*Banda Sonora recomendada para el capítulo: Lorena McKennit, Kecharitomene, The Mystic's dream, The Old Ways.
Capítulo 10
Tristán e Isolda
Los días y los meses fueron pasando. Cualquier suceso pasado poco a poco fue siendo olvidando, y en sus clases Erik y Christine fueron recuperando la normalidad y la confianza anterior. Sin embargo, lo que antes había sido un roce o un gesto accidental puramente inocente, vetado por una absurda norma, ahora con el cambio de legislación era cada día más frecuente... y con una intencionalidad más definida. Ambos fingían no percatarse de ello. Que para hacer una simple indicación en la partitura, Christine no necesariamente debía posar su mano sobre el hombro de Erik, o que para mostrar a Christine cómo corregir su postura, Erik no tenía porqué ponerle la mano en la nuca o espalda. No, no era necesario, pero empezaba a convertirse en una necesidad. Aunque ninguno de los dos quisiera admitirlo, y ni siquiera pensarlo, coqueteaban constantemente. Se negaban a recordar la impresión que causaba el uno en el otro cada roce, cada contacto, cada mirada. Trataban de esconder sus sentimientos tras el velo de la música. El problema era que, tratar de apagar un fuego con cerillas no hacía sino acrecentarlo.
Las composiciones de Erik cada día eran más truculentas y apasionadas, y consciente de su peligro, prefería esconderlas a su pupila. Y lo último que deseaba en aquel momento era otro Don Juan. Técnicamente, tal vez desear no fuera la palabra idónea. En verdad Erik quería conformarse con su actual relación con Christine, y creía estar contento con el orden actual de las cosas. Al menos a un nivel consciente, racional. Pero no podía evitar desear mucho más. Trataba de engañarse a sí mismo, pensando que era absurdo, que ella jamás podría amar un monstruo como él. Sin embargo, era consciente que algo en ella había cambiado. Había algo en sus miradas, sus gestos, sus palabras... diferente.
- ¿Erik? -preguntó Christine, deteniendo su canto, al ver que el rumbo de sus notas había variado.
- ¿Qué? -murmuró Erik distraído- Oh, lo siento -repuso, apartando las manos del teclado en un espasmo.
- ¿Qué era eso? ¿Es algo que estás componiendo? -inquirió ella, con curiosidad.
- No, no, solo me he distraído un momento. Volvamos al principio.
- Últimamente no compones nada.
Erik se removió inquieto en la banqueta.
- No sabía que ahora además de cantar de encargas de vigilar mi producción artística. Aunque sospecho que tu cambio de tema tiene más relación con tu incompetencia a la hora de cantar Wagner.
Christine dio un resoplido. Aunque conocía de sobras la táctica defensiva de Erik (cuando se sentía atacado tendía a responder con un ataque proporcional o mayor) Christine no podía evitar sentirse dolida ante tal acusación.
- ¿Perdón?
- No he podio evitar distraerme, tu interpretación era sumamente aburrida. Te has limitado a cantar cada nota sin sentir realmente la melodía -prosiguió Erik, con fría severidad.
- ¿Melodía? ¿Qué melodía? ¿Puedes explicarme dónde está? No entiendo esta música. Además, ¿qué sentido tiene? Jamás podré cantar con semejante carga orquestal. Lo sabes bien, Erik, este no es mi estilo.
- A ver. ¿Quién es el maestro aquí?
Christine no dijo nada, se limitó a cruzarse de brazos y lanzarle una mirada de odio ante tal arrogancia.
- ¿Quién es...? -volvió a repetir con la paciencia que tratan los maestros a sus alumnos.
- Tú, ¡tú!, ¡TÚ! -exclamó ella, enfurecida, levantando las manos y dejándose caer sobre una silla.
- Nunca creí que serías víctima de los arrebatos de las Divas.
Christine suspiró con exasperación.
- ¿Puedes al menos explicarme por qué?
- ¿Por qué, qué?
- Porqué Wagner.
Erik pareció meditarlo.
- Creo que es un tipo interesante.
Christine arqueó una ceja.
- Bueno, ya sé que no tienes... volumen suficiente para ser Isolda, pero... lo que me interesa es lo que implica su música. El personaje. Hasta ahora todo lo que has hecho ha sido muy, digamos, inocente, liviano. Tienes que evolucionar, ser capaz de ampliar tu registro, hacer personajes más complejos. Quiero que seas más... Es complicado de explicar, tan sólo es algo que se puede sentir... tal vez si...
