No, sigo sin poseer ni las series, ni los personajes, sino ahora mismo estaría en la Comic Con flipándolo mucho.

Pues nada, desde mi pueblo y no desde San Diego, donde me gustaría estar ahora mismo, os traigo un nuevo capítulo y, de nuevo, os doy las gracias por leerme y demás. Sobre todo a todos aquellos que me dejáis comentarios como:

* Artemisa. Ya, ya sé que soy malvada y que ha sido muy feo lo que les he hecho, peeero... Bueno, no tengo excusas, soy así de zorra y tú me conoces bien, xD. Respecto a Wells, tendrás que seguir leyendo para saber si es el auténtico Harrison Wells o Eobar Thawne ;P ¡Y Casablanca mola un cojón, me encanta!

* Zae. En el fondo soy mala para manteneros enganchados y que sigáis leyendo, a ver si hay beso o no, xDD.

* damonftcaroline. Hombre, explicación, explicación... más que nada que soy un poco cabrona, xDD. Sobre Thea, no sé, a lo mejor está embarazada, a lo mejor le pasa otra cosa, ya os enteraréis, aunque tengo entendido que en los 50 no estaba prohibido beber durante los embarazos ;P

* brico4899. Barry opina como tú, habrá que ver si tenéis razón... o no ;P


Capítulo 10

Holding out for a hero

(Esperando un héroe)

¡Pum!

No sé cómo lo hice. Esa es la verdad. Tan sólo sé que, guiado por mi instinto, me eché hacia delante sin contemplaciones. Obligué a Caitlin a caer, aterrizando yo encima de ella con brusquedad, aunque no me importó lo más mínimo. La cubrí con mi cuerpo durante un instante, aguardando otro ataque, que no llegó... al menos no momentáneamente. De hecho, nuestro atacante tardó un poco en reaccionar, lo que me facilitó el levantarme, coger la mano de Caitlin y arrastrarla.

Fue entonces cuando los silbidos inundaron el aire.

A toda velocidad, tiré de Caitlin hacia mi persona, mientras me dejaba caer detrás de uno de los coches que había aparcados en la calle. Al principio, la abracé, aunque no me quedó muy claro si fue para tranquilizarla a ella o calmarme a mí.

–¿Estás bien? –le pregunté.

–Sí. ¿Y tú?

Asentí con un gesto, liberándola al fin. Le eché un vistazo. Caitlin estaba pálida, con el pelo revuelto, pero en perfectas condiciones, así que me puse en cuclillas y me llevé la mano a la funda sobaquera donde guardaba mi arma.

–Quédate aquí.

Una nueva lluvia de disparos cayó sobre nosotros, así que volví a inclinarme sobre Caitlin, como protegiéndola con mi cuerpo. Fue entonces cuando ella se aferró a las solapas de mi chaqueta y tiró de mí hacia ella para poder mirarme a los ojos.

–Barry, no puedes salir ahí. ¡Te van a herir!

–¡Tengo que saber quién nos dispara!

–¡No! ¡Tenemos que salir de esta con vida!

Los dos nos agachamos cuando una nueva ráfaga impactó contra el coche. Estaba claro que, tal y como había dicho Caitlin, no podía salir ahí fuera. Yo sólo tenía un revólver, mientras que nuestro atacante contaba con una semiautomática. Vamos, que quien quiera que nos estuviera intentando matar, tenía ventaja.

Para mi sorpresa, Caitlin se llevó las manos a la cabeza y se hizo con una orquilla, que empleó para abrir la puerta del coche. Enarqué una ceja, atónito, mientras la chica reptaba por el asiento hasta acomodarse tras el volante. Bueno, en realidad, muy cómoda no debía de estar, ya que se había agazapado en el hueco entre el asiento y debajo de los mandos. Con una soltura sorprendente, manipuló los cables del coche hasta que éste rugió, indicando que estaba arrancando.

–¡Barry, súbete, vamos!

Me senté en el asiento del copiloto, cerrando la puerta antes de bajar la ventanilla. Teniendo mucho cuidado de que la carrocería me protegiera, me asomé lo suficiente como para poder disparar al maldito bastardo que estaba intentando matarnos.

Caitlin salió tan rápido que debimos de dejar la mitad de la goma de las ruedas en el suelo, pero no me importó. Tampoco lo hizo el que me chocara contra la puerta. En su lugar, seguí apuntando hacia la dirección en la que venían los disparos: una calle perpendicular que quedaba en tinieblas, pues las escasas farolas no emitían luz. Imaginaba que alguien se había encargado de romper las bombillas precisamente para quedar resguardado, para que no pudiéramos verlo.

Aún así, disparé.

Sí, fue algo a la desesperada, pero no tenía nada que perder. Y, quizás, sólo quizás, lograba herirle a él... o a ella, que uno no discrimina en lo que a criminales se refiere. Ni en nada, en realidad.

Caitlin condujo como una loca hasta que nos encontramos enfrente de mi despacho. No sé por qué nos llevó precisamente ahí, tan solo que, cuando paró, nos quedamos los dos muy quietos, cada uno recostado en su asiento. Creo que tanto su pulso como el mío estaban disparados, ya que ambos estábamos siendo víctimas de los efectos de la adrenalina. Al final, cuando logré calmarme, me giré hacia Caitlin de nuevo.

–Lo que has hecho... ¡Ha sido impresionante!

–Gracias –ella sonrió distraídamente, seguía pálida.

–¿Dónde has aprendido a hacerlo?

–Barry...

–En serio. Sigo atónito. ¡Ha sido impresionante, wow!

–Barry, yo... no me siento bi...

No llegó a terminar la frase, pues se desplomó inconsciente. Por suerte, estábamos tan cerca el uno del otro que pude cogerla e impedir que se hiciera daño. La recosté contra mi pecho, aterrado, sobre todo cuando mis ojos dieron con su costado: su vestido verde menta estaba mancillado por una mancha oscura, cuyo olor ferroso me inquietó.

Era sangre.


No se atrevía a hablar, ni siquiera a intentarlo. Thea temía que si abría la boca, que si hacía la mera mención de pronunciar una sola palabra, lo único que lograría sería abrir esa compuerta que luego no podría cerrar y que la dejaría llorando como si fuera una niña pequeña y desconsolada. Por eso, se quedó recostada contra la tapicería de cuero, disfrutando del frío aire nocturno, que le estaba agitando levemente el cabello; aquel frescor le estaba sentando bien, apartaba las ganas de vomitar, aunque todo lo demás seguía ahí.

Notaba que Harrison la miraba de vez en cuando, seguramente preocupado, algo que la entristecía. No le gustaba inquietar a nadie. Aunque tampoco se encontraba con fuerzas para intentar calmarle, sencillamente ya no podía más.

Sólo podía recordar...


A pesar del día complicado, a pesar de que no era el mejor de los momentos, Thea decidió que aquella noche iría al Verdant para hablar con él. No podía esperar más. No quería esperar más, pues estaba cansada de sentirse sola. Necesitaba ayuda, necesitaba alguien que la abrazara y le prometiera que todo iba a ir a mejor, así que sólo podía acudir a él. Sólo a él.

