Nada de esto me pertenece solo me adjudico la traduccion y adaptacion.
Capitulo 10: Simplemente glorioso
N/A: Disculpen si hay algun error, he traducido este capi en muy poco tiempo y no pude revisarlo.
Aviso: Lemmon
La rodeó y la miró con una intensidad que quemaba. Esperó que él la tocara, pero no lo hizo. En vez de eso, sintió su mirada, su calor... Tras volverse a colocar delante de ella, asintió. Bella estuvo a punto de abrazarse a él, pero no pudo hacerlo porque, entonces, Edward se alejó. Se dirigió a la mesa que había al lado del sofá y se sirvió dos dedos de whisky con movimientos lentos y precisos. Bella sospechaba que quería volverla loca de pasión. Cuando se acercó de nuevo a Bella, simplemente le entregó la bebida. Ella tomó un sorbo y le volvió a entregar el vaso. Edward descubrió la mancha de carmín que Bella había dejado en el vaso y bebió justamente en el mismo lugar. Después, se dirigió al sofá y se sentó en el centro. Con la mirada, hizo que se colocara justamente delante de él.
—Separa las piernas —dijo, después de unos segundos. Las palabras en sí mismas fueron suficientes para deshacerla por dentro, pero hizo lo que él le había pedido—. Ahora, levántate el vestido.
Muy lentamente, fue levantando el suave terciopelo. Fue mostrando los muslos, la parte alta de las medias y por fin la piel desnuda. Edward fijó la mirada en el sexo de Bella. Ella se preguntó si el vello púbico sería suficiente para ocultar lo húmeda que estaba. No importaba. Ello sabia de todos modos.
—Date la vuelta.
Bella obedeció. Cuando estuvo de espaldas a él, se detuvo. Resultaba difícil no mostrarse algo pudorosa cuando sabía que él le estaba mirando el trasero, pero sabía que aquello era parte del juego. De repente, oyó que él se movía en el sofá y que empezaba a sonar una suave música de jazz.
—Inclínate.
El rubor que se le puso en las mejillas estuvo a punto de quemarle la piel. Aunque ella se tomó su tiempo, Edward no volvió a pedírselo. Entonces, Bella cerró los ojos y obedeció. Lenta, muy lentamente, se fue inclinando con la espalda bien recta y las rodillas firmes. Se imaginó lo que él estaba viendo. Nunca antes se había sentido más desnuda. Ni más excitada. Cuando tuvo el pecho paralelo con el suelo, se detuvo.
—Exquisito —susurró él—. Estás tan húmeda... Para mí. Esta noche, eres toda mía... Solo mía...
Bella abrió los ojos. Quería darse la vuelta, estar con él, no de espaldas a él... Como si Edward hubiera escuchado sus deseos, le dijo:
—Yérguete y date la vuelta
Bella obedeció.
—Ahora, quítate el vestido.
De repente, recordó la música. Era la de la película El último tango en París. Qué apropiado. Fue levantándose poco a poco el vestido. Notó cómo el deseo brillaba en los ojos de Edward, la tensión que tenía en la bragueta. Cuando se hubo quitado el vestido, se lo tiró.
Él lo atrapó con una mano y se acarició la mejilla con el suave terciopelo.
Bella estaba vestida solo con el sujetador, las medias y los tacones. Se sentía como una cortesana, como una mujer hecha para los placeres de la carne. La música la torturaba y se añadía a la ilusión.
—Bájate las copas del sujetador.
Estas eran muy pequeñas, ya que el sujetador era minúsculo. Casi se le veían los pezones de todas maneras, pero hizo lo que él le había pedido. Cuando. se descubrió, los pezones se le irguieron aún más.
—Tócatelos.
Bella se acarició. Las sensaciones que se apoderaron de ella le llegaron hasta el sexo, donde los músculos empezaron a contraérsele.
—Ha llegado la hora de tu historia.
Se le había olvidado. Aquella era la noche de Edward. Aquella era su fantasía. Y ella no la defraudaría. Cerró los ojos y, mientras se acariciaba suavemente los pezones, comenzó su historia.
—Hace mucho tiempo, había una doncella que vivía en un reino lejano. En aquella tierra, se valoraba la belleza más que el oro. Cuando nació esta doncella, que era la hija de un panadero, era tan delicada y tan perfecta, que todos supieron interpretar su destino.
Bella hablaba mientras se acariciaba el cuerpo, acariciándose su caldeada carne, tocándose suavemente el vello de la entrepierna. La mirada de Edward iba de los ojos de ella a la mano viceversa.
—En ese reino —prosiguió—, las mujeres más hermosas eran regalo para el rey. Por eso, cuando se hizo mayor de edad, sus padres recogieron sus escasas pertenencias y la llevaron a las puertas del palacio. Allí, la doncella se despidió de sus padres, como si no fuera a verlos más. A partir de aquel momento, la joven viviría dentro de los confines del palacio...