Erik no prosiguió con su discurso, se limitó a levantarse limpiamente de la banqueta y ofrecerle una mano a Christine.
- Vamos, tenemos que ir a un sitio.
Christine miró la mano que le tendía sorprendida.
- ¿Ahora?
- Es ahora o nunca -replico él, con un gesto expresamente teatral.
- ¿Y soy yo la que tiene arrebatos? -le reprochó, con ironía, aceptando la mano tendida.
Tras hacer gala de sus conocimientos subterráneos de París y otros tantos recursos varios (entre ellos un manojo de llaves maestras importante que habría varias puertas vetadas a las personas molientes), Christine comprendió qué pretendía Erik. La había llevado a un teatro, nada deleznable, con un importante patio de butacas, juego de escenarios y ni que hablar del abundante atrezzo que escondía tras la escena.
- ¿Cómo lo haces? -le preguntó Christine, maravillada ante los privilegios que le ofrecía Erik al ser su maestro.
- Soy un ex-fantasma, ¿recuerdas? Puedo entrar y salir de las casas a placer.
- Espero que sea lo único que conserves de fantasma.
- Bueno, vayamos al grano. Dime qué necesitas para ser Isolda. Luz, vestuario, escenario... haz lo que sea necesario para meterte en la piel del personaje.
Christine pareció meditarlo. Echó un vistazo al escenario, mirando los objetos esparcidos aquí y allá. No eran muy ordenados en aquel teatro que digamos...
- Enséñame el vestuario.
Erik hizo un gesto con la mano para que le siguiera. Tras el cortinaje, Erik fue hacia un rincón en el que había una portezuela. La abrió volviendo a hacer uso de su magnificente llavero y se apartó para dejar pasar a Christine. Erik le pasó el candelabro y la dejó sola entre ropajes.
- ¡Espera...! -exclamó ella, pero ya era tarde. Debía de haber ido a ver qué podía hacer con el material que les ofrecía el teatro.
Christine suspiró con resignación. Esperaba que Erik la hubiera ayudado a elegir... esperaba que hubiera escogido algo para sí mismo... pero había ciertas improvisaciones que no entraban en los planes de Erik. Era una lástima, pero si las cosas eran así, tendría que conformarse con lo que ella escogiera. No es que ella fuera una experta en vestuarios, francamente, para ella era un alivio que otra gente se encargara de ello. Tampoco había comprendido nunca esas divas tan preocupadas por su vestido. Para ella cualquier cosa estaba bien. Miró un poco por encima y pronto encontró algo que parecía... ¿medieval? Era un cuento medieval, ¿no? Tristán e Isolda... Sí, recordaba haber visto algún dibujo. Inclusive las mallas que solían llevar los hombres. Una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios.
Erik observó desde el patio de butacas la composición escénica. No estaba nada mal, para el material que tenían. Lástima que el piano tuviera que estar en el foso, desde allí sería difícil hacerle indicaciones a Christine. Tal vez si cogía una cuerda y hacía palanca podría sacarlo...
- ¿Erik? ¿Dónde estás?
Christine salió de entre los cortinajes ya cambiada. Llevaba un vestido rojo muy humilde, sin corsé, suelto, apenas con unas bordaduras en las costuras. Típico de ella, nunca le había gustado la opulencia. En verdad ella ya era perfecta tal y como era, cualquier decoración sobraba. Erik prefirió no mostrar su posición inmediatamente. Se permitió a sí mismo quedarse allí en silencio, deleitándose con la vista. Era preciosa. Sus movimientos, gráciles, su voz, la de un ángel, y su sonrisa... Una risa despreocupada y alegre le sacó de su ensueño. Christine le había visto y bajaba hacia el patio de butacas sin abandonar aquel buen humor que había percibido en ella desde que habían entrado en el teatro.
Debería haberla traído antes, pensó Erik para sus adentros.
- ¿Qué haces ahí? Ayúdame -le ordenó suavemente ella, dándose la vuelta-. No puedo abrocharme el botón de la espalda.
Y justo delante de él apareció la blanca y semidesnuda espalda de Christine. Erik no sabía qué hacer con sus manos. Se quedó paralizado, temiendo dar un paso en falso. Ella señalaba algo, pero él no entendía lo que decía.
- Erik...
