Diez: Reina de Espadas, Siete de Varitas, Rey de Cálices.
20 de agosto de 2021.
Inverness, Escocia.
Mahonlands, residencia del clan McMahon.
La gente de los alrededores está entusiasmada. Aquel evento solo se daba una vez al año.
Mahonlands conservaba algunas costumbres peculiares, pese a que su actual propietaria nunca fue una McMahon de apellido. Una de ellas era realizar un mercadillo en agosto en el cual ofrecía infinidad de productos, desde los cosechados en los campos de la propiedad hasta algún objeto curioso que la dueña del lugar hubiera decidido desempolvar.
Ese era uno de los acontecimientos más importantes del año para la señora Jackson y su hija Charlotte, mitad cansada y mitad traviesa, decidió que sería entonces cuando le mandaría a uno de sus hijos a visitarla por unos días. Como los primeros hijos de Charlotte eran el trío más travieso sobre la faz de la Tierra (eso decían todos, no solo la madre de los susodichos), los enviaron por separado en años consecutivos, en estricto orden de nacimiento, y tal parecía que la experiencia los había ayudado a madurar un poco, aunque siguieran igual de bromistas. El cuarto hijo de Charlotte, un chiquillo físicamente idéntico a su padre, no fue enviado allí hasta ese año, más que nada porque antes se debió resolver un aparente desacuerdo entre Charlotte y su madre respecto a la condición del último hijo de la primera.
—Abuela, ofrecen diez euros por esta lámpara.
La señora Jackson, que se paseaba a paso lento por las mesas cargadas de mercancía que se hallaban colocadas delante de su casa, giró la cabeza y se encontró con un jovencito de cabellos rojos y brillantes ojos verdes, que le sonreía y mostraba entre sus manos una preciosa lámpara de pantalla color crema pintada con un paisaje silvestre.
—No, Thomas, esa vale quince —indicó con voz firme.
El chico asintió y dando media vuelta, regresó con una pareja que esperaba tomados del brazo, seguramente eran los potenciales clientes. La señora Jackson, de lejos, vio al muchacho hablar por unos segundos mientras alzaba la lámpara y la mostraba con sumo cuidado, hasta que acabó recibiendo unos billetes en las manos en lugar de la lámpara.
—Conseguí dos euros más, dijeron que era propina —el pelirrojo arrugó la frente, pensativo.
—Eso significa que eres buen vendedor, Thomas. ¿No has pensado en dedicarte a eso?
—¿A vender? ¡No! Creo que preferiría ser dueño de una tienda y no ser el vendedor. No sé, creí que me iba a costar más trabajo…
El jovencito volvió a arrugar la frente, un poco más serio, hasta que miró hacia otra mesa, sonrió e hizo un gesto de despedida que la señora Jackson creyó hallar parecido al de alguien más.
—Mi imaginación —susurró la mujer, antes de ir ella misma a atender a otro par de clientes.
Pero mientras el mercadillo seguía su curso, la señora Jackson estaba casi segura que de que su imaginación no le había jugado una mala pasada.
Su nieto menor, a veces, actuaba de forma muy parecida a su padre.
Desde que el muchacho se enteró que su bisabuelo fue un hijo de magos sin magia (la palabra para nombrarlo era simple, pero la señora Jackson siempre la olvidaba), Thomas se veía un poco más contento en compañía de la familia. Quizá era por el hecho de saber que no era el único allí con algo "distinto" al resto, cosa que, de todas formas, a Thomas apenas le afectaba, puesto que sus padres y sus hermanos lo adoraban.
Y su padre lo habría adorado, la señora Jackson lo podía jurar ante quien hiciera falta. Ahora lo afirmaba más que nunca, debido a que en la búsqueda de objetos para vender, su nieto había ido a revisar el ático y halló en un viejo baúl lo que parecían los diarios de aquel "mago sin magia", como a veces lo llamaba Thomas. Por esos libros, supo la vida que le había tocado a su padre antes de ser aceptado y querido, no como en su propia casa, de la cual fue echado sin miramientos. Se preguntó si no sería muy difícil dar con esa parte de la familia de su padre, que parecía haberlo amado tanto. Seguramente ellos podrían explicarle muchas cosas acerca de la gente como Thomas.
—¿La señora Enif Jackson?
Arrugando la frente, la mujer empezó a dar media vuelta hacia quien le hablaba, preguntándose de dónde le sonaba familiar esa voz. Se encontró con un joven de revuelto cabello oscuro y ojos de un intenso tono azul plomizo, muy curioso. El sujeto le dedicaba una sonrisa que pretendía ser encantadora, pero a la señora Jackson, sin razón alguna, le recordó a sus nietos mayores a la hora de hacer alguna de sus travesuras. Compuso una expresión de seriedad.
—¿Sí, jovencito? ¿Puedo ayudarte en algo?
—Señora, ¿no se acuerda de mí? Soy el hijo del señor Bart…
—¡Querido muchacho! No te había visto desde hacía… ¿Cinco, seis años? ¡Cuánto has crecido!
—Gracias, señora. La última vez que vine me atendió una rubia… ¿No anda por aquí, verdad?
—¿Una rubia? Ah, sí, mi nieta Skye… No, está bastante ocupada, ingresó a la universidad. El que vino este verano a visitarme es su hermano pequeño, Thomas… Mira, el de allá, el pelirrojo.
El joven, entrecerrando los ojos plomizos para ver en la dirección indicada, arrugó la frente antes de arquear una ceja.
—Creo que lo he visto en alguna parte —aseguró, para luego sonreír y encogerse de hombros —Aunque puede que lo esté confundiendo.
—No te preocupes, todo el mundo dice eso cuando lo ve. Es que Thomas es idéntico a su padre. Sean Elliott, el actor. ¿Lo conoces?
—Creo que mis primos lo han nombrado. En fin, vine a comprarle algo de su cosecha, sabe que en casa la aprecian mucho…
—¡Abuela! ¡Ofrecen veinte euros por este marco!
Cuando Thomas se acercó corriendo con un elaborado marco plateado en las manos, evitó tropezar por poco con aquel joven que, de pronto, supo que no se había equivocado.
Había visto a Thomas Elliott en otra parte.
—De acuerdo, cariño. Creí que iba a sacarle menos. Mira, te presento al hijo de un cliente que viene desde Edimburgo casi todos los años.
—Mucho gusto, señor…
Al pelirrojo se le congeló la voz en cuanto fijó la vista en el rostro del muchacho mayor, quien haciendo una mueca de incomodidad, acabó esbozando una leve sonrisa que intentaba aliviar el ambiente, al tiempo que extendía la diestra.
—Nos conocemos —indicó el joven, mirando a la señora Jackson —Casualidades de la vida, señora. Acabo de terminar el colegio, pero su nieto llegó a verme.
La señora Jackson, ante la mención del colegio, conectó ideas en poco tiempo y observó al chico de Edimburgo bajo una luz nueva.
—¿Que si llegué a verte? ¡Eres el Premio Anual!
—Bueno, en realidad ya no soy Premio Anual, ahora me gano la vida en el callejón Diagon.
—Muchacho, a mí me habías dicho que estudiabas en un internado. ¿Acaso me mentiste?
—¡No, no! Verá, no podemos andarle diciendo a todo el mundo que somos… Bueno, diferentes, ¿comprende? Y a cualquiera que pregunta, mis padres le contestan que mi hermano Brent y yo vamos a un internado. Eso no es mentir, ¿o sí?
—No, solo es omitir detalles. Como cuando este jovencito entró a ese colegio suyo y su madre no tuvo la delicadeza de informarme.
—¡Abuela! Ya te lo he explicado…
Pero la señora Jackson, de pronto echándose a reír, dio a entender que su enfado en realidad no era tal, por lo cual los otros dos se calmaron un poco.
—Entonces, Bob, ahora podemos ver lo de la cosecha que quieres comprar…
—¿Bob? —se extrañó Thomas, arrugando la frente —¿No te llamas Icarus?
—Sí, bueno… Para los muggles mi primer nombre es demasiado raro. Así que les digo que me llamo igual que uno de mis tatarabuelos. Y no miento, Bob es mi tercer nombre, pero fue mejor ir a Hogwarts y que me llamaran Icarus todo el tiempo. Así me llaman todos en casa.
