Instrumentación

Séptima parte

Era completa y absoluta la sensación de confusión que tenía Tsume, le rodeaba y cubría como un manto en helada invernal, tan necesario como incómodo para moverse. Desde la crisis desatada en alguna mañana en que Ibiki se había aparecido frente a su puerta para hablar de un tema algo viejo pero no menos importante, la fatalidad se aferraba a su mundo de forma constante con una ridiculez abrumadora. La presente batalla contra la incertidumbre había sido inevitable, dentro de sus ya repetitivos ratos de inconsciencia el capitán ANBU parecía querer sucumbir al efecto del poderoso y bien acertado golpe a su rostro propinado por la matriarca Inuzuka cuando se encontraron casi en casualidad uno a cada lado de la puerta. Tsume, por su parte, luego de comprender lo que había ocurrido, permanecía con el gato en el regazo a un lado del hombre en la cama en que le había recostado. Cada parte de su mente trataba de separar ideas en busca de una secuencia lógica, pero siempre había alguna que quería imponerse al resto desbaratando cualquier teoría.

Ya amanecía, el sol parecía salir de su escondite con trémula decisión. La mujer continuaba agazapada en el mismo lugar desde hacía… no tenía noción del tiempo, en un lado de la cama recogiendo las piernas, con la cabeza recargada en sus rodillas, con los ojos medio cerrados, no sabía si mirar continuar así.

No había dormido, de eso estaba segura, ni siquiera intentado descansar. Si bien parecía que había vuelto la calma tras seis intentos más por dejar la casa, se dio por vencida y decidió esperar a que Ibiki, que tenía dos manos, hiciera algo respecto al arte ninja que los tenía prisioneros. Ya había improvisado una escayola, su brazo herido se quejaba por el trato recibido en las últimas horas, sin embargo, no era tampoco que estuviera por perder el miembro. Lo soportaría como ocurrió en la guerra.

Miró por la ventana, las calles estaban desiertas, no había nadie o por lo menos no se veía movimiento, el polígono urbano militar del centro de Konoha que alcanzaba a vislumbrar, estaba tan desierto como de costumbre. Soplaba un aire gélido a través de la ventana, alargó la mano hacía la silla cogiendo una manta de lana que había encontrado antes, en su búsqueda de una salida y se cubrió con ella. Mirando nuevamente a través de la ventana, alcanzó a ver un perro cerca en la calle, uno grande, negro y ¡tuerto!

Nunca antes le había parecido tan precioso como en ese momento.

Efusivamente abrió la ventana y empezó a llamar a gritos a Kuromaru, este levantó la vista y se acercó despacio. La mujer arrugó el entrecejo, su compañero estaba cojeando y sucio, cubierto de sangre y lodo, parecía moribundo, no caminaba, más bien se arrastraba por la calle. Miró con más atención, el cuadrúpedo negro tomó el impulso más poderoso que pudo para llegar frente a la ventana.

—Kuromaru ¿Qué pasó?

—Tenía tu rastro cerca desde hace unas horas pero el de los chicos también y decidí seguirlos a ellos.

Tsume no refutó la decisión del animal, más bien pareció aprobarlo con una inclinación de cabeza.

—Estaban los ninken de Kakashi. Kiba y Hana seguían a la invocación que nos emboscó en el comedor, lo cercamos por las aguas termales y conseguimos neutralizarlo, pero nos costó trabajo.

— ¿De qué tipo era?

—No lo sé, tal vez un mono.

—Pero los monos son invocaciones de los Sarutobi.

—Debió ser un mono en algún momento, aunque podría asegurarte que tiene que ver con los experimentos de Orochimaru, ¿Recuerdas esos malditos monstruos?

La mujer chasqueó la lengua, las teorías que armaron con la ANBU de pelo violeta no estaban tan descabelladlas. Un gruñido proveniente de la cama hizo a los dos girar el rostro hacia Ibiki que torpemente se empezaba a levantar.

— ¿Cómo están los chicos? — preguntó ella.

—Hana estaba un poco torpe, pero ella y Kiba hicieron lo que debían, nos llevamos la peor parte los ninken y yo, esos dos siguen siendo cachorros sin experiencia. — se quejó lamiéndose una pata.

—No te quejes y ayúdame, esta casa tiene un jutsu que me no me deja salir.

Si Ibiki fuera como el resto de la población promedio empezaría a preguntar lo sucedido, en dónde estaba y cómo había llegado ahí, pero en lugar de eso, con su penetrante mirada que finalmente era capaz de enfocar apropiadamente las cosas más lejanas a la punta de su brazo estirado, se llevó una mano al cuello y le hizo sonar, lo mismo con los brazos y la cintura, gran parte de su cuerpo estaba ya considerablemente entumido.

El mismo hombre hizo un gesto de asco en cuanto el olor de su propio vómito penetrado en la ropa le llegó a la nariz y se despojó de la gabardina en total y absoluto silencio.

Se levantó de la cama como si nada hubiera pasado, decidió que ya era hora de salir de aquél lugar, echó un último vistazo a la habitación donde se hallaba, indicando con la mirada a Tsume y su compañero que procederían sin mayores explicaciones. La mujer entendió, le dio orden a Kuromaru de esperar afuera.

—Hay una especie de sello que no me deja salir. — fue lo único que pudo comentarle de manera insistente al tema.

Con las manos en los bolsillos del pantalón, Ibiki se movió entre el pasillo como si conociera el lugar, miró en el suelo una lámpara de pie destrozada. El capitán maldijo.

—Así que era eso. — agregó apresurando el paso.

Bajó las escaleras, cruzó la sala con más pinta de estudio que recepción de invitados, tomó la perilla de la puerta haciéndola girar para abrirla y… salir.

