un caso― y arrancó el coche. Miró a su pequeña, que estaba tranquila y seguía, simplemente, moviendo los brazos.
―Allá vamos.
No tardaron en llegar al bufete. Rose aparcó, subió a Lyra en su carrito y, rápidamente, entró al edificio.
―¡Rose! ―La recepcionista se levantó nada más verla―. ¡Qué alegría! ¿Esta es tu pequeña? ¡Es preciosa! Y rubita como su padre.
―Muchas gracias. Me la he traído para que vaya acostumbrándose al mundo de la abogacía ―contestó, sonriendo.
―Una futura abogada como su mamá.
―Ojalá. Sería muy bonito, ¿no? Me encantaría que fuera abogada.
―Sería tan buena como tú. Por cierto, has venido a ayudar con el caso nuevo, ¿no? ¡Ni de baja te dejan descansar!
―Sí, es que es muy parecido a uno que llevé hace unos meses y a John le vendría bien mi ayuda ―explicó―. Subo, ¿vale?
―Claro.
Se despidió con un gesto y se subió al primer ascensor. Se apoyó en el brazo del cochecito y cerró los ojos. Si esos informes no estaban en la carpeta, ¿dónde podían estar? Aunque, de todas formas, debería tener una copia en el ordenador.
Salió en cuanto se abrió la puerta y, nada más salir, sintió todas las miradas puestas en ella.
―¡Buenos días, chicos! ―Saludó―. ¿Me echabais de menos?
Durante unos segundos todo fueron saludos, abrazos y comentarios sobre lo preciosa que era Lyra hasta que la pequeña, agobiada por tanta atención, empezó a llorar.
―Eh, no, peque. ―La pelirroja les dedicó una mirada de disculpa a sus compañeros y la sacó rápidamente del carro para poder mecerla―. Ya pasó, tranquila. Mamá está aquí contigo.
―Perdona que te haya hecho venir, Rose. ―John suspiró―. Es que… estoy hecho un lío.
―Tranquilo, no te preocupes ―contestó, sin dejar de mecer al bebé―. Estoy segura de que en el ordenador hay algo. ¿Podrías ir encendiéndolo? Los códigos son los de todos los ordenadores, no te preocupes. Lo dejé todo preparado para que pudierais acceder a los datos importantes si era necesario.
Él asintió y se acercó a la mesa vacía de la pelirroja, que no tardó en seguirlo. Se sentó en su silla y colocó a Lyra con cuidado en su regazo, sujetándola con firmeza con un brazo.
―¿Has mirado en los archivadores que te he dicho?
―Sí, pero no he encontrado lo que necesito ―contestó―. Es que estoy en un punto muerto y no sé por dónde tirar, Rose.
―Tranquilo, al principio es normal. A mí también me pasaba y los demás estamos para ayudar, ¿no? ―Apoyó una mano en el ratón y abrió una carpeta―. Esta sí está encriptada porque todos los datos son confidenciales y no me gusta que cualquiera pueda acceder a ellos, pero tengo unos esquemas de la defensa que te ayudarán. Te los envío en un minuto. ¿Me sostienes un momento a Lyra? Es muy tranquila, no te preocupes.
―Oh, claro.
El chico la cogió, con un poco de torpeza, y la meció lentamente. La pequeña lo miró unos instantes, pero no protestó, solo sonrió y movió los brazos.
―Se podría pasar el día haciendo eso y menos mal. Me volvería loca si no ―explicó Rose, sin apartar la mirada de la pantalla―. Y ya lo tienes todo. Creo que te servirá pero, si necesitas más ayuda, avísame.
―Mil gracias de verdad. ―Le volvió a pasar a la pequeña y sonrió―. En cuanto vuelvas, te invito a desayunar.
―Acepto encantada.
Suspiró y miró el carrito. Lo mejor sería volver a casa, aunque lo que realmente le apetecía era quedarse allí. Seguro que, cuando volviera a la acción en unos meses, echaría de menos poder quedarse en casa con Lyra. Pero para eso todavía quedaba bastante tiempo. Ya se acostumbraría.
―¿Y cuándo empezaron vuestros problemas?
Leo y Lily se miraron y se encogieron de hombros. Aquella era una muy buena pregunta para la que no tenían respuesta. La pelirroja suspiró y se giró de nuevo para mirar al terapeuta al que habían ido a ver (un señor de unos 50 años con gafas y montones de títulos colgados de las paredes).
―Supongo que antes de casarnos ―murmuró―. No estoy muy segura.
―¿Y por qué os casasteis entonces? Porque me habéis dicho que os fuisteis a Las Vegas sin avisar a nadie, ¿cierto?
―Sí. ―Esta vez fue Leo quien, dubitativo, contestó―. Estábamos en casa y, de repente, nos pareció buena idea. Veíamos una película de dos chicos que se habían casado allí y… nos apeteció hacer una locura.
―Pero ya teníais problemas. ¿Cuánto tiempo llevabais viviendo juntos?
―Tres años.
―Pero salíais desde hacía ―consultó sus notas― nueve, ¿me equivoco?
―No, tiene razón. ―Lily suspiró―. La convivencia fue difícil al principio, pero… no era eso. Nunca ha sido eso.
―¿Entonces?
―Esto es una gilipollez. ―Se puso de pie y se cruzó de brazos―. Solo nos pregunta cosas que no sabemos. ¿De qué nos sirve venir aquí?
―¿Ve? Es que siempre pasa lo mismo. ―Leo bufó―. Se harta y se va. No quiere hablar.
―¿Que yo no quiero hablar? ―Abrió la boca, ofendida―. ¡Pero si eres tú el que nunca está!
―¿A qué te refieres exactamente, Lily? ―Le preguntó el terapeuta, sonriendo levemente.
