Nuevo capítulo. Perdonen las faltas. Avisos en los anteriores capítulos.


La primavera llegó con una agradable bienvenida por todos, tanto humanos como animales. Con la llegada del esperado sol y los agradables momentos que proporcionaba de calor, las sonrisas comenzaron a extenderse como regalos de navidad. La sangre de todo el mundo se alteraba en estas fechas y no era de extrañar que fuera más problable la necesidad de calmar a algún que otro semental el celo. Y en ese caso, eran los hombres del rancho los encargados en ejercer ese privilegio. Cuando ésto ocurría, Eiji, Momoshiro y su propio padre se encargaban de tranquilizar al animal o bien, en otorgarle su deseo sexual. Claro que cuando esto sucedía, ella hacía oídos sordos: Jamás le había gustado la cúpula de los caballos. Es cierto que tenían retoños que después adoraba, pero no sería ella la que ayudara al macho a montar a la hembra, atándola como si fuera un simple objeto mientras el macho gozaba de libertad para anidar su semilla en su interior.

De solo imaginarse tal hecho, le entraban nauseas.

Cerró la cortina anaranjada ante sus ojos cuando vio a Eiji agacharse para atar las patas traseras de Canela y Momoshiro, amarrarla correctamente contra la balla extrecha para impedir movimientos bruscos o que la hembra se defendiera. Karupin II, mostraba claramente su orgullo como macho ante el gran majar que le habían regalado. Ryoma estaba junto a ellos, pues era la primera vez en su vida que iba a presenciar algo así y deseó por todos los medios que el peliverde fuera capaz de darse cuenta de cuan denigrante era aquello como para negarse a volver a verlo. Su padre había refunfuñado alegando que dejar a la yegua en libertad pondría en grandes riesgos a Karupin II o a cualquier otro macho y prefería prevenir que curar. Comprendía que Karupin II fuera un primerizo como su amo, pero no lo toleraba con el resto de las yeguas. Ni siquiera cedió cuando Momoshiro le indicó que Jess podría volver a quedarse embarazada. Eran animales, pero no le importaba.

Dejó la toalla que había llevado enlazada a su cuerpo sobre la cama y tras colocarse el sujetador, frunció el ceño, mirando las copas como si fuera la primera vez que observaba aquella prenda interior, hasta el punto que tuvo que quitársela, molesta. Buscó otro y ejerció el mismo movimiento, así, hasta que diez de sus sujetadores quedaron tirados sobre la papelera. Confusa, se acercó hasta el espejo, observándose.

-Oh, no... han crecido.

No le molestaba que aquella parte de su anatomía creciera. Todavía a sus diecinueve primaveras tenía que crecer más. Lo que le molestaba era tener que pedir dinero a su padre para comprarse ropa interior. Especialmente, cuando no tenía ninguna excusa. Kawamura era quien se encargaba de la compra de la comida y generalmente, solía ir con Ann para comprar los productos de limpieza. Y aquellas navidades había gastado todo el dinero que tenía en regalos y por desgracia, todos se habían dignado en hacer regalos físicos y no de dinero. Estaba totalmente atrapada y necesitaba dinero si no quería tener un dolor de espalda por culpa de sus encantos.

Humedeció sus labios pensantiva, guiando ambos manos hasta sus senos, empujándolos en claro intento de aplastarlos contra sí. Si bien no podía utilizar un sujetador, ¿Cómo soportaría llevarlos vendados? Era imposible. Quizás, no debería de haber dejado a su padre quemar toda la ropa de su madre, claro que a sus cuatro años, poco creía ella que sus senos crecerían como los de toda mujer.

-¡Sakuno!

La voz de Ann la hizo dar un respingo y gemir levemente cuando sus senos rozaron contra sus manos en el bote ante la gravedad, parpadeando aturdida. ¿Desde cuando eran tan sensibles? Ni siquiera se había dado cuenta cuando unos minutos antes había estado en la ducha, claro que generalmente era el jabón el que los rozaba, no sus manos. Movió la cabeza negativamente, riéndose de sí misma ante el descubrimiento. Rodó sobre sus pies descalzos y colocó en grueso jersey rojizo y el chaleco vaquero, colocó sus medias y calzó sus botas nuevas, relagadas por Kawamura esa misma navidad. Abrió la puerta, encontrándose de morros con Ann. Una idea surgió rápidamente.

-¡Ann!- Exclamó- ¡Yo....!....- no, no era tan sencillo- yo... quiero.... quiero...

-¿Eh?

-¡Quiero tus sujetadores!

Riku, quien estaba en los brazos de su madre parpadeó con igual desparpajo en su sorpresa que la misma mujer que le había dado la vida. Ann tragó saliva, confusa y creyendo que no la había entendido, habló:

-Sakuno, has dicho por casualidad que quieres... "mis sujetadores"- recalcó.

Afirmó, humedeciéndose los labios a la vez que su rostro se tornaba un tomate. Pero, ¿Qué podía hacer? Ann era la única mujer que había con la que pudiera hablar de eso. Igual muchos pensarían que al ser una chica criada con tantos hombres y que no le importaba comportarse como ellos a la hora de estar en el rancho, dentro de las puertas de su dormitorio no podría ser femenina. Se equivocaban totalmente. Y ante la falta de una madre, había tenido que aprender las cosas o de Ann, sola o con su abuela, la cual no ayudaba demasiado con sus ideas anticuadas: ¿Desde cuándo era impropio de una mujer tomar el sol en bikini y sí debía de tomarse con un bañador que cubriera? Eso no era tomar el sol.

-Bu... Bueno- murmuró Ann con sorpresa- yo creía que Takeshi era el único pervertido como para pedirme a boca llena que le diera mi sujetador para tocarme los senos, pero no sabía que tú, Sakuno, también te gustaban mis tetas y...

-¿Eh?- Exclamó interrumpiéndole con perplejidad dibujada en su rostro. Ann enrojeció como un tomate.

-Ah... no es por eso, ¿verdad?

-No...- murmuró contagiándose del sonrojo.

-Uy... valla... valla fallo- Tartamudeó Tachibana rascándose el cogote- Creo que... me estas pidiendo ropa interior nueva y yo creyendo que te gustaban las mujeres. Discúlpame, Sakuno.

-No... si igual yo tampoco me expresé como debía... seguro....

El silencio, roto por simples risas tontas y alguna que otra palabreja dicha por Riku, fue lo que las invadió por meros momentos, hasta que estallaron en carcajadas. Pero lo que queda entre mujeres, con ellas se muere.

-Está bien. Vamos a casa, miraremos haber cual te queda bien para que puedas ir a comprar. Seguro que te pesan ahora- le guiñó un ojo complice- todavía estas en edad de crecer. Es lógico que te hayan crecido más. ¿Qué talla tenías antes?

-La ochenta- respondió cerrando su puerta.

-Hum....

Ann le colocó la mano en el hombro, deteniéndola. Sakuno se giró hasta ella, mirándola con curiosidad, retrocediendo cuando la vio arquear las ceras repetitivamente y Riku sonrió malicioso.

-Má está enfada.

-¿Ehhh?- Exclamó retrocediendo asustada- Yo no... no...

