Nota del autor:
(se sonroja) tanta adulación me va a subir el ego, y no quiero eso… no quisiera que me adularan tanto. Pero qué le vamos a hacer, las adulaciones (mientras no rayen en la excesiva lambonería, o lambisconería, o como sea que se le llame en su nación de procedencia) serán siempre bien recibidas.
Aun así, se me ha presentado una disyuntiva muy difícil en este instante: no sé si deba continuar esta historia, debido a que estoy enfilando la mayor parte de mis esfuerzos en Una Esperanza de Paz, proyecto al cual estoy dedicado en cuerpo y alma desde que lo inicié, y en el cual estoy poniendo mi alma, corazón y vida para proseguirlo. No deseo dejar este proyecto a un lado, pero sí he de tener que escoger entre alguna de estos dos proyectos activos (o entre esta historia y una esperanza de paz) sería muy difícil para mí. Aun así, esta decisión está en veremos, pues a pesar de que tengo demasiadas ideas (que aún no he puesto en orden), no puedo dejar ni desatender a UEP bajo ningún motivo.
Recibiré sus opiniones gustoso por MP, e intentaré continuar esta historia a medida que transcurra el tiempo.
De paso, va a haber Bara para todos los aficionados al género.
Por lo pronto, los dejo con este nuevo capítulo. Disfrútenlo.
Capítulo 10. Un bautizo de locos.
Berlín, temprano en la mañana…
—te dije que no…
—pero Lud, per amore di dio santissimo, no es correcto que dejemos a los niños así.
—te dije que no, no quiero obligar a los niños a seguir una fe que tu o yo les impongamos
Después de un mes, las discusiones giraban alrededor de ese tema. Los choques entre Feliciano y su pareja eran cosa de cada día. La razón, ya la conocerán.
Naturalmente, los dos estaban algo cansados por el hecho sencillo de que la crianza era difícil en un amplio sentido. Biberones, pañales, radiotransmisores, un complejo sistema de vigilancia que supervisaba al par de gemelos día a día. En algunos casos, les era inevitable llevárselos consigo… y eso era incómodo en todo sentido para algunas naciones, en especial a cierto Ingles de espesas cejas. Total, creo que ya estoy cambiando de tema.
En que íbamos... ah!, sí.. en que Feli y Lud estaban discutiendo.
Naturalmente las discusiones se habían redoblado exponencialmente especialmente después del primer mes. La razón: Ludwig no quería bautizar a los niños en la fe católica, debido a ciertos principios personales sobre la libertad de culto y todo eso. No es que Ludwig fuese un ateo (aunque no era un ferviente creyente, y rara era la vez a la que asistía a un servicio religioso, ya fuera una misa católica o un servicio luterano, y su hermano Alphonse se lo reprochaba muy a menudo), pero sentía demasiados escrúpulos al respecto (y también a ciertas desavenencias con su cuñado, Gabriel, desavenencias que no vienen al caso relatar). Feliciano, un católico devoto de misa y camándula (aunque no en desmedido exceso) insistía con todo ese inmenso cariño que le prodigaba a su pareja que los permitiera bautizar.
—no puedes presionarlos e imponerles una fe que puede que rechacen o acepten… cuando tengan la edad ya podrán aceptar claramente la fe cristiana o creer en lo que les plazca.
—tienes que considerarlo amore.. —insiste el italiano.
Se oye un chillido bastante audible. Luego, un segundo. Deben de ser los niños.
—yo iré —dijo entonces Italia de forma seca.
Marco y Alessandro estaban en sus cunas, llorando a grito herido. Instintivamente el italiano sabía lo que estaba pasando: con uno, era cambiar el pañal. El otro sencillamente quería atención. Sería difícil, pues no podría cargar con los dos al mismo tiempo.
—Ludwig, por favor ayúdame con los niños —exclamó entonces el italiano.
El alemán se dirige entonces presto hacia la habitación, para ver en que puede ayudar. Y en este caso, le toca cambiar el pañal.
Y si en Berlín no llueve, por Madrid ni escampa…
—TE HE DICHO CIENTOS DE VECES QUE NO!, NO VOY A PERMITIR QUE ESE PERVERTIDO BASTARDO SE ACERQUE A PEPPINO!
—Lovi… Francis no es tan malo, tienes que reconsiderarlo
—NO ES NO, PEDAZO DE IDIOTA!
Naturalmente la discusión giraba alrededor de quien sería el padrino de bautismo del hijo que habían tenido. En algo habían coincidido: uno de los dos padrinos sería evidentemente Juan Pablo, a pesar de que eso levantaría ampolla entre algunos latinos. Por lo demás, el segundo padrino era lo que más problema causaba. Antonio insistía en que Francis fuese el padrino, naturalmente Lovino se oponía al respecto.
Total, también la misma familia estaba dividida al respecto sobre quién sería el padrino de bautismo de Pablo José. Rocío, Patxi y Jordi no le veían oposición a que Francis fuese el padrino de bautizo del niño. Mientras que Mauricio, Fernando, Pauloy Esteban estaban del lado de Lovino, lo cual daba a entender que se oponían en todo sentido a que el francés fuese el padrino de Pablo José Vargas Carriedo, o como empezaba a ser conocido entre la familia, Pablito.