Ignoró los comentarios al entrar en el Verdant. No era nuevo, tenía entrenamiento. Fue directa a la barra, donde él estaba con su sonrisa discreta y sus ojos bonitos. Roy estaba sirviendo una bebida, inmerso en su trabajo, cuando ella cruzó los brazos sobre la superficie, curvando ya los labios porque estaban uno frente a otro. Nada más verla, Roy la saludó con un leve gesto de cabeza.

Señorita Queen.

Buenas noches, Roy –dijo de forma despreocupada, aunque justo entonces recordó el motivo de estar haciendo todo eso, por lo que sintió un nudo en el estómago. Lo ignoró, mientras se inclinaba hacia delante, bajando el tono de voz–. Tenemos que hablar, Roy.

Cuidado –la advirtió él con preocupación.

No sería tan descuidada si no fuera importante –le suplicó con la mirada, al mismo tiempo que enlazaba sus finos dedos y deslizaba el pie derecho sobre la pantorrilla izquierda, nerviosa–. Por favor, Roy, no puedo esperar. Por favor.

Finalmente, el chico asintió con un gesto.

Ve primero, ahora me reúno contigo.

Thea, sintiéndose aliviada, se aferró al minúsculo bolso que llevaba aquel día y se dirigió hacia la puerta que conducía a las entrañas del Verdant. Tuvo cuidado de ser discreta, como siempre, aunque la verdad era que se trataba de un hecho tan habitual que a nadie solía importarle. Además, le ayudó mucho que su más reciente amiga, Caitlin Snow, estuviera hipnotizando a todo el mundo con sus canciones. Pensó en lo mucho que la admiraba por tener esa voz, antes de deslizarse por la puerta, a través de los pasillos, hasta que salió al callejón.

Los recuerdos acudieron a su mente. Mejor dicho, imágenes inventadas, imaginaciones, pues ella no había llegado a ver el cadáver de Sara en aquel lugar. Quizás aquel callejón no era la mejor elección para estar, no tras lo sucedido a su cuñada, pero también había algo sagrado en aquel rincón, a pesar de la oscuridad, la humedad y que los cubos de basura se hallaran tan cerca. Pues aquel callejón había sido testigo de la mayoría de los encuentros entre Roy y ella.

Él no tardó en salir. Como siempre.

Se acercó a ella con la preocupación tiñendo sus rasgos, alzando una de sus callosas manos para acariciarle el rostro. Thea se dejó tocar, se permitió el no pensar en nada salvo en el tacto áspero de su piel. Era lo único que la reconfortaba entre todos aquellos problemas, entre tanto dolor.

Thea, ¿qué ocurre? –le preguntó él.

Aguarda un momento, por favor. Déjame disfrutar de esto un poco más –le cogió una de las manos para besarla, antes de dejarse caer sobre él para que Roy la abrazara; él, que la conocía, la envolvió con sus fuertes brazos–. A veces no sé qué haría sin ti, Roy.

Si yo no estuviera, seguirías viviendo tan feliz.

No digas eso. No es cierto.

¿Tú crees? –Roy suspiró, acariciándole el pelo con suavidad–. A veces creo que lo único que consigo es complicarte la vida –se separó un poco, todavía manoseando sus rizos cuidadosamente–. Aunque, la mayoría de las veces, lo que creo es que no podría vivir sin el sabor de tus labios.

Zalamero –sonrió ella.

¿Me vas a decir lo que ocurre?

Es que... no sé por dónde comenzar –admitió a media voz, mientras sentía los ojos bonitos de Roy sobre ella. Exhaló un suspiro, organizando sus ideas, antes de volver a hablar de nuevo–: Llevo un par de días en los que me encuentro mal. Me mareo, vomito, sobre todo por las mañanas y... y... Creo que estoy embarazada, Roy –ante sus palabras, una sorpresa infinita se extendió por el rostro del joven, que se quedó muy quieto, incapaz de reaccionar–. Y no sé qué hacer, Roy. No sé... No sé qué hacer ahora. ¿Voy a un médico? ¿Hablo con mi madre? ¿Qué vamos a hacer?

Roy permaneció en silencio, frotándose el rostro con las manos, mientras ella le miraba en busca de algo, lo que fuera. Por supuesto que sabía que Roy no iba a solucionar el problema, que no iba a tener una palabra mágica que solucionara el entuerto en un instante como ocurría en los cuentos. Sin embargo, sí que había esperado que hiciera algo, que la abrazara y le dijera que todo iba a ir bien, que le prometiera estar ahí.

Pero Roy no hizo nada, tan solo la miró con ojos vacíos.

¿Embarazada? ¿Estás segura?

Tengo un retraso de dos semanas, pero tampoco estoy segura, segura –llenó sus pulmones de aire, suplicando en silencio que él hiciera algo que no fuera mirarla así, como si fuera una desconocida–. Supongo que tendría que hacerme la prueba de la rana o visitar un médico o... No sé, nunca he estado en esta situación.

Recordó a Sara. Su sonrisa, lo bien que reaccionaba ante la adversidad, lo buena que había sido siempre con ella... Sara habría sido su mejor aliada, habría sabido qué hacer, pero Sara estaba muerta... como Tommy... otro de sus apoyos, al igual que Oliver, que seguía desaparecido. Los echaba tanto de menos a todos, deseaba tanto que estuvieran ahí, a su lado.

Es un tanto... inconveniente...

Esas cuatro palabras rompieron su corazón. De todo lo que Roy podía haberle dicho, lo que pronunció fue lo peor posible, sobre todo por el tono de su voz. Thea no era idiota, no se había esperado un grito de alegría o un festejo, pero sí que había supuesto que Roy habría reaccionado de forma muy distinta, más comprensiva que contrariada, que era lo que reflejaban sus rasgos.

Para ti no tanto.

Thea, no...

No. No quiero escucharte –declaró con frialdad, también con una seguridad que no sentía en absoluto–. Sí, tienes razón, es inconveniente, pero lo será para mí. Tú no tienes por qué sufrir ni por qué pasar por todo esto.

No seas así, Thea –Roy resopló, casi desesperado–. ¡La situación es endiabladamente complicada, Thea! Tú eres de buena familia y yo soy un mero camarero que nació en los Glades. La princesa de Starling City y el delincuente de tres al cuarto, ¡menuda historia! –el joven agitó la cabeza–. Y eres joven y no estamos casados... Y trabajo para un amigo de tu familia y... Es un bebé, Thea, una persona pequeñita que dependerá de nosotros. ¿De verdad crees que estamos preparados? ¡Porque yo no! Soy pobre, Thea, no puedo cuidar de vosotros. Y... y... ¿y tu carrera? Es... es muy complicado... Es...

No escuchó lo siguiente que dijo.

En su lugar, le dio un empellón para salir disparada del callejón. Atravesó el pasillo para regresar al local propiamente dicho, sintiendo como su corazón se rompía a pedazos; el dolor era tan intenso que ardía, arrasándola como una catástrofe natural que pasara por encima de ella. Había sido así, en ese estado de conmoción, de pena, cuando se topó con una mirada amable.

Cuando Harrison la rescató.


