¡Hola! ¿Qué tal estáis? Siento muchísimo haber tardado tanto en actualizar, pero es que he estado ocupadísima estudiando para los exámenes finales… Ahora que ya los he terminado (y tengo vacaciones, ¡jupi! jeje) prometo publicar más seguido ^^ Perdón otra vez por haceros esperar tanto (:
Muchísimas gracias por vuestros comentarios, sois geniales. Los leo todos con muchísima ilusión *-*
Ojalá el nuevo capítulo os guste :D
10
Las cascadas
El sol aún no se había dignado a dejarse ver por entre las copas de los árboles, pero unos tenues rayos naranjas iluminaban la selva indicando que no podía demorarse mucho. No podían ser más de las seis o siete de la mañana.
La luz brillante y húmeda alcanzó la cueva donde Harry y los demás se encontraban. La hoguera estaba apagada, y ya ni siquiera humeaba. El frío era intenso.
—¿Entonces qué hacemos? —repitió Ron, por décima vez al menos en la última media hora.
Sus compañeros miraban cada uno en una dirección, sentados en círculo, y con un aire de obvia desesperanza. Acababan de despertarse, y ahora debatían sobre qué debían hacer a continuación, dadas las circunstancias.
—No sé, Ron, no sé qué vamos a hacer —musitó Hermione, en voz baja. Inspiró hondo con decisión y se cubrió la cara con las manos para poder pensar con más claridad—. Tenemos que analizar la situación con calma: primero, por alguna razón que desconocemos no podemos usar la magia; por lo cual tenemos víveres limitados y somos más vulnerables a los peligros. Y segundo, no podemos proseguir el camino dado el estado en el que se encuentra Malfoy —dijo, mirando a Draco de soslayo. El rubio contemplaba el suelo con la espalda apoyada en la pared y los brazos cruzados, aparentemente inmerso en sus pensamientos. Pero se notaba que no se estaba perdiendo ni una palabra.
—Ya os lo he dicho: debemos continuar —sentenció Harry, para después emitir un suspiro apesadumbrado—. Entiendo que Malfoy sea incapaz de caminar correctamente por la herida que le ha hecho el jaguar, pero no queda otra opción. No podemos perder más tiempo.
—Pero, Harry, ¿no entiendes que, a la velocidad que va a caminar, cualquier animal puede zampárselo por el camino? —lo defendió Ángela, ofuscada—.Y eso si consigue ponerse en pie…
—Ya lo sé —aseguró Harry, con cansancio—. Me hago cargo de su situación, pero incluso Hermione lo ha dicho: no tenemos comida suficiente como para estar aquí mucho tiempo. Y ni siquiera podemos usar las varitas para nada. La situación se nos ha ido de las manos, chicos. De verdad que no sé qué otra cosa hacer…
—Tenemos que seguir —saltó Ron, frunciendo el ceño—. Yo estoy con Harry; no podemos quedarnos. No importa si Malfoy se queda un poco rezagado… No le va a pasar nada —opinó, tratando de sonar firme, aunque con la inseguridad plasmada en el rostro.
—¿Y si le pasa, qué? —espetó Ángela, súbitamente indignada—. Me niego a exponer a Draco de esa manera. Esto no es un juego, ¿sabes?
Ron enrojeció al instante.
—Y-ya lo sé… —balbuceó, abochornado por el repentino enfado de la joven—. P-pero…
—Ángela tiene toda la razón —coincidió Hermione, serenamente—. No podemos correr más riesgos. Nos quedaremos aquí hasta que Malfoy se recupere, y ya está. No tiene sentido que sigamos discutiendo.
—Somos un grupo y no vamos a dejar a nadie de lado —corroboró Ángela, firmemente—. Y menos si esa persona está herida por defender a otro miembro del grupo, detalle que parece que habéis olvidado.
—Chicas, no podemos —enfatizó Harry, comenzando a desesperarse—. ¡No tenemos suficiente comida! ¡Y no podemos hacer magia! ¿No lo entendéis?
—¡Harry, lo que no podemos es obligar a Malfoy a caminar por la selva en su estado! —Exclamó Hermione—. ¡Ni siquiera puede levantarse…!
