NA: Hola, hola. Perdón por el hiatus. ¿Todavía hay alguien interesado en esta historia? De ser así intentaré ser constante con las actualizaciones :P

IMPORTANTE: He editado todos los capítulos anteriores. También he añadido algún que otro párrafo nuevo narrado por Draco.

Recomendación musical: "Take on me", A-ha.


Capítulo 10:


Día 35.

Abril había llegado y los días habían seguido pasando monótonos y sin ninguna novedad. Hermione había pasado la mayor parte del tiempo hojeando los libros que había en la biblioteca de aquella universidad, aunque para ello tuviera que entrar todos los días por una ventana rota y arriesgarse a clavarse algún cristal en las palmas de las manos. Pagaría el precio si hiciese falta. Ahora que por fin había encontrado algo que la hacía sentirse viva no iba a abandonarlo. Había empezado a levantarse cada mañana con más energía y con ganas de aprender algo nuevo. Pasearse por los pasillos de la universidad, aunque estuvieran completamente desiertos y sus pasos resonaran por todas partes haciendo eco, era algo que le proporcionaba una extraña paz interior. Definitivamente su lugar estaba allí donde hubiera un gran montón de libros que leer. Aprender algo todos los días era un placer indescriptible para ella, una manera de mantenerse firme y entera ante todo lo que estaba viviendo. Draco tenía todo el mérito por haber tenido la idea, al menos debía reconocérselo.

No sabía muy bien qué era lo que hacía mientras ella estudiaba por las mañanas, pero tampoco es que le hiciera muchas preguntas cuando estaban juntos.

Ahora que Hermione se encontraba más dispuesta y positiva habían vuelto a quedar para salir a rastrear la ciudad, aunque ambos perdieran un poquito la esperanza con cada día que pasaba y no encontraban nada. Ninguno lo decía en voz alta, pero los dos lo sabían.


Era tarde, pero había algo en el ambiente que no permitía que Draco dejara de mirar aquella endemoniada caja. Parecía burlarse de él con cada segundo que pasaba, era como si conociera su angustia y se alimentara de ello. Como si realmente fuera capaz de eso. Parecía retarlo constantemente, y lo peor era que él siempre perdía en su juego.

Se puso en pie de un salto, todavía con los ojos clavados en ese objeto. El simple hecho de pensar en lo que estaba a punto de hacer le daba escalofríos, pero ya había desperdiciado mucho tiempo intentando arreglar todo aquello por su cuenta. Estaba claro que necesitaba algún tipo de ayuda, aunque eso hiriera gravemente su orgullo de Slytherin. Lo bueno era que no se enteraría absolutamente nadie.

Curvando los labios en una mueca de desprecio y mirando la caja por última vez con la barbilla muy alta, se desapareció de aquella habitación.

La penumbra reinaba en cada rincón de ese nuevo lugar, pero no era nada que no esperara tratándose de las mazmorras. Draco movió su varita para encender las antorchas de las paredes e iluminar aquella estancia, aunque bien podría haberla recorrido a oscuras sin chocar con nada. Conocía su sala común como la palma de su mano.

Se apoyó en el marco de la puerta del que había sido su cuarto compartido. Los delicados doseles de color verde claro sobre las camas seguían siendo los protagonistas de la habitación.
Sin tiempo para permitirse flaquear, Draco no tardó en entrar y aprovechar para meter toda la ropa y pertenencias que había dejado allí en un baúl que posteriormente encogió al tamaño de una nuez.

Una vez que hubo salido de las mazmorras puso rumbo al lugar donde la única persona que la esperaba en Londres había pasado gran parte de su tiempo en Hogwarts: La biblioteca.
Caminaba con pasos lentos y de vez en cuando se detenía a mirar por los ventanales del castillo. Fuera casi había anochecido así que supuso que el cielo de Londres no tardaría más de dos horas en apagarse. Sabía muy bien que en ese momento ella estaría esperándole en el rellano del edificio donde vivían. Tal vez ya llevara una media hora haciéndolo, quizás un poco más.

No se sentía demasiado mal por faltar a su palabra, lo hacía por un bien mayor… Aunque tal vez debería pensar en una buena excusa para evitar una posible discusión.

