Capitulo 10
BELLA llegó a varias conclusiones durante las siguientes treinta y seis horas. Dio vueltas por la casa, lloró y durmió a ratos, todo ello sin abandonar la habitación de Edward. Lo exasperante era que los sirvientes de la casa la interrumpían constantemente para ofrecerle algo de comer o de beber. Acostumbrada a encerrarse en sí misma para darle vueltas a sus problemas, encontraba muy difícil concentrarse con la suficiente pasión. Estaba claro que Edward había dejado claras instrucciones de que le ofrecieran comida cada hora. Pero a ella le habría gustado que la hubieran dejado en paz.
Encontró a Hamish, su osito de peluche, en una de las estanterías de la habitación de Edward. Se abrazó a su juguete como si fuera su mejor amigo. Edward se había ido. Se sentía desgraciada, abandonada, atormentada por la pérdida y la soledad. Se había apagado la luz de su vida. Sabía que era un poco melodramático, pero era así como se sentía y no podía hacer nada por evitarlo. Edward le había ofrecido tres semanas, pero al parecer con un solo día se había quedado satisfecho.
La única razón aparente por la que parecía que la retenía en Italia era por la posibilidad de que la hubiera dejado embarazada. Seguro que cuando ella le pudiera decir que no lo estaba, la dejaría marcharse. Era mejor no pensar en la posibilidad de que ocurriera lo contrario. Era horrible pensar que se hubiera podido quedar embarazada de un hombre que no quería ser su marido, que no estaba dispuesto a soportar esa carga.
No, Edward no la quería y era evidente que nunca la iba a querer. Estaba claro que la consideraba una mujer un tanto obsesiva y excesiva. Era su opuesto en todo. Él era una persona intelectual, auto disciplinado, lógico y reservado... por lo menos en lo que al amor se refería... Cuando Edward se casara de nuevo, seguro que lo haría con alguien como la rubia a la que había visto en Cagliari cinco años antes. Una mujer encantadora, elegante y equilibrada, más o menos de su edad, que no tuviera un comportamiento tan inmaduro. Alguien que le sonriera con dulzura. Alguien que le dejara decir la última palabra. Alguien que no se riera cuando él se cayera en el baño, en mitad de una discusión. Alguien de sangre azul, que pudiera ser aceptada por la familia Cullen. Aunque Edward le hubiera dicho a su padre que los Cullen no pertenecían a la realeza, él vivía como un rey.
El primer paquete llegó con el desayuno, el segundo día. Lo abrió y vio que era un chiste enmarcado de un hombre que se había caído en una bañera. Y en la parte inferior, con letra de Edward, se leía Confieso que algunas veces me tomo las cosas demasiado en serio...
Bella se quedó mirando con la boca abierta. Había pasado mucho tiempo, desde que Edward había hecho una demostración de su talento. Se echó a reír y se levantó de la cama, para irse a la ducha a lavarse el pelo.
El segundo paquete llegó al medio día. Esa vez era un dibujo también, pero el protagonista era ella, que también estaba metida en la bañera, gritando porque tenía el pelo y el vestido empapados. Bella, esa vez no se echó a reír con tanta rapidez como la vez anterior, porque pensó que de haber sido cierta aquella escena, se hubiera enfadado bastante.
Típico de Edward. Con una mano daba y con la otra abofeteaba. Sin embargo, sonrió. Después se fue a poner un vestido verde claro, que se ponía para alguna ocasión especial. Cuando oyó el helicóptero, decidió recibir a Edward con una sonrisa. Incluso en la distancia era capaz de manipularla.
Estaba en el vestíbulo cuando Edward entró en la villa. Con un traje beige de corte muy elegante, con una camisa blanca y corbata de color granate, tenía un aspecto que quitaba la respiración. Treinta y seis horas sin verlo la habían hecho olvidarse de lo guapo que era. Se quedó mirándolo, asustada por el amor tan profundo que sentía por él.
—Te he echado mucho de menos —admitió Edward, mirándola a la cara—. Es verdad.
