Percy y yo no tardamos mucho en recoger nuestras cosas. Decidimos que los cuernos del Minotauro se quedasen en la cabaña, lo que nos dejaba sólo a cada uno con una muda y un cepillo de dientes que meter en las mochilas que nos había buscado Grover. En la tienda del campamento nos prestaron cien dólares y veinte dracmas de oro. Estas monedas, del tamaño de galletas de aperitivo, representaban las imágenes de varios dioses griegos en una cara y el edificio del Empire State en la otra. Los antiguos dracmas que usaban los mortales eran de plata, nos dijo Quirón, pero los Olímpicos sólo utilizaban oro puro. Quirón también dijo que las monedas podrían resultar de utilidad para transacciones no mortales, fueran lo que fuesen.

Nos dio a Annabeth, a Percy y a mí una cantimplora de néctar a cada uno y una bolsa con cierre hermético llena de trocitos de ambrosía, para ser usada sólo en caso de emergencia, si estábamos gravemente heridos. Era comida de dioses, nos recordó Quirón. Nos sanaría prácticamente de cualquier herida, pero era letal para los mortales. Un consumo excesivo nos produciría fiebre. Una sobredosis nos consumiría, literalmente. Fabuloso, ¿a que sí?

Annabeth trajo su gorra mágica de los Yankees, que al parecer había sido regalo de su madre cuando cumplió doce años. Llevaba un libro de arquitectura clásica escrito en griego antiguo, para leer cuando se aburriera, y un largo cuchillo de bronce, oculto en la manga de la camisa. Estaba convencida de que el cuchillo nos delataría en cuanto pasáramos por un detector de metales.

Por su parte, Grover llevaba sus pies falsos y pantalones holgados para pasar por humano. Iba tocado con una gorra verde tipo rasta, porque cuando llovía el pelo rizado se le aplastaba y dejaba ver la punta de los cuernecillos. Su mochila naranja estaba llena de pedazos de metal y manzanas para picotear. En el bolsillo llevaba una flauta de junco que su padre cabra le había hecho, aunque sólo se sabía dos canciones: el Concierto para piano n. ° 12 de Mozart y So Yesterday de Hilary Duff, y ninguna de las dos suena demasiado bien con la flauta de Pan. El pitido en mis oídos lo demuestra.

Nos despedimos de los otros campistas, echamos un último vistazo a los campos de fresas, el océano y la Casa Grande, y subimos por la colina Mestiza hasta el alto pino que antaño fue Thalia, la hija de Zeus.

Quirón nos esperaba sentado en su silla de ruedas. Junto a él estaba un tipo con pinta de surfero. Según Grover, él era jefe de seguridad del campamento con decenas de ojos azules repartidos por todo su cuerpo, por lo que era imposible sorprenderlo. ¿Cómo era capaz de enfocar la vista? No obstante, como llevaba un uniforme de chófer, sólo le vi unos pocos en manos, rostro y cuello.

—Éste es Argos —nos dijo Quirón—. Os llevará a la ciudad y… bueno, os echará un ojo.

—¿Cuál de ellos? —pregunté, irónica, ganándome dos miradas severas y dos risitas ahogadas.

Oí pasos detrás de nosotros. Luke subía corriendo por la colina con unas zapatillas de baloncesto en la mano.

—¡Eh! —jadeó—. Me alegro de pillaros aún. —Annabeth se sonrojó, como siempre que Luke estaba cerca—. Sólo quería desearos buena suerte —le dijo a Percy—. Y pensé que… a lo mejor te sirven.

Le tendió las zapatillas, que parecían bastante normales. Incluso olían bastante normal.

Maya! —dijo Luke.

De los talones de los botines surgieron alas de pájaro blancas. Di un respingo y las dejé caer. Las zapatillas revolotearon por el suelo hasta que la salas se plegaron y desaparecieron.

—¡Alucinante! —musitó Grover.

Luke sonrió.

—A mí me fueron muy útiles en mi misión. Me las regaló papá. Evidentemente, estos días no las utilizo demasiado… —Entristeció la expresión.

Percy se sonrojó tanto como Annabeth.

—Muchas gracias —dijo.

—Oye, Percy… —Luke parecía incómodo—. Hay muchas esperanzas puestas en ti. Así que… mata algunos monstruos por mí, ¿vale?

Se dieron la mano. Luke le dio una palmadita a Grover entre los cuernos y un abrazo de despedida a mí, haciéndome sonrojar, y a Annabeth, que parecía a punto de desmayarse.

Cuando Luke se hubo marchado, Percy le dijo:

—Estás hiperventilando.

—De eso nada.

