Capítulo 10. El Cielo y el infierno.
Hicieron el camino a Lakewood en silencio, Candy se había quedado dormida en cuanto tomaron la carretera, y Albert se concentró en manejar mientras recordaba cuantas veces habían recorrido ese camino juntos antes de casarse, y durante el primer año de casados. Siempre que habían podido se escapaban.
Esos caminos estaban llenos de recuerdos de ese primer año, incluso él estaba seguro de que Anthony había sido concebido en uno de esos bosques. Saber que habían sido tan felices hacía que su corazón rebosara, pero recordar el infierno que ella vivía desde hacía algunos meses lo derrumbaba, este fin de semana junto a ella era una apuesta arriesgada, por fin tendría oportunidad de estar a solas con ella por algunos días, pero sabía que cualquier paso en falso lo arrojaría al abismo para siempre.
Las tres horas pasaron rápido, y de pronto la vereda que llevaba a Lakewood apareció frente a él. Esa mansión estaba tan llena de recuerdos, había sido su hogar cuando niños, y ahí había pasado momentos felices junto a su hermana, de ahí había escapado el día que conoció a Candy, y ahí la había vuelto a encontrar cuando ella cayó en la cascada.
Ahí Candy había visto morir a Anthony, pero también había pasado momentos muy felices de su adolescencia. Ahí ella se había enterado de su verdadera identidad, Lakewood había sido testigo de sus primeros días de enamorados, regresar a ese lugar en las circunstancias actuales era agridulce.
Albert pasó de largo la antigua mansión y se dirigió al pabellón de caza, años atrás él lo había redecorado para Candy, pero en honor a la verdad después del nacimiento de Anthony no habían pasado tiempo ahí. Si tan solo hubieran dedicado más tiempo a estar juntos en esos primeros meses, si tan sólo él se hubiese encargado de estar cerca en vez de enfrascarse en los negocios, ahora de nada servía lamentarse, sólo debía luchar por que ella fuera feliz.
Cuando hubieron llegado dudó por un momento, a decir verdad, se sentía inseguro, y pensaba que tal vez ella preferiría quedarse en la mansión, así que con cuidado la despertó.
Candy, despierta, hemos llegado.
Ella abrió los ojos adormilada y volteó a ver a su alrededor.
¿qué hacemos aquí?
Pensé que sería más sencillo que quedarnos en la mansión, pero si quieres nos quedamos allá.
No, tienes razón, aquí solo somos nosotros dos, abrir la mansión implica mucho más, y definitivamente será un buen descanso no estar constantemente rodeada de empleados.
¿Extrañas tu libertad?
Sí, sin embargo, uno hace lo que puede con lo que la vida le da…
Y a ti te dio un imbécil por esposo ¿no es así?
No lo dije yo William…pero te pido que no digas esas cosas frente a los niños, ellos merecen conocer el maravilloso hombre que su padre puede ser, yo jamás les diré nada en tu contra, lo que ha pasado es entre tú y yo.
Gracias, pero si necesitas decírmelo deberías hacerlo, Candy, desahógate, grítame, haz lo que necesites hacer.
De nada servirá, lo hecho, hecho está.
Él se bajó y la ayudó a descender. Bajó su equipaje y la acompañó adentro, el sol comenzaba a ponerse y el aire se enfriaba, hizo lo posible por encender la chimenea, en la habitación para que se calentara.
¿Quieres dormir? El día de hoy no podemos hacer nada, mañana te explicaré como se manejará la venta. Ve a descansar, prepararé la cena y te llamaré en cuanto todo esté listo. Además, debemos hablar algunas cosas.
Candy iba a negarse, pero él no se lo permitió, la guio hasta la recamara y regresó a la cocina, ella sin dudarlo se recostó, el viaje en auto había sido algo incómodo, y estirar su espalda le venía bien. Vestía cómoda y prácticamente, unos sencillos pantalones de mezclilla, el enorme sweater negro de Albert, botas y una bufanda. Pensó en solo descansar un poco, pero en cuestión de minutos se quedó profundamente dormida.
Albert la despertó cuarenta minutos después, había hecho una crema de verduras y cortado pan de centeno y queso. Le sirvió un poco de vino tinto.
