10.

-Kh... Mi cabeza...

No veía nada, no podía moverse, tenía frío.

-¿Despertaste? Vaya, siempre te tardas cuando te desmayas, ¿no?

¿¡Eh!?

-¿Q-qué?

Unos dedos fríos le rozaron las mejillas y la barbilla y le quitaron la venda negra que le había estado impidiendo la vista. Parpadeó. Las lámparas del techo estaban prendida de nuevo y seguía estando en el taller, pero...

-Te desmayaste en cuanto entraste.

Ah...

Sentía que ya había oído aquello antes, pero eso no era lo que le interesaba en aquel omento, sino que estaba ocupado pensando en por qué rayos estaba amarrado a una mesa. El miedo no tardó en volver cuando visualizó a Sasori parado a su lado.

-¿Sa...?

-Estuve esperando a que te despertaras, pero como ya te estabas demorando, comenzaba a considerar que podría empezar sin despertarte...

-¿¡Qué!? ¿¡De qué hablas!? -gritó Deidara entre furioso y alarmado y Sasori le dedicó una sonrisa que lo mandó a callar de golpe, causándole por poco un paro cardíaco.

-¿De qué hablo? Verás, es que me molesta verdaderamente tener que esperar, realmente detesto que me tengan desperdiciando mi tiempo -explicó sin alzar la voz, mas fue suficiente para intimidar por completo a Deidara. Las palabras del artista se deslizaron lenta y suavemente desde sus pálidos labios de porcelana y caían como granizo, clavándose en él como agujas de hielo. El rubio gimoteó adolorido, sin comprender qué era lo que estaba sucediendo, pero entendiendo de alguna manera que era algo muy, muy malo. Temblores nerviosos recorrieron su cuerpo cuando Sasori soltó una risita y le acarició una vez más la mejilla.

-¿Q-qué haces, Sasori? -balbuceó Deidara, tratando de rehuirle.

Sasori se relamió, saboreando una de esas raras veces que lo oía llamarlo por su nombre.

-N-no... ¡Aléjate! -chilló Deidara removiéndose desesperado y Sasori frunció el ceño, subiéndose a la mesa para posicionarse sobre el rubio.

-¿Cómo que me aleje? ¡No me voy a alejar! -bufó mientras comenzaba a desabrochar la camisa de Deidara, deteniéndose cuando tenía la mitad, contemplándolo-. ¿Quieres saber qué hago? -Deidara tragó, sin atreverse a mover un solo músculo-. Estoy completando mi obra maestra.

Nuevamente fue apenas un susurro, pero igual era suficiente para detener el corazón del rubio. Las manos heladas del pelirrojo terminaron de desprenderlo de su camisa, rompiéndola sin hacer ruido alguno. El cuerpo de Deidara no reaccionó cuando volvió a sentir aquellas yemas álgidas rozar su pecho, descendiendo lentamente mientras que sus ojos pardos seguían el movimiento de sus manos, atento y despierto.

-Sí, mi más grandiosa obra -susurró sin desprender la mirada de la piel del rubio, en un tono que pareciese que no podía creerse su enorme suerte.

Deidara tragó aterrado ante aquello. Pensó en la chica desaparecida y recordó la marioneta. Sasori volvió a sonreír.

-Creí por un momento que te echarías a perder, pero al final te repusiste -se rió casi sonando nervioso y acarició el rostro de Deidara-. Creí incluso que el imbécil de Itachi se me adelantaría y...

Dejó la frase inconclusa, frunciendo ligeramente el ceño.

-¿Y...? -se le escapó a Deidara en un hilo de voz, venciendo por un segundo la curiosidad antes que el miedo, pero este instantáneamente regresó.

Tenía miedo, sí. Miedo puro y crudo, terror desnudo. Le aterraba todavía más el no saber qué era lo que sucedería exactamente con él, qué le haría Sasori. ¿De qué era realmente capaz? ¿Lo torturaría? ¿Lo violaría? O... ¿lo mataría?

-Deidara.

No, no otra vez su voz.