Un brusco movimiento la distrajo, y atrajo al mismo tiempo las miradas de los demás. Malfoy, sujetándose a la pared y sin decir nada, trataba de levantarse con dificultad apoyándose solamente en la pierna buena. Ángela, sentada a su lado, se apresuró a levantarse para tener mejor movilidad y lo sujetó del brazo para ayudarlo y que no cayese. Cuando constató que podía mantenerse en pie él solo, la chica lo soltó y lo contempló en silencio. El resto de sus compañeros también lo miraban, mudos y expectantes. Draco trató de apoyar el pie herido, pero volvió a alzarlo de inmediato, con una mueca de profundo dolor. Frunciendo el ceño y resoplando con frustración, trató de avanzar cojeando, apoyándose en la pared. Logró al menos dar varios pasos tambaleantes.
—Puedo caminar —comentó Malfoy seriamente, en medio del silencio—, pero apoyándome en algo. No puedo apoyar esta puñetera pierna, aunque sí que podría ir avanzando más despacio…
—No —dijo Hermione, con rotundidad, atrayendo su gris mirada—. No podemos hacerte eso. No es justo.
—Sé razonable, Hermione —rogó Harry, desalentado—. Si él dice que podría…
—¡Lo dice porque no quiere retrasarnos! —exclamó la chica, indignada—. ¡Pero no puede hacer un esfuerzo semejante! ¡Me niego a explotarlo de esta manera! No, yo de aquí no me muevo…
—Ahora vuelvo —dijo Ángela de repente, saliendo de la cueva con paso firme. Todos guardaron un instante de silencio, asombrados por su repentina decisión, pero se repusieron rápidamente.
—¿Qué opinas tú, Malfoy? —inquirió Harry, mirándole—. Tu opinión también cuenta. Tienes la última palabra ¿Qué sugieres?
—No voy a poder seguir vuestro ritmo, eso es evidente —admitió Draco lentamente, apoyando la espalda en la pared y cruzando los brazos. Ron alzó las manos como diciendo «¿Qué os había dicho?»—. Pero, aún así, ya hemos perdido demasiado tiempo… —guardó silencio un instante y después sacudió la cabeza—. Sigamos adelante. Haré todo lo que pueda para quedar lo menos rezagado posible. Ya veré cómo me las arreglo.
—¡Malfoy, no! —protestó Hermione, escandalizada—. No tienes que…
—No queda otra opción. De ninguna manera podemos quedarnos aquí —dijo él con firmeza, mirando a la joven a los ojos—. Me niego a que os retraséis por mi culpa. No pienso ser un lastre —añadió con una mueca que demostraba lo bochornoso que le parecía que algo así sucediese.
Hermione se mordió el labio, irritada ante el inagotable orgullo el rubio. Aunque… el comportamiento de Draco comenzaba a inquietar a Hermione. Durante años, Malfoy siempre había tratado de sacar partido a sus heridas, fingiendo un dolor que no sentía, si así lograba que sus enemigos tuviesen dificultades. Pero ahora no lo estaba haciendo. De hecho, trataba de no ser un lastre, como él mismo había dicho. Ese cambio de actitud, a la joven castaña le pareció inquietante. Incluso sospechoso.
Ángela volvió en ese momento, interrumpiendo sus pensamientos. Estaba algo manchada de barro, y sostenía en los brazos un puñado de ramas gruesas y unas lianas. Las dejó caer al suelo y se sentó junto a ellas, cogiéndolas y comenzando a unirlas ante las miradas extrañadas de sus compañeros.
—¿Qué haces? —preguntó Ron, expresando en voz alta la curiosidad que todos sentían.
—Fabricar unas muletas —reveló la joven morena, sin dejar de trabajar—. A lo mejor así Draco puede caminar mejor.
El rubio la miró, con visible escepticismo ante su idea.
—Ángela, no necesito que… —comenzó, con claro desdén.
—No te hagas el orgulloso conmigo, Malfoy —espetó Ángela, sin mirarlo y sin dejar de trabajar—. No perdemos nada por intentarlo y, si estas cosas sirven para que camines mejor, todo perfecto, ¿no? —No esperó respuesta y añadió—: Id recogiendo las mochilas mientras yo termino esto, y así partiremos cuanto antes en el caso de que esto funcione.
Tras un instante de silencio cargado de vacilación, todos se levantaron y recogieron el equipaje. Harry se ofreció a llevar él la mochila de Draco, pero éste se negó, considerándolo casi como una ofensa a su persona, y se la colocó sobre los hombros sin vacilar.
—Ya están, a ver qué te parecen —dijo Ángela, ofreciéndole a Draco las dos muletas toscamente construidas.
