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El último adiós

(Capítulo 10)

- ¡Vamos, chicos arriba! – la voz del señor Weasley los despertó.

Se oyó que corría la cortina y potentes rayos de luz inundaron la habitación antes en sombras.

Harry abrió los ojos y vio el contorno borroso de Arthur Weasley junto a la ventana del dormitorio. Tanteó la mesa de luz y tomó sus anteojos. Se los colocó y pudo ver, ahora con claridad, al padre de Ron que caminaba hacia la puerta.

- No se demoren demasiado – dijo antes de salir – el desayuno ya está servido –

Tras desperezarse y estirar cada músculo de sus cuerpos, bostezar y volver a bostezar, Harry y Ron se levantaron con pesar y comenzaron a vestirse. Ron se puso una camisa y un pantalón negros para la ocasión. Harry, nunca había asistido a un funeral antes, con excepción del que se había celebrado el año anterior para el profesor Dumblendore en Howarts, por lo que no poseía ropa de luto. Así que su amigo le prestó otra camisa negra, que combinó con los jeans más oscuros que encontró entre su propia ropa.

Ambos chicos salieron por la puerta y se dirigieron escaleras abajo. En la cocina reinaba un ambiente tétrico. Todos estaban vestidos de negro, los hombres con camisa y pantalón, igual que Ron y las mujeres con sobrios vestidos, y ni el zumbar de una mosca perturbaba el inquietante silencio de la habitación. Bill, sentado sobre la mesada, bebía una taza de café mientras engullía tostadas untadas con manteca y mermelada. George, sentado junto a su madre, le friccionaba con dulzura la espalda, mientras ella sorbía lentamente un té tranquilizante y Hermione, Fleur y Ginny, estaban las tres sentadas frente a ellos. Las tazas de té situadas frente a las tres muchachas estaban aún llenas y las tostadas, intactas. Ninguna había probado bocado alguno y, por las expresiones en sus rostros, parecía que si llegaban a hacerlo, vomitarían. Arthur Weasley y Charlie no estaban presentes en la habitación. Los chicos se sentaron a la mesa, Ron junto a su hermano George y Harry junto a Ginny, que apoyó su cabeza sobre el hombro del chico y se dejó abrazar por él.

La señora Weasley se puso de pie y colocó una taza con té delante a cada uno de los chicos pero, al igual que las chicas, ni Ron ni Harry tenía ánimos para ingerir sustancia alguna. Harry sólo deseaba que todo aquello terminara y que la calidez y la alegría regresaran a llenar los ambientes de La Madriguera.

El señor Weasley, Charlie y Percy entraron por la puerta que daba al jardín. Ellos también vestían de negro.

- Ya está todo arreglado – anunció Arthur, a nadie en especial - ¿Vamos? –

Los presentes comenzaron a levantarse lentamente, en silencio y, tal vez, con temor, como si el asistir al funeral fuera alguna clase de monstruo al que tendrían que enfrentarse.

Uno a uno, fueron saliendo por la puerta, cuando hubieron salido todos, el padre de Ron cerró la puerta y echó el cerrojo y, los ocho Weasley (incluida Fleur), Harry y Hermione comenzaron a caminar, tras los pasos de Arthur y Charlie. Harry no tenía idea de adónde se dirigían, Ron, Hermione y Ginny tampoco, pero ninguno preguntó. Después de todo, ¿qué importancia tenía?

Caminaron por la ladera de la misma colina que habían subido para llegar al traslador que los conduciría al Campeonato Mundial de Quidditch tres años atrás, pero luego, comenzaron a desviarse. Ginny caminaba abrazada por Harry, ella lo abrazaba por la cintura y él la abrazaba por los hombros. La chica no lloraba, pero sabía que luego, no podría contenerse.

Entraron en un pequeño bosque y fueron internándose en él hasta llegar a un claro en, lo que parecía, el centro del mismo. El padre de Ron dejó de caminar y todos se detuvieron detrás él. En el centro del claro, había una solitaria lápida de Mármol blanco y Harry pudo leer el nombre "Cedric Digory" coronándola. Junto a aquella única tumba, había sido cavado un nuevo pozo de al menos seis pies de profundidad. Allí sería donde enterrarían los restos de Fred Weasley.