Sin absolutamente ningún problema el moreno puso un pie afuera seguido de otro, y otro más hasta estar en el jardín.

— ¡¿Pero qué demonios?! ¡¿Cómo es que…?! ¡¿Pero por qué?!

Él la miró de reojo con el acostumbrado acento sombrío cargado en los ojos.

—Esta es mi casa. — fue todo lo que dijo.

Algo insegura sobre si salir o no, Tsume le siguió exitosamente, comprobando que efectivamente ya había retirado la técnica. Pese a todo podía notar que el ANBU aún continuaba en pie por suerte, estaba muy aturdido, recién había conseguido detener la hemorragia nasal que le había causado en su brusca reacción defensiva, tenía un aspecto horrible y ni hablar del olor que tuvo que soportar, caminó lo más deprisa que pudo detrás de la imponente figura del hombre a la que se había emparejado el negro compañero que tenía.

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Había temas en Konoha que no se tocaban por haberse convertido en algún tipo de tabú, en algún tipo de miedo supersticioso o simplemente porque se había ocultado tan bien que ni siquiera existía archivo de eso en los cuarteles secretos. Ejemplos podrían ser el destierro de Orochimaru, el ataque del Kyūbi, la masacre Uchiha, los trasnoches de Tsunade, o bien, el primer nieto del tercer maestro Hokage.

Sucedió en épocas decembrinas hacía ya varios años, la rubia no estaba siquiera en la aldea pero no por eso estaba mal informada de lo que acontecía en aquél lugar, Shizune se empeñaba en mantenerla al tanto de lo que ocurría y la misma morena le había comentado del incidente con el escalofrío en la espalda.

Asuma sacó el humo del cigarro por las fosas nasales haciendo una breve pausa pero sin despegar la vista del joven casi inconsciente que había estado bajo responsabilidad de Raidō.

Era casi costumbre general que las familias adineradas, civiles o militares, tuvieran al cuidado de sus hijos uno o dos sirvientes de confianza con la capacidad necesaria tanto para limpiar narices sucias como de luchar contra cualquier intruso que intentara poner en peligro la integridad del pequeño. Los Sarutobi no eran la excepción, más aún con la ajetreada vida militar que llevaban sus miembros, no era de extrañar que sobraran las nanas que cuidaran del heredero del clan.

—Eso fue lo último que me dijo. — habló entre olor a tabaco el moreno —No eran los primeros ojos de muerto que cerraba con mis manos, pero esos en particular fueron perturbadores.

—Era una chiquilla. — argumentó Raidō con los brazos cruzados. —Por eso las niñeras deberían ser kunoichi y no civiles.

La puerta de la habitación se encontraba abierta, Aoba permanecía recargado en el vano, frente a él Tsunade con el ceño fruncido y la promesa de golpear algo delineada en cada facción de su rostro. Asuma había contado lo que sabía de la noche en la que el chico desapareció y no estaba del todo convencido de que a quien tenían prisionero era su sobrino perdido.

En aquél sitio, vagamente iluminado del complejo subterráneo de los cuarteles de interrogación, no había ruido alguno tras las palabras del ninja.

Aquél que tenían cautivo ya había sido revisado de todo lo que pudiera revisarse y ni siquiera Tsunade era capaz de asegurar que su apariencia era obra de un genjutsu de alto nivel, lo que veían era lo que había, nada más. De pronto, el joven preso giró su cabeza y les miró, con odio, dolor y venganza. Ninguno hizo algo al respecto, luego de una sesión de interrogación con un aspirante al cuerpo de tortura nadie podía culparlo y agradecido debería estar que no fue Ibiki.

Sin embargo, pronto esa mirada cambió abruptamente y se acompañó de una sonrisa pérfida.

—Tío Asuma. — llamó con un simulado acento infantil —Siempre dijiste que los ANBU eran la élite de Konoha ¿No te da gusto que yo sea uno? ¿Me vas a comprar el ninken dorado que prometiste si lo conseguía? ¿Lo harás?

Asuma dejó caer el medio cigarro que le quedaba.

— ¿Cómo… cómo sabes eso?

—Tú me lo dijiste…

Pero antes de que pudiera continuar Raidō lo golpeó, dejándolo inconsciente de nuevo.

—No te fíes, Asuma-san, tiene información de todos por eso no lo he estado dejando hablar mucho.

—Pero…

—Ya lo dijo Kakashi-san, vivió aquí todo el tiempo.

Y toda duda se disipó en el shinobi que sacaba su cajetilla para tomar otro cigarro que se llevó a la boca pausadamente.

Recordaba aquella noche con el cadáver de una joven muchacha de la aldea que trabajaba en la casa Sarutobi cuidando del pequeño heredero del clan que por aquél entonces tenía unos cinco años o menos. La recordaba a ella porque se trataba de una mujer curiosa, sencilla y que sabía, gustaba de él, sinceramente no podía olvidar su delgado cuerpo a sus pies con la sangre fresca aun en las manos que le cerraron los ojos marrones.

El cigarro se acabó mucho antes de lo que en realidad le hubiera gustado, justo en ese momento también le venía a la mente aquella mañana apenas unos días antes a ese fatídico desenlace en que lo encontró jugando en uno de los jardines privados con unas figuras de madera que le había regalado su abuelo, ya en ese entonces Hokage en segundo periodo. La caja de su chaleco volvió a salir para alimentar su vicio.

El ninken dorado…

Un labrador cachorro muy prometedor que era el orgullo de los Inuzuka por la pronta edad a la que aprendió lo que a otros les hubiera tomado varios años.

Sí, se lo había prometido, pero no había nadie más en ese sitio.

Se pasó una ruda mano por el cuello.

— ¡Tsunade-sama! — llamó un ANBU consiguiendo la atención de todos ante la abrupta interrupción de la tensión que se generaba.