-Sakuno...- murmuró- tendrás que pedirle dinero a tu padre.

-¿Por... por qué...?- tartamudeó- Ann no dijiste que...

El rostro avergonzado de Ann mientras miraba hacia otro costado la confundió.

-¿Hablais de tallas de pechonalidades?

Ambas desviaron la mirada hasta la escalera, donde Momoshiro sonreía, formándose dos senos con las manos pervertidamente.

-Para mí, Ann las tiene perfectas, aunque ella alega que una talla ochenta no basta para tenerlas sensuales. A mí me gustan. Son tan... tan acogedoras.

Mientras el moreno babeaba, un golpe fue directamente hasta su cabeza, tirándolo contra el suelo. Riku se agarró a su pierna mientras llevaba un dedo hasta su boca en una sonrisa divertida. Ann jadeaba mientras echaba humo hasta por las orejas de la vergüenza que sentía, volviéndose hacia ellos, cogiendo al bebé en brazos y corriendo hasta el coche. Parpadeó, arrodillándose junto a un Momoshiro desorientado.

-Demonios... como pega esa mujer- masculló.

Al ver que estaba bien, lo dejó, corriendo hasta el vehículo tras colocarse un abrigo. Ann golpeaba el volante con los dedos mientras mantenía sus mofletes hinchados y Riku intentaba pelearse contra los cinturones de seguridad que su madre le había colocado.

-Ves a pedirle el dinero. Aquí te espero- ordenó con firmeza.

Tartamudeó angustiada, delineando la figura de su padre junto a las cuadras donde Karupin II y Canela deberían de estar teniendo su momento de intimidad, explicándole algo a Ryoma, quien lo observaba con gran atención en su nuevo conocimiento sobre aquellos enormes animales. Tragó. ¿Cómo hacerlo? Pero Ann parecía estar tan enfadada que seguramente era un gran riesgo pedirle ayudar y pensar de cogerle dinero de la cartera a su padre a escondidas le producía un gran dolor: Era incapaz de robar o coger prestado.

Arrastrando sus pies como plomo, llegó hasta la altura de la balla. Su padre logró verla y haciéndole una señal de espera a Ryoma, el cual giró la silla hacia ellos por pura curiosidad, caminó hasta su altura.

-Buenos días, Sakuno- deseo- La primavera está bien en lo alto. Hemos seguido tus indicaciones y Karupin será quien monte a Canela.

-No quería que fuera así...- murmuró afectada.

-Sakuno, no son animales salvajes. Ese macho igual hubiera muerto si estuviera cupulando con ella ahora en libertad.

-O igual no- expresó molesta- papá... no he venido por eso... yo... necesito dinero.

Yohei se sacudió los guantes contra las perneras, humedeciéndose los labios a la vez que la miró con curiosidad.

-Generalmente no me pides dinero- sopesó- ¿Ha ocurrido algo en la casa que no me has contado? Mira que confio plenamente en tí a la hora de dejartela aunque me ayudes en el rancho.

-No- negó rápidamente afligida- No sucede nada en la casa.... pero...

A mi cuerpo si.

-... De verdad que necesito el dinero... sé que no suelo ser egoista, pero necesito ropa nueva- señaló ante la idea recién llegada.

Su padre pareció tan sorpredido que se atragantó con su propia saliva a la hora de tragar. Tosiendo, la sujetó de un hombro.

-Sakuno, yo sé que tú y la ciudad no os lleváis muy bien, pero corazón, ¿no se te están pegando sus costumbres? En fin, por una vez en tu vida, no creo que sea tan malo. Mi cartera está sobre mi despacho.

Afirmó, besándole el carrillo antes de echar a correr. La nieve se había fundido y únicamente en algunas de las montañas más altas todavía quedaban grandes resquicios. Correr no era algo difícil, sobretodo, cuando quería huir de la mirada curiosa de su progenitor, indagando en las extrañas razones de comprarse ropa.

Se adentró en el despacho donde el olor a tabaco inundaba mezclado con el aroma de la colonia que su padre siempre solía llevar. Desde que tenía uso de razón su progenitor siempre había olido igual: Tabaco y colonia. Rodeó el gran escritorio hecho con los árboles de las tierras que los rodeaban, fuertes incluso ante el duro invierno. Su padre lo había montado personalmente, alegando que prefería algo hecho por él que por otros. Quizás por ese mismo motivo hasta los muebles de su dormitorio los había hecho él.

Se detuvo justo cuando el espaldón del sillón de relax le tocó los muslos. Buscó con la mirada en el orden que había sobre el lugar. Ni siquiera Ann arreglaba aquella habitación. Era el santuario de su progenitor, donde se distraía de los demás qué haceres y, por supuesto, como pudo comprobar al ver el marco de fotos junto al cenicero vacio, donde su padre tenía sus conversaciones con su madre. Sonrió, acariciando el cristal del marco con la uña de su índice. Suspiró, recordando que Ann todavía esperaba en el coche y si tardaba demasiado, seguro que se enfurecería más. Agarró la cartera y buscó algo de dinero, guardándoselo en el pantalón al tiempo de salir corriendo.

-¡Chau, Mamá!- Exclamó cerrando la puerta.

Cuando regresó al vehículo, Ann parecía haberse calmado un poco y no tardó en indicarle que no comprarían ropa en el pueblo. Ann había aprendido demasiadas cosas de la crueldad de los humanos a la hora de pertenecer a un pueblo pequeño.

-Le he dicho a Takeshi que no estaríamos a la hora de comer. Hoy es un día de chicas y simplemente, compraremos lo que necesites.

-Pero... Ryoma tiene que ir...

-Por una vez que no les acompañes, todo irá bien- refunfuñó- Sakuno, tienes diecinueve años. Si a esta edad no comienzas a comprarte ropa interior bonita, nunca conseguirás seducir a un hombre. ¿Te crees que solo se consigue con lo exterior a un hombre?- Le guiñó un ojo deteniendo el coche y quitándose el cinturón- Lo interior también importa y no, no me refiero al corazón: que también importa- puntuó- si no también a la ropa interior. Tienes que dejarlos con la boca abierta.

Se sonrojó. Ann había comenzado a targiversar las cosas demasiado. Ella no necesitaba ropa interior para encandilar a ningún hombre: Solo para sentirse cómoda. Pero parecía que Tachibana se negaba rotundamente a cualquier otra negación. Cargando a Riku en sus brazos, la guió por las diversas tiendas del centro comercial de aquella ciudad, enseñándole cual más encandalosa colección de ropa interior femenina. Los modelistos le parecían idóneos para aquellos maniquís, pero para ella, no. Sin embargo, Ann metió al menos tres de aquellos y demás lencería, menos provocativa, pero igual de bonita para su gusto. Por suerte, la billetera de su padre no sufrió demasiados extragos y no tendría que dar demasiadas explicaciones.

-Creo que... esas tres prendas no deberíamos de haberlas...

-Sí, hombre- se jactó Ann-. Y dejar que no te sientas sexy por dentro.

La empujó divertida con sus caderas, guiñándole un ojo de complicidad.

