Disclaimer: Ni Monster Musume ni ninguno de sus personajes, conceptos o locaciones predeterminados me pertenecen. Lo único mío son el argumento y personajes originales de esta historia, escrita como un simple pasatiempo sin fines de lucro.
Labores
Sin hacer el más mínimo ruido con sus ocho patas, Zynda Satme-Sannika salió de detrás del mostrador hasta llegar a la puerta del local y dio vuelta el letrero de "cerrado" a "abierto". Miró posteriormente el sencillo reloj de pulsera en su muñeca derecha, sincronizado con el general ubicado junto a la registradora y también con el de sus compañeros.
-Comienza otro día, Zynda -dijo Suguro, uno de los empleados del local, treintón y con lentes de contacto para camuflar media dioptría de miopía en cada ojo-. Ya puedo sentir el frenesí urbano caminando hacia nuestras puertas.
-Que venga con sus mejores trucos; aquí lo estaremos esperando como siempre -replicó la Arachne, quitando el pestillo de la puerta principal-. ¡Ah, veo que ya llega la primera partida de quequitos!
-Puntual como siempre, Ishiwata -añadió Suguro.
-Vivimos y morimos según el reloj -contestó el aludido, vestido de blanco y con delantal-. Ahora vuelvo a la cocina porque aún debo hacerme cargo de un montón de pasteles.
-Buen viaje -expresó la tejeadora, volviendo a su posición predeterminada.
A las 8:30, como cada mañana, la Pâtisserie Bransen, ubicada al mismo norte de los Jardines Hamarikyū, dejaba escapar sus deliciosos y dulces aromas al apurado aire del distrito. Desde 1955 proveía a oficinistas, estudiantes, turistas y paseantes con un sinfín de delicias frescas cuyas recetas pasaban de generación en generación. Aunque era una pequeña franquicia, con siete locales en la capital del reino y otros tres en provincias, su sede en Ginza era la más famosa y conocida, siendo incluso objeto de reportajes en la prensa escrita y audiovisual. Su fundador, Ikki Hagiwara, se inspiró inicialmente en recetas francesas (no por nada este país dio al mundo la libertad, la igualdad, la fraternidad y las baguettes) pero fue ampliando el catálogo poco a poco con otras influencias occidentales, ya fuesen europeas, americanas u oceánicas. El viejo, retirado tras 40 años de duro trabajo en los que levantó un imperio gastronómico de la nada, dejó en sus tres vástagos (Jirō, Fumie y Kanna) el control de la empresa y hasta el día de hoy sonreía tras los excelentes resultados año tras año.
Cuando el estado de las liminales se hizo público oficialmente y arrancó el programa de integración dirigido por MON, fue idea del primogénito el adaptar cada tienda para permitirles mejor acceso y las féminas aportaron lo suyo con la apertura de dos puestos de trabajo en cada local para las recién llegadas. Irónicamente la casa matriz fue la última en rellenar dichos sitios hasta que aparecieron Ekurbe, una equidna algo posesiva y explosiva pero cuyo talento culinario era indudable, y la misma Zynda. Esta última era la más sorprendida porque admitió, en su entrevista previa, que si bien tenía conocimientos básicos de cocina tras sus años en Abashiri, carecía de cualquier noción alusiva a la repostería fina.
-Incluso si no sabes hornear o batir, querida, nada quita que no puedas aprender a base de tu propio esfuerzo -le dijo entonces Kanna Hagiwara para tranquilizarla-. Tu coordinadora, la señorita Matsunaga, nos puso al corriente de todo lo que sufriste antes y estaremos encantados de darte una segunda oportunidad.
-Mientras seas fiel a ti misma y tu disposición a aprender siga el mismo camino -acotó Jirō-, nada te impedirá ejercer bien tus labores aquí. Soy un buen juez de carácter y la confianza que destilas no es común.
-¿De verdad lo cree así, señor? -inquirió la Arachne, pensando si esto sería un sueño.
