Disclamer: los personajes son de la fantástica Stephenie Meyer y la historia es completamente mía.
Capítulo 9
Comenzó a desvestirse lentamente. La pequeña habitación que cumplía la función de baño privado se había caldeado gracias al agua caliente de la bañera. Estaba deseosa de introducirse.
Unos minutos después recogió si cabello en un moño y se deslizó dentro del agua caliente. Sus músculos agarrotados se relajaron y casi estuvo a punto de dormirse.
Abrió los ojos lentamente y sonrió. Jamás hubiera pensado que las cosas se darían así. Llevaba más horas dándole vuelta al asunto.
Sabía que Edward debería ser su enemigo, estaba haciéndole la vida imposible a su mejor amigo y su prima. Pero no podía. Por alguna razón inexplicable no podía simplemente odiarlo. A veces, deseaba con todas sus fuerzas apartarlo y desear a otro hombre. Pero era cuando él aparecía. Más guapo y más hombre que nunca. Desistía de ese terrible plan. La había echado a perder para con otros hombres.
Cada fibra masculina suya la llamaba. Deseaba pasar sus dedos por todo su torso musculoso. Le encantaba verlo sonreír y reír. Hacía que su rostro se iluminara. No podía evitar pensar en lo desgraciado que había sido, que era y si no podía cambiarlo, que sería.
Suspiró y cerró los ojos. Lo primero que se le vino a la mente fueron sus ojos. Esas grandes esmeraldas verdes que la penetraban con fuerza. Resopló y salió de la bañera.
Su frustración acabaría por hundirla en cualquier momento posible.
Pero no era la única. Edward se retorcía en su cama de doseles y cortinas abiertas. No podía cerrar los ojos sin ver su rostro. Suspiró y volvió a cerrar los ojos. Había tratado, con todas sus fuerzas, de hacerla a un lado y mirar hacia delante.
Sabía que debería mantenerse retraído por el respeto, por el honor y por pura ética. Pero no podía. No podía seguir con esa maldita farsa de pretender que aún lloraba a la arpía que le había arrebatado su vida.
Tania le había robado todo lo que era. Su sonrisa, su felicidad y temperamento potente. En un principio creyó amarla, se convenció de que era el amor de su vida. Pero había sido un tonto más. Ella solo estaba detrás de la fortuna y él era un tonto que tenía esperanzas de amor. Después de todo, cuando finalmente supo que había muerto, sintió alivio. Nunca se había sentido mejor.
Pero allí estaba él. Deprimido, ensombrecido y dejándose cubrir por una capa de enojo y furia. Hasta que su túnel de oscuridad se vio iluminado. Sonrió ante la imagen de su rostro. Su risa, su cabello balanceándose en el viento. Las mejillas sonrosadas. Sus ojos claros como la miel y los deliciosos labios llenos.
Perfectos para besar, pensó.
Bella le había devuelto al camino en el que solía estar. Era inconsciente de que sonreía más a menudo y cuando no podía verla, hablar o solo estar con ella por al menos un par de horas su humor cambiaba repentinamente. Su aura de paz, comodidad y serenidad lo envolvían. Complementaba su apenada alma. Solo deseaba encontrarse a su lado para poder sonreír. Tampoco era consciente de aquello. De que cuando estaba a su lado, todo parecía brillar.
-Estas dejándote llevar, Edward…
Se dijo a sí mismo. Pero no le importó. Esperaría, esas malditas dos semanas para terminar con una farsa tremenda y lo haría. Tendría a Bella entre sus manos.
Un escalofrío detrás de un sombrío pensamiento lo aterró. ¿Y si alguien más descubría que ella era tan perfecta? ¿Qué era más que un rostro bonito? No. Se dijo a sí mismo. No se podía dar el gusto de perderla. Podían quitarle todo, absolutamente todo. Pero jamás podrían quitársela. Tendría que preparar terreno y asegurar la mano de su amada.
En sí, no cabía la idea de perderla. Fue entonces, cuando cayó en la cuenta. Los acontecimientos le cayeron como un valdazo de agua fría. Como una película de revelaciones. Mandó a llamar a su hermano y preparó dos vasos de whisky.
-Creo que estás algo alterada.
Se detuvo en seco y levantó la vista hacia la escalera. Rose lucía un vestido primaveral de color celeste que resaltaba sus ojos. Bella parpadeó, no sabía que responder. Había estado recorriendo el salón de punta a punta. Pensando.
-No, creo que te equivocas…
-No, eso nunca.
Sentenció con una sonrisa y Bella bufó. Recordaba el carácter triunfador de su querida prima.
-Es que estoy…
Se quejó frustrada y se frotó las sienes.
-Preocupada.
-¿Sobre qué?
Rose terminó de bajar y le hizo compañía en los sillones del salón. A pesar de los miles de problemas que se le ocurrían en ese momento, solo eligió uno. El más primordial según ella. O el que solo le podía contar a su prima.