El coche de Harrison se detuvo frente a la mansión Queen, devolviéndola a la realidad que, en aquel momento, adquirió el azul de los ojos de su representante y amigo. Él no dijo nada, tan solo la miró con aire preocupado, seguramente preguntándose por qué ella estaba tan turbada, aunque con la delicadeza suficiente como para no formular sus dudas en voz alta. Le agradeció tanto el detalle que tuvo que morderse el labio inferior para no intentar expresar su gratitud con algo tan sencillo como una palabra y todo porque seguía temiendo echarse a llorar en el momento en que abriera la boca.

Se sentía tan cansada, tan harta de todo... el nudo de su garganta era tan agobiante que parecía robarle el aire de los pulmones... se le hacía todo tan cuesta arriba... que, sencillamente, no pudo más.

Y, entonces, rompió a llorar.


La sangre de Caitlin manchaba mis dedos.

Abrí los ojos de forma desorbitada al ser consciente de que se trataba de la sangre de Caitlin, lo que fue tan solo el preludio a la taquicardia que me invadió. Sin embargo, en medio de aquel pavor infinito se abrió paso la razón y me gritó a pleno pulmón que en mis manos estaba ayudar a Caitlin. Por eso, haciendo gala de una frialdad que ni siquiera sabía que tenía, senté a la joven en el asiento del copiloto, acomodándola lo mejor que pude.

–No te preocupes, preciosa, te vas a poner bien –le prometí, inclinándome sobre ella para examinarle la herida.

La bala la había alcanzado en un costado, aunque por suerte lo había hecho con limpieza. Eso quiere decir que la había atravesado, lo que era una buena noticia, pues el proyectil ni seguía en su cuerpo, ni había tocado, a juzgar por su recorrido, ningún órgano vital. Con rapidez, me quité la chaqueta y la até lo más fuertemente que pude entorno a su cuerpo, esperando que contuviera la hemorragia el tiempo suficiente como para llevarla ante un médico.

Después, me senté tras el volante y salí lo más deprisa que pude hacia el hospital, al mismo tiempo que no dejaba de repetirle a Caitlin que se iba a curar. No me escuchaba, pues seguía sumida en la inconsciencia, pero yo me sentí mucho mejor al hablarle, era como refugiarme en la ilusión de que seguía conmigo.

Nada más llegar al enorme edificio, cogí a Caitlin en volandas con toda la delicadeza del mundo y salí despedido hacia el interior. La verdad, no sé qué pasó exactamente entonces, pues mis recuerdos se difuminan gracias al poderoso dedo de la preocupación y del miedo. Sé que clamé por un médico, que supliqué que la atendieran y que, de pronto, alguien me arrebató a Caitlin de los brazos para depositarla en una camilla de aspecto pesado que arrastraron hacia el interior de una sala. Yo tuve que quedarme atrás, con el corazón en un puño y no más compañía que un puñado de desconocidos que se apiñaban en la sala de espera.

Estaba tan aterrado, me sentía tan impotente que fue como volver a ser un niño que perdía a sus padres de forma injusta. La comparación me golpeó como un bate, por lo que hice lo único que podía hacer en tales circunstancias: le pedí a la enfermera una ficha para usar el teléfono público y marqué el número que tan bien conocía.

–Joe... te necesito.


Había sido un día tan duro en la oficina que Felicity no pudo marcharse hasta bien entrada la noche. Era, desde luego, una decisión un tanto cuestionable: una mujer caminando sola por las calles a tales horas, habrase visto. Sin embargo, a Felicity cada vez le importaban menos las apariencias, sobre todo cuando lo que hacía era lo correcto. No sólo estaba manteniendo su promesa a Oliver, sino que muchísimas personas dependían de que dirigiera Industrias Queen con buena mano: hombres y mujeres que trabajaban para ellos y de quienes dependían familias enteras.

Aunque tú también tienes a gente que depende de ti, Felicity, así que deberías cuidarte.

Prometiéndose a sí misma que equilibraría mejor el trabajo con su vida personal, se aferró a su bolso, mientras avanzaba por la acera. Durante unos días, Dig había estado ejerciendo de su guardaespaldas, pero, gracias a la mediación del señor Allen, había terminado vigilando a Thea. A Felicity le parecía buena idea, pues parecía un objetivo más que probable para aquel maldito asesino que no dejaba de actuar. Sin embargo, debía de admitir que no le importaría contar con la compañía de John en aquel momento, pues Starling City a oscuras parecía un lugar muy diferente.

Estás siendo una paranoica, Felicity, ¡cálmate!

¿Pero por qué hablas contigo misma? Pareces una loca, Felicity.

¡Y sigo haciéndolo, ay!

Estuvo a punto de darse una palmada en la frente, hastiada consigo misma, cuando llegó a la parada de taxis. Por suerte, no estaba muy lejos de las oficinas y, también afortunadamente, había uno aparcado justo ahí. Sintiéndose mucho más aliviada, se subió en la parte de atrás y le dedicó una educada sonrisa al hombre que se encontraba tras el volante.

–Buenas noches.

–¡Menudas horas, señorita!

Felicity asintió con un gesto, pronunciando una vaga excusa antes de pedirle que le llevara a la calle de Dig y Lyla; no dijo el portal en cuestión porque lo consideró más sensato, quizás así los podría proteger mejor. ¿De quién? ¿Del terrible señor rechoncho y un poco calvo que se dedicaba al inquietante oficio de taxista? Felicity volvió a regañarse a sí misma por paranoica, antes de sumergirse en el interior de su bolso más por mantenerse ocupada que porque necesitara algo.

Recordó, entonces, que tenía una cajita de caramelos de violeta y, de pronto, se le antojó uno, así que rebuscó con tanto ahínco que la barra de labios salió despedida del bolso. Chasqueó la lengua, maldiciendo su propia torpeza, antes de agacharse a cogerla.

Sus dedos dieron con el carmín, sus ojos con la pistola.

El aparentemente amable señor llevaba una pistola oculta bajo la ajada cazadora, algo que Felicity no consideró una coincidencia. Podía serlo, desde luego, pero no lo creía, no con Oliver siendo secuestrado por la directora de un grupo secreto del gobierno; no cuando el taxi parecía haberla estado esperando.

Maldita sea, ¿cómo salgo de esta?

Felicity tenía claro que si no salía inmediatamente de aquel taxi, estaría metida en un buen lío. Si tenía razón, algo que su instinto le decía que así era, aquel hombre era un agente, un espía, por lo que era más que probable que quisieran capturarla para usarla contra Oliver. Estuvo a punto de bufar, agradeciéndole así a Iris West su dichoso reportaje con fotografías incluidas, pero no lo hizo. En su lugar, actuó como si no se hubiera percatado de nada y guardó el pintalabios en el bolso.

Fue entonces cuando se fijó en que llevaba la polvera con el maquillaje que se aplicaba en el rostro. Disimuladamente, la agitó, esperando deshacer el bloque de maquillaje para obtener polvo; incluso se ayudó con los dedos, vigilando al conductor que parecía demasiado concentrado en la carretera. Además, seguramente la consideraría inofensiva, como si por el mero hecho de ser mujer no fuera a presentar batalla. Ja, pues ella le iba a enseñar una valiosa lección: las mujeres no eran muñecas de porcelana, sino que podían defenderse tan bien como cualquiera.