—Pero ¿no le dejaste capturar la bandera a él en lugar de ir tú?

Apenas podía controlar mi risa. ¡Oh, hermanito, cuánto te estoy queriendo en este momento!

—Oh… Me pregunto por qué querré ir a ninguna parte contigo, Percy.

Descendió por el otro lado de la colina con largas zancadas, hacia donde una furgoneta blanca esperaba junto a la carretera. Argos la siguió, haciendo tintinear las llaves del coche.

Percy recogió las zapatillas voladoras, pero su expresión cambió. Miró a Quirón.

—No me aconsejas usarlas, ¿verdad?

Negó con la cabeza.

—Luke tenía buena intención, Percy. Pero flotar en el aire… no es lo más sensato que puedes hacer.

—Amén a eso —asentí. Volar + hijos de Poseidón = malo.

Percy meneó la cabeza y miró a Grover.

—Eh, Grover, ¿las quieres tú?

Se le encendió la mirada.

—¿Yo?

En poco tiempo atamos las zapatillas a sus pies falsos, y el primer niño cabra volador del mundo quedó listo para el lanzamiento.

Maya! —gritó.

Despegó sin problemas, pero al poco se cayó de lado, desequilibrado por la mochila. Las zapatillas aladas seguían aleteando como pequeños potros salvajes.

—¡Práctica! —le gritó Quirón por detrás—. ¡Sólo necesitas práctica!

—¡Ah!

Grover siguió volando en zigzag colina abajo, casi a ras del suelo, como un cortador de césped poseso, en dirección a la furgoneta. Esperaba que no se hubiera estrellado contra nada.

Antes de seguirlo, Quirón nos agarró a Percy y a mí del brazo.

—Debería haberos entrenado mejor, chicos —dijo—. Si hubiera tenido más tiempo… Hércules, Jasón… todos recibieron más entrenamiento.

—No te preocupes, Quirón. —Le sonreí, intentando tranquilizarle.

—No pasa nada —coincidió Percy—. Sólo que ojalá… —Calló de repente. Parecía que algo le molestaba por dentro.

—Pero ¿dónde tengo la cabeza? —exclamó Quirón—. No puedo dejar que os vayáis sin esto.

Se quitó el anillo que llevaba en el dedo y me lo dio. Estaba hecho de bronce —supuse, no tenía ni idea de metales— y en el centro tenía una perla verde azulada del tamaño de una canica. Era muy bonito. Luego sacó algo del bolsillo del abrigo y se lo entregó a Percy. Era un bolígrafo desechable normal y corriente, de tinta negra y con tapa, que solías encontrar en una papelería por unos cuantos centavos.

—Madre mía —dijo, no queriendo parecer decepcionado—. Gracias.

—Son regalos de vuestro padre —aclaró el centauro—. Los he guardado durante años, sin saber que os estaba destinado. Pero ahora la profecía se ha manifestado claramente. Sois vosotros.

Recordé la excursión al Museo Metropolitano de Arte, cuando pulverizamos a la señora Dodds. Quirón nos había lanzado un anillo y un bolígrafo que se convirtieron en espadas. ¿Serían aquellos…?

Percy le quitó la tapa, y el bolígrafo creció y, al instante siguiente, sostenía una espada de bronce brillante y de doble filo, con empuñadura plana de cuero tachonado en oro.

—La espada tiene una larga y trágica historia que no hace falta que repasemos —le dijo Quirón—. Se llama Anaklusmos.

—Contracorriente —tradujo, sorprendido.

Quirón señaló a mi anillo, concretamente a la perla.

—Presiónala —me instó.

Lo hice y, en menos de un segundo, el anillo desapareció para dar lugar a una espada idéntica a la de mi hermano, salvo que en la empuñadura había incrustada una perla idéntica a la que había habido en el anillo.

—Esta espada es la gemela de Anaklusmos, dado que fueron hechas con el mismo bronce celestial —explicó Quirón—. La encargó el mismísimo Poseidón. Su nombre es Seísmo.

—Terremoto —murmuré, mirando la hoja minuciosamente. ¿Desde cuándo traducía de griego a inglés?

—Usadlas sólo para emergencias, y sólo contra monstruos. Ningún héroe debe hacer daño a los mortales a menos que sea absolutamente necesario, pero estas espadas no los lastimarán en ningún caso.

Miré la afiladísima hoja. Tenía la impresión de que me rebanaría el dedo si la rozaba.

—¿Qué quiere decir con que no lastimará a los mortales? ¿Cómo puede no hacerlo?