—¡Mira, abuela! ¡A él sí le gusta su nombre, no como a ti!
Mientras Thomas se echaba a reír, la señora Jackson hizo un mohín.
—Ve a vender ese marco antes que el cliente se arrepienta, cariño —indicó.
El pelirrojo dio un respingo, asintió y salió corriendo.
—¿Qué tiene de malo su nombre, señora? —quiso saber Icarus Hitchens, en tono educado.
—Oh, casi nada. Mi padre, que en paz descanse, tuvo la genial idea de llamarme Enif. A saber de dónde lo sacó. Y como es demasiado inusual y mi segundo nombre era el de mi madre, Harriet, para evitar confusiones ella empezó a llamarme Niffie.
—Curioso, en mi familia también tienen esa costumbre rara con los nombres. Quiero decir, usar los de las estrellas o las constelaciones.
—Ah, ¿Enif viene de allí?
—Si no mal recuerdo, es el nombre de una estrella. Tendré que preguntarle a mi padre.
—No es necesario, mi nieto tiene una memoria prodigiosa para eso. Le preguntaremos después de ver lo de la cosecha, ¿este año qué piensas llevarte?
Estuvieron negociando cerca de una hora hasta que Thomas fue a preguntar si podía vender a un precio un viejo candelabro y antes de que regresara con el cliente, la señora Jackson preguntó.
—Cariño, ¿recuerdas que una vez dijiste que mi nombre te sonaba de algo?
—¿Enif? —Thomas arrugó la frente un momento, en señal de concentración, hasta que abrió mucho sus claros ojos verdes y sonrió —¡Ah, sí! Tuve que buscar en mis mapas de Astronomía, de allí me sonaba. Es una estrella de Pegaso.
—¿Pegaso? ¿La constelación que parece un caballo Abraxan? —se interesó Icarus, sonriente.
—¡Sí, esa! Pude recordarla porque Enif es su estrella más brillante. ¿Por qué te pondría ese nombre el bisabuelo? Se parece al de mi novia.
—Si no mal recuerdo, tu novia es la chica Malfoy —apuntó Icarus, poniendo expresión seria —Ella se llama Danielle, y ninguna estrella…
—¡Ah, no, no hay estrellas llamadas "Danielle"! Pero es que su segundo nombre es Eltanin.
—No me sorprende. Su abuela era una Black y esos magos son raros de por sí…
—¿Black? —de pronto, la señor Jackson estaba muy interesada en ese pedazo de conversación, porque al hablar de estrellas y criaturas con nombres raros, se había desconectado un poco.
—Sí, señora. Los Black eran una vieja familia de magos a quienes no les gustaban los muggles, ni los magos hijos de muggles ni nada que se le pareciera. ¡Y miren a dónde ha llevado la pureza de sangre a los Black! Solo quedan dos, y la madre de uno es muggle, por lo que sé.
—¿Y es tan malo eso de no tener magia? —inquirió la señora Jackson con suavidad.
—No, señora, no es nada malo. Pero algunos magos, como los Black de antes, no lo entendían. He oído que el último Black es completamente diferente, ¿es cierto?
Icarus se dirigió a Thomas, quien asintió con aire algo distraído, aunque enseguida se recuperó y esbozó una sonrisa radiante.
—Procyon es mi mejor amigo y si fuera como los Black de antes, ni me miraría.
—Bien por él. A nosotros no nos importan esas cosas. Seríamos unos hipócritas si alegáramos tener sangre limpia cuando el tatarabuelo Bob era muggle.
—Oye, ¿y cómo supiste que la abuela de Danielle era una Black?
Thomas tenía razones para sospechar, porque aquel dato era uno que solo la gente más cercana a la rubia conocía. Icarus dejó escapar una pequeña risa, como dando a entender que todo el asunto le divertía por algo que el pelirrojo no alcanzaba a comprender.
—Es que una de mis tatarabuelas era Black —respondió finalmente, encogiéndose de hombros otra vez —Fue repudiada por su "noble" familia al casarse con el tatarabuelo Bob. Algunos de mis tíos y primos tienen nombres de estrellas o constelaciones porque dicen que era una forma en la que la tatarabuela quería darles una lección a sus parientes. Mi hermano Brent, por ejemplo, ¿lo conoces? —Thomas, tras un momento de reflexión, recordó a un Gryffindor que el curso anterior fue suplente en el equipo de quidditch y asintió —Pues bien, su segundo nombre es Regulus. Nació en agosto —Icarus volvió a reír, pero esta vez un poco más alto, antes de explicarle a la señora Jackson —Regulus es estrella de Leo, ¿sabe? Mi padre creyó que era lo adecuado. A mí me tocó Heze (1), aunque mi madre no quería que lo llevara. Casi nunca lo digo, de hecho.
—Entonces eres pariente de Procyon y Danielle —soltó Thomas de pronto.
—Lejano, pero creo que sí. Y claro, no tengo ni idea de cuántos parientes debo tener perdidos en algún sitio. Los Black repudiaron a unos cuantos más, por lo que sé…
—¿Dices que vienes de Edimburgo? —preguntó Thomas, con cara de recordar algo de manera repentina.
—Sí, allí nací. Fue a donde se mudaron los tatarabuelos después de casarse.
—¿No vivió con tus parientes alguien llamado Marius?
Ante la repentina pregunta, Icarus arrugó la frente por un momento, realmente concentrado, antes de suspirar y asentir con la cabeza.
—Solo he escuchado historias —aceptó, desviando los ojos hacia las praderas que rodeaban la casa de la señora Jackson —Mi abuelo es el que nos ha contado un poco de él, a Brent y a mí. Sabe que era un sobrino de su abuela; es decir, mi tatarabuela, y se hizo cargo de él cuando salió de su casa. Y le creo al abuelo Altie, aunque es un poco raro.
—¿Altie?
—¿No te dije lo de los nombres de las estrellas? Mi abuelo nació en julio, así que el bisabuelo Bart, su padre, le puso Altarf. Es una estrella de Cáncer.
—Familia rara la tuya… —dejó escapar Thomas, conteniendo la risa.
—Lo sé. En fin… El señor Marius no era mago, parece que su "adorable" familia lo repudió por ser squib, pero de eso me enteré hasta después. En casa no lo nombran seguido, aunque le caía bien a todos. El abuelo Altie cree que el señor Marius se marchó de Edimburgo porque se deprimía un poco viendo magia en todas partes y él no podía hacerla. Aunque según lo que dijo el bisabuelo Bart una vez, "Marius valía por cien de esos estúpidos Black".
Icarus sonrió de nueva cuenta, un poco más alegre que antes, para luego dar un respingo al oírse el tono de un teléfono celular. Sacó el aparato del bolsillo de su pantalón de mezclilla.
—Buenas tardes, jefe, ¿en qué puedo…? —el joven respondió tranquilamente, pero luego parpadeó con evidente confusión mientras oía lo que decía la otra persona —¿Ahora? No estoy en casa… Ajá, tuve que venir a Inverness por asuntos de la granja de mi familia… Sí, lo siento, sabía que se iba hoy… Si me da un par de horas, podría… Sí, de verdad, debo conducir hasta Edimburgo y eso no está precisamente a la vuelta de la esquina… Lo siento, jefe, de verdad… De acuerdo, nos vemos en un par de horas… —Icarus colgó y suspirando, hizo una mueca antes de dirigirse a la señora Jackson —¿Dónde puedo cargar la camioneta sin que me vean, señora?
—¿Dónde…? En la parte trasera, muchacho, ¿pero por qué…?
—Necesito estar en Londres en dos horas y… Bueno, voy a cargar la mercancía a mi manera.
La mujer asintió lentamente, paseando la mirada de su visitante a su nieto.
—¿No está prohibido usar magia en lugares muggles? —inquirió Thomas en un murmullo.
—Sí, pero soy mayor de edad y no sería delante de muggles. Además… —Icarus miró a su alrededor, viendo que la mayoría de la gente ya se había marchado al acabarse, poco a poco, lo del mercadillo —Creo que debo hablar de esto con la familia.
La forma en que dijo "esto" puso a Thomas en guardia; sin embargo, Icarus Hitchens no sonaba en absoluto frío o siniestro. En realidad, su expresión era la de alguien que ha reflexionado por mucho tiempo sobre un asunto que le preocupaba y que, finalmente, ha encontrado una solución.
