Blanco, lila o rosado

Por PCR de Andrew

Capítulo 10

Eran tantas las emociones de la noche, que Albert no pudo dormir. Una y otra vez repasaba las imágenes y sensaciones que acababa de experimentar junto a Candy, ya no la mujer de sus sueños, sino que la mujer real que lo amaba con la misma fuerza que él la amaba a ella.

Había tanto que quería preguntarle, explicarle, prometerle y entregarle, que su cabeza no dejaba de dar vueltas. ¿Por dónde empezaría? Tendría que decírselo a la tía y a toda la familia y ya se imaginaba el escándalo que harían... algo que seguro no sería muy agradable. Pero le bastó recordar el sabor de sus labios y la suavidad de su piel para sentir que era un gigante y que nada ni nadie podría detenerlo. Candy lo amaba. Eso era lo único que importaba.

Pronto dieron las seis de la mañana. No tenía caso seguir en cama, definitivamente era imposible que durmiera y por mucho que hubiese deseado correr a despertarla con mil besos, sabía que lo más prudente por ahora era esperar. Se dio una ducha y, silbando alegremente la melodía que tocara hace ya tantos años en su gaita para hacer reír a la pequeña pecosa, bajó las escaleras. Sin mayor aviso entró a la cocina. Los cuatro empleados que a esa hora tomaban tranquilamente su desayuno se pusieron de pie de un salto, ofreciendo de inmediato una y mil atenciones al "patrón".

- Oh, vamos, no se molesten, no se molesten. ¿Puedo tomar desayuno con ustedes?

- …

- ¿No puedo? –preguntó con una alegre sonrisa.

- Desde luego que sí, señor, por supuesto. Por favor, tome asiento, ¿qué desea para desayunar? –preguntó Anne.

- Leche. Y café. ¡Y tostadas con mermelada! Mmm… y un par de huevos revueltos. Ahora si tienen yogurt de vainilla con cereal y algunas galletas, aún mejor. ¿Tienen manzanas? ¿Y algún pastel de casualidad?

- Claro, señor Andrew. En un momento.

- ¡Pero no se apuren! Tengo aún casi dos horas completas antes de partir a la oficina.

- Desde luego, señor –comentó la cocinera bajando el ritmo, como el patrón pedía.

Los pobres empleados se miraban unos a otros sin entender nada. En cosa de minutos el joven disfrutaba alegremente del suculento desayuno, mientras los demás lo miraban sorprendidos. Albert no era un déspota ni un abusador, pero no por eso había compartido con ellos el desayuno antes. En realidad, lo conocían muy poco, porque en cuanto se descubrió quién era en realidad, había tenido que realizar muchos viajes. Pero era el patrón, así que nadie cuestionaría sus peticiones. Un patrón que, por cierto, tenía fama de extravagante y que estaba demostrando con creces que ésa era una fama que tenía muy bien ganada.

- Vamos, ¿qué pasa? ¿No van a desayunar conmigo?

- ¡Desde luego, señor! – respondieron cuatro voces al unísono, tomando cada uno su posición en la mesa y bebiendo rápidamente de sus tasas.

- Oigan, pero tampoco esto es un regimiento. La idea es que lo disfrutemos. ¿No creen que la mañana es hermosa?

- Pues… -aventuró el jardinero- a decir verdad, señor Andrew, yo prefiero los días más cálidos.

- Oh, vamos, un poco de lluvia, viento y frío tampoco es tan mala cosa. Es la primavera. Anoche, en cambio, estuvo tan cálido… -dijo con voz soñadora, dejando a medio camino la galleta que estaba a punto de comer.

- Claro, claro, lo que usted diga señor –accedió el hombre.

- Y dime, Maggie –preguntó cambiando abruptamente de tema-, ¿qué harás hoy de cenar?

- Pues… es algo que siempre decide la señora Andrew. A menos que el señor quiera algo especial.

- Pues sí… ¡El señor quiere algo especial! –dijo con una gran sonrisa. Los empleados empezaron a temer que algo malo pudiera estar ocurriéndole al patrón.

- ¿Cómo qué, señor?

- Pues… ¿sabes cuál es el pastel favorito de Candy?

- ¿De la señorita Candy? –preguntó la cocinera.

- Sí, de la señorita Candy. La señorita rubia, de ojos verdes, esa que se ríe todo el tiempo, que les ayuda a veces en la cocina, ¿verdad?

- ¡Oh, lo siento señor, no fue mi intención! La señorita insistió y yo no pude…

- Vamos, Maggie, yo conozco a Candy mejor que nadie, créeme –dijo guiñándole un ojo picarón. ¿¿El patrón le estaba guiñando un ojo a ella, una simple cocinera?? Esto definitivamente no estaba bien-. No te preocupes, no hay nada que yo pudiera negarle a Candy y sé que ella debió insistir para ayudarte. Y como la conozco tan bien, sé que su pastel favorito es el de chocolate con mucha crema. ¿Podrías hacer uno para esta noche, por favor?

- Desde luego, señor.

- ¡Excelente! –aplaudió el patrón devorando la última tostada con mermelada, al tiempo que tomaba el plato de cereal – Y se me ocurre algo más. ¿Podrían guardarme un secreto?

La situación rayaba definitivamente en lo sobrenatural. ¿El famoso tío abuelo William que, para completar el cuadro de lo anormal, no llegaba aún a los treinta años, les pedía que todos guardaran un secreto? ¿Qué sería lo siguiente? ¿Acaso los invitaría a tomar unos tragos por ahí?