-Venga, también es muy veneficiario sentirse sensual por dentro. Como mujeres tenemos derecho a sentirnos así. No solo un hombre nos puede hacer sentirnos de esa forma. Muchas veces, no hace falta tener una ropa interior bonita, también una simple camiseta nos puede hacer sentir de esa manera. Tienes que experimentar esa sensación. Todo nuestro cuerpo es sensible.

Se humedeció los labios al recordar el gesto simple que había experimentado con sus senos. Tenía que reconocer que no era exactamente de la misma forma que como se había imaginado en sus sueños mientras soñaba con Ryoga. No: Con Ryoma también años atrás. Pero nunca se había tomado la molestia de pensar que podría sentirse sensual simplemente con una ropa interior bonita o, una camiseta cualquiera. Ni siquiera con uno de sus camisones podría sentirse sexy.

Movió la cabeza negativamente para quitarse aquellas ideas. Cuando regresara a su casa, guardaría aquella ropa interior en el lugar más profundo de su armario para que ni siquiera su padre se diera de cuenta de aquello.

Tras comprar alguna ropa para Riku y comida para la casa del matrimonio, regresaron. Con inigualable habilidad, se las encargó para poder subir las bolsas sin ser vista, agradeciendo que él único que podría haberla visto, no lo hiciera. Sin más, escondió la ropa interior dentro del armario, jadeando cansada. ¿Por qué era tan difícil ser mujer? Si hubiera sido ropa interior masculina, seguro que cualquier boxer hubiera servido. Al fin y al cabo, ellos no tenía problemas con que la parte superior de su cuerpo les creciera. ¡Y ellos se quejaban de que la inferior era pequeña! Ya le gustaría a ella verlos tener que preocuparse por dos sensibles montañitas que crecían cada día más.

Se estiró cuan larga era, tranquilizándose. Su padre jamás se atrevía a rebuscar en sus cosas y quizás, estaba haciendo una gran montaña de un simple grano de arena: Solo era ropa interior. Se sacudió las manos para quitarse el sudor que su cuerpo había comenzado a aflorar por sus nervios. La voz de Eiji se escuchó desde el piso inferior, informando que Jess estaba incontrolable. Asustada por las noticias, olvidó lo que les había mantenido sin hablarse durante ese tiempo. Cuando el pelirrojo la vio, parpadeó igual que si hubiera visto un fantasma.

-¿Estabas en casa?- Preguntó anonadado- Creí que...

-¿Qué le ocurre a Jess?- Jadeó, cambiando de tema.

-Ah, es que no consigo sacarla de su cajón. Al parecer está encaprichada y no obedece. Quería ayuda antes de tener que golpearla. ¿Por qué no le echas un ojo?

-Ahora mismo- afirmó preocupada.

Rodó sobre sus pies para seguir al hombre hasta los establos. Tal y como Eiji había explicado, Jess estaba emperrada con no salir de su cajón. Ni siquiera el bocado había servido de nada y antes de que usara la fusta, prefería intentarlo con otro y ella, comenzó a dudar. Jess era demasiado cabezona cuando se ponía. Revisó la cuadra por algún cambio brusco, divisando a Canela y Karupin II cerca. Comprendió al instante. El padre de Karupin II había sido demasiado brusco con ella y eso de que los animales olvidaban era una mentira creada por el ser humano.

-Eiji, saca a Karupin y a Canela de su cuadra a fuera- ordenó.

-¿Por qué?- Exclamó Eiji sorprendido- ¿es que no puedes sacarla y listos?

-No- negó entristecida- Jess ha visto oído todo lo que esos dos han estado haciendo. ¿Crees que es fácil para ella?

-Sakuno, no es por burlarme de ti ni nada de eso- murmuró sujetándola del brazo- Pero no deberías de comparar a Jess, con una humana. Sobretodo, cuando tú misma desconoces todo cuanto dices.

-¿Có... cómo que desconozco?- Protestó- puedo comprender a Jess.... su experiencia.

-Sakuno- interrumpió Eiji sonriendo pícaro- Si ni siquiera sabes besar.

Hinchó sus mofletes avergonzada, apretando sus labios con fuerza ante la loca idea de que él tenía razón.

-¿Y qué?- Murmuró molesta.

-Que deberías de conocer antes de protestar. ¿Crees que Jess se negaría a algo tan delicioso que existe desde el más primito animal?

Rodó los ojos incrédula de escuchar hablar así a Eiji, mezclándose con la vergüenza. El pelirrojo sonrió.

-¿Recuerdas?

Presionó su pulgar contra sus labios, obligándola a un jadeo que la despistó por completo. Los labios calientes, masculinos, posesivos, ansiosos, usurparon los suyos propios.

---

Estornudó nuevamente al sentir el cabello rozarle la nariz por culpa del viento y su mano, apartó los rebeldes cabellos en un vano intento de retenerlos hacia atrás para evitar que continuaran molestándole. Yohei Ryuzaki no cesaba de murmurar entre dientes sobre la desaparición de Sakuno, culpándola de irresponsabilidad por haber faltado a la cita con el doctor. Seguramente, estar unas cuantas horas sin poder fumar afectaba al hombre o quizás, de lo que tenía mono, no era de un cigarrillo y no poder controlar a su hija, lo excitaba demasiado.

Cuando la furgoneta se adentró en el rancho, la casa ya estaba totalmente iluminada y las figuras de los que siempre solían encontrarse no tardaron en salir para recibirles, excepto dos de ellas. Cuando el hombre reconocía la falta frunció el ceño, todavía más molesto.

-¿Dónde está Sakuno?- Preguntó a Ann a la vez que él cerraba el cristal y la castaña abría la puerta trasera.

-Se fue en la tarde con Eiji, al parecer, Jess no respondía y ambos intentaron tranquilizarla. Supongo que como es Sakuno, continuará dándole que te pego a su montura. Al fin y al cabo, quiere demasiado a Jess como para dejar que usemos la fusta- explicó Tachibana encogiéndose de hombros.

El hombre pareció tranquilizarse un poco y con tranquilidad, lo dejó sobre la silla, dejándolo en manos de Tachibana para aparcar el vehículo. Ann chasqueó la lengua, mirando hacia el establo.

-Llevan ahí una hora- murmuró- me pregunto qué demonios están haciendo esos dos. Un hombre y una mujer a solas en un establo da mucho para que pensar. Y las malas ideas crecen a la primera.

Humedeció sus labios levemente, fijando su ver en el establo oscuro y del cual únicamente llegaban leves relinchos. No era que la importara demasiado lo que estaban haciendo aquellos dos a oscuras y solos entre heno y paja, cascos y olor a caballo. Desde luego que una montañita de heno podría hacer buen uso, pero, bah, ¿a él que le importaba?

Sin embargo, Tachibana parecía tener otros planes y sus intenciones de guiar la silla hasta la cuadra fueron claras. Apretó los frenos con deseos de retenerla e intentado girar hasta otro lugar.

-¿Qué ocurre?- Preguntó Tachibana sorprendida- Estamos en el deber de ir a ver. Piensa una cosa: Sakuno perdiendo la virginidad con Eiji entre paja, junto a caballos. La verdad es que como una primera vez no la veo correcta. Sakuno se merece otra oportunidad y lo mejor, será interrumpir. Con la excusa de ver a Karupin II y Canela- propuso.

