Capítulo 10

Preguntas sin respuestas

-1-

Máscara de Muerte miró directamente a los ojos del santo de Capricornio. Después, tras un par de segundos en los que no consiguió encontrar emoción alguna en ellos, el peliazul centró su escrutinio en los otros dos involucrados. A pesar de que sus planes de molestar a Aioria habían sido violentamente sacudidos por la inesperada intervención de Shura, halló una innegable satisfacción en el gesto confundido del joven griego.

— ¿Estás diciendo que fuiste la razón de la presencia de Águila en las doce casas? — cuestionó al cabrito dorado, sin ocultar el tono malintencionado de su comentario.

— ¿Acaso no escuchaste la primera vez? Yo pedí a Marin que viniera.

— Vaya…esto es inesperado. — musitó, guardándose una burlesca sonrisa. — Espero que hay sido solamente una visita de cortesía, y no nada demasiado… personal. — dejó escapar aquella risa suprimida.

Shura entrecerró los ojos, olvidándose por un momento de sus ánimos de mantener las cosas en calma, pero rápidamente recuperó el temple y pasó por alto los comentarios del italiano. Aioria, en cambio, apretó los puños y dientes, dejando entrever la tensión y la rabia que se habían apoderado de él.

De inmediato, la mano de Milo se posó sobre su hombro, urgiéndole a mantener la compostura. Si algo, el bicho poseía mucho más autocontrol del que Aioria pudiera presumir.

— Sigo sin entender porque debo darte explicaciones de lo que hago o dejo de hacer; de a quien hablo y a quien no. — respondió el de Capricornio.

— Porque, les guste o no, mi palabra pesa ante el Gran Maestro.

— No es lo que dicen…o al menos no lo que parece. — aunque escueta, una sonrisa apareció en los labios del español. — Hasta donde sé, en más de una ocasión te ha dejado con la palabra en la boca. Quizás tus palabras pesan tanto que ni siquiera él las quiere encima. — cuando vio a Máscara de Muerte respingarse y dibujar una mueca de desagrado, Shura se sintió internamente complacido. — Como fuere, ve y escupe todo el veneno que desees, Cáncer. Arles va a creerte poco, sino nada. Y si tiene dudas, refiérelo conmigo. Será un placer darle todas las explicaciones que el Maestro desee escuchar.

Sin soltar una palabras más, Shura continuó su camino. Esquivó a su compañero de Orden, pasando a su lado sin decirles nada, mientras que de soslayo observó en dirección a donde se encontraba la amazona.

— ¿Qué esperas, Águila? Vete. — le dijo. Marin, como si despertara, se apresuró a asentir antes de reemprender el camino.

— "Te veré luego." — la voz de la pelirroja se escuchó en la cabeza de Aioria.

El santo la vio marcharse en silencio.

Tuvo el cuidado de no delatar todo lo que surcaba su mente en ese instante y, cuando por fin la vieron perderse en la oscuridad de Géminis, Milo y él siguieron los pasos de Shura, hacia la parte alta de las escaleras.

— ¿Los gatos marcan territorio? Porque si es así, deberías comenzar a marcar el tuyo. — Máscara de Muerte escupió cada palabra con marcada ironía. — Parece que una cabra intenta cazar a tu aguililla antes de que tú lo consigas.

— Voy a… — Aioria trató de responder.

— Vas a seguir caminando e ignorarás al cangrejo idiota. — antes de que pudiera voltearse y continuar la discusión, Milo posó sus manos sobre los hombros y le empujó, obligándole a caminar. — Venga, gato. Suficiente drama por hoy.

Tuvo que esforzarse muchísimo para tragar una maldición… y tuvo que controlarse todavía más cuando escuchó la risa socarrona del italiano.

No supo como, pero Aioria lo consiguió. Consiguió mantener la compostura y avanzó con pasos seguros hasta alcanzar el umbral de Leo, donde los dos leones de piedra le dieron la majestuosa bienvenida. Entró, siempre con Milo a sus espaldas, y no se detuvo hasta estar tumbado en el sofá de su salón. Se había dado cuenta de que se pasó la mayor parte del camino gruñendo y mascullando maldiciones. Insultaba con todo lo que podía al maldito santo de Cáncer, pero en realidad lo que más le molestaba era la otra situación.