- Ah, sí, perdón -se excusó él torpemente. Cogió el botón que le indicaba Christine y lo unió al otro lado. Aún así sus suaves hombros seguían quedando al descubierto. Y su mano, como por descuido, se había quedado reposando sobre su espalda. Entonces ella se dio la vuelta y la mano descuidada resiguió la curva de su cuello como una dulce caricia. La cara de ella se quedó muy cerca de su máscara. Seguía sonriendo, sus mejillas estaban sonrosadas y toda ella resplandecía. El allanamiento de teatro le sentaba bien.
- Gracias -murmuró ella-. ¿Parezco Isolda?
- Eh... supongo, sí... -respondió él con turbación. A ella parecía no importarle lo más mínimo la corta distancia que les separaba en aquel momento, pero él empezaba a sentirse mareado por su perfume.
- Ahora necesito un Tristán -continuó ella, poniendo algo sobre su mano desocupada.
Erik miró lo que le tendía y vio un barullo de ropa en su mano. Entonces recordó la mano descuidada y la apartó algo azorado. Christine hizo como que no se había dado cuenta, pero el modo en qué apartó la mirada y el rubor que teñía sus mejillas le hizo pensar que había sido muy consciente de aquel breve contacto.
- Te dejo... que te cambies -dijo ella volviendo corriendo hacia el escenario.
Entonces Erik vio realmente lo que tenía entre sus manos. Una camisa blanca, ¿mallas? y... ¿un antifaz? ¿De verdad pretendía que se pusiera eso? ¿Y desde cuando Christine decidía si él debía tocar el piano o cantar junto a ella?
Erik subió en dos zancadas las escaleras hacia el escenario. Christine parecía estar dando el visto bueno a la colocación del mobiliario y en aquel momento le daba la espalda, colocando un jarrón con flores de madera.
- Christine, la idea era que tú...
Christine se dio la vuelta al oírle y lanzó una exclamación.
- ¡No te has cambiado!
- No, y no pienso ponerme este ridículo vestuario...
- Pues ya me dirás cómo me meto en el papel de Isolda sin un Tristán.
- Bueno, cuando dije que hicieras lo posible por meterte en la piel de Isolda no me refería a... bueno, no quería decir que... quiero decir que con el vestuario y eso ya está bien, ¿no?
- Entonces, ¿por qué quieres que haga de Isolda?
- Ya te lo he dicho, es una oportunidad para explorar nuevas formas de...
- No, Erik -le cortó ella, poniéndose de repente muy seria-. ¿Por qué quieres que interprete el papel de una mujer que engaña a su marido?
Erik se quedó mudo de la impresión. ¿Qué pasaba aquella noche con Christine? ¿Qué bicho le había picado? No cesaba de ponerlo en situaciones comprometidas. Como si quisiera... no, era imposible. Imposible. Y sin embargo, el silencio se había instalado entre ellos, cuando deberían estar creando música. Eso era lo que mejor sabían hacer juntos. Lo demás sólo eran problemas. Pero allí estaban, y lo veía, veía aquella resolución en sus ojos. Se mantenía firme, sabía lo qué quería decir y sabía que Erik la entendía perfectamente. Pero Erik no conseguía articular palabra, pues no sabía cómo responder. Cómo debía responder. La tardanza de dicha respuesta hizo dudar a Christine. El momento pasó. Su resolución se debilitó, hasta que finalmente desistió.
- Lo siento, he sido demasiado brusca -admitió ella, bajando la mirada-. Es un problema que a veces tenemos las mujeres... vemos cosas donde no hay nada.
El momento había pasado, y Erik no había dicho una sola palabra. ¿Por qué?
- … es tarde -susurró Christine, en voz baja-. Dame, ya dejaré yo eso en su sitio.
Christine se acercó a él y cogió la ropa que aún retenía él en sus manos. Pero él no soltó la ropa y ella volvió a mirarle sorprendida. Parecía estar haciendo un esfuerzo sobrehumano. Poco podía interpretar Christine, estando oculto su rostro, más parecía querer decir algo y no lograrlo.
- Sólo es un cuento -murmuró Erik-. Un bello y trágico cuento, pero nada más. La vida real es otra cosa. Jamás desearía ese destino para ti. Pero...
Las palabras volvieron a trabarse en la garganta de Erik. Christine aflojó la ropa y reptó hasta las manos de Erik. Se limitó a dejarlas allí, sobre las de él.
- ¿Qué? -le alentó ella, en un hilo de voz.