Sintió un cierto dilema en su interior debatirse. No comprendía exactamente qué hacer. ¿Hacer caso a su instinto torturado o a su fria mentalidad? Algo dentro de él le decía que debía de ser curioso y si lograba detener aquel encuentro, mejor. Pero su otra parte le indicaba que no debía de entrometerse, ¿qué más daba lo que estuviera haciendo aquella mocosa? Era libre de hacer cuanto quisiera, así como si quería abrirse de piernas con cualquier otro. Él no tenía derecho a impedírselo.

Pero tampoco volvió a impedir que la mujer lo empujara hasta las cuadras y con fuerza, lograra abrir la puerta, adentrándose en el lugar.

-¡Sakuno!- Canturreó Tachibana divertida- tu padre ya ha regresado y está que echa fuego. Será mejor que vayas a verle.

Pero ni un solo murmullo escapó de alguno de los cajones. Ni siquiera algún revuelo que los alertara de su posición. Solo los caballos ejercían movimientos, acercándose en busca de caricias y algo posible que llevarse al estómago. Pero Tachibana, al ver truncado su idea de encontrarlos en mal momento, no le dio tiempo si quiera a mirar a Karupin II.

-Echizen, igual hemos pensado malamente- dedujo la castaña- volvamos a casa. La cena ya está lista. Esperemos que regresen. A ver si Ryuzaki se calma. Ese hombre es tan protector con su hija que si le llegara a suceder algo, terminaría por matarse.

Se encogió de hombros, duditativo. Era imposible que aquel hombre realmente temiera con que algo le pasara a esa chiquilla viviendo en una casa donde todos se conocían y por muy loco que fuera Eiji, no creía que metería la pata.

-Creo que tú también esperas que no suceda nada, ¿verdad?- Preguntó Tachibana sacándole de sus pensamientos- Sakuno es tan noble que es capaz de creer que solo por perder la virginidad, tiene que casarse con el hombre con el que ha estado por cumplimiento. Esa chica- chasqueó la lengua- realmente se merece a alguien tan inocente como ella.

Arqueó una ceja. ¿Acaso estaba señalando que él era el ideal para quitar la virginidad y así, asegurarse que la muchacha caía en sus redes? No. Ni hablar. No caería en esa trampa. Se negaba a vivir con una mujer con la que no estuviera de acuerdo en sus sentimientos y no le amara. Aunque Sakuno estuviera comportándose como una buena amiga y con claras ideas de acercamiento, no quería decir que fuera irremediable que cayera en las manos de Eiji, al fin y al cabo, era una mujer y las mujeres eran seres débiles a las caricias masculinas. Al menos, así decía su padre.

Él no las tenía todas consigo. No sabía si decir que el género femenino era tan débil al hombre como su padre indicaba. Era imposible. Si fuera así, ellas no parirían y tampoco cargarían con una casa. Y muchos menos, como su madre, soportarían cargar con un hijo enfermo. Así como su padre se deshizo de él a la hora de las operaciones y demás, su madre estuvo ahí como un clavo, ayudándole. Empezó a temer que Ryuzaki hija era idéntica a su madre, cabezona para cuidarle hasta el final.

Sin embargo, de ahí a quererle de esa manera hasta el punto de olvidar cualquier otro sentimiento que pudiera tener, era algo demasiado excitante para las mentiras. Desvió la loca idea que Tachibana había querido adinar en su pecho y decidió concentrarse en la que sería su cena y olvidarse de lios de faldas que no le incunvían.

-¿Dónde estábais?- Exclamó Momoshiro con Riku en sus brazos- Tu hijo tiene hambre.

-Te recuerdo que también es tu hijo- protestó Ann agarrando al pequeño entre sus brazos- No cuesta nada darle de comer. Aunque tú eres capaz de comerte tu comida y su comida- sopesó- nah, mejor le doy yo de cenar.

-¿Habéis encontrado a Sakuno?- Cuestionó haciéndola burla Takeshi- Eiji tampoco ha aparecido. Hasta he revisado su dormitorio por si acaso. Creo que todos estamos pensando lo mismo y temo que se arme la marimorena. Imagino que ya os hacéis una idea de que dos de los miembros más llamativos de la familia no esten, es algo... peligroso.

-Eiji es adulto- opinó Tachibana sujetándoles la puerta de entrada- Seguro que sabrá comportarse.

-Ann, dime una cosa- dudó Momoshiro rascándose el mentón- ¿Cuántas veces me he podido controlar yo las ganas de besarte, tocarte, abrazarte y etc de cosas para que saliera ese niño que llevas en brazos?

Alejó la mirada de ellos. En ese instante, desearía tener movilidad en sus piernas para no escuchar aquella conversación que estaba tomando un tema demasiado exteriorizante para alguien que todavía no comprendía absolutamente nada del sexo y mucho menos deseaba conocer los secretos de otros, por muy amigos que fueran.

-Ninguna- respondió finalmente Ann con las cejas fruncidas- Mierda, eso no me tranquiliza. Takeshi.

-Ni a mí- corroboró Momoshiro cerrando la puerta y quitándole el abrigo- Esperemos que no metan la pata y vengan con un regalito.

Jugó con las manos de su hijo como indicación, terminando por perturbar a su mujer y a él, obligarle a huir hasta el salón, encender la televisión y despistarse de las tonterías que comenzaban a indagar. Solo eran las ocho de la tarde y tenía veintinueve años de edad. Lo suficiente grande como para poder pulular por donde quisiera. Pero cuando Ryuzaki entró por la puerta, nadie se atrevió a decir ni una sola palabra. Únicamente Riku gorjeaba mientras observaba un libro que su madre se dedicaba a pasarle las páginas.

-¿Y Sakuno?- Cuestionó con voz ruda.

-Todavía no ha llegado- respondio Momoshiro con miedo- Seguro que Eiji y ella se han entretenido con los caballos.

-Acabo de dejar el mio en los establos y no falta ninguno- reprochó el hombre- Tampoco están donde el bestial y mucho menos, en los campos. Ann, ¿no habías ido con ella a comprar ropa?

Ann afirmó, alzando la mirada hasta el ranchero.

-Sí, cuando volvios subió a su dormitorio y yo comenzé con mi trabajo, señor.

Aquello no covenció al hombre, quien frunció el ceño, observándolo.

-Ryoma, ya sé que has estado conmigo todo el día, pero...

-No- interrumpió encogiéndose de hombros.

Un gruñido por parte del progenitor preocupado no pudo evitar que el tintineo de la puerta no delatara que era abierta. Todas las miradas se clavaron sobre ésta como súplica. Un par de ojos azulados los miraba sorprendido.

-¿Nya?

-¡Eiji!- Exclamó Momoshiro corriendo hasta él y sujetándolo del cuello de la camisa rojiza- ¿Dónde está Sakuno?

Eiji pareció tan sorprendido como los demás. Revisó la estancia con ojos asustados, humedeciéndose los labios repetitivamente.

-¿Todavía no ha vuelto?- Cuestionó.

-¿Todavía?- Repitió Ryuzaki padre apretando los puños.