—Seguro que se te ha roto el corazón al ver que estaba esperando como una fiel esposa —le dijo, con una sonrisa de oreja a oreja—. He pensado que dadas las circunstancias sería divertido...
— ¿Divertido?
—Sí, porque la verdad no te conozco mucho, pero me alegro de que por fin podamos ser amigos. Tienes que admitir que no conectábamos, porque no teníamos nada en común... a excepción de los asuntos de cama —Edward se puso detrás de ella. Bella giró la cabeza, para ver lo que hacía—. ¿Pero que...?
—Estaba mirando a ver si encontraba algún interruptor en tu espalda —le contestó Edward—. Para ver si se te puede apagar. Porque en treinta segundos que llevo aquí, no has parado de mencionar temas bastante delicados —Bella tragó saliva—. Si quieres me salgo otra vez y puedes interpretar el papel de esposa —le sugirió Edward.
— ¿Qué es lo que quieres de mí? —le preguntó Bella.
—Estar contigo.
—No lo entiendo... —murmuró Bella. Edward le puso una mano sobre el hombro y empezó a caminar con ella a su lado.
—No es importante, cara. La culpa es mía. No tenía que haberte dejado sola tanto tiempo —Bella se acurrucó a su lado, como una gata en celo, restregando la cabeza contra su hombro.
—La verdad es que me ha venido bien estar sola... y los dibujos que enviaste eran muy divertidos... pero ahora lo que quiero es volver a la vida de antes, ¿vale?
—Eso no es posible —respondió Edward.
— ¿Y por qué no? —apartándose a toda prisa, Bella lo miró. Su rostro expresaba calma. Salió a los jardines interiores de la casa y se detuvo frente a una fuente. —Estás pensando en que puedo estar embarazada, ¿no es cierto? —murmuró ella, al cabo de un rato. Edward sonrió.
— ¿Y no crees que más bien estoy pensando en lo que hacemos en la cama?
—Te hablo en serio... —Bella luchaba con todas sus fuerzas para no desmayarse, cuando comprobó el efecto de su sonrisa—. No es posible que tengamos tan mala suerte.
—Eso depende en lo que tú interpretes por suerte. ¿Cuándo lo sabrás? —le preguntó Edward, con gesto cansado. Bella se encogió de hombros. La actitud mojigata de Teresa en lo que se refería a los mecanismos biológicos de su cuerpo, había dejado huella en la adolescencia de Bella.
—Tarde o temprano... pero no me preguntes cuándo, porque no estoy muy segura.
Bella no llevaba la cuenta de la regularidad de sus menstruaciones. Más o menos recordaba que la última había sido dos o tres semanas antes.
—Yo creo que es una tontería que nos preocupemos por algo que ya no se puede solucionar —respondió Edward con frialdad.
—Parece que has cambiado de tono.
—Puede que me apetezca la idea de ser padre. Incluso es posible que me lleve una desilusión si no estás embarazada —murmuró Edward. Aquel comentario dejó a Bella con la boca abierta. Se dio la vuelta, esforzándose por imaginarse qué era lo que le había hecho hacer aquel comentario.
— ¿Es que no estás por el aborto? —Edward se puso tenso.
— ¿No estarás pensando en eso ahora? —Ella negó con la cabeza, al tiempo que comprobaba el alivio que produjo aquella respuesta en el rostro de Edward. Ya sabía la razón por la que él se mostraba tan sincero y amable con ella. Quería mejorar las relaciones entre ellos, por si acaso. Muy práctico y sensato, pensó, odiándolo por ser tan precavido. Pero, pasara lo que pasara, se divorciarían. Él lo había dejado claro desde el principio. No obstante no quería estar regañado con ella, por si tenían un hijo. Edward sonrió, lo cual no la sorprendió. Bella había accedido obedientemente a lo que él había querido—. Propongo que sellemos esta nueva relación con una comida.
Quince minutos más tarde, era eso lo que estaban haciendo. Una comida deliciosa les fue servida a la sombra de la logia. Se acababan de sentar cuando un gato se acercó a ellos.