Sumido como estaba en sus pensamientos se encontró dentro de la biblioteca sin ni siquiera darse cuenta de haber llegado. Miró las mesas distribuidas por el amplio lugar y por un instante pudo ver el recuerdo de Hermione sentada en una, con un montón de libros esparcidos frente a ella y ocupando los otros lugares. Sabía que le gustaba leer todos y cada uno de los libros de texto disponibles para estudio.

Aquella noche él rebasaría el límite establecido para los alumnos y se adentraría en la sección prohibida.


Hermione miró de nuevo su reloj de muñeca. Habían quedado hacía ya una hora y él todavía no había llegado. ¿Dónde podría estar? Ni siquiera se había dignado a dar señales de vida para cancelar el encuentro.

Cansada de esperar en el rellano, Hermione entró y miró en todas las habitaciones de su apartamento, luego bajó a la calle y gritó su nombre un par de veces a todo pulmón. Lo único que obtuvo por respuesta fue el eco de su propia voz. ¿Podría haberse olvidado de que habían acordado verse aquella tarde para dar una vuelta por la ciudad? Tal vez, aunque no lograba imaginar qué cosa podría tenerlo tan entretenido como para eso.

Suspiró. No había rastro de él por ningún lado.

Pensando en el relajante y reconfortante baño que iba a darse tan pronto como llegara a su apartamento, se olvidó de Draco por completo y volvió a entrar en el portal del edificio.


Día 36.

Hermione acababa de aparecerse de nuevo en su apartamento después de una fructífera mañana de aprendizaje autodidacta cuando unos golpes llamaron a su puerta. No se demoró en ir a abrirle. Después de todo sería interesante saber qué había estado haciendo desde que no tenía noticias de él.

Draco esperaba al otro lado con pinta de haber dormido realmente poco la noche anterior. No es que su cabello no estuviera perfectamente repeinado ni sus ropas desaliñadas, pero su rostro lucía un tanto desganado. Con los ojos un poco caídos, Draco asintió en su dirección y dijo:

—Siento mucho haber desaparecido ayer.

—Vaya —Hermione se apoyó en la puerta medio abierta y, con una sonrisa burlona, continuó—: Y yo que pensaba que al fin era la última persona en el mundo.

Las comisuras de los labios de Draco se curvaron un poco hacia arriba.

—Me temo que no tienes esa suerte.

—Ya veo.

Ambos se miraron durante una milésima de segundo que pareció eterna.

—He venido para invitarte a comer a mi apartamento. Puedes tomártelo como una especie de disculpa si lo deseas.

—Eso suena genial —dijo Hermione, a quien acababa de abrírsele el apetito de repente—. Una disculpa a lo Malfoy. Seguro que soy la primera persona en comer de ese plato.

—Y también la última —apuntó él con convicción.

Cuando Hermione entró en su apartamento se dirigió directamente a la cocina. Había un olor delicioso inundando la habitación, pero curiosamente no lograba encontrar ningún plato ni en la mesa ni en la encimera.

—¿Dónde está la com…? —se detuvo al comprobar que Draco no estaba allí. Volvió sobre sus pasos y se dirigió al salón, donde pudo ver que un par de deliciosos y todavía humeantes platos de espaguetis esperaban sobre la mesa de la terraza. También había pequeños panecillos y una rosa en un recipiente de cristal. Draco se encontraba sirviendo vino blanco en las copas de una manera demasiado servicial para tratarse de él—. ¿Qué celebramos?

Las palabras de Hermione sonaron cautas a la par que impacientes cuando llegó hasta él. Draco no se giró para verla, en lugar de eso tomó asiento sin esperar a que ella se acercara a la mesa.

—¿Es que hoy en día hay algo que merezca la pena celebrar?

—¿Una pista que pueda llevarnos a solucionar todo esto, tal vez?

—Como ya he dicho antes, no tienes tanta suerte.

—Al parecer tú tampoco —espetó ella, mirando los pequeños detalles sobre la mesa y sentándose frente a él. El enorme e imponente reloj del Parlamento marcaba la una y media en ese momento. No podía dejar de pensar en que aquello parecía una cita en toda regla, y realmente podría haberlo sido si la persona con la que estaba compartiendo mesa hubiera sido otra muy diferente a Malfoy. Moviendo un poco la cabeza para desechar ese pensamiento de su mente, miró su plato con atención. El Slytherin había aprendido a hervir pasta y hacer salsa sin provocar un incendio. Tal vez aquello sí que fuera algo para celebrar. Luego clavó la vista en la flor durante unos segundos—. ¿A qué se debe todo esto entonces?