Los Weasley, Arthur, Charlie, Bill, Percy, George y Ron, se retiraron un momento para luego regresar cargando el ataúd con el cuerpo de Fred. Arthur, Charlie y Ron de un lado, Bill, Percy y George del otro. Caminaron lentamente con Kingsley, en su rol de amigo y ministro, y por otro hombre vestido con una larga túnica blanca y una estola violeta por sobre ésta, igual que un sacerdote muggle, siguiéndolos por detrás. El último hombre era alto y delgado y su piel morena contrastaba en los blancos paños de la túnica que lo envolvía. Con un movimiento de su varita, hizo aparecer dos caballetes junto a la recientemente cavada fosa, sobre los cuales, los Weasley depositaron el ataúd.

Los presentes se acercaron un poco más y se dispusieron en torno al cajón. El cuerpo de Fred estaba pálido, completamente blanco, igual que la mortaja con la que había sido vestido. Sus ojos estaban cerrados y parecía dormido, su sonrisa se había ido para siempre y sus ojos jamás volverían a brillar, se habían apagado, para pasar a ser sólo un recuerdo en la mente de quienes lo habían conocido alguna vez. Harry no podía creer que el cuerpo que descansaba allí dentro era el cuerpo sin vida de Fred Weasley, pero era consiente de que sí lo era.

El mago con la túnica blanca comenzó a hablar y Ginny se apretó con fuerza contra Harry. El hombre habló con voz clara y potente, pero aún así, increíblemente tranquilizante.

- Estamos aquí reunidos hoy, para despedir los restos del joven Fred Weasley, fiel hijo, hermano y amigo. Perdió su vida en un acto heroico, en muestra de su valía y nunca se rindió, aún conociendo las consecuencias de sus actos – Hizo una pausa - Todos los hoy presentes sienten su pérdida, porque él ha llenado sus vidas de alegría y felicidad. Pero sería bueno que, por respeto a él, no dejen que esa semilla de alegría y amor que él plantó en cada uno de ustedes muera, deben ayudarla, alimentarla para que siga creciendo –

Harry miró a su alrededor, todos, absolutamente todos, lloraban.

El hombre con la túnica hizo aparecer una canasta, cargada con claveles blancos y rojos.

- Les pido, tomen una flor y, cuando ustedes lo deseen, acérquense a depositarla junto al cuerpo del joven – con otro movimiento de la varita, hizo que la canasta flotara en el aire y circulara pasando por delante de cada uno, para que los presentes pudieran tomar una flor del montón.

- Sepan entender que la muerte no es el final de la vida – siguió mientras los allí congregados escogían una flor de la canasta – El cuerpo muere, pero el alma nunca lo hace, sigue estando tan viva como siempre, con la única diferencia de que ya no tiene dónde alojarse y mientras lo recordemos y guardemos en nuestros corazones, el alma de este joven jamás morirá. Hoy, su cuerpo está aquí con nosotros y, puedo asegurarles, que también su alma. Sientan su presencia porque está aquí con ustedes y nunca los abandonará, porque los quiere, los ama. No se sientan solos ni perdidos, porque nunca lo están. Las almas de quienes nos aman, jamás nos abandonan y si nosotros también los amamos, entonces ellos estarán seguros y siempre vivos en nuestros corazones –

Nadie se acercó a dejarle el clavel a Fred sino hasta que el mago dejó de hablar. La señora Weasley fue la primera en hacerlo. Llorando a moco tendido y con un fino pañuelo de encaje negro en su mano, caminó hacia el ataúd con el cuerpo de su amado hijo y colocó el rojo clavel sobre su pecho, contempló por unos instantes la figura inerte del chico y luego, tras enjugarse las lágrimas con el pañuelo, se inclinó sobre él para besarle la frente antes de regresar con su esposo. Él, la tomó fuerte por ambas manos, la besó y luego, se dirigió hacia el centro del círculo que formaban los presentes. Imitó el gesto de su esposa, depositó la flor junto al cadáver, lo besó en la frente y se retiró nuevamente a su lugar en la ronda. Uno a uno, los Weasley, Hermione, Harry y Kingsley, fueron repitiendo aquella especie de ritual, se acercaban, le dejaban la flor, lo besaban o tocaban sus manos y regresaban a sus posiciones; hasta que el cuerpo de Fred, estuvo rodeado de claveles rojos y blancos. Entonces el mago que precedía la ceremonia volvió a tomar la palabra.

