CAPITULO 10

A Edward le dolían los dedos por la necesidad de tocarla. De acariciarla. De sentirla temblar debajo de él cuando llegaba al orgasmo.

Pero ella estaba en la otra punta de la ciudad, su cuerpo desnudo estaba al otro lado del teléfono y él dentro de su coche en el aparcamiento de Decadente, intentando sin conseguirlo pensar en el trabajo y no en la mujer cuya mera existencia hacía que no quisiera hacer otra cosa que no fuera abrazarla y perderse en su interior.

Había visto acercarse la caída, pero no había podido prever la intensidad con la que descendería a estrellarse en la esfera de los mortales. La esfera de los hombres que querían una mujer, una mujer concreta, que los completara como nadie más podría hacerlo.

Y lo terrible de todo aquella era que no sabía cómo tenerla. No conocía la frase mágica que la haría ser suya. Le había dicho a Emmett que aquello no era una negociación, pero en aquel momento no sabía hasta qué punto eran ciertas sus palabras. Y ahora lo único que podía hacer era intentar colocarse en el centro de los pensamientos de ella, en su corazón y en su mente.

«Sexo». Y sin embargo, él quería mucho más que sexo.

Pero llevaba tres noches seguidas llamándola a la hora de dormir. Habían creado un ritmo sensual, con sus palabras como afrodisíaco entre ellos. La acariciaba con su voz y la imaginaba arqueándose bajo sus caricias, con los labios hinchados y el cuerpo preparado para él.

«Maldición».

Estaba muy excitado. Cerró los ojos y respiró hondo. Cuando le susurró las buenas noches, los gemidos suaves de ella y su respiración laboriosa le hicieron sentirse desesperado de necesidad, y ni siquiera por sexo. Sino por aquella conexión.

—Isabella —susurró, porque tenía que decírselo. Tenía que romper su propia regla—. Isabella, te echo de menos.

Esperó. Quería oír su respuesta, pero oía sólo su respiración.

Y luego… gracias a Dios, sí llegó un susurro.

—Yo también te echo de menos.

Aquello fue superior a él y, aunque ella colgó el teléfono, evitando más conversación, Edward supo que habría cruzado una línea. Hecho una marca. Y sí, eso le dio esperanza.

Se alimentó de esa esperanza las horas siguientes y después supo que tenía que ir más allá. Tenía que verla. Tenía que convencerla de que podían estar juntos, porque era un infierno para los dos estar separados.

Tenía que haber algún modo de que arreglaran aquello. Aparte de con sus padres, Edward nunca había fallado con nada de lo que se había propuesto. Y, si había de ser sincero, tenía que reconocer que quizá incluso podría cerrar aquella grieta paterna si se lo proponía. Pero la cuestión era que quería estar con Isabella y ella con él, y que tenía que haber algún modo de conseguirlo.

Pero no podía encontrarlo por teléfono.

Había llegado el momento de pasar a otra cosa. El momento de sacar la artillería pesada del amor.

...

Ella se retrasaba y Edward estaba cada vez más nervioso. Había pasado el día lidiando con temas de Paraíso, consultando con Seth y deseando que llegara la noche para ver a Isabella. Confiando en que ella quisiera verlo. Pero si Isabella no iba a su casa, esa posibilidad iba a desaparecer.

Y si no iba a su casa, ¿dónde narices estaba?

Se obligó a no considerar siquiera la posibilidad de que tuviera una cita porque, francamente, la idea resultaba demasiado deprimente.

En lugar de eso, esperó. Y esperó. Y esperó más todavía.

Cuando la medianoche dio paso a la una de la mañana, empezó a pensar que quizá debería rendirse e irse a casa. Estaba a punto de guardar la PDA en la que revisaba documentos cuando vio unos faros girar en la calle. Contuvo el aliento. Y sí… un Volkswagen Escarabajo apareció en el camino de la entrada e Isabella salió de él.