-Totalmente, querida.
-Seremos jueces estrictos a la vez que imparciales -ahora le tocó a Fumie-. Cuando merezcas críticas llegarán y lo mismo aplica a las felicitaciones. Demuéstranos de lo que eres capaz, Zynda, porque el resto vendrá solo. Al menos así lo habría dicho nuestro padre.
-Juro por lo más sagrado para mí que no les fallaré y pondré todo de mi parte para merecer su confianza -la tejedora inclinó respetuosamente su cabeza.
Nada más terminar de colocar los cupcakes y muffins en el mostrador refrigerado, sonó la campana trayendo a los primeros clientes: un par de hombres jovenes vestidos con traje formal. Suguro dejó que la chica monstruo se hiciera cargo de ellos mientras ubicaba muchas otras delicias en su sitio. Riina, una mujer más o menos de su misma edad, observaba todo con ojos de halcón desde su posición junto a la caja registradora.
-Buenos días y bienvenidos a la Pastelería Bransen -dijo Satme-Sannika en tono formal-. ¿Qué desean llevar hoy?
-Me interesan estos pastelillos con crema de arce -respondió uno de ellos-. ¿A cuánto están?
-250 yenes la unidad.
-Tomaré dos de esos y también un par con salsa de chocolate.
-Perfecto -la arácnida anotó el pedido con rapidez sobre su cuadernillo-. ¿Y usted, señor?
-¿Tienen galletas de avena?
-Están por aquí -ella caminó un par de metros a su derecha y las señaló-. Tenemos cinco variedades distintas: con o sin jarabe de frutas; frutos secos o trozos de chocolate; blandas o crujientes.
-Suenan bien. Llevaré un pack de 10 sin jarabe de frutas, crujientes y con trozos de chocolate.
-Cuánto lo siento, pero las del mostrador sólo se venden por unidad, señor -habló nuevamente la Arachne con su voz bien medida, tan distante de esos turbulentos días en TALIO-. Si desea comprar bolsitas o paquetes para cualquier ocasión, en los estantes a sus espaldas encontrará presentaciones en 100 y 200 gramos; sus valores son 1.300 y 2.200 yenes, respectivamente.
-¿11 yenes por gramo? -el tipo sonaba incrédulo.
-La calidad va por dentro, señor -dijo Zynda en tono comercial-. Respecto a las galletas por las que consultó, son 120 yenes la unidad.
Los productos de la Bransen no eran ni por alcance los más baratos de esa zona de Ginza pero sí los más cotizados debido a su excepcional calidad y garantía de frescura. A excepción de las galletas envasadas en pulcros paquetes color verde y azul oscuro, todo lo demás se preparaba el mismo día y no vender una rebanada de pastel o una rosquilla era, para todos los trabajadores del local, una pequeña derrota. Para su buena fortuna esas quedaban reducidas a rarezas; casi no pasaba un día sin que tuviesen que preparar diez o veinte partidas de bizcochos, salsas o cremas de relleno.
El hombre, tal vez sintiéndose ligeramente intimidado por los seis ojos rojos y las afiladas garras púrpura de su contraparte, capituló al poco tiempo, conformándose con ocho galletas. La liminal llenó dos vales de compra con su letra clara (aunque algo apretada) y se los entregó.
-Pasen con esto a pagar a la caja; tendrán sus pedidos en un par de minutos.
-Gracias, señorita -replicó el primer humano, bastante más tranquilo que el segundo.
-Gracias a ustedes por preferirnos.