Draco la miró a través de sus largas pestañas rubias. Era obvio que estaba cansado, pero aun así todavía le quedaban fuerzas para poner una mueca de aburrimiento en el rostro.

—No es que quiera que esto parezca algo que no es. Has estado tan bien últimamente que no quería que mi plantón de ayer afectara a tu estado de ánimo. Sólo quería compensarte por ello.

—No afectó en absoluto. Me dediqué ese tiempo a mí misma. Me di un baño y leí una buena novela por horas antes de dormir.

Draco levantó la vista de su plato, aunque su cabeza no se movió demasiado. La mirada que le dedicó le resultó un poco intimidante.

—Entonces supongo que todo esto ha sido para nada —dijo de manera fría y cortante.

—Supongo —respondió Hermione con un extraño y repentino sentimiento de culpa.

Ambos empezaron a comer en medio de un incómodo silencio hasta que el reloj marcó menos cuarto. La pasta resultó estar un poco pasada y la salsa algo insípida. Sin embargo, Hermione era capaz de valorar aquel gesto ahora que había dejado de estar tan a la defensiva con él… y tal vez también consigo misma. El paso de los días la había ayudado a ir aceptando su nueva situación, aunque poder refugiarse en los libros de la universidad había sido clave para su mejora.

—Gracias por esto —dijo con sinceridad mientras lo veía levantarse de la mesa y dirigirse al muro más alejado de la terraza. Ya no había comida en sus platos y las copas estaban medio vacías.

—Ha sido lo peor que he comido en mucho tiempo —respondió él, rodando los ojos.

Hermione también se levantó y se acercó a donde estaba.

—¿Qué hiciste ayer? —preguntó, ya que él no parecía por la labor de comentárselo ni siquiera por encima. Seguramente su mente volara a otra parte mientras él hablaba, pero no estaba de más mostrar un poco de interés por la única persona que quedaba a su lado.

—Fui a Hogwarts —respondió él con toda naturalidad—. Quería encontrar algún libro que pudiera sernos de ayuda, pero por supuesto no encontré absolutamente nada.

Aquello era una burda mentira, pero Draco estaba tan acostumbrado a ocultar la verdad que las palabras salieron de su boca sin ni siquiera necesitar unos segundos para pensarlas. Sí que había encontrado algo interesante, pero ese algo se encontraba oculto en una de las baldas más altas del armario del dormitorio.

Hermione se había puesto rígida cuando la miró. Sus ojos se habían abierto mucho debido a la sorpresa y sus labios se habían separado levemente para tomar aire, como si de un momento a otro hubiera experimentado una sensación de asfixia repentina. Arqueando una ceja comprobó que había palidecido considerablemente. Su respiración se había vuelto más irregular y su flujo sanguíneo había empezado a acelerarse.

—¿Por qué no me avisaste? —espetó casi sin aliento.

Draco la miró por el rabillo del ojo de manera interrogante.

—¿Habrías venido?

—No, pero…

—¿Entonces?

Que la interrumpiera provocó que la ansiedad volviera a presionar su pecho como había hecho los primeros días. ¿Realmente quería que siguiera estando bien o era todo pura palabrería?

—No —repitió, intentando calmarse—, pero te habría pedido que me trajeras algunas cosas.

Draco rodó los ojos. Podía ahorrarse escuchar lo que estaba a punto de decirle, así que metió la mano en el interior de su túnica y sacó una varita. Su varita. Los ojos de Hermione casi se le salen de las órbitas.

—Toma y calla.

Los brazos de Hermione se abalanzaron a su cuello en un acto reflejo que ninguno de los dos vio venir. La fría piel de Draco contrastaba tanto con el ardiente tacto de la chica que ambos sintieron un escalofrío recorrer sus cuerpos ante el súbito cambio de temperatura. Eran perfectamente capaces de sentir el corazón del otro latir junto al suyo propio, de percibir el aroma que desprendían sus enredados cuerpos y sentir sus respiraciones aceleradas. La suavidad y delicadeza de aquel breve abrazo les dejó una extraña sensación cuando se separaron. Hermione solo fue consciente de lo que acababa de hacer cuando miró el desconcierto grabado en su rostro y la sangre empezó a fluir a borbotones a sus mejillas. Sus ojos no podían dejar de mirarse y su mente empezó a funcionar tan rápido que las sienes empezaron a dolerle bastante. Había abrazado a Malfoy, a Draco Malfoy. Lo había hecho, ¿verdad? Sí, definitivamente no había sido producto de su imaginación… Pero había sido un impulso involuntario, ¿debía disculparse por ello?