Edward se llevó la mano a la entrepierna. La dejó allí durante unos segundos y luego volvió a colocarla a su lado. Al notar la lucha que tenía en su rostro, Bella decidió apretar la tuerca un poco más. La música había cambiado, pero no importaba. Tenía un ritmo muy sensual, por lo que empezó a contonearse suavemente. Entonces, se recorrió el cuerpo con las manos, torturándose al tiempo que lo hacía con él.
—El rey se llevó a la doncella a su salón del trono y pidió a su corte que se marchara para poder estar a solas con ella. La joven temblaba ante de él. Tenía tanto miedo que, cuando él le pidió que se desnudara, no comprendió. Cuando él se lo repitió, captó el mensaje y la impaciencia del rey. Ardiendo de pudor, la doncella se quitó el vestido.
Con eso, Bella se llevó las manos a la espalda y se desabrochó el sujetador. Entonces, se lo quitó y se lo mostró.
—Tal y como era costumbre por aquel entonces, la joven no llevaba ropa interior. El rey extendió la mano y ella le entregó el vestido.
Bella le tiró el sujetador a Edward. Este fue a caer encima de su regazo. Él lo miró como si nunca antes hubiera visto un sujetador.
—El rey hizo pedazos la prenda, un gesto que reveló a la joven el futuro que la esperaba. Le dijo a la doncella que su cuerpo le pertenecía y que solo podía pensar en él y en darle placer. Tenía que hacer todo lo posible para aprender cómo satisfacerlo con el cuerpo y con la boca... Entonces, cuando el rey se reclinó en su trono, la joven se quedó estupefacta al ver lo grueso y erecto que tenía el pene.
Bella esperó un momento y, como había esperado, Edward se reclinó también en el asiento. Se preguntó si iba a imitar al rey en todo, pero no fue así. Solo la miró a los ojos.
—Sin preguntas, sin pausa, la doncella se acercó al rey. Aunque nunca había hecho nada similar antes, de hecho, nunca había visto un pene, se arrodilló ante él y...
Edward la sorprendió al ponerse de pie bruscamente y derramar lo que le quedaba en el vaso.
—Ya basta.
—¿ que no te gusta mi historia?
—No —dijo. La mentira era evidente por el abultamiento que tenía debajo de la bragueta.
—¿Crees que esto te ayudará? —le preguntó ella, mientras levantaba las manos y se soltaba el pasador que llevaba en el cabello.
—No —gruñó él, con la voz ronca por el deseo—. Ve al dormitorio y túmbate.
Bella no protestó. Se frotó contra él mientras se dirigía hasta la habitación. Nada. No hubo reacción alguna. El control que Edward estaba ejerciendo la hizo echarse a temblar.
Edward contempló cómo ella se dirigía hacia el dormitorio. Se mantuvo firme hasta que ella desapareció. Entonces, se desplomó en el sofá y se mordió los nudillos para no gemir penosamente.
Era imposible estar tan excitado y no explotar. Había sentido cierta incomodidad cuando se levantó el vestido. A partir de aquel momento, había sufrido un verdadero dolor, un dolor desesperado. Una ligera brisa podría haber hecho que alcanzara el clímax.
Tenía que calmarse. No había terminado todavía. Aquella era solo la primera parte de la fantasía. Se suponía que lo mejor venía a continuación. Sí, claro. Como si pudiera aguantar un solo segundo más.
Cerró los ojos y pensó en resultados de béisbol, en arañas, que no le gustaban nada... A medida que las tarántulas avanzaban en su imaginación, la presión fue disminuyendo en otras partes.
Se tomó un poco más de whisky, lo que también lo ayudó.
Dios Santo, ¿cuánto tiempo había estado sentado allí? Probablemente Bella se había quedado dormida. Estaría aburrida con toda seguridad. Tenía que entrar en el dormitorio, mostrarse poderoso antes ella... No podía suplicar. Bella se rascó el costado. Entonces, volvió a colocar rápidamente la mano sobre la almohada. Si seguía esperando más tiempo, tendría que pensar en otra postura. Aquella era muy incómoda.
.Diabólico. eso era lo que era Edward. Quedarse en el salón, hacerla sufrir de aquella manera... Se le daba mejor aquel juego de lo que habría imaginado nunca. A medida que los minutos iban pasando, sintió que su propio cuerpo estaba al límite.
Había oído que algunas mujeres tenían orgasmos sin que nadie las tocara. Desgraciadamente, ella no era una, pero estaba a punto. Tan cerca... No podía creer cómo se había desnudado ante él. Recordó cómo se había inclinado ante él, la erección que había visto al darse la vuelta...
Sintió una extraña sensación en el vientre. Luego, la necesidad de apretar las piernas se hizo casi insoportable, pero se obligó a quedarse muy quieta. Su espera se vio recompensada por el sonido de unos pasos al lado de la puerta.