―Pues… nunca está en casa. Siempre está en la oficina.
―Y tú en la universidad. Yo nunca estoy porque tú no estás ―replicó el moreno.
―¡Mentira! Sé que paso mucho tiempo en el laboratorio, pero sí que estoy. No soy yo quien deja al otro tirado sin mandar ni un simple mensaje.
―Porque sé cómo te pones.
―¿Y cómo me pongo?
―¡Pues así, Lily! ―Se puso también de pie―. ¡Es que no se te puede decir nada! Vas siempre a tu puta bola y haces las cosas sin pensar.
―Claro que las pienso. Que no diga nada no quiere decir que no le dé vueltas.
―Pero hay cosas que deberías consultar.
―¿Ahora tenemos que planear mi vida entre los dos?
―¡No, pero podrías avisarme antes de hacer algo que me concierne a mí también!
―Así que es eso. ―La pelirroja cerró los ojos, suspiró y se dejó caer en el sofá―. No me lo puedo creer.
―¿A qué te refieres exactamente? ―Preguntó el hombre.
―No quiero hablar de eso ―murmuró.
―Nunca quieres hablar de eso ―le espetó Leo, sentándose también.
―A lo mejor porque no hay nada que hablar y nunca lo ha habido. ―Negó con la cabeza―. ¿Me echas en cara que no te lo contara antes? Nunca preguntaste y, además, ya sabes lo que siempre he opinado del tema.
―Nunca creí que serías tan radical.
―¿Y entonces por qué nos casamos? Si querías hijos, tendrías que haberte casado con otra.
―Te ligaste las trompas con 23 años sin decirle nada a nadie.
―Me quedé embarazada con 23 años y tuve que abortar porque nos fallaron los anticonceptivos y no estaba dispuesta a permitir que volviera a pasar. ―Negó con la cabeza y miró al terapeuta―. ¿Quiere saber cuándo empezó a ir todo mal? El día que le dije que me había ligado las trompas. Desde entonces es como si hubiera un muro entre nosotros.
―Eso no es verdad.
―¿En serio? Pues yo creo que sí que lo es. Nos casamos en un arrebato de locura porque creímos que así podríamos arreglarlo todo, pero había mucho oculto. Mucho daño.
―Lily, sabes que yo tampoco quiero tener hijos. Al menos no ahora. Pero…
―¿Pero qué? ―Lo cortó―. Crees que debería habértelo dicho antes, que deberíamos haber pensado en lo que queríamos como pareja. Pero en mi cuerpo solo mando yo.
Apretó los labios con fuerza para no echarse a llorar.
―Eso ya lo sé ―murmuró él, tras unos instantes de silencio―. Pero tienes que entender que fue duro enterarme. Me gustaba creer que, si nos apetecía en algún momento, podríamos ser padres.
―Bien, chicos, esto es… bueno ―intervino el terapeuta―. Está bien que habléis del problema, que intentéis llegar al fondo de este, pero el tema es delicado así que, si de verdad queréis salvar vuestro matrimonio, tendréis que poner mucho de vuestra parte. Quiero que penséis lo que estáis dispuestos a hacer y hacía dónde queréis ir para la próxima sesión, ¿de acuerdo? A lo mejor deberíais pasar un par de días separados para intentar poner en orden vuestras ideas.
Ambos asintieron lentamente y, tras despedirse hasta la semana siguiente, salieron de la consulta.
―¿Vamos a pasar la semana separados en serio? ―Preguntó Leo, sacando las llaves de su coche.
―Tú eras quien creía que esto sería buena idea, ¿no? ―Lily suspiró y sacó también las del suyo―. Me iré a dormir a casa de Albus y Alice. Total, ya saben que esto va mal y les vendrá bien que les eche una mano con las niñas. Alice está un poco rara últimamente, no sé qué le pasa.
―No tienes por qué hacerlo. Puedo irme yo.
―Entras a trabajar temprano.
―Y tú siempre vuelves tarde. ―Suspiró y apoyó una mano en su brazo―. Podemos vivir juntos, pero en habitaciones separadas. Es otra opción.
―Sí, así ninguno tendría que conducir de más para ir al trabajo. ―Asintió lentamente―. Leo, yo… no sé qué decir sobre lo que ha pasado en esa consulta. ¿De verdad estás enfadado por eso?
―No estoy enfadado, Lils ―le aseguró, colocándole un mechón de pelo detrás de la oreja―. Solo me impactó. No me lo esperaba porque es algo que, en parte, también me incumbía a mí, pero entiendo por qué lo hiciste.
―¿Entonces por qué todo va mal?
―Porque es la primera vez que hablamos de esto ―contestó él―. ¿Quieres salir a cenar algo?
―No quiero más cenas caras que acaban con sexo. Quiero un matrimonio de verdad.
―Proponía un poco de pizza o una hamburguesa, pero como quieras. ―Leo se encogió de hombros―. Seguro que hay algo en casa.
Lily se mordió el labio y volvió a asentir. Lo mejor sería intentar centrarse en cómo solucionar aquello y averiguar hasta dónde estaban dispuestos a llegar para salvar aquello ―si es que tenía solución―.
Hola a todos :)
¡Por fin os traigo un nuevo capítulo! Y vaya tela con las cosas... ay.
Alice está empeñada en vivir una vida que creía que quería, pero que no le gusta nada :( Y Lily y Leo... uff. La verdad es que es muy complicado :/ Entiendo perfectamente a Lily, aunque también puedo ver por qué Leo está mosqueado :(
Pero, bueno, Rose y Lyra ya están para alegrarnos :) ¡Pero qué adorable es la peque y qué genial es su mamá!
Espero que os haya gustado y nos leemos pronto.
Un beso,
María :)