Shura y Marin. Marin y Shura.

Estaba completamente seguro de que todas las palabras hoscas y malintencionadas de Máscara de Muerte no tenían fundamento alguno. Marin era suya… era su Águila; de nadie más. Entonces, ¿por qué le molestaba tanto todo aquello?

Tenía que ser porque Shura estaba de por medio. El santo de Capricornio le había resultado insoportable desde muchos años atrás, cuando tomó la vida de su hermano con sus propias manos. Lo habían convertido en héroe… cuando no era más que un asesino. Aioria le odiaba con todas sus fuerzas, pero en ocasiones, odiaba todavía más a su propio hermano por haberse convertido en un traidor, y por haberle dado la oportunidad y motivo a Shura para asesinarle. De la misma forma, había veces en que todo lo que sentía por él era lástima; una lástima tan profunda como la que sentía por si mismo cada vez que se atrevía a maldecir a su propia sangre. Pero en ese momento, solo podía preguntarse: ¿qué hacía Marin con él?

¿En verdad había sido el español quien la convocara? De ser así, ¿sobre qué habían hablado? ¿Qué podía estar planeando?

Todos esos años de martirios interminables le habían enseñado solo una cosa al griego: No podía confiar en ninguno de sus compañeros; no mientras estuvieran bajo las órdenes de Arles.

Al final, después de darle infinidad de vueltas en la cabeza, había llegado a una conclusión. Esa misma noche, sin importar lo que sucediera, iría en busca de la amazona y le preguntaría al respecto. En ella podía confiar. Era la única cuya palabra jamás pondría en duda. Si ella le decía que no era nada, entonces sería solamente eso: nada. Pero sino, estaba dispuesto a sentarse y escuchar todo lo que la pelirroja tenía que decir.

— Que se jodan. — siseó, aún perdido en sus pensamientos.

— ¿Seguirás con esto por mucho más? — Milo, sentado frente a él, soltó un bostezo fingido. — Estás comenzando a cansarme.

— Cállate, bicho.

— ¿Vas a hacerme una escena de celos? — esta vez, meneó la cabeza. — Cualquiera diría que la cabra amenaza tu ego.

— No es eso.

— ¿Y qué será? — el escorpión se encogió de hombros. — Te la pasas negando demasiadas cosas en estos últimos días.

— No es verdad. — la mirada esmeralda de Aioria se tiñó de fastidio.

— Ahora me niegas que no estás celoso de Shura y seguramente dirás que tampoco hay algo con Marin. Gato, gato, gato… yo tengo olfato para esto y voy a decírtelo ahora: Hay algo.

— Milo…

— Calla y escucha. Para todos los problemas que te tomas en negar que tú y Águila no han dormido juntos, deberías tirártela de una buena vez. Nos harías la vida más fácil a todos. — Aioria se respingó y, de inmediato, llevó su mirada llena de reproche hasta el rostro sonriente y travieso de su amigo. — ¡Por los dioses, gato! Si vas a sufrir todo esto, ¡al menos dale una alegría al cuerpo! — Milo guardo silenció en espera del primer golpe. Pero tan pronto escuchó a Aioria gruñir, soltó una gran carcajada.

— Eres un perfecto idiota cuando quieres… — Aioria se pensó las cosas, soplándose los flequillos después continuó. — …La mayoría del tiempo lo eres.

— Con todo, te morirías sin mí.

Bastó con ver el mohín en el rostro del castaño para que las risas del escorpión volvieran a estallar con fuerza.

— Te encanta joderme la vida, ¿no es así?

— Es lo más divertido que hay. — Milo sonrió. — Además, mientras Camus no esté y no pueda jodérsela a él, tendrás que conformarte, gato.

