Disclaimer: veamos... creo que todavía no poseo Fushigi Yuugi, pero lo comprobaré. Ya os lo confirmo otro día.
Notas: vaaya. Décima actualización; la semana que viene pasamos a los capítulos de dos cifras. ¡Dos cifras! No digáis que no suena bien. De momento os dejo con losss bandidosss. Y con Rei. Y sí, soy una irresponsable.
CAPÍTULO IX. Más renacuajos
-¡Kumo! –ahora sí que nos hemos quedado con la boca abierta. Todos, incluso Nuriko, que suelta al bandido ese que le saca cabeza y media y que, por cierto, sigue llorando en el suelo.
Bueno, yo sabía que dolía que te rompieran un brazo, pero esto es un poco ridículo. No el que llore, que, oye, está muy bien, porque yo nunca he creído en eso de que los tíos duros no pueden llorar y tal, si no…
-Esto… ¿No parece un niño pequeño? –y tengo que coincidir con Tasuki, esta vez, por muy poco que me guste.
-¡Nos… nos rendimos! –exclama el otro bandido, en una especie de chillidito agudo y agobiado. ¡Bien! Hemos vencido a un montón de… No, a dos…
Nada, dejadlo. No merece la pena vanagloriarse de esto.
-¿Cómo…?
-¡Están desapareciendo! –exacto. Las copias de los bandidos desaparecen. Los bandidos en sí desaparecen. Y nuestro terrible enemigo se queda en nada.
Bueno, en nada no. Más bien en dos niños. Pequeños. Y malnutridos.
-¡Pero serás bestia, Nuriko! –le riño- ¡Mira que partirle el brazo a un niño! –y le suelto una colleja. Jo, qué a gusto me he quedado. Tenía ganas de hacérselo a alguien, aunque hubiese preferido que la víctima fuera Tasuki. O Kei.
-¡Yakumo! –exclama el niño/bandido nº1, que, ahora que me fijo mejor, es un pelín mayor que el del brazo roto, y se lanza sobre el otro. Qué monos. Si no fuese porque están sucios, malnutridos y medio desnudos serían para una postal. Eso sí, barata.
Lo importante aquí es que hemos estado a punto de ser atracados por dos críos de unos… ocho o nueve años. Y que, por cierto, no sé qué pintan en mitad de la montaña. Como si no tuviésemos suficiente con los bandidos profesionales.
-Hotohori, tu padre es médico, ¿no? –anda, pues va a ser verdad. No, si, de vez en cuando (muy de vez en cuando), Kei tiene un momento de lucidez. Qué bien- Podrías intentar algo…
-Está bien –así que el antiguo Emperador, reconvertido ahora en interés romántico de Nakago, se acerca a los niños. Que, dato a resaltar, no parecen darle la bienvenida, precisamente.
-¡Cuidado, Kazumi! –esta vez el que grita es el pequeñajo, que tiene el pelo de un bonito tono azul y los ojos llenos de lágrimas, el pobre. Y, además de gritar, hace un movimiento raro con la mano, y lanza algo así como un rayo de energía en dirección a Hotohori. Para mí que me voy a quedar sin Estrella.
-¿Cómo has hecho eso? –pregunto, curiosa. De alguna forma que no alcanzo a comprender, y que puede que tenga que ver con sus poderes guays o con el hecho de que él sí atendía en Educación Física, Hotohori ha conseguido esquivar el rayo de energía. Con dificultad, todo sea dicho. Que tampoco es tan perfecto, el niño.
-¡No os acerquéis! –esto… ¿Es una impresión mía, o me acaban de ignorar?
Como mis Estrellas, más los acoplados, no tienen intención de desobedecer la orden del tal Kakumi o Kezumo o como quiera que se llame, pues me veo en la obligación de intervenir. Hay que dejar claro que no somos enemigos, oye.