Al principio no lo vio, pues estaba ocupada en sacar su bolso del coche. Se inclinó y él observó apreciativo el modo en que los vaqueros resaltaban su cuerpo. La imaginó acariciándose a sí misma aquellas curvas, siguiendo sus instrucciones. Y sí, quería ser él el que acariciara ahora.

Más que eso. Simplemente quería abrazarla.

Ella se colgó el bolso al hombro y dio un paso hacia la puerta. De pronto se detuvo con expresión nerviosa.

—¿Hola?

Edward se puso en pie divertido. Porque ella no veía a Edward Cullen. Veía a un obrero con mono, gorra y una caja de herramientas manchada de pintura.

—Isabella —dijo—. Soy yo.

La expresión de placer que vio en la cara de ella lo afectó mucho. Ella podía intentar negarlo con palabras, pero él sabía que lo deseaba.

La expresión de ella cambió y apretó los labios.

—¿Qué haces aquí?

—En realidad, me disponía a irme ya. Pero entonces te he visto llegar.

Ella se acercó a la puerta y metió la llave en la cerradura. Miró la caja con las cosas que había comprado él.

—¿Qué narices es todo eso? ¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—Desde las ocho.

Isabella parpadeó. Se llevó una mano a la boca.

—¿Las ocho?

Él se encogió de hombros.

—Necesitaba verte.

La expresión de ella se suavizó.

—Sí. Lo sé. Yo también —cerró los ojos y respiró hondo. Y aunque a él le brincaba el corazón de alegría, sabía que ella le había costado mucho admitirlo—. Bueno, será mejor que pases. Es muy posible que haya alguien ahí enfrente haciendo fotos.

Él señaló su ropa de trabajo.

—Dudo que sepan quién soy. Sólo un obrero entusiasta que viene a ver sus suelos, señora.

—¿Mis suelos?

—Prometí enseñarte a pulir el cemento.

Oyó la respiración suave de ella, seguida del nombre de él susurrado.

—Eso es… —a ella se le quebró la voz y sostuvo la puerta abierta, invitándolo a entrar—. Pero sólo suelos. Quiero que lo tengamos claro.

—¿Y si te llamo desde otra habitación? ¿Podemos ir más allá de los suelos si es por teléfono?

—Edward…

Él cerró la puerta, dejando la caja de herramientas y la pintura en el suelo del porche.

—Te he echado de menos —dijo ella—. Pero ésas son las reglas.

—No recuerdo haber firmado ningún contrato. Ni letra pequeña.

—Cuando hacíamos lo… del teléfono… estábamos fijando límites.

Él tendió la mano y le acarició un rizo del pelo. La sensación le resultó tan erótica, que no estaba seguro de poder seguir allí con ella si tenía que portarse bien. Porque en ese momento portarse bien era lo último que tenía en mente.

—¿Edward? ¿Me escuchas?

—A mí me gusta infringir normas, Isabella. Siempre me ha gustado.

Ella se lamió los labios.

—Pues a mí no.

—Quizá deberías hacerlo —él se acercó más—. Infringe algunas normas conmigo, Isabella. Prometo que no te arrepentirás.

Sus ojos se encontraron y la tristeza que vio en los de ella lo desarmó por completo.

—¿Puedes prometerme eso? Porque yo ya me arrepiento. No quiero hacerlo, maldita sea. No quiero lamentar ni un minuto contigo, pero… ¡Maldición! —se volvió y entró en la sala de estar. Él permaneció en el sitio, no muy seguro de adonde ir desde allí.

Sólo sabía que no podía soportar verla tan desgraciada, así que se acercó a ella, le puso las manos en los hombros y acercó los labios a su oído.

—Yo jamás te haría daño intencionadamente. Nunca. Así que dime, Isabella. ¿Quieres que me vaya? —no quería irse, pero si era lo que ella necesitaba, saldría inmediatamente por la puerta.