— Oh, pero te equivocas, bicho. Cuando Camus está aquí, es él quien te jode a ti. No al revés.

— ¡Oye! — el escorpión se cruzó de brazos. — Al menos Camus no va por ahí, lloriqueando como una gatita en celo. — lo siguiente que sintió fue la mano de Aioria estrellándose contra su nuca.

— Eres un verdadero idiota. — replicó el león.

— Ya, ya. Deja de rabiar o morirás de un infarto. Yo puedo ser un idiota, pero Máscara de Muerte lo es todavía más; y por si fuera poco, tú le superas en idiotez al hacerle caso. Solo ignóralo. Si quiere joderte la vida, lo mejor que puedes hacer es reírte en su cara y verlo volverse aún más agrio que tú.

Le gustara o no, Milo tenía razón en eso. Estaba dejando que el santo de Cáncer se metiera en su cabeza y danzaba al ritmo que las intrigas del italiano dictaban. En pocas palabras, se había convertido en su títere y también en su diversión. Un día de esos, cuando menos lo pensara, la rabia iba a ganarle. Entonces, terminaría metido en más aprietos de los que podía imaginarse.

Suspiró profunda y lentamente. Trató de mantenerse en calma, a pesar de sentirse furioso. Se esforzaría porque su cerebro gobernara la situación. No iba a permitir que todo se volviera en su contra.

Esa misma noche, iría por Marin. Hablaría y él la escucharía con atención. Había una explicación detrás de todo aquello… tenía que haberla. Solo necesitaba paciencia. Mucha paciencia.

-2-

Cuando Marin distinguió su cabaña a la distancia, cayó en cuenta de que no tenía la menor idea de cómo había llegado. Sus pies la había guiado hasta ahí por pura costumbre, puesto que su cabeza estaba muy lejos, perdida en sus propias ideas.

Entró, con una calma que ella misma era incapaz de creerse. Su exterior lucía calmo e inquebrantable, como acostumbraba; pero por dentro había una tormenta de emociones apretándole el pecho. De inmediato distinguió a Seiya, tendido sobre su propia cama y profundamente atrapado en el mundo de los sueños. Quiso pensar que se había dormido esperándola y no que había pasado el día entero envuelto en pereza.

Era un chico sumamente capaz, con mucho talento y un espíritu tan fuerte que aún los más valientes envidiarían. Sin embargo, tenía el vicio de ser demasiado disperso. Toda la energía que demostraba en un segundo podía ausentarse en el siguiente. Y era así como pasaba de la euforia total, al desgano más increíble.

A pesar de todo, no quiso despertarle. Se adentró en la cabaña con el sigilo de un gato y entró de inmediato al baño para darse un ducha.

El agua tibia acarició su piel suavemente. Empapó sus cabellos de color fuego, besó sus hombros y resbaló sobre su espalda en una caricia relajante. A su paso, Marin sentía como cada músculo de su cuerpo se rendía al alivio. Había sido un día muy tenso y su cuerpo lo resentía tanto como su mente. Dejó que el agua corriera por su rostro, concentrándose en nada más que el tibio toque sobre toda ella.

En su mente se dibujó el rostro de Aioria. Vio sus ojos, verdes cual esmeraldas. Sus rizos dorados y alborotados caían sobre ellos, cubriéndolos casi con timidez. Y también distinguió su boca.

Su boca…

¿Serían las caricias de sus labios tan cálidas y suaves como el agua que recorría su cuerpo? Se imaginó que si, e incluso más. Soñó despierta con que en ese momento era él quien la besaba. Fantaseó con que era su boca la que descendía por todo su cuerpo con ansia y desesperación, con pasión… como lo había hecho aquella primera vez en Leo. Imaginó lo que sería rendirse a él, entregarle no solo su corazón sino también su cuerpo. Se mordió los labios, abandonándose a merced de su imaginación y de sus propias caricias.

Para cuando salió de la ducha se sentía más relajada, pero no menos inquieta. Su visita a Sagitario había sido infructuosa, y más allá de eso, había conseguido levantar las sospechas de Shura.