—Topsy... —susurró Bella, echando la silla para atrás y agachándose para recibir a su antigua amiga—. ¡Estás preciosa!
—Pudding seguro que está dormido en la ventana de mi habitación. Ya no se le ve mucho por ahí. Está muy mayor —dijo Edward, recordándole el otro gato.
—A ti no te gustaban los animales.
—Los criados se encargan de ellos. Son unos gatos muy mimados —respondió Edward, mientras Topsy restregaba su cuerpo en sus piernas, ronroneando como un motor y demostrando su afecto. Sonriente, Bella volvió a sentarse a la mesa—. Por cierto, ya he firmado los contratos de alquiler de esas villas y se las he dado a tu socio —comentó Edward—. Pero creo que te va a resultar muy difícil seguir trabajando con Jacob Black.
— ¿Por qué?
—Es un mal perdedor. Está muy resentido con tu actitud...
—Jacob y yo somos muy buenos amigos...
—Los buenos amigos no dicen mentiras del otro —respondió Edward, con contundencia. La respuesta, la hizo sonrojarse.
—Hace un par de meses, él empezó a querer tener conmigo otra relación —confesó Bella—. De repente empezó a comportarse de forma diferente conmigo. Y un día me propuso que me casara con él...
—Una mujer con dinero es siempre muy apetecible para un hombre ambicioso, especialmente cuando los ingresos en la empresa han bajado tanto que es la hora de apretarse el cinturón.
Ella abrió la boca para contestarle que era imposible que Jacob supiera que tenía más dinero para invertir en el negocio, pero de pronto recordó que él había hecho varios comentarios sobre la vida de lujo que llevaba su madre. Seguro que se habría imaginado que casándose con la hija de Renne, conseguiría dinero para el negocio.
—No me creo que Jacob sea tan calculador —susurró Bella. Edward la estaba mirando a los ojos, sin perderse la mínima expresión en su conmovido y herido rostro—. Es muy triste pensar que alguien en el que yo confío me pueda ver como si fuera una hucha. Y más pensar que estaba haciendo el doble juego. ¡Y yo preocupada por si podía herir sus sentimientos! —Bella miró a Edward, preguntándose en qué momento se había quedado tan tranquilo.
—Así es —comentó Edward. Bella recordó que le había confesado que durante cinco años había tratado de sacarle hasta el último céntimo. De pronto no supo dónde meterse, o dónde mirar. Edward estiró una mano y le acarició los dedos—. Hablemos de algo más entretenido —sugirió—. ¿Cómo te gustaría que pasáramos las próximas semanas? —Bella se sintió más aliviada, al ver que Edward cambiaba de tema de conversación.
—Pues me gustaría ir a Roma, para ver el Coliseo, la Basílica y todos los edificios antiguos —pero al recordar la publicidad que habían dado los medios a su matrimonio, frunció el ceño—. Claro, que a lo mejor no podemos ir por ahí libremente.
—Los paparazzi creen que estamos todavía en Cerdeña. Además, hay muchas formas de evitarlos —le informó Edward—. Yo creo que lo mejor, en estas circunstancias, es que nos saquen una fotografía juntos. Eso es todo lo que quieren. Cuando la consigan y publiquen la foto, nos dejarán en paz.
—Ohhh…—Esa tarde, Edward le enseñó la finca sobre la que estaba asentada su mansión. Edward le presentó a todos los criados que se cruzaron en su camino. No volvieron a la casa hasta la hora de la cena. Después de cenar, le enseñó la casa. Le contó historias muy interesantes de sus antiguos propietarios. Villa Fontana había sido mandada construir por una amante de un rico aristócrata.
—Tuvieron siete hijos —Edward señaló los frescos que había en la pared, en los que se podían ver imágenes de ellos—. Se casó con ella cuando nació el primero. Él era un aristócrata y ella era la hija de un campesino...
—Eso me suena bastante... —replicó Bella, sin poder evitar recordar los comentarios de la madre de Edward al respecto.