Dándose vuelta y tomando un par de bandejas de cartón con el monograma del negocio, Zynda se hizo con sendas tenazas de acero inoxidable y comenzó a llenar la primera con aquellos deliciosos pastelitos. La crema de arce, en tonos acaramelados que le recordaron bastante a los suculentos desayunos en la residencia donde vivía con su querida hermanita, aparecía salpicada con pequeñas chispas de caramelo sobre una base de vainilla francesa. En lugar de venir envueltos en papel de cera, contaban con delgadas capas de barquillo fabricado en el mismo local. Además del arce, vendían también variedades con finísimos chocolates suizo y belga; cremas de naranja, limón, mandarina, cereza, arándano y frambuesa; otros baños basados en licores como whisky, crema de cassis, Bailey's... Era este un juego cromático armónico, elítico, tentador al punto de forzar a los más sacrificados a romper largas dietas, abandonando así el prospecto de disfrutar veranos sin camisetas o resucitar sus trajes de baño.
"Bien, esto ya está listo", envolvió los quequitos en papel blanco. "Ahora vamos por esas galletas".
Tales delicias contaban con una presentación de lujo, ambientada en platos cerámicos estilo bote y bajo luces blancas realzando sus pieles en tonos marrón claro, crema, blanco, rosa, verde y azul cielo; allí se notaba la magia de los colorantes comestibles o la ausencia de los mismos. No pocas muestras en exhibición eran emparedados en miniatura rellenos de jaleas de pura fruta concentrada. Incluso aquí se buscaba la perfección artística: en una galleta azul, por ejemplo, la mora o la grosella aportaban el teñido más oscuro y balanceaban la neutralidad de su masa.
Recurrió aquí nuevamente a la tenaza porque la higiene estaba en la categoría de mandamiento supremo y tocar cualquier producto con las manos desnudas equivalía a un sacrilegio imperdonable. Todas las mujeres de la pastelería debían mantener el pelo corto o recogido en una coleta y usar, además, una redecilla o pañuelo que lo mantuviera a raya. La Arachne, sin deseo alguno de aparentar más edad que sus bien llevados 21 años, se inclinó desde el primer día por la segunda alternativa. Ekurbe había seguido sus pasos, mientras la mayoría de las dependientas o pinches más jóvenes echaron su suerte con el modelo clásico.
-¡Servido! -dijo Zynda cuando entregó los paquetes en la caja-. Ojalá disfruten su compra. ¡Ah, veo que ahí vienen más clientes!
Sin deseos de hacer más conversación de la necesaria, acudió presurosa a coger más órdenes y en algunos casos esquivar miradas enfocándola con sospecha. Al parecer cierta gente aún era bastante reacia a aceptar el rol de las extraespecies en la sociedad, fuesen Arachnes o no. Si bien los comentarios hirientes tipo "nos estamos yendo al carajo" o "estos fenómenos quieren todo gratis" la habían herido al principio, aprendió a bloquearlos al poco tiempo gracias al apoyo de los Hagiwara y el resto del personal. Era una suerte que la equidna trabajara tras bambalinas porque de lo contrario ya habría salido a enrojecer el rostro de tales nativistas mediante un huracán de bofetadas.
A veces le tocaba irse atrás y vestirse de blanco para ayudar en aquel caluroso espacio, ya fuese empuñando mangas repletas de fondant o salsas para decorar según instrucciones de la reptiliana o controlando los tiempos de cocción de cientos, tal vez miles de masas dulces. No era lo mismo cocinar algo con o sin chocolate o dejar una compota de frutas con base de sésamo cuajando 45 minutos o 60 en el frigorífico ubicado al rincón. La primera vez sudó tanto que acabó entrando allí en busca de un respiro y se encontró, para su sorpresa, con otros tres colegas, incluyendo la misma Ekurbe.
-¿Qué haces aquí? -preguntó Zynda, frotándose con mucho cuidado su sexteto de ojos.
-Lo mismo que tú -resopló impertérrita la chica de ásperas escamas.
-Pensé que te gustaba el calor.
-Sí, pero no al punto de convertirme en serpiente rostizada -añadió Ekurbe cortante-. No lo entenderías porque tienes la sangre caliente.