Ella respiró hondo y después se puso tensa. Al parecer, había tomado una decisión.

—No —se volvió lentamente a mirarlo—. No quiero que te vayas. Te he echado mucho de menos, pero no podemos hacer esto. ¿Cómo vamos a hacerlo?

—Muy fácil —dijo él. Se inclinó hacia ella porque sus labios parecían llamarlo—. Lo hacemos así —le rozó los labios con suavidad, dándole tiempo a apartarse, pero confiando desesperadamente en que no lo hiciera. Debía tener algún ángel de la guarda velando por él, porque ella no se apartó. Más bien lo contrario. Se abrió a él con ansia, lo besó en la boca y lo estrechó con fuerza en sus brazos.

—Te he echado de menos —dijo ella—. Ayúdame, Edward. Te he echado mucho de menos.

—No sé cómo he podido soportar no poder tocarte —dijo él, y sus palabras flotaban sobre ella como miel caliente. Isabella llevaba muchas noches soñando con las manos de él en su cuerpo y ahora lo tenía allí. Y aunque sabía que era una estupidez y una locura y posiblemente un desastre para su carrera, en ese momento no quería que estuviera en ninguna otra parte. Por mucho que la destrozara después cuando se fuera, y por mucho que su relación pudiera destruir la carrera de ella, eso no importaba. Sólo importaba aquel momento. Aquel hombre.

No sabía si era una irresponsable por ello, o simplemente humana. Y no le importaba gran cosa.

—Reglas —dijo. Se apartó con gentileza, casi entregada por el anhelo que veía en el rostro de él, donde sus ojos reflejaban lo que había en su corazón—. Esta vez hay reglas, Edward.

—Lo que tú digas. En este momento acepto todo lo que tú digas.

Ella se echó a reír.

—Lo tendré en cuenta para cuando te tenga desnudo. Por el momento sólo quiero establecer las normas.

Él enarcó las cejas.

—¿Llamo a un notario?

Ella sonrió.

—Muy gracioso. Ahora déjate de bromas y escucha.

Él le dio un beso en la nariz.

—Menos mal que me has dejado entrar —musitó.

—Te he dejado entrar porque traías cosas para mi cemento —dijo ella—. Y porque espero que me hagas un suelo nuevo. Si no, me llevaré una decepción.

—Lo tendré en cuenta. Aunque probablemente deberías darme puntos extra por Tanya Denali —dijo él.

—¿Cómo dices? —Tanya Denali había ganado un Emmy el año anterior por su trabajo en una de las series más populares de la tele—. ¿Estás diciendo lo que yo creo?

—Le encantaría participar en la subasta. Su hijo tiene una discapacidad de aprendizaje. Para ella es una causa importante. Y tiene vínculos con Dallas. Su hermana vive aquí.

—¡Edward! Gracias —ella le dio un abrazo, seguido de un beso fuerte—. Mi compañera estará encantada.

—A mí sólo me importa que lo estés tú.

—Créeme. Lo estoy.

—¿Y podemos olvidar las reglas? —preguntó él, esperanzado.

Ella lo miró con cara seria.

—Reglas —dijo con firmeza—. Ni blogs ni revistas ni nada de redes sociales en internet ni nada de fotos. Si aparecemos en una posición comprometida, se acabó. Si un reportero empieza a hacer fotos por mi chimenea, se acabó. No puedo permitirme eso.

Cerró los ojos, recordando la foto de ellos juntos y lo terrible que era recibir mensajes de todos sus conocidos. Hasta los mensajes que la felicitaban le resultaban espeluznantes. No porque no pudiera soportar ser famosa. Pero si la iban a fotografiar, quería que fuera porque acababan de nombrarla jueza, porque iba a participar en un debate o porque había ganado una apelación difícil. No porque se pusiera de puntillas para besar.

—Creo que podemos cumplir tus requisitos —dijo Edward—. ¿Quieres que nos compremos disfraces?