El santo de Capricornio siempre la ponía en alerta. Era como una sombra que merodeaba por el Santuario, sin ser vista hasta que ya estaba demasiado cerca. A últimas fechas, Marin se había topado con él más de lo que hubiese querido. Había estado ahí cuando Shaina y sus bravucones la atacaron. También le había buscado y advertido sobre su relación con Aioria y las repercusiones para ambos. La había encontrado en Sagitario y la había librado de Máscara de Muerte. Era como si todo el tiempo la observara, midiendo cada uno de sus movimientos con cautela.

Hasta entonces, la amazona no veía razones para desconfiar de él, sino lo contrario. Pero si algo había aprendido en todo el tiempo que llevaba viviendo en el Santuario, era que nunca podía fiarse de nadie aún si lo quisiera.

Se vistió a toda prisa y salió, con la esperanza de que Seiya ya hubiera despertado. No fue así. El chico seguía dormido, como si quisiera desquitar todas las horas de sueño que sus entrenamientos le costaban cada día. Mientras no la veía, ella se permitió observarlo.

Seiya había llegado a ella como un extraño. Lo había conocido cuando no era más que un niño rebelde y testarudo que pasaba los días pataleando y gritando barbaridades en japonés. Pero el tiempo se había encargado de que le agarrara cariño. Ahora, en momentos como ese, Marin se preguntaba si su propio hermano habría crecido tanto como el castaño. Habían pasado años desde que se despidieran, pero su ausencia aún le dolía como desde el primer día que pasaron separados. No podía siquiera imaginar lo que Aioria habría de sufrir con el desenlace de Aioros, ni tampoco podía hacerse una idea de cómo conseguía tragarse todo ese dolor y forzarse a seguir adelante cada día.

Ella había sido solamente una niña cuando la desgracia aconteció. No recordaba mucho, salvo el alboroto que se había armado a mitad de la noche. Recordaba los gritos y las maldiciones, de la misma forma en que remembraba los susurros malintencionados. Todos los que en su día adoraron al joven arquero ahora encontraban miles de defectos en él. Le dieron la espalda sin ver más allá de lo que estaba frente a ellos; y ella, todavía incapaz de formarse sus propios juicios, creció creyendo cada infamia levantada en su contra.

Desde que conociese a Aioria, él no había pronunciado una sola palabra al respecto. Había callado con tanto recelo que Marin tampoco se había atrevido a preguntarle. Solo sabía que le dolía mucho más de lo que jamás hubiera podido expresar.

Pesarosa como sentía, se dejó caer en su propia cama. Dejó que los minutos se escaparan mientras observaba incesantemente el tejado sobre ella. Sagitario no le había develado ninguno de sus secretos. Lo único que había conseguido era una profunda sensación de desasosiego. Algo no encajaba en todo eso.

La nueva pregunta que surgía era: ¿en dónde podría encontrar la pieza faltante? Había solamente dos personas que conocían cada detalle en el difundo santo de Sagitario. La primera persona había sido su asesino y la segunda había desaparecido sin dejar rastro alguno muchos años atrás. Ni Shura ni Saga podían hablar a su favor aunque quisieran hacerlo.

Si quería respuestas, tendría que buscar en otro lado.

-3-

Con todo el cinismo que se esforzaba por demostrar, Máscara de Muerte sentía demasiada curiosidad por lo que sucedía en las doce casas. Sabía que el león dorado tenía algo entre manos con Águila, y que ésta, a la vez, guardaba más cosas de las que aparentaba detrás de aquella máscara de plata.

— Pero, ¿qué podría ser? — pensó en voz alta. — "¿Y cómo de involucrado está la cabra en todo eso?"

Alzó su cosmos levemente y las máscaras en su pared chillaron. El solo sonido consiguió arrancarle una sonrisa retorcida. Satisfecho, se alejó del salón, en dirección a sus privados.