-Esto… Hola, niños –empiezo, en mi mejor tono copiado de los Lunnis. Los renacuajos me miran con cara peligrosa-. Ehm… Me llamo Rei. Soy la Sacerdotisa de Sukezu, ¿sabéis?, y soy bueeeeeena. Y estos tipos de aquí atrás –los señalo-, aunque son feos, son bueeeeeeeeenos también –creo que a los tipos en cuestión, especialmente a Hotohori y a Nuriko, no les ha hecho mucha ilusión todo lo que he dicho. En fin-. Vamos a salvar el mundo, porque Suzeku nos lo ha dicho, y necesitamos pasar por aquí. ¿Veis? Pasar por aquí, para encontrar a los demás bueeeeeeenos, que son las Estrellas de Sezaku. Que también son buenos. Como yo. Y estos de atrás. Y…
-Lo hemos entendido. A la primera –hum, no me termina de caer bien el niñato este, el Kazumi o como sea. Tiene un aire de sabihondo que no me gusta nada, pero nada de nada-. Nosotros sólo queríamos comida, ¿verdad, Kumo? –el otro, el del pelo azul, asiente.
-¡Anda! Yo también quiero comida, mira tú. ¡Tenemos muchas cosas en común! -¿por qué me da a que he dicho algo fuera de lugar? ¿Por qué me miran todos así?
De pronto, el niño más pequeño empieza a reírse. De mí. ¡Será…!
-Me recuerdas a Miaka, ¿sí? –suelta, como única explicación. Pues no sé en qué me parezco. Ella ronca. Y es vieja. Y… ¿y este cómo sabe quién es Miaka?
-¿A Miaka? –inquiere Nuriko. Parece tan alucinado como yo.
-Ajá.
-¿La Sacerdotisa de Suzaku? ¿La de la leyenda? –este es Tasuki.
-Ajá.
-¿La tía abuela roncadora? -¿Qué? Es sólo para que especifique…
-Eso no lo sé, ¿sí? -¿veis? Ahora jamás me enteraré si hablamos de la misma Miaka. El niño me mira, con curiosidad, antes de que su expresión cambie a una de dolor- ¡Duele! -¡ostras, no me digas! Yo también me rompí un brazo, cuando era pequeña. Sólo que a mí no me lo rompió un mafioso con aires de grandeza y asquerosamente guapo.
-Tranquilo, Kumo. Llama a la Abuela, ¿vale? Ella te ayudará –ordena el otro chico, mientras lo abraza. Bueno, esto escapa un poco a mi comprensión. ¿Es que también se han traído a la abuelita a las montañas? ¿Qué clase de familia son?
-Va… vale –el niño cierra los ojos, al parecer concentrándose. Un par de minutos después, se oye un Puuff detrás de nosotros, y, al girarnos…
-¡UAAAAAAAAAAAAHH!
-¡LA VIEJA BRUJA!
-¡¿QUÉ… QUÉ ES ESO?!
-Bueno, tampoco es tan terrible. Se parece a la tía abuela Miaka –comento. Aunque, mirándola de cerca, sí que espanta un poco.
Bueno, explico. Resulta que, ante nosotros (ahora que nos hemos girado) y subida en una nube, acaba de aparecer una viejecita muuuuuuuuuuuy fea. Pero mucho mucho. Y que, por cierto, creo que me suena de algo. Puede que saliese en el cuento de tía Miaka. Sí, ahora que lo pienso…
-¡Ya sé quién eres! –exclamo, emocionada- ¡Tú eres Gollum!
Para mí que he fallado. Probaré otra vez… o mejor no, porque la gente está empezando a tomarme por loca.
-Taitsukun. Me llamo Taitsukun –se presenta. Después, le dirige una mirada ofendida a los gemelos pelirrojos, que la han llamado cosa vieja entre los dos. Y ya me acuerdo de ella. Era la Guardiana del mundo, o algo así, ¿no? Sí, una vi… ancianita superpoderosa. Que se supone que me va a ayudar, creo. Y que ahora mismo se dirige a los niños, y… -¿Estás bien, cariño? Venga, ya es menos. No llores, vamos…
Esto… no formaba parte del guión original, ¿no? Digo lo de hacer de abuelita cariñosa y tal.
-Ehm… Taitsukun… -pero ella me ignora, y se pone a hacerle el sana sanita o como sea que se diga eso al niño de pelo azul. Que, por cierto, está llorando bastante más fuerte, para llamar su atención. Vaya; y eso que parecía tonto.