—¿Qué?

—Ya sabes. Pelucas. Gabardinas. Bigotes falsos. Podemos salir al mundo de incógnito.

Esa vez ella soltó una carcajada.

—Te he echado mucho de menos —repitió. Le pasó los brazos alrededor del cuello y se apretó contra él—. Creo que podemos ahorrarnos los disfraces. Lo que tenemos que hacer es no salir juntos. Personalmente, creo que el dormitorio es el lugar perfecto para esconderse y evitar a la prensa.

—Tesoro —él la alzó en vilo—. Me gusta tu modo de pensar.

Y la llevó al dormitorio con Hermione metiéndose entre sus piernas, en lo que probablemente era su modo felino de darle la bienvenida.

—Lo siento, gata —dijo antes de cerrar la puerta—. Aquí no se permite a nadie más. ¿Cómo sabemos que no hay una cámara oculta en tu collar?

—Muérdete la lengua —dijo Isabella.

Él sonrió con picardía.

—Muérdemela tú —repuso.

Y ella así lo hizo. Sus besos eran salvajes. Se desnudaron con un abandono feroz, porque, ¿a quién le importaban las costuras, el algodón o la seda cuando hacía días que no se veían? Era algo hedonista, salvaje y maravilloso, y cuando él entró en ella, con los dos tan desesperados que todavía colgaba ropa de sus brazos y piernas, ella gritó con la fuerza del orgasmo, mucho más potente ahora que él la tocaba y no era sólo recuerdo, deseo y fantasía.

Quedaron tumbados juntos, sudorosos y respirando con fuerza. Se sonrieron.

—Somos geniales —dijo Edward—. Podemos hacer funcionar esto, Isabella.

Ella esperaba que eso fuera verdad.

—Reglas —repitió—. Cumplimos reglas y vemos lo que ocurre. No me voy a jugar ni mi carrera ni mi corazón, Edward.

Él le apretó la mano.

—Iremos tan deprisa o tan despacio como tú quieras, Isabella. Sólo tienes que decirlo.

Pero ella sabía que aquello no era cierto, porque lo que quería era que él se quedara en Dallas. Aunque en aquel momento se contentaba con que se quedara esa noche. Podían empezar a ir paso a paso, esconderse en su casa y fingir que la vida real y la prensa no existían.

Era una fantasía agradable y ahora que Edward había vuelto a sus brazos, era feliz persiguiéndola. No quería ser la chica que tenía una aventura, pero tampoco quería estar sin él.

«A veces hay que apartarse de las líneas que se trazan».

—Estás pensativa —él le acarició la mejilla.

—Lo siento. Prometo que dejaré de pensar. O al menos lo intentaré.

—Quizá pueda ayudarte —repuso él—. Le dio la vuelta con gentileza y la montó a horcajadas. Bajó el dedo desde su barbilla hasta su ombligo e Isabella tuvo que admitir que su plan funcionaba. Y cuando su boca siguió el camino que había trazado el dedo, ni siquiera pudo ya admitir eso. Porque los pensamientos eran sólo papilla en su cerebro y no podía recordar de qué habían hablado.

Ya ni siquiera era Isabella. Era sólo deseo, necesidad y lujuria, y era Edward el que le daba todo eso. Era él el que la hacía completa, el que la llenaba.

Era el hombre al que quería.

Y por el momento, tendría que ser suficiente con eso.

...

Al final, resultó que los hombres a los que Edward contrató para pulir el cemento hicieron que el proceso pareciera muchísimo más fácil de lo que en realidad era. Prácticamente la única ventaja de aquella experiencia complicada y sucia que duró días fue el tiempo que Edward pasó encerrado en el dormitorio con Isabella y el hecho de que ahora ella lo miraba como un héroe siempre que entraba en su sala de estar.

—Es tan bonita que no debería meter los muebles —dijo un día.