Después de unos incómodos segundos en los que ninguno pudo apartar la vista del otro, Draco por fin pudo estirar el brazo y tenderle su varita. Hermione la cogió por el otro extremo con extrema delicadeza. Había pasado más de un mes, no podía creer que volviera a tenerla entre sus manos… su vida sería mucho más fácil de ahora en adelante.

—Gracias —consiguió decir Hermione con un hilo de voz.

Draco no dijo nada, simplemente se limitó a verla sonreír mientras agitaba su recién recuperada varita y hacía que los platos sucios se dirigieran volando a la cocina.

Ninguno tenía la menor idea de que una misteriosa caja se agitaba violentamente en una oscura habitación muy lejos de allí.


Día 39.

En los días siguientes no se mencionó el incidente ocurrido en la terraza. Los dos sabían que aquello era algo que debía quedar guardado en lo más profundo de su memoria. A ser posible debían olvidarlo por completo, y cuanto antes mejor.

Irónicamente ninguno podía dejar de pensar en ello. A Draco seguía perturbándole el hecho de haberla tenido tan cerca, de haber podido oler el aroma que desprendía su cabello y sentir el tacto de sus dedos en su nuca. Por su parte, Hermione recordaba aquel vergonzoso impulso cada vez que agitaba su varita.

—¿Qué te parece si vamos mañana al Ministerio? —preguntó Hermione a medida que iban llegando a la zona de Camden Town. Necesitaba volver a hablar para dejar de pensar en su desliz—. Está claro que en la calle no vamos a encontrar nada. Aquí no hay nadie.

Draco gruñó un poco, aunque Hermione interpretó el sonido como una respuesta afirmativa. Era evidente que estaba cansado de caminar durante horas sin ningún rumbo fijo y sin encontrar absolutamente nada. Ambos llevaban estancados en la línea de salida desde que todo aquello empezó, no habían logrado avanzar ni un solo paso y eso era algo que resultaba frustrante.

Ambos siguieron caminando durante un rato más, cada uno metido en sus propios pensamientos. Draco no había estado nunca en aquel lugar de fachadas extravagantes y escaparates exhibiendo ropas casi grotescas. Vestidos voluminosos de todo tipo de colores, enormes botas negras con pinchos y camisetas con estampados estrafalarios. Los muggles podían ser muy extraños a veces.

La tarde estaba a punto de caer cuando Hermione se paró en seco y contuvo la respiración haciendo un sonidito muy agudo. Draco se giró enseguida.

—¿Qué?

Ella señalaba una puerta abierta en cuyo interior podía verse un tramo de escaleras muy estrecho que parecía bajar a algún lado.

—Ahí…

—¿Qué? —repitió el chico, sintiéndose cada vez más nervioso. Hermione tardó unos segundos en responder.

—Ahí era donde trabajaba mi primo mayor —dijo al fin—. No recordaba que estuviera tan cerca.

Draco soltó un suspiro y sus hombros se hundieron al instante. Se había puesto tan tenso de repente que ahora sentía las consecuencias en su cuerpo. Esos latidos desbocados no iban a apaciguarse tan fácilmente.

—¿Qué tiene eso de relevante?

—Nada —respondió ella—. Pero recuerdo que cuando era pequeña me traía de vez en cuando.

Hermione se asomó un poco, pero enseguida empezó a bajar las escaleras sin previo aviso. Draco refunfuñó un poco antes de seguirla.

—¿Aprobaban tus padres que te trajera… a una mazmorra? —preguntó Draco cuando llegaron abajo.

El sitio estaba tal y como Hermione recordaba. No era el lugar más espacioso del mundo, pero era lo suficientemente grande como para que cupieran unas ciento cincuenta personas… apretadas. No había ventanas por ningún lado y al fondo unos cuantos vasos reposaban sobre una estrecha barra. La mesa de mezclas de su primo estaba en la esquina de siempre, sobre un pequeño escenario, y unos grandes altavoces de no mucha calidad sobresalían de las sucias paredes.