—Morino-taichō está arriba, viene con Tsume-san.

La rubia no se molestó en esconder su sorpresa e indicó que les hicieran pasar.

El pasillo de aquella planta era oscuro y estrecho. Una única luz que sobrepasaba el umbral donde los shinobi estaban reunidos con su líder, ahí en la sala de interrogación, ahí donde una noche más volvían a escucharse las voces de los prisioneros confesar lo que sabían y era necesario para la villa de la hoja. El complejo subterráneo usualmente estaba cerrado a la visita de tanta gente en un solo día, abandonado la mayor parte del año desde algún momento cercano al final de la última Guerra Shinobi y raramente empleado en más de una de sus habitaciones al mismo tiempo. Había sido concebido durante la primera gran beligerancia entre villas como celdas para prisioneros de guerra y reconvertido en cuartel ANBU durante los años más oscuros de la contienda en esa misma época.

La sombría silueta del recién llegado parecía ser el complemento que faltaba en la lúgubre puesta en escena. Con las manos tras la espalda sus pasos silenciosos lo condujeron ante la comitiva reunida, la legendaria Sannin le dirigió una mirada ceñuda:

—Quiero suponer que tienes una buena razón para no haber acudido a mis llamados.

El moreno inclinó la cabeza y siguió su camino hasta la gaveta metálica que se encontraba ignorada en una esquina. Con calma abrió la puerta y sacó una compresa que empapó con el líquido de una botella también ubicada ahí. Con la misma parsimonia se dirigió al prisionero para colocarle el paño sobre el rostro para que al cabo de unos segundos consiguiera hacerle entrar en sí.

—Nunca he sido de la idea de que los héroes usan ondeantes capas que se pierden en el atardecer ante la mirada de todo un pueblo que vitorea su nombre. — le dijo Ibiki con la voz hueca y profunda que solo él podía conseguir —Cuando desperté, aturdido, a eso de la media noche, tenía muchas preguntas que exigían respuesta, pero luego del puñetazo que me propinó Tsume-san, he de decir que se acomodaron las ideas y justo cuando volví a ser consciente, en mi propia habitación, supuse varias cosas que necesito confirmar y complementar con lo que ya me han dicho que sucedió en mi ausencia. La primera de ellas es que tú entraste a la casa Inuzuka, conseguiste inmovilizar a los miembros más fuertes y sacar a la líder, sin embargo, los demás perros del clan no iban a permitirlo, soltaste tu invocación que cumplió su deber y llevaste a tu prisionera al único lugar de donde no podría escapar.

Tsume gruñó un poco.

—No hay ninja más paranoico que Ibiki-san, a su casa puedes entrar pero no salir sin que él te suelte, una táctica que no elimina al intruso y le permite interrogarlo cuando llega.

—Conmigo inconsciente, Tsume no tendría posibilidades de salir, la pregunta es ¿No hubiera sido más fácil matarnos?

Justo como supuso, no obtuvo respuesta de ningún tipo, al menos no de él, Tsunade fue quien prosiguió.

—Kakashi dijo que hablaste mucho, cosas bastante innecesarias para ser un infiltrado.

—Tsunade-sama…— llamó Aoba que solo había estado observando de tal forma que ya parecía más parte de la habitación que activo en la misión — ¿El cadáver que encontró Kakashi-san en el parque del mirador y el que sacamos del salón de demostración son de la misma aldea? — preguntó para salir de dudas, pues a final de cuentas él también trataba de armar la información.

—Sí, Kumo.

— ¿Sabías del salón de demostraciones? — preguntó Genma incrédulo.

—Eh… ¿Sí? — respondió Aoba dudando —Fui ahí cuando presenté…

—Aoba. — interrumpió Tsunade —Pregunta a Yurika si ya identificaron a esos dos.

—Sí.

El Jōnin dejó el lugar siguiendo las indicaciones de la curandera, pero Genma había involuntariamente abierto la boca, escéptico.

— ¿Aoba entró al salón de demostraciones?

—A sacar la basura será. — comentó Ebisu despectivamente.

—Ya quisieran. — dijo Raidō dejando perplejos ambos, ya que él era un ninja con posición privilegiada en el organigrama de la oficina, estaba más enterado de los asuntos oficiales que muchos de sus compañeros.

— ¿Aoba entró al salón de demostraciones? — volvió a preguntar Genma. Un maullido proveniente de una bola de pelo naranja en el hombro de Tsume hizo que el Jōnin dejara su suspicacia original con Aoba.

— ¡Kero! — exclamó acercándose al gatito.

La mujer dejó que el ninja tomara a su compañero de prisión.

— ¿Es tuyo?

—Sí ¿Cómo te saliste de la casa? ¿Te volvieron a secuestrar?

Genma tomó con cuidado al animal y lo metió en su chaleco.

Por un momento, parecía que se habían olvidado del prisionero, o al menos así lo quisieron denotar consiguiendo exitosamente que este les mirara, dudando sobre lo que ocurría a su alrededor, sin embargo, pronto volvió a dejar caer la cabeza hacia el frente en evidente señal de inconsciencia.

—Tsunade-sama, no debería ser tan amable solo porque es joven. — dijo Inoichi Yamanaka pareciendo de improvisto y con los sellos formados de una intrusión mental.

—No contemplaba que Ibiki apareciera de la nada y puedes entrar rápido si está distraído.

El interrogador arqueó una ceja, montar una escena desconcertante para distraer al prisionero, realmente no creía que de verdad hubiera funcionado una táctica tan… tan… tan de academia.

— ¡Ah, lo jóvenes! Tan llenos de energía pero tan faltos de experiencia, nunca se baja la guardia si ya te tomaron prisionero. — dijo el rubio reafirmando los pensamientos de Ibiki.