—Señora Jackson, por cierto… Voy a enviar a mi padre a visitarla, ¿tiene algún inconveniente?
—No, muchacho, claro que no. ¿Algún motivo en particular para que venga?
—Creo que podría darle algunos consejos sobre sus cercas.
La señora Jackson, frunciendo el ceño, lucía claramente confundida.
Thomas, en cambio, creyó saber a qué se refería exactamente el muchacho.
–&–
La jornada terminó relativamente bien en Mahonlands, vendiéndose casi todo lo expuesto en el mercadillo. La señora Jackson en persona recibió lo que su nieto y sus empleados de confianza recaudaron, para luego contarlo y agradecerles su buen trabajo. Los empleados, con sendas sonrisas, se dirigieron a la casa del personal, mientras Thomas iba tras ella con alegría, queriendo saber qué haría con el dinero o si podría pasear por los terrenos McMahon después de comer.
La señora Jackson habría disfrutado un poco más de la cháchara de su nieto si no hubiera sido por las llamaradas verdes en su chimenea.
—Buenas tardes, señora Jackson.
Lo primero que pensó Thomas era que ese hombre no tenía nada qué hacer en la sencilla sala de su abuela. Era alto y de espalda ancha, con el cabello rubio revuelto y algo manchado de negro, lo mismo que su cara, que poseía una nariz pequeña, una boca de labios delgados y era adornada por unos ojos de un intenso color gris, algo azulado, que recordaban un poco a un cielo que a duras penas conservara algo de color aún cubierto por cargadas nubes de tormenta. Vestía una túnica azul marino con botones plateados, visiblemente cara, y mientras que con la mano izquierda se sacudía las cenizas, con la derecha aferraba la varita mágica.
Sin perder tiempo, Thomas metió una mano al bolsillo interior de la chaqueta verde que llevaba puesta, agradeciendo por una vez que su abuela le obligara a usarla aunque fuera para dar una impresión de seriedad ante los compradores en el mercadillo.
—Buenas tardes, Bart, ¿a qué debo semejante intromisión? —la señora Jackson, pese al susto que le dio el ver a un hombre saliendo de su chimenea envuelto en llamas, recuperó la compostura rápidamente —Me comentó tu muchacho que te enviaría, pero…
—¿Icarus? Sí, lo siento, debió avisar que vendría de una manera no convencional —Bart, el nombrado, hizo una pequeña reverencia ante la dueña de la casa, para luego fijarse en Thomas, a lo cual parpadeó con aire verdaderamente confundido —¿Por qué ese chico parece que va a sacar la varita en cualquier momento? ¿Nunca había visto a un mago llegar por la red Flu?
—¿Qué es la red Flu? —inquirió la señora Jackson a su vez, frunciendo el ceño.
—Es un medio para viajar de los magos, abuela. A través de las chimeneas —indicó Thomas con sencillez, antes de mirar al hombre rubio con los ojos entrecerrados —Oiga, no quiero ser grosero, pero no es normal que un mago venga a una casa muggle por la red Flu.
—Es verdad. Pero da la casualidad de que trabajo en el Departamento de Transportes Mágicos, y un conocido de la red Flu me hizo el favor. Además, solo será esta vez. Señora Jackson, si fuera tan amable, ¿podemos tomar asiento?
La mujer, asintiendo, fue a ocupar su sitio habitual. Thomas, dudoso, sacó la mano del interior de su chaqueta, sin la varita en la mano, para ir a sentarse a la derecha de su abuela. El recién llegado los imitó en el sillón de enfrente, guardándose la varita.
—Lamento muchísimo que se enterara tan de improviso que somos magos —comenzó el señor Bart, haciendo una mueca antes de seguir —Icarus me contó que solo lo dijo porque su nieto es mago —señaló a Thomas con un gesto, quien a su vez arrugó la frente —Espero que comprenda que no podíamos revelar nuestra naturaleza debido a nuestras leyes.
—Oh, sí, algo me comentó Thomas. Pero eso no explica que usted esté aquí.
—Bueno, su nieto tiene algo de culpa —el hombre sonrió un poco, en forma amable, por lo cual Thomas no sintió temor —Preguntó por el tío Marius. Bueno, le decimos "tío" desde siempre, aunque el parentesco exacto es un poco más complicado. En fin, le decía… Al tío Marius apenas lo mencionamos, no supimos de él después de que se casó, por lo que contaba la bisabuela Isla…
—¿Isla? —Thomas dio un respingo —¿Isla Black?
—Icarus comentó que te habló un poco sobre ella.
—Sí, bueno… Verá, encontré algo del bisabuelo Marius… Una especie de diario, y… Bueno, allí menciona a una "tía Isla", que se hizo cargo de él cuando era pequeño. No creí…
—Nosotros tampoco esperábamos que algún pariente del tío Marius llegara a ser mago —reconvino el señor Bart, comprensivo —Si es raro de por sí que nazca un squib, aún es más raro que sus descendientes tengan magia. Sin embargo, es posible y aquí tenemos la prueba —indicó al pelirrojo con un ademán, mirando a la señora Jackson —Por eso Icarus habló con la familia cuando nos llevó la cosecha que compró. Cree que es conveniente que tengan protecciones mágicas, aunque serán complicadas de hacer debido a la importancia de la propiedad en los alrededores. Y claro, usted debe estar de acuerdo.
—¿Protecciones? ¿Por qué? ¿Acaso por esa…? ¿Por esa guerra de magos?
El señor Bart arrugó la frente, claramente pensando en cómo responder a eso con el mayor tacto posible. Fue Thomas el que intervino, sin comprender del todo el asunto.
—¿Qué mago querría atacar a mi abuela? Es muggle, no le hace daño a nadie.
—Muchacho, por el simple hecho de ser tu abuela, la señora Jackson corre peligro. Todos los magos corremos peligro, y por consiguiente, nuestros familiares. Aunque nos duela admitirlo.
Thomas puso tal mueca de disgusto y miedo que la señora Jackson supo que aquello era cierto.
—¿Y usted pondría todo eso de las protecciones? —se interesó la mujer, quien obtuvo de parte del rubio un asentimiento —¿Por qué?
—Bueno, debido a que sería extraño que una propiedad como Mahonlands se esfumara sin más, al menos para los muggles, vamos a vincular las protecciones a la familia. Es un tipo de magia muy antiguo y complejo, no cualquiera puede hacerlo, pero por suerte mi padre nos ha enseñado bien. Lo único malo es que debemos vincular las protecciones a una persona con magia que tenga, a su vez, relación directa con usted, y de momento el más cercano es su nieto.
—¿Y eso exactamente de qué se trata?
De pronto, a la señora Jackson le había entrado algo de miedo con eso de "vincular", sobre todo porque su inteligente nieto se mostraba tan confundido como ella.
—Debido a nuestro parentesco, yo realizaré ciertos conjuros que mantendrán la propiedad a salvo de cualquier mago o bruja que no sea de la familia. Esos conjuros serán sostenidos por el único mago de la familia que, a su vez, está relacionado con los propietarios de Mahonlands, en este caso su nieto, y mientras él viva, las protecciones no caerán y solo podrán entrar aquí magos o brujas que su nieto llegue a invitar. Lo mismo aplicará con los muggles, solo que quien podrá invitarlos será usted, la dueña legítima de la propiedad, y si llegara a morir, esa parte de las protecciones se vendría abajo, a menos que la pasemos al siguiente pariente muggle más cercano…
—Esa sería mamá —susurró Thomas con asombro.
Hasta el momento, sabía que la guerra mágica en el mundo se extendía sin control y que Reino Unido estaba en tensión constante por algún ataque de parte de Hagen. Pero de eso a que la casa de su abuela debiera ser protegida, había una enorme diferencia. Jamás lo imaginó necesario, menos con un tipo de protección que recaía, en gran medida, en él, el único mago de la familia.
—Momento, ¿eso mismo podría hacerse en casa de mis padres? —inquirió Thomas con preocupación.
—¿Tus padres?