- … cuando cantas, falta algo. Es como si nunca fueras capaz de alcanzar la plenitud de la música. No hay pasión en tu voz. Es como si no fueras capaz de sentir realmente. Como si estuvieras hueca por dentro. No sientes lo que cantas, Christine. No escogí esta obra con segundas intenciones, te lo juro. Simplemente quería utilizarlo como ejercicio. Creí que te inspiraría.
Christine apartó las manos como si una corriente eléctrica hubiera pasado por ella. Nada de lo que lo hubiese podido decir le habría podido hacer sentir peor. Sintió cómo se le formaba un nudo en la garganta.
- ¿Estoy vacía por dentro?
- Es como si reprimieras tu verdadero ser. Como si no te permitieras a ti misma sentir. Y se nota en tu música. No hay una verdadera pasión en tu canto.
- Tu sinceridad me abruma. Sé que tu intención es... -su voz se quebró-. Será mejor que me vaya o romperé otra más de tus normas -dijo ella con precipitación y yéndose hacia los cortinajes.
Erik lanzó un juramento entre dientes. ¡Diablos! No era eso que lo que iba a decirle. Lo que quería decirle. Pero las palabras se habían negado a ser pronunciadas. El temor a las consecuencias le había impedido decir lo que realmente pensaba. El momento había pasado, y no se lo había dicho. No es que fuera mentira lo de que estaba vacía por dentro. Nunca le había pedido que interpretara papeles que exigieran algo más por parte de ella (si exceptuaba Don Juan, claro), sabía que su fuerte eran las doncellas, las niñas puras e inocentes. Y ciertamente la música parecía la de un ángel. Pero creyó que sería bueno para ella no encasillarse, aspirar a algo más. Aspirar a las grandes pasiones, los grandes papeles de soprano. Y le dolía en el alma ver que, a pesar de saber que ella era perfectamente capaz de hacer lo que se propusiera, había algo que se lo impedía. Que no le permitía sentir realmente.
La pregunta era, ¿tenía ella la culpa?
Erik dejó caer las mallas y fue tras ella. Se enredó entre los cortinajes y volvió a gruñir dos o tres imprecaciones más contra su mala suerte, hasta que finalmente le permitieron llegar al vestuario. Estaba apenas iluminado por la vela que había dejado Christine y al principio le costó verla. Pero finalmente la reconoció, en una esquina aún con el vestido de Isolda y hecha un ovillo.
Bueno, al diablo con la regla de no llorar. Era culpa de él, ¿no?
Se acercó a ella con precaución.
- Christine...
- ¡Vete!
- … mi ángel... -él continuó aproximándose, haciendo caso omiso de la súplica de ella.
- ¡Lárgate! ¡No quiero que me veas así! ¡Déjame!
Erik se agachó junto a ella, que tenía la cara enterrada entre sus brazos, y su pelo negro cayendo como una cascada, por lo que era imposible verle el rostro. Pero no hacía falta ver las lágrimas para saber que estaban allí y que él era el causante. Su corazón debía de haberse ablandado, porqué otras veces que la había visto así no se había sentido tan culpable. Por eso precisamente se inventó las reglas, para evitar este tipo de situaciones. Aunque ya era tarde para eso.
- Lo siento, no quería hablarte del modo que lo hice...
- Pero sí dijiste lo que querías decir, ¿no? -le reprochó ella, volviendo la cara hacia él. Tenía los ojos enrojecidos-. Déjame -insistió ella, bajando la voz-. Ya se me pasará.
Erik pasó una mano por el pelo de ella, dejando que sus dedos se enredaran entre los bucles de su melena. Christine le miraba con recelo. Erik le tendió un pañuelo y ella se sonó suavemente, sin dejar de mirarle.
- ¿Y ahora qué? -preguntó ella, dubitativa.
- ¿Ahora? -Erik suspiró-. Supongo que tendremos que mandar mis estúpidas reglas al diablo y olvidarnos de ellas para poder retomar nuestras clases.
Christine no dijo nada, atónita como se había quedado ante tal afirmación.
- Lo último que desearía es que mis... imposiciones retrasaran nuestro estudio -prosiguió él, muy diplomático-. No quiero discutir más contigo.
En aquella abolición de normas había algo más, algo implícito que Erik no llegaba a nombrar, y Christine se moría por preguntarle. Pero no se atrevía. Tampoco quería discutir más con él. Sin embargo, por el modo en qué ella se mordía el labio inferior Erik podía intuir con bastante certeza qué pasaba por la cabecita de la soprano. ¿Por qué le obsesionaba tanto? A veces Erik tenía la impresión de que ella estaba más obsesionada con su máscara que él mismo. Era como si quisiera demostrarle que no le importaba lo que había debajo de ella.