Ahí acabó la conversación. Desde ese entonces la tejedora pelinegra buscó mantenerse tan lejos como le fuese posible de su contraparte liminal. La tarea no se le hacía fácil considerando que debía, por contrato, colaborar en la cocina dos días a la semana, pero el resto del tiempo, cuando atendía público, se sentía infinitamente más cómoda.
Además del delicioso aire acondicionado durante los meses de verano y la calefacción controlada en invierno, podía dedicarse a su pasatiempo favorito: observar a la gente. Sentía especial entretenimiento al ver entrar grupos de escolares, a veces de primaria y otras de secundaria o preparatoria, cargando sus mesadas a fin de darse un gusto o simplemente buscando acallar sus hambrientos estómagos camino a casa. En esos rostros lozanos y llenos de potencial veía, entre el cansancio o el entusiasmo de un día cumplido, a su hermanita Antonella, quien de lunes a sábado se jugaba el todo por el todo como alumna en la primaria de Shirokane. A veces, cuando los Hagiwara le daban permiso, se llevaba algunas cosas que sobraban al final del día como regalo para ella. Al efectuar ese movimiento por primera vez la tejedora pidió, en un gesto de suma modestia, que le descontaran dicha partida de su sueldo, pero el trío de dueños se negó terminantemente, agradeciéndole su franqueza y buena disposición. "Casi nadie nos habría pedido algo así, Zynda", señaló Fumie. "Eso habla muy bien de ti y demuestra que acertamos de lleno al contratarte".
-¡Ah, señorita Daimon! -exclamó la liminal al ver un grupo de oficinistas pulcras y jóvenes-. ¿Lo de siempre?
-Por favor, querida -contestó la aludida-. ¿Cómo has estado?
-No me quejo, no me quejo.
El personal de oficina, como estas chicas o los hombres atendidos al inicio de la jornada, era bastante disímil. En un lado podía encontrar ejemplos de virtud o que te alegraban el día con una charla breve; en el otro aparecía gente que, de morderse la lengua, habría caído muerta ahí mismo. Sus tonos corteses a la vez que afilados delataban un complejo de control que ella, como arácnida en el centro de su tela, entendía perfectamente. En una ocasión atendió un tipo tan parecido al hijo de perra de Kenichi Shoda que se quedó a meros milímetros de abofetearlo y hubo de fingir una súbita migraña para apartarse de él. Afortunadamente Riina acudió a su rescate y todo se normalizó.
-Seis porciones de compota de membrillo con adornos de chocolate y base de sésamo, seis tartaletas de piña con chocolate amargo rallado encima y tres bizcochos de dulce de leche con nueces negras -recitó Zynda cual alumna aplicada-. ¿Alguna otra cosa?
-Con eso está bien -contestó la secretaria-. Estamos tan tentadas por semejantes manjares que los devoraríamos aquí mismo, pero sabemos que la Pâtisserie Bransen es cualquier cosa menos una cafetería.
-Se agradece. ¡Que tengan un buen resto del día!
-¡Tú también, corazón!
Una gran variedad de chicas monstruo pasaba frecuentemente por allí, aunque la mayoría eran del tipo capaz de percibir los toques dulces de los productos ofrecidos. Especies omnívoras a la usanza de arpías, Kobolds, lamias, Dragonewts, ogros, cíclopes y wyverns (cuando lograban entrar por la puerta) tenían particular aprecio por los dulces de fruta como las ya mencionadas compotas, jaleas espesas hechas de la misma pulpa que quedaban fantásticas para untar con galletas de soda o agua, y pasteles rellenos de cremas suaves, espolvoreados con azúcar flor o con motivos construidos en fondant. Si bien Zynda hacía diseños simples, uno que le quedaba particularmente bien era la Llave de Sol, la misma tantas veces vista en las partituras de Antonella cuando practicaba la flauta o el piano en compañía de los Hirosawa. Las especies arácnidas o escórpidas, por su lado, preferían mezclas más agridulces y de toques fuertes, aunque siempre le hacían la cruz a la cafeína porque no deseaban ser víctimas de borracheras tempranas. Otras liminales, como centauros o dríadas, brillaban por su ausencia.