Éste las tomó y las contempló durante un instante con incredulidad. No parecían capaces de soportar el peso de ningún ser humano de estatura 1'80 por muy delgado que estuviese, pero decidió probarlas con cautela. Todos contemplaron con avidez cómo el rubio apoyaba ambos brazos en las muletas y echaba a andar, dando vueltas por la cueva, asegurándose de que servían.
—Parece que funcionan —comentó Draco al final, a regañadientes—. Aunque no sé cuánto aguantarán ahí fuera. El terreno no tiene nada que ver con una cueva…
—Al menos te servirán —opinó Harry acomodándose la tira de la mochila y tomando aire—. Venga, pues si vamos a partir, vámonos ya. No tiene sentido que sigamos retrasando el momento —se volvió para mirar a Draco—. Reduciremos el ritmo de la marcha todo lo que podamos para intentar no perderte de vista. Si en algún momento no puedes seguir, dilo, ¿de acuerdo?
Malfoy asintió una vez con la cabeza, pero Harry comprobó resignado que sus ojos dejaban muy claro que ni estando entre las fauces de un cocodrilo les pediría ayuda o demostraría debilidad.
Salieron de la cueva pesadamente y, tras detenerse un instante a respirar al aire puro del amanecer, reanudaron su camino hasta El Dorado.
Ron iba el primero en la fila, abriéndoles paso con la navaja del rubio, salpicándolos continuamente de rocío. Ángela iba después, consultando el mapa de Hermione e indicándoles el camino a seguir con ayuda de su útil cuadernito. Harry estaba el tercero, girando la cabeza constantemente controlando que Malfoy fuese detrás de ellos. Y Hermione, impasible ante las quejas y la disconformidad de Draco (y también de Ron), caminaba junto al rubio y le ayudaba siempre que podía o que él se lo permitía.
La marcha por la selva resultó increíblemente lenta. Bastante más que los días anteriores, pues el terreno estaba peor que nunca para caminar: las lluvias de la noche pasada habían dejado una cantidad considerable de charcos y barro que dificultaban y ralentizaban la marcha. A Harry y los demás se les hacía muy difícil caminar con normalidad, y más de uno se hundió hasta los tobillos o las rodillas en algún que otro disimulado charco de barro. Y qué decir de Draco, que apenas podía apoyar la pierna izquierda, y las improvisadas muletas se hundían en el suelo a cada paso que daba.
Llevaban varias horas caminando y, más de una vez, el rubio se había visto obligado a detenerse unos segundos para recuperar el aliento y aguardar a que el dolor de la pierna aminorase lo suficiente como para proseguir. Hermione se detenía a su lado sin decir nada, y aguardaba pacientemente a que tuviese las fuerzas necesarias para continuar.
Hermione ni siquiera percibía su propio cansancio. La opresión que la chica sentía en el corazón desde la noche anterior no disminuía. Aumentaba, si es que era posible, cada vez que escuchaba algún quejido o jadeo del chico, y le afectaba aún más recordar que todo era por su culpa. La culpabilidad la abrumaba, y la impotencia de no poder remediarlo la oprimía aún más. Malfoy estaba así por ella. Por haberle salvado la vida. Y ya no podía hacer nada por remediarlo. Si solo pudiese retroceder en el tiempo…
Los rayos de sol comenzaron a brillar con más fuerza por entre las ramas, iluminando las miles de gotas de rocío de las hojas que había alrededor.
—¡Ah…! —Draco ahogó un súbito gemido y se vio obligado a detenerse apoyándose en un árbol con una sola mano, con los ojos y los dientes apretados. El dolor era muy intenso y se extendía por toda su pierna. Si el terreno fuese llano sería más fácil, pero era muy irregular y eso acentuaba el dolor. Casi no podía ni respirar.
—¿Estás bien? —preguntó Hermione, inclinándose hacia él, preocupada.
Él quiso contestar que, obviamente, no lo estaba, pero no pudo abrir la boca. Se limitó a negar con la cabeza, con los ojos fuertemente apretados y la respiración lenta y pesada. Maldijo entre dientes sin abrir los ojos cuando una nueva oleada de agonía lo invadió, y le obligó a agachar más la cabeza y a clavar las uñas en la corteza del árbol.
—Descansaremos un rato —sentenció Hermione, poniéndole una mano en el brazo y notándolo temblar. Giró la cabeza para llamar a Harry que iba unos metros más lejos—: ¡Harry! Vamos a parar, ¿de acuerdo?
El moreno se volvió y le hizo un gesto afirmativo con el pulgar, para después avisar a Ron y a Ángela de que esperasen.
—No —gruñó Draco con voz rota, abriendo los vidriosos ojos grises—. Sigamos. Estoy bien.