–Oiga –una vez deshecho el bloque y habiéndose detenido frente a un semáforo, Felicity se inclinó hacia delante, luciendo su mejor expresión de candidez. En cuanto el hombre se giró, ella le sonrió con aire atontado, intentando imitar a Marilyn Monroe en sus películas–, juraría que este no es el trayecto.

–Se equivoca, señorita.

–Oh, perdone, es que tengo muy mala orientación –dijo engolando la voz, mientras ladeaba la cabeza, esperaba que con aire seductor. El taxista la miró, indicándole que no ocurría nada. A Felicity le dio la sensación de que el hombre bajaba la guardia, así que decidió que había llegado el momento: empuñando la polvera, sopló con todas sus fuerzas, provocando que el dichoso taxista cerrara los ojos, siseando. Felicity, entonces, se levantó un poco para, así, poder estampar la cabeza del conductor contra el volante, dejándolo inconsciente. Parpadeando, atónita consigo misma, susurró–: No puedo creerme que haya hecho eso... Ni que haya funcionado tan bien.

Una vez más, no perdió el tiempo. Primero, cacheó al hombre inconsciente en busca de algún tipo de documentación; él no llevaba nada encima, aunque en la guantera localizó la licencia del verdadero taxista, cuyo único parecido era la posesión de dos ojos, dos orejas, una nariz y una boca. Segundo, abandonó el taxi caminando con aparente normalidad, aunque con los sentidos más agudizados que nunca: ¿y si el taxista tenía compañeros dispuestos a capturarla?

Alguien debería inventar alguna forma de defensa que no sea una pistola. Algo que ciegue y que duela mucho para poder huir. Como el gas lacrimógeno, pero de uso más fácil, diario... que puedas llevar en el bolso.

Mmm, no es mala idea.

¡Felicity, no es momento de pensar en nuevos proyectos, espabila!

Siguió caminando, cada vez con más rapidez, sin dejar de mirar en derredor hasta que llegó a la calle donde vivían los Diggle. Para cerciorarse de que no la seguían, dio unas cuantas vueltas antes de ir a la casa de sus amigos. Al subir las escaleras y ser recibida por Lyla cargando en brazos a la pequeña Sara, se sintió a salvo. Al menos, estaba en lo más parecido a una casa que tenía en aquel momento. Sin embargo, no se permitió el relajarse, pues aquel incidente significaba una cosa:

–Tenemos problemas –le dijo a Lyla nada más verla.


Llevaba una eternidad sentado en aquella silla incómoda, cuando Joe apareció por el pasillo que conectaba la entrada trasera del hospital con la sala de espera. Estaba tan harto del verde horrible de las baldosas que hasta me sentía de ese color, como si estuviera enfermando por la espera. En cuanto vi a Joe, me sentí mejor, aunque no fue nada a como me sentí como cuando, un instante después, me envolvió en sus paternales brazos. A pesar de mi edad, de ser un hombre adulto, había veces en que sus abrazos me hacían sentir un niño que cree que todo va a salir bien.

–He llegado en cuanto he podido, Barry. ¿Qué ha ocurrido?

Nos sentamos de nuevo en aquellas sillas del demonio, mientras yo le relataba como habíamos sido perseguidos y atacados tras haber abandonado el Verdant. Al expresar en voz alta lo sucedido, empecé a caer en la cuenta de una serie de acontecimientos que, de repente, tenían sentido como parte de un todo. Por eso, tras acabar mi relato, añadí mis propias conclusiones:

–Estoy más que convencido de que el asesino de Sara Queen y Thomas Merlyn quiere acabar con la vida de Caitlin. Tiene que ser ella el objetivo, tiene mucho más sentido que la otra posibilidad, que soy yo.

–Tu amiga encontró el primer cadáver. El asesino puede creer que vio algo más –Joe clavó sus ojos en los míos–. Porque no vio nada más, ¿verdad?

–No, sólo lo que os contó.

–De todas maneras –terció de pronto el hombre, acariciándose la barbilla con una mano con aire reflexivo–, no estaría de más que te anduvieras con cuidado, Barry. Puede que el asesino esté más interesado en Caitlin, pero no podemos descartar que tú también seas su objetivo. A fin de cuentas, estás intentando darle caza.

–Tendré cuidado. Siempre lo tengo.

–Lo sé –Joe me palmeó la rodilla, como cuando era un chiquillo a quien felicitaba por sus buenas notas. Su sonrisa era pura calidez, era recuerdos agradables de niñez y la sensación de ser reconfortado–. Sin embargo, la labor de un padre es preocuparse tanto tenga motivos como no. Y creo que en esta ocasión sí que tengo razones más que de sobra como para inquietarme.

–Ni puedo, ni quiero darle la espalda a lo que está sucediendo. Hay demasiada gente cuyo bienestar depende de mi trabajo.

–Yo nunca te pediría que cedieras, no es así como te he educado –me recordó con gesto grave, por lo que yo asentí en silencio. Tenía razón–. Sin embargo, creo que ha llegado el momento de que colaboremos. De algo tiene que servirte tener a un policía en la familia, ¿no crees? En cuanto la señorita Snow despierte, hablaré con ella. Pondrá una denuncia formal y podremos cuidar de ella. Además, no está de más que contemos oficialmente con la posibilidad de que el asesino tenga intención de seguir matando.

–De acuerdo, pero yo quedo fuera.

Era cierto que en ambos ataques Caitlin y yo habíamos estado juntos, pero estaba más que convencido de que el objetivo era ella. Por eso, me parecía bien que Joe quisiera oficializar el ataque y que Caitlin contara con la opción de poder tener protección policial; esa opción, no obstante, representaría un serio problema para mí, ya que necesitaba la discreción y la independencia para poder seguir haciendo mi trabajo. Además, el instinto me decía que yo no era la prioridad del asesino...

Al menos por el momento.

–Familiares de la señorita Caitlin Snow.

Di un respingo ante la voz del doctor y me puse en pie para acercarme a él. La verdad, ahora no sé de dónde saqué la idea. Supongo que de la desesperación, pues necesitaba verla, comprobar que se encontraba en perfectas condiciones.

–Soy su prometido –solté para sorpresa de Joe, que únicamente enarcó ambas cejas.

–Detective West, he venido para tomarle declaración –añadió él con su tono de policía profesional; de hecho, hasta le mostró al doctor su placa. Me señaló con un gesto de cabeza–. El señor Allen ha puesto una denuncia por el ataque sufrido.

El médico nos observó con cierto recelo, supongo que porque un prometido no es considerado familia. Sin embargo, debió de comprender que no había nadie más, pues suspiró sonoramente, antes de revisar el informe que tenía entre las manos y que más se asemejaba a un ladrillo.

–Su prometida tenía una herida de bala que, afortunadamente, no ha tocado ningún órgano vital. Eso, junto con su rapidez para traerla hasta aquí, le ha salvado la vida. Felicidades –me informó con la frialdad típica de los doctores, esa barrera de defensa que seguramente los mantendría cuerdos–. La señorita Snow ha salido de quirófano y se encuentra descansando en su habitación. Como nos hemos visto obligada a sedarla, aún permanecerá un buen rato dormida, pero puede acudir a su lado si así lo desea.