Al igual que el resto del templo, los privados de Cáncer no eran menos lóbregos. Estaban oscuros y húmedos, con el mármol teñido de un inusual tono gris. Estaban vacíos, y despedían un tenue olor a muerte. Sin embargo, el italiano no podía sentirse más a gusto ahí dentro.

El Santuario, al igual que el Yomotsu, se había convertido en su campo de juegos.

Desde que descubriese el secreto detrás de Arles, las cosas iba a mejor cada día. Había que sentir temor hacia el Gran Maestro, pero a la vez, saberse parte de la intriga le daba beneficios de los que pocos podían presumir. Al final, todo valía la pena. Era un sacrificio a cambio de muchos favores; por no hablar de la sensación de poder que el respaldo de Arles le infundía. Con solo pensarlo, se sentía ebrio de poder.

La cuestión era que tenía a Aioria en la mira. El enfermizo parecido con Aioros le ponía en alerta. En ocasiones no entendía como Arles no se daba cuenta, ni cómo se mantenía de brazos cruzados. Había más que suficientes pretextos para deshacerse de él, pero el Patriarca hacía caso omiso de ellos.

Quizás necesitaba que Máscara de Muerte se los recordara. Con un poco de persuasión y suficiente astucia, posiblemente consiguiera algo. Pensaría detalladamente su siguiente movimiento. Después de todo, era mucho más útil que el viejo Gigas y también mucho menos engorroso. Sentía que si usaba las palabras correctas podría influir en él solo lo suficiente para salir con la suya y, de esa forma, tomar venganza por la afrenta de la que se sintiera víctima en el salón cuando Milo tuvo que interponerse entre ellos.

— Será divertido. — sonrió, mientras el fuerte sabor del whisky resbalaba por su garganta. Vació el vaso de un solo trago y se dispuso a esperar un poco más, antes de prestar una visita al Maestro.

-4-

La noche había llegado con lentitud. Todavía se sentía el bochorno de la tarde que se acababa de esfumar, puesto que la brisa había dejado de soplar varios minutos antes de que el Sol desapareciera. El Santuario, que durante las horas de calor se convertía en un desierto, volvía a cobrar vida cuando Apolo daba un descanso a sus habitantes. Bajo la luz de las teas, los pequeños grupos de santos, amazonas y gente en general comenzaban a formarse. Sus voces se escuchaban con perfecta claridad en el silencio de la noche. Unas pocas risas resonaban de vez en vez, en un refrescante cambio a la usual monotonía del lugar.

Aioria había abandonado Leo cuando la oscuridad era suficiente como para mantenerle oculto. Avanzó, tratando en todo momento de pasar desapercibido. No le fue difícil. Desde la muerte de su hermano, cuando se había convertido en la persona más detestada del Santuario, el joven griego había aprendido un par de cosas acerca de ser invisible. Para él no era una habilidad… era instinto de supervivencia.

Se las ingenió para llegar hasta el campamento y acercarse a la cabaña de Marin sin ser visto. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, tocó la ventana. La amazona se asomó y, de no ser por la máscara, Aioria hubiera visto la sorpresa en su rostro de porcelana. A pesar de todo, con sus miedo y sus inseguridades, Marin fue a su encuentro.

Juntos consiguieron escurrirse hasta una caleta oculta más allá de los límites del Santuario. Ahí, lejos de los ojos curiosos, se permitieron respirar después de su huída. Se sentaron a la orilla del mar, donde las olas de color oscuro se rompían sobre la arena gris. Tan perezoso como la noche, el Mediterráneo susurró a sus oídos. A los lejos, un gran nubarrón de color negro se aproximaba desde el sur. Con un poco de suerte, la mañana del día siguiente sería lluviosa y el calor de los últimos día se mitigaría.

— ¿Qué pasa? — la amazona fue la primera en preguntar. Durante todo el trayecto se había mantenido en silencio, pero no había podido dominar su curiosidad por más tiempo.

— Quería hablarte… de lo de antes. — él respondió.

— No hay mucho que decir. Tú viste lo que sucedió. — Marin hizo una pausa justo en el momento en que la luz de un rayo iluminó las lejanías. — Ha sido un incidente sin importancia.