—Tuvieran lo que tuvieran en común, estuvieron juntos más de treinta años.
—No es de extrañar, porque según se ve en ese cuadro, ella era muy guapa —opinó Bella—. No obstante pagó por ello, porque siete hijos son muchos hijos, sobre todo en aquel tiempo, cuando muchas mujeres morían al dar a luz.
—Nunca había pensado en ello antes —confesó Edward.
—Porque eres un hombre. Ella cambió sexo por seguridad. En aquel tiempo, si una mujer era pobre, era lo único que podía ofrecer. Apuesto a que su familia se la vendió a él. Aunque hay que admitir que él también era bastante guapo —concedió Bella, fijándose en el caballero en cuestión—. Un poco más viejo que ella, ¿no?
—Diez años más viejo que ella —replicó Edward.
—Una diferencia generacional bastante considerable.
— ¿Es así como te sientes conmigo? —Sorprendida por su comentario, Bella contestó:
—Tú sólo tienes veintinueve años, Edward...
—Dime la verdad —interrumpió Edward, apretando los dientes—. ¿Crees que la diferencia de edad es un obstáculo entre nosotros? —Un poco confusa, Bella suspiró.
—Para mí, eso no tiene la menor importancia. Para mí eres Edward y nada más. Bueno, estoy cansada. Creo que será mejor que me vaya a la cama—. Se produjo un tenso silencio y a continuación Edward se acercó a ella. Naturalmente no iban a compartir la cama más y Bella quería sacar sus cosas de la habitación, antes de que él subiera. Cuanto menos contacto tuviera, más relajado se iba a sentir él. Y quería que estuviera relajado durante las dos semanas que iba a pasar con él. Bella se acababa de acomodar en una habitación que había frente a la de Edward, cuando él entró. Llevaba sólo una toalla de baño alrededor de su cintura y tenía una cara como de alguien extraviado. Sin decir una sola palabra, la levantó en sus brazos y se la llevó a su cama—. ¿Qué estás haciendo? —le preguntó—. Ahora somos amigos, no podemos dormir juntos.
—Yo no quiero otro amigo. Tengo muchos amigos. Te quiero en mi cama, que es donde tienes que estar —le dijo Edward, echándola en la cama y acostándose a su lado—. Por el momento con eso será suficiente. Buona notte, cara.
— ¡Pero si estamos a punto de divorciarnos!
—Con un poco de suerte, si muero, te convertirás en una viuda millonaria —contestó Edward con ironía—. La verdad, no sé cómo se me ocurre darte ideas...
—Pues no lo digas ni en broma, porque yo me moriría, si te pasara algo —Nada más decirlo, Bella se tapó la boca con las manos.
—Una respuesta un tanto extraña de una mujer que me ha estado mintiendo y robando durante cinco años, sin que le remordiera la conciencia.
—Yo no te robé nada... fue...
—Renne, mi suegra —finalizó Edward por ella, con tono de satisfacción. Edward se incorporó, encendió la luz de la mesilla y le preguntó—. ¿No te sientes ahora mejor habiendo confesado todo? Siento mucho tener que haber sido desagradable, pero era la única forma de que contaras la verdad.
—Yo no... —Bella estaba tan horrorizada que no sabía qué decir.
—Te delataste cuando me contaste lo que te pasó con Jacob. Está claro que tú no puedes comportarte así. No sabes mentir. Cualquier niño se daría cuenta cuando mientes. Si no hubiera estado tan enfadado aquel día, lo habría descubierto yo mismo.
—Yo... —Bella se sentía tan desorientada por su actitud, que no sabía qué responder.
—Tendrías que haberte imaginado que yo no tenía la menor intención de demandar a tu madre —le dijo Edward—. ¿Crees que te habría hecho pasar por ese trago a ti o a mi familia, sólo para castigarla a ella?
— ¿Quieres decir que no tenías pensado?
—Nunca.