—No, no lo estás —replicó Hermione, apretando un poco la mano con la que rodeaba el brazo del chico, para mantenerlo quieto—. Pararemos aquí un rato. Necesitas descansar.
—Estoy bien —insistió el rubio, desdeñoso, apartando la mano de la chica y tratando de seguir andando, pero ella volvió a sujetarlo firmemente.
—Draco, basta —suplicó Hermione, sin intimidarse—. Deja de forzarte de esta manera. Ya no puedes más, admítelo de una vez, por Dios. ¿Por qué te empeñas en explotarte así? ¿Qué te pasa?
Malfoy la miró de soslayo con visible desagrado. Hermione sufrió un estremecimiento. Le había parecido que algo oscuro había ensombrecido sus ojos grises durante un segundo. Una emoción a medio camino entre el resentimiento y algo que no sabía definir. Verdaderamente la asustó. Draco finalmente se sentó, con aire fastidiado, encima de un tronco de árbol caído. Hermione le examinó la mirada desde su altura, y comprobó que sus ojos lucían igual que siempre. Debía habérselo imaginado. Habría sido consecuencia de la luz o algo parecido.
Harry, Ron y Ángela llegaron en ese momento hasta ellos.
—¿Todo bien? —inquirió Harry mirando al rubio. Éste asintió con la cabeza secamente, claramente malhumorado. Se notaba que le molestaba a rabiar que hubieran tenido que detenerse por su culpa.
—¿Comemos algo? —sugirió Ángela, vacilante, tratando de romper el incómodo silencio que se había formado—. Ni siquiera hemos desayunado con todo este jaleo, y dicen que el desayuno es la comida más importante del día.
—¡Bravo por el que dijo eso! —saltó Ron alegremente, ya abriendo su mochila.
Sacaron la comida de las mochilas y se sentaron en medio del camino, sobre unas cuantas piedras manchadas de barro, a comer en silencio. Harry observaba a sus compañeros sin ninguna intención en particular, pensativo. Hermione se entretenía dando de comer a Max cariñosamente. Ángela comía con una amplia sonrisa, mientras observaba a Hermione. Ron se hartaba de comer de todo sin hacer caso a nada ni a nadie. En cambio Draco apenas probaba bocado; parecía cabizbajo, y también abstraído en sus pensamientos.
Todos alzaron la mirada al escuchar una carcajada de Hermione. La joven reía alegremente haciendo cosquillas a un muy divertido Max, que se retorcía en su regazo, chillando jovial.
—Qué bien te lo pasas, ¿eh? —bromeó Ángela, soltando una risita.
—Me encantan los animales —confesó la castaña, cogiendo en brazos al monito y elevándolo por encima de su cabeza juguetonamente.
—Se nota que te has encariñado con él —comentó Ron, sonriente, hablando con la boca llena—. ¿Piensas llevártelo a Londres cuando regresemos? No sé qué pensará Crookshanks…
—Pues no lo sé —admitió la castaña, ahora pensativa—. Tendré que pensarlo…
—Pero para volver a casa antes tendremos que encontrar El Dorado —resolvió Ángela, sonriendo con tristeza—. Habrá que seguir caminando, ¿no creéis?
—Tienes razón —coincidió Harry, poniéndose en pie perezosamente y volviéndose hacia Draco—. ¿Crees que podrás?
—Por supuesto —aseguró él sin vacilar, mirándolo desafiante.
—Sabía que dirías eso —se resignó el moreno, reprimiendo una sonrisa—. Entonces sigamos. No puede quedar mucho hasta las cascadas ¿no?
—No —corroboró Hermione, mirando el mapa que ahora llevaba Ángela—. Menos de una hora.
Continuaron caminando, en las mismas posiciones que antes, con renovadas fuerzas después de haber llenado sus estómagos con algo de alimento.
Lo cierto es que Hermione ahora se sentía algo inquieta pues, desde que habían retomado la marcha, Draco no había emitido ni el más mínimo sonido, ni siquiera un gemido a causa de su herida. Se limitaba a caminar incansable, con el ceño permanentemente fruncido y la vista fija en el suelo. Hermione no dejaba de mirarlo de soslayo, y eso le acarreó más de un tropezón acompañado de una bonita salpicadura de barro. Era imposible que el dolor de su pierna se hubiese esfumado de buenas a primeras, y la chica estaba segura de que le seguía doliendo, pero también estaba segura de que el rubio no iba a permitir que volviesen a detenerse por su culpa. No quería dar imagen de débil, eso era obvio. Se preguntó hasta dónde estaría dispuesto a aguantar con tal de no quedar como, según su criterio, alguien inferior. Para no quedar como alguien más débil que ellos.
