Capítulo 10: The Gambler
Al llegar al rellano del tercer piso de aquel edificio sin ascensor de Brooklyn Castle estaba visiblemente falto de aire. Absteniéndose de hacer ningún comentario, Beckett sonrió unos pasos delante de él mientras fingía consultar en su libreta cuál era la puerta que estaban buscando. La detective se detuvo frente al marco del que colgaba una letra C roída por el óxido y la mugre. Sin rastro de esa sonrisa divertida en el rostro, Kate golpeó la madera con el dorso de su mano izquierda.
- Patrick soy la detective Kate Beckett, de la policía de Nueva York. Me gustaría volver a hablar contigo si fuera posible.
Ambos prestaron atención, pero no recibieron respuesta alguna.
- Vamos Patrick, si eras tan buen amigo de Mark como proclamas querrás ayudarme a encontrar a su asesino.
De nuevo, no hubo respuesta. Entonces Castle pidió permiso con la mirada para intervenir. Con un leve asentimiento, la detective se lo concedió. No tenían nada que perder.
- No finjas que no hay nadie en casa Patrick – exclamó el escritor –. Sabemos que estás ahí dentro, el portero nos lo ha dicho.
- ¡No tenemos portero! – exclamó la voz ahogada de Gusano al otro lado de la puerta.
Castle y Beckett sonrieron al ver que la treta del escritor había funcionado. Patrick no tardó en darse cuenta que se había descubierto a sí mismo, ya que se oyeron unos pasos firmes hacia la puerta y el inconfundible sonido de alguien que pasaba la cadenita de seguridad. Acto seguido, la puerta se abrió un palmo y el rostro de Gusano apareció tras ella.
- ¿Qué quieren ahora?
- Que nos ayudes a atrapar al Ruso – respondió Beckett, sin andarse por las ramas.
Era evidente que aquella no era la respuesta que el joven ex presidiario había esperado, ya que el asombro afloró en su rostro de forma inmediata.
El apartamento de Gusano gozaba de todos los lujos que un recién horneado ex convicto podía permitirse. Paredes enmohecidas, suelo desnivelado y baño compartido con el resto de inquilinos de la planta. La cocina, por llamarla de alguna manera, tenía el aspecto de un resort de en sueño para una plaga de cucarachas.
Tal y como les explicó a Castle y Beckett, en cuanto hubieron tomado asiento en unas sillas roídas por las termitas, había contacto con su antiguo agente de la condicional en cuanto le echaron del apartamento de Mark y él le consiguió aquel piso.
- Es una pocilga, pero tiene techo – había dicho Patrick, sintiéndose obligado a justificar por qué un ser humano estaría dispuesto a vivir en aquel antro.
A pesar de que Gusano les había ofrecido la posibilidad de salir para hablar en otra parte más agradable, la detective decidió aprovechar toda la intimidad que pudieran proporcionarle las cuatro paredes que envolvían aquella habitación.
- Patrick necesitamos tu ayuda – dijo Beckett.
- Lo siento, pero no puedo – respondió Gusano, visiblemente afectado.
- Es del asesino de tu mejor amigo del que estamos hablando, tenemos que llegar a él.
- No me está escuchando detective – dijo recurriendo a la tercera persona, a modo de respeto y burla al mismo tiempo –, no he dicho que no quiera ayudaros. He dicho que no puedo. No sé cómo llegar al Ruso. No sé cuando organizará la próxima timba.
Castle y Beckett compartieron una mirada llena de decepción. Habían estado cerca.
- Pero conozco a alguien que seguro que lo sabe…
- No pareces muy alegre por ello – dijo Castle al ver la cara de Patrick
- ¿Es peligroso? – inquirió Beckett
- ¿Para vosotros? No, tranquilos. ¿Para mí…?
Un viaje de más de una hora a través del tráfico de Manhattan los condujo hasta el extremo norte de la isla. Beckett detuvo el coche en la esquina de Sherman Ave con la décima, lugar en el que se encontraba el bar que alojaba el local de Alan Miller, más conocido como El Judío.