— Ya. — no le bastaba. No era suficiente. — Pero, ¿qué hacías en las doce casas? ¿Qué quería Shura de ti?

Marin giró el rostro en dirección a él. Aún llevaba la máscara puesta, así que el león no pudo ver ninguna de sus expresiones. Meneó la cabeza con suavidad. Su cabellera roja le acarició los hombros.

— Shura no tiene nada que ver en esto… ni siquiera sé porque intervino. Supongo que quería ahorrarnos un problema con Máscara de Muerte, aunque no sabría decirte con certeza el por qué. — le respondió. Por ningún motivo iba a hablarle de su expedición a Sagitario, ni mucho menos de sus sospechas.

Aioria, a pesar de todos los años que habían pasado, seguía siendo observado con recelo por toda la Orden. No importaba cuantas veces probara su lealtad, ni tampoco en cuantas ocasiones suplicara por perdón, los crímenes de su hermano también eran suyos.

Si ella no tenía cuidado e incitaba al santo a anidar pensamientos de rebelión contra el Gran Maestro, las cosas solo empeorarían para ambos. Tenía que ser sumamente cuidadosa y no soltar prenda hasta tener la absoluta certeza de que su palabra sería innegable y, sobre todo, decisiva. Arles era un hombre poderoso, digno de ser temido. Marin tenía que ser muy precavida.

— No entiendo porque se mete en lo que no le importa. — a su lado, Aioria gruñó. — Estoy harto de él, pero sigue detrás de mi, como si yo fuera un chiquillo al que debe cuidar. — de pronto, su mirada esmeralda se tornó reflexiva. — Cree que con velar por mi será suficiente. Cree que así podrá lavar su conciencia. Pero no conmigo… no voy a perdonarlo jamás.

— No pienses en eso. — la amazona posó su mano sobre la de él, en un gesto de apoyo. Entendía su rabia. Comprendía su dolor.

Sin embargo, hasta ese momento, el santo de Capricornio no había demostrado señales de ser el enemigo a vencer. El verdadero peligro era aquel que se escondía en el cuarto templo, y que servía de ojos y oídos al Patriarca.

— ¿Siempre fue así? — cuestionó, tras unos pocos segundos de silencio.

— ¿Quién?

— Shura. — la amazona asintió. — ¿Siempre fue tan… callado? ¿Tan distante?

— Con Aioros era distinto. Nunca fue muy platicador, ni tampoco hiperactivo como Milo, pero siempre tenía una sonrisa para mi hermano. — Aioria agachó la cabeza. Sentía que la voz se le quebraría en cualquier momento. — Quizás era el aura de Aioros. Todos siempre tenían una sonrisa para él.

— ¿Te apetecería contarme? — al escuchar su pregunta, el santo la miró. — Sobre Aioros. Yo era muy pequeña para recordarlo, pero si lo deseas, puedes contarme como era.

— Era un traidor.

— Y también era tu hermano. — las palabras le salieron tan rápido que apenas tuvo tiempo de darse cuenta que caminaba sobre hielo muy delgado. — Era tu hermano y, traidor o no, estoy segura que te quiso como a nadie.

— Seguro. — musitó con amargura.

— Eres injusto con él.

— ¿Cómo puedo ser injusto con la persona que me arruinó la vida?

— Mira en tu interior, en tus recuerdos, y dime algo: ¿alguna vez te enseñó algo que no te hiciera una mejor persona? — soltó la pregunta casi son severidad. — Cuando piensas en ser el mejor de todos los santos, ¿contra quien te comparas? ¿Contra Máscara de Muerte, el sádico? ¿Contra Shura, el caballero con corazón de piedra? ¿Contra Milo, el que nunca cuestiona nada? ¿Contra Saga, el cobarde? ¿Contra quién te comparas, Aioria? Dilo.

Vio las lágrimas brillar en los ojos del santo de Leo y sintió también las suyas, empañando su mirada. Le dolía ser dura con él en un tema tan delicado, pero quería que entendiera. No deseaba que maldijera a su propia sangre por más tiempo.