—Sí, Ellos… Bueno, son famosos, ¿sabe? Quisiera que también estuvieran seguros, pero no pueden desaparecer así nada más…
—Puede hacerse —respondió el señor Bart tras un instante de reflexión —Pero sostener todo eso puede pasarte factura, muchacho. De ahora en adelante, habrá hechizos que no podrás realizar con facilidad, debido a que gran parte de tu magia se estará desviando a las protecciones. Además, esto que no puede revertirse, cargarás el resto de tu vida con esa responsabilidad, hasta que se la pases a alguno de tus hijos. ¿Comprendes lo que te digo?
Thomas respiró profundamente, dejó escapar el aire poco a poco con un suspiro y asintió.
—¿No hay manera de que todo eso no recaiga en Thomas? Suena… peligroso —intervino la señora Jackson, intentando que no se dejara ver lo ansiosa que se sentía.
—No, señora. Solo estoy quitándole a su nieto la facultad de ser quien invite a los muggles a la propiedad, eso queda en sus manos. Y en el caso de la casa de sus padres, uno de ellos cargará con esa parte. Si solo fuera una propiedad, quizá el muchacho no se vería en aprietos.
—Entonces lo que quiere decir es que, entre más casas proteja con esa magia, más le va a afectar a Thomas.
—Sí, más o menos.
—Tendré que decirle entonces a Charlotte y Sean que se muden aquí.
—¡Abuela! —se sorprendió el pelirrojo, mirándola con pasmo —Papá y mamá no querrán…
—No es que quieran. Les explicaremos todo y lo comprenderán. Te quieren, cariño, y harán cualquier cosa por ti. Te estaremos profundamente agradecidos de que ayudes a protegernos. Ahora que lo pienso, quizá Phillip y su mujer deberían mudarse también…
Y mientras su abuela meditaba en susurros sobre sus planes, Thomas no pudo sino sentirse abrumado con aquello de que su familia haría cualquier cosa por él. No desconocía la información, desde luego, sobre todo porque él haría lo mismo por cualquiera de sus parientes, pero escucharlo en voz alta era totalmente diferente.
Gran parte del aborrecible sentimiento de culpa por Jeremy que aún lo abrumaba de vez en cuando desapareció esa tarde, al emplear la magia para proteger a sus seres queridos.
–&–
27 de agosto de 2021.
Tokio, Japón.
Akihabara, distrito de Chidoya.
Sakura Kiyota sabía que haber regresado a Japón era lo más arriesgado que se les pudo ocurrir.
Pero no era cosa suya. La misión encomendada por su Alteza Imperial Naruhito era de extrema prioridad. Sakura pudo ejecutarla sola, pero su equipo no quiso abandonarla. Los más recientes acontecimientos pesaban sobre ellos, dejando claro que una separación no era lo más conveniente.
Ahora mismo, sin embargo, cada uno había tenido que ir por su lado, mientras ella esperaba a que los chicos regresaran al departamento de su hermana Ren, que actualmente se hallaba vacío ya que ella y su hijo se habían mudado a la residencia Kiyota.
Una aparición a su derecha apenas la sobresaltó. Incluso reconoció al mago que la originaba.
—Bienvenido, Satoshi–kun.
El aludido, quitándose la máscara, esbozó una débil sonrisa e hizo una reverencia pequeña y apresurada antes de tomar asiento frente a ella.
—Todo en orden —indicó Satoshi Kurogami con toda la firmeza que podía —Mi clan no ha recibido ofertas de Matsunaga. Lo ha dejado en paz a cambio de no intervenir en sus políticas.
—Bien. ¿Alguna noticia de Yonkei (2)?
—Sí. Onesan está segura de que ningún guardia sufrirá daño alguno ahora que sabrán a qué se enfrentan. Aunque ella ya se lo temía, según lo que comentó, desde que se supo lo de la fuga.
Sakura asintió en silencio. El pasar información a los ninjas que seguían en su país sobre los fugitivos de Shinitani era prioritario. Los camaradas que resguardaban a los mahonashin más importantes de Japón no debían ser tomados por sorpresa. Sería difícil para ellos enfrentar a compatriotas y peor aún, a ex–colegas, pero su Alteza Imperial creía necesario que lo supieran.
—¿Quién más ha vuelto? —inquirió Satoshi entonces.
Sakura negó con la cabeza esta vez, causando que su compañero se pusiera increíblemente serio.
—Pero… Sasume–san vive cerca. Y Kishuu–san aseguró que no tardaría en ir y venir a Ise.
—Lo sé, ya me estoy preocupando. Pero si estuvieran en problemas…
La joven meneó la cabeza. No quería ni pensar en semejante posibilidad.
De pronto, un extraño sonido, como el de un lejano río fluyendo lentamente, hizo que ambos giraran la cabeza, fijando la vista en un punto cercano a la puerta, en donde una silueta humana se estaba dibujando con lo que parecía una considerable cantidad de agua.
—¿Sasume–san? —indagó Satoshi, con expresión seria.
—¡Un momento! —se oyó que decía una voz femenina desde la silueta de agua, antes que poco a poco, el cuerpo de una joven de largo pelo castaño y túnica amarillo claro reemplazara cada gota —Lo siento, pensé que debía practicar si es que venía a un destino protegido, ¿saben? Además, no quería hacer saltar las alarmas en el mundo mahonashi.
—¿Entonces lo conseguiste, Sasume–chan? —quiso saber Sakura, tras asentir en señal de aprobación a la explicación dada por su compañera.
—¡Oh, sí! —Sasume Kishimoto tomó asiento a la derecha de Sakura, tomando aliento antes de explicar —Mi padre me prestó los periódicos de la última semana. El Primer Ministro parece que se contradijo hace poco, porque primero aseguró estar de parte de Europa y al siguiente, regresó a su postura de no inmiscuirse en conflictos ajenos. Mi padre cree que algo malo pasa con él, porque en televisión aparece demacrado y algo tenso, como forzado. Y mi padre es bueno estudiando las caras de la gente, le sirve en el trabajo, ¿saben?
—Entonces, de alguna forma, han llegado hasta el Primer Ministro —supuso Satoshi.
—¡Eso no tiene sentido! ¡El Primer Ministro mahonashi es uno de los más protegidos por los nuestros! ¿Cómo es posible que gente de Matsunaga llegara hasta él?
—Descuido.
La afirmación, en la voz seria y prácticamente neutra de Sorata Kishuu sobresaltó a los otros tres. No se habían dado cuenta del momento en que se apareció en el departamento.
—Ya era hora de que llegaras —se limitó a indicar Sakura, captando por el rabillo del ojo que Sasume había querido ponerse de pie de un salto, pero se contuvo a duras penas —¿Nos tienes alguna noticia? Espero que sí, y que sea buena.
—Noticias tengo, pero no sé qué tan buenas sean —indicó Sorata, tomando asiento en la alfombra de la sala, entre Satoshi y Sasume, delante de la cuadrada mesa de centro —Karen asegura que hubo un momento en que la guardia del Primer Ministro mahonashi mostró una abertura y fue lo que aprovecharon algunos hombres de Matsunaga para acercarse y lanzarle una Imperius, obligándolo a mostrarle amistad al Canciller mahonashi de Alemania, que sabemos que está bajo una Imperius. Cuando Karen lo supo, no había pasado ni una semana de lanzada la maldición, así que hizo llegar un mensaje a los nuestros y la retiraron.
—Supongo que eso significa que tu prima de verdad está de nuestra parte.
Sorata asintió en silencio, entrelazando las manos encima de la mesa de centro, con aspecto serio, antes de soltar el resto de lo que había averiguado.
—Hay rumores entre los mahonashin. Rumores sobre magia. Parece que lo de hace unos meses les ha llenado la cabeza de ideas raras y lo peor es que quizá tengan razón. Karen está casi segura de que ese tornado tan raro fue causado por un kazenobi, ¿quién más sería capaz de manipular una masa de aire semejante y mandarla directamente contra Amaterasu–jinja?
Se hizo el silencio. Los cuatro jóvenes ninjas tenían más que confirmado el uso de la magia en el tornado que en junio dejara pasmada a toda la población de la capital, y si lo que Sorata decía era verdad, no iba hacia la Torre de Tokio, como muchos pensaron en su momento, sino que su objetivo era el Templo Amaterasu, con lo cual habría asesinado a muchísimos magos civiles.
—Pero que el tornado fuera inusual no significa que deban hablar de magia —se atrevió a intervenir Satoshi, tras varios segundos.