-Sí- respondió Eiji con seriedad- nos separamos en los establos. Yo he ido a casa a buscar ropa nueva, pero Sakuno no me dijo a donde iba. Jess no quería moverse y terminó por tirarnos el agua que le habíamos puesto. Creí que había suvido a cambiarse.

El hombre gruñó nuevamente, subiendo las escaleras hasta el dormitorio de la chica. Movió molesto la mano rascándose la nariz. Ligeras tormentas comenzaban a anidarse en aquella casa y creía que lo mejor era alejarse de todo y desaparecer. Empujó las ruedas con sus manos y se dirigió hasta el ascensor colocado expresamente para él. Nadie se dio cuenta de su falta, excepto cuando al adentrarse en el pasillo los ojos de Ryuzaki se posaron sobre él.

-No está en su dormitorio- murmuró el hombre encogiéndose de hombros- ¿Dónde demonios está ésta niña?- Exclamó empuñando la silla para empujarle- ¿es que no piensa de qué manera puede afectar esto a las personas que la rodea? Nunca se ha comportado de esta forma. Antes jamás solía comprarse ropa y denigrar en su trabajo. Ni siquiera te hubiera dejado solo en el hospital. ¡Maldición!

Abrió la puerta de su dormitorio, quedándose tenso y serio. Un leve gruñido en un susurro de intranquilidad. Intentó ver qué sucedía, encontrándose con una imagen que no hubiera esperado. El hombre se frotó el rostro, pálido y nervioso.

-Ryoma, ¿Te molesta dormir en la habitación de Sakuno por una noche?

-No- negó ante la evidencia.

-Disculpa.

Cerraron la puerta en silencio para dirigirse el dormitorio de la chica, encerrándose en el lugar. Yohei le desnudó y sentó sobre las sábanas perfumadas con colonía femenina y miró a su alrededor.

-Como dormirás desnudo buscaré más mantas. Seguramente las tendrá en el armario.

No se quejó. Pese a que no hacía demasiado frio por el día, las noches eran duras todavía en la montaña. Lo escuchó caminar hasta el armario y comenzar a rebuscar hasta que sus dedos dieron con algo de plástico, claramente, una bolsa de la compra. Parpadeó, volviendo su rostro hasta el hombre. Con intrigante preocupación abrió la bolsa, sacando del interior algo de ropa interior femenina, a su propio parecer, demasiado... ¿adulta? Y así era. El rostro del hombre pasó de pálido a rojo y sus pasos casi retumbaron por toda la casa, irrumpidos por el grito que pegó ante el nombramiento de su hija. El sonido de alguien caerse demostró que Sakuno se había asustado y caído contra el suelo. La puerta cerrarse y el sonido de las voces fue lo único que llegó hasta sus oídos.

Unos pasos rápidos delataron la cercanía del resto de la familia y en menos de un instante, se vio observado por todos, hasta que Ann tuvo el tino de cubrirlo con una de las mantas que había quedado a sus pies y no llegaba a coger.

-Desde luego, tienes buen cuerpo- felicitó Ann más interesada en lo que sucedía- Pero mi pobre Sakuno se va a quedar sin un solo cabello de su cabeza. ¿Qué ha sucedido?

-Creo que aquí están las pruebas- señaló Eiji mostrando un conjunto bastante sensual. Ann gritó escandalizada.

-¡Eiji, suelta! ¡Minino malo!- Regañó recogiendo la ropa- ¡Oh, dios mio! Ryuzaki es un padre demasiado protector, jamás aceptará que su hija ya ha crecido hasta la edad de poder ponerse esta clase de ropa. Es normal que las mujeres necesitemos ropa interior nuevas en "x" tiempo. Takeshi...- rogó.

-Ah, no- negó el marido con ambas manos- Quiero tener más hijos en el futuro y ese hombre me caparía seguro, creyendo que tengo algo con su hija.

Ann hinchó sus mofletes y frunció las cejas, apretando entre sus dedos la lencería femenina antes de darle un capón.

-¡Tira!- Ordenó- ¡Abre esa puerta y salva a Sakuno ahora mismo!

Momoshiro remugó varias veces, hasta pataleó, pero la furia de su mujer era peor que cualquier otra cosa. Incluso peor que la de Ryuzaki gritándole a su hija. Las razones que su mujer había explicado era suficientemente coherentes, ¿no?

Cuando el chico abrió la puerta los gritos de Ryuzaki se escucharon con más claridad, acusando a su hija de impertinente y pervertida además de estar a punto de enviarla de un bocinazo a la ciudad con su abuela. Al parecer, al hombre no se le había olvidado la advertencia que le hizo el día del hospital.

-Señor Ryuzaki- interrumpió con voz miedosa el moreno.

-Momoshiro, es un asunto familiar- explotó- no quiero que os metáis en...

-Es que está regañando a Sakuno sin sentido- interrumpió Ann con valentia- Está regañando a su hija por crecer, señor.

-¿Por crecer?- exclamó alertado el hombre- Mi hija debe de crecer como todos, por supuesto, pero no dar sustos como ha dado y por supuesto, no traer esta clase de ropa interior. Es... es... ¡Alarmante para una chiquilla!

-Una chiquilla que tiene ya diecinueve años, señor- picó Tachibana- es normal que necesite ropa interior nueva y que tenga deseos de llevarla bonita. Lo que a usted le parece demasiado escandaloso, para una mujer puede resultar agradable al tacto. Y de esta manera, déjeme decirle señor, no está demostrando confianza en su hija. Cálmese y descanse. Sakuno vendrá a mi casa esta noche y mañana será otro día. Piense un poco.

Igual que una tempesta suele tener estragios y hacer demasiados ruidos dolorosos arrasando con su furia parte de las cosas importante de la humanidad, Ann pareció llevarse a Sakuno, quien rota en llanto, intentaba seguirla. Solo logró ver un resquicio de lo que sucedía. Para Sakuno, despertar en la cama de otro, dormida, seguramente ante la espera de verle y después, ser sermoneada porque su cuerpo crezca debía de ser horrible. No podía juzgarla por su sorpresa, pero es que había padres que realmente eran imposibles de comprender, creyendo que lo que hacían era correcto y siempre a su visión.

Yohei Ryuzaki acavaba de tener una buena lección sobre que ser padre no era simplemente desconfiar de su hija y ver la siempre como un pitufillo corriendo detrás de los caballos o detrás de él, queriendo aprender todo cuanto él podría enseñarle. Si se ponía a pensar, ¿quién había enseñado a Sakuno que de la noche a la mañana una niña deja de ser niña para convertirse en una mujer? ¿O que aquella hemorragía que tarde o temprano tuvo podría llegar a traer serios problemas en su cuerpo hasta el punto de imposibilitar las relaciones seguras con el sexo contrario si no se utilizaba protección? Él había creido que con guiarla en el amor de forma egoísta iba a ser suficiente, pero criar a una hembra era demasiado complicado como para simples cosas.

Y ahora lo sabía.

Momoshiro se había sentado sobre un pequeño banco de madera blanca adornado con cojines anaranjados a juego con las cortinas. Al parecer, la primavera también implicaba su entrada en los dormitorios de algunas chicas. Por suerte, el suyo no había redecorado y se alegrada de que así fuera: a saber qué ideas tenían las mujeres.