—La espada está hecha de bronce celestial. Forjado por los cíclopes, templado en el corazón del monte Etna y enfriado en las aguas del río Lete. Es letal para los monstruos y para cualquier criatura del inframundo, siempre y cuando no te maten primero, claro. —Definitivamente Quirón tenía el tacto donde no debía—. Sin embargo, a los mortales los atraviesa como una ilusión; sencillamente, no son lo bastante importantes para que la espada los mate. ¡Ah!, y he de advertiros otra cosa: como semidioses, podéis perecer tanto bajo armas celestiales como normales. Sois doblemente vulnerables.

—Es bueno saberlo —resoplé—. ¿Debo a tocar la perla para que vuelva a ser un anillo?

Quirón asintió. Presioné la piedra de nuevo y en menos de lo que canta un gallo ya tenía un anillo en la mano. Lo deslicé en el dedo corazón de mi mano izquierda. Sentía que estaba mejor ahí, ya que yo era diestra y podría manejarla con más rapidez.

—Ahora tápalo —le dijo a Percy.

Tocó la punta de la espada con la tapa del bolígrafo y Anaklusmos se encogió hasta convertirse de nuevo en bolígrafo. No pude evitar hacer una mueca cuando vi que lo metía en su bolsillo. Percy era especialista en perder bolígrafos en tiempo récord, como para entrar en los Guinness. Yo ya había aprendido a no prestárselos cuando el año pasado me pidió uno. Me había dado la vuelta sólo un segundo, pero él se las había arreglado para que cayera por la ventana.

—No podéis —dijo Quirón.

—¿Qué no podemos? —preguntó Percy.

—Perderlos —dijo—. Los dos están encantados. Siempre reaparecerá en tu bolsillo —señaló a Percy y luego a mí— y en tu mano. Intentadlo.

Nos mostramos recelosos, pero los lanzamos tan lejos como pudimos colina abajo y los vi desaparecer entre la hierba.

—Puede que tarde unos instantes —dijo Quirón—. Ahora mira en tu bolsillo, Percy.

Por la cara que puso Percy al meter la mano en su bolsillo, supuse que su boli estaba ahí. Y, en efecto, mi anillo había vuelto. Ni siquiera había notado el tacto del anillo al volver.

—Vale, esto sí que mola —admití—, pero ¿qué pasa si un mortal nos ve sacando las espadas?

Quirón sonrió.

—La niebla siempre ayuda, Lily.

—¿La niebla?

—Sí. Leed la Ilíada. Está llena de referencias a ese asunto. Cada vez que los elementos monstruosos o divinos se funden con el mundo mortal, generan niebla, y ésta oscurece la visión de los humanos. Vosotros, siendo mestizos, veréis las cosas como son, pero los humanos lo interpretarán de otra manera. Es increíble hasta dónde pueden llegar los humanos con tal que las cosas encajen en su versión de la realidad.

Rocé con mis dedos el metal del anillo. Por primera vez sentí que la misión era real. Estábamos abandonando la Colina Mestiza. Nos dirigíamos al oeste sin supervisión adulta, sin un plan de emergencia alternativo, ni siquiera un teléfono móvil (Quirón nos había contado que los monstruos podían rastrear los móviles; llevar uno sería peor que lanzar una bengala). Percy y yo no teníamos otras armas más poderosas que dos espadas para luchar contra monstruos y llegar al Mundo de los Muertos.

—Quirón, cuando dices que los dioses son inmortales… Me refiero a que… hubo un tiempo antes de ellos, ¿no? —pregunté.

—Hubo cuatro edades antes de ellos. La Era de los Titanes fue la Cuarta Edad, a veces llamada Edad de Oro, nombre que desde luego no le hace justicia. Esta, la era de la civilización occidental y el mandato de Zeus, es la Quinta.

—¿Y cómo era… antes de los dioses?

Quirón apretó los labios ante la pregunta de Percy.

—Ni siquiera yo soy tan viejo como para acordarme de eso, niño, pero sé que fue una época de oscuridad y barbarie para los mortales. Cronos, el señor de los titanes, llamó a su reinado la Edad de Oro porque los hombres vivían inocentes y libres de todo conocimiento. Pero eso no era más que propaganda. Al rey de los titanes poco le importaban los de vuestra especie, salvo como entremeses o como fuente de entretenimiento barato. Hasta los primeros tiempos del reinado de Zeus, cuando Prometeo, el titán bueno, entregó el fuego a la humanidad, tu especie no empezó a progresar, y Prometeo fue considerado un pensador radical incluso entonces. Zeus lo castigó severamente, como recordaréis. Por supuesto, al final los humanos empezaron a caer simpáticos a los dioses, y así nació la civilización occidental.