Todo huele delicioso.
Qué bueno que te guste, ahora come, no has comido nada desde el desayuno.
Gracias.
Ella comió con apetito y bebió lentamente su copa. Cuando hubo terminado clavó su mirada en los ojos de Albert y le dijo.
Dijiste que teníamos que hablar.
Así es, tengo un nuevo acuerdo para que lo analices.
¿Porqué?
Porque Rosemary nacerá pronto, y debemos solucionar algunas cosas para que tú puedas tomarte unos seis meses, las opciones ya las revisó y las aprobó el concejo, tú debes decidir qué hacer.
Muy bien, ¿cuáles son?
Puedes quedarte al frente de todo, pero darme poder de negociación, nada caminará si tú no estás de acuerdo, pero yo haré el trabajo, tú te quedarás en casa, sin embargo, si debes asistir a los compromisos sociales más importantes a partir de que Rosemary tenga un mes.
Me parece una opción razonable. ¿Hay alguna otra?
Me regresas el poder total, pero firmo una clausula en la que si vuelvo a fallarte me despojas de todo incluido los derechos de visita a mis hijos, y el divorcio se vuelve automático sí esto sucede, me quedaría incluso sin mi dos por ciento.
Esa opción me deja sin opción de divorcio a menos que me seas infiel de nuevo ¿cierto?
Sí.
¿Qué más?
Puedes regresarme una parte de los negocios, y quedarte con la fortuna personal, igual si fallo tú te quedas con todo. Esto implicaría que después de seis meses no necesitarías volver al corporativo, yo gestionaría todo, y tú decidirías sobre la fortuna personal de los Andrew, pero el peso del corporativo recaería sobre mí.
No estoy lista para decidir… William, si nos divorciamos, ¿cómo quedaría todo?
Si nos divorciamos en este momento tu quedas como responsable de todo, y sería más complicado dar marcha atrás para que yo pueda hacerme cargo en vez de ti.
Por ahora me siento más cómoda con la primera opción.
Muy bien, aquí están los papeles, revísalos estos días, y los firmas cuando regresemos a Chicago. Ahora creo que te haría bien irte a dormir, te prepararé una infusión, ve a cambiarte.
Soy perfectamente capaz de prepararme una infusión.
Lo sé, pero como te he dicho antes soy tu esclavo y mi labor es no permitir que muevas un dedo innecesariamente. Anda ve.
No estás perdonado.
Sé que no es suficiente, si un día estás lista para perdonarme está bien.
Candy dio la media vuelta y entró en la habitación, se puso el camisón de franela y se metió en la cama, pero por alguna razón no podía dejar de temblar, tal vez se había resfriado.
Traje tu infusión.
El aroma a canela inundó la habitación, ella la tomó en silencio, y cuando terminó le dio la taza a William.
Que descanses. Si no te molesta vendré a verte en un rato, quiero revisar los papeles de la venta de ganado para explicarte mañana.
Está bien… ¿te quedarás en el sofá?
Eso había pensado.
No cabes en el sofá. Quédate en la cama, hace mucho frío.
¿Estás segura?
Sí, pero una vez más te advierto que…
No me lo digas, sé que no me estás diciendo que todo ha vuelto a la normalidad. Regreso en un rato.
Candy se acurrucó en las cobijas y se quedó dormida. No sintió cuando Albert llegó a la cama, pero como atraída por un imán se refugió en sus brazos mientras soñaba con una hermosa pequeña de ojos verdes y cabellos rubios.
Ella llevaba a su bebé en brazos, pero a lo lejos escuchaba el llanto de otro bebé, era un niño, algunos meses más grande que su pequeña, tal vez tendría unos cinco meses más que Rosemary, cuando por fin lo encontraba el bebé estaba solo, a un costado de la carretera, cuando se acercó para tomarlo vio que se parecía a Anthony, pero cuando el pequeño abrió los ojos se percató de que tenía ojos color gris.
Candy, despierta, estás llorando.- Albert la movió suavemente.
William…vi a tu bebé, abandonado a un costado de la carretera. Tiene los ojos grises como su madre, y el cabello rubio como el tuyo.