El niño por su parte estaba en la cuna, indiferente a las discusiones de sus padres, mirando con sus enormes y encantadores ojos verdes el móvil de estrellas y soles que Paulo le había obsequiado. Pero ciertamente, apenas transcurrido el primer mes había demostrado ser un chico tal vez demasiado temperamental, que no dudaba en estallar en llanto a la menor provocación, aunque habían días en los que naturalmente permanecía calmado todo el santo día, sin emitir queja de ningún tipo.
Y en esos momentos su comportamiento demostraba una cosa: tendía a ser igual de irritable (o para ser más precisos tsundere) como el papá. Aunque algunas veces era calmado como la "mamá". Total, a veces uno quedaba medio perdido para ver a quien había salido.
Lovino había demostrado ser un padre abnegado y devoto en todo sentido, como todo buen padre italiano lo era[1]. Antonio tampoco se quedaba atrás, pues siendo "madre" tenía que hacerse cargo de alimentarlo, cuidarlo, bañarlo, vestirlo…. En fin. Su trabajo era las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, y de no ser por Rocío, Deyanira, Nadia o Fernando, (o mejor dicho, el abuelo Fernando) se hubiese enloquecido en poco tiempo. Lovino también hacia su parte, aunque con algo de natural torpeza, pero la ayuda era lo que contaba.
Se oye un llanto fuerte. Debe de ser el niño.
—Perfecto, ahora Pablito está llorando —espetó el español irritado— y después será difícil calmarlo
—es tu culpa idiota —responde malhumorado el sur italiano —si dejaras de insistir en que el bastardo pervertido ese de tu amigo fuera el padrino del niño, nos evitaríamos todo esto
—no pienso ceder, mi Lovi..
—pues yo tampoco, idiota.
Rápidamente los dos se dirigieron al cuarto, para ver si podrían consolar al niño de algún modo.
Regresando a Berlín, con Lud y Feli…
Cambiar un pañal era un arte en todo el amplio sentido de la palabra. Y Ludwig era consciente de eso.
El turno le tocaba a Alessandro. Y eso sí que era un problema, pues con el paso de los días el mayor de los gemelos (por cinco minutos) había demostrado ser un completo inquieto en todo sentido. Era difícil mantenerlo en el corral, y de alguna forma buscaba salir del mismo para explorar su entorno. Naturalmente compartía los juegos con su hermanito menor, Marco, que era más tranquilo, más pasivo, más receptivo y por extraño que pareciera, más parecido a Ludwig. Pues a pesar de que los dos habían heredado el mismo tono rubio de cabello de parte del padre, y ciertas facciones, eran algo notorias las diferencias.
Pero ese no es el punto, dejamos a Ludwig con Alessandro intentando cambiarle el pañal. Lo puso entonces en la mesa, ya despejada y con todo lo necesario para la operación, retirando con pulso de cirujano el pañal sucio del niño, como si estuviera desactivando una bomba de altísima peligrosidad. Acto seguido retira el pañal sucio, lo deshecha y procede entonces con el siguiente paso.
Luego, tocaba limpiar el… bueno, limpiar… allí, bueno, ustedes saben. Con un pañito húmedo, y con suma delicadeza, el germano empezó a limpiar los remanentes de materia fecal que aún estaban adheridos a la piel del niño. No era para menos, estaba nervioso y no deseaba cometer torpeza alguna que le hiciera daño a su pequeñito retoño.
Terminada la limpieza, viene la crema. ¿O era el talco?, el hecho estaba en que Ludwig se había confundido. Tenía a la mano un libro "como ser un buen padre y no matarse en el intento". Lo ojeó, y buscó las instrucciones de cómo cambiar un pañal. Concentrado, y mirando analíticamente la situación, suspiró.
—mein Gott, esto es más difícil de lo que yo creía —dijo el germano, el cual tenía sus lentes de lectura puestos.
Su hijo solo atinó a sonreírle inocentemente, como si estuviera divirtiéndose con el dilema de su progenitor. Aun así Ludwig tenía que seguir, no podría dejar el trabajo a medias. Recurrió al libro de nuevo. Y ya resuelta las dudas, procedió con el siguiente paso.
Tomo un poco de crema entre sus dedos. Suavemente, y con delicadeza, empezó a masajear la retaguardia del niño, para así evitar la colitis u otros molestos padecimientos infantiles. Acto seguido, siguió el talco, el cual esparció de forma cuidadosa. Aun así Alessandro no podía quedarse quieto, por lo que tomó el frasco de talco entre sus manitas, y mientras Ludwig procedía a ponerle el pañal, una vaharada de talco para bebé iba directo a su cabeza.
Y una risa se oyó. El mayor de los gemelos empezó a reír, de forma sutil y algo maliciosa, como si le hubiese gustado hacer semejante cosa. Y aunque Ludwig estaba levemente irritado, esa frustración se disipa al ver el rostro de felicidad, esa sonrisa que se refleja en su hijo. Así que simplemente se echa también a reír, como si con él no hubiese sido la cosa.
—ya ahora quédate quieto, que tengo que ponerte tu pañal. —le dice el germano de forma cariñosa.
Después de todo, ha terminado. Sin ningún tropiezo, le termina de poner el pañal al niño. Acto seguido, le da a su hijo un beso en la frente, y lo vuelve a poner en la cuna. Se limpia la cara, e intenta entonces reflexionar.
Tal vez la idea del bautizo no sea tan mala.