—Pero ahora los dioses no pueden morir, ¿no? —preguntó Percy nerviosamente—. Quiero decir, mientras la civilización occidental siga viva, ellos seguirán también. Así que… aunque nosotros fracasásemos, nada podría ir tan mal como para que se desmadre todo, ¿no?

Por instinto, cogí su mano y le di un apretón, queriendo aportarle apoyo. Quirón sonrió con melancolía.

—Nadie sabe cuánto tiempo durará la Edad del Oeste, Percy. Los dioses son inmortales, sí. Pero también lo eran los titanes. Y siguen existiendo, encerrados en sus distintas prisiones, obligados a soportar dolor y castigos interminables, reducido su poder, pero aún vivitos y coleando. Que las Moiras impidan que los dioses sufran jamás una condena tal, o que nosotros regresemos a la oscuridad y el caos del pasado. Lo único que podemos hacer, niño, es seguir nuestro destino.

—Nuestro destino… —dije— suponiendo que sepamos cuál es.

—Relajaos y mantened la cabeza despejada. Y recordad: puede que estéis apunto de evitar la mayor guerra en la historia de la humanidad.

—Relájate —repitió Percy—. Estoy muy relajado.

—Pues eres el único —murmuré.

Cuando llegamos al pie de la colina, volví la vista atrás. Bajo el pino que había sido Thalia, hija de Zeus, Quirón se erguía en toda su altura de hombre caballo y nos despidió levantando el arco. La típica despedida de campamento del típico centauro.


Argos nos condujo a la parte oeste de Long Island. Quería saber de quien fue la brillante idea de ponerme entre la ventana y Annabeth. La frase «estar entre la espada y la pared» ya no me parecía tan mala, fíjate lo que digo. Al menos la furgoneta era lo suficientemente espaciosa como para que no tuviéramos que apretarnos cuatro personas en el asiento trasero.

—De momento bien —le dijo Percy a Annabeth—. Quince kilómetros y ni un solo monstruo.

Le lanzó una mirada de irritación. Luego dijo:

—Da mala suerte hablar de esa manera, sesos de alga.

—Recuérdamelo de nuevo, ¿vale? —le dije—. ¿Por qué nos odias tanto?

—No os odio.

—Pues casi me engañas —murmuró mi hermano.

Dobló su gorra de invisibilidad.

—Mira… es sólo que se supone que no tenemos que llevarnos bien. Nuestros padres son rivales.

—¿Por qué?

—¿Cuántas razones quieres? —suspiró—. Una vez mi madre sorprendió a Poseidón con su novia en el templo de Atenea, algo sumamente irrespetuoso. En otra ocasión, Atenea y Poseidón compitieron por ser el patrón de la ciudad de Atenas. Vuestro padre hizo brotar un estúpido manantial de agua salada como regalo. Mi madre creó el olivo. La gente vio que su regalo era mejor y llamaron a la ciudad con su nombre.

—Deben de gustarles mucho las olivas.

Tuve que morderme el labio para no sonreír.

—Eh, pasa de mí.

—Hombre —continuó Percy—, si hubiera inventado la pizza… eso podría entenderlo.

A este punto, Grover y yo hacíamos lo posible para no morir de la risa. Pero, al parecer, a Annabeth no le resultó gracioso, porque le espetó:

—¡Te he dicho que pases de mí!

Todo atisbo de diversión se borró de mi cara. Casi me pareció oír a Percy susurrar: «Oh, oh».

—¿Qué pasa contigo, Chase? —exclamé, sintiendo mis mejillas arder por la ira—. ¿Tan poca personalidad tienes que escoges a tus amigos según se lleven sus padres con tu madre? —Ella abrió la boca con indignación, dispuesta a contraatacar, pero yo estaba lanzada—. Pues bien, te voy a aclarar una cosa: ni tú eres Atenea ni nosotros somos Poseidón, así que no traigas sus problemas aquí, porque ellos no salen en esta foto. ¿Lo pillas o debo repetirlo?

Annabeth me lanzó una mirada fulminante, roja de ira —o de vergüenza, no lo tenía claro—, pero no dijo nada para contradecirme. Detrás de ella, Grover y Percy levantaron los pulgares en señal de apoyo. Tuve que girarme para que la sabionda no me viera sonreír. Argos sonrió en el asiento delantero. No dijo nada, pero nos guiñó el ojo azul que tenía en la nuca.