- ¿Sigues empecinada en romper la última norma?
- ¡Es que no entiendo por qué tienes que llevar ése saco de patatas en la cabeza! -prorrumpió ella, haciendo evidente su debate interno-. Te queda mucho mejor la media máscara...
- Ya, pero es más incómoda. Se cae mucho y transpira poco.
Christine hizo una media sonrisa.
- Nunca me habías hablado de esas cosas.
- No es uno de mis temas favoritos, francamente -repuso él, con frialdad.
- Erik, ya sé que lo que hay bajo la máscara no te representa más que... esa máscara o... esa capa que llevas, pero hay veces que... simplemente me gustaría saber si sonríes, o frunces el ceño o simplemente, a veces, me gustaría poder...
Christine se humedeció los labios e inevitablemente Erik se fijó en aquel gesto instintivo.
...besarte.
Los dedos de Erik seguían enredados entre los cabellos de Christine. Poco a poco, los dos habían ido acercándose. Como el día del vals. Ambos sabían que lo más inteligente y apropiado y correcto, y un largo etcétera de "cómo deben ser las cosas", sería apartarse. Poner distancia. Si era necesario, dejar las clases por una temporada. Pero. Ah, pero. Erik tenía razón. Todo aquel tiempo había cantado sin sentir realmente. Sin saber qué era la pasión. Y ahora, por fin, sentía, sentía su corazón, desbocado y sentía cada fibra de su ser, queriendo sentir más, más de Erik. Tocar. Aquella fue la primera norma. Poco a poco habían ido cayendo las barreras entre ambos. Ya solo quedaba una más. Aunque, llegado aquel momento, Christine sabía que debía ser él quien diera el paso.
Durante todo aquel rato, en qué únicamente se habían mirado el uno al otro, era como si una conversación silenciosa hubiera fluido entre los dos. Y aunque Erik sentía verdadero pavor por volver a mostrarse tal y como era, sabía que tenía que hacerlo. Aunque aquello significara tirar por tierra todo lo que habían construido aquellos meses. Siempre había sabido que llegaría el día en qué ella demostraría si realmente era capaz de sobreponerse por él. Y no por salvar la vida del otro. Puede que nunca más pudiera estar tan cerca de ella como lo estaba en aquel momento.
Erik cogió la mano de Christine y la puso sobre la máscara.
- ¿Estás seguro?
Erik asintió levemente con la cabeza. Entonces ella se acercó más a él, una mano sobre la rodilla de él, la otra, quitándole la máscara. Él bajaba la mirada, temeroso de ver el terror en los ojos de ella. Creyendo, que, de un momento a otro, ella volvería a apartarse de su lado. Entonces vio caer a un lado la máscara, sobre el polvoriento suelo y sintió la mano de Christine posarse sobre su mejilla marcada. Solo en ese momento se atrevió a volver a buscar los ojos de ella y cuando vio la trémula sonrisa de ella, sintió que volvía a respirar. Ella le besó en la frente, en la mejilla y, con exasperante lentitud llegó hasta los anhelados labios. Fue un reencuentro cauto, al principio. Pero a medida que Erik recuperaba la confianza y que Christine descubría que ella también podía encontrar el placer en cada cada caricia, cada abrazo, fueron aferrándose más el uno al otro, tornando lo que había sido un casto beso, en otro ferviente, apasionado, sentido.
Y Dios sabe lo que habría ocurrido si no les hubiera interrumpido un golpe fuera del vestuario.
- ¿Quién anda ahí?
Continuará
P.D: Bueno, vuestra insistencia ha dado sus frutos. Tarde, pero bueno, ha llegado al fin. He empezado a escribir ya el próximo capítulo, a ver si esta vez no me duermo en los laureles; pero ya sabéis, si me despisto, volved a insistir. Al final siempre vuelvo. ;)
Por cierto, lo que os comento al principio de la recomendación de Banda Sonora os lo digo porqué es la música que me inspiró para este capítulo. No es estrictamente necesario escucharla, por supuesto, pero creo que le dará más emoción. Espero que lo hayáis disfrutado.
¡Y gracias por vuestros ánimos y reviews! Siempre me ayudan a volver a escribir.