Unas semanas más tarde…
La iglesia de san marcos evangelista, ubicada en un suburbio cercano de la berlinesa urbe, era una construcción austera en todo el sentido y regla de la palabra. Una placa conmemorativa en recuerdo de Dietrich Boenhoffer estaba empotrada en su fachada, como recuerdo de sus tiempos como párroco en el mismo templo. La iglesia, servía para el culto luterano y era regentada por un amable párroco de 35 años, cabello color café pardo, ojos azules y mirada apacible. Su nombre: Kereld Pfeinner.
Otro hecho radicaba en que el mencionado templo luterano era el más cercano a la casa de Feli y Lud. Y naturalmente, algunos de los Bielschmitchd, (las muy contadas ocasiones en las que pasaban por ahí) asistían al oficio de los domingos que el reverendo Kereld solía realizar. El que más frecuentaba en ese momento la iglesia era Alphonse, que a pesar de ser la representación de un estado federal, (para ser más exactos, Baden-Wurtemberg, la cuna del luteranismo) ser un sacerdote ordenado, y tener literalmente el estatus de un obispo, (debido a su condición de estado federal, Alphonse contaba con un asiento permanente en el consejo evangélico Alemán, máximo organismo de la iglesia luterana teutona), asistía como un feligrés común y corriente. Y en otras ocasiones, (cuando lo ameritaba) el reverendo Pfeinner cedía su lugar al reverendo Bielschmitchd, aunque naturalmente este último se sintiese algo incómodo en ocupar el puesto que le correspondía al joven párroco del suburbio.
Pfeinner, en sus pocos tres años de servicio como párroco, nunca había visto a todos los hermanos Bielschmitchd juntos: principalmente por el hecho de que ciertamente, los dividían de algún modo las diferencias religiosas: Prusia, Baden-Wurtemberg, Sajonia y los gemelos Sweschleig-Holstein seguían la fe luterana. Mientras que Baviera y Westfalia eran por así decirlo, "Católicos, apostólicos y romanos". Solo Alemania, como la representación entera de toda la república no definía a que fe seguir: rara vez frecuentaba un templo de culto luterano, así mismo como lo hacía con un templo de culto católico. Su predecesor, el reverendo August Hummel le había explicado esas razones: Ludwig sentía un inevitable recelo hacia las iglesias establecidas, tal vez por la irrestricta colaboración de prelados católicos y luteranos con Hitler. Aun así, el reverendo Hummel había conseguido ganarse la confianza de la representación de la república de Alemania, a tal punto de convertirse más que en un consejero espiritual, en su amigo. Ya anciano, y frisando los 78, Hummel había optado por el descanso y el retiro en las costas del báltico, por lo que ya era hora de Pfeinner empezara a relacionarse con los feligreses del vecindario.
Aparte de Alphonse, que visitaba frecuentemente el templo y de cuando en cuando charlaba con el párroco, había visto tal vez de una forma demasiado fugaz a Gilbert Bielschmitchd, el desaparecido reino de Prusia, pasar rápidamente por el templo, y cierta vez uno de los gemelos Bielschmitchd (Hans Bielschmitchd) había asistido a uno de los servicios. De Ludwig Bielschmitchd, ni el rastro. Ya Bastian y Greta, estos dos frecuentaban la parroquia católica de santa teresa benedicta de la cruz[2], que quedaba considerablemente lejos de la casa de los alemanes, pero que a su vez era el único templo católico en el vecindario.
Naturalmente, Kereld estaba arreglando un poco el templo. Usaba una camiseta sencilla de color verde claro, sudadera negra, tenis deportivos. Excepto tal vez por la cruz, que pendía de su cuello, no había indicio alguno que definiera su condición clerical.
Sin embargo, nota que ingresan dos personas al templo. Distingue claramente a uno, es Alphonse Bielschmitchd, al otro no lo distingue bien: es un sacerdote católico, lo sabe porque está vestido de riguroso traje negro y el alzacuellos clerical que denota su condición sacerdotal. Se percata de su anillo, en oro puro, y con una forma muy peculiar: dos llaves entrecruzadas, una de oro y otra de plata[3], debe de tener un alto cargo, quizás obispo, cosa que también se evidencia en una vistosa cruz pectoral. De su cabello café pálido sobresale un rizo algo peculiar, y detrás de los lentes plateados, alcanza a perfilar una mirada severa e inquisitiva, como la de un severo y experimentado inquisidor. Sus labios están en un tenso y solemne rictus, sin ningún atisbo de sonrisa o expresión alguna, y en sus maneras y modo de ingresar, sabe y es consciente de que está en lugar sacro.
Y… ¿Cómo supo que era un sacerdote católico?: por el sencillo hecho de que el mencionado tipo hizo una profunda genuflexión, agachó la cabeza y se persignó de forma respetuosa apenas ingresar, cosa que distingue a un católico por antonomasia al ingresar a un templo.
—Reverendo Alphonse, pero que gusto me da verlo por estos lares —exclama el párroco con una amplia sonrisa.
—lo mismo digo, reverendo Pfeinner —exclamó el aludido con una amplia sonrisa.
—y él es,…
—soy el concuñado del señor Bielschmitchd… —dijo seriamente el clérigo católico, con un atisbo de acento italiano, aunque en un pulcro alemán.
Y haciendo presentaciones aparte, este par (Alphonse y Gabriel) se habían puesto a discutir bajo que rito bautizarlos: si por el rito luterano, o por el tradicional rito litúrgico católico romano. Una discusión muy acalorada y tal vez algo polémica, que sacaba resentimientos de viejísima data, violentos reproches y algunos que otros golpes. La cuestión era, que al final se habían puesto de acuerdo en una cosa: en que el bautizo de los gemelos sería sencillo, y realizado por ambos bajo un procedimiento tal vez muy especial, para que al menos ambos tíos quedasen contentos y dejasen la lata sobre el sacramento en cuestión.