-Mierda, esta noche me toca quedarme aquí- se quejó- Ann siempre actua a la primera de cambio y no piensa en mí. Al menos se ha llevado al niño.

-Es lo que se llama: "noche de chicas"- Indicó Eiji sentado en el suelo cruzado de piernas.

-Demonios...

La voz de Ryuzaki los hizo fijarse en su entrada en el dormitorio. Igual que un zombi que maldecía entre dientes cerró el armario y los miró antes de volver a delinear la habitación. Femenina, grande, de muebles blancos y decorada al gusto de la dueña. ¿Qué podría haber de extraño?

-¿Cuándo fue que creció hasta el punto de comenzar a utilizar ropa interior tan... provocativa? ¿Cuándo fue que dejó de jugar con muñecas para convertirse en una mujer capaz de decidir por sí misma esa clase de ropa?

-Señor Ryuzaki- llamó Momoshiro cruzándose de brazos- Para ser sincero, creo que usted es el único que no se ha dado cuenta de que Sakuno ha crecido suficiente como para fijarse en hombres y sentirse sexy por dentro. Y por otro lado-, añadió-, tengo la obligación de decirle que quien ha comprado ese tipo de ropa es claramente mi mujer. Ann es capaz de comprar ese tipo de ropa y siempre ha querido llevarla pero con nuestra economía...

-Suficiente- Interrumpió Ryuzaki alertado- Momoshiro, realmente tienes razón. Mi hija ha crecido hasta el punto de linearse en la ligera linea del amor- y lo señaló con la palma de la mano extendida-, se compra ropa cada vez más femenina, hasta ella misma se la teje. Tiene suficiente responsabilidad como para cuidar a cualquiera. Y yo no sé qué demonios tengo qué hacer. Es cierto, igual debía de casarme con otra mujer para que Sakuno tuviera a alguien a quien pedir consejo y que no se alertara como acabo de hacer yo.

-Seguramente- reconoció Momoshiro-, eso hubiera sido una solución. Sin embargo, casarse con otra mujer acarrearía otros problemas en Sakuno que no le recomendaría que tuviera. Son muchos problemas. Además, no desconfie tanto en Ann. Ella es una mujer y comprenderá. Ayudará a Sakuno.

-Tendré que ir a pedirle perdón- opinó el hombre dispuesto a salir.

-No le aconsejo que lo haga ahora- intervino a tiempo Eiji.

Todos corraboraron la idea. Hasta él se sorprendió de ver aquel consejo como luz nítida. Ryuzaki necesitaría calmarse para poder enfrentarse a su padre. Y seguramente, Ann sería capaz de calmarla. Ellos no podían hacer nada y él, menos. No sería capaz de tranquilizarla. Aunque le intrigaba cierto asunto al cuál no había podido encontrar una respuesta clara: ¿Por qué Ryuzaki estaba en su cama dormida? ¿Por qué estaba esperando en su dormitorio a oscuras?

Sin que se diera cuenta, Ryuzaki lo arropó con cuidado, indicándole con los labios que no hablara. Revisó la habitación a oscuras. Eiji se había quedado dormido sobre la moqueta y Momoshiro sobre el banco y abrazado a un cojín. Por suerte, los había que dormían a pierna suelta sin problemas.

----

Aquel día definitivamente estaba marcado para ser "el día de los disgustos a Sakuno". Hipo nuevamente al aceptar la taza de té que Ann le entregaba tras acostar a Riku en su cama y encender la chimenea para que les diera calor y tranquilizar a sus pobres nervios. Ann no había dicho ni una sola palabra, simplemente esperaba con paciencia que ella decidiera romper las barreras y comentarle cómo estaba. Claro que Ann, solo conocía cierta parte de que sus nervios estuvieran crispados.

Estaba tan shockeada que no podía comprender cómo había terminado dormida en la cama de Ryoma antes de ser despertada. Ella juraría que había entrado en su dormitorio, no en otro. Quizás se había equivocado.

-Lo siento, Sakuno- se excusó Ann preocupada- es culpa mia. Te obligué a comprarte esta ropa. Lo que nunca imaginé es que tu padre la encontrara y tuviera ideas de padre estrecho.

Parpadeó levemente en un intento vano de evitar que las lágrimas se le volviera a saltar de los ojos. Los gritos de su padre la habían obligado a despertarse totalmente desorientada y hasta que su padre no le mostró la ropa interior, no recordó nada de lo que había sucedido. Nunca imaginó que su padre armaría una de ese calibre simplemente por unas bragas y unos sujetadores nuevos. Pero los necesitaba. Ella no tenía culpa de que su cuerpo comenzara a crecer sin más.

-Por cierto, Sakuno- inquirió Ann frunciendo las cejas- ¿Por qué estabas durmiendo en el cuarto de Ryoma? Todos han estado buscándote. Quizás eso ha hecho que tu padre estuviera de los nervios. Hemos tenido un miedo... para serte sincera, creíamos que tú y Eiji...

-Solo nos besamos- interrumpió-.... varias veces.... diez.... no, quizás más... no lo sé.

Llevó sus manos hasta su cabeza, agarrándose de sus propios cabellos sin poder evitar más tiempo el llanto. Ann parecía tan perpleja que tardó varios segundos en abrazarla, acariciándola mientras murmuraba algo que decir terminando siendo incoherencias. Hasta que finalmente, la pregunta escapó de sus labios.

-¿Con... con lengua? No lo pregunto por malicia es que.... bueno, dicen que una vez que unes tu lengua con un hombre, se acabó la idea de tu primer beso y...

Abrió los ojos de par, sintiendo que sus lágrimas ya no eran simples gotitas saladas, si no una gran cascada. Ann cubrió sus labios para ocultar una risa entre sus dedos, no logrando hacerlo. Hinchó los mofletes y le tiró el primer cogín que llegó a alcanzar, sintiendo algo chocar contra su costado. Giró la cabeza para encontrarse con un extraño objeto que poco podía reconocer pero que Ann no tardó en arrebatarle de las manos en claras intenciones de ocultarlo.

Parpadeó.

-¿Eh?

-Ta... Takeshi lo compró a escondidas mias- explicó en un tartamudeó nervioso- a... a mi no me gusta.... pero, Sakuno, lo tuyo es más importante: ¿Por qué te dejaste besar por Eiji? ¿Te obligó?

-No- aseguró repetidas veces- es que... no me... no me negué...

La joven madre se humedeció los labios, tocándole la mejilla con ternura.

-Mi pobre dulce e inocente Sakuno. Mi tímida chica que no comprende nada del ser humano y sus relaciones. Que es capaz de dejarse llevar por la primera experiencia.

-No... no lo es- negó sorprendida- en realidad... no es mi primera vez....

-¿Ya te habían besado antes?- Exclamó Tachibana sorprendida.

-Sí... pero no de esa forma- confesó- fue... más tierno... dulce y torpe. Mi primer beso... me da igual que no fuera con...con lengua- enrojeció notablemente- pero... fue muy bonito.

-¿También con Eiji?- Cuestionó Ann. Ella negó.

