Capítulo 8
Rezo por ti todas las noches, sin olvidarlo jamás.
Cuando Nicholas despertó a la mañana siguiente, le había vuelto el campanilleo dentro del cráneo con renovada fuerza. Gimiendo se puso la almohada sobre la cabeza, apagando el sonido hasta una especie de zumbido soportable.
Entonces fue cuando se le ocurrió pensar que el campanilleo no provenía de dentro de su cabeza sino de fuera de la ventana. Cogiendo el pantalón de los pies de la cama, se los puso y fue tambaleante hasta la ventana.
Abrió y se asomó por encima del techo saledizo, inspirando el aire fresco hacia sus pulmones. La noche había dejado una capita de rocío sobre la hierba, que brillaba con la caricia del sol matutino. Y seguían repicando las campanas, su eco resonando sobre las colinas y ondulantes prados en una melodía de carillón, triste y hermosa a la vez. Era el tipo de melodía que podía obligar a un hombre a tragarse un curioso nudo en la garganta, el tipo de melodía que podía llamar a un hombre a su casa.
Si tenía casa.
Con movimientos suaves aunque firmes, cerró la ventana, pero ni el pasar el pestillo ni correr las cortinas logró apagar del todo esos apremiantes sonidos.
En ese momento oyó abrirse la puerta y se giró a mirar, agradeciendo el haberse puesto los pantalones.
—¿Nadie en esta casa infernal tiene la buena costumbre de golpear la puerta?
Aunque tenía los brazos repletos de ropa, Candy se las arregló para hacerle una burlona reverencia y una alegre sonrisa.
—Y muy buenos días también, mi señor.
Su novia estaba muy atractiva con un vestido de muselina blanca salpicada de florecitas azules; una cinta azul a juego le recogía la tela debajo de sus pechos altos y redondeados. El ruedo festoneado dejaba ver esbeltos tobillos envueltos en medias blancas y un par de zapatos forrados en seda. Incluso llevaba una papalina de paja adornada por una roseta de cintas y sujeta bajo el mentón con un simpático lazo. Sólo le faltaba un corderito llevado de una cinta para posar para un retrato de una doncella pastora ante uno de los maestros.
Nicholas frunció el ceño; después de la noche anterior, no tenía la menor intención de que ella lo convirtiera en corderito; y mucho menos uno sacrificial.
Ella dejó el montón de ropa sobre la banqueta del tocador.
—Te he traído ropa para la iglesia. Anna encontró esto en el ático. Puede que estén un poco pasadas de moda, pero no creo que nadie se fije aquí en Arden.
Él se cruzó de brazos y la miró con más desconfianza aún.
—¿Y para qué necesito ropa para la iglesia? No nos vamos a casar esta mañana, ¿verdad?
—No — rió ella.
—Entonces ¿por qué vamos a ir a la iglesia?
—Porque es domingo.
Él continuó mirándola, con expresión impenetrable.
—Y siempre vamos a la iglesia los domingos por la mañana— añadió ella.
—¿Ah, sí?
—Bueno, yo voy en todo caso, y por lo que colegí de tus cartas, tratas de no perderte nunca un servicio. — Le brillaron de admiración los ojos—. Eres extraordinariamente piadoso.
Nicholas se rascó el cuello, áspero por la barba de una noche.
—Bueno, que me cuelguen. ¿Quién habría pensado que el Todopoderoso y yo estábamos tan amigos? — La miró retador—. Te irá bien saber que no tengo la menor intención de pedirle perdón por besarte anoche. No estoy arrepentido en lo más mínimo.
Aunque a ella le subió el color a las mejillas, lo miró osadamente.
—Tal vez no es perdón lo que hemos de pedir, sino freno.
—Y tal vez tú eres demasiado prudente. Un beso puede ser una inocente expresión de afecto, ¿verdad?
Ella podía no estar versada en las artes del amor, pero no a tal extremo como para pensar que hubiera algo inocente en los besos que se habían dado
—Puede, supongo — concedió de mala gana.
—¿Y no fuiste tú la que me aseguró que yo fui un verdadero modelo de autodominio la primera vez que nos besamos?