—Eso es lo que me intriga. — comentó Tsunade —Para tener la osadía de infiltrarse en un grupo tan ridículamente pequeño, está cometiendo muchos errores, hay un par de cosas que quiero que revises con Ibiki, nos enfocaremos en encontrar a su compañero. — ordenó saliendo de la habitación.

—Tsunade-sama.

Esta vez fue el propio Ibiki quien la detuvo.

—Quisiera dejar a Raidō a cargo, yo me haré cargo del segundo intruso, ya sé lo que pretende.

La quinta asintió.

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Ibiki se movió rápidamente entre los árboles, lo seguían Tsume, Kuromaru, Genma, Ebisu, Izumo y Kotetsu. Dirigía la compañía por donde recordaba, había mandado a su clon unos dos días antes cuando de la gaveta de expedientes salió un reporte a primera vista irrelevante pero muy perturbador.

Desde que abrió el caso yendo a la casa de Tsume Inuzuka, supo que algo grande había en medio, pero realmente no se imaginó que acarrearía también la incursión enemiga de una noche y la concatenación de pesadillas seriadas.

Ya había quedado más que claro, obvio y evidente para él, y luego de la fugaz explicación de los hechos, para los demás ninjas también, que se trataba de formar un equipo con algún tipo de Kekkei Genkai. No se pasó por alto la iniciativa de proyecto que hacía algunos años habían querido hacer en beneficio de la Aldea de la Hoja. Pese a la aclaración de que Yondaime Hokage había descartado la idea de separar niños de sus familias en son del avance militar, no se podía simplemente ignorar que todo eso era muy coincidente, que uno de los infiltrados fuera el único niño que no pudo ser salvado de su secuestro.

Toda la clave estaba en los expedientes que Ibiki había desenterrado del olvido, por eso la desesperación de recuperarlos y acallar a quienes estaban enterados: Ibiki Morino, Tsume Inuzuka y Yūgao Uzuki.

Lo que faltaba por cuadrar era porqué no los habían matado con tan clara oportunidad, ni siquiera Yūgao estaba herida de muerte aunque corrió con menos suerte que los otros dos.

Casi llegaban a los límites de la aldea, un claro en el bosque dejaba entrever el muro que pese a todas las inclemencias del tiempo parecía tan sólido como cuando se erigió hacía ya muchos años.

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La habitación del hospital no tenía cortinas, los vidrios se hallaban impecables y de no ser por el tenue reflejo que devolvían de su figura postrada en la camilla, tal vez no sería posible saber que ahí estaban. La reluciente marquetería de aluminio blanco se deslizó suavemente sobre el riel engrasado.

Kakashi, pese a su cansancio, percibió el movimiento no pudiendo evitar que sus pupilas se movieran bajo los párpados cerrados hasta donde una figura se adentraba a su habitación, silente y ágil, parecía preparar algo con prisa pero dedicación.

¿Una enfermera?

No, una enfermera no hubiera entrado por la ventana.

El peso y el suave crujir de la almidonada sábana le indicó que se había sentado a su lado. Abrió los ojos empezando a buscar alguna reserva de energía para reaccionar cuando sintió un kunai trazar un camino en la piel de su brazo izquierdo que era lo único descubierto por las vendas, pero no consiguió más que un quejido que fue silenciado por un ANBU con máscara de mono.

— ¿Qué…? — mustió reconociéndolo como el rival con quien combatió por la noche y a quien había llevado en calidad de prisionero.

—No tenemos mucho tiempo, ya inicié el jutsu. — fue lo que le dijo —Kakashi-senpai, no se mueva yo haré todo.

— ¿Qué haces?

El ninja copia no podía sentir intenciones asesinas en aquél muchacho que ya se había despojado de la máscara, revelando las facciones del tercer maestro Hokage que ni siquiera Asuma había heredado con tanta precisión. Aunque había que denotar que tampoco las había sentido cuando se enfrentaron y lo dejó a un centímetro de perder los pulmones.

Aquél muchacho había usado su pecho como escritorio sobre el que trazaba unos símbolos con la sangre que había hecho fluir con el kunai.

— ¿Cómo escapaste?

—En realidad nunca me atrapaste, tengo dos invocaciones y una puede tomar mi apariencia tan exacta que nunca descubrirían que es falso, esa es su habilidad. La otra la solté en la aldea para distraer gente. Lamento los inconvenientes, es difícil de controlar su carácter.

Kakashi solo le miraba con calma, ya asumía que se había hecho cargo de los ANBU que hacían de custodios. Realmente había momentos en los que se preguntaba si de verdad la élite de Konoha formaba parte de ese cuerpo o eran meros rellenos en el protocolo, pero no pudo evitar su sorpresa cuando sacó un frasco con un perturbador contenido.

—Fue una verdadera suerte que estos aún se conserven. No fue fácil robarlos. — dijo quitando un sello que preservaba la escalofriante conserva —Kakashi-senpai ¿Sabe porqué se dice que para tener un Mangekyō Sharingan debe morir el mejor amigo?

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Los primeros en atacar fueron Tsume y Kuromaru, los ojos delineados con ojeras de la mujer no dejaban de mirar fijamente al sujeto con el que se habían encontrado. Ibiki los había dirigido a un punto que usaba como escondite de vez en cuando y justo en donde había ocultado duplicados de los expedientes.

Se trataba de un ANBU, concordante con la descripción de Asuma sobre el agresor de Kakashi, y por ende el que faltaba por capturar.

El escuadrón se desplegó a su alrededor avanzando rápidamente con la esperanza de no dejarle brecha para que hiciera algún jutsu de escape.