Todavía podía recordar algo tan importante. Un recuerdo tan increible que podía atesorar en su cuerpo con gran deseos de perpetuar su sentimiento infantil. Pero aquel sentimiento había quedado cubierto con un imperioso rayo marcado por el placer de una nueva sensación explosiba que apenas pudo detener y se comprometió a corresponder con una torpeza increiblemente infantil que ni siquiera importó al hombre que degustaba sus labios sin temor alguno y con ansias masculinas que despertó una fuerza increible en su pecho.

-Fue... con Ryoma...

Ann suspiró aliviada.

-Cuanto me alegro... me alegro de que realmente no perdieras tu primer beso con Eiji. Porque espero que solo perdieras eso.

Confusa, se humedeció los labios mientras llevaba una mano hasta su pecho.

-¿Algo más?- Cuestionó.

-Claro, Sakuno- afirmó Ann tocándole la pierna- La virginidad.

Abrió los ojos de par en par, mirándola con miedo, sujetándola de las manos con temor.

-¡He perdido la virginidad!- Exclamó- ¿Besándose se pierde, verdad?

-Eh....

Ann le dio un capón en toda regla, confundiéndola todavía más. No podía esperar más de ella. Nadie le hablado de sexo y tampoco de las mujeres. Sí, sabía que en alguna parte de su cuerpo tenía algo llamado "virginidad" que los hombres ansiaban, pero no sabía exactamente cómo se perdia.

-Sakuno, la virginidad es la cosa más importante para las mujeres. Muchas son capaces de odiarse a sí misma por haberla perdido demasiado joven y con el hombre equivocado. No es mi caso pero, muchas madres en el hospital se quejaron por ello. Y hablando de madres, perder la virginidad no es la única cosa mala que puede suceder- apuntó- cosas como Riku llegan. ¿O acaso todavía crees en la leyenda esa de la cigüeña?

-N-no- negó avergonzada- pero... me confundí... no sabía... Oh, Ann- exclamó aturdida- ¿Qué puedo hacer?

-Es que no sé qué ha pasado- protestó Tachibana con curiosidad.

Humedeció sus labios pensativas, guiando su pulgar hasta su boca para mordisquearse la uña. Ella tampoco sabía exactamente de qué forma correcta había sucedido todo. Dos segundos después de que los labios de Eiji se posaran sobre los suyos que la excusa de Jess era claramente el plan del chico para seducirla. No. Del chico no: del hombre. Después de todo, Eiji le había dejado más que claro que ansiaba tenerla. Hasta el punto de que sus manos se escaparon de su control humano para ceder al instinto que todo hombre posee cuando tiene una mujer entre sus brazos. Sus hombros habían sufrido el momento y la habia despertado un relincho por parte de Karupin. El caballo, molesto con lo que veía no dudo en golpear al pelirrojo con el morro.

¿Cuándo fue que se acercaron tanto al cajón donde él y Canela descansaban? No lo sabría decir. Ella simplemente había perdido el norte. Karupin fue quien la desperto y tras golpear el rostro de Eiji, colocarse las ropas correctamente, corrió hasta su habitación. Él, por suerte, no la siguió. Aunque bien podría asegurar que le había parecido escuchar en sus gritos su nombre marcado y un lamento de disculpa.

Las palabras se le saturaron mientras explicaba con gran torpeza lo sucedido a una atónita Ann, que no parecía saber si reir, llorar o simplemente gritar. Era imposible que alguien tan inocente viera algo tan simple como si no fuera un momentanzo amargo de su vida cuando habían sido simples besos en los que había caído como chiquilla.

-Vale- interrumpió Ann finlmanete- Creo que comencé a pensar malamente y me equivoqué de hombre. Exactamente debería de haber gritado si quien te estaba haciendo algo hubiera sido Ryoga Echizen, pero ya veo que nuestro Eiji es todavía un niño en pañales que prefiere empezar por los hombros que no por la cintura. Creo que cuando estés casada, le pediré a Takeshi que le de unas lecciones- suspiró aliviada- entonces la sangre no llegará al rio, menos mal.

-¿Al rio?- Cuestionó alarmada- ¿Es que se han herido?... ¿¡Ryoma-kun se ha vuelto a caer!?

Ante el nombramiento del chico su cuerpo cedió a una flojera que la alarmó. Un gemido frustrado escapó de su garganta, a la cual se llevó la mano, asustada.

-Él está bien, no le pasa nada- tranquilizó Tachibana preocupada- Bueno, puede que después de lo que hemos estado hablando delante de él sobre nuestras suposiciones entre tú y Eiji, seguro que esta noche la pasará en blanco. Si es que creo que los sentimientos de Ryoma Echizen son de verdad hacia ti.

La miró confusa. ¿Los sentimientos de Ryoma? Abrió la boca igual que si hubiera visto un fantasma. ¿Qué habría pensando el chico? Lo había dejado plantado cuando aseguró que iría con él todo el tiempo ya que se lo había traido y para remate, se había quedado dormida en su dormitorio. Seguramente que las ideas del peliverde serían las más dispares y estaría pensando en lo pesada que podría llegar a ser. Y Ann hablaba de sentimientos...

-Ese chico es muy despistado, no creo que se entere del todo de la situación, pero Sakuno, mañana deberías de hablar con él. O quizás, si quieres poner a prueba si realmente está mal lo que has hecho con Eiji, ¡bésale!

Abrió los ojos de par en par y negó repetidas veces con la cabeza. Era imposible pensar en ello. Ni siquiera debía de planteárselo como una posibilidad. Ryoma habría hecho oídos sordos y no aceptaría ningún beso por su parte. Hasta cabía la posibilidad de que la odiara. Se llevó las manos a la boca, mordiéndose las yemas de sus dedos incesantemente. Ann se llevó una mano a la frente.

-Sakuno, eres un cuerpo humano repleto de inocencia que no sabe nada acerca de hombres. Mira, es sencillo:- explicó- te presentas ante él, te inclinas y le besas. Listo. Luego huyes y listo. Sé que es un golpe bajo, pero, aprovéchate de su falta de piernas.

Eso sonó cruel, pero no había contado con esa ventaja. Además, ya le había besado sorpresivamente una vez. Stop.

-Ann... no puedo hacerlo. Ryoma podría sufrir un ataque...

-Ah- recordó Tachibana- es cierto. Mierda, entonces no podrás huir. Tendrás que quedarte ahí.

-Esa no es la cues...

-¡No se hable más!- Interrumpió con emoción la joven madre- Mañana será un día de reconciliación y descubrimiento. Anda, a la cama nosotras también por si tenemos que correr maratones. Y por una noche que Takeshi me deje descansar, no se va a morir. Espero que pueda dormir sin mi.

Ann la invitó a su propia cama para dormir, riendo a carcajadas al ver con la confianza que se adentraba. Parpadeó confusa.

-¿qué ocurre?- Preguntó.

-Sakuno, ¿Crees que cualquier persona se adentraría en la cama de un matrimonio así por las buenas? Creo que antes preguntarían si las sábanas son limpias- rió- supongo que es un placer gozar de la inocencia- exclamó terminando por adentrarse- no te preocupes, Sakuno: Siempre son limpias.