Pero no habían considerado una cosa.
—Pronto…
—Gaby… pero al fin contestas—exclamó alegremente el español
—discúlpame Antonio, pero he tenido demasiadas ocupaciones, he tenido que nombrar obispos, destituir obispos, en fin… mucho trabajo —exclamó de forma algo agobiada el italiano de lentes de marco tonalidad plateada.
—bueno, seré entonces breve —siguió el español — Yo y mi Lovi hemos decidido bautizar a nuestro hijo junto con los hijos de Ita-chan y Westfalia.
—QUEEEEEE?!
Eso sí era un problema aún más grave.
Total, de algún modo lograron ponerse de acuerdo… y un par de días después…
—¿todo está listo?
—sí, todo ya está listo.
Greta y Renato habían decidido (a pesar de también discutirlo por muy largo, larguísimo tiempo) bautizar a la niña según los ritos y preceptos de la santa madre iglesia. Y a pesar de los evidentes reparos, que naturalmente no se hicieron esperar, se habían puesto al final de acuerdo en quienes serían los padrinos de bautizo de Aurora.
Total, ahora estaban vestidos, arreglados para la ocasión, mientras que la niña tenía puesta una sencilla túnica blanca larga. Toda la ceremonia se realizaría (a pesar de los evidentes reparos) en la iglesia luterana de San Marcos Evangelista, y naturalmente quienes oficiarían todo ese perendenjunje serían Alphonse y Gabriel, representaciones de Baden-Wurtemberg y la Santa Sede, respectivamente.
Pero cambiemos de perspectiva. Fabriccio también estaba en medio de su propio predicamento. A pesar de que le gustó la idea de ser el padrino de bautizo de la hija de su mejor amigo, naturalmente se sintió incómodo con la madrina que había sido elegida: Eloise Bonnefoy. Sí, habían pasado ya dos años de su rompimiento con ella, pero a fin de cuentas la espinita quería permanecer allí. Después de la áspera acritud de los primeros meses de ruptura, pasaron a una etapa de incomunicación, en los que cada quien simplemente se encargaron de rehacer sus vidas. Naturalmente la "serenísima república" estaba feliz con Ucrania-chan, mientras que el monegasco principado sostenía su relación con la república báltica de Estonia, que a pesar de todo, y de las interferencias de cierto principado pirenaico que no puede mencionarse por respeto a la privacidad (léase Andorra-kun) seguían juntos. Por lo que esta vez, el caprichoso destino parecía volver a reunirlos para una ocasión tan solemne y que requería tanto compromiso como lo era el bautizo de la pequeña Aurora Kirkland-Bielschmitchd.
Aun así, no era el único con ese predicamento.
Unas horitas más tarde…
Era evidente el retraso de los padrinos. Naturalmente, varias naciones habían asistido al oficio litúrgico, no propiamente por la ceremonia… sino por la fiesta que vendría después.
Los niños llevaban sendas túnicas color blanco marfil. Aurora lucía una cinta en su cabello color blanco. Y aparte de los padres, los invitados (entre los que caben destacar a Enrique y Miguel, únicos latinos presentes en ese momento) también notaron la ausencia del padrino de bautismo de Pablo José, el hijo de Antonio y Lovino.
—no podemos retrasar más tiempo la ceremonia, —dijo entonces Baden-Wurtemberg.
Mientras tanto, cierto francés y cierto navarro habían entrado a la iglesia agitados, y también evidentemente algo desorganizados, como si hubiesen salido de dios sabe dónde. E inmediatamente, todos en la iglesia los miraron con algo de reproche.
—no debimos de habernos tardado tanto, —masculló Fernando al oído de Francis— por el amor de dios, solo a ti se te ocurre semejante cosa antes de…
—no puedes decir nada, sé que te gustó… no puedo evitar pensar en la expresión de tu rostro mientras…
—EHJEM… pueden decir todas las obscenidades que quieran afuera, pero en este momento no.—dijo de forma seria el estado vaticano, mirando a los dos padrinos— no quisiera que le dieran un mal ejemplo a su ahijado en un momento como este.
Y acto seguido, se oyeron unas cuantas risillas indiscretas entre algunos. Empezaron entonces las solemnidades del bautismo, con las correspondientes antífonas del caso.
—hermanos, hermanas, estamos aquí reunidos en este momento, ante la presencia de nuestro señor y su amado hijo Jesucristo, para presenciar el feliz recibimiento a tu amada grey de estas cuatro almas puras, inocentes y limpias de todo pecado... —inició entonces la santa sede, para luego ser cortado por Wurtemberg— y así mismo, garantizar la salvación eterna de tus almas y el recibimiento de tu santísima y gloriosa gracia.
Entonces iniciaron con el bautizo católico de los primeros dos.
—les pido a los padrinos y a los padres de Aurora acercarse. —dijo entonces Gabriel, revestido de sus ornamentos, y sosteniendo un cuenco de plata.