Lo que nunca faltaba en esta clase de negocio, sin embargo, eran los desubicados. Como muchas pastelerías en Tokio eran a la vez panaderías y/o salones de té, cada día debían destrozar las ilusiones de tres o cuatro personas que no entendían una explicación al nivel de parvulitos.
-Pâtisserie Bransen, buenas tardes -dijo Suguro al contestar el teléfono pasadas las dos de la tarde-. ¿En qué podemos servir...? No, señor, aquí nunca se ha vendido pan... Es que se confundió de número; el de la panadería del frente termina en 2834, no en 2837... ¡¿Qué?! ¡¿Resulta que usted marca mal y la culpa es mía?! No intente sacarse el bulto de forma tan aberrante, oiga... Y no, no le estoy faltando el respeto sino diciéndole la verdad. Hasta luego.
El hombre colgó y dejó escapar un suspiro exasperado, apoyándose contra la pared. Soltó el primer botón de su camisa, abanicándose con la mano izquierda.
-Otra vez el mismo tipo -explicó a Zynda y Riina-. Le he dicho en todos los tonos que esto es exclusivamente una pastelería pero es hablarle al viento. Pocas veces he tenido que lidiar con alguien tan idiota.
-¿No has pensado que puede ser un bromista de medio pelo, Suguro? -sugirió la cajera-. Podríamos bloquear el número y así no volvería a molestarnos nunca más.
-Ya se lo expliqué a los jefes y me dijeron que no, Riina. Eso de "el cliente siempre tiene la razón" no es tan razonable como parece. Ahí radica el que no podamos tener cosas buenas en este mundo.
-Y eso que aún no nos han tocado los que quieren que les enviemos una bolsa de galletas a casa -acotó Zynda Satme-Sannika-. O los que creen que aquí preparamos bebidas calientes para días fríos y viceversa.
-El espacio es tan caro que no alcanza para más. Así lo definió el señor Hagiwara cuando inició esto y no nos vamos a apartar de ello por mucho que algunos desadaptados se quejen -otra vez Suguro-. Quienes renuncian a sus estándares terminan descartando todo lo demás tarde o temprano.
-¡Hey, los del frente! -se escuchó la voz bombástica de Ekurbe-. ¡Tengo un Tiramisú listo para el mostrador junto a la puerta y no lo han venido a buscar!
-¡Ya va, ya va! -exclamó el humano.
-Qué genio, por Dios... -Riina suspiró.
Zynda no dijo nada. Tales arrebatos eran cosa corriente, parte del mismo pulso llevando la creatividad y el sabor a cada rincón de la pastelería. El teléfono volvió a sonar y la Arachne detuvo a la humana con un gesto de sus garras.
-Yo atenderé; tú encárgate del Tiramisú.
-¿Las llaves del mostrador están donde siempre?
-Colgadas justo en el rincón -la liminal le guiñó como pudo uno de sus ojos; después se enfocó en el aparato-. Buenas tardes. Usted se ha comunicado con la Pastelería Bransen; si se confundió y desea ordenar pan recién horneado o cantidades industriales de café de máquina para reuniones de presupuesto u otras materias calificables de aburridas, esta ya no es la Pastelería Bransen.
-¿Zynda? -del otro lado escuchó una voz que casi la hizo saltar de alegría-. ¿Eres tú?
-¡Eddie Maxon! -la arácnida sonrió sinceramente-. ¡Cuánto gusto me da oírte! ¿Cómo van las cosas por tus dominios?
-Correspondo el sentimiento y añadiré que estoy tan atareado como tú; recién ahora pude escaparme de la sala de conferencias y llamarte, pero debo volver antes que noten mi ausencia. Necesito pedirte que me envíes algo.
-Di lo que deseas y lo tendrás. ¿A la oficina o a tu domicilio?