—No te preocupes. Si quieres, llamaré para que se los lleven.

—Pronto —repuso ella—. Compré muebles viejos para poder amueblar de verdad cuando hubiera arreglado el suelo y las paredes —le sonrió—. ¿Quieres ir a la tienda de muebles?

—Sí —repuso él, serio—. Me encantaría.

Fueron juntos, él con una gorra de béisbol y ella con gafas de sol y el pelo recogido en una coleta. Era ridículo, pues si había alguien prestando atención, sin duda los reconocería, pero la farsa hacía que Isabella se sintiera mejor, igual que el hecho de haberle dado una llave del garaje de modo que ahora él podía entrar desde allí a la casa evitando la puerta delantera.

—¿Has hablado con tus padres? —preguntó cuando se acercaban a la tienda.

Edward la miró sorprendido. Pero ella miraba por la ventanilla y no podía leer su expresión.

—Un poco —confesó—. Con mi madre. Cree que te he arruinado la vida y que mi trabajo no vale nada. No fue una conversación agradable.

—Lo siento —repuso ella—. No tenía que haber sacado el tema, pero es que… —se interrumpió—. Olvídalo.

—Espera —dijo él—. ¿Qué?

—Es sólo que, si tú quieres evitar Dallas por causa de ellos, he pensado que quizá haya un modo de que podáis arreglar vuestras diferencias.

—No lo creo —contestó él—. A veces algunas cosas son causas perdidas por mucho que no queramos que lo sean.

Ella apretó los labios.

—Como lo de que tú te quedes.

A él se le encogió el corazón.

—Isabella…

—No. No importa. Lo comprendo. Pero es una ciudad grande. Podrías vivir aquí años y no darte cuenta de que están en la misma ciudad. Llevas aquí seis meses y no los has visto, ¿verdad?

—No es sólo por ellos. Hay cosas que quiero lograr. Cosas fuera de los límites de esta ciudad.

—Y supongo que ir y venir no es una opción.

—No creo que haya un modo de ir y venir a diario desde Frankfurt —él le tomó la mano mientras esperaba a que cambiara el semáforo para entrar en el aparcamiento de la tienda de muebles.

—Olvídalo —dijo ella—. Estoy infringiendo mis propias reglas, ¿verdad? Estoy dejando claro que te necesito.

—No me importa —musitó él—. Yo también te necesito.

Y aunque no resolvieron nada, Edward pensó que la posibilidad de encontrar un término medio estaba ahora más cerca. Era casi como si pudiera tender la mano y tocarla. Estaba allí y él lo sabía. Tenía que estarlo. Porque él lo deseaba tan desesperadamente, que no podía ni considerar la posibilidad de que no les fuera posible hacer funcionar aquello.

Aunque no resolvieron sus problemas con la relación, el tema de los muebles de Isabella sí quedó resuelto en un tiempo récord, y al día siguiente a la hora de comer, tenía una sala de estar amueblada y arrastraba a Edward a tiendas pequeñas para buscar cuadros y motivos decorativos que dieran vida a la habitación.

...

Los días y las noches eran un torbellino, más aún ahora que Isabella trabajaba durante el día y Edward trabajaba por las noches en Decadente y todo el tiempo que podía sacar en Paraíso. Y aunque el trabajo de Isabella era bastante cómodo para una abogada, con un horario tradicional de nueve a cinco, estaba también organizando la recaudación de fondos y por las tardes tenía que hacer llamadas relacionadas con algunos artículos de la subasta o con emergencias del catering.

En conjunto, sus encuentros en casa de Isabella eran escenas muy domésticas y Edward tenía que admitir que le gustaban. Más aún, tenía que admitir que, por primera vez en su vida, no estaba deseando irse de Dallas. Era una buena sensación ir allí cuando terminaba su jornada laboral. Se sentía bienvenido. No como en la casa de su infancia, donde la sensación había sido que tenía que entrar a hurtadillas y esconderse en su habitación hasta que pudiera escapar a la mañana siguiente. No, la casa de Isabella era un hogar, y él se había instalado en sus ciento ochenta metros cuadrados mucho mejor que en los quinientos metros cuadrados que tenía en Los Ángeles.