También se preguntó por qué Malfoy parecía tan empecinado en caminar sin desperdiciar ni un solo segundo. Como si tuviese prisa por algo.
—¡Estamos llegando! —Anunció Harry de pronto— ¿No lo oís? No lo imagino, ¿no?
Todos aguzaron el oído y hasta ellos, mezclado con un fresco sonido a selva en su estado puro, llegó el ruido refrescante del agua.
—Por fin —suspiró Hermione, aliviada, sonriendo a Draco aunque éste ni le dirigió la mirada—. Ahora sólo tenemos que…
Se interrumpió bruscamente y se detuvo, quedándose totalmente inmóvil en medio del camino. Tenía la mirada perdida y se había quedado lívida. Draco también se detuvo a su lado, extrañado.
—Oye, ¿qué pasa? —preguntó, mirándola con desconfianza. Ella seguía sin reaccionar, y eso comenzó a preocuparlo—. ¡Oye!
—¡Oh, no! —exclamó entonces Hermione, con repentina aflicción. Sin previo aviso, se quitó la mochila, y la estampó contra el pecho de Draco, para que se la sujetase—. ¡Oh, no!
—¡¿Qué pasa? —insistió él, cada vez más asustado, aferrando como podía la mochila de la chica. Harry, que iba delante de ellos, se detuvo y los miró con curiosidad.
Hermione llevó las manos a uno de los bolsillos de su mochila y sacó un pequeño bolsito bordado con cuentas, algo arrugado. Metió una mano dentro, con tanta fuerza que podía haberlo atravesado, con cara de temor. La mano solo se hundió hasta la muñeca.
—¡OH, NO! —exclamó, desconsolada. Sacó la mano y se cubrió el rostro con ella—. ¡No puede ser!
—¿Qué has perdido? Aparte de la cabeza, digo —quiso saber Draco, perplejo, mirando el bolsito vacío que la chica tenía en la mano.
—¡Este bolso tenía un Encantamiento de Extensión Indetectable! —Exclamó Hermione, agitándolo con histeria ante las narices de Draco—. ¡Pero ahora que la magia no funciona el encantamiento ha desaparecido! ¡Y todos los libros que tenía dentro también!
Draco tardó unos segundos en registrar las palabras de la chica. Cuando lo logró, lo primero que hizo fue mirar al cielo pidiendo paciencia por intervención divina.
—¡En el nombre de Merlín! ¿Te pones así por un puñado de libros? —Resopló, incrédulo—. ¡Ya los recuperarás cuando volvamos a casa y puedas deshacer el hechizo!
—Pero, ¿y si los necesitamos? —protestó Hermione, compungida.
—Esto-es-una-selva —articuló Draco, impaciente, devolviéndole la mochila con brusquedad—. No vamos a necesitar libros, por mucho que te cueste entenderlo.
—No sé yo —vaciló Hermione, aún mirando el bolsito con tristeza. Harry rió entre dientes ante la reacción de la chica. Era la única persona que conocía que parecía capaz de ponerse a llorar por haber perdido temporalmente sus libros.
—¡Por las barbas de…! —exclamó de pronto la voz de Ron, que iba en cabeza, tras desaparecer por unos espesos matorrales.
—Ron, ¿qué pasa? ¿Estás bien? —se alarmó Harry, yendo tras él a toda prisa temiendo que le hubiese pasado algo—. ¡Ostras! —exclamó también el moreno, tras atravesar los arbustos.
—¿Qué ocurre? —Preguntó Ángela, preocupándose, y atravesando también los matorrales tras los chicos—. ¡Madre mía! —aulló, cuando también desapareció tras los arbustos.
—¿Pero qué pasa? ¿Qué hay? —se extrañó Hermione, impaciente, olvidándose momentáneamente de sus libros. Por fin atravesó las plantas, junto a Draco, y llegó hasta ellos. Su boca y sus ojos se abrieron de par en par—. ¡Uau!
Ante ellos se extendía un enorme y maravilloso valle con más de media docena de cascadas a su alrededor. Ellos se encontraban en la parte más alta de la hondonada, contemplando desde lo alto las gigantescas cascadas. El agua que caía de ellas se reunía en un grandísimo río en el centro del valle y éste caía con fuerza por una cascada mayor que escapaba a sus ojos. El fuerte ruido del agua era increíblemente relajante y fresco.