El tráfico de Queens empezó a ralentizarnos. Cuando llegamos a Manhattan, el sol se estaba poniendo y había empezado a llover. La furgoneta se sumió en un silencio mortal que consistía en Annabeth lanzándome dagas por los ojos, yo mirando por la ventana para no verla a ella, y Percy y Grover mirándose el uno al otro nerviosos, no queriendo decir algo que nos hiciera explotar a alguna de las dos. Después de mi Argos nos dejó en la estación de autobuses Greyhound del Upper EastSide, no muy lejos del apartamento de Gabe y mamá. Pegado a un buzón, había un cartel empapado con nuestras fotos: «¿Han visto a estos chicos?». Percy lo arrancó antes de que Annabeth y Grover se dieran cuenta.

Argos descargó nuestro equipaje, se aseguró de que teníamos nuestros billetes de autobús y luego se marchó, abriendo el ojo del dorso de la mano para echarnos un último vistazo mientras salía del aparcamiento.

Pensé en lo cerca que estaba de mi antiguo apartamento. En un día normal, mamá ya habría vuelto a casa de la tienda de golosinas. Probablemente Gabe el Apestoso estaría allí en aquel momento, jugando al póquer y sin echarla siquiera de menos. Grover se cargó al hombro su mochila. Miró hacia donde Percy y yo estábamos mirando.

—¿Queréis saber por qué se casó con él, chicos?

—¿Me estabas leyendo la mente o qué? —repuso Percy, mirándolo un poco sorprendido.

—Sólo vuestras emociones —se encogió de hombros—. Supongo que se me ha olvidado deciros que los sátiros tenemos esa facultad. Estabais pensando en vuestra madre y vuestro padrastro, ¿verdad?

Asentimos. Yo me preguntaba qué más se habría olvidado Grover de contarnos.

—Vuestra madre se casó con Gabe por vosotros. Lo llamáis «apestoso», pero os quedáis cortos. Ese tipo tiene un aura… ¡Puaj! Lo huelo desde aquí. Huelo restos de él en vosotros, y ni siquiera habéis estado cerca desde hace una semana.

Sentí mi estómago revolverse ante la idea de oler como Gabe.

—Gracias —respondió Percy sarcásticamente—. ¿Dónde está la ducha más cercana?

—Tendrías que estar agradecido, Percy. Vuestro padrastro huele tan asquerosamente a humano que es capaz de enmascarar la presencia de cualquier semidiós. Lo supe en cuanto olfateé el interior de su Camaro: Gabe lleva ocultando vuestra esencia durante años. Si no hubieseis vivido con él todos los veranos, probablemente los monstruos os habrían encontrado hace mucho tiempo. A los mestizos que también tienen el mismo padre mortal los suelen separar al nacer para que no los encuentren con más rapidez. Vuestra madre se quedó con él para protegeros. Era una señora muy lista. Debía de quereros mucho para aguantar a ese tipo… por si os sirve de consuelo.

No me servía de ningún consuelo, pero me abstuve de expresarlo.

«Volveré a verla —pensé—. No se ha ido»

Me pregunté si Grover seguiría leyendo mis emociones, mezcladas como estaban. Me alegraba de que él y Annabeth estuvieran con nosotros, pero me sentía culpable por no haber sido sincera con ellos. No les habíamos contado el motivo por el que Percy y yo habíamos aceptado aquella loca misión. La verdad era que nos daba igual recuperar el rayo de Zeus, salvar el mundo o siquiera ayudar a nuestro padre a salir del lío. Cuanto más pensaba en ello, más rencor le guardaba a Poseidón por no habernos visitado nunca, ni haber ayudado a mamá, ni siquiera habernos enviado un miserable cheque para la pensión. Sólo nos reclamaba porque necesitaba que le hiciéramos un trabajito. Lo único que nos importaba era mamá. Hades se la había llevado injustamente, y Hades iba a devolvérnosla.

«Seréis traicionados por quien se dice vuestro amigo —susurró el Oráculo en mi mente—. Al final, no conseguiréis salvar lo más importante».

«Muérdete la lengua y déjame en paz», le ordené.


La lluvia no cesaba. La espera nos impacientaba y decidimos jugar a darle toquecitos a una manzana de Grover. Annabeth (aunque no lo admitiría en voz alta) era increíble. Hacía botar la manzana en su rodilla, codo, hombro, lo que fuera. Percy y yo tampoco éramos muy malos. El juego terminó cuando le lancé la manzana a Grover demasiado cerca de su boca. En un mega mordisco de cabra engulló nuestra pelota. Grover se ruborizó e intentó disculparse, pero Annabeth, Percy y yo estábamos muriéndonos de risa.

Por fin llegó el autobús. Cuando nos pusimos en fila para embarcar, Grover empezó a mirar alrededor, olisqueando el aire como si oliera su plato favorito de la cafetería: enchiladas.