Genma fue el primero en hacer táctica de inmovilización lanzando una oleada de kunai importándole poco si apresaba músculos o solo ropa, con la maniobra más rápida que pudo ejecutar consiguió ocultar un senbon envenenado dentro de la marea metálica, este sí con la precisión que tanto le hacía sentirse orgulloso.

Ebisu reforzó por un costado el ataque del maestro del senbon para cerrar una posible ruta de escape, mientras que Izumo y Kotetsu hacían lo propio por los otros dos flancos. Tsume y Kuromaru se lanzaron en picada desde arriba pero para cuando la mujer consiguió acertar una estocada, la estela de humo liberada les hizo consientes de que habían fracasado el intento por capturarle.

Casi enseguida, Genma cayó al suelo con la ropa manchada en el más absoluto amago de fatalidad reflejado en el filo de la espada que le había perforado el chaleco y el pecho. Ebisu reaccionó para apartar al ANBU enemigo de su compañero de una patada pero nuevamente el impacto fue recibido por nada.

Tsume soltó un gruñido de frustración volviendo a ajustar el vendaje de su brazo dándole la orden a Kuromaru de moverse tras el ninja que escapaba y había alcanzado una gran distancia según pudo reconocer con la nariz.

Ebisu se quedó con Genma y en el camino siguieron Izumo, Kotetsu y Kuromaru guiados por la matriarca Inuzuka. En ese momento el instructor de élite se ajustó las gafas oscuras.

—Ibiki-san tiene la mala costumbre de desaparecerse en momentos cruciales. — dijo al aire ayudando al Tokubetsu Jōnin a incorporarse —No te muevas mucho, Genma-san, creo que no tocó órganos vitales pero estás sangrando mucho. — agregó.

Justo cuando los dos desaparecían, Ibiki terminó los sellos de apertura de su escondite solo para confirmar lo que ya sospechaba, el ANBU había conseguido sacar los documentos. Maldijo por lo bajo.

Se quedó meditando unos minutos. Ya habían ido a su departamento, revisando donde tenía otro juego de copias y tampoco estaban, no estaban las del bosque y tampoco estaban en su poder las que tenía en una bolsa de la gabardina cuando despertó.

Trató de hacer memoria, algo importante se le escapaba y no era capaz de distinguirlo.

Repasó los hechos, luego de unas pastillas cortesía de Tsunade y su obsesión por medicar a todo el mundo, la jaqueca estaba finalmente cediendo, lo que le permitía empezar a usar el mayor talento que tenía: el análisis.

Los dos eran jóvenes, eso le quedaba claro desde el principio.

Habían tenido entrenamiento ninja de élite desde pequeños, eso ya era obvio luego de pasar a burlarse de prácticamente todos los ninjas de Konoha.

¿Les faltaba experiencia?

Ciertamente habían cometido errores absurdos empezando por el hecho de que realmente habían evitado en la medida de lo posible las bajas, salvo por varios perros de los Inuzuka, los dos de Kumo y un ANBU suyo, nadie más.

¿Un ANBU suyo?

Toku…

Fuera de haber ayudado a Yūgao a buscar expedientes en la bodega no había hecho absolutamente nada, por órdenes suyas se le mantuvo al margen en cuanto a información y, sin embargo, era el único occiso de Konoha.

Se llevó una mano al rostro maldiciendo de nuevo ¿Cómo no lo pensó antes?

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Kakashi no había sido capaz siquiera de moverse o decir algo, solo miraba anonadado el frasco frente a él donde dos globos oculares flotaban inertes en una solución más efectiva que el formol como para haber mantenido intactos el par de ojos que revelaban como en un cristal opaco, el mayor legado del clan Uchiha.

¿Por qué debía morir el mejor amigo?

Porque otra persona no sería capaz de hacer el sacrificio…

Tenía los dos ojos abiertos, el cuerpo atenazado con un poderoso dolor en la espalda causado por la expansión exagerada de sus pulmones para respirar.

¿Cómo fue a permitir que pasara de nuevo?

Haciendo amago de toda su fuerza consiguió empezar a mover los dedos, tenía que detenerlo, tenía que hacerlo…

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Ibiki ya había regresado al centro con el debido reporte de apoyo para el equipo que ya había iniciado la persecución del ANBU tigre dando incluso la orden de que el resto de los miembros del escuadrón táctico de eliminación que portaran la máscara de ese animal la cambiaran temporalmente por otra, luego de que Aoba lanzara una llamarada contra un ninja que se acercaba a la torre siendo que este solo regresaba de misión y procedía reportarse.

El capitán interrogador consiguió entrar al recinto donde guardaban el cuerpo de su subordinado. Revisó sus pertenencias, tras no encontrar nada relevante procedió a revisarlo a él. Inclinó la cabeza con respeto para enseguida retirarle los pedazos de máscara que los médicos no debían mover con tal de no descubrir su identidad.

Aquél individuo había trabajado con él por unos seis años, cumpliendo hasta con el mínimo detalle de protocolo, escalando posiciones por la eficiencia de su trabajo y lo recatada de su personalidad. Un tipo singular al que se le podía encargar desde una taza café perfecta hasta que interfiriera un mensaje de alta confidencialidad, tal y como un ANBU debería ser.

Con algo de dificultad debido al rigor mortis que ya presentaba, consiguió finalmente abrirle la boca.

—Lo que de mi boca salga, que a mi capitán de ventaja…— susurró Ibiki repitiendo el juramento particular que le había hecho aquél subordinado suyo cuando se le asignó a su división al tiempo en que observaba una pequeña pieza metálica similar al ala de un ave.

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Según muchas revistas femeninas, el cabello ondulado resultaba muy atractivo. además de resaltar a las mujeres que lo poseían. Kurenai era una de las afortunadas con ese tipo de cabello, y si bien le encantaba atraer miradas con su larga cabellera negra, sabía que no era nada fácil luchar contra el frizz, en especial en los días más húmedos.