Quiso gritar, la sonrisa de Sasori lo llenaba de horror, pero sólo un débil quejido logró florecer de su garganta seca. Sasori ladeó el rostro y Deidara tragó seco.

-¿Qué me vas a hacer? -llegó a susurrar antes de que la voz se le quebrara. Sasori se humedeció los labios.

-Nada -musitó como ido-, sólo te voy a regalar la eternidad, mi ángel, voy... Voy a completar por fin la más grandiosa obra de arte jamás habida y por haber. Hoy por fin, luego de tantos años de espera...

Y una vez más de sus labios brotaron susurros tan finos y dulces que se derramaban sobre su cuerpo como hiel, quemándolo todo y retorciéndolo de dolor. Gimió, su garganta se había cerrado y no le permitió soltar el grito de dolor que le hubiera gustado liberar. El pelirrojo se detuvo un instante como si hubiese perdido el hilo de sus pensamientos.

-¿Qué me vas a hacer? -gimoteó Deidara de nuevo y Sasori pareció volver al presente, sonriéndole con una ternura que rayaba en lo cínico.

-Eres hermoso, Deidara -dijo simplemente y se mordió el labio inferior-. Y jamás podría perdonarme dejar que una maravilla tan perfecta muera sin ser exaltada.

Pausó, mirando algún punto muerto en la piel de Deidara mientras delineaba a ciegas su clavícula.

-Deidara... ¿Qué es el arte?

Deidara no respondió.

-El arte es lo infinito -continuó Sasori, importándole poco por una vez el silencio del rubio, posando un dedo bajo el mentón de este-. Lo inmortal... Y los sucios humanos son tan efímeros, tan frágiles y pasajeros, pero tú Deidara, tú y tu cuerpo se merecen algo mejor: eternidad. Es la eternidad lo que define al arte, el elemento más maravilloso de él. La capacidad de prevalecer en el tiempo es su más grande expresión, eso es lo que lo hace tan asombroso...

Se volvió a detener en seco y lo observó detenidamente y en silencio. Deidara le devolvió la mirada asustado y con la mandíbula desencajada.

-¿Eternidad?

-Así es -respondió Sasori estirando la mano para tomarlo del mentón y cerrarle la boca con sutileza.

Acarició amablemente sus labios y soltó luego una risotada nerviosa, pasándose una mano por el cabello.

-Sí, por fin... -farfulló-. No tienes ni idea de todo por lo que tuve que pasar para llegar hasta aquí. Todos los años que esperé por ti, todos esos días, meses y semanas que se fueron en observarte y prepararme, prepararlo todo...

Deslizó una mano por el muslo de Deidara, depositando la otra sobre el torso desnudo del rubio, quien se removió incómodo, tratando de rehuirle.

Sasori frunció el ceño.

-No, realmente no tienes idea... -gruñó y el terror de Deidara seguía creciendo a un ritmo alarmante-. Por ti tuve que incluso buscar a una persona lo suficientemente tonta que se creyese cualquier mentira y viniese. ¿Sabes lo que es tratar de callar a una histérica cuando no para de gritar, pero tampoco quieres que muera o pierda la conciencia?

El estómago de Deidara dio un vuelco. La chica desaparecida...

-Yo no quería darle a ella lo que estaba destinado a ti -siguió balbuceando el pelirrojo inclinándose hacia adelante para acariciar su cuello con los labios-, esa sucia inmunda no estaba a la altura, no estaba hecha para ser arte magistral como tú, pero no podía arriesgarme a cometer un error, tenía que hacer una prueba.

Pausó, suspirando a la vez que jugaba distraídamente con las hebras rubias de Deidara. Este tembló, contrayéndose su cuerpo de manera involuntaria.

-Estás enfermo -escupió reuniendo el poco valor que le quedaba, pero Sasori lo miró con expresión inalterable, casi aburrida.

-Pero descuida -ronroneó casi inaudible-, descuida que ya la maté.

Sonrió y Deidara palideció.

-Ella no será eterna, pero tú sí, tú no vas a morir.

El pelirrojo soltó un suspiró.