Una peculiaridad en la iglesia de san marcos era la ausencia de una pileta bautismal tradicional. En su lugar, había una piscina en forma de cruz, la cual había sido llenada para la ocasión. La santa sede tuvo entonces que quitarse los zapatos, las medias y arremangarse hasta las rodillas los pantalones para poder ingresar, aunque con ello tenía que empapar el alba y la estola litúrgicas. Acto seguido, bendijo el agua, mientras que un acólito con una charola le ponía al lado los aceites bautismales. Renato y Greta se acercaron, bajando por el extremo izquierdo de la piscina, naturalmente descalzos. Malta se había arremangado los pantalones también. Los padrinos, naturalmente ingresaron por el extremo derecho, San Marino portaba consigo el cirio bautismal, Mónaco estaba solemne y regia, también descalza y sosteniéndose de los muros de la piscina para no caerse.
Ya con todos adentro, y con el agua por las rodillas, empiezan la ceremonia propiamente dicha.
—signori… ¿aceptan en nombre de ella a dios nuestro señor, encomendándola a su protección y cobijo?
—aceptamos —recitan solemnemente los padres.
—¿aceptan en nombre de ella a nuestro señor Jesucristo como único salvador y medio para la redención del pecado original?
—aceptamos —recitan de forma solemne los padrinos.
—¿renuncian en nombre de ella a satanás, y a todas sus obras impías?
—renunciamos. —recitan los cuatro al tiempo.
Gabriel tiene que arrodillarse, para tomar algo de agua en el cuenco de plata. El alba y la estola están ya empapadas, pero no importa. Riega el agua en las sienes de la niña, y acto seguido hace los correspondientes ungimientos, tal y como lo indican los cánones litúrgicos.
—yo te bautizo, Aurora María Kirkland-Bielschmithchd, en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo,…
—amén. —recitan todos.
Y acto seguido, se retiran.
—les pido a los padrinos y padres de Pablo José acercarse.
Lovino y Antonio se dirigen a la piscina bautismal. Todos miran atentos, están esperando a saber quién es el padrino del hijo del español y el italiano, y acto seguido Francis y Fernando se levantan y se dirigen hacia la piscina, descendiendo a la misma. El francés inevitablemente se tropieza con uno de los baldosines de la piscina, por lo que se tiene que sostener del navarro, el cual de forma algo torpe lo ayuda a sostenerse.
—parece que dios te quiere matar, Francis —dijo mordazmente la santa sede.
Francis ignoró el ácido comentario del clérigo. Ya con todos presentes, recitan las correspondientes antífonas...
—renuncian en nombre de él, a satanás y a todas sus obras impías…
Todos responden afirmativamente, excepto una persona.
—EJMM… ¿renuncian en nombre de él, a satanás y a todas sus obras impías? —repite el estado vaticano de nuevo.
—responde, te están mirando todos —le murmura Navarra a Francia.
—no tengo porqué renunciar a nada —respondió retadoramente el francés— el placer no es pecado, mon cherié…
Y acto seguido, le pincha el trasero al albino de ojos azules, mientras sonríe maliciosamente. Navarra termina sonrojándose de forma incómoda, mientras que algunos murmuran… ¿Cómo carajos un hombre de una complexión como la de navarra termine prácticamente a la merced de un lánguido escuálido como Francia, el cual lo trata cual si fuese su colegiala calenturienta?, total, Hungría consigue enfocar el momento en el que Francis le propina un pellizco al trasero de Fernando, tomando la correspondiente foto.
—por el amor de dios, bastardo pervertido… di la maldita palabra para terminar esto de una vez, me estoy congelando—espetó irritado Lovino
—deja de blasfemar, estamos en la casa del señor —le increpa Gabriel, mirándolo por encima de sus lentes— bueno,… a pesar de que esté a cargo de los "herejes", no deja de ser la casa del señor.
—Te oí —le respondió Alphonse irritado
—dejen de discutir, por el amor de dios que mis pies ya están como uvas pasas —dijo entonces Antonio.
Total, el vaticano es insistente.
—repito por última vez. ¿Renuncias en nombre de él, a satanás y a todas sus obras impías?
Esta vez, Fernando responde al pellizco de Francis, con otro pellizco en el trasero del francés. Lo único que hace Francis, es dar un grito. Elissabeta toma una segunda foto, que se apresta a retwittear.
—tomaremos eso como un sí —contestó mordazmente Wurtemberg, con una sonrisa amplia y algo insinuantemente sucia.
Acto seguido, después de las promesas bautismales, solemnizan el acto, vertiendo las aguas sacras sobre la testa del niño, que frente a la situación acontecida, parecía sonreír divertido, a modo de cruel burla hacia sus dos padrinos. Todos se retiran, aunque inevitablemente Francis se tropieza, cae y de paso se lleva consigo a Fernando, quedando el navarro encima del francés en el interior de la piscina bautismal, en medio de las estentóreas risas de todos los concurrentes. Y Francis notó que al menos Fernando… bueno, puede decirse que Navarra tenía ganas de encierro, vuelta al ruedo, cortar rabo y dos orejas. Y Francis también tenía ganas de encierro, y al menos cortar el rabo y las dos orejas, mas vuelta al ruedo y salida triunfal,… en los hombros de cierto navarro de cabellos níveos y ojos azul zafiro.
—por favor, guardemos la compostura —dice entonces la santa sede— estamos en la casa del señor… lo menos que podemos hacer es respetarla.
Y después de que los dos padrinos, empapados y cachondos se retiraran de la piscina bautismal, prosiguen con las solemnidades.
—les pido a los padrinos y padres de Alessandro y Marco Bielschmitchd acercarse.