Por tanto, pasar una noche sin dormir luego de regresar de una misión fuera, moviéndose de un lado a otro de la villa en pleno diluvio, neblina y tormenta eléctrica incluidas, había resultado en algo poco agradable para presumir. Solo se pasó una mano por las hebras negras queriendo aplacarlo.

Solo un poco más y conseguiría levantar las artes ninja que sobre la aldea se había cernido tomando desprevenidos a más de uno. Se humedeció los labios.

—Kurenai-san.

La mujer no giró la vista pero inclinó la cabeza denotándole al hombre que lo había escuchado.

—No tengo mucho tiempo, pero quiero que me confirmes algo. — dijo Ibiki mirándola hacer una secuencia de sellos de liberación.

— ¿Esta técnica podría pertenecer a los Kurama?

Kurenai se interrumpió a sí misma, relajó los hombros volviendo a tratar inútilmente de acomodarse el pelo.

—… Sí.

— ¿Por qué no lo especificaste en tu reporte?

—Hay ciertas… inconsistencias… Empezando porque no hay con vida ningún miembro capaz de hacer algo de este nivel, no tengo pruebas para señalar al clan.

—Yo sí. — dijo enseñándole la pieza que extrajo de la boca del ANBU.

La sorpresa en el rostro de Kurenai no se hizo esperar.

— ¿Pero cómo…?

—No estoy seguro, a Toku no le dieron tiempo de escribirme un reporte detallado, pero usó su técnica de ácido para hacer esto con una moneda. — explicó sin entregarle el objeto a la maestra del genjutsu, mismo que volvió a la bolsa de su pantalón.

—Si eso es cierto, supongo que deberé dejar de perder el tiempo aquí y unirme al equipo de rastreo.

Ibiki asintió, esa era la única razón por la que fue a verla, la técnica que pesaba sobre Konoha no se retiraría hasta que el usuario que la había desplegado quedara completamente sometido, y para ello necesitaba a la única persona que no pertenecía al clan Kurama con el nivel suficiente para lograr semejante hazaña.

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Kakashi sentía la tibieza de la sangre caerle en el rostro, aunque era algo tarde para reaccionar.

Sabía de antemano que más de la mitad del personal en el hospital estaba involuntariamente fuera de servicio. Poco más de un cuarto del cuerpo militar estaba compuesto de Genin y como sucedió durante el ataque de Orochimaru hacía no más de un año, estaban completamente bloqueados por el jutsu desplegado. Con todo eso, al menos dos cuartos más estaban repartidos fuera de la aldea tratando de conseguir ingresos económicos y los restantes muy seguramente estaba enfocados en encontrar al intruso, dejando de lado la tarea de cuidar al convaleciente ninja copia.

Hacía unos momentos contaba una pequeña escuadra de a lo mucho cuatro ANBU en el hospital, pero estaba casi seguro de que residían inconscientes, o muertos, en el suelo.

No pudo evitar el llenarse de impotencia. Menos mal que esta vez no se había encontrado con Asuma ahí, la revelación de su presencia habría sido para aquél desdichado que moría a su lado, un golpe fatal a su silenciosa batalla por defender la villa vistiéndose de enemigo incluso ante los ojos de su tío.

No era el primer héroe que moriría sin ver su nombre en el monumento a los caídos.

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Kotetsu había lanzado su invocación con lo que podría llamarse desesperación intempestiva, aquél sujeto se escapaba como agua entre los dedos y lo peor era que realmente ya no sabían si se trataba de un genjutsu o no, ya que los había estado burlando de esa manera desde hacía largo rato.

Ibiki llegó cuando Tsume había salido despedida directamente contra la muralla atrapándola al vuelo, recibiendo entonces la mayor parte del impacto, aunque la complexión ruda de su anatomía le permitía resistir eso y tal vez más. Por su parte, el cuerpo de la kunoichi se hallaba maltrecho, había estado recibiendo castigo continuo desde hacía dos días, particularmente en su brazo, inutilizándola para hacer sellos, lo que de por sí era la mayor desventaja que pudiera tener un ninja, muy seguramente no había comido y su técnica de línea sucesora no era propiamente para combate.

La sujetó por la cintura en cuanto ella quiso incorporase para continuar dando apoyo a Izumo.

—Deja que nosotros nos hagamos cargo. — le dijo el capitán dejándola sentada en el suelo.

Tsume gruño al ser tratada de esa manera, pero el dolor punzante la obligó a quedarse quieta mirando al capitán entrar en combate resaltando sus limitadas dotes de taijutsu, pero había que reconocer que si se había lanzado al combate, era porque algo tenía en mente, Ibiki no era del tipo impulsivo-suicida.

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Kakashi pasó su adormecido brazo por sus ojos tratando de limpiarse la sangre. Se levanto de la camilla usando toda la fuerza que pudo conseguir tras los relativamente pocos minutos que había conseguido estar recostado, intentó apoyarse contra la pared más cercana para poder mantener el equilibrio de alguna manera.

Luego de que terminó aquella secuencia, ambos ojos, no solo el del sharingan, habían empezado a sangrar desde los lagrimales dejándole prácticamente ciego. A tientas llegó hasta la silla donde se habían colocado sus pertenencias, o lo que quedaba de ellas. Su chaleco quemado tenía afortunadamente intactos los bolsillos delanteros de los que sustrajo las píldoras soldado.

Lo normal era que solo se tragara una cada cierto periodo, aunque ya había abusado de la dosis recomendada durante sus combates nocturnos. Además, si en ese momento quería usarlas, debería ser una, pero lo mismo le daba tragarse toda la caja. Cuando la situación lo ameritaba, los consejos médicos se los pasaba de largo tal y como haría cualquier otro.