Candy ya había temido que volvieran esas palabras para atormentarla. Ya estaba lamentando la decisión de no mentirle más de lo que fuera necesario.
—Hay algo en ese beso que olvidé decirte.
Él esperó en expectante silencio. Ella hizo una respiración profunda.
—Estabas inconsciente esa vez.
Él arqueó las cejas, sorprendido.
—Fue justo después que te trajeron, y supongo que quise convencerme de que no estabas lesionado sino sólo durmiendo. Te veías tan trágico y vulnerable, como un príncipe de cuento de hadas que había sufrido una cruel maldición. Sé que sólo fue una fantasía infantil, pero de verdad creí que si te besaba, podría despertarte de ese sueño.
—Vamos, señorita White, ¡me escandalizas! Me cuesta creer que un modelo del decoro como tú se haya aprovechado del estado inconsciente de un hombre para forzar tus atenciones en él.
Sin pensarlo, ella se le acercó y le colocó una mano en el brazo.
—Por favor, no pienses mal de mí. Jamás había hecho algo tan incorrecto antes. No sé qué me pasó. Vamos, me...—Interrumpió sus protestas al ver que él se estaba riendo a carcajadas; el hoyuelo en la mejilla lo hacía parecer más de la edad de Jimmy que de la de él. Se apartó de él, muy rígida—. No tienes ninguna necesidad de burlarte de mí. Sólo fue un error de juicio, un desliz en mi moralidad. Te aseguro que no volverá a ocurrir.
Las carcajadas terminaron en una cálida risa.
—Una lástima.
Ella sorbió por la nariz.
—Ahora estamos solos — observó él, con una sonrisa jugueteando en sus labios.
Ella paseó la mirada por la habitación en penumbras, muy consciente de la acogedora cama de medio dosel con las ropas arrugadas que todavía tenían la huella de su enorme y cálido cuerpo.
—Sí, lo estamos, pero no te atreverías a besarme estando Carol en el corredor y Anna abajo.
Él arqueó una ceja Oscura.
—¿Ah, no?
Cuando pasó las manos bajo sus codos y la atrajo hacia él, ella comprendió, misericordia Señor, que medio había deseado que lo hiciera. Pero cuando él la miró a la cara, se borró el brillo de sus ojos dejándolos extrañamente sombríos.
—¿Era amable contigo, Candy? ¿Era considerado con tus sentimientos? ¿Te hacía feliz?
Ella hizo una temblorosa inspiración, al comprender que encontraba su intensidad más atractiva aún que su encanto.
—Eras muy considerado. Me escribías todas las semanas, sin excepción, y dos veces la semana de mi cumpleaños. Puesto que no estabas aquí para traerme flores, dibujabas encantadores ramilletes en los márgenes de tus cartas. Y cuando venías a visitarme, siempre traías algún regalito para Carol y Jimmy.
Al notar la facilidad con que le salían las mentiras de la boca, comprendió que estaba describiendo al hombre de sus sueños; un sueño que estaba hecho realidad ante sus ojos.
—En tus cartas — continuó—, siempre hablabas de lo felices que seríamos cuando nos casáramos. Cómo tomaríamos chocolate en la cama cada mañana y daríamos largos paseos al crepúsculo. Por la noche nos reuniríamos en el salón con el resto de la familia a jugar a las cartas y a cantar alrededor del piano. Tú nos leerías junto al hogar hasta que nos diera sueño. — Bajó los ojos, invadida por una repentina timidez—. Entonces nos retiraríamos a nuestro dormitorio.
Los ojos de Nicholas se habían nublado como si esa imagen idílica le resultara dolorosa.
—¿Y nunca te di motivos para lamentar nuestro compromiso?
—No, jamás.
Atrayéndola más, se inclinó y le rozó los labios con los suyos. La dulzura de su beso la cogió desprevenida. Pero antes que ella alcanzara a rendirse a él, él ya se había apartado, con expresión impenetrable.
—Entonces sólo puedo rogar que nunca te los dé.