Candy, no hay tal bebé, te enseñé los resultados médicos.
¿Estás seguro?
Ella no me pidió nada y firmó los acuerdos donde renunciaba a todo. Estando en la ruina hubiese sido una tonta de no aceptar que estaba embarazada para que yo me hiciera cargo. Fue solo un sueño, vuelve a dormir.
Búscala William
Candy…
Búscala y asegúrate de que en verdad no haya tenido un bebé.
Duérmete, mañana hablamos.
El la estrechó junto a su cuerpo, y se dio cuenta cuando su respiración se relajó, sin embargo, se quedó pensando en el sentido de urgencia en la voz de Candy, ¿sería que tenía razón?
Una parte de él no quería saberlo, apenas sentía que él y Candy estaban logrando caminar si no juntos al menos en la misma dirección. No quería ni pensar en lo que un bebé con Amelia haría a su ya arruinado matrimonio. Por otro lado, su sentido del deber, la responsabilidad y lo que podía llegar a sentir por un pequeño ser que era su hijo, inocente y sin culpa de nada también pesaban.
Una vez más era una lucha entre William Andrew y Albert. Aunque Albert nunca hubiera traicionado a Candy. Debía dejar de luchar consigo mismo, y ser una sola persona. Ya no era posible dividir a los dos, hubo un tiempo en que había sido necesario, pero ahora lo estaba destruyendo a él y a la persona que más amaba en el mundo. En cuanto tuviera oportunidad hablaría con Candy acerca del posible bebé de Amelia.
El día siguiente amaneció frío, la chimenea se había extinguido en la noche así que Albert se levantó con cuidado para no despertar a Candy y prender las chimeneas para que el lugar estuviese caliente para cuando ella despertara. Agradeció que ella hubiese aceptado quedarse en el pabellón de caza, calentar la mansión sin sirvientes no hubiese sido sencillo, también agradeció que Candy se hubiese negado a llevar a los niños.
En estos meses había aprendido que Candy había madurado en una mujer muy capaz, inteligente, hábil, fuerte, en realidad la lista de cualidades era interminable, si antes había amado a Candy por su inocencia, dulzura y espíritu aventurero, ahora había muchísimas más razones para amarla. Albert sentía cómo cada día que pasaba su admiración por Candy crecía.
Albert preparó el desayuno y se lo llevó a la cama a Candy, no quería despertarla, pero apenas tenían tiempo de prepararse para ver a los compradores.
Candy, es hora de despertar preciosa – por un segundo deseó no haber dicho esa última palabra, todo ese tiempo había mantenido su distancia.
Cinco minutos más Albert. – Ella aún no estaba consciente de su realidad. Y a Albert se le encogió el corazón al recordar aquellos tiempos de confianza ciega e intimidad.
Pequeña, si no te despiertas ahora no podrás desayunar antes de que sea hora de salir a ver a los compradores. –
¿Compradores? – Ella se despertó de golpe. - Lo siento, dame cinco minutos y estaré lista. – Su tono de voz una vez más era distante.
No tienes que apresurarte tanto, tienes tiempo para desayunar y mientras lo haces te explicaré los pormenores de cómo funciona la venta. – Le dijo mientras le ponía en frente una bandeja con el desayuno. En una esquina un pequeño jarrón con una rosa la adornaba.
¿cómo conseguiste una rosa?
Si te revelo todo dejaría de ser un misterio para ti, y creo que al menos en estas situaciones me conviene ser misterioso. – Ella ignoró su nada sutil coqueteo y comenzó a comer.
Gracias por el desayuno, dime con quienes voy a tratar, cual es mi margen de negociación, y que tipo de producto estamos entregando.
Albert se sentó frente a ella y comenzó a explicarle, Candy asimilaba con facilidad las cifras y los datos correspondientes.
- ¿Tienes dudas? –
- No, pero si ves que necesito de tu ayuda por favor no dudes en intervenir.
- Eres muy buena en los negocios…
- No te engañes William, hago lo que tengo que hacer, nada en mi vida me preparó para todo lo que ha pasado estos meses. Pero por mis hijos haré lo que sea. Ahora debo arreglarme, estaré lista en 15 minutos. – Una vez más la fugaz intimidad que habían compartido durante la noche se esfumaba como agua entre los dedos.