—Lo sé, pero lo del tornado solo es la punta del iceberg. También está el hecho de que la Familia Imperial saliera del país en una fecha no notificada a la Dieta. Los mahonashin se están exaltando en contra de la Familia Imperial, porque prácticamente se han marchado todos, incluso aquellos que renunciaron a sus títulos y vivían como civiles. Los mahonashin no saben la razón y los magos están siendo más que descuidados quejándose de ello en sitios donde cualquiera puede escucharlos. De seguir las cosas así, el Estatuto Internacional del Secreto no tardará en romperse y Japón será sacado de la Confederación en un abrir y cerrar de ojos.
—Kishuu–san, eso me parece…
—¿Exagerado? A mí no, Kurogami. Matsunaga está de parte del Terror Rubio, y si lo que ese tipo quiere es que los mahonashin sepan que existimos, lo está consiguiendo. No tiene más que exaltar a los magos civiles, haciendo que se vuelvan más y más descuidados, con lo cual el rompimiento del Estatuto solo será cuestión de tiempo.
—¿Algo más que debamos saber, Kishuu–kun? —inquirió Sakura con voz seria.
Sorata respiró hondo, claramente queriendo serenarse.
—Karen tiene una teoría de por qué Matsunaga quería dar el golpe de Estado —admitió.
—¿Una teoría de…? Kishuu–kun, sin afán de ofender a tu prima, pero eso…
—No comprendes. Karen se refiere a que Matsunaga no solamente quería retirar de su cargo a su Majestad. Lo quería matar. Y ella cree saber por qué.
Los otros tres intercambiaron miradas. Una cosa era saber que el Ministro de Magia quería gobernar Japón por completo, pero que quisiera asesinar al líder de la Familia Imperial…
—¿Y por qué cree tu prima que querían matar a su Majestad? —decidió preguntar Sakura, sin querer realmente saber la respuesta.
—Por la Kekkai del Imperio. Karen está segura de que Matsunaga quiere hacerla caer.
Ante eso, solo Sakura y Satoshi mostraron signos de espanto, debido a lo que las palabras de Sorata significaban. Sasume, arrugando la frente, abrió la boca, pero la cerró casi enseguida, agachando la vista y jugueteando nerviosamente con los dedos, aunque no tardó en poner expresión de concentración, ladeando la cabeza ligeramente a la derecha.
—La Kekkai del Imperio es más que una simple barrera mágica —planteó Sorata, con lo cual Sasume alzó poco a poco la vista, prestando toda su atención —Esa kekkai es lo primero que se interpone cuando magos extranjeros quieren atacarnos. Si uno de esos magos quiere entrar al país ilegalmente, la kekkai hace saltar las alarmas del Escuadrón Ninja y es el mismo Emperador quien indica el punto geográfico donde está el problema. Si la kekkai es derribada, cualquier mago o bruja del extranjero podría entrar a Japón sin impedimentos.
—Pero… Tenía entendido que esa kekkai… ¿Esa kekkai no la sostiene el Escuadrón Ninja?
—La sostiene, no la mantiene —aclaró Sorata, con lo cual Sasume puso una curiosa expresión de confusión —Eso significa que los asignados en nuestro escuadrón para la kekkai del Imperio se ocupan de reforzar su magia, pero quien hace posible que exista es el Emperador. Si él muere sin haber traspasado el peso de la kekkai a su heredero, la kekkai caerá, por más que los ninjas a cargo de sostenerla sigan con vida. De hecho, ellos podrían mantenerla en pie por poco tiempo, tal vez unos días, pero tarde o temprano no podrían con ella y entonces estaríamos en un gran problema.
De nuevo se hizo el silencio. Sakura, aunque sabía todo lo que Sorata acababa de exponer, se había quedado tan aturdida como Sasume. Todo porque se había dicho en voz alta una de los peores panoramas para el Imperio en medio de aquel enorme conflicto generado por Hugo Hagen. De pronto, arrugó la frente.
—Entonces… Lo de la kekkai confirma lo del tornado —indicó de repente.
—Sí. Ningún extranjero puede infiltrarse en Japón sin hacer saltar las alarmas de la kekkai, así que el tornado debió ser generado por un japonés. Karen jura que fue cosa del Ámbar Blanco. En la actualidad, es el único con semejante capacidad.
A su alrededor hubo un escalofrío. La misión en el Mar del Norte, ocurrida tan solo cuatro meses atrás, les había mostrado gran parte de las habilidades de los nukenin fugitivos de Shinitani, entre quienes se contaba Shinigami, un shinobi experto en el manejo del viento y de numerosas técnicas que causaban dolor y, a veces, muerte.
Por desgracia, el shinobi era uno al que Satoshi no podía atacar de ninguna manera.
—¿Entonces qué sigue ahora? —quiso saber Sasume en un murmullo.
Sakura reprimió una mueca. Le dolía que su compañera hablara así. Estaba tan acostumbrada a su tono alegre que el oírla susurrar, como si temiera algo, le calaba hondo.
—Lo que sigue es descansar para poder completar la otra misión —indicó sin titubear —Voy a enviar un informe a su Alteza Imperial sobre lo que acabamos de descubrir, luego continuaremos pasando revista a las guardias y en cuanto recibamos respuesta, nos marchamos.
—¿Y si nos piden permanecer aquí? —inquirió Sorata, ceñudo.
—No lo creo, es demasiado arriesgado. Además, le pedí a su Alteza Imperial que no me demore en Japón más de lo necesario. Gente como Matsunaga ya me buscó una vez, podría pasar de nuevo.
Los otros asintieron y se pusieron de pie. Satoshi hizo una reverencia a sus compañeros y musitó algo sobre Ginza antes de desaparecerse; en tanto, Sasume imitó su reverencia antes de ir hacia los dormitorios, aunque en el camino tropezó con sus propios pies y casi se dio de cara contra una pared, aunque lo evitó por muy poco, dando un brinquito antes de perderse de vista.
—Bien, Kishuu–kun, suéltalo.
El aludido, que se preparaba para dejar la sala también, miró a su líder con evidente fastidio.
—No sé de qué hablas, Kiyota —siseó, comenzando a caminar fuera de la habitación.
—Volviste a ir a otra parte, ¿verdad? Después de Ise.
Sorata arrugó la frente de manera apenas perceptible. Hacía unos meses, antes de salir de Francia, habló con Sakura a solas y confesó que parte de la demora en su viaje fue causada por un desvío en su ruta. En ese momento, Sakura había dejado claro que confiaba en él y que cuando quisiera hablar del asunto, lo escucharía, pero evidentemente, la posibilidad de que la Kekkai del Imperio cayera la había puesto en alerta máxima.
—Sí —aceptó él, volviendo a tomar asiento en la alfombra, cosa que a Sakura desconcertó bastante —Pero es irrelevante para la misión.
—Kishuu–kun, ¿no es nada malo, verdad?
—No, no es nada malo. Tuve que hacer una pequeña parada personal, lo siento.
Al segundo siguiente, Sakura tuvo el fuerte impulso de sacar la varita, pero se contuvo.
—Dejando eso claro… —comenzó el joven.
—Kishuu–kun, ¿de verdad esperas que me calme después de eso?
—¿Después de qué?
—¡Te disculpaste!
Él se encogió ligeramente de hombros y Sakura supo que no podría sacarle más.
—Bien, cuando creas necesario que lo sepa, dímelo. Ahora, ¿algo más que informar?
—Lo de la kekkai no es broma, Kiyota. Si cae…
—Sé lo que pasaría si cayera. Una vez leí un libro al respecto… Redactado por un Onmatsu, de hecho. Quizá Sana–san esté dispuesta a hablarnos más de ello.
—Ese no es el punto ahora. Kiyota, ¿estás consciente de que su Majestad ya designó heredero? En ese caso, ¿por qué iría Matsunaga por él en el golpe de Estado?
Sakura, parpadeando repetidas veces con aspecto confundido, terminó por mostrar su asombro al abrir lentamente la boca, como si diera un grito, solo que sin voz.
—¡Su Majestad no ha traspasado el peso de la kekkai a su Alteza Imperial! —exclamó.