—Pero yo creí que hablabas en serio. Me asustaste —Edward sonrió, como un gato cuando le acarician—. ¿Cómo has podido hacerme eso a mí? —le recriminó, furiosa.
—En aquel momento, por placer —admitió Edward—. Al fin y al cabo estabas protegiendo a una mujer que se puede meter en un río lleno de pirañas y salir viva de él. ¿Nunca se te ha ocurrido pensar que yo...?
— ¿Tú? —repitió Bella, furiosa por la referencia ofensiva que había hecho de su madre. Edward estiró un brazo y la abrazó, cuando ella se acercó a él.
—Piénsalo bien —le aconsejó, con ojos burlones que emitían destellos dorados cuando miraban su rostro—. El pobre Edward tiene que cargar con una mujer que es una estafadora y que puede estar embarazada. Toda una pesadilla.
—Pero yo no soy una estafadora —se defendió ella, aplastando sus pechos contra el cuerpo de Edward.
—Humm... —suspiró Edward, acercando su miembro en erección a su cuerpo.
—No, Edward... nos vamos a divorciar —le recordó Bella. Edward apoyó la cabeza en la almohada y se quedó mirándola fijamente.
—Esa fijación que tienes por el divorcio está empezando a preocuparme. Tan sólo hemos gastado tres días de las tres semanas que hemos acordado estar juntos. Los amigos también se divierten de vez en cuando.
—No... —contestó Bella, a pesar de que de forma involuntaria abrió las piernas y empezase a restregar su cuerpo contra el de él.
—Tendrás que decirlo más fuerte y con más convicción —replicó Edward.
—Edward, por favor... —suplicó Bella.
—No, yo soy imparcial en este asunto —insistió Edward, subiéndole poco a poco el camisón—. Sólo un marido puede atreverse a hacer cosas sin ser invitado...
— ¡Pero si eres mi marido! —Edward la abrazó y le pasó la punta de la lengua por sus labios.
—Aprendes con mucha rapidez... eres capaz de quitarme la respiración.
—Piénsalo... —estaba diciéndole Bella dos semanas más tarde—. Éste era el lugar donde enterraban a la gente en el año veintiocho antes de Jesucristo —Edward observó el mausoleo situado en uno de los montículos cubiertos de maleza—. Tienes que usar tu imaginación —le dijo Bella.
—Tú ya tienes suficiente por los dos —le dijo Edward sonriendo—. Tendrás que enseñarme a ver esta ciudad con nuevos ojos.
Bella apartó su mirada de él. Edward se acercó a ella y el corazón empezó a latirle con fuerza. Fingió estar concentrada en su guía turística. Era la única forma de protegerse de sus encantos durante el día. Las noches eran otra cosa. Las noches eran momentos eróticos y cargados de pasión. Era como si estuvieran de luna de miel.
Edward le había demostrado su convencimiento de que estaba embarazada. No había mencionado ese tema, pero por su comportamiento estaba claro de que si lo estuviera, no se divorciarían. El problema era que si no estaba embarazada, no sabía cómo iba a reaccionar. Un fotógrafo amigo personal de Edward había ido a Villa Fontana a inmortalizarlos juntos para la posteridad. Enviaron una de las fotografías a una revista. Bella aparecía con un nuevo anillo de boda, que él le había regalado días antes.
—Supongo que me lo tendré que poner, porque si no, no se lo van a creer —había manifestado en su momento.
—Te lo regalo porque eres mi esposa —le había contestado Edward. De vuelta al presente, Bella continuó buscando en su guía turística una nueva ruina que visitar.
—Creo que ya no nos queda nada por ver —comentó Edward—. No creo que nos quede nada más por hacer en Roma.
—Si te aburres, no tienes más que decirlo.
—Yo no me aburro contigo.
—Ese es un comentario bastante halagador... —En el trayecto de vuelta a la villa, Bella sintió una punzada en el bajo vientre. No tardó mucho en darse cuenta de lo que aquella sensación significaba. Miró a Edward, con la cara blanca como la cal. No estaba embarazada. Tenía que decírselo cuanto antes, por mucho que temiera que al enterarse no habría ningún impedimento para que se separaran. Al poco tiempo llegaron a la mansión y cuando se bajó del coche, Edward le preguntó:
— ¿Qué te pasa?
