Pienso que las tostadas son fascinantes. Es increíble la cantidad de combinaciones que puedes hacer con una rebanada de pan. Mi favorita es con algo dulce. Sé que no debería ser derrochador con las comidas teniendo en cuenta la escasez en la que nos hallamos. Pero no gozo del resto de privilegios de los que se aprovechan los Hiragi, por lo que mi único capricho son los pasteles y mi colección personal de mermeladas. Fresa, pera, melocotón, frambuesa. Entre mis predilectas, se encuentra la de naranja.
-¿Otra vez comiendo tostadas? –Refunfuñas, sirviéndote una taza de café en la sala común. Son pocas las veces que coincidimos a solas, por eso atesoro estos pequeños momentos que me otorga el destino. Bueno, a lo mejor también influye que me sé tus horarios como la palma de mi mano y suelo hacer lo posible por desayunar a la misma hora que tú. Pero tampoco tienes por qué saberlo, ¿no?
-Moh, Guren, están riquísimas. –Doy otro mordisco.
-No tienes una dieta muy variada, que se diga. –Soplas el brebaje negruzco y espeso.
-Oye, Guren~ ¿Cuál es mi mermelada preferida? –Te reto, aunque imagino que no tienes ni idea.
-Cualquiera que sobrepase la cantidad aceptable y saludable de azúcar. –Me respondes, mirándome con una sonrisa satisfecha por tu "ingenioso" comentario.
-Qué gracioso eres, Ichinose –replico, juguetón-. Es la de naranja.
Me miras con tu típica expresión de "me importa una mierda", pero me da igual.
-¿Sabes por qué? –insisto, mordiendo un pedazo.
-¿No? –Remueves el contenido de tu taza con la cuchara. No entiendo el sentido de ese movimiento, teniendo en cuenta que no le agregas nunca azúcar. Te gusta fuerte y solo. Otra gran metáfora. ¿O debería decir ironía?
-Porque me recuerda a ti. –Lamo el pegote cítrico que se desliza por uno de mis dedos, mirándote con todas las intenciones del mundo y el descaro más evidente del que soy capaz-. Tiene una mezcla de amargura y dulzura con un toque de ácido en alguna ocasión. Justo como tú –sentencio, disfrutando de tu reacción que no se hace esperar.
Dejas la taza en la masa con un golpe seco y observo complacido cómo el rubor se despierta en tus mejillas. No el rubor de la furia tan habitual en ti, sino el de la vergüenza, ese que nunca me canso de provocar. Desenvainas tu espada y me persigues con ella, tratando de alcanzarme con la hoja afilada mientras yo rio y huyo de tu mal humor, el cual se ha creado a partir de tu incomodidad. Estamos montando un buen espectáculo y si nos pillan nos llevaremos una buena amonestación. Pero no me importa ni a ti tampoco.
Y quizá por eso te amo.