Albert salió a calentar el carro, cuando al poco tiempo Candy lo alcanzó, vestía cómodamente, toda de negro. Él recorrió con su vista su figura, y sintió el peso de sus malas decisiones, ahí estaba ella, embarazada de 8 meses en medio del bosque no por placer, sino por negocios, porqué él no había sido lo suficientemente hombre como para mantener sus pantalones cerrados.
- ¿Estás bien?
- Sí, vámonos. –
Albert le abrió la puerta y ella subió al auto. Pasaron todo el día revisando el ganado y los caballos pura sangre, hablando con los compradores, y cerrando tratos, toda la negociación se llevaba a cabo en una feria como en la que participara Anthony años atrás.
Cuando por fin pudieron volver Candy iba en su lugar sentada en completo silencio, estaba fría, mojada por la humedad del ambiente y mucho muy cansada. No tenía energías siquiera para maldecir a William por haberle sido infiel y ponerla a ella en esa situación. Además, una vaga sensación de molestia la había acompañado durante el día, y si bien entonces no le había prestado atención ahora que se encontraba en paz comenzó a sentirse un poco inquieta.
¿qué tienes?
Nada, sólo estoy cansada.
Te conozco y no es sólo eso.
Por favor William, no te des aires de grandeza, conocías a la chiquilla con la que te casaste, pero de mí ya no sabes nada.
Esa fue la gota que derramó el vaso, y se dio cuenta que no podía seguir quedándose callado cada vez que ella le contestaba algo como eso.
Tienes razón, en parte es cierto que no te conozco, pero si debemos ser justos tampoco me has dado espacio de conocerte. Me merezco tu desprecio, tu indiferencia, tu repulsión, sin embargo, no puedes reclamarme que no te conozca si tú me alejas.
Así que ahora te crees con derecho a reclamarme, muy bien William, hablemos de una vez por todas, tenemos meses dándole vueltas, meses sin hablar de frente, meses pretendiendo que nada pasó, que es lo más normal del mundo que ahora yo maneje los negocios, para los niños seguimos juntos, para la sociedad seguimos juntos, pero somos dos completos extraños que por la fuerza de la costumbre y las circunstancias no pueden separarse. Pero dime William, dime porqué.
¿Porqué?
¿Por qué me engañaste?
Albert no se esperaba esa pregunta. Y guardó silencio.
No lo pienses, sólo dilo tal cual pasó en tu mente ese día de año nuevo, ¿fue porque no te acompañé? ¿esa fue tu forma de castigarme?
No…no planee castigarte, pero sí pensé que si tú te negabas a estar conmigo no tenía nada de malo que tuviera a una mujer bella a mi lado… pasé la velada con ella, y el alcohol, el momento…ella… dejé de pensar.
Pero empezó antes.
Sí… al principio fue admiración por su forma de conducir los negocios, nunca había conocido a una mujer como ella… pero Candy, nunca dejé de amarte…
No entiendo cómo puedes decir eso, ¿cómo puedes jurar y perjurar que me amas? Me clavaste un puñal por la espalda una y otra vez.
Era lujuria, pasión, sexo… todas las bajas pasiones humanas, pero nunca fue amor.
Así que fue porque yo no sabía cómo darte todo eso. No bastó que fueras el único hombre en mi vida, debía pagar mi falta de experiencia… ¿qué te parece si me dedico a reunir experiencia, y una vez que la tenga, entonces volvemos? No vaya a ser que te vuelvas a aburrir de mí.
Candy, es absurdo lo que dices…
¿Porqué? ¿Por qué soy madre? ¿por qué soy mujer? ¿Por los Andrew? Piensa que será en nombre de nuestro matrimonio.
No es que no tuvieras experiencia, fue mi error, no el tuyo, pero no volverá a suceder.
No puedes garantizármelo William.
Candy, necesito que tengas un poco de fe en mí.
La fe en ti la perdí toda el día que tu amante me humilló públicamente y me dijo que estaba embrazada. Todos estos meses me la he pasado preguntándome que te dio que yo no te di. ¿Qué le viste?