Pensó que todo era cuestión de perspectiva. De eso y de la mujer que tengas al lado.

No podía imaginar que llegara un tiempo en el que se hubiera cansado de ella. Hablaban muchísimo, de cine, de televisión, de las ventajas de poner jardineras en el jardín… de todo lo imaginable. Reían, bromeaban y hacían el amor y Edward estaba seguro de que, si alguien lo pellizcaba, se daría cuenta de que todo había sido un sueño.

Pero confiaba en que nadie tuviera la crueldad de pellizcarlo.

—He estado contando mi dinero —comentó ella una noche en la que estaban tumbados en la cama—, y no creo que pueda ganar tu subasta.

La subasta era al día siguiente, y Edward estaba un poco nervioso aunque no quería confesarlo.

—Puedo prestarte el dinero —dijo.

—¡Por supuesto que no! Eso es hacer trampa.

—¿Lo es? Todo el dinero terminará en el mismo sitio.

—Edward, tú puedes pujar más que ninguno de los asistentes. Eso es amañar el resultado. No va a ocurrir.

Él alzó las manos en un gesto de rendición.

—Muy bien. No es problema.

Ella lo miró de soslayo.

—Pero que no se te ocurra que te guste la mujer que la gane más que yo.

Edward se echó a reír y la estrechó contra sí.

—No te preocupes por eso. ¿Al menos tendré el honor de llevarte al baile, Cenicienta?

Ella apretó los labios y él contuvo el aliento, con la esperanza de que estuviera dispuesta a anular el edicto de evitar salidas en público juntos para impedir más fotos por sorpresa. Esa vez, sin embargo, la suerte no estaba de su lado.

—¿Los dos juntos en una función de caridad después de todas esas fotos? —ella negó con la cabeza—. Se parece demasiado a una cita.

—Podría ser una cita.

Ella volvió a negar.

—¡Maldita sea, Edward! No hagas esto. Los dos sabemos que no podemos salir juntos. Tú te vas a ir, por si no lo recuerdas. Y el mundo entero lo sabe bien. Y yo no estoy dispuesta a ser una más de tu harén en la prensa. No lo estoy. Así que no me pidas que haga eso.

—Muy bien —Edward optó por rendirse—. Tendré que limitarme a lanzarte miradas desde donde esté.

—Bien —repuso ella—. Yo haré lo mismo cerca de la fuente de chocolate —se inclinó y lo besó en la mejilla—. Lo siento. Sé que duele, pero es importante para mí.

—Podrías viajar conmigo, Isabella. Venirte a Europa. Pasar tiempo conmigo fuera de aquí.

—¿Y cuándo ejerzo mi carrera?

—Internet es un invento maravilloso.

Ella negó con la cabeza.

—Yo necesito un despacho. ¡Qué narices!, necesito una casa. En serio, no trabajo bien cuando viajo. Y además, mi carrera está aquí. La reputación que tengo que crearme está aquí. Una persona en Italia no aprieta un interruptor y yo salgo elegida jueza —inclinó la cabeza—. ¿Por qué no te quedas tú aquí? Compra una casa. Utiliza ese maravilloso invento llamado internet y sube a un avión sólo cuando sea imprescindible.

—Isabella…

—Es difícil, ¿no? ¿Escuchar la voz de la razón?

—Al final —repuso él—. Al final alcanzaremos un acuerdo.

Ella sonrió y lo besó.

—Eso espero. Porque estoy empezando a preguntarme cómo narices podía vivir antes sin ti.

—Créeme, tesoro —él la estrechó contra sí—. Conozco esa sensación.