–Por supuesto.

El médico volvió a reparar en Joe, lo que le dejó visiblemente confuso, como si no tuviera muy claro qué decirle a él. Por suerte, Joe tenía experiencia lidiando con aquel tipo de situaciones y muy pronto se hizo cargo de todo.

–Dado que la señorita Snow ha sido atacada y que su prometido es mi ahijado, supongo que no le importará si les acompaño, ¿me equivoco?

–De acuerdo. Pero déjela descansar, ya habrá tiempo de resolver sus dudas.

–Se lo prometo, doctor.

El hombre nos guió a través de pasillos de aquel verde feo de narices hasta una habitación que tenía dos camas, aunque sólo una de ella estaba ocupada. Caitlin dormía en el jergón de la derecha, el que estaba junto a una pequeña ventana por donde entraba el leve resplandor artificial de la luz de las farolas. Estaba muy pálida, con el pelo extendido sobre la almohada como si fuera La bella durmiente del cuento, aunque mucho me temí que no podría despertarla con un beso.

El doctor nos recordó que la dejáramos descansar y nos advirtió que ni se nos pasara por la cabeza el despertarla, pues la operación había sido larga y aparatosa y necesitaba horas de sueño. En cuanto ambos le prometimos que seguiríamos todas las instrucciones, se marchó, dejándonos a solas con Caitlin. Yo, por mi parte, me quité tanto el sombrero como el abrigo para dejarlos en un perchero de pie que había junto a la puerta. Al volverme, descubrí que Joe me miraba con una ceja alzada y sabía a qué se debía, mas me hice el tonto para acercarme al camastro.

–Supongo que debería felicitarte.

–Si no hubiera mentido, no nos habrían dejado pasar y no iba a permitir que Caitlin estuviera sola. No tras el ataque –respondí con cierta obstinación, mientras me sentaba al lado de mi amiga; se me hizo rarísimo el que estuviera tan quieta, además de tan pálida.

–Podrías haber dicho que era tu hermana.

La idea me escandalizó tanto que abrí los ojos de forma desorbitada e incluso se me pasó por alto el tono de chanza de mi padre adoptivo. ¿Caitlin, mi hermana? No, por favor, eso sí que no. ¡Menuda idea! ¡No tenía sentido!

–Hola, soy el señor Bartholomew Snow no es que suene demasiado bien.

–Claro, porque ha sido eso lo que te ha llevado a contar la otra mentira.

–¿Insinúas algo, Joe?

–Sólo digo que ya me mostrarás la lista de bodas. Sé mejor que nadie lo deprimente que resulta que te regalen una salsera –Joe me sonrió, divertido, pero yo únicamente puse los ojos en blanco, mientras me resistía con todas mis fuerzas a cogerle la mano. Lo que me faltaba. Si lo hacía, Joe iba a ser capaz de buscar al capellán de la capilla del hospital y traerlo a la habitación para tomarle el pelo. El hombre se acercó a mí para colocar una de sus cálidas manos en mi hombro–. Está bien que te intereses en alguien, Barry. Aunque, eso sí, espero que me la presentes adecuadamente... cuando todo esto pase, por supuesto.

–Yo no... No estoy... No es... Bueno, tampoco es que no sea... Eh... Es todo un poco confuso por el momento, ¿de acuerdo?

–¿Es confuso o lo haces confuso?

–Si tenemos en cuenta que hay asesinatos, tiroteos, antiguas parejas e investigaciones de por medio pues... yo diría que la situación es complicada de narices –le recordé, antes de suspirar sonoramente, echándome hacia atrás para repanchingarme en la silla–. Tenemos que encontrar a ese asesino, Joe. Hay que pararle los pies.

–Y lo haremos. No te preocupes.

–Lo que le preocupa es que acabe con la vida de alguien más antes de que eso ocurra –me quedé observando a Caitlin, cuyo brazo estaba perforado por una aguja que estaba conectada a un gotero de cristal–. Está claro que no piensa parar por el momento.


La muchacha seguía siendo presa de los temblores de la pena, mientras se deshacía en lágrimas e hipidos que él no sabía cómo detener. Por eso, Harrison se dedicó a abrazarla, incluso a acariciarle el cabello, mientras Thea seguía llorando. No le gustaba verla así, pero lo primordial era que se sintiera comprendida, que supiera que no estaba sola, pues él se encontraba a su lado pasara lo que pasara.

Al final, tras lo que a Harrison se le antojó una eternidad, Thea se separó con lentitud, dándole la espalda, mientras se enjugaba las lágrimas. Él, por su parte, tuvo que hacer un esfuerzo titánico para no alargar la mano y hacerlo por ella. No sería apropiado, ni seguramente decoroso... Bueno, en realidad nada de aquella situación lo era, pero no podía importarle menos.

–Lamento este bochornoso espectáculo –susurró la chica.

–No digas eso, Thea –le dijo amablemente, sin dejar de observarla–. Llorar es algo natural, sobre todo cuando la vida no deja de golpearnos una y otra vez –se quedó un instante callado, intentando encontrar las palabras más adecuadas–. Estaré aquí para ser tu paño de lágrimas las veces que quieras, Thea, quiero que lo tengas claro.

–¿Pero?

–Más que un pero, es un añadido.

–Soy toda oídos.

–Me preocupo por ti, Thea. Eso ya lo sabes –intentó buscar su mirada, mas la chica seguía concentrada en la ventanilla, aunque su lenguaje corporal le indicó que sí que estaba pendiente de sus palabras–. No sé cómo ayudarte si no conozco tus cuitas. ¿Qué ocurre, Thea? ¿Por qué lloras? ¿Cómo puedo ayudar?

–Es que no creo que puedas.

–Eso no lo sabremos hasta que me cuentes tu problema.

Thea se apartó un mechón de pelo tras la oreja, al mismo tiempo que se giraba un poco, lo suficiente como para mirar al frente en lugar de a la puerta del vehículo. Se mordió el labio inferior, seguramente víctima de una batalla interna, por lo que Harrison se quedó en silencio, aplacando su impaciencia: sabía mejor que nadie que las personas necesitaban espacio, que cada uno necesitaba un tiempo concreto para pensar y decidirse y lo que menos deseaba era precipitar la conversación con Thea.

–Si te lo cuento –dijo al fin, todavía mirando al frente–, ¿me prometes que me guardarás el secreto, Harrison?

–Lo prometo.

–¿Conoces a Roy Harper?

–Por supuesto. ¿He de recordarte que frecuento el Verdant aún más que tú?

–Roy y yo... nosotros tenemos una relación –confesó, volviéndose hacia él por primera vez desde que dejara de llorar; enlazó las manos, estrechándose los dedos con cierta ansiedad–. Le quiero –aquellas dos palabras hirieron a Harrison, aunque no permitió que ella lo notara, sobre todo porque era algo normal, algo lógico–. Quizás demasiado... No lo sé, ahora creo que actué con demasiada premura... que perdí la cabeza.