— ¡Nada! —gritó ella, saliendo corriendo hacia su habitación. Cuando llegó, se metió en el cuarto de baño y echó la llave.
— ¡Isabella! —gritó Edward, golpeando la puerta.
— ¡Saldré en un minuto! —prometió ella, intentando reponerse de su frustración.
Al cabo de un rato salió con los ojos arrasados de lágrimas. Todavía no había tenido el periodo, pero sabía que pronto lo iba a tener.
— ¿Te sientes mal? ¿Quieres que hagamos la prueba del embarazo? —le preguntó Edward, con una falta evidente de delicadeza. Bella interpretando que aquélla había sido una pregunta bastante cruel, empezó a sollozar y respondió:
— ¡Te odio! ¡Márchate! —Sin hacerle caso, Edward la levantó en sus brazos, como si fuera un objeto muy frágil de cristal y la puso con mucha delicadeza sobre la cama, quitándole los zapatos—. ¡Déjame en paz! —le gritó ella, entre sollozos, mientras él intentaba consolarla acariciándole el pelo.
Nunca antes se había sentido Bella tan avergonzada de su conducta. Ni siquiera podía mirarle a los ojos. El hecho de haber pensado en utilizar a un bebé para conseguir a Edward, la hacía sentirse egoísta y malvada. Habría sido lo más injusto para él, porque no la amaba. Y todo el amor que ella podía darle, no podía compensar la posibilidad de que él pudiera encontrar otra mujer a la que pudiera amar.
— ¿Quieres de verdad que te deje sola? —Le preguntó Edward—. Si me voy, me puedo convertir en el peor hombre del mundo. Eso me lo enseñaste tú, hace ya bastante tiempo.
—Necesito tiempo para pensar —le respondió, poniendo su cara contra la almohada. Edward se levantó y no dijo nada. Tardó bastante tiempo en salir de la habitación. Y Bella no apartó la cara de la almohada hasta que no oyó cerrarse la puerta.
Tenía que reunir fuerzas, antes de hablar de una posible separación. ¿Qué pensaría Edward, después de haberla visto ponerse tan histérica? Tendría que decirle que se había comportado de esa manera por la tensión premenstrual. Era capaz de decirle cualquier mentira, con tal de que no sospechara lo que le preocupaba en realidad. Porque durante todo aquel tiempo que estuvieron juntos, ella se había esforzado por mostrarse desenfadada y divertida. Se había comportado como si no le importara la relación. Había decidido que cuando llegara el momento de separarse de Edward, lo iba a hacer con la cabeza muy alta.
Agotada por todas aquellas emociones, decidió no cenar. Se quedó dormida en la cama y la despertó el sonido del teléfono. Todavía medio dormida, levantó el auricular.
—Estoy en Milán —le informó Edward.
— ¿Qué estás haciendo allí? —preguntó Bella.
— ¿Te extraña acaso que me haya ido tan lejos?
—No, sólo era una pregunta —replicó Bella, pensando que no tenía sentido alguno echarle de menos, cuando dentro de poco tiempo le estaría echando de menos el resto de su vida.
—Estoy en una conferencia sobre banca.
—Debe ser emocionante.
—Estaré dos días —le informó Edward.
— ¿Dos días? —Bella se mordió la lengua y tragó saliva—. Eso está muy bien.
—Llamaba para pedirte que vinieras...
—Bueno, pásatelo bien —le interrumpió Bella, antes de que él la convenciera de hacer una locura. Suspiró hondo y se despreció a sí misma, por no decirle a Edward lo que tenía que decir. Tenía todo el derecho de conocer que no estaba embarazada—. Ah sí, por cierto —añadió—. No estoy embarazada —El silencio retumbaba en sus oídos como si fueran tambores—. ¿No crees que sea maravilloso? —le preguntó Bella, con lágrimas en los ojos—. Supongo que te sentirás más aliviado con la noticia. Ya lo comentaremos más cuando vuelvas.