-Aquí a Nakashima, si es posible. No voy a alcanzar a desocuparme a tiempo para pasarme personalmente por allá. Quisiera una torta de panqueque naranja, la más pequeña que puedas venderme.
-Tengo una para ocho personas carente ahora mismo de dueño -Zynda revisó el mostrador donde sus colegas colocaban el Tiramisú perfectamente decorado-. Así Pachy y tú tendrán cuatro rebanadas para cada uno. ¿Está bien así?
-Mejor que mejor. ¿Podrías asegurarte de que llegue aquí a las 4:30? Es mi hora de salida.
-Dalo por hecho, Eddie -ella rió levemente-. Mira que están golosos ustedes dos, ¿eh?
-A veces es bueno endulzar la vida, Zynda. ¿Le pago al courier, como siempre?
-Sí, acepta todos los medios disponibles -contestó la pelinegra-. Dejaré la orden lista para que la tengas en tus manos nada más el reloj señale las 4:30 -posó su vista en la pared-. Dale mis saludos a tu novia, ¿vale?
-Estaré encantado. Y me permito enviar los míos a Antonella. Gracias por todo, Zynda.
-No hay de qué, amigo.
Cortó y dejó la orden del canadiense anotada en un formulario que luego entregó a Suguro, quien la haría llegar a Kazuhiko, uno de los repartidores más fiables de la franquicia, para que la dejara en el edificio del bloque 21 sin un segundo de demora. La chica monstruo se permitió suspirar una vez el hombre y la cajera se excusaron a fin de buscar un boliche abierto para almorzar; estaba frente al punto más flojo del día y tenía el local entero a su absoluta disposición. Abrió un pequeño refrigerador ubicado frente la vitrina, bebiendo hasta la última gota de agua mineral contenida en una botella reciclable y luego colándose en la cocina para rellenarla.
"Me vendrá de perillas cuando salga a tomar aire al parque mañana", se dijo. Afuera el sol arreciaba, derritiendo poco a poco el asfalto, los trajes y hasta las sombrillas improvisadas de bolsas o cuadernos que no cabían en sus mochilas.
Otra cosa que la deleitaba mucho era el armónico ambiente de la pâtisserie. Si bien los focos fluorescentes aportaban una luz algo fría y exacerbada por el influjo del aire acondicionado, los exquisitos tonos pastel de las paredes y los muebles neutralizaban aquello sin perturbar en absoluto las inmaculadas baldosas marmoladas cubriendo el suelo, tono extendido al techo mediante maestras manos de pintura. Cuando las paredes no estaban cubiertas por planchas o los estantes de finísima madera pulida imitando espejos y repletos de galletas, mazapanes o tarros de betún, tonos pastel en naranja y azul claro relajaban la vista, convirtiendo aquella tienda en un trozo del paraíso entre el ajetreo tokiota.
Ocupando el 80% del espacio desde la entrada hasta el fondo iban tres vitrinas refrigeradas destinadas, de derecha a izquierda, a tortas, pastelillos y galletas, así como una giratoria donde se exhibían las obras más inspiradas de la equidna Ekurbe y Yoshiyuki Iihara, maestros pasteleros del local. Diversos anaqueles inferiores proyectados en diagonal daban sitio a rosquillas americanas, croissants franceses, kuchenes alemanes y tartaletas italianas. Torciendo en 90 grados hacia la izquierda se proyectaba un mostrador blanco con el mismo monograma de las bandejas, donde eran visibles la puertilla separando la zona pública de la privada, la caja registradora y una bandejita con tarjetas y folletos alusivos a las ofertas del negocio. Tanta fama tenía la Bransen que en diversas ocasiones les pedían órdenes titánicas destinadas a eventos de alta gama, algunos involucrando al Primer Ministro y mandatarios extranjeros o poderosos industriales como los de Nakashima, Sony o Konami. Allí todo lo demás pasaba a segundo plano, cerrando el local al público y volcando todo el esfuerzo colectivo en preparar decenas, quizás centenares de postres y arreglos. Ni siquiera el último pétalo de una rosa de azúcar quemada sobre una maravilla de chocolate y canela se descuidaba porque la reputación constituía la piedra angular de todo, especialmente en un país como Japón.