Acto seguido, Ludwig, Feliciano, Elissabeta, Gilbert, Klaus y Lovino se dirigen hacia la piscina bautismal. Es algo pequeña, por lo que primero ingresan Italia, quien cargaba en brazos a Alessandro, junto con Romano y Sajonia como padrinos de bautizo del mayor de los gemelos.
Alphonse se encarga de una parte de la ceremonia, recitando dos de las cuatro promesas bautismales. Gabriel concluye con las otras dos promesas. Entre los dos, hacen los correspondientes ungimientos, y para hacer más ecuánime la cosa, los dos sostienen el cuenco de plata que contenía el agua, derramándolo sobre la cabeza del niño. Así mismo se repite con el otro.
Y después de todo, y concluidas ya las solemnidades, todos se retiran de la piscina. Prontamente, una bendición final, y después de mucho esperar, todos en tropel se dirigieron hacia la casa del alemán para la fiesta.
Ya en casa de Ludwig…
Naturalmente todo era fiesta, música y baile. El jardín y la sala se habían acondicionado para la recepción, en la que naturalmente asistirían las naciones invitadas.
Pero hagamos un breve recuento: de entre las naciones de Europa, habían asistido Austria, Hungría, Bélgica, Francia, Polonia, Lituania y Eslovenia. Ya de américa latina, solo Perú y Ecuador habían podido asistir, los demás tuvieron que presentar sus excusas. De Asia, únicamente Filipinas, que era un católico a carta cabal, y que sentía que debía de tener una deferencia hacia su ex mentor. Mientras que el resto eran evidentemente algunos mortales que habían sido invitados para la ocasión, aunque el doctor Steinbeck había tenido que declinar, puesto que sus compromisos médicos en el Clemens Von Gallen no daban ningún tipo de espera.
Fernando por su parte estaba empapado, y no tenía con que cambiarse. No deseaba pescar un resfriado, o algo por el estilo, y el estar así le era incómodo para él. Así que tuvo que pedir prestadas unas cuantas prendas de ropa, una toalla para secarse y que le facilitaran un cuarto para que se pudiera cambiar. No pusieron objeciones al respecto.
Mientras tanto, Francis también tenía que cambiarse de ropa. Gilbert le había facilitado también una muda seca, y aunque era reticente a prestar su cuarto, el prusiano le había dicho que podía usar el cuarto de Ludwig. Mal que bien, era el único disponible, pues los demás estaban cerrados.
Y Francis, entra al cuarto, en el momento justo en el que Fernando se empezaba a quitar las prendas mojadas por el agua de la piscina bautismal[4]
—sé que te gustó el cariñoso pellizquito que te di,… ¿o no fue así? —exclamó taimadamente el francés de larga cabellera.
—déjate de idioteces —espeta el navarro— y lárgate, que me estoy cambiando.
Los dos estaban excitados, húmedos… propiamente las ropas ensopadas resaltaban los atributos de ambas naciones.
—yo sé que te encantó la pequeña travesura que hicimos hoy… —Francia se acercó lentamente hacia Navarra, los dos estaban excitados pero Fernando no deseaba ceder— vi tu rostro… no creo que te haya desagradado tanto.[5]
—no me hagas acordar Francis, no sé porque cedí ante tu jueguito
—vamos, admítelo, sé que te encantó.
Le quitó la camisa, esta pesadamente cayó al piso. Francis sintió el calor, la humedad, las gotas de agua rodando por el robusto pecho de Fernando. Y Fernando también sentía que irremediablemente, algo lo ligaba a ese bastardo francés pervertido, su esbelta figura, sus exquisitas maneras, sus sucios y placenteros juegos. Había pasado ya tanto tiempo, casi setecientos años de abstinencia rigurosa, terminados en aquella destrozada suite de hotel en Medina del Campo. Y desde ese entonces, parecía que la esencia de rosas se hubiese impregnado en su ser, en su propia esencia de las flores de nardo y violetas de montañas, que florecen fugazmente por la primavera.
—no… no creas que lo haremos aquí… estamos en casa ajena, acabamos de salir de un bautizo, tenemos que ser un ejemplo para Pablo José.
—aún es muy chico… no creo que entienda esto, y cuando esté grande perfectamente entenderá lo que significa el deseo.
Un beso, largo, profundo y apasionado. Le desabotona el pantalón, este cae al piso. Ahora sabe que tiene al doncel navarro a su disposición, para sus exquisitos y sucios deseos mundanos. El navarro hace también lo propio con la ropa del francés, también este está a la disposición del navarro. Se desean con ardorosa excitación, con carnal deseo, con ardiente y encendida lujuria.
—no podemos hacerlo…
—¿Quién nos lo impide?—responde el francés.
—nos impide el hecho de que es el día del bautismo de mi sobrino-nieto, del cual también soy padrino, y del cual también tu eres padrino.
—no pongas peros
—y también el hecho de que estamos en casa ajena.
—a quien le importa.
Lo tira en la cama de Ludwig. Francis siempre había tenido la sucia fantasía de hacerlo en una cama ajena, y mucho mejor aún hacerlo en la cama del alemán. Aun así, como que a Fernando no le agradaba la idea de hacerlo en una cama que no fuera la suya, y en medio del escarceo, y los primeros besos sabe que es inevitable.
—usemos la tina del baño.
—no es mala idea.
Precipitadamente, entraron al baño del cuarto, entraron a la tina, en donde se empezaron a besar, a estimular y a acariciar de forma ansiosa y desesperada. Y en medio de todo, Fernando intentaba acallar los gemidos y maullidos de Francis, para que al menos nadie los oyera.