—¿Qué pasa? —le preguntó Percy.

—No lo sé. A lo mejor no es nada.

Pero se notaba que sí era algo. Empecé a mirar yo también por encima del hombro. Me sentí aliviada cuando por fin subimos y encontramos asientos juntos al final del autobús. Guardamos nuestras mochilas en el portaequipajes. Annabeth no paraba de sacudir con nerviosismo su gorra de los Yankees contra el muslo.

Cuando subieron los últimos pasajeros, Annabeth nos llamó en voz baja:

—Percy. Lily. —No tuve tiempo de cuestionarle el por qué tenía la mano en la rodilla de mi hermano.

Una anciana acababa de subir. Llevaba un vestido de terciopelo arrugado, guantes de encaje y un gorro naranja de punto; también llevaba un gran bolso estampado. Cuando levantó la cabeza, sus ojos negros emitieron un destello, y mi pulso estuvo a punto de pararse. Era la señora Dodds. Más vieja y arrugada, pero sin duda la misma cara perversa. Me agaché en el asiento. Detrás de ella venían otras dos viejas: una con gorro verde y la otra con gorro morado. Por lo demás, tenían exactamente el mismo aspecto que la señora Dodds: las mismas manos nudosas, el mismo bolso estampado, el mismo vestido arrugado. Un trío de abuelas diabólicas. Se sentaron en la primera fila, justo detrás del conductor. Las dos del asiento del pasillo miraron hacia atrás con un gesto disimulado pero de mensaje muy claro: de aquí no sale nadie.

El autobús arrancó y nos encaminamos por las calles de Manhattan, relucientes a causa de la lluvia.

—No ha pasado muerta mucho tiempo —dijo Percy, intentando evitar el temblor en su voz—. Creía que habías dicho que podían ser expulsadas durante una vida entera.

—Dijo que si teníamos suerte —recordé, más pálida que un muerto—. Evidentemente, no la tenemos.

—Las tres —sollozó Grover—. Di inmortales!

—No pasa nada —dijo Annabeth, esforzándose por mantener la calma—. Las Furias. Los tres peores monstruos del inframundo. Ningún problema. Escaparemos por las ventanillas.

—No se abren —musitó Grover.

—¿Hay puerta de emergencia?

No la había. Y aunque la hubiera, no habría sido de ayuda. Para entonces, estábamos en la Novena Avenida, de camino al puente Lincoln.

—No nos atacarán con testigos, ¿verdad? —sugirió Percy, esperanzado.

—Los mortales no tienen buena vista —le recordó Annabeth—. Sus cerebros sólo pueden procesar lo que ven a través de la niebla.

—Verán a tres viejas matándonos, ¿no?

Pensó en ello.

—Es difícil saberlo. Pero no podemos contar con los mortales para que nos ayuden. ¿Y una salida de emergencia en el techo…?

Llegamos al túnel Lincoln, y el autobús se quedó a oscuras salvo por las bombillitas del pasillo. Sin el repiqueteo de la lluvia contra el techo, el silencio era espeluznante. La señora Dodds se levantó. Como si lo hubiera ensayado, anunció en voz alta:

—Tengo que ir al aseo.

—Y yo —añadió la segunda furia.

—Y yo —repitió la tercera.

Y las tres echaron a andar por el pasillo.

—Qué falta de imaginación. —Estaba flipando tanto que me olvidé por un momento de la gravedad de la situación.

—Percy, ponte mi gorra —le urgió Annabeth.

—¿Para qué?

—Os buscan a vosotros dos. Vuélvete invisible y déjalas pasar. Lily puede arrastrarse por debajo de los asientos, es lo suficientemente pequeña. Luego intentad llegar a la parte de delante y escapad.

—¿Qué? —susurré furiosamente, obviando que me había llamado «pequeña»—. ¿Te has vuelto loca, Chase?

—Al contrario, Jackson, soy la más cuerda que hay aquí.

Percy intentó replicar.

—Pero vosotros…

—Hay bastantes probabilidades de que no reparen en nosotros. Sois hijos de uno de los Tres Grandes, ¿recuerdas? Puede que vuestro olor sea abrumador.

—No podemos dejaros —dijo.

—No os preocupéis por nosotros —insistió Grover—. ¡Id!

Con las manos temblorosas, Percy agarró la gorra de los Yankees y se la puso. Un parpadeo después, ya no estaba a la vista. Debía reconocer que era bastante guay.