Cuando Nicholas se deslizó por el banco de la familia detrás de Candy y sus hermanos, pensó que todos los habitantes de Arden tenían que ser ciegos de nacimiento para no notar lo anticuada que era la ropa que llevaba. Aun cuando no recordaba nada de su vida anterior, estaba razonablemente seguro de que jamás se había sentido tan ridículo. Las calzas hasta la rodilla ya eran suficiente humillación, pero Candy le aumentó el sufrimiento dándole para ponerse unas medias de seda a rayas, zapatos con hebillas, un chaleco bordado y una casaca roja con brillantes botones de latón. Se habría sentido perfectamente cómodo en un salón de una generación atrás. Si hubiera tenido una peluca empolvada para completar su atuendo podría haber solicitado el puesto de lacayo del rey.
Se pellizcó la nariz, consolado porque la vieja iglesia de piedra olía ligeramente más mohosa que él.
Jimmy se quedó en el extremo del banco, poniendo entre él y su familia la mayor distancia que permitía el largo del banco. Carol se sentó al otro lado de Candy, la querúbica inocencia de su cara estropeada por el hecho de que el inquieto ridículo que tenía en la falda no paraba de tratar de saltar al suelo.
Nicholas miró disimuladamente el sereno perfil de Candy. Parecía tan indiferente a su incomodidad como a la cálida presión de su muslo contra el de ella. Sus manos enfundadas en guantes blancos estaban recatadamente dobladas alrededor de su libro de oraciones, su cara atentamente adelantada hacia el elevado pulpito de caoba desde el cual el párroco se dignaba ofrecerles su bendición. Cuando las primeras notas de «Come, Thou Fount of Every Blessing» inundaron la nave, ella le dio un codazo para indicarle que se pusiera de pie. Su voz no era la de la diáfana soprano que él se había imaginado, sino la de una grave contralto que le produjo un estremecimiento de deseo por todo él. Miró hacia el cielo, pesaroso, medio esperando que Dios lo partiera con un rayo por tener ésos lascivos pensamientos en Su casa.
Mientras estaban de pie, de pronto notó un extraño hormigueo en la nuca; se golpeó el cuello de la camisa, suponiendo que una desventurada polilla se había metido ahí, pero el hormigueo continuó. Miró hacia atrás y vio a un hombre con una sola larga y tupida ceja en la frente que lo estaba apuñalando con la mirada. Al volverse, alcanzó a ver otra mirada furiosa, ésta dirigida a él desde el otro lado del pasillo, por un individuo marcado de viruelas cuya cara daba la impresión de necesitar un buen fregado. El hombre lo miró glacialmente durante menos de un minuto hasta que bajó la vista, azorado.
Perplejo, él volvió la atención al altar. Dado su ridículo atuendo, pensó, tal vez estaba demasiado susceptible e interpretaba la simple curiosidad por hostilidad.
Una vez que la congregación volvió a sentarse, el párroco de pelo blanco comenzó un monótono sermón que, temió él, muy pronto lo iba a hacer volver a dormir.
Empezaba a adormilarse cuando la sonora voz del párroco lo sobresaltó, sacándolo del sopor:
—...el privilegio de leer la proclama de las nupcias entre el señor Nicholas Radcliffe y la señorita Candice Jane White. Si alguno de vosotros sabe de algún impedimento para que estas dos personas se unan en santo matrimonio, ha de declararlo. Ésta es la primera vez que se pregunta.
Nicholas no fue el único al que estas palabras pillaron desprevenido. En lugar del expectante silencio que solía seguir a la lectura de la proclama, un murmullo se propagó por toda la iglesia. Nicholas miró hacia la izquierda y luego a la derecha. Ya eran varios los hombres que lo estaban mirando fijamente, sin hacer el menor esfuerzo por ocultar su resentimiento. No pudo dejar de pensar si tal vez uno de ellos tenía la educación suficiente para haber escrito esa nota que estaba quemando su novia, y la elocuencia para agitar sus pasiones hasta ese punto febril.
Candy continuó mirando al frente, con las mejillas de un rojo subido; se le había puesto rígido el cuerpo, desprovisto de esa seductora blandura que tenía en sus brazos la noche anterior.