— Te comparas con él. — sentenció ella misma, al no recibir respuesta.

Aioria seguía ahí, luchando por tragarse toda la tormenta de emociones en su interior. Su semblante fruncido delataba su frustración y su desconcierto. De alguna forma, Marin sabía que no iba a responderle. Pero también sabía que había dado en el clavo. Cierto, no conocía a Aioros. Sin embargo, ningún hombre tan cruel y despiadado como le pintaba la leyenda, pudo haber formado a un niño como Aioria. A sus ojos, el león era distinto a todos los de su clase: Aioria era un verdadero santo dorado.

Se puso de pie con lentitud, y tras arrancarse el rostro de plata, depositó un beso en los cabellos castaños del joven. Se despidió con una suave caricia a sus hombros y marchó de regreso a su cabaña, dejándole en soledad.

Aioria se quedó en la playa, bajo el cielo revuelto y con el fuerte viento soplándole a la cara. Las nubes de lluvia estaban ya sobre su cabeza, tomando el lugar de las estrellas. Solo cuando las primeras gotas de la tormenta cayeron sobre de él, el santo se permitió derramar sus lágrimas.

-5-

Estaba mareado, nauseoso y adolorido. El cerebro le latía con tanta fuerza que se sentía al borde de la locura. Sin embargo, Shura no podía decir que aquella era la primera vez que le sucedía.

Había pasado la tarde entera pensando o, dicho con mayor claridad, tratando de recordar. Pero, como siempre le sucedía, le había resultado imposible.

¿Cuántos años habían pasado desde la muerte de Aioros? Demasiados, a consideración del español. Demasiado años con las mismas preguntas y también con las mismas respuestas. Él había estado ahí, lo había presenciado todo en primera persona y, con todo, le era imposible recordar un solo segundo de esa noche. Cada vez que lo intentaba, como en esa ocasión, la cabeza amenazaba con estallarle. Su cerebro se escocía dentro de su cráneo, los ojos le ardían y la sangre le hervía en las venas. Al final, siempre acababa tan agotado que se rendía al sueño, o perdía el sentido.

Recordaba a Arles, en su trono de mármol, madera y oro. Recordaba su máscara de un frío color azul y los ojos, tan rojos como los rubíes más hermosos del mundo. Escuchaba su voz y remembraba cada palabra con una nitidez escalofriante.

"Aioros de Sagitario ha atentado contra la vida de la princesa Athena y contra el futuro de la Orden. Ha sido hallado culpable de traición y su pena es la muerte. Se te ha elegido a ti, Shura de Capricornio, para ser el portador de justicia. En nombre de nuestra señora, tomarás su vida con tus manos."

Recordaba haber suplicado misericordia en nombre del que fuera su mejor amigo y también se acordaba de que Arles se la había negado. Incluso se veía a si mismo negándose a ser la mano ejecutora, pero después de aquello solo recordaba el punzante dolor que le había atravesado la cabeza… y nada más. Lo siguiente que recordaba era su propia voz, pastosa y vacía, recitando las palabras que tanto aborrecía.

"El traidor ha muerto, Excelencia."

Todo lo que había sucedido entre el dictado de la sentencia y su ejecución era un enorme vacío que Shura era incapaz de llenar con recuerdos.

Por años había intentado recordar hasta desfallecer, pero nunca lo había conseguido. Eventualmente, se había dado por vencido. Solo se hacía daño y tampoco estaba seguro de querer acordarse de cada detalle. Se había convencido a si mismo que era lo mejor, que nada bueno saldría de conocer lo que su cerebro se negaba a mostrarle. Pero la visita a Sagitario de ese día, había despertado otra vez todas las preguntas que con mucho trabajo lograse apaciguar en el pasado.

¿Algún día lograría recordar la historia completa? Lo dudaba.

Alguien no quería que lo hiciera, y eso era lo que más le preocupaba. No lo diría jamás en voz alta, pero ese alguien tenía un nombre; uno que él conocía perfectamente: Arles.