- Ahora sí, démosle el último adiós al cuerpo del joven Fred Weasley, que en paz descansen su cuerpo y su alma. Que sea conducido hacia el jardín del Edén, donde merece estar y que su esencia permanezca siempre con nosotros – permanecieron un momento en silencio durante el cual, sólo se oyeron los sollozos de absolutamente todos, incluido Harry, y luego, moviendo su varita con suavidad, el mago construyó una especie de tapa de, lo que parecía, cristal sobre el cajón, que concluyó por sellarlo. Comenzó luego a dirigir el ataúd hacia el interior del foso cavado en la tierra.

"Adios" pensó Harry, ya no volvería a ver aquella figura, sólo en fotografías, pero no sería lo mismo, lo vería, pero el pelirrojo no sonreiría, el brillo de sus ojos, su chispa, se había apagado para siempre.

El ataúd tocó fondo suavemente y el pozo se tapó y la tierra se cubrió de pasto, sobre el que mágicamente comenzaron a brotar numerosas y coloridas flores silvestres, como si nunca hubiera existido tal hoyo. El mago sacó, de algún lugar una pulida placa de mármol y, mediante un conjuro, la selló a la superficie de tierra. Indicaba el nombre de Fred, su fecha de nacimiento y la de defunción y, debajo de todo eso, la célebre frase "La muerte no es más que la próxima gran aventura".

Kingsley se acercó al señor y la señora Weasley para abrazarlos y darles el pésame. Les ofreció su apoyo y luego, se marchó por donde había llegado, para desaparecerse más allá. Al cabo de unos minutos, también se les acercó el mago de túnica blanca y estola morada, los saludó, los Weasley le dieron las gracias y se marchó, por el mismo lugar que el ministro.

Los ocho pelirrojos, Fleur, Harry y Hermione se quedaron solos, en silencio, en aquel claro y entonces, sucedió lo predecible.

George estalló en un llanto contenido, se dejó caer de rodillas sobre la tumba de su hermano, aplastando las florecitas que acababan de crecer, allí donde antes había habido un profundo pozo y, tomándose la cabeza con ambas ambos, echó al aire un grito desgarrador, cargado de dolor, angustia y bronca.

- ¡¿Por qué!? – Gritó - ¡¿Por qué?! –

Miró al cielo, como esperando una respuesta divina y volvió a gritar.

- ¡¿ Por qué él?! ¡¿Por qué mi hermano?! ¡¿Por qué Fred?! – sus gritos se confundieron con el llanto desconsolado del chico, aullidos más que llanto, un aullido de dolor, como si estuvieran grabándole el corazón con un hierro al rojo vivo. Y eso era lo que el chico sentía, el corazón le dolía, le ardía, le quemaba. El llanto desesperado de la señora Weasley se unió al de su hijo. La mujer se arrodilló junto a él y lo abrazó, lloraron juntos, gritaron juntos. Ginny, que sólo se había separado de Harry para ir a depositar el clavel sobre el cuerpo de su hermano, lo dejó ahora para unirse a aquel sufrimiento. El resto de los Weasley estallaron también en llantos, ya no pudieron contenerse, lloraron gritaron y se unieron a aquel abrazo entre George, Molly y Ginny.

Harry contempló la escena desde su lugar y sintió que el alma, el corazón, todo su ser se partía en millones de pedazos, como un delicado y fino cristal haciéndose añicos al caer al piso. Sintió que se ahogaba, quería gritar, llorar, patalear, pero no podía, su cuerpo no respondía. Sentía una fuerte presión en el pecho, el dolor lo abrumaba, le recorría cada centímetro del cuerpo, lo hacía su vasallo, lo ponía a sus pies. Todo se hacía más fuerte estando allí, contemplando el dolor de una familia entera por la pérdida de uno de sus miembros, Fred, que había sido casi un hermano para él, que lo había hecho reír tantas veces, que lo había ayudado en tantas ocasiones. Se unió al abrazo, al llanto, al dolor de aquellas personas que lo habían acogido tantas veces, que lo habían recibido como uno más en su familia.

George, Molly, Ginny, Ron, Arthur, Bill, Fleur, Charlie, Percy, Hermione y Harry, todos de rodillas sobre la tumba de Fred confundidos en un gran abrazo, unidos por la angustia, el dolor, el sufrimiento, la ira, la bronca; sabiendo que Fred no regresaría, que se había marchado para siempre y que ya no había nada que ellos pudieran hacer para que eso cambiara, nada podía traer al chico de regreso con ellos.