-Mi padre, Rose. No está bien. Se niega a ver a un doctor.
Miró con pena a su pariente. Rose se cubrió la boca con una mano, evitando un sollozo desafortunado.
-Si, prima. No sé que pueda estar pasándole. Pero… tengo miedo.
Rose estaba tan compungida como Bella. Ambas querían lo mejor para su tío, y más aún cuando no estaban pasando por sus mejores momentos.
Simulando un dolor de cabeza y una leve desorientación, logró desaparecer a vistas de su prima. Corrió hacia las caballerizas, tomó a Beau.
-Vamos muchacho, tenemos cosas que hacer.
A todo galope salió. Sintiendo el aire pegar en su rostro de manera deliciosa. Ajustó las manos a las riendas, agachó un poco más la cabeza y apresuró el paso. Quién la viera ahora, pensaría que estaba siendo secuestrada por un caballo desbocado, pero ella solo pudo sonreí. No había experiencia mejor que correr a caballo.
-¿Cansada?
Ella rió y él la admiró. Tenía las mejillas sonrosadas y respiraba agitadamente. Se bajó del corcel negro y le palmeó el hocico. Edward se acercó por detrás y estiró una mano para acariciarlo. Ella le tomó la mano y se la dirigió al cuello del caballo. Este se removió nerviosamente al sentir manos extrañas. Bella tarareó una canción para calmarlo. Edward estaba fascinado y se negaba a mover su mano de allí. O siquiera de alejarse de ella. Se sentía tan bien.
-¿Lo sientes?
Susurró con voz suave. Edward asintió despacio.
-Eso proviene directamente de su corazón. Cuando está nervioso lo acaricias aquí, le susurras palabras suaves y se calmará. Aprenderá a tenerte confianza.
-¿Crees que algún día aprendería tanto sobre él como tú?
Ella rió despacio y su caballo se estremeció queriendo acercarse a ella. Pasó su hocico por su rostro y aumentó su risa. Edward sonrió. Totalmente embelesado.
-No lo sé, el tiempo lo dirá…
Bella pasó una hora explicándole cada detalle de Beau. De lejos, se notaba que su relación con su caballo era estrecha y muy unida. Eran inseparables y lo habían vuelto a ser desde que ella había regresado. Una de las cosas por las que volvió, fue por Beau.
-¿Por qué más volviste, Bella?
Ella apartó la mirada y acarició el lomo del corcel. Suspiró profundamente y sonrió antes de mirarlo.
-Extrañaba mi tierra. Suecia era muy diferente y allí no tenía una vida como la tenía aquí. Pero a veces…
Desvió la vista hacia Beau y Edward frunció el ceño.
-A veces pienso que no hice lo correcto al venir aquí de nuevo.
-¿Por qué lo dices? ¿Te irás?
Ella se encogió de hombros.
-Muchas cosas me hicieron volver, pero muchas me están indicando que me vaya.
-Vaya… esperaba de ti una persona más luchadora.
Ella clavó su profunda mirada en él. Quién se estremeció de pies a cabeza.
-Algunas veces no se puedo luchar contra lo inevitable.
Edward estaba deseoso de poder hablarle. De poder decirle tantas cosas y hacerle tantas promesas, pero aún no se encontraba en sí como para poder hacerlo. Se sentía incapaz de hacer o decir algo que no pudiera cumplir luego y dañara a Bella.
Miró el cielo e hizo una mueca. Encantadora, de por sí.
-Debo irme.
-Las horas pasan volando en tu compañía.
-Creo que lo mismo.
Sonrió tímidamente y desató las riendas. Edward se acercó, acorralándola entre el cuerpo del caballo, el árbol y su propio cuerpo. Ella lo miró significativamente y él suspiró. Acarició su rostro y se contuvo. Endemoniado yo, pensó. Hizo una mueca de dolor y se apartó.
-Ten cuidado.
-Seguro.
Galopó a una velocidad desorbitada sintiendo las lágrimas correr por su rostro. Su alma estaba adolorida y cada vez le costaba más respirar. La presión y el peso de una culpa le cayeron encima como un bloque de hierro. Odiaba con toda su mente cuando él hacía algo como eso. Provocarla con palabras silenciosas para luego dejarla en la nada.
Se obligó a mantener la calma y a entrar sin ser vista. Dio la orden al de las caballerizas para que dijera que estaba en la casa y en su habitación, no quería ser molestada.
La puerta con cerrojo se cerró tras ella. Furiosa se tiró en la cama a lamentarse. Lamentaba ser tan cobarde y poseer tantas normas. Se lamentaba ser londinense y no norteamericana. Se criticaba por poseer unos escrúpulos ininterrumpibles y por sobre todo, se lamentaba por amar a un hombre que el destino se había encargado de señalarle como el incorrecto.
Descargó su furia contra la almohada y luego de tanto llorar se dispuso a descansar. Necesitaba dormir.