"Construirla toma una vida entera y echarla abajo nada más que segundos", pensó Zynda, quitándose el sudor con una toalla de papel. "La presión social, cual espada de Damocles sobre nuestras cabezas, nos recuerda continuamente los costos del fracaso".
Miró de lado a lado antes de atreverse a extender su razonamiento como la misma seda disparada de sus garras a voluntad. En el país del Sol Naciente el fracaso equivalía, más literal que metafóricamente, a un abrazo de la muerte. Para muestra estaban los incontables suicidios por metas incumplidas o simple desesperación en lugares tan disímiles como Aokigahara o escarpados acantilados costeros, así como los decesos por exceso de trabajo que llevaran al país, tras décadas de negligencia, a abordar formas de atacar este problema de raíz.
-¡Ah, veo que no hay cola! -dijo un muchacho casi de su misma edad al entrar al local-. Buenas.
-Buenas tardes y bienvenido a la Pastelería Bransen -Satme-Sannika regresó a su personaje cortés y servicial-. Veo que viene acalorado.
-Afuera están cayendo los patos asados -acotó el chico, claramente universitario por su aspecto-. ¿Tienes algo fresco? Si es antártico, mejor.
-Bueno, aquí no vendemos helados pero sí tenemos tartaletas de frutas en su salsa -apuntó a una serie de pequeños círculos coloridos justo frente al cliente-. Los sabores que puedo ofrecerle son mora, arándano, grosella, frutilla, frambuesa, melón, durazno y limón dulce.
-Tengo antojo de algo fuerte, así que dos de limón estarán bien.
-Como guste.
Mientras preparaba el paquete y llevaba a su contraparte hasta la caja registradora, ponderó sobre la naturaleza de los universitarios en general, quizás más caótica e impredecible que la de los oficinistas o turistas que venían frecuentemente a comprar. Casi siempre los grupos que más se hacían notar eran los ruidosos, buenos para la fiesta y para capear clases mientras sus sacrificados padres no se enteraban de nada; ni siquiera practicaban deportes porque no tenían el nivel o no se les pegaba la gana. En el otro extremo venían los bien presentados como este chico, de apariencia cuidada pero no demasiado pretenciosa, con la camisa dentro del pantalón, cabello bien peinado y un bolso sin mayor señas que uno o dos parches arrastrados desde la infancia.
-Se nota que este chico es buen alumno y va con prisa; de ahí que mueva los pies en el sitio continuamente -dedujo la Arachne en un tono que nadie más escuchó.
Notó cierto símbolo particular en la parte superior izquierda de la chaqueta azul: una flor blanca compuesta de pétalos curvos y huecos rodeando un pequeño pentagrama.
"Es obvio que este estudiante no es de St. Luke's, la otra universidad cercana a este rincón de Ginza, así que eso me deja la Universidad de Kindai como única opción", pensó mientras ataba hilos de seda rápidamente. "Hace poco abrieron un laboratorio en Tokio, si no me falla la memoria, dedicado a la investigación sobre peces".
-Serían 280 yenes -dijo la Arachne tras procesar la compra-. ¿Efectivo o tarjeta?
-Efectivo -retrucó el chico, pasándole tres monedas de 100 yenes y recibiendo el paquete a cambio.
-Aquí está su cambio -Zynda le devolvió el importe correspondiente-. Gracias por comprar en Bransen y que tenga un buen día.
-Igualmente. Gracias, chiquita.
Se esfumó tan rápido como había venido, dejando a una liminal muy sorprendida tras de sí.
-¿Chiquita? -el tono de la tejedora se elevó un momento-. ¡Qué coraje! Como si no se hubiera dado cuenta que soy más alta que él...