—¡Qué pasada! —logró articular Ángela, maravillada—. ¡Qué pasada!
—Es increíble —admitió Draco, contemplando el paisaje y permitiendo que una leve expresión de asombro estropease sus altaneras facciones.
—¡Dios, qué vista tan bonita! —suspiró Hermione, atónita, llevándose ambas manos a la boca.
—Ya te digo —coincidió Harry, admirando el panorama con los ojos muy abiertos tras las gafas.
—Oíd, ¿soy el único al que le están entrando ganas de ir al baño por culpa del ruidito del agua? —preguntó Ron en voz alta, llevándose ambas manos a la entrepierna y encogiéndose levemente.
—¡Ronald, que manera de romper la magia del momento! ¡Eres el colmo! —protestó Hermione, enfadada, golpeándole en el brazo. Harry soltó una carcajada.
—¿Seguimos caminando? —Sugirió el moreno—. No sé a vosotros, pero a mí este precioso paisaje me da nuevas fuerzas.
—A mí también —aseguró Hermione, sonriente, comenzando a andar junto a Malfoy.
—¿Entonces ya se te ha pasado el disgusto por tus libros? —quiso saber Draco, burlón, con falsa dulzura. La sonrisa se borró del rostro de Hermione, y una expresión de rencor la sustituyó.
—Gracias por recordármelo, idiota —murmuró, con la mirada ensombrecida. Ignorando la risotada maliciosa de Draco, giró la cabeza para mirar atrás y gritar por encima de su hombro—: ¿Ángela, vienes?
Todos los demás ya habían echado a andar excepto ella. La morena seguía contemplando el paisaje, totalmente embelesada. Sólo despertó de su ensoñación al oír la llamada de su amiga.
—¡Sí, ya voy! —Aseguró, sonriente, acercándose a ellos casi corriendo—. Lo cierto es que me quedaría viendo esto toda la vida.
Torcieron a la izquierda y continuaron adelante, descendiendo por un estrecho y peliagudo camino que les conducía hasta el suelo del valle, a ras del gran río. Se acercaron a él con vacilación. Había un gigantesco tronco de árbol caído, cubierto de húmedo musgo y del tamaño de una secuoya, que comunicaba ambas orillas del río.
—No tendremos que cruzar por ahí, ¿verdad? —Preguntó Ron con una débil risita histérica, pasando su mirada del agua oscura y rápida al viejo pero grueso tronco.
—Parece que es el único camino —argumentó Harry, mirando el improvisado "puente" con tanto recelo como su amigo.
—No, ahora en serio: ¿os habéis vuelto locos? —Insistió el pelirrojo, incrédulo.
—Hoy estás de suerte, Weasley, estoy de tu parte —intervino Draco, con la misma expresión del pelirrojo—. Me niego a pasar por ahí. Es un suicidio.
—¿Estaréis de broma, no? ¡Si el tronco se rompe vamos a ser comida de pirañas...! —argumentó Ron a la desesperada.
—No creo que nos coman las pirañas, nos ahogaríamos nada más caer al agua —comentó Hermione, echando un vistazo al río—. Parece muy profundo.
—Ahora estoy más tranquilo —repuso Ron, sonriendo cínicamente.
—Habrá que intentarlo, seamos positivos —musitó Ángela, cuyo tono contradijo a sus palabras—. Hay que cruzar este río o de lo contrario tendríamos que dar un rodeo de varios días. La única manera de llegar a la ciudad antes de que se nos acaben las provisiones es cruzar sobre este tronco —Giró el rostro para mirar a Draco con inquietud— ¿Podrás hacerlo, Draco?
—Sí, creo que sí —aseguró el rubio, flexionando levemente la pierna herida para comprobar si le dolía o no—. Pero me sigue pareciendo una soberana falta de sentido común.
—En fin, para qué retrasarlo más —sentenció Harry, para después respirar profundo y lento. Se armó de valor y trepó a lo alto del tronco, comenzando a avanzar a cuatro patas sobre él—. Que sea lo que Merlín quiera…
CONTINUARÁ…
Para saber cómo acaba tendréis que leer el próximo capítulo jajaja xD
¿Qué os ha parecido? ¿Os ha gustado? Espero que sí... Lo he releído tantas veces que ya no puedo encontrarle fallos jeje :)
Tanto si la respuesta es sí como si es no hacédmelo saber en un comentario, por favor.
¡Muchas gracias por leer!
¡Un beso! :D
