ASTRALL

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Ya había pasado mucho tiempo desde que volverse una artista por las noches se había vuelto una rutina nocturna para nuestra protagonista; Kaira pasaba sus días en el pueblo hablando con Dárlette, la nieta de Madame Granouille, hablándole sobre lo hermosa que era su estrella y de cuan enamorada estaba de ella.

Los pueblerinos de Noryqua desaprobaban este comportamiento, llegando a burlarse de la joven álfar solo por creer que su enamoramiento con la estrella era absurdo. Las estrellas eran consideradas guardianas, testigos de la creación de los nueve reinos, deidades que cuidaban y vigilaban. Eternas, inalcanzables e intocables. Era una perfecta tontería y una falta de respeto que una niña afirmara estar enamorada de una.

Las burlas y los señalamientos de parte de los pueblerinos jamás afectaron a la princesa híbrida, sin embargo, dejó de frecuentar el pueblo como en tiempos de antaño. Así que, pérdida en la soledad de su montaña en las frías noches de primavera se encerró en su mundo y cantó todas las noches baladas a aquella estrella tan brillante que coronaba el inconmensurable océano oscuro sobre ella, plagado de pequeñas luciérnagas asidas entre sus olas, creando una maravillosa vista etérea.

Ella permanecía impávida y nefelibata recostada en su cama de verde césped, observando el espectáculo mondo sobre ella.

Fue a los principios de las noches veraniegas que todo cambió.

Era una noche como cualquier otra, con la llegada del verano Kaira ya no tenía que colocarse sobre su quitón un himatión, en esas noches bochornosas, sus hombros delgados eran rosados por su largo cabello azabache. Iba de camino al manantial a un par de metros de la cabaña que era su hogar, acompañada de su ocarina y perdida en sí misma cuando un fuerte destello le llamó la atención.

—¿Qué es eso?—Se preguntó nerviosa a sí misma.

Asustada, dirigió su vista al frente y abrumada vio como una esfera de luz blanquecina y toques dorados impactaba con desmesurada fuerza contra el suelo del amplio claro de Nutanyem. La tierra alrededor tembló y ella misma perdió el equilibrio.

—¡Por los dioses!—No pudo contener el chillido de miedo que exhaló de sus labios al observar el pequeño cráter que había dejado aquella esfera de luz al impactar contra el suelo, su cuerpo temblaba, su corazón palpitada con fuerza en su garganta, y sus ojos, abiertos de par en par, observaron nerviosos como la luminiscencia emitida por ese objeto prevalecía desde el fondo de aquel hoyo en la tierra.

Insegura y temblando como un cachorro se acercó hasta el lugar de los hechos y se asomó con desasosiego.

—¿H-hay...?—Sus temblorosos labios apenas y pudieron pronunciar palabra—¿Hay alguien allí?

Exclamó asustada y trató de esconderse cuando aquella esfera luminosa, emergió desde el fondo del cráter. Era del tamaño de una calabaza madura y estaba cubierta por un espeso fuego acendrado que emitía una poderosa luz incandescente. La esfera levitó hasta posicionarse en frente de ella y brilló tanto que Kaira tuvo que cerrar sus irritados ojos carmesí.

Al abrirlos, ya no había una esfera luminosa, ahora había otra persona flotando enfrente de ella, de luminosa y nacarina piel blanca, de largo cabello que parecía flotar por su cuenta, que comenzaba siendo del mismo color de su piel para terminar de un bello azul oscuro plagado de luminosos puntos brillantes como diamantes. Era como ver un pedacito de firmamento. Sus ojos eran otra cosa, brillaban como nunca de color blanco, carente de iris o pupilas.

Todo en ese ser era brillante, cálido y bello. Kaira no sabía qué hacer, había quedado plantada en la tierra al ver semejante imagen. Embelesada por la belleza de lo que ella perjuraba era una deidad.

No estaba tan equivocada.

—¿Quién eres?—Susurraron sus labios, nerviosos y asustados.

Sinceramente ella jamás espero una respuesta, aquel ser había permanecido observándole en silencio y con evidente ataraxia. Durante ese tiempo Kaira se notó que aquel ser había adoptado una apariencia muy similar a la suya. Exceptuando el color de piel, cabello y altura, Kaira era morena, de cabello de tinta y centímetros más alta.

Por eso, cuando recibió respuesta casi se va al suelo del susto.

—Soy a quien le has estado regalando las serenatas, a quien le has entregado un pedacito de tu corazón, yo soy aquella estrella que corresponde sus baladas con titilares y te acompaña durante las noches.

Aquella respuesta la había dejado estupefacta, rápidamente dirigió su mirada al oscuro cielo sin poder creerlo, y cuando no vio allí a su lucero, casi se desmaya; emocionada y balbuceando palabras inentendibles volteó hacia el ente imponente parado enfrente de ella y finalmente pudo articular algo medianamente entendible.

—T-tú, ¡U-usted!—Se corrigió avergonzada— ¿C-cómo se llamas?—Se sintió tonta por haber tartamudeado tanto.

La estrella pareció dubitativa antes de responder, sus ojos ya no eran del todo blancos ahora podía ver un iris de suave color miel. Sin embargo la seriedad permanecía en sus rasgos y antes de contestar su vista se perdió en el agua cristalina del lago enfrente de ambas.

—He sido nombrada de distintas maneras a lo largo de mi existencia. No podría afirmar tener uno propio. Queda en tu criterio elegirme uno, si eso deseas.

Kaira entrecerró sus ojos, confundida.

—¿Cómo es eso de que has tenido muchos nombres?

La estrella suspiró.

—He vivido milenios, yo fui y soy una de las principales testigo de la creación de sus mundos, he visto a miles de criaturas nacer y fallecer, los más interesados en mí o en mis hermanas menores nos bautizaban.

—¿Por qué decidiste bajar y venir aquí?

La estrella le devolvió la mirada con una sonrisa en su nuevo rostro—Hace siglos que nadie me dedicaba serenatas tan bellas.

Kaira le devolvió la sonrisa.

—¿Te quedarás?—Preguntó ilusionada, con las mejillas rojas y el corazón palpitando emocionado.

—Para eso bajé, Lucero.

La estrella dejó de levitar por unos segundos y ambas estuvieron conversando hasta el amanecer.