-Taitsukun… -prueba Hotohori. Y, cosa curiosa, a él sí que le hace caso. Menudos favoritismos que hay sueltos por este mundo, ¿no?- Nosotros…
-Sois las Estrellas de Suzaku, sí. Ya lo sabía –claro, claro, pero bien que se te ha olvidado comentar que también tenemos a los acoplados de turno. Que no se haga la listilla, que la he calado-. Si lo que buscáis es ayuda para encontrar al resto, supongo que puedo daros…
-¡Un espejo! –es que me acabo de acordar, oye- Un espejo mágico que nos diga dónde están, ¿verdad? –ella me mira con cara de pez (lo cual, unido a su atractivo natural, hace que todos retrocedamos un poco bastante) antes de negar con la cabeza.
-En realidad se me han acabado los espejos. Además, están pasados de moda; pero no te preocupes, Sacerdotisa de Suzaku –me dice, y se rebusca entre la ropa. Tendrá algún bolsillo mágico por ahí, digo yo-, no voy a dejarte sin nada. Aquí tienes –y saca algo, un objeto pequeño envuelto en un trapito. Me apresuro a cogerlo, porque, oye, es un regalo, y los regalos se agradecen-. Te será muy útil.
-Gracias –contesto, muy educada yo, y lo abro. Y entonces me arrepiento de haber dado las gracias a esa vieja bruja- ¿Qué… qué es esto? –es una pregunta retórica, se entiende. Sé perfectamente qué es: un tenedor. De los de comer.
-Pensé que te vendría bien. Los palillos son más difíciles de usar –explica-. Bueno, ahora ya podéis ir a buscar al resto. Pero antes, Sacerdotisa de Suzaku, creo que deberías curar a tus Estrellas. Sólo por si acaso.
Miro a mi alrededor, desconcertada. A excepción de las pequeñas raspaduras de Kei y Tasuki, que son culpa de Taitsukun por asustármelos y hacerles caer, mis Estrellas & Cía. están perfectamente. Todo lo perfectamente que se puede estar después de tres días andando sin casi comida y sin cuarto de baño. Es decir, hechos papilla.
-'Tán bien –suelto. Ella vuelve a poner cara rara (más de lo normal), y me señala al niño de pelo azul, Comoquieraquesellame. Y… bueno, digamos que empiezo a tener una sospecha. Una muy grande.
-¿Cómo que estamos bien? –protesta Tasuki. Le ignoro, y sigo elucubrando, antes de dirigirme al niño en cuestión.
-Ehem… ¿te llamabas? –inquiero. El muchachito, que parece tener unos ocho o nueve años (creo que ya lo he dicho, pero es que no deja de sorprenderme el que casi nos dejemos vencer por esos dos micos) no se lo piensa mucho antes de contestar.
-Yakumo –y se limpia la carita con la mano que puede mover. Pero qué mono que es; voy a quedármelo de mascota. O mejor no, que ensucia.
-Ya… eso no me soluciona nada –comento. Mis Estrellas y Jun me miran como si esperasen algún milagro o algo así. Kei se centra en el vacío, poniendo cara de estar en Babia.
-¿Qué tenía que solucionar, exactamente? –pregunta inteligente, de verdad, Nuriko, pero… ¿cómo te respondo sin traumatizarte?
-Creo que el niño es una Estrella de Suzaku –suelto. Me temo que los demás acaban de entrar en un shock profundo. Pero oye, tiene sentido, ¿no? Las Estrellas de Suzaku también tienen derecho a una infancia… o a algo parecido.
-¡Ah! ¿Preguntabas eso? –me interroga el sujeto de mis sospechas, con cara inocente. Jo, y pensar que le hemos confundido con un bandido...
-Pues… sí. ¿Sois Estrellas de Suzaku, alguno? –e incluyo al otro niño, que es moreno y tiene una mirada bastante agresiva, en todo esto. Por si acaso.
-No lo sé, ¿sí? –me está poniendo nerviosa, esa forma de hablar. Es… cuando habla así, es como más adulto. Y me da yuyu- Pero supongo, ¿sí?
-No tenemos por qué ser Estrellas de Suzaku, Kumo –interviene Kazumi, en un tono tan serio que casi parece que la idea de ser Estrella le dé asco-. Hay otras posibilidades.
-¿De qué hablas? –pregunto. Oye, es que soy curiosa por naturaleza.