- El Ruso, El Judío… Nos falta n un alemán y un afroamericano para hacer un buen chiste.
- Yo de ti me ahorraría ese tipo de comentarios ahí dentro – dijo Patrick justo antes de bajar del coche.
- ¿A qué se dedica El Judío? – preguntó Beckett, con la intención de reunir el máximo de información posible sobre Miller antes de entrevistarse con él.
- Pues aunque me duela admitirlo, y créame cuando le digo que me duele, es posiblemente el mejor jugador de póker que hay en la ciudad. Es el dueño de este bar, pero es pura apariencia. La verdad es que no ha tenido que trabajar desde hace más de 25 años gracias a las cartas.
- Entiendo – dijo Beckett, asimilando lo que aquellas palabras implicaban –. Entremos.
El local de no más de setenta metros cuadrados se dividía en dos partes: lo que había detrás de la barra y lo que había delante de la barra. Cuatro fluorescentes llenos de polvo acumulado por los años colgaban a lo largo del techo, haciendo que el bar contara con una iluminación bastante pobre.
Sentado en un taburete de aspecto bastante precario un hombre que desprendía un extraño olor a vino rancio y agua de alcantarilla parecía buscar las respuestas a sus más que evidentes problemas en el culo de su vaso vacío. Tras la barra, una chica con una larga melena rubia clavó sus ojos en ellos desde el momento en que habían entrado y los siguió con la mirada a medida que avanzaban.
- ¿Quiénes son tus nuevos amigos Gusano? – inquirió, sin detenerse en su tarea de limpiar vasos
- Si te lo dijera no me creerías Mol, ¿está dentro?
- Ahá. Sabes que si son polis no le va a gustar – Beckett y Castle compartieron una mirada reveladora a los ojos de la camarera – Menuda la que te va a caer.
Cuando llegaron al fondo del local se encontraron con una puerta de metal, con una mirilla desplazable a la altura de los ojos. Cuando Patrick la golpeó sonoramente con los nudillos, ésta se desplazó, dando paso a un par de ojos inquisitivos.
- Soy Gusano. Tengo que hablar con El Judío, es importante.
La mirilla volvió a cerrarse sin que el portero pronunciar una sola palabra. Pasaron varios segundos antes de que los ruidos procedentes del otro lado les indicaran que estaban a punto de ser invitados a pasar. En cuanto lo hicieron se abrió ante ellos una sala cuadrangular el doble de grande que el bar que estaban dejando atrás.
Repartidas por toda la habitación había mesas hexagonales, recubiertas con tapetes verdes y rodeadas por unas sillas que llevaban ocupadas más horas seguidas de las que sería decente admitir por parte de los jugadores. El aire viciado debido a la mala ventilación ondeaba al ritmo de 'Fucking in the bushes', que sonaba desde la jukebox que había al fondo de la sala.
- Me encanta – dijo Castle emocionado –, no le falta ni un solo tópico.
El hombre que les había abierto la puerta se dispuso a cachearlos, pero antes de que pudiera ponerle una mano encima, Beckett sacó su placa y se la colocó a escasos centímetros de los ojos.
- Quiero hablar con Alan Miller
Sorprendido, aquel hombre que parecía la versión humana de Robocop le dirigió una mirada severa a Gusano, que tragó saliva sonoramente.
- Esperad aquí
Robocop serpenteó entre las mesas hasta llegar a una que se encontraba al fondo de la sala y en la que se estaba desarrollando una partida entre tres personas. El hombretón se inclinó para hablar a la oreja del que les estaba dando la espalda y esperó instrucciones. Mientras tanto, el nerviosismo de Beckett iba en aumento y no podía evitar preguntarse si no habría sido una mala idea presentarse allí sin refuerzos.
Sin embargo, sin apartar la mirada de la partida, El Judío asintió y Robocop les hizo una señal indicándoles que podían acercarse. Antes de que llegaran, Miller reveló la mano ganadora, haciéndose con todas las fichas que había sobre la mesa y dando por finalizada la partida.