Entre tanto, en la sala.
—¿de dónde viene todo ese ruido? —inquirió el ecuatoriano curioso.
Enrique estaba solo, sentado en una de las poltronas de la sala de la casa, alejado de todos, sin charlar con nadie, y comiendo maní salado de una taza que estaba servida. Y debido a que el cuarto de baño de la habitación matrimonial de Ludwig y Feli estaba justo debajo de la sala, oía con una claridad impasible los ahogados gemidos que se oían arriba.
Naturalmente, Ecuador se sentía como mosco en leche en aquel agasajo. Aunque conocía bien a Prusia, y se entendía con él a las mil maravillas, y evidentemente tenía el correspondiente parentesco con España… algo lo hacía sentir realmente incómodo. Pero en ese momento, aparece Emma, sentándose al lado del ecuatoriano, buscando tal vez algo de compañía.
—¿por qué tan solo?
—eh… bueno, es que… no voy a fiestas como estas tan a menudo.
Enrique lucía un traje formal, y una bufanda color café claro. Emma usaba un vestido de color vino, un cinturón verde menta y un lazo para su cabello café de la misma tonalidad.
Naturalmente se pusieron a conversar sobre cualquier tema, intentando ignorar el ruidito molesto de arriba. Y al parecer la belga era una compañía agradable para el ecuatoriano, quien no dudó en alagarla con sutil galantería. Y sin embargo, y haciendo hincapié en que cierto peruano miraba con celos a la belga, todo parecía andar a las mil maravillas.
—¿soltera o comprometida? —inquirió Enrique.
—ninguna de las dos—contestó Bélgica— personalmente te digo, realmente hay pocos hombres que valgan la pena para comprometerse. Y eso de soltera, como que a mí no es que me guste de a mucho.
—mmm, ya veo.
—total, mi situación es indiferente, con mis dos hermanos me basta y sobra.
Aun se oían los gemidos y maullidos arriba, en el segundo piso. Y eso era incómodo, a pesar de que eran atenuados por la música, se oían con toda claridad.
—creo que alguien escogió un momento muy inoportuno para desahogar su ansias sexuales —atinó a decir el ecuatoriano, mientras miraba hacia el techo con algo de frustración.
La belga solo atinó a reírse sutilmente.
—bueno, alguien decidió aprovechar el tiempo en otras cosas de mejor provecho —luego agregó—¿bailas?
—sí, pero… ¿no era el hombre quien invita a la mujer a bailar?
—aquí las cosas son diferentes.
Y arrastrándolo, lo sacó al jardín, en donde estaba la pista de baile.
De regreso a la habitación de Ludwig…
En el baño todo eran gemidos placenteros de placer exquisito y sutil. De alguna forma, consiguieron acomodarse ambos deforma que el navarro había quedado abajo del francés.
Se notaba la fiera pasión entre aquellos dos hombres, el jugueteo brusco, sexual y violento de ambos, el ansioso y animal deseo con el que Francis penetraba a Fernando, el fragor pasional de ambos, las ansiosas expresiones de placer desmedido y brutal que los dos sentían en ese momento tan exquisito y delicioso que tenían para ellos dos.
Sabía que con Fernando Montblanc las cosas eran distintas: no eran escarceos y besos sutiles, era el exquisito y violento disfrute de la pasión contenida, de la libido desbocada a un nivel crudo, en donde alguno de los dos era el sometido y el otro era el dominante, en medio del disfrute y goce carnal, brutal y desmedido del inmenso placer carnal que sentía tomar por posesión aquel trofeo espléndido que representaba para Francis, el ex reino de navarra, don Fernando Montblanc.
(si, Francia es el seme en esta ocasión).
—p-para un segundo… —dijo entonces el navarro en medio del fragor—para un maldito segundo!
—q-que es lo que pasa. —Francis aun lo seguía penetrando con fuerza.
—¿no lo oyes?
—no, ¿Qué es lo que tengo que oír?
Se oía un leve crepitar en el piso, como si estuviese a punto de ceder ante el peso de ambos. Y eso le preocupaba a Fernando. Pero aunque aún el miembro del galo está en el interior del ibérico, para un segundo.
—escucha bien.
Se oye un crujir algo escabroso que provenía del piso del baño, nota que algunas baldosas del mismo están fracturadas.
—vamos, no creo que por algo que hayas oído tengamos que detenernos —dijo entonces Francis.
Y continuaron con el trajín libidinoso y sexual entre ambos, sin percatarse de que al parecer el piso no resistiría por mucho tiempo.
Entre tanto, en la sala…
Los gemidos se oían claramente abajo, en la sala. Y agreguémosle el hecho de que el cielo raso empezaba a crujir con manifiesta advertencia. Y más de uno estaba mirando al techo, muertos de intriga, queriendo saber quiénes eran los que estaban arriba entregándose al placer. Y de Francis o Fernando, ni el rastro.
Total, se notaban unas cuantas grietas en el techo, que peligrosamente daban a entender que este caería en cualesquier momento. Ya en cualquier momento pararía el molesto jaleo de aquellos dos, sea quien fueren.
Regresemos con nuestros tortolitos.
Fernando había llegado a su clímax. Era un placer inmensamente exquisito, delicioso y placentero sentir como su propia semilla salía con fuerza del interior de su masculinidad, mientras el profería un grito que descargaba ese ansioso deseo de expresar el amordazado placer. Francis lo vio, fijándose en el rostro complacido y enrojecido del albino de ojos azules, por lo que aun penetrándolo sintió esa exquisita satisfacción de haber podido complacer a su amante de turno.