—Exacto. Su Alteza Imperial Naruhito, a estas alturas, debería cargar con la responsabilidad de la kekkai, sobre todo por la avanzada edad de su Majestad y por lo que ha estado ocurriendo. A Karen le parece muy sospechoso que Matsunaga no quisiera asesinar a su Alteza Imperial, por eso tiene esa teoría. Habría que sugerirle a su Alteza Imperial el traspaso de la kekkai, si no lo ha pensado ya, para que su Majestad deje de estar en la mira de Matsunaga. Por fortuna, ese proceso no requiere que deje de ser Emperador, quizá podamos confundir a Matsunaga de esa forma.
—De acuerdo, lo incluiré en el informe. Ahora mismo toda la Familia Imperial está en Roma, en una residencia que consiguió Garibaldi–san, el jefe de los Samuráis italianos…
—Creo que los llaman Legionarios.
—Da igual. A propósitos de desvíos personales… Cuando nos marchemos, antes de reunirnos con los demás en Roma, iremos a París.
—¿París? ¿Quieres ir de compras, Kiyota?
La joven contuvo la risa. Aunque en sí, era sumamente raro que Sorata Kishuu hiciera una broma. Y precisamente por su escasez, apreciaba ese intento de humor de su compañero.
—No. Julien–kun quiere presentarme a su familia y no tendré próximamente otro hueco entre misiones para ello. Podría ir sola, pero…
—… Pero sabes perfectamente que no te dejaremos hacerlo —concluyó Sorata.
Sakura asintió. El estar rodeada por su equipo, en ocasiones, le recordaba a cuando su mejor amigo, Shigure Komori, se ponía sobreprotector. Suspiró al tiempo que sonreía.
—¿En serio crees que es buen momento para…? Bueno, ¿casarse?
Ante la pregunta, hecha por un Sorata muy serio, Sakura compuso una expresión triste.
—Por un lado, es el peor momento, Kishuu–kun. Por nuestro trabajo y la situación actual, no sabemos si vamos a seguir vivos mañana. Pero por eso mismo hay que aprovechar la más pequeña oportunidad de ser un poco más feliz, ¿no crees? El mal del mundo no debe quitarte los sueños.
Sorata la miró largo rato antes de mover la cabeza levemente en señal de comprensión. Sakura estaba casi segura que la cuestión salía a colación porque, aunque no lo demostrara, el muchacho se preocupaba por ella y lo que le esperaba. Volvió a sonreír.
—Kishuu–kun, ¿crees que algún día tú vayas a casarte?
—¿Tú lo crees posible?
En otras circunstancias, con cualquier otra persona, Sakura habría bromeado diciendo primero "no" para luego echarse a reír. Pero hablaba con Sorata, una de las personas más centradas que conocía, que no era dado a las chanzas y que, por otro lado, jamás dejaba de dedicarle alguna velada amabilidad en cuanto podía.
—Sí —decidió responder, sonriendo un poco más al verlo con cara de incredulidad —Es solo mi impresión, Kishuu–kun, pero no me pareces el tipo de hombre que se queda solo toda la vida. Es más, creo sinceramente que la que se case contigo será muy afortunada. Si yo no tuviera a Julien–kun, quizá me habría enamorado de ti.
—Lástima, no eres mi tipo —musitó él, con un amago de sonrisa —Quizá habría funcionado.
Dos pequeñas bromas de Sorata en menos de media hora. Sakura juraría que eso era un récord.
—Bien, a descansar, tenemos una misión demasiado especial en puerta. ¿Por qué crees que…?
—¿Que su Alteza Imperial nos mandó precisamente a esto? Quizá porque ya entramos allí una vez. Aunque en este momento el lugar está el doble de protegido y no vamos precisamente a una zona abierta al público, ni siquiera a los magos.
—Entonces es una suerte que tengamos contactos.
Sorata asintió, se levantó y se retiró, seguido de cerca por Sakura, quien se sentía sumamente exhausta pese a que lo realmente complicado de aquella estancia en Japón apenas iba a comenzar.
Pero no pudo evitar sonreír con alegría cuando vio, en el pasillo de los dormitorios, la puerta que traspasaba Sorata.
–&–
30 de agosto de 2021.
Roma, Italia.
Palazzo Luminatti.
La capital italiana era una de esas ciudades con todo tipo de calles: largas y cortas; anchas y estrechas. Así mismo, podían hallarse toda clase de edificios, entre casas, comercios y monumentos.
Un estrecho callejón al norte de Roma ocultaba, tras la pared de ladrillo que lo cerraba, la entrada a una de las construcciones más espléndidas que hubiera en siglos pasados, solo que ahora era invisible para la gente sin magia, llamada por los italianos sincaramanzia.
—Lamento los inconvenientes que el sitio les ha dado, su Majestad.
Falco Garibaldi, Tribuno de los Legionarios del Ministerio de Magia italiano, no era una persona experta en trato diplomático, eso lo sabía cualquiera que lo conociera. Sin embargo, el trabajar en estrecho contacto con varias personalidades destacadas de su país le había dado la práctica para poder entablar conversaciones educadas y precisas con gente de alcurnia, aunque se le dificultaban un poco cuando no eran en su lengua nativa.
—Oh, no se preocupe, Garibaldi–dono. Ha sido sumamente amable de su parte el buscarnos un alojamiento, a sabiendas de que no es parte estricta de su trabajo.
El Emperador de Japón, pensó Garibaldi, era mucho más agradable de lo que imaginó en un principio, cuando el Cesare Ferrati le comunicó su ofrecimiento de asilo político a la Familia Imperial nipona y le solicitó atentamente que les hallara un sitio seguro dónde quedarse. Aunque era evidente en su trato y su ropa que era una persona poderosa y rica, no se daba más importancia de la que tenía, que era mucha de por sí. Sus hijos, nietos y demás parientes, en mayor o menor medida, eran iguales a él, lo que Garibaldi atribuyó, en parte, a su educación, que les dictaba que debían ser un ejemplo para el pueblo al que gobernaban.
—En realidad, hay que agradecer es a la familia de mi esposa —admitió Garibaldi con una tenue sonrisa —Este lugar le pertenece y su páter, su líder, accedió a facilitarlo para su hospedaje. Los Luminatti son magos y brujas realmente amables, aunque suene mal que lo diga yo.
El Emperador asintió con la cabeza, con una expresión neutra que, casi sin querer, dejaba traslucir que estaba de acuerdo con su interlocutor, aunque no tuviera ni idea de qué tan influyente era la familia de la que se estaba hablando.
—¿Tendremos la oportunidad de agradecerle en persona a alguno de ellos? —inquirió.
—Probablemente, su Majestad. Ella o alguien más de su familia los visitará en los próximos días. Muchos tienen empleos demandantes que no les han dado ningún hueco, sobre todo el páter, pero por otro lado, vale la pena ser presentado a tan ilustre huésped.
El Emperador volvió a asentir justo cuando llamaban a la puerta de la elegante sala de estar donde se encontraba. El Tribuno se puso en guardia casi enseguida, moviendo la diestra con cautela hacia el bolsillo de su túnica, antes de caminar hacia donde se hallaba la entrada.
—¿Quién? —inquirió.
—Garibaldi–dono, quiero hablar con mi padre.
Era la voz del príncipe heredero Naruhito, sin duda, aunque Garibaldi arrugó la frente.
—¿Santo y seña, su Alteza Imperial?
—Ten no Ryu (3) —pronunció la voz del príncipe.
Garibaldi asintió y abrió la puerta. El hombre al otro lado, de túnica oriental rojo oscuro con bordes dorados, era una versión más joven y esbelta del Emperador, pero aún así le llevaba sus buenos años al Tribuni. Lo que sorprendía a Garibaldi era que, en ocasiones, tanto el Emperador como su heredero parecieran comprender los protocolos de seguridad a su alrededor tan bien como si ellos mismos los hubieran ejecutado alguna vez.
—Padre, llegaron —anunció el príncipe heredero sin más.
—Garibaldi–dono, por favor acompáñenos. Han arribado algunos de nuestros ninjas.
El recién nombrado accedió con un movimiento de cabeza, intentando por todos los medios que no se le notara el asombro.
Desde que se diera a conocer la intervención de magos ninjas en el asalto a Azkaban de hacía unos meses, Garibaldi era uno de los más interesados en saber más sobre ellos. Los ninjas de Japón, si se les conocía en el extranjero, era por esas escasas ocasiones en que alguna nación solicitaba el apoyo japonés en algún conflicto que hubiera adquirido proporciones casi desastrosas. La curiosidad que despertaban era, más que nada, porque las pocas personas vivas que los habían visto trabajar aseguraban que no siempre hacían uso de magia conocida, lo cual daba pie a los rumores más descabellados.