Bella colgó el teléfono inalámbrico. Una vez aclarado aquel asunto, se sintió un poco mejor. Decírselo por teléfono había sido lo mejor. De esa manera, los dos habían tenido la ocasión para dar rienda suelta a sus sentimientos en privado.
A ella le quedaban dos días para relajarse y ordenar sus pensamientos. Llamaría a información para ver cuándo llegaba su vuelo, y se iría a recibirlo al aeropuerto. Estaba decidida a mostrarse cariñosa y alegre. No iba a hacer un drama, ni a derramar una lágrima cuando discutieran la cuestión del divorcio. Y al día siguiente se iría a Londres.
Al día siguiente, de madrugada, Bella empezó a preocuparse por el estado en que se encontraba. Todavía no le había bajado la regla. Además, los pechos se le habían hinchado. ¿Y si se había precipitado en comunicarle a Edward las noticias?
Más tarde, durante ese mismo día, Bella no había recibido aún confirmación del estado en que se encontraba. Mario, el conductor de Edward, la llevaba en coche por las calles de Anguillara, una ciudad medieval. Bella compró en una farmacia una prueba de embarazo. Cuando vio que la prueba daba positivo, se quedó conmocionada. ¿Cómo iba a decírselo a Edward?
A la mañana siguiente, que era el día que tenía que regresar Edward, Bella se empezó a preocupar por el dolor que empezó a sentir en el vientre. Preocupada por el niño que ya sentía que tenía en su vientre, se fue a ver a un médico en Bracciano. El médico le confirmó los resultados de la prueba del embarazo.
El médico también la tranquilizó, diciéndole que durante los primeros meses de embarazo era normal que sintiese cosas extrañas en su cuerpo, porque todo su sistema hormonal se estaba transformando. Cuando salió de la consulta, Bella se fue de compras. Se compró un vestido amarillo y unos zapatos haciendo juego.
A las tres de la tarde, llegó en una limusina al aeropuerto de Fiumicino, a recibir a Edward, que venía en su avión privado. Lo podría haber esperado en casa, pero prefirió ver en persona el efecto que había tenido en él la noticia que le había dado por teléfono. Si aparecía contento como un chiquillo, sería todo un reto desencantarlo.
Pero de una cosa estaba segura, de que no podía ocultárselo a Edward, ni que tampoco estarían obligados a seguir casados sólo porque iban a tener un hijo. No sería justo, para ninguno de los dos. Bella lo observó salir del avión. A su lado iba una rubia impresionante, con un traje color rosa. ¿Sería la azafata? No, la azafata estaba en la puerta de salida. A continuación salió Edward, tan guapo como siempre. Llevaba algo bajo el brazo.
La rubia lo esperó ya en la pista. ¿Sería una ejecutiva del banco? ¿Su secretaria? Mientras caminaban por la pista, los dos mantuvieron una animada conversación. Bella no pudo evitar el ataque de celos. Gotas de sudor aparecieron en su frente.
— ¿Quién es esa mujer? —le preguntó al conductor, que estaba a unos pasos de ella.
—Tanya Denali, señora —respondió, sorprendido ante aquella pregunta. Bella se quedó helada. De pronto aparecieron tres hombres en la pista, con cámaras de fotos en las manos. Los guardas de seguridad de Edward entraron en acción y no les dejaron sacar fotografías. Edward y su compañera levantaron la cabeza.
Bella reconoció a la rubia, justo en el momento que Edward la vio a través de las cristaleras del aeropuerto. Una sonrisa se dibujó en sus labios, pero nada más darse cuenta de lo que ella estaba pensando, soltó su maletín y el paquete que llevaba bajo el brazo y se echó a correr por la pista, haciendo caso omiso de lo que le decían los guardas de seguridad. Pero Edward llegó demasiado tarde. Bella ya había desaparecido entre la multitud.