-La gente decía que éramos… demonios, ¿sí? –vale, me da a que estoy por coincidir con la gente esa. Unos demonios muy monos, sí, pero… es que dan mal rollo.
-En fin, yo me voy, Sacerdotisa de Suzaku –interviene Taitsukun. Estoy a punto de contestarla, pero el Pufff de su desaparición me hace desistir. Pues vaya; menuda ayuda, la verdad. Ahora me quedaré con la duda de si el niño de pelo azul…
Pelo azul…
Pelo azul…
Ups. Se me rayó el disco. Pero la cosa es que creo que he encontrado la solución. Porque, a ver, ¿cuántos tipos con pelo azul hay por ahí sueltos? No digo que les vayan a encerrar; sólo que no hay muchos. Y, entre las Estrellas de Sukazu…
-¿Chirichi? -me da a que ese no es el nombre. No sé por qué. Demasiado normal.
-¿De qué hablas, Rei? –pregunta Nuriko.
-¿Cómo se llamaban las Estrellas de Suzaku? Rápido, dímelo…
-Nuriko, Chiriko, Mitsukake, Hotohori, Tamahome, Tasuki y Chichiri, ¿sí? –se adelanta el niño. Vale, entonces ya lo tengo.
-Bueno… Este… ¿Kamu?
-Yakumo, ¿sí?
-Eso. Entonces, tú eres Chichiri, ¿no? –veeeeeeeeenga, dime que sí. Por una vez, aunque sea, no me hagas quedar mal.
-No lo sé, ¿sí? Pero es posible –me suelta alegremente. Después, se vuelve hacia el otro niño-. ¿Tú qué crees, Kazumi?
Y el otro niño murmura algo por lo bajo, algo que suena a un no rotundo. Pero no levanta la mirada.
-Tú… lo sabes, ¿verdad? –pero qué perceptivo se me ha vuelto Tasuki de repente. Bueno, también ayuda el hecho de que el niño este miente como un bellaco.
-No.
-Vamos, dínoslo. Tampoco pasa nada… -interviene Nuriko. Yo sonrío un poco, así como para animarle, aunque, en realidad, lo que quiero es cargármelo. Y rápido. Es que me pone de los nervios.
-No. No quiero que… que os lo llevéis –dice, con los ojos llorosos-. Kumo, si te digo… si eres uno de ellos, ¿me dejarás solo? –huy, qué niño más mono. Me recuerda al hermano de Hotohori. Razón de más para querer matarle.
-Pues… Pues claro que no, ¿sí? Lo prometí –asegura el otro. Todavía se me hace raro pensar en él como… el monje raro que describía la tía Miaka. Porque era un monje, ¿verdad?-. Tú vendrás con nosotros.
-Pero yo no soy una Estrella de Suzaku, Kumo… -ah, ¿no? ¿Y cómo tienes poderes, entonces?
-No importa, ¿sí? -¡ey, que eso no funciona si no lo digo yo! ¿Por qué la gente se acopla sin consultarme?
-¡Sí que importa! -¿veis?, un niño inteligente. Importa, y mucho. Por lo menos, hasta que yo diga lo contrario- ¡Vosotros…! Ellos son… eran… mis enemigos –esto último lo dice en un susurro. ¿Sus enemigos? ¿Quién narices era? Porque, teniendo en cuenta que tenemos aquí al malo malísimo, reconvertido en tía buena rubia que le tira los tejos a Hotohori, no creo que pueda ser peor, ¿no?
-¿Tomo? –esto… ¿Por qué Jun se tiene que dar cuenta de las cosas antes que yo?
Síp, se me acabó la inspiración para los títulos que empiezan por el, la, los o las. Así que habrá que buscar otros.
En fin, ¿os ha gustado? ¿Os lo esperabais? Espero que no haya sido muy previsible (sé que lo de Chichiri se lo había imaginado más de una, ¿eh, Rikuchan?), y que os haya gustado. Ahora sólo me quedan... ¡Jo, es que todavía me quedan tres Estrellas! Pero bueno, el proceso puede acelerarse un poco, para que empiece lo interesante, que es salvar el mundo, ¿no? Ya veré. De momento, ¡hasta otra!
Danny