- ¡No me miren así, por favor! Tampoco voy a pedirles nada extraño ni voy a invitarlos a ir de copas por ahí.

- ¡Oh no, señor! ¡Jamás pensaríamos algo así! - ¡Caramba! Y encima el patrón podía leer sus mentes.

- Bien. Es algo muy sencillo. Maggie, por favor, esmérate mucho en esa torta para Candy y usted, Anne, yo sé que sabe cuál es el plato favorito de la tía abuela, ¿cierto?

- Así es, señor.

- Muy bien, por favor, prepárelo para la cena de esta noche. Quiero que ella también disfrute la cena.

- Pero, señor… la señora, ella… ella siempre quiere decidir…

- Por favor, Anne, es muy importante para mí. ¿No me ayudará? –rogó con ojos suplicantes. Era imposible negarle algo – Yo sé que usted se las arreglará para sorprenderla. ¿Cierto?

- Cierto, señorito, descuide –aceptó la mujer con una amplia sonrisa. Había mucho del fallecido señor Andrew en su hijo y para ella, que lo había conocido desde muy niño, nunca dejaría de ser el señorito. Anne había estado desde siempre al servicio de los Andrew y Albert la trataba con el mayor de los respetos, porque sabía que ella nunca le negaría un capricho.

- Excelente, Anne, muchas gracias. Thomas, ¿cuál es la flor más bella de nuestro jardín? ¿La más especial?

- Sin duda la Dulce Candy, señor Andrew, la flor que creó su sobrino.

- Comprendo, pero no creo que sea lo más apropiado ahora. Esa flor… bueno, guarda muchos recuerdos para nosotros, ¿me entiendes?

- Desde luego, señor, lo siento –se disculpó el jardinero. Todos se pusieron tensos, pensando que el patrón pudiera molestarse.

- No, no te disculpes, no pasa nada. ¿Tienes otra opción?

- Tal vez si usted me dice para qué necesita esa flor tan especial yo podría recomendarle la más apropiada.

- Pues haz de cuenta que estás enamorado –dijo Albert poniéndose de pie con cara soñadora, gesticulando mientras sostenía la cuchara del café en la mano-. Profundamente enamorado. Por años y años has soñado con una sola mujer, con la misma mujer noches enteras, sin poder apartarla de tu corazón. Y de pronto, el cielo se abre y ella te corresponde, te ama… Dime, Thomas, ¿qué flor le regalarías? Esa es la flor que estoy buscando.

Ahí estaba la razón. Era tan sencillo como eso: el patrón estaba enamorado y para nadie en esa casa era un secreto quién era la dueña de su corazón. En esos momentos el millonario no era más que un chiquillo enamorado, como cualquier otro. Sus ojos brillaban y su alegría era casi envidiable. Albert era una buena persona y Candy, ni qué decirlo. La concurrencia sonrío en una alegre complicidad.

- ¿Qué pasa? –preguntó Albert bajando de su nube.

- Pasa, señor Andrew, que en tal caso, yo no dejaría la elección de esa flor en manos de otro –contestó el jardinero alegremente.

- Thomas tiene razón, señor Andrew. Si yo fuera esa dama que acaba de corresponderle, esperaría que mi amado supiera elegir la flor perfecta para mí.

- Así es –acotó Maggie-. Y dado que aún tiene mucho tiempo antes de que deba partir a su oficina, ¿qué tal si se cubre bien y toma un paraguas para ir hasta el invernadero? Seguro que ahí encontrará la flor perfecta para la señorita Ca…

- ¡Ejem! –interrumpió prudentemente Anne, dando un sigiloso pisotón a Maggie–. Seguro que ahí encontraría la flor adecuada, señor, pero no creo que sea necesario que vaya usted, puedo ir yo misma si prefiere…

- ¡No! –se apresuró a sugerir el jardinero- Vaya usted mismo, señor Andrew, seguro le encantará. Usted casi nunca va por ahí, pero le aseguro que se quedará maravillado cuando vea los colores: hay de todos los tonos, sobre todo de color blanco, lila y rosado.

- ¿Blanco, lila y rosado? –preguntó Albert con ojos soñadores.

- ¡Sí! Pero también hay rojas y azules y…

- Señor Andrew… -trató de intervenir Anne de nuevo.

- Blanco, lila y rosado… -repitió Albert como si en su mente recreara una escena deliciosa- Blanco… lila… rosado… ¡Adiós! – gritó mientras se dirigía a la puerta de la cocina que daba al patio.

- ¡Señor, por favor, tome un…! –pero era inútil, el heredero ya había partido- ¿Vieron eso? Ni siquiera nos dio las gracias por…

- ¡¡Y muchas gracias por las ideas y el desayuno!! – gritó apareciendo raudamente otra vez, para arrancarle al bueno de Thomas el paraguas que tenía en las manos y que había intentado darle antes- Te lo devolveré en unos instantes. ¡Eres el mejor jardinero del mundo! ¡Adiós!

El portazo que siguió fue el único sonido que durante varios minutos se oyó en la cocina.

- Jóvenes… -comentó Anne meneando la cabeza en gesto que no pudo ocultar su preocupación.

- Enamorados, diría yo –comentó Thomas con un sonrisa.

Y todos sabían que el buen jardinero tenía razón.

Continuará…