Cuando el párroco comenzó el ofertorio, él le cogió la mano enguantada y le susurró:
—Podrías haberme avisado que venía a esto.
Ella arrugó la nariz en una nerviosa apariencia de sonrisa y le contestó, también en un susurro:
—Es sólo la primera lectura de las proclamas. Tienes dos domingos más todavía para declarar tu oposición a nuestra unión.
Él le pasó el pulgar por los nudillos en una posesiva caricia.
—¿Y por qué habría de querer hacer eso cuando es evidente que soy la envidia de todos los hombres de la aldea? Por las miradas que estoy recibiendo, colijo que la mía no fue la única proposición que recibiste.
—Pero fue la única que acepté — repuso ella.
—Entonces, ¿nuestro compromiso era un secreto o todos los demás pretendientes han perdido la memoria también?
—Chisss— susurró ella, retirando la mano—. Ha llegado el momento de pedir perdón a Dios por nuestros pecados.
Mientras se ponían de pie junto con el resto de la congregación, se le acercó más, y le susurró con voz ronca:
—¿Y qué pecado podría tener para confesar una inocente como tú?
Ahí estaba otra vez; ese destello de miedo en unos ojos que no deberían tener que conocer jamás ni un asomo de aflicción.
—Tal vez has olvidado las Escrituras también, señor. No hay nadie entre nosotros sin pecado. Ni una sola persona.
Candy se arrodilló y la curva del ala de su papalina le ocultó la cara. Él estuvo un buen rato mirándole la blanca nuca y luego se arrodilló torpemente a su lado. Habría jurado que no era un hombre acostumbrado a arrodillarse ante nadie, ni siquiera ante Dios. Aunque cerró obedientemente los ojos, sólo podía fingir que estaba rezando. Las palabras que salían con tanta facilidad de los labios rosados de Candy no se le daban a él, como tampoco la convicción de que estuviera escuchando alguien a quien le importara.
—Hacen una bonita pareja, ¿verdad? — refunfuñó Jimmy, apartándose de la cara una mariposa moteada.
—Yo no encuentro que hagan pareja — masculló Carolyn, sacando la nariz del desgastado «El monje asesino» que había camuflado dentro de su libro de oraciones—. Es demasiado alto y antipático para ella.
Los dos hermanos estaban sentados en la escalinata de piedra de la iglesia Saint Michael, observando tristemente a la muchedumbre reunida en el soleado patio alrededor de Candy y Nicholas para felicitarlos. Aunque muchos de los hombres que habían cortejado a Candy se mantenían alejados, el resto de los aldeanos se habían apresurado a acercárseles entusiasmados por la noticia de las próximas nupcias y por la novedad de tener entre ellos a un desconocido bien educado. El encanto del que había alardeado Nicholas ante Carolyn saltaba a la vista mientras aceptaba las cordiales palmadas en la espalda de los casados y las sonrisas aduladoras de sus mujeres. Incluso la agria viuda Witherspoon sonrió como una niña boba cuando él se llevó su huesuda mano a los labios.
—¿Le pediste perdón a Dios por el asesinato que planeabas cometer? — le preguntó Jimmy.
Carolyn cerró el libro de un golpe.
—Prefiero no considerarlo un asesinato sino un contratiempo muy oportuno.
—Contratiempo es olvidar donde se dejaron los anteojos o de abotonarse las botas, no caer muerto una hora después de la boda, ¿De verdad has pensado cómo podrías cometer esa vileza? — le preguntó Jimny, mirando cómo Candy sonreía a Nicholas con la cara radiante—. Yo preferiría el placer de meterle esa engreída cara en la tarta de novia y ahogarlo ahí.
Carolyn negó con la cabeza, acariciando la peluda carita con bigotes que asomó por su ridículo.
—Eso es demasiado evidente, me temo. En «El castillo de Otranto» del señor Walpole, encuentran a Conrad muerto, aplastado por un gigantesco casco emplumado. Pero yo personalmente prefiero el veneno.
—Eso es una suerte, porque dudo de que hayan muchos cascos gigantescos emplumados volando por la parroquia.