Harrison no necesitó más explicaciones para saber qué había ocurrido. Por eso, y para ahorrarle le turbación, alargó la mano para enlazar sus dedos con los de Thea. Se imaginaba los temores de la joven; temores, por otro lado, justificados, pues la sociedad juzgaba con una crudeza sin igual aquella clase de comportamientos, algo que él nunca había comprendido. No se le antojaba un pecado que dos personas se amasen, aunque aquel amor fuera efímero o sencillamente carnal; de hecho, tampoco consideraba que buscar placer fuera un delito.

–La pasión es una emoción poderosa, sobre todo cuando el amor se mezcla con ella –le dijo, mirándola a los ojos–. No creo que hicieras nada mal, si eso es lo que te preocupa.

–Pues serás el único.

–Tu familia estará a tu lado, ya lo verás –le aseguró, antes de permanecer callado durante unos segundos. Quería que Thea se relajara, que se sintiera cómoda, antes de exponer la cuestión más delicada–. Entiendo que el malestar que has estado sintiendo tiene que ver con eso.

–Estoy embarazada.

–¿Y cuál es la opinión del señor Harper sobre tal delicada cuestión?

–Que es un inconveniente –dijo con cierta amargura; los ojos se le abnegaron de lágrimas de rabia y decepción, por lo que Harrison le estrechó la mano con más fuerza–. Fue lo único que me dijo. Ni siquiera se alegró, ¿sabes? Parecería tan contrariado, Harrison, que sólo pude irme echa una furia... hasta que la furia pasó –Thea exhaló un profundo suspiro y cerró los ojos–. No sé qué hacer, Harrison –la joven descansó sus manos sobre su vientre–. Sé que quiero tenerlo. A pesar de todos los problemas, lo quiero.

–Pues si tienes eso claro, sí que sabes qué hacer: tenerlo, criarlo, quererlo...

–La gente hablará. La prensa se va a cebar con mi persona y mi carrera se irá al garete –Thea agitó la cabeza–. Puedes ver los titulares tan bien como yo, Harrison. Ni siquiera tengo novio formal. El escándalo va a ser enorme.

–Que hablen lo que quieran. Tú sabes la verdad.

Thea ladeó la cabeza, sonriendo tímidamente.

–No era la reacción que esperaba, no suponiendo la decepción que debe suponer para ti...

–No eres ninguna decepción.

–Pues mucho me temo que has perdido a tu mejor cliente. No creo que vuelvan a contratarme después de esta película, Harrison. Ninguna productora querrá trabajar conmigo, quedaré... marcada. Se realizan películas sobre chicas malas, pero son las buenas chicas las que las hacen.

–Para mí eres mucho más que una representada, Thea –al inclinarse sobre ella, notó que las gafas se le escurrían por el puente de la nariz. Ella sonrió aún más, apartándose el pelo del rostro con un gesto–. Eres más importante que eso. Además, soy un genio, ya me las apañaré para que te veas lo menos expuesta posible. Por eso no te preocupes, ¿de acuerdo? Te ayudaré en todo lo posible, ya sea en lo profesional o en cualquier ámbito –se permitió el acariciarle la mejilla, para secarle las lágrimas que aún recorrían su piel.

–Eres muy bueno conmigo, Harrison. Demasiado.

Nada es demasiado para ti.

En aquella ocasión Thea se inclinó sobre él para propinarle un beso en la mejilla, algo que le dejó sonriendo, a pesar de todo. Después, la joven deslizó el dorso de sus dedos por su rostro, mientras se echaba hacia atrás.

–¿Podrías entrar conmigo? No quiero estar sola cuando se lo cuente a mi madre.

–Por supuesto.


–Estuvieron un buen rato dentro del coche y, al final, ambos acabaron entrando en la mansión Queen –le relató Dig sin apenas moverse; era algo que solía hacer cuando actuaba más como profesional que como persona, algo de lo que Felicity se había ido dando cuenta con el tiempo–. No sé de lo que hablaron, ni lo que ocurrió en la casa, pero el señor Wells acabó marchándose más de una hora después.

–¿Y dónde está Thea ahora?

–Rodando su nueva película. No creo que nadie la ataque entre tanta gente.

Felicity asintió con un gesto, notando la perturbación que parecía inundar a su amigo. Por eso, dejó de juguetear con la pluma que tenía en la mano para echarse hacia atrás en su silla y poder contemplarlo.

–¿Qué ocurre?

–Harrison Wells podría ser el asesino de Sara.

–Eso no lo sabemos –Felicity, sin embargo, debía admitir que era una posibilidad; de hecho, sabía que el señor Allen lo consideraba sospechoso–. Le diré al señor Allen y a su socio que lo investiguen más a fondo... si es que no lo han hecho ya.

–De acuerdo. De todas maneras, extremaré las precauciones en cuanto a Thea –decidió Dig en ese momento. Tras un instante de silencio, el hombre deslizó una mano por su rostro, mientras suspiraba sonoramente–. Creo que tenemos demasiados frentes abiertos, Felicity. Sabemos que Amanda Waller os puede usar tanto a Thea como a ti para ejercer presión en Oliver, pero tampoco podemos olvidarnos del asesino que parece rondar a la familia Queen. Primero Sara, ahora Tommy... Thea podría ser fácilmente la siguiente.

Ella asintió con un gesto, pues también se había planteado el riesgo en el que se encontraba Thea y que la propia joven desconocía, pues no tenía ni idea de lo que estaba ocurriendo en realidad con su hermano.

–Quizás deberíamos hablar con ella, advertirla –propuso con aire pensativo.

–No sé qué opinaría Oliver respecto a eso –observó Dig con suavidad.

–Pero Oliver no se encuentra aquí y nosotros sí. Thea es nuestra responsabilidad ahora y lo que menos deseo en el mundo es fallarle –dijo Felicity, retirándose un mechón de pelo detrás de la oreja. En ese momento, la conversación quedó interrumpida por el pitido del interfono que había sobre el escritorio; al escucharlo, la mujer se inclinó hacia delante para pulsar el botón–. ¿Qué ocurre?

–Laurel Lance se encuentra aquí, señorita Smoak.

–Hazla pasar.

Se sintió muchísimo mejor al saber que la fiscal había llegado, pues ella misma la había hecho llamar a pesar de la situación en la que la señorita Lance se hallaba. Felicity notó la curiosidad silenciosa de su amigo, así que hizo un gesto para que aguardara, mientras se levantaba para recibir a la mujer. Lauren Lance no tardó en entrar en el despacho llevando un vestido negro, que resaltaba el castaño claro de su pelo y el tono de sus ojos, además de contrastar con la prenda roja que Felicity llevaba.

–Lamento muchísimo molestarla día como hoy, de veras, pero mucho me temo que no tengo otra opción –fue su sentido saludo, pues de verdad hubiese preferido conducirse de una manera diferente–. Espero no turbarla demasiado, señorita Lance.

–No se preocupe, señorita Smoak. Pero, dígame, ¿por qué tanta premura?