-6-

Poco le había importado la tormenta.

El tiempo había cambiado repentinamente. Donde hubiera un sol radiante y un calor agobiante, ahora había truenos, agua y rayos. Las grandes estructuras de mármol eran bañadas por la tormenta que había llegado de improviso. El viento soplaba, fresco; y las nubes rugían presagiando una noche pasada por agua. Aún así, Máscara de Muerte había abandonado Cáncer con destino al Templo Papal.

El sistema de pasadizos subterráneos era muy útil en noches como esa. Los largo túneles, llenos de nada más que de tinieblas y humedad, lo mantenían seco y resguardaban su presencia de los ojos vigilantes de sus compañeros. De vez en cuando, las goteras mojaban sus cabellos azules, pero en realidad no le importaba. Tenía grandes planes en la cabeza, por lo que no dejaría que unas pocas gotas de lluvia le detuvieran. Con paso veloz, y con una seguridad abrumadora, recorrió los caminos que tanta veces había cruzado antes. La oscuridad no le molestaba ni tampoco le estorbaba. De hecho, le venía perfecta.

Por fin, distinguió el final de su travesía.

Las hogueras que marcaban su llegada al templo principal ardían con fuerza. El calor de sus flamas se sintió agradable mientras el suave olor a incienso borraba de su olfato la peste penetrante de la humedad.

Era tarde ya, por lo que solamente se encontró con unos pocos guardias. Todos ellos agacharon la cabeza a su paso, pero ninguno le detuvo. Con toda seguridad encontraría a Arles en sus aposentos. Con un poco de suerte, saldría de ahí con la cabeza del león en sus manos y también con alguna hetaira para pasar el resto de la noche. Era bien sabido por todos lo mucho que el Gran Maestro disfrutaba de las putas y también su amabilidad para compartirlas con aquellos que se hacían merecedores de su aprecio. Máscara de Muerte se había ganado varias de ellas en los últimos años.

Elevó su cosmos lo suficiente como para que Arles supiera que estaba junto a su puerta. Se mantuvo ahí, esperando por una respuesta. Tras un rato, la puerta se abrió y una mujer se asomó a través de ella. Máscara de Muerte la conocía.

"Una de sus favoritas" pensó.

— El Maestro está listo para recibirte ahora. — anunció mientras le cedía el paso.

— Espero que lo dejaras complacido. — el italiano le respondió mientras se adentraba en la habitación del impostor.

-Continuará…-

NdA: No sé en que momento abandoné tan cruelmente esta historia. Al final, tras mucho darles vueltas, me he decidido a retomarla; y es que estos dos son (y siempre serán) mi pareja favorita por MUCHO. Lamento haber desviado el camino, pero pienso compensarles de la mejor manera que pueda.

Probablemente muchos de los lectores que la seguían ya no estén por aquí. No les culpo. Me da mucha vergüenza no haber podido darle continuidad tan rápido como quisiera.

Comencé esta historia porque cuento con los dedos de las manos los fic multichapters de mi gato y el águila, y me sobran dedos. Yo quería una historia de ellos dos, que si bien no es perfecta ni fiel a la historia, pero que al menos intentara hacerles justicia. Así surgió Amor Prohibido. En algún punto me emocionaba mucho escribir sobre ellos, pero de pronto se volvió difícil. Hoy, he decidido retomar esta historia a la que tanto cariño le tengo. Después de todo, Aioria es mi personaje consentido y eso no es secreto para nadie.

Pido disculpas y, con más de un año de atraso, agradezco todos esos lindos comentarios que al final me persuadieron para seguir con este proyecto. Mine, White Lady EF, Damis, Eli, kumikoson, Koko, Lu, Amonett, LadyIceKiller, Yesimar-Selene, Tisbe, Sweet Viictory, Rox y GreeceSL; y también a todos mis demás lectores, mis más sinceras disculpas y también mis más profundos agradecimientos.

Sunrise Spirit