—Claro que no he descartado totalmente un disparo o un ahogo accidental. Pienso realizar varios experimentos estas dos próximas semanas para encontrar el método más práctico de librarnos de un novio indeseado.
—¿Y si ninguno de esos experimentos da los resultados que esperabas?
Carolyn miró hacia arriba y Jimmy siguió su mirada.
Sobre el parapeto del campanario había un ángel de piedra con las desgastadas alas extendidas. Según la leyenda, la misión del ángel era proteger la aldea de los malos espíritus. Las regordetas mejillas y el mentón en punta tenían una sorprendente semejanza a los de Carolyn.
Carol exhaló un soñador suspiro:
—Entonces sencillamente tendremos que mirar hacia el cielo en busca de inspiración divina.
Candy se preguntaba si sería sacrilegio estar en el patio de una iglesia soñando con los besos de un hombre. Aunque se las arreglaba para sonreír, asentir y estrechar las manos de los aldeanos que la felicitaban por su buena suerte, en lo único que lograba pensar era en un salón iluminado por la luna y los embriagadores besos de un desconocido. Ese desconocido estaba junto a ella en ese momento, haciéndole hormiguear el brazo con el roce de su codo. Aunque había fingido estar atenta durante el sermón del cura, no había logrado captar sus palabras al tener a Nicholas tan cerca. Mientras el párroco predicaba sobre las virtudes del autodominio, ella revivía esos deliciosos momentos en que estuvo a punto de perder el suyo.
Betsy Bogworth, la hija del curtidor, cuyos pronunciados dientes y la tendencia a arrugar la nariz la hacían parecer un conejo gigante, le cogió la manga.
—¡Qué vergüenza, haber tenido guardado este secreto! ¿Por qué no nos dijiste que estabas comprometida, niña mala?
—En realidad fue idea del señor Radcliffe mantener en secreto nuestro noviazgo hasta que él estuviera libre de sus deberes militares — explicó ella.
—¿Ah, sí? — dijo Nicholas, su expresión inocente reñida con el destello pícaro que le brillaba en los ojos.
—Pues claro que sí, cariño — dijo Candy sonriendo.
—¡Un compromiso secreto! — exclamó Alice, la flacucha y pálida hermana de Betsy, cogiéndose las manos bajo el mentón—. ¡Qué romántico! ¡Cómo habrás ansiado su regreso!
—Ay sí — miró a Nicholas, deteniendo la vista en sus labios—. Lo he besado más de lo que podrías imaginar.
Alice arqueó sus rubias cejas. El grupo cayó en un repentino silencio y Nicholas se aclaró la garganta y empezó a rascar el suelo con la punta del zapato.
Candy notó cómo le subían los colores a la cara.
—Quise decir lo he extrañado más de lo que podrías imaginar.
Betsy se giró hacia Nicholas con la nariz arrugada.
—Todos los solteros de Arden han tratado de conquistar el corazón de Candy en uno u otro momento, pero ninguno lo consiguió. ¿Cómo es que usted triunfó si nunca le hemos visto visitar la casa ni cortejarla?
Nicholas sonrió amablemente.
—Creo que dejaré que mi novia responda a esa pregunta.
Aunque no se atrevió a mirarlo, ella sintió su mirada expectante sobre ella.
—El primer año de noviazgo, sus visitas a la casa fueron tan cortas e infrecuentes que no nos permitían salir a pasear por el pueblo. Y el año pasado la mayor parte del noviazgo la hemos llevado por correspondencia. Fueron sus cartas las que me conquistaron el corazón. Sabe ser muy persuasivo con la boca — apretó los dientes—, es decir, con sus palabras.
El rescate le llegó del lugar más inverosímil. Halford Tombob se aproximaba abriéndose paso con su bastón por entre la muchedumbre. El viejo pícaro se negaba a ponerse anteojos pero siempre llevaba un enorme monóculo colgado del ojal del chaleco.
Todos se quedaron en silencio cuando él levantó su monóculo en su amarillenta mano, se lo puso ante un ojo y le miró la cara a Nicholas como un saltamontes de un solo ojo. Pasado un momento, lo bajó y declaró con absoluta convicción.
—Yo conozco esa cara.
Continuara...