Garibaldi era de las personas que prefería creer solo en lo que veía, por lo que esa oportunidad era única. Decidió no desaprovecharla y comportarse de tal forma que no ofendiera a los japoneses, que poseían costumbres que él no acababa de comprender, pero las respetaba antes que nada por ser huéspedes del palazzo de la familia de su esposa y porque así lo sentía de forma natural.
El edificio en el que se encontraban le hacía honor a su nombre. En los tiempos en que Roma era una de las ciudades más transitadas y ricas de Europa, los Luminatti habían recibido el favor de varios personajes ilustres, tanto magos como sincaramanzia, por lo cual pronto amasaron una fortuna que, a diferencia de varios adinerados de la época, no despilfarraron, sino que la invirtieron en mercancías para comerciar y en apoyar las ciencias y las artes, de las cuales eran siempre los primeros en beneficiarse. Una de las inversiones más costosa y provechosa fue esa residencia, diseñada por algunos de los mejores arquitectos del siglo diecisiete, algunos de ellos inocentes muggles que no pudieron contemplar la obra terminada debido a un hechizo desmemorizante muy bueno, que servía para proteger la ubicación del palazzo de los enemigos, que en aquellos tiempos de incertidumbre y persecución de lo sobrenatural, no eran pocos. El palazzo contaba con cuatro plantas, cada una con varias habitaciones espléndidas que eran cuidadas por una docena de elfos domésticos, siendo una de las más importantes el salón al que se dirigían, que antaño era donde los Luminatti recibían a sus visitantes más distinguidos; se trataba de algo similar a una sala del trono.
Garibaldi sabía un poco más de los Luminatti que los magos italianos normales, por ser esposo de una de ellos, cosa que no siempre lo complacía, debido a que esa familia guardaba algunos secretos realmente valiosos… y peligrosos, si es que cayeran en manos equivocadas. Se acordó de uno cuando llegaron a las grandes puertas del salón principal, en la planta baja del palazzo, las cuales abrió el príncipe heredero, ya que lo adelantaba un par de pasos.
El salón principal, aunque era más simple que la más humilde habitación de cualquier palacio de la realeza, no dejaba de ser bello. Por generaciones se había mantenido adornado con estandartes que colgaban de tal forma que parecían el colorido techo de una enorme carpa. Cada estandarte era la representación de una rama de los Luminatti y, desde que la familia empezó a tener casi siempre descendientes mujeres, se colocaban allí los escudos que simbolizaban las casas a las que éstas se unían mediante matrimonio, fusionados al de los Luminatti, consistente en una luna creciente amarillo oro con los "cuernos" apuntando hacia el oeste, sobre fondo azul.
Conforme se acercaban al otro extremo del salón, en donde se hallaba una gran mesa redonda de madera de fresno, Garibaldi echó un vistazo a los estandartes del techo, hasta localizar el que se había colgado allí cuando Caterina se casó con él: la luna creciente de los Luminatti se había colocado entre una espada y un fusil cruzados, teniendo la mitad izquierda del fondo de color azul y la otra mitad, roja. A veces se sentía avergonzado de que hubieran tenido que crearle un escudo a toda carrera, pues siendo hijo de sincaramanzia, no lo poseía de antemano, pero a Caterina jamás le había importado. Decía que a veces, los Luminatti también se habían tenido que servir de las armas y que ya era hora de mostrarlas en su emblema familiar.
—Buenos días, Su Majestad, su Alteza Imperial…
El saludo, hecho por una voz femenina y firme, sacó a Garibaldi de sus pensamientos. Ya había gente sentada a la mesa a la que se dirigían él y los dos varones de la Familia Imperial, quedando desconcertado al ver a cuatro de ellos con el rostro cubierto por esas máscaras que encontraba fascinantes y frías a un tiempo. Supuso que la mujer que habló era la que se hallaba de pie haciendo una reverencia, pues los otros tres enmascarados la imitaron al unísono. La quinta persona, la princesa Aiko, primogénita del príncipe Naruhito, también se levantó, pero con más calma y una sonrisa leve en los labios que su padre y su abuelo no tardaron en corresponder, lo mismo que las reverencias de sus ninjas.
—Garibaldi–dono, por favor, tome asiento a mi izquierda —indicó el Emperador.
El aludido asintió y obedeció. Todos los demás se acomodaron enseguida y en ese momento, el mago italiano se dio cuenta del cofre de madera gastada que reposaba en el centro de la mesa.
—Hikari–dono, me alegra que llegaran sanos y salvos —comenzó el Emperador dirigiéndose a la mujer enmascarada que lo saludara en primer lugar, que llevaba una túnica oriental de un tono de rosa muy oscuro, casi rojo, y poseía una larga cabellera color castaño dorado —¿Hubo alguna dificultad con el paquete?
El Emperador señaló el cofre de madera en la mesa, al tiempo que Hikari negó con la cabeza.
—Por fortuna, el contacto indicado estaba sobre aviso, su Majestad —indicó ella.
Garibaldi frunció el ceño. No había entendido la respuesta de la mujer, solo dedujo por su voz que era joven, incluso era probable que él le llevara unos cuantos años.
—Sobre su informe, Hikari–dono… —el príncipe heredero carraspeó, por lo cual su padre notó que hablaba en japonés y dijo, esta vez en inglés —Como se darán cuenta, nos acompaña el líder de los Samuráis de este país, Garibaldi Falco–dono. Ha demostrado su valía, por lo que solicito que hablen en inglés, si es posible.
La joven mujer conocida como Hikari asintió, lo mismo que sus compañeros. Uno de ellos, con ademán tímido, sacó la varita y se dio un par de toques en garganta y oídos.
—¿Qué decía de nuestro informe, su Majestad? —reinició Hikari la conversación, en un inglés que, según Garibaldi, era bastante bueno.
—Ah, sí… Las especulaciones de Chihiro–san son acertadas. Por lo tanto, la sugerencia que nos envió será llevada a cabo de inmediato, Hikari–dono.
—Oh, no he sido yo la primera en pensarlo. Eso fue cosa de Hiroshi–kun.
Uno de los enmascarados, un hombre de túnica oriental azul marino y cabello castaño oscuro, hizo una inclinación de cabeza, confirmando ese dato.
—Me parece lógico que él lo pensara, de hecho —intervino por primera vez la princesa Aiko, con una sonrisa tenue dirigida a los enmascarados —¿Entonces quién llevará la Kekkai ahora, abuelo? Padre es un poco…
—Yo soy demasiado mayor ahora, lo sé —interrumpió con suavidad el príncipe heredero —Podré con la responsabilidad futura de gobernar el Imperio, pero para cuando eso suceda, quizá no posea suficiente fuerza como para cargar encima con la Kekkai. Así, eso pasará a ti.
La princesa Aiko abrió los ojos con pasmo y en sus sitios, los ninjas enmascarados hicieron notar un poco su inquietud, por lo que Garibaldi dedujo que esa "kekkai" era un asunto serio.
—¿Yo? —logró balbucear la princesa, anonadada, poniéndose más pálida que su túnica, de color marfil con hermosos bordados en oro y plata que dibujaban árboles y grullas —Padre, según tengo entendido, la Kekkai del Imperio solo puede traspasarse al heredero al trono, y yo…
—Eres mi primogénita, así que, algún día, heredarás el trono.
—¡Los mahonashin no…!
—Para los mahonashin, si el cambio en la ley no prospera, tendrás un papel secundario en su engranaje social —indicó entonces el Emperador con voz serena —Tu papel con los magos es el que nos interesa, porque para ellos, la ley cambió desde la Restauración, en beneficio del progreso y las generaciones futuras. Confieso que no esperaba tener que aplicar la ley mágica de sucesión en persona, pero ya que está allí, no vamos a desaprovecharla.
—Eh… Su Majestad… —se atrevió a hablar una enmascarada con el pelo largo y castaño, cuya túnica amarilla parecía desentonar con el trabajo de un ninja —¿Quiere decir…? ¿De verdad entre los magos, su Alteza Aiko será Emperatriz algún día?