Candy, no me hagas esas preguntas, no tiene caso.
Sí lo tiene, para mí si lo tiene, necesito entender.
Era una mujer de mundo, toda sofisticación…
Así que después de todo la tía Elroy tenía razón en oponerse a nuestro matrimonio, yo nunca seré suficiente.
Mi amor… fui yo el que no se dio cuenta de lo que teníamos. Fui yo el que se deslumbró.
¿Por qué no me lo dijiste tú?
Por cobarde, por vergüenza, por enojo… eso fue al principio, y después porque en verdad necesitaba que tu estuvieses en una posición firme, ante la sociedad, ante el concejo, pero sobre todo que fueras fuerte por ti misma, por mis hijos… sé que ahora no sirve de nada, pero iba a decírtelo, solo que ella se adelantó…
Es una muy pobre justificación.
Lo sé, y nada de lo que diga hará válido lo que hice, no quiero ni puedo justificarme, sólo estoy tratando de responder a tus preguntas… Hemos llegado, entremos, cámbiate la ropa mojada, caliéntate un poco y seguiré respondiendo todo o que me preguntes, escucharé
todo lo que tengas que reclamarme, haré lo que me pidas…
Albert se bajó del auto sin darle oportunidad de responder, y le abrió la puerta, le ofreció la mano para ayudarla a salir, y aunque ella pensó en negarse estaba muy cansada, además le era difícil salir del auto, así que tomó su mano en intentó salir rápidamente, pero un agudo dolor que la dejó sin aliento la hizo detenerse. Él sin preguntarle nada la tomó en brazos y la llevó adentro. La sentó en el sofá mientras prendía la chimenea.
¿Estás bien? ¿son contracciones?
No lo sé, aún falta un mes… tal vez sólo fue la posición…
Muy bien, espera aquí en lo que enciendo el fuego en la habitación, por favor no te muevas.
Estás exagerando.
No importa. Ahora vuelvo.
Candy se recostó en el sofá y comenzó a darle vueltas a la conversación que acababan de tener, la verdad es que no estaba más cerca de aclarar sus dudas, pero al menos sentía que parte del peso que tenía encima comenzaba a esfumarse, se sentía bien poder confrontarlo, tal vez se sentiría mejor si pudiese golpearlo como tantas veces lo había soñado, en verdad envidiaba a Archie y a Terry por poder haberlo hecho, sobre todo a Terry, gracias a él había tenido que redecorar la oficina después de la pelea que habían tenido ahí. Albert regresó a la habitación.
La habitación está lista, ni sueñes con pararte, yo te cargaré, acaba de comenzar a nevar, no podemos arriesgarnos a que comience el parto porque será imposible traer al doctor, no puedo dejarte sola.
William, no me pasará nada, aunque comenzara el parto puede tomar horas, incluso días.
No voy a discutir, por una vez en tu vida harás lo que te pido y no lo que quieras…
Candy guardó silencio, era el segundo reclamo en esa noche, al parecer él también tenía cosas que decir. Él la tomó en brazos y la llevó a la cama.
Alto, mi ropa está demasiado sucia, por favor déjame cambiarme primero, o no toleraré acostarme en esas sábanas después.
Muy bien… ¿quieres darte un baño?
Sí, huelo a vaca, caballo, y todo lo que se le parezca.
Te voy a bajar, pero por favor se prudente, prepararé el baño.
William, estoy bien…
Candy, a menos que quieras que yo te bañe no te moverás de ahí.
¡Eres imposible! No tienes ningún derecho a darme órdenes, lo perdiste…
Lo perdí el día que te fui infiel, lo sé, mil y un veces me lo has dicho, sin embargo, esta vez no me voy a detener por eso, has pasado un día más que agotador, estas en el octavo mes de embarazo, y no voy a permitir que pongas en riesgo tu vida…
¿Mi vida? ¿o la de tu bebé?
Tu vida Candy, amo a esa bebé, pero primero estás tú…
William, si hay que decidir entre la bebé y yo prométeme que elegirás la vida de ella.
No puedo, no puedo dejar a mis hijos sin su madre… lo siento…
¿cómo puedes…?