–Creo que ayer por la noche Amanda Waller intentó secuestrarme –Felicity decidió que lo más adecuado era no andarse con rodeos, sobre todo porque la señorita Lance estaba enterada de toda la situación. Además, consideraba que si quería su ayuda, lo mejor era ser lo más franca posible–. Como ya le dije, Oliver se marchó para detenerla, para evitar que siga metiéndose en nuestras vidas, pero no sabemos nada de él y está claro que ella, a su vez, está actuando contra Oliver.

–Me alegra ver que no consiguieron su objetivo –la señorita Lance abrió mucho los ojos, sorprendida, mientras tomaba asiento al lado de Dig; le saludó con un gesto, antes de volver a concentrarse en Felicity–. Sin embargo, no entiendo cómo puedo ayudarla.

–Quiero que la fiscalía abra una causa contra Amanda Waller.

–¿Qué? –preguntó Dig, visiblemente patidifuso.

–Amanda Waller secuestró a Oliver y ahora ha intentado hacerlo conmigo. No entiendo de leyes, pero juraría que la tentativa de secuestro y el secuestro son delitos, ¿verdad? –miró a la señorita Lance en busca de apoyo y, de hecho, lo recibió en forma de un gesto casi imperceptible, pues ella también debía de estar atónita–. Se que trabaja para el gobierno, pero según Oliver ARGUS es una rama extraordinariamente secreta. Oficialmente, ni usted ni yo conocemos su existencia, así que podría denunciarla por una información que me dio mi jefe, el señor Queen.

–Puede hacerlo, desde luego, pero no creo que nos permitan seguir adelante con el caso. Imagino que el gobierno no tardará en sepultarlo...

–Pero ejerceríamos presión pública sobre ella, ¿verdad?

–La pondríamos en una situación complicada, me imagino. En cierta manera, estaría protegida por el momento, señorita Smoak –se le quebró la voz, mientras entornaba los ojos con aire pensativo–. Quizás la ley no sea la herramienta más adecuada para lo que desea hacer.

–¿Qué se le ha ocurrido?

–Emplee la prensa –dijo la señorita Lance, ahora con aire decidido, como si de pronto hubiera decidido que su idea no era tan descabellada–. Gracias al artículo de la señorita West, tanto la desaparición de Oliver como la muerte de mi hermana y el entorno de ambos se han vuelto muy populares. La prensa está cubriendo hasta la extenuación el asesinato de Tommy y no dejan de fisgar y teorizar. Podríamos usarlo a nuestro favor. A fin de cuentas, a diferencia de en un juzgado, en los periodicuchos no necesitan pruebas. Hagamos que la opinión pública conozca a Amanda Waller, que la vigile a ella y, de paso, los seres queridos de Oliver queden protegidos.

–Si la acusamos de intentar hacer daño a Oliver y su entorno, estaría confirmando las sospechas si algo le ocurre a algún familiar o amigo –resumió Dig con aire pensativo, al mismo tiempo que se inclinaba hacia delante–. La verdad es que podría funcionar.

Dig la miró fijamente, indicándole que era un buen plan, aunque no por eso Felicity se sentía más cómoda con él. Desde que Iris West publicara aquella exclusiva, había tenido que extremar las precauciones, incluso había tenido que dejar su apartamento para mudarse con Dig y Lyle, algo que al final había sido efectivo, pues estaba claro que sí la habían identificado como la amante de Oliver Queen. Sin embargo, debía admitir que había cierta justicia poética en el hecho de que precisamente fuera Iris West quien la ayudara a librarse de Amanda Waller... aunque fuera por el momento.

–Supongo que, si uno de mis empleados decide venderle cierta información a cierta periodista, yo no puedo hacer nada por impedirlo –consideró. Cogió de nuevo la pluma estilográfica para juguetear con ella entre sus dedos, bamboleándola como si fuera un péndulo–. Aunque he de admitir que me preocupa que ARGUS pueda tomar represalias contra la señorita West.

–A ella no parecen importarle las consecuencias de sus actos –dijo la señorita Lance.

–No es motivo suficiente.

–Podemos acudir a más de un periodista –terció Dig, reclinándose en su asiento–. ARGUS podría actuar contra un solo periodista, pero, si las historias se multiplican, no harán nada para no llamar la atención.

–No quiero que nadie más sufra por todo esto –suspiró Felicity.

–No creo que pueda controlar las acciones de los demás, señorita Smoak –observó la señorita Lance con cierta pena reflejada en su mirada–. Por desgracia, lo único que podemos hacer es reaccionar lo mejor posible a lo que nos va sucediendo –exhaló un profundo suspiro–. Investigaré a Amanda Waller, por si encuentro algo que nos pueda ayudar, pero debería considerar la opción de la prensa.

Felicity asintió con un gesto, pues sabía que no era un plan tan descabellado... por mucho que no terminara de convencerle.

–Empezaremos por la señorita West, pero también acudiremos a la competencia. Intentemos dejar a ARGUS sin opciones, que lo único que puedan hacer es esconderse como siempre hacen –ladeó la cabeza para contemplar el cielo azulado que se veía a través de la ventana–. Sólo espero que no provoquemos nada peor.


No fue un despertar agradable.

Bueno, al principio sí, pues el despertador sonó a la misma hora de siempre y, como siempre, le llegó el olor a tostadas francesas de la vecina del tercero. Eso siempre conseguía que Cisco sonriera, pues le traía recuerdos de su infancia, de despertarse junto a sus hermanos oliendo las tortitas o los huevos revueltos o las tostadas de su madre.

No obstante, cinco minutos después recibió una llamada de Barry. Al escuchar la voz de su socio y amigo, se sorprendió, pues lo conocía lo suficiente bien como para saber que solía dormir hasta más tarde. No tuvo ni tiempo para comentarlo, pues Barry pasó a contarle su noche, lo que le dejó mal cuerpo. No podía creerse que les hubieran atacado, ni que Caitlin estuviera hospitalizada tras haber sido alcanzada por una bala. Así que, tras que Barry le hubiera jurado y perjurado que Caitlin estaba fuera de peligro, Cisco acabó vistiéndose a toda velocidad para ir a los Glades, exactamente a la calle donde habían sido asaltados.

–Y pensar que yo creía que ni siquiera había caso, hay que ver –musitó para sí, mientras revisaba el escenario del crimen.

Agitó la cabeza, poniéndose en cuclillas en medio de la calle; por suerte, era lo suficientemente temprano como para que no hubiera demasiados transeúntes. Ajustándose a la historia que Barry le había contado por teléfono, dedujo dónde habían estado ellos; de hecho, hasta pudo encontrar algunas balas incrustadas en un muro. Por eso, cuando al seguir la trayectoria de dichos proyectiles, encontró un rastro de sangre seco en el suelo, no pudo más que sonreír:

–Barry te hirió. Estás herido, cabrón... y voy a encontrarte.


A pesar de que no había sido mi intención, acabé durmiéndome en el sillón que había junto a la cama de Caitlin. Cuando desperté era tan temprano que el sol comenzaba su ascenso por la cúpula celestial, así que el oro fundido parecía desparramarse por el perfil de la ciudad. Era una visión muy hermosa, que me hubiera gustado compartir con Caitlin, pero ella seguía durmiendo; al mirarla, suspiré, impaciente por escuchar su voz, por comprobar que estaba bien.