—¿contento? —dijo el francés, en medio del fragor pasional.
—n-no creo que esté enojado en este momento. —respondió el navarro.
Y en medio de todo, el francés se echó a reír, con un leve suspiro. El navarro también rio, de forma algo entrecortada, quizás eran los rezagos del orgasmo, pues parecía que faltaba una última descarga de su simiente, que acto seguido, entre las risas de ambos amantes, sale de forma abrupta, esparciéndose por el tórax de Fernando.
—bueno… si eres feliz, yo también lo soy —atinó a decir Francis, sin dejarlo de penetrar.
Total, parecía demostrar que al menos, Francia si tenía bastante resistencia. Cosa que no parecía demostrar el piso que rodeaba la bañera, el cual ya estaba bastante resquebrajado.
Aun así, los dos desatendieron los premonitorios crujidos, como las baldosas lentamente empezaban a romperse, llegando a su punto límite de resistencia, mientras que debajo de la bañera, el peso, el constante jaleo, y también lo viejo de la estructura hacían lo propio… y más abajo, en la sala, evidentemente el estuco parecía ceder de forma lenta.
Y repentinamente, sucedió. Francis había conseguido el clímax, justo cuando ya la tina empezaba a ceder. Francis seguía penetrando a Fernando con fuerza, mientras su simiente se derramaba en el interior de este último, y también mientras la bañera inevitablemente se preparaba para la caída final. Y una última y bárbara estocada final del francés, lo consuma todo: la tina del baño del cuarto alemán caía con estrépito en la sala, junto con aquellos dos amantes, en medio de la estupefacción de algunos, la sorpresa de otros, y evidentemente la vergüenza de los familiares de los susodichos.
—Francis, para,… PARA AHORA EN ESTE MOMENTO —gritó el navarro al francés, el cual estaba extasiado, aun penetrándolo.
—q-que pasa… ¿te aburriste? —le dijo el francés.
—c-creo que tenemos problemas.
Y si, tenían problemas. Ludwig, miraba con consternación y algo de sorpresa como Francia poseía carnalmente, y con toda la impunidad del caso a Navarra, por lo que le tapó los ojos a Feli. Enrique hizo lo propio con Emma, quien estaba sentada en el sofá, viendo de primera mano todo lo que sucedía. Gilbert, también estaba sorprendido, con una cara de estupefacción que no se la quitaba nadie. Y Gabriel… bueno, con tal era decir que el vaso que tenía entre sus manos se había roto por alguna razón, por lo que su mano sangraba de forma profusa por las cortadas del cristal.
La única persona en ese momento que estaba en sus cinco sentidos era Elissabeta. La cual, ni corta ni perezosa, se levantó de su silla, se acercó hacia los dos amantes, buscó un buen ángulo, y sin previo aviso, saca su cámara fotográfica para inmortalizar el momento.
—Sonrían —dice la húngara con una sonrisa algo enferma.
Acto seguido, se oye el flash de la cámara activarse. Y la foto era invaluable, por lo que la húngara, con una sonrisa de oreja a oreja se retira de la sala, junto con un Austria que mira con un aire de cierta indiferencia la escena[6].
Francia y Navarra están avergonzados a más no poder. Fernando no puede articular palabra. Francis solo dice una cosa.
—Merde…
Y acto seguido, intenta ocultarse abrazándose al pecho de Navarra.
[1] De hecho, como un dato curioso, los padres de familia italianos se caracterizan por ser excesivamente cariñosos y sobreprotectores con sus hijos.
[2] Su nombre laico era Edith Stein, y era una conversa judía. Con una mente privilegiada, y alumna destacada del filósofo Edmund Husserl, decidió convertirse al catolicismo en 1923, y profesar como carmelita descalza al año siguiente. Con el advenimiento del régimen nazi, huye a un monasterio holandés en donde es arrestada y con posterioridad deportada a Autzwitchz, siendo ejecutada en 1941.
En 2001 es declarada santa y designada como co-patrona de Europa y doctora de la iglesia, siendo la primer santa del siglo XX con esa dignidad.
[3] Las llaves cruzadas representan la potestad petrina del papa sobre lo espiritual (el oro) y lo terrenal (la plata), basada a su vez en la tradición apostólica transferida (según la iglesia católica) de Jesús hacia pedro, y de pedro a sus subsecuentes sucesores de forma "ininterrumpida" hasta nuestros días.
[4] Esto no es yaoi,… esto es bara, puro y crudo bara en todo su esplendor.
[5] A lo que refiere Francia es al motivo por el cual se tardaron tanto para llegar a la iglesia.
[6] Se preguntarán algunos ¿será Austria un Fundashi?... aunque uno lo piensa bien, si el la ama, como mínimo tendrá que volverse medio fundashi.
Una explicación: el termino fundashi alude al hombre que tiene una marcada afición por el yaoi, o por otros géneros de temática homoerótica como el bara, que suele estar destinado a la población masculina. De hecho, la relación entre Francia y Navarra, tiene muchos arquetipos y características de una relación estilo bara, en vez de una relación yaoi clásica, que se caracteriza por ser un romance soso, muy cercano a la temática del shojo heterosexual. Y lo digo, quizás el Francia/Navarra no sea Yaoi clásico, pero al menos si es una pareja bara con todas las de la ley.