—Efectivamente, Haruto–dono —contestó el Emperador con seriedad —En ese aspecto, nuestros ancestros tuvieron el buen tino de barajar la remota posibilidad de que el Emperador solo tuviera hijas que le sucedieran. Ya antes alguna princesa o Emperatriz viuda había tenido que asumir la regencia en nombre de un Emperador demasiado joven, así se dieron cuenta que una mujer era perfectamente capaz de gobernar. Si hasta la fecha no se hizo así, es porque siempre nacía un varón que pudiera ser príncipe heredero, pero el caso de mi hijo es diferente, así que…
—¿Creen de verdad que seré buena Emperatriz? ¡A duras penas puedo con mis tareas actuales! —dejó escapar la princesa Aiko, de pronto invadida por la preocupación.
—Precisamente el desempeño de tus tareas actuales demuestra que serás digna Emperatriz.
Que eso lo dijera el príncipe heredero Naruhito con una expresión llena de seriedad y orgullo hizo que la princesa Aiko se sonrojara furiosamente, antes de acabar asintiendo en silencio.
—Para que resulte este plan, primero haremos el traspaso de la Kekkai de la manera normal a Naruhito —explicó el Emperador, que después de sonreír con ternura a su nieta, volvió a ponerse muy serio —Después, en privado, él le traspasará la Kekkai a Aiko. Como sugirió Hikari–dono en su informe, Matsunaga tiene la intención de que caiga la Kekkai del Imperio y si cree que Naruhito o yo la sostenemos, Aiko y la Kekkai deberían estar a salvo.
—¡Pero no a costa suya, abuelo! —volvió a exaltarse la princesa, acongojada de pronto.
—Nuestro deber es velar por el Imperio—riñó con suavidad el príncipe heredero, mirando a su hija fijamente —Algunas de las decisiones de nuestra familia han sido demasiado duras, pero siempre en beneficio del pueblo. Quizá los civiles no lo vean así, pero que no se te olvide que sabes más que ellos respecto a la conservación de su bienestar, Aiko. Demuestra que no nos equivocamos en creer que el Imperio estará en buenas manos contigo, por favor.
Ante semejante arenga, la princesa Aiko volvió a asentir con mansedumbre, aunque la angustia no se había ido de ella completamente.
—Garibaldi–dono —llamó entonces el Emperador con semblante un poco más tranquilo —¿Cree que será posible trasladarnos de ida y vuelta a la embajada de nuestro país a la manera mahonashi? Es decir, sin magia.
—Por supuesto, aunque si quiere hacer una aparición pública, habría que dejar huella un recorrido previo, no sé si me comprenda…
—Oh, sí, entiendo su punto. Mi hijo y yo tenemos un par de ideas para ello.
—Entonces lo planificaremos aquí y después concertaré algunos movimientos con la parte del Ministerio de Magia que se encarga de asuntos entre magos y sincaramanzia. ¿Algo que deba saber sobre esta aparición pero que otros no?
El Emperador asintió con aire solemne y Garibaldi, por instinto, supo que estaba por presenciar el inicio de un gran cambio en la historia mágica de toda una nación.
—Los empleados magos de la embajada serán los testigos de la transferencia de la Kekkai del Imperio a Naruhito. Con un poco de suerte, alguno de ellos dará el soplo a quien sea que quiso ejecutar los golpes de Estado aquí y en Japón y se van a apresurar a atacarnos en un país que consideramos como extraño, revelándose sin remedio. Pero se llevarán una desagradable sorpresa cuando encuentren a una parte de los Juuroku lista para detenerlos.
Garibaldi, discretamente, echó una ojeada a los enmascarados presentes. Entre los magos y brujas que peleaban contra Hagen, se había esparcido rápidamente aquella palabra, Juuroku, como una clave para identificar a los ninjas que, en ese momento, eran más cercanos a la Familia Imperial de Japón. Era un misterio el cómo habían llegado tan alto en la estima del Emperador y su familia, pero no era algo que a Garibaldi le interesara demasiado. Le incumbía más que nada el arriesgado plan del Emperador, en lo que iba a desencadenar el acontecimiento antes descrito (deduciendo que la "kekkai" era algo que protegía Japón, aunque no supiera exactamente lo que era) y sobre todo, en que quizá podría trabajar codo a codo con magos ninjas, una oportunidad que pocos de su profesión podían presumir.
Solo esperaba que nada saliera mal.
–&–
(1) Heze también es conocida como Zeta Virginis, estrella de la constelación de Virgo. El nombre, en el fic, es pronunciado por los ingleses casi siempre como Jis.
(2) Yon hace referencia al número cuatro, mientras que –kei se usa para señalar generación. Por lo tanto, el vocablo podría traducirse como cuarta generación.
(3) La frase quiere decir dragón del cielo.
31 de mayo de 2014. 11:51 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).
¡Hola, gente que me admira y me quiere! (Bell esquiva un Crucio).
¡Eh, tranquilos! Sé que he andado bastante desaparecida, pero deseo que la espera valiera la pena para todos, porque en lo personal, me frustré muchísimo con las pasadas fechas en las que normalmente actualizo y eso que solo me faltaba la escena italo–nipona para tener el capítulo listo. En fin, a lo que vinieron.
La primera parte es en Inverness, en la casa de la abuela de Thomas, donde él hace la visita mencionada en el capítulo anterior. Allí, aunque suene increíble, se descubre que los Hitchens tienen tratos con la señora Jackson, aunque ella ignoraba que fueran magos. Como se revela que están lejanamente emparentados, el padre de Icarus Hitchen ha ofrecido proteger Mahonlands con magia y dicha protección recaerá en Thomas, único mago vinculado a la propiedad. Parte del parentesco entre los Hitchens y Thomas se explica en un One que publiqué hace poco por un reto, La buena sangre prevalece, donde soy muy específica sobre quién es el abuelo squib de Thomas (aunque aquí también se dice algo de forma directa). Nota aparte, me divertí asignandos nombres de estrellas a los Hitchens según su signo del zodiaco, aunque todavía no se digan.
Después, pasamos por Japón, donde Sakura Hikari Kiyota ha pasado junto con su equipo ninja a dar información y a investigar unas cosas. Se habla de la Kekkai del Imperio, una barrera mágica que protege Japón de magos extranjeros ilegales, que dicha barrera es como una variante del Fidelio que sostiene la Familia Imperial y que Matsunaga quiere que caiga, probablemente para dejar entrar a la gente de Hagen. Eso lleva a preguntarse a Sakura y sus compañeros qué pasará si el Emperador no hace algo al respecto, además de darse a entender que Sakura irá a Francia a ver a Julien porque van a casarse (la guerra hace que todos apresuren esa clase de planes, ¿verdad?). ¿Eso de la boda cómo saldrá? Se aceptan apuestas.
Y finalmente llegamos a Roma, a un lugar perteneciente a los Luminatti (recuerdan cuándo se dijo ese apellido antes, ¿cierto?), allí se hospeda toda la Familia Imperial casi desde que salió de Japón. Falco Garibaldi, como jefe de los aurores italianos, anda por allí a menudo, además que el palazzo es de la familia de su mujer, y se ganó tanto la confianza del Emperador que lo invitan a estar presente cuando llegan Hikari y su equipo con un "paquete" y se habla, de nuevo, de lo que se hará con la Kekkai del Imperio, que acabará sosteniendo Aiko, única hija del príncipe Naruhito, quien para los muggles japoneses quizá nunca será Emperatriz, pero para los magos sí. Confieso que parte de mi traba con esta última escena fue por leer (otra vez) sobre la Familia Imperial de Japón, que son personalidades reales, para no verme tan absurda al escribir sobre ellos y al mismo tiempo, que mi libertad creativa al hacerlos magos resulte más o menos coherente. Lo sé, lo anterior es paradoja pura, pero así de raro funciona mi mente.
Por último, aviso que el ultimo Arcano Mayor, El Mundo, aún no tiene personaje y a la fecha de la presente nota, no he sacado entrada en mi blog al respecto (Bell merece un zape). Quiero creer que se trata de un Arcano difícil de asignar, así que sigo esperando sus sugerencias.
Cuídense mucho, no olviden el paraguas (en la ciudad de Bell empezaron las lluvias) y nos leemos… lo más rápido que pueda crear algo mi pobrecito cerebro (?).
