EL NUEVO AMO

El nuevo Amo reclamaba su presencia y Rabastan Lestrange respondía sumisamente a su llamado. Después de tanto tiempo de encargarle asuntos menores y enviarlo a lugares distantes del planeta, por fin iba a conocerlo en persona.

El mortífago recorrió de prisa el extenso territorio que lo separaba de la montaña.

Sabía que le esperaba una larga caminata por un paisaje deformado, apartado del orden de la vida. Violento en el aire por el vuelo de miles de insectos inauditos. Sinies­tro en la tierra, donde penumbras de arboledas se agitan al revés del viento.

Nadie, ni los esclavos muggles, ni los magos que lo servían habitaban a me­nos de una hora de marcha del monte donde moraba el nuevo Señor Oscuro.

Apenas cruzó el río, notó que el cielo empezó a oscurecerse. Nubes opacas y densas parecían ancladas al pie de la montaña. El territorio del Amo era una región resquebrajada y fría.

La niebla, que jamás se disipaba, apenas dejaba ver algunos de árboles secos que fueran hace poco de ho­jas y de frutos y pájaros.

En cada árbol había un castigado. Muggles y magos, todos los que intentaron burlar los mandatos del nuevo amo eran ahora esqueletos abrazados a un tronco.

Un débil quejido obligó a Rabastan Lestrange a girar la cabeza buscando el origen del lamento. Lo encontró sin dificultad, pero la niebla la obligó a acercarse mucho para poder distin­guir el rostro del reciente condenado. Amarrado a un árbol, Allman Avery agonizaba. El mortífago estaba desnudo y lacerado y era obvio que acabaría, igual que los antiguos residentes del páramo, como un esqueleto sin ran­go. El final de Avery estaba tan cerca que las alimañas ya se atrevían a empollar entre los dedos de sus pies. El mago entreabrió los ojos y suplicó por agua.

Lestrange lo miró durante un largo rato.

- Le fallaste al Amo en la Antártida. Aplaca tu sed con eso -le dijo.

Y siguió viaje.

En su camino al monte, se cruzó con una colum­na de hombres que se dirigían a cavar la roca o la tierra. Los mineros, pertenecían a la más baja condición en la escala de vasallaje, iban en busca del metal para las armas y de las riquezas con que el Amo premiaba la fidelidad. El látigo del castigador que los conducía chasqueó en el aire ordenando sin palabras que apresuraran la marcha.

Lestrange continuó, fijos los ojos en el monte que aparecía más alto y oscuro que ninguno.

Eran muchos los esclavos muggles que habitaban en las inmediaciones del volcán, trabajando en los preparativos de la guerra que se avecinaba y en las suntuosidades que demandan los magos y brujas que estaban some­tidos a la voluntad del Amo.

Al llegar a la cueva que conducía a las profundidades de la montaña, la noche pareció caer en pleno día.

Rabastan Lestrange caminó hacia el agujero en la piedra. El frío sobrenatural que salía de la gruta y el olor fétido que emanaba del interior lo obligaron a fruncir la nariz, pero de todas maneras siguió avanzando por el piso encharcado y el lúgubre túnel.

A quince minutos de marcha, el túnel se abrió en una enorme caverna impregnada de un olor acre y de una luz amarillenta generada por cientos de velas encendidas.

El Amo no quería otro castillo o fortaleza que no fuera su monte, ningún trono que el hueco de piedra donde aún se conser­va el calor de la lava que hervía en sus entrañas.

Una empi­nada escalera de piedra llega hasta su trono.

El calor que irradiaba obligó al mortífago a quitarse la capa que lo cubría. Al llegar a los pies del trono se arrodilló y esperó con la cabeza inclinada que el Amo hablara.

El Amo disponía de una voz que podía alterar a su antojo. Ahora le hablaba a Rabastan con un susurro sereno, casi inaudible.