-Ella sólo era una simple prueba hecha a la mala, de manera muy improvisada, pero tú no -aseguró y su voz volvió a adoptar un tono firme y convencido-. Prometo que no echaré a perder tu belleza, todo saldrá perfecto...

Deidara no sabía si se estaba haciendo el imbécil o si realmente estaba tratando de calmarlo, pero sea como sea, ese tono aparentemente consolador literalmente lo estaba matando, echándole a perder la poca cordura que le quedaba. Los labios de Sasori, tan blancos y muertos, rozaron sus mejillas, una después de la otra y cuando Deidara presionó los labios arrinconado, besó sus párpados. Y su voz, un susurro débil y tembloroso, habiendo perdido nuevamente la fuerza porque temía que con ella podría dañar su preciosa obra maestra, resopló en sus oídos.

-Descompondré cada uno de tus miembros y trabajaré cada uno de ellos, porque quiero, no, necesito que sea una obra perfecta, perfectamente manipulada... un cuadro jamás habría sido suficiente, habría podido sólo reflejar una sombra y yo no busco eso -murmuró abstraído y sin mirarlo a los ojos, mientras que sus manos se desviaban a tomar un cincel y su rostro se volvía nuevamente inexpresivo.

El corazón de Deidara pegó un grito en ese mismo instante en que sus miradas se cruzaron y sus ojos se abrieron como platos. Su cuerpo entero convulsionó, temblando.

Ahí se acababa.

Sasori ladeó el rostro y su nombre volvió a rodar por los labios del homicida.

-Deidara -repitió, pero Deidara permaneció estático, completamente petrificado.

Una mano fría se deslizó por su cuello, sintiendo a Deidara sudar frío, mas Sasori no parecía percatarse de lo aterrado que estaba el fotógrafo. Deidara quiso gritar, pero fue inútil, todo era imposible para él. Absolutamente todo. Pensó en que no había salida para él, que ahí se moría y su vida se acababa, desapareciendo su existencia de la tierra. Nadie más lo volvería a ver, nunca más porque ese maniático lo tenía ahí atrapado. Nadie sabría que habrá pasado con él, sus amigos creerán que simplemente desapareció y sus padres pensarán que se fugó con el dinero de la universidad.

Sus padres... Mierda, ahora sólo quería volver a ver sus rostros. ¿Por qué carajos se había llevado tan mal con ellos? Ahora moriría y ellos seguirían pensando mal de él. Se preguntó si realmente lo habían amado y descubrió que él a ellos sí. Pensó en Hidan y quiso llorar, en todas las advertencias que le había dado, que ahora lamentaba no haberles hecho caso. Advertencias... Pensó en Itachi y ahora se dio cuenta de lo que sus ojos habían querido decirle: no era más que lástima lo que el moreno podía sentir por él. Estaba marcado por la perdición desde el momento en que se amistó con Sasori.

Y no lo había podido ver a tiempo y ahora por imbécil se iba a morir a manos de ese psicópata. Cerró los ojos mientras Sasori terminaba de desprenderlo de su ropa y fue inevitable llorar. No podía contenerse, incluso cuando Sasori le pidió que lo hiciese, siempre con esa voz aterciopelada y distante. Su cuerpo entero se retorció cuando comenzó a sentirlo, como millones de finas agujas atravesaban su piel y llegaban hasta lo más profundo de su ser. Pero se negó a abrir los ojos.

No sabía todavía qué era con exactitud lo que le estaba haciendo. Sabía que moriría. ¿Lo descuartizaría? Habría dolor. Sentía dolor, un dolor tan enorme que era insoportable. Y era cierto lo que decían, que cuando ibas a morir, la vida se pasaba ante tus ojos en una fracción de segundo. Su vida… Su preciosa vida se le escapaba de las manos que estaban atadas a la mesa de Sasori y él no podía hacer nada más que gritar de dolor. El cuerpo le ardía, era como si lo quemasen vivo.

Se estaba muriendo. Lo estaban matando. Seria eterno... Una obra de arte.

Y pensó nuevamente en el cuadro de Sasori y lloró, sabiendo que desde el principio había sido él la figura que se retorcía en un mar de fuego.