—No es una mazmorra —le corrigió—. Es una discoteca.

—Tendrás que ser más específica si quieres que entienda eso —se quejó el rubio.

Hermione sonreía a medida que se acercaba a la mesa de su primo.

—Una discoteca era donde la gente joven iba a divertirse y a pasárselo bien con sus amigos.

—¿Los muggles encontraban esto mínimamente entretenido?

Ninguno pasó por alto el uso del tiempo pasado. Ya se habían acostumbrado a hablar así.
Hermione suspiró.

—Sí. Podían beber alcohol y socializar con otras personas. Por lo general las discotecas ponían música reciente y la gente bailaba hasta la madrugada. Mi primo era el encargado de eso y de vez en cuando me traía para que correteara por aquí mientras él preparaba los temas para la noche.

La voz de Hermione se quebró un poco, pero no por ello dejó de subir al escenario. Lo hizo sin esfuerzo ya que apenas se elevaba unos cincuenta centímetros del suelo, aunque recordaba a la perfección que cuando era pequeña no podía subir sin la ayuda de su primo. Hermione tocó aquel aparato con las yemas de los dedos. Cuánto extrañaba esos días. La nostalgia de la niñez se acababa de mezclar con la melancolía de saber que él ya no estaba allí. Su pecho se sentía presionado de nuevo por la ansiedad y sus ojos amenazaban con llenarse de lágrimas.

Llenó sus pulmones de aire y dejó que saliera por su boca un par de segundos después. Se forzó a recordar que tenía dos opciones: Dejar que los recuerdos volvieran a hundirla o intentar sacar algo positivo del asunto.

Decidió que no iba a permitirse flaquear.

Hermione sólo tuvo que presionar un botón para que la música empezara a sonar en aquel lugar. Los dos dieron un respingo de sorpresa, aunque ambos lo disimularon bastante bien. La música no estaba demasiado alta, pero de haber querido decirse algo hubieran tenido que hablar muy fuerte. La melodía siguió sonando unos segundos hasta que Hermione pudo reconocerla. Se trataba de "Take on me", del grupo A-ha. Fue el tema del momento durante su infancia, y aunque se sabía la letra de memoria la voz del cantante había desaparecido de la canción.

Sin darse tiempo para pensar demasiado en ello, Hermione se bajó de un salto del escenario y empezó a dejarse llevar por la música. Aquel era otro impulso del que podía avergonzarse más tarde. Necesitaba olvidarse de que Malfoy seguía ahí, de que fuera el mundo se había ido a la mierda y de que todo apuntaba a que les sería muy difícil encontrar el motivo de la desaparición de todos de la faz de la tierra. Por no decir imposible. Se olvidó de todo, cerró los ojos y dejó que la música la transportara a una época feliz donde aún no tenía que preocuparse por encajar en un mundo completamente nuevo y paralelo al suyo, donde sus padres la arropaban por las noches con cariño después de haberse pasado la tarde bailando las canciones que le ponía su primo mayor. Su cuerpo se movía suavemente, parecía fluir con el ritmo y fundirse en sus notas. Lo sentía libre, se sentía volar. Al fin.
A medida que la canción seguía sonando ella se dejaba llevar un poquito más. Cantaba la letra en su cabeza y movía los labios levemente. Agitaba las caderas y los hombros, se llevaba las manos al cabello y las enredaba en él de una forma un tanto sensual, aunque ella ni siquiera fuera consciente de ello.

Draco la observaba bailar de espaldas. Sabía que no se giraba porque él estaba ahí, pero casi podía imaginar su rostro de todas formas. Los ojos cerrados. Los labios cantando la letra que él nunca escucharía. Se permitió mirarla más de lo estrictamente necesario. El arranque de aquel baile había sido una sorpresa al principio, no podía negarlo, pero estaba resultando ser todo un espectáculo. Y debía admitir que lo era en el buen sentido de la palabra. No sabía muy bien por qué, pero así era. Su corazón se había agitado un poco con un atisbo de emoción al verla. Era una sensación extraña pero reconfortante a la vez.

La miró moverse hasta que la melodía cesó por completo. A la canción la siguió otra