Candy, no está sucediendo, ni va a suceder, sólo que quisiste reclamarme que tú no me importas, y quise dejarte claro que eso no es cierto…Ahora por favor déjame prepararte el baño, si quieres comienza a desvestirte…
Él desapareció dentro del baño y preparó todo, cuando salió la encontró sentada, completamente vestida aún.
¿Qué pasa?
No puedo quitarme las botas…
Déjame a mí… ya está, ¿necesitas ayuda con el pantalón?
Lo intentaré…
Ella se puso de pie y logró que el pantalón cayera a sus pies, Albert le dio la mano para que ella se equilibrara para terminar de sacárselo.
El agua está lista, pero te ayudaré a entrar en la bañera, vamos…
Después de 40 minutos ella por fin estaba en la cama. Se tomó una infusión y dormitó por un rato en lo que Albert se bañaba, lo observó salir en silencio con la toalla amarrada a su cintura. Él no se percató de que ella estaba despierta, y dándole la espalda dejó caer la toalla y tomó el pantalón de piyama, se lo puso sin nada abajo, y se dio la vuelta para encontrar un par de hermosos ojos verdes que recorrían su cuerpo ávidamente.
Candy había olvidado que William era verdaderamente guapo, pero el verlo tal como lo veía ahora hizo que un escalofrío recorriera su cuerpo, sus hormonas y el embarazo habían sido una tortura, no recordaba cuantas veces había despertado bañada en sudor, desando sentir las manos varoniles recorrer su cuerpo, en sus sueños la boca masculina había dejado trazos por su piel. Algunas veces hasta había pedido perdón porqué el hombre en sus sueños no era su marido, Terry, Archie, incluso desconocidos habían visitado sus sueños, pero últimamente William era el que la asaltaba, ella pensaba que era porque lo conocía, y porque había sido el único hombre que le había hecho el amor. Tal vez… el pensamiento la hizo enrojecer.
¿Qué te pasa?
Nada…
Candy… tú no te sonrojas por nada…
Te odio.
Tu mirada no me decía eso hace unos minutos…
No puedo evitarlo, las hormonas me vuelven loca, y…
¿Y?
No me hagas decirlo, sabes bien como fue el embarazo de Anthony y Stear.
Albert dio vuelta en su cabeza tratando de entender exactamente lo que ella trataba de decirle. Y de pronto lo recordó…
¿Qué quieres que haga?
William….
No significará una reconciliación lo sé, pero también tienes necesidades, y como tu esposo mi deber es satisfacerlas, no sé si es prudente en este momento que hagamos…
Olvídalo.
Sólo no quiero lastimarte…ni quiero hacer nada que …
No hagas nada…
Él dudó un momento y se sentó junto a ella en la cama, se moría por besarla, acariciarla y hacerla alcanzar el éxtasis.
Quiero hacer lo que tú quieras que haga, pero no quiero ofenderte…-
No puedes ofenderme más…
Muy bien, dame las reglas…
¿Reglas?
¿Puedo besarte? ¿quieres que te ayude a alcanzar el clímax? ¿quieres que yo lo alcance? ¿uso mi boca? ¿mis manos?
¡William! – Ella no sabía que decir, por un lado, quería usarlo para alcanzar el cielo, pero quería que él conociera el infierno de desearla y no poder poseerla. Pero había sido educada de una manera conservadora y no sabía cómo hablar de ello.
Sólo dime cuando quieras que me detenga, y si sientes dolor otra vez por favor dímelo. -
Él comenzó a masajear sus pies y sus piernas tratando de que ella se relajara, a pesar del frío de afuera el calor era agradable por el fuego de la chimenea. Así que él la desvistió y comenzó a masajear su espalda. Sus cálidas manos sobre su piel parecían escaldarla, él la conocía y sabía qué hacer con ella, poco a poco la fue acariciando y besando, la respiración de ella se hizo más rápida, el usó su boca y sus manos para hacerla retorcerse de placer, pero no se atrevía a desvestirse o a tomarla como su mujer, quería que ella se sintiera atendida y satisfecha. Mientras la acariciaba y la besaba pudo ella pudo sentir al rozarlo con su pierna su excitación, y supo que él estaba en el infierno mientras ella alcanzaba el cielo con lo que él estaba haciendo. Él la llevó al éxtasis más de una vez, y sólo paró cuando ella lo detuvo.