- Cuando me despertaron, no eran más que un grupo de fracasados escondidos en los más oscuros recovecos masticando una incierta venganza. Yo los reuní y los organicé. Yo les di un nuevo propósito. El que tú llamas Voldemort quiso instaurar un nuevo orden. Pero su error fue no comprender que para ello es necesaria la aniquilación total de la especie humana. Para sembrar un terreno invadido por la mala hierba hace falta destruir con el fuego todo lo anterior para que germine una nueva cosecha. Nosotros traeremos el fuego sobre la tierra y seremos el germen de una nueva humanidad. El que tú llamas Voldemort nunca hubiera podido imponer su orden sobre estas criaturas, sin extirpar antes sus raíces. Estas criaturas hacen buenos muertos pero malos esclavos. Cuando la muerte reine sobre cada rincón de la Tierra, entonces, yo y mis hermanos nos erguiremos sobre el mundo como los únicos Supremos.

El mortífago hizo un torpe ademán para aceptar los pensamientos del Amo.

- Dime que deseas de mí, Amo –suplicó sin levantar la mirada.

- Debes aprender a tener paciencia – repuso el Amo con aliento de humo -. ¿Que noticias me traes de las piedras malditas?

Rabastan Lestrange tragó saliva para enjugar su voz y habló:

- Aún no hay noticias de la que Avery perdió en la Antártida. El Ministerio de Magia está prestándole mayor atención al asunto después de que los aurores que enviaron fueran asesinados…

El Amo olisqueó al aire:

- Avery tampoco tenía paciencia… Desobedeció mis mandatos… Ahora tardará mucho en morir… Se irá secando de a poco hasta convertirse en polvo

Lestrange trago saliva y pasó brevemente la lengua por sus labios resecos.

Luego de una pausa que tanto pudo durar dos minutos como dos horas, la voz del Amo pidió:

- Continúa…

- He localizado a una persona que asegura tener en su poder una de las piedras malditas. Pide mucho oro para desprenderse de ella.

- Si la piedra es auténtica tendrá lo que pida. Tú encargarás de conseguirla para mí. Y también serás recompensado con largueza.

El mortífago reprimió rápidamente una sonrisa de satisfacción.

- Obrando según tus consejos, seguimos trabajando para derrocar el gobierno de Kingsley Shackelbolt. Y lo que es mejor... vamos a lograr que, cuando eso suceda, el pueblo sonría.

Desde la humeante oscuridad que lo escondía de la vista, el Amo agregó:

- Me has informado que el ahora gobernante es amado por el pueblo.

El mortífago tragó saliva y asintió:

- Así es..., así es. Pero nuestro grupo sigue presionando para que siga resignando controles en favor de libertades. Ya está en marcha la campaña para la abolición del Estatuto del Secreto de los Magos. Sabemos de buena fuente que el Ministro Kinglsey nunca apoyará la iniciativa. Ha llegado al límite de su tolerancia. Pronto deberá comenzar a intentar poner orden y exigir el exacto cumplimiento de las leyes. Esto, añadido a nuestro trabajo, le acarreará rápi­damente el enojo del pueblo.

- Y ese descontento será la co­lumna que sostendrá nuestra victoria – comentó el Amo en un susurro cubierto de cenizas -. ¿Estas seguro de que el Ministro no cederá a la presión popular?

El mortífago inspiró profundamente antes de hablar:

- No lo hará.

- ¿Ni aun cuando vea que su gente se pone en contra de su autoridad? -preguntó el Amo.

- Ni aun así -respondió Lestrange -. Ninguna presión hará que renuncie a sus principios. El muy tonto es una persona que es fiel a sus valores. Claro que podríamos acelerar el proceso haciendo circular bolsas de oro entre las personas adecuadas…

- ¡No! – rugió el Amo. Y su voz fue como una llamarada quemante -. Todo deberá realizarse de acuerdo con el plan. Si debilitamos sus cimientos el Ministro caerá sólo por su propio peso. Busca la manera de que la Comunidad Mágica conozca la oposición del líder de tu grupo a tanto rigor. Así lograremos que la gente confíe en él.

- Eso ya está en marcha.

- En me­dio del descontento nuestra gente gritará: "¡Ay de nuestro pueblo, el Ministro Kingsley es inmisericorde. Parece un nuevo Señor Oscuro". Y lo dirán muy al­to, para que toda la gente lo oiga - y el humo que rodeaba al Amo fue una orden.

- Así se hará — afirmó el mortífago.

- He esperado siglos para concretar mi venganza.

El Amo aspiró profundo. Sus palabras salieron tiznadas de hollín y mal pronunciadas.

Pero hicieron que Rabastan Lestrange se le achicara el corazón por el miedo.

- No falles. Recuerda a Avery.