Con algo de trabajo consiguió llegar al cuarto de baño sin tirar nada y sin caerse, abrió las llaves del agua enjuagándose la sangre que prácticamente lloraba recobrando tras unos momentos una nublada perspectiva de su entorno. Luego de secarse se pasó la mano por la barbilla áspera a falta de rasuradora en casa desde hacía tres días y ausencia de ánimos para hacer fila en la única tienda de autoservicio en la aldea.

Se miró al espejo para confirmar lo que ya sospechaba y vistiéndose con los jirones que quedaban de su uniforme se preparó para salir.

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El ANBU tigre estaba acorralado, Ibiki había pedido a Kurenai se mantuviera al margen hasta que lo tuviera en un rango adecuado para atraparlo a él en una ilusión.

Kotetsu se frotó los ojos con desesperación.

—Ya no sé quien me tiene. — dijo liberándose una vez más.

Y de pronto, justo cuando estaba por hacer algo bastante desagradable… todo terminó.

Flexionó las rodillas con la mano en el estomago queriendo tranquilizarlo, Izumo estaba sentado al frente, igualmente mareado, Ibiki había hecho tronar su cuello y Tsume que se había reincorporado al equipo haciendo a su brazo la más rudimentaria técnica de inmovilización, solo volvió a gruñir, acto que repitió Kuromaru lamiéndose una pata.

—Kurenai ha ganado. — declaró el capitán ANBU.

— ¿Y el otro? — preguntó Kotetsu.

Kurenai bajó del árbol desde donde había estado trabajando.

—Ha escapado, pero no llegará muy lejos, está demasiado aturdido.

—Igual que tú. — dijo Tsume tendiéndole su brazo sano para que la maestra del genjutsu se apoyara.

—Y que yo. — se quejó Kotetsu no pudiendo controlar la contracción de su abdomen y finalmente vomitando frente a todos.

—Lo siento. — agregó limpiándose la boca.

—Tsume-san. — llamó Ibiki ignorando lo anteriormente ocurrido porque la misma sensación tenía él, pero en su caso, debido a que ya no tenía nada en el estómago tal vez sacaría las viseras —Será mejor que lleve a Kurenai-san al hospital, ha hecho un gran esfuerzo por sacar a todos del genjutsu desde anoche.

—Tengo la impresión de que solo quieres deshacerte de mí. — se quejó la aludida —Que la lleve Kotetsu, él necesita ir para allá también, yo debo ser el rastreador. — agregó.

Dos ninjas menos estaban en la comitiva y aunque Kotetsu debía ser quien escoltara a la agotada kunoichi, más bien parecía que ella terminaría por llevarlo en brazos.

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— ¡Tsunade-sama! — gritó Sakura entrando a la oficina — ¡Kakashi-sensei no está en su habitación! — agregó alarmada de sobremanera luego de haber ido para visita médica y solo encontrar a un ANBU muerto sobre un charco de sangre que no dejaba vestigios de las sábanas blancas que originalmente se habían colocado.

La propia Tsunade había corrido al sitio junto con Shizune, que pese a haber sido relevada por Sakura en la noche, en realidad solo lo habían hecho para que la Jōnin se uniera y liderara un grupo de médicos que buscara identificar a los dos occisos de Kumo.

—Creí que se había determinado que eran solo dos. — dijo Shizune severamente.

La quinta frunció el entrecejo.

—Vamos a la sala de interrogaciones.

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Colina arriba, eso era todo lo que podía distinguir en esos momentos, que iba colina arriba.

La muralla de Konoha había quedado atrás junto con su máscara ANBU, misma que había tenido que retirarse para tratar con poco éxito de mejorar su percepción. Casi olvidaba hasta dónde llegaba el poder de Kurenai en el campo del genjutsu.

De momento, cayó de bruces, respiraba agitadamente, situación agravada por la armadura ceñida y la tela ajustada. La hierba le hacía cosquillas en la nariz, los párpados pesados le hacían saber que pronto quedaría inconsciente. Tosió, realmente era un poco iluso el haber pensado que entrar a Konoha, llevar a cabo su plan y salir, era posible.

Escuchó los pasos amortiguados por la verde cama que lo acogía en ese momento.

—Y pensar que en su momento creí que ustedes dos eran solo basura. — dijo un ninja vestido de negro aproximándose parsimoniosamente hasta donde estaba tendido.

Aquél ANBU levantó el rostro encontrándose con un individuo conocido de máscara naranja.

—Tú… — dijo sin ser capaz de formular otra frase.

—Los únicos bugeisha no ikkyo. — repitió el enmascarado haciendo que el otro tratara de levantarse — ¡Pero qué niños tan desobedientes! — agregó.

—Parece que al final no apagaste nuestra voluntad de fuego.

—La voluntad de fuego ¿Eh? Fue ese maldito Sarutobi, y yo que creí que no lo recordaría…

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Kakashi estaba agitado. Invocando a Pakkun que no se mostraba del todo feliz por ser llamado nuevamente, consiguió ubicar al otro intruso que faltaba, gracias también a que, por lo visto, este ya no se movía con la misma exasperante habilidad que había mostrado en la madrugada.

El cuerpo sin vida tendido a sus pies le reprochó que había llegado tarde.

El ninja bajó Hitai-ate cubriendo su sharingan en cuanto escuchó al grupo de Tsume llegar.

—Buen trabajo, Kakashi-san, aunque fue gracias a Kurenai-san que lo atrapamos. — dijo Izumo acercándose para cargar al sujeto y llevarlo ante la quinta.

Pero Kakashi no se movió de su sitio, si no habían sido los de Konoha ni tampoco él ¿Quién remató al tigre?

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La silla de madera fue reducida a astillas frente a los ojos de Raidō al tiempo en que su prisionero parecía transformarse en algo que no supo definir.