–La enfermera ha estado aquí hace nada –me informó Joe en voz baja; me volví hacia él, revolviéndome el pelo–. Me ha despertado al entrar.

–¿Ha dicho algo?

–Que todo transcurre con normalidad. Nada más.

Asentí con un gesto, al mismo tiempo que Joe se ponía en pie. Tras asegurarse de que todas sus prendas estaban en su sitio, se las alisó con los dedos y, entonces, se puso tanto el abrigo como el sombrero. Una vez estuvo preparado, se acercó a mí para darme unas palmaditas en la espalda con aire paternal.

–He de irme a la comisaría. Me encargaré de que haya un caso y de que nos lo adjudiquen a Quentin y a mí. Avísame en cuanto la señorita Snow esté lo suficientemente recuperada como para responder a nuestras preguntas.

–Claro –asentí, poniéndome en pie. Volví a revolverme mi propio pelo–. Joe... gracias por todo. De verdad. No sé qué haría sin ti.

–Para eso está la familia, Barry.

El hombre se despidió de mí afectuosamente, antes de abandonar la habitación y dejarnos a Caitlin y a mí solos. Volví a mi lugar a su vera, dándome cuenta de que se me había aflojado la corbata, la camisa estaba arrugada y mi pelo hecho un auténtico lío. Sin embargo, lo único que me importaba era aquella presencia sosegada y triste que era tener a Caitlin sumida en aquel sueño cargado de tranquilizantes y medicamentos.

–No es que desee interrumpir tu descanso, ¿sabes? Pero añoro escuchar tu voz –le susurré, acariciándole su pelo del color del caramelo–. Añoro tu risa, hablar contigo, tus gestos... Despierta pronto, Caitlin, pues no creo que pueda soportar tu ausencia mucho más.

Ella no respondió, así que suspiré.

Iba a volverme loco, en serio.

Me puse en pie de nuevo para pasearme por la habitación, ya que no se me ocurría otra cosa que hacer. Al final, cuando me percaté de que Cisco acabaría de despertar, salí un momento para telefonearle y ponerle al día sobre lo sucedido, también para pedirle que le echara un vistazo al lugar donde habíamos sido atacados. Tras asegurarle que Caitlin estaba bien y tras que él me asegurara que, en cuanto obtuviera algo, contactaría conmigo, colgamos y yo volví a la habitación.

Caitlin seguía dormida.

Agitando la cabeza levemente, crucé la estancia hasta alcanzar la única ventana que había en ella y la abrí un poco, lo suficiente como para que entrara aire limpio, que purificara un poco el ambiente de la habitación. Me quedé recostado contra la pared, cerrando los ojos, mientras disfrutaba del frescor de la mañana.

No sé cuánto estuve ahí, esperando, tan solo sé que, al final, se obró el milagro y, al fin, pude escuchar la voz que tanto anhelaba oír:

–Mmm... ¿Barry?

–¡Caitlin!

Regresé como un rayo a su lado, sentándome de cualquier manera en el sillón para molestar a la chica lo menos posible. No podía creerme que hubiera abierto los ojos. Caitlin seguía tan pálida como Blancanieves en su leche, pero su mirada tenía un brillo despierto que me hizo sonreír.

–Me siento un poco... abotargada...

–Serán los sedantes –le estreché los dedos, inclinándome sobre ella–. Caitlin, ayer nos dispararon, ¿recuerdas? A ti te hirieron, así que han tenido que operarte, pero todo está bien, ¿de acuerdo? Te vas a recuperar y será como si nada hubiera ocurrido –le prometí, dándome cuenta de que, además de preocupado, me sentía culpable por lo sucedido.

–Me gustan los sedantes –sonrió ella.

–Me alegro.

Caitlin me miró, sonriendo un poco. La verdad era que parecía cansada, pero bastante despierta, sobre todo dadas las circunstancias. En ese momento, intentó incorporarse, pero yo no la dejé, sujetándola de los brazos.

–Ah, no, señorita Snow, no puede moverse hasta que lo diga el médico.

–No quiero estar tumbada.

–Mucho me temo que ahora mismo no tienes opinión.

Caitlin me sonrió de nuevo, pareciendo aún más espabilada. Al ver aquel gesto, no pude evitar quedarme quieto, tal y como estaba, con mis manos en torno a sus brazos e inclinado sobre ella. La joven, entonces, liberó su brazo derecho para alzarlo y, así, poder acariciarme las mejillas, también el pelo.

–Tienes un aspecto horroroso.

–Vaya, gracias –me reí.

–¿Has pasado la noche a mi lado?

–¿Dónde más iba a estar?

–¿En tu cómoda cama, descansando como mereces, quizás?

–Pero si esta habitación es más cómoda y lujosa que el Ritz –le quité importancia con un gesto, sentándome en el jergón, tan cerca de ella que notaba su cadera contra la mía–. Además, la compañía era excepcional. ¿Cuántas veces va a poder alguien pasar la noche junto a La bella durmiente de Starlin City?

–¿No intentaste despertarme con un beso?

–¿Qué? Yo... Oh, no, no... ¡Eso no sería decoroso! Y yo... yo soy un caballero... Yo nunca haría algo así... Esto... ¡No digo que no quiera! Porque tienes unos labios muy bonitos, ¿sabes? Y he pensado en besarte, pero... ¿Pero qué digo? –enterré mi cara entre mis manos, hastiada–. Ah, qué desastre...

–Un desastre que me gusta mucho.

La miré, frunciendo el ceño, justo para ver como Caitlin cerraba sus dedos en torno a mi corbata para tirar de mí hacia ella. Me dejé guiar, hipnotizado por aquellos ojos tan bonitos, por aquellos labios tan sumamente apetecibles, por aquella mujer que poco a poco me estaba robando el sentido. Mi rostro acabó sobre el de Caitlin, sin que apenas nos separara un centímetro...

O el grosor de una hoja de papel...

O incluso menos.

Mis labios encontraron el camino hacia los de Caitlin, tocándolos al principio con la torpe timidez del primer contacto, aunque no tardé en afianzarlo. Entonces me dejé llevar una vez más, disfrutando de su sabor, de ella, como si la necesitara con tanta urgencia como el aire que me mantenía vivo.

–¡Barry! ¡BARRY! ¡Tengo noticias!

Me eché hacia atrás, justo a tiempo, pues Cisco irrumpió en la habitación como un torbellino sin notar siquiera que había interrumpido un gran momento. Caitlin y yo nos miramos, seguramente teniendo un mismo pensamiento en mente.

Qué oportuno que era Cisco Ramon.


Vale, vale, ya sé que estoy tentando a la suerte, pero al menos ha habido beso... interruptus, pero beso... ¡No me matéis!

Por cierto, que al preparar este capítulo me he dado cuenta de que en el anterior puse mal el título. Tsk, con lo mítica que es la canción y voy y pongo mal el título, ¡deshonra para mi vaca! Podéis machacarme por eso y por el final en los comentarios, que a mí los reviews me alegran igualmente, xDD.

Próximamente: Capítulo 11 - Journey to the past.

Nos vemos en el próximo capítulo =D