Tras sacudirse el breve desagrado del paladar, decidió volver a su análisis general de los adultos jóvenes y se topó en el medio con faunas aún mayores, poseedoras de ciertos elementos chocantes a la vez que manejables, amante del karaoke los fines de semana o leer bajo los amplios árboles de sus facultades, gustosa de los debates por un sinfín de motivos o de sencillamente disfrutar de la compañía de otros. Al igual que los escolares en tres niveles distintos, los universitarios representaban el crisol completo y futuro de la sociedad. ¿Cómo era esa expresión popular? "Enséñenles bien y ellos nos mostrarán el camino" o algo así...
El resto del día se fue entre más clientes, más charlas breves y prácticamente nada que destacar salvo el envío express del pastel de Eddie a las 4:10. Zynda pasó un rato en vilo hasta que el mismo canadiense la llamó y le agradeció por haberle traído la sorpresa a tiempo. "Gracias de nuevo; lo pedí porque es uno de los favoritos de Pachy", recalcó. Apenas el reloj marcó las 5:30 PM se quitó el pañuelo de la cabeza y acudió al vestidor femenino para cambiar su uniforme reglamentario por ropas de civil más cómodas. Dejó la chaquetilla naranja y la corbata de humita negra en su sitio pero guardó la blusa blanca en su bolso; tocaba lavarla a conciencia y mañana traería una nueva.
-Hasta mañana, chicas -dijo a Riina, Ekurbe y las otras féminas allí presentes.
-¡Hasta mañana! -replicaron todas; la equidna ni la miró. Después se pusieron a discutir sobre a quién le tocaba hacer la limpieza y cerrar el boliche esa semana.
Saliendo al estacionamiento por la puerta de atrás se topó con Suguro, quien estaba subiéndose a una potente motocicleta deportiva. Cruzó una mirada con él y le movió la mano, ambos felicitándose en silencio por otro fantástico día de labores. La pelinegra esperó pacientemente el cambio del semáforo en la intersección antes de cruzar e instalarse en la primera parada del autobús.
Miró nuevamente su reloj: en dos minutos pasaría la máquina y en otros doce se bajaría en el centro de Shirokane, a apenas tres cuadras de la residencia Hirosawa.
-A Antonella le van a encantar estas golosinas -suspiró satisfecha, a salvo del sol-. Y con un poco de suerte, a nuestros anfitriones tal vez les entren ganas de catarlas después de cenar.
Nota del Autor: ¿Qué tal, amigas y amigos? Otra semana, otra historia y otra situación para ejercitar el arte de la descripción. Ya habíamos visto leves indicios del empleo de Zynda Satme-Sannika en su improvisada reunión con Pachy en los Jardines Hamarikyū, pero aquí entramos de lleno en un mundo tan exigente como satisfactorio - el de la repostería fina. La delicadeza y cuidado exigidas para materializar deliciosas creaciones como las aquí descritas son un ejercicio en las lides de la paciencia y también señal clarísima del cambio vivido por la Arachne a la que antes conociéramos por su brusquedad, afilada lengua y rebelde actitud. El sentirse más cómoda entre humanos que entre extraespecies (basta ver cómo se lleva con la irascible Ekurbe) refuerza su faceta de fémina que se niega a vivir bajo los estereotipos asociados a su raza o cualquier otra. Su renovado autocontrol y la confianza de sus superiores le permiten enfrentar los ajetreados días de atención y preparación con la frente en alto, aprendiendo a cada instante algo novedoso.
Tras tantos dulces se me antojó algo ídem, así que tal vez pida algo a la Bransen o cualquier otra pastelería cercana para la hora del té; a Valaika le encanta especialmente todo lo tipo After Eight. Esperando que este capítulo haya endulzado su día y tal vez tentado a ingerir algo de azúcar, me despido hasta una próxima oportunidad. ¡Nos leemos! O como se dice en japonés, "¡que no, pesado, que la panadería está al frente!".