Miré a Grover y a Annabeth otra vez, que parecían dispuestos a tirarme al suelo para que me fuera. Sintiéndome una cobarde y una mala amiga, me agaché y empecé a arrastrarme. ¿Cómo es que ninguno de los pasajeros me vio en el suelo? No tengo ni idea. Supongo que, teniendo en cuenta que era una mestiza, tuve bastante suerte. Lo que si me costó bastante fue no chocar contra las piernas que obstaculizaban mi camino. Me daba la impresión de que cada vez estaban más separadas, ocupando más espacio.

Cuando por fin pasé diez filas, mi cabeza golpeó algo. Algo invisible.

—¡Percy! —susurré. A cambio recibí un «¡Shh!» de su parte. Se le estaba pegando la grosería de Annabeth.

En ese momento vi las piernas flácidas de las supuestas ancianas, ocupé el largo de los asientos con mi cuerpo para que no se me vieran las piernas. Sentí un vuelco en el corazón cuando la vieja que llevaba la delantera se detuvo entre dos asientos, uno de los cuales era el mío. Escuché cómo olisqueaba como si fuera un perro de presa y siguió caminando, con las otras dos detrás. Me aguanté un suspiro aliviado y seguí arrastrándome, ya sin barreras físicas. Seguro que Percy había salido por patas en cuanto las Furias continuaron. ¿Alguien podía culparlo? Yo no.

Finalmente llegué a la primera fila de asientos. Estaba a punto de salir de mi escondite cuando oí unos aullidos espeluznantes en la parte de atrás. Me arriesgué y asomé la cabeza un poco por el pasillo. La vista que tuve casi me da un infarto.

Las ancianas ya no eran ancianas. Sus rostros seguían siendo los mismos —supongo que no podían volverse más feas—, pero a partir del cuello habían encogido hasta transformarse en cuerpos de arpía marrones y coriáceos, con alas de murciélago y manos y pies como garras de gárgola. Los bolsos se habían convertido en fieros látigos. Sin embargo, lo que me aterrorizó no fue eso, sino el hecho de que estaban esgrimiendo sus látigos hacia a Grover y Annabeth, acorralándolos.

—¿Dónde está? ¿Dónde? —silbó la señora Dodds entre dientes.

Los demás pasajeros gritaban y se escondían bajo sus asientos. Bueno, por lo menos veían algo.

—¡No están aquí! —escuché a Annabeth gritar—. ¡Se han ido!

Las Furias levantaron los látigos. Annabeth sacó el cuchillo de bronce. Grover agarró una lata de su mochila y se dispuso a lanzarla. No me dio tiempo a reaccionar, ya que, de repente, el autobús se sacudió violentamente. Todo el mundo aulló al ser lanzado hacia la derecha —incluyéndome—, y yo oí lo que esperaba fuera el sonido de tres Furias aplastándose contra las ventanas.

—¡Eh, eh! ¿Qué dem…? —oí gritar al conductor—. ¡Uaaaah!

El autobús siguió moviéndose como loco y rozó la pared del túnel, chirriando, rechinando y lanzando chispas alrededor. Se movía en zigzag, como si estuviera esquivando conos de tráfico, pero a lo bestia. Yo mientras tanto rodaba en el suelo como una salchicha, de un lado para otro. Era como si… como si alguien estuviera peleando por el volante.

«La madre que lo trajo…», fue lo primero que se me vino a la cabeza. Empezaron a ocurrírseme muchas formas para matar a mi hermano mayor. Una más cruel que la otra.

Salimos del túnel Lincoln a toda velocidad y volvimos a la tormenta, hombres y monstruos dando tumbos dentro del autobús, mientras los coches eran apartados o derribados como si fueran bolos. De algún modo, el conductor encontró una salida. Era capaz de ver algo por las ventanas del otro lado del autobús. Dejamos la autopista a todo trapo, cruzamos media docena de semáforos y acabamos, aún a velocidad de vértigo, en una de esas carreteras rurales de Nueva Jersey en las que es imposible creer que haya tanta nada justo al otro lado de Nueva York. Había un bosque a la izquierda y el río Hudson a la derecha, hacia donde el conductor parecía dirigirse.

Espontáneamente, el autobús aulló, derrapó ciento ochenta grados sobre el asfalto mojado y se estrelló contra los árboles.

Nota mental: jamás poner a Percy al volante de un vehículo.

Se encendieron las luces de emergencia. La puerta se abrió de par en par. El conductor fue el primero en salir, y los pasajeros lo siguieron gritando como enloquecidos.

Salí de debajo de los asientos delanteros, tambaleándome. Me sentía como si hubiera bajado del tiovivo más rápido del mundo. Las Furias recuperaron el equilibrio. Revolvieron sus látigos contra Annabeth, mientras ésta amenazaba con su cuchillo y les ordenaba que retrocedieran en griego clásico. Grover les lanzaba trozos de lata.