Claro que ella no terminaría por entender el doble significado o la implicación secreta de aquellas tres palabras. Sí, contaba con el dato de la inocencia, pero estaba pensando más en cómo trabajaría para poder aclarar finalmente sus sentimientos. Cierto que había superado los de Ryoga, pero nunca hubiera pensado que un simple beso pudiera hacer perder la cabeza tan inocentemente atraida.

Pero al día siguiente, nada más poner un pie en el rancho, no tuvo que hacer frente a la prueba de besar a Ryoma porque sí, si no otra más grave: Su padre. El ranchero se mostró ante ella, sacudiéndose las manos en los pantalones mientras mantenía los guantes bajo su brazo y el sombrero cubriéndole parte de su rostro. La más primordial. La que siempre le revelaba la forma correcta de acercarse a él: Sus ojos.

Unió sus manos ante su vientre y agachó la cabeza con respeto cerrando los ojos con fuerza, para abrirlos de par en par al sentir la calidez cercana y familiar de la gran palma de la mano de su padre, acariciándole los cabellos con ternura hasta cogerla de la nuca y empujarla contra su pecho. Un beso amable y conciliador en su frente y el olor a colonía y tabaco juntos. Rodeó las caderas de su progenitor con fuerza y sollozó.

-Discúlpame, cariño. No debí gritarte como lo hice. Tengo que comenzar a darme cuenta de que no eres un muchacho y mucho menos, mi niña pequeña. ya eres una mujer. Seguramente, si tu madre hubiera estado aquí hubiera sabido llevarte como debes, pero desgraciadamente soy un zopenco que solo comprende cuando las yeguas están en celo- protestó- perdóname. Mira, si para que me perdones tengo que vender los rebaños para que puedas comprarte ropa interior como gustes y....

Rió avergonzada, cubriéndole la boca con los dedos, negando con la cabeza.

-Papá... yo tampoco fui sincera. Debí de decirte para qué quería el dinero y no... no engañarte... tampoco debí de desaparecer para hacerte enfadar. Lo siento.

-Padre e hija exactamente igual- se burló Ann dejando a Riku en los brazos de su progenitor- Pero creo que ambos se olvidan de que viven en un rancho- recordó colocándose un viejo delantal- y éste trae mucho trabajo.

Ambos se miraron, sonriendo. Un último beso en su mejilla y una caricia en la nariz con olor a tabaco fue lo último que dejó el hombre antes de alejarse para continuar con su tarea. Ann sonrió le guiñó un ojo.

-Takeshi- Llamó, interrumpiendo al hombre con su retoño- ¿Dónde está Echizen?

-Ah, sí. Está con Karupin. Ryuzaki separó ya a los caballos y dejó a Karupin a manos de Ryoma, para que se encargara de él. Cree que como ya no está brabio podrá encargarse de él. Eiji está con él- apuntó.

Ante el nombramiento de los dos; tembló. No podía hacer tanto. No. Encararse con ambos no. Ann pareció percibirlo y sujetó de la camisa a Momoshiro, besándole el mentón juguetonamente.

-Anda, cariño, encárgate de traer a Eiji para que me ayude a arreglar una teja del tejado- incitó, interrumpiendo el rápido ofrecimiento del moreno- No, tiene que hacerlo él. Tu ya me ayudarás esta noche con mi teja.

Ladeó la cabeza confusa y casi tuvo que evitar no caerse cuando, como un rayo, Momoshiro surcó el patio para ir hasta los tablos y arrastrar a Eiji del brazo, evitando los intentos del pelirrojo de soltarse. Agachó la cabeza y sin mirarle si quiera, corrió hasta el establo. Como siempre, Karupin II y Jess estaban cajón con cajón y ambos rozaban los hocicos, mostrándose entre ellos su afecto. Escuchó el sonido de la llave de la manguera cerrarse y el sonido del cubo del agua la guió hasta el lugar. Ryoma intentaba llenar el abrevadero, empapándose a él de camino. Quiso ayudarle, pero le pareció importante dejar que lo hiciera él: Se estaba esforzando por poder hacer sus frutos en lo que le gustaba.

Jess golpeó los cascos y relinchó para llamar su atención. Sonriendo, se acercó para acariciarla y tranquilizarla. Fue entonces cuando el ojos dorados giró su rostro hasta ella, gruñiendo al verla. Se humedeció los labios nerviosa, caminando hasta él.

-Ry... Ryoma.... esto...- tartamudeó- perdona por... ayer no ir al hospital y...

-No importa- zanjó friamente.

Intranquila, se acercó más. Estando él de espaldas a ella iba a ser difícil, pero si aún y de espaldas creía que aquella era una locura, ¿qué hacer cuando estuviera de frente? Aquel lejano beso había surgido de forma tan natural que no podía comprender qué hacer al hacerlo forzado. ¿No la acusaría de violadora? El chirriar de la silla al girarse la hizo volver en sí. Sus espinillas rozaron los pies del chico, que la miró intensamente en busca de una respuesta.

Cogió aire para sus adentros, clavando su mirar en los labios masculinos, semiabiertos y rojizos por el calor que estaba pasando el muchacho por el trabajo. Tragó ruidosamente y con brusquedad, se inclinó para clavar sus manos en los mangos del sillón. Echizen retrocedió lo más que pudo, parpadeando con confusión y nervios al tenerla tan cerca. Seguramente, no tendría en mente lo que ella y por eso mismo, cuando se lanzó contra él y se topó de golpe con la nariz, tosió empujándola levemente con la mano hasta que cayó de culo sobre la paja húmeda.

-Du.... duele- se quejó sorprendida.

-Eso digo yo- espetó frotándose la nariz.

Una clara mirada acusadora desde los ojos dorados. Hundió su labio inferior y agachó la cabeza cual niña pequeña. ¿Por qué le había resultado tan sencillo a Eiji hacerlo con ella si era tan fácil darse de morros con la nariz del contrario? Intentó recordar levemente hasta que dio con la que ella creía la clave: La caricia a sus labios. Afirmó convencida de la idea, pero no con las intenciones de hacerlo. Alzó las manos con intenciones de levantarse, sintiendo cómo eran apresadas por las contrarias. Ambos parpadearon.

Cuando tienes algo delante, ¿no te dan ganas de cogerlo?

Sí. Esa frase explicaba claramente porque sus manos estaban enlazadas. Enlazó sus dedos a los contrarios y se arrodilló de la manera que le fuera más fácil levantarse, alzando su rostro para encontrarse con el de él. Ryoma humedeció sus labios, mirándola interrogativamente. No comprendió exactamente qué fuerza fue. Tampoco pensaba comprobarlo. Sin soltarse de las manos contrarias alzó su rostro hasta el contrario. Un leve roce. Un jadeo. Y, finalmente, un deseo, abrió sus labios a la vez que él. Acarició y suspiró. Sintió y gimió.

No. Esto no es igual.

No. Esto es...

0x0x0x0x0x0x

Notas autora:

Sí, termina así éste capítulo.

Lo que había comenzando como un problema típico en el cuerpo femenino de toda mujer, se hundió en un padre que no comprende que su hija ha crecido y ha terminado con un beso para suplantar a otro. Pero, ¿qué sucederá más adelante? ¿A qué conllevará éste beso?

Nos vemos pronto ;D

Actu: 18-11-08, 20:44.