-Gracias. -
- No tienes que agradecerme, duérmete, descansa, voy a darme un baño.
- Pero acabas de…- la mirada de él le hizo entender la razón de la ducha y guardó silencio.
- Ahora vuelvo, ¿duermo en el sofá?
- Sí no es problema…preferiría que no.
- No es problema, no te preocupes, regreso en un rato.
Cuando él regresó ella estaba profundamente dormida, pero no se había vestido, con cuidado la vistió y ella apenas reaccionó, él se acostó en su lado de la cama, y se quedó profundamente dormido.
Un gemido lo hizo despertar. Se dio cuenta que ella no estaba en la cama y en seguida se puso de pie.
- ¿Candy? ¿estas bien?
- Sí…
Él la vio parada en el baño en medio de un charco de agua.
¿Se rompió la fuente?
Sí, y las contracciones están muy seguidas.
Iré por la señorita Pony para que te acompañe en lo que voy por el doctor.
No hay tiempo…
¿Candy?
Yo te diré que hacer, por lo pronto ayúdame a caminar por un rato, o a meterme en la bañera, tal vez el agua caliente calme un poco el dolor, eso me ayudó con Stear.
Él obedeció sin dudarlo, después de todo ella era la enfermera. El parto no fue fácil, y fue terriblemente impactante para Albert, él no había podido estar con ella en los otros dos porque no era la costumbre. Él verla retorcerse de dolor, y hacer todo su esfuerzo para traer al mundo a su hija le hizo entender que debía besar el suelo que ella pisaba. Sin duda era el peor de los hombres.
Después de dos angustiantes horas con un último grito de Candy, Albert recibió en sus brazos a su hermosa pequeña, la puso en brazos de su madre y ella la sostuvo en lo que él la limpiaba con agua tibia. Candy le dijo como cortar el cordón y ella misma lo anudó. Esa tarde Candy había comprado algunas cosas que le habían gustado en la feria y en el pueblo, así que casualmente tenían con que abrigar a la pequeña, después de que ayudó a Candy a asearse y a vestirse se recostó junto a ella para observar como a pesar del cansancio ella le daba de comer a Rosemary.
Candy… te amo, gracias por mi hija. Regresando ordenaré que preparen los papeles del divorcio, yo me haré cargo de todos los negocios, y firmaré un documento que diga que todo lo que haga será para nuestros hijos…
¿Porqué?
Por qué quiero que seas feliz, porque te mereces toda la dicha del mundo, porque no te merezco… quiero que seas libre de decidir sin tener el peso de los Andrew sobre ti, te juro que dedicaré mi vida a ti y a mis hijos, aunque tu incluyas a alguien más en tu vida, y que no habrá nadie más en la mía, eres y serás la única señora Andrew. Si un día quieres volver a casarte, rehacer tu vida, puedes y debes hacerlo. Sería aún peor hombre si siguiera permitiendo que tu vida fuese miserable por mi culpa.
William…gracias.
Su aceptación fue como una puñalada en el corazón, por un lado él había esperado que ella se negara, que le pidiera más tiempo. Pero Candy parecía aliviada, y él debía dejarla en libertad y tomar sus responsabilidades, aunque eso significara perderla. Candy se acurrucó junto a su hija y Albert las observó dormir por un largo rato. El peso de sus errores lo deprimía, y a la vez el verla ahí junto a su hija lo llenaba de felicidad. El hubiera hacía mella en él, tener frente a él la felicidad y saber que se alejaría de ella voluntariamente. Saber que la hermosa mujer que tenía frente a él era suya, pero solo por un corto tiempo, y que la pequeña que dormía a su lado siempre sería su hija, pero jamás conocería una vida de familia, que habría muchos momentos que él se perdería. Era vivir el cielo y el infierno a la vez.
NOTA:
Empecemos bien el año…aquí les va este capítulo y espero ansiosa sus comentarios…disfrútenlo.