El modo en que la miró le pareció lo más sensual del mundo. El deseo le había cambiado el rostro por completo y había profundizado su respiración. Sentir que la deseaban tanto era el mejor afrodisíaco que conocía.
Edward se acercó a ella, demasiado lentamente, pero, en vez de unirse con ella encima de la cama, se llevó la silla que había frente al pequeño escritorio y la colocó a los pies de la cama. Entonces, se sentó y tomó un sorbo de su bebida.
—Muéstrame —susurró. Ella lo miró perpleja, sin saber lo que quería decirle—.Tócate. Muéstrame lo que te gusta.
Oh...Aquello era algo que Bella no había hecho nunca.
—No voy a volver a pedírtelo...
Aquel hombre estaba hecho de acero. ¿Cómo podía estar tan tranquilo, tan sereno? Bella decidió que tenía que centrarse. Aquella era la fantasía de Edward...
Se acarició el vientre con un dedo y, al llegar a la entrepierna, cerró los ojos.
—Ábrelos.
Bella obedeció y se alegró de haberlo hecho.
Capturó la mirada de él con la suya, vio su deseo, su necesidad al ver cómo Bella se acariciaba... Toda la timidez que ella pudo sentir, desapareció en instante. Él no le miraba las manos, solo los ojos...
El instinto se apoderó de ella. Los dedos supieron inmediatamente lo que debían hacer. Separó las piernas y se llevó una mano a un pezón. Empezó a gemir de placer...
—¿Quién eres? —susurró él, con un hilo de voz—. ¿Cómo voy a saberlo? Deseo todo tu ser.
Este placer, esta intensidad que solo tengo contigo... No puedo dejar de pensar en ti...
Aquellas palabras crearon unas sensaciones eléctricas en el cuerpo de Bella que no tenían nada que ver con el sexo. Gimió de placer. Quería detenerse, escuchar, pero no podía. No cuando Edward la miraba de aquel modo, no cuando volvió de nuevo a hablar.
—Quiero que me conozcas, Bella Quiero ser el hombre que ves en tus sueños. Quiero que pienses en mí cada vez que te toques. Quiero que seas mía...
Bella echó la cabeza hacia atrás. Sintió que los músculos se le tensaban. Se oyó gritar como si estuviera muy lejos. Entonces, su cuerpo empezó a contraerse espasmódicamente con el orgasmo más poderoso que había experimentado nunca. Arqueó la espalda y apretó las piernas aunque los dedos continuaban sus movimientos, hasta que las sensaciones fueron tan extremas que tuvo que detenerse. Trató de conseguir aliento, de buscar equilibrio. Cuando abrió los ojos, vio que Edward ya no estaba en la silla. Estaba de pie, al lado de la cama. Bella rodó por encima del colchón y le desabrochó el cinturón con manos temblorosas. Le bajo la cremallera del pantalón y libero su poderosa erección, que ya estaba goteando de anticipación. Lamió la humedad y el ligero toque de la lengua hizo que Edward gimiera de placer. Bella deseaba que la penetrara. Desesperadamente. Sin embargo, una vocecita en el interior de su cabeza le recordó que aquella noche era Scherezade, la esclava que siempre guardaba algo para la noche siguiente.
Agarró la mano derecha de Edward y lo obligó a agarrarse el pene.
—Enséñame.
Él dudó, pero no por mucho tiempo. Se acarició lentamente, enroscando el pulgar alrededor de la punta. Bella sabía que no iba a aguantar mucho tiempo. La respiración se le había acelerado con alarmante velocidad. Volvió a acariciarse y, entonces, gritó el nombre de Bella. Ella levantó la mirada. Sabía que era imposible, pero le parecía que estaba sufriendo. Fijó la mirada en la de ella y apretó la mandíbula. Entonces, alcanzó el clímax. Rápidamente, Bella colocó la mano debajo de él. Cuando hubo terminado, se llevó un dedo húmedo a la boca y lo saboreó mientras se colocaba de rodillas. Entonces, lo besó.
Edward la tomó entre sus brazos y se tumbó en la cama con ella. Todo el cuerpo le temblaba. Le parecía que no podía acercarse lo suficiente a ella. La besó con pasión, sin querer soltarla.
—La próxima semana me toca a mí. Y voy a volverte loco... Voy a hacerte olvidar todo lo que hayas conocido alguna vez...
Edward la creía. Aquello lo excitaba, pero ni siquiera la mitad de lo que sentiría si ella se abriera con él y le dijera lo que quería escuchar. Cuando ella lo besó, Edward supo que se iba a marchar. Quería hacer que cambiara de opinión, convencerla para que se quedara. Sin embargo, no encontró fuerzas para enfrentarse a otra negativa. Todavía no.
Cuando ella salió al salón, Edward cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, había amanecido. Y estaba solo.
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