Observé la puerta abierta. Era libre de marcharme, pero no podía dejar a mis amigos, y ni siquiera sabía si Percy seguía dentro del autobús. Salí al pasillo, donde estaría a la vista de las Furias, y agité los brazos.

-¡Eh!

Un movimiento a mi lado me sobresaltó. Percy se había quitado la gorra de invisibilidad. Las Furias se volvieron, nos mostraron sus colmillos amarillos y de repente la salida me pareció una idea fenomenal.

La señora Dodds se abalanzó hacia nosotros por el pasillo, como hacía en clase justo antes de entregarme un muy deficiente en el examen de matemáticas. Cada vez que su látigo restallaba, llamas rojas recorrían la tralla. Sus dos horrendas hermanas se precipitaron saltando por encima de los asientos como enormes y asquerosos lagartos.

—Perseus y Lillian Jackson —dijo la señora Dodds con tono de ultratumba—, habéis ofendido a los dioses. Vais a morir.

—Me gustaba más como profesora de matemáticas —le dijo Percy. Tenía la manía de insultar a los monstruos cuando estaban a punto de matarnos.

Gruñó. Annabeth y Grover se movían tras las Furias con cautela, buscando una salida. Me quité el anillo y presioné la perla en él, a la vez que Percy destapaba su bolígrafo. Seísmo y Anaklusmos se alargaron hasta convertirse en dos brillantes espadas de doble filo idénticas.

Las Furias vacilaron. La señora Dodds ya tenía el dudoso placer de conocer las hojas de Anaklusmos y Seísmo. Evidentemente, no le gustó nada volver a verlas.

—Someteos ahora —silbó entre dientes—, y no sufriréis tormento eterno.

—Buen intento —contesté.

—¡Chicos, cuidado! —nos advirtió Annabeth.

La señora Dodds enroscó su látigo en la espada de Percy, pero él consiguió no soltar a Anaklusmos mientras las otras dos Furias se nos echaban encima. Golpeé a la Furia de la izquierda con una patada y la envié de espaldas contra un asiento. Benditas clases de defensa personal de la sabionda. Percy le asestó un tajo a la de la derecha. En cuanto la hoja tocó su cuello, gritó y explotó en una nube de polvo. Annabeth aplicó a la señora Dodds una llave de lucha libre y tiró de ella hacia atrás, mientras Grover le arrebataba el látigo.

—¡Ay! —gritó él—. ¡Ay! ¡Quema! ¡Quema!

La Furia a la que le había pateado en el hocico volvió a atacarme, con las garras preparadas, pero le asesté un mandoble y se abrió como una piñata. La señora Dodds intentaba quitarse a Annabeth de encima. Daba patadas, arañaba, silbaba y mordía, pero Annabeth aguantó mientras Grover le ataba las piernas con su propio látigo. Al final ambos consiguieron tumbarla en el pasillo. Intentó levantarse, pero no tenía espacio para batir sus alas de murciélago, así que volvió a caerse.

—¡Zeus os destruirá! —prometió—. ¡Vuestras almas serán de Hades!

Braceas meas vescimini! —le gritó Percy.

Le miré como si le hubiera salido otra cabeza. ¿Acababa de decir en latín «Cómete mis pantalones»? ¿Desde cuándo Percy sabía latín? ¿Y desde cuando yo sabía traducirlo?

Un trueno sacudió el autobús. Se me erizó el vello de la nuca.

—¡Salid! —ordenó Annabeth—. ¡Ahora!

No necesité que me lo repitiese. Salimos corriendo fuera y encontramos a los demás pasajeros vagando sin rumbo, aturdidos, discutiendo con el conductor o dando vueltas en círculos y gritando impotentes.

—¡Vamos a morir!

Un turista con una camisa hawaiana nos hizo una foto a mi hermano y a mí antes de que pudiéramos tapar las espadas.

—¡Nuestras bolsas! —dijo Grover—. Hemos dejado nues…

¡BUUUUUUM!

Las ventanas del autobús explotaron y los pasajeros corrieron despavoridos. El rayo dejó un gran agujero en el techo, pero un aullido enfurecido desde el interior me indicó que la señora Dodds aún no estaba muerta.

—¡Corred! —exclamó Annabeth—. ¡Está pidiendo refuerzos! ¡Tenemos que largarnos de aquí!

Nos internamos en el bosque bajo un diluvio, con el autobús en llamas a nuestra espalda y nada más que oscuridad ante nosotros.