—Hiruzen-sensei tenía un contrato con los monos. — dijo la rubia viendo la transformación del prisionero —Su favorito y mejor amigo era Enma…— agregó.

—Pero había más, recuerdo a uno que podía transformarse e imitar perfectamente…

El cuerpo del prisionero se reveló como una criatura de pelo negro pegado a los huesos, casi como si careciera de carne. Solo unos mechones más largos colgaban en alineación a su columna por demás notoria. Las manos huesudas se recogieron al frente y las piernas hicieron lo mismo a la altura del pecho quedando sentado en el suelo.

Los enormes ojos biliosos miraban a la Sannin fijamente, la boca de dientes amarillos y dispares se abrió dejando hilos de espesa baba uniendo las casi podridas piezas

— ¿Ya encontraron a Sa-chan? — preguntó la criatura con una voz aguda y cantada.

—Eso explica porque sus recuerdos son tan confusos. — dijo Inoichi mirando incrédulo lo ocurrido.

—Ven conmigo. — le dijo Tsunade —Ven, Ikoro.

La criatura se incorporo denotando aun más la brutal forma en que se marcaban sus huesos.

—Tsuna-chan siempre fue la más lista. — agregó moviéndose al lado de la rubia.

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—Lo siento. — se excusó Hana retirándose de la camilla donde tenían sujeta a la invocación que capturaron ella, su hermano, Kuromaru y los ninken de Kakashi.

—Tiene un sello, al ser capturado un veneno se expande por su cuerpo. — explicó la veterinaria a la Hokage que había entrado con otra criatura de dudosa procedencia, esta, sin embargo, se acercó a la camilla donde un cuerpo humano esperaba la revisión de lo ocurrido en la habitación de Hatake Kakashi.

—Sa-chan, yo te obedecí. — dijo la invocación con su tono silbato de voz al cadáver del ANBU sustraído del hospital, —Sa-chan, Ikoro te obedeció. — repitió acercándose al muchacho pálido y moviéndolo un poco con la mano huesuda: —Sa-chan…

La invocación que estaba con Hana resopló inundando la habitación de un nauseabundo olor y luego de un gruñido apagado se quedó en total silencio sacando un líquido púrpura por entre las fauces desprovistas de labios que le hacían parecer que siempre sonreía.

—Sa-chan…— y el agudo llamado se volvió un llanto desgraciado.

—Tiene el mismo sello. — comentó Hana luego de mirarlo unos momentos.

—No tarda en caer presa de él. — agregó casi enseguida de que los chillidos se vieron interrumpidos por la presencia de una espuma blanca en el hocico.

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Tsunade no dio detalles, y a sus ninjas les bastó saber que la incursión había sido exitosamente repelida. Uno a uno salieron de su oficina entregando los reportes faltantes y se reservó el derecho de hablar respecto a lo ocurrido con el chico supuestamente Sarutobi y las dos invocaciones. A Asuma le dio una verdad a medias confirmada por Raidō e Inoichi sobre que se trataba de un impostor y no su desaparecido sobrino, pero omitió completamente el incidente del hospital con el cadáver de su verdadero pariente.

Yūgao no estaba bien, pero al menos habían conseguido romper el sello de su jutsu usando la sangre del cuerpo traído por Kakashi, a la mujer solo le esperaba una larga y tediosa recuperación.

Pero ella simplemente no podía ignorar, no podía olvidar, no podía simplemente apartar de su mente el recuerdo de dos juguetones monos que durante su infancia en entrenamiento se convirtieron en el desahogo de la rutina militar.

El tercer maestro Hokage no dio mayor importancia al hecho de que un día, simplemente no respondieron al ser invocados.

Orochimaru…

¿Habrían sido también parte de las primeras pruebas? Lo había hecho con sus propias serpientes y varias ratas, pero…

No entendía nada, pero de momento a lo que ponía prioridad era a Kakashi, o más específicamente, al ojo trasplantado de Kakashi.

—A simple vista no se ve diferente, pero tendremos que revisar para confirmar su evolución.

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Ibiki llegó arrastrando los pies, necesitaba un buen baño y dormir, porque pese a lo que pudiera creerse, estar inconsciente no era dormir, mucho menos descansar.

Se sacó lo que le quedaba de ropa y tras una ducha larga que le aseguró que ya no olía a vómito o similares, se metió a la cama cerrando la ventana con una gruesa cortina que no había usado hasta el momento. Definitivamente necesitaba cerrar los ojos, requería descansar para pensar con calma y encontrarle sentido a todo, en ese momento en que podía decirse que el peligro había pasado.

Dejó caer su fornida humanidad, al cabo de unos minutos ya podía sentir el alivio en su espalda pese a que su colchón distaba de lo ortopédicamente recomendable.

Se sumía en el merecido descanso cuando de pronto:

— ¡No! — un grito de desesperación sonaba estridente en el piso de arriba — ¡Ya es tarde! ¡No! ¡No! ¡¿Por qué no sonó el despertador?! — se quejaba haciendo el ruido pertinente de levantarse a toda prisa para vestirse y preparar sus cosas.

Ibiki ahogó un quejido en la almohada. Debió de suponer que el genjutsu le pegó fuerte y le afectó más de lo normal como para que a las once de la mañana, casi al medio día, se fuera despertando cuando incluso los civiles habían reaccionado a eso de las nueve.


Comentarios y aclaraciones:

*suspiro* al fin terminé, ya sentía que no llegaba luego de los intentos de asesinado de Kishimoto para mi musa.

Pero aquí está la continuación, este fic es lento pero seguro.

¿Dudas? No digan que no las tienen, yo sé que sí

¿Comentarios? Si les gustó opinen, si no, también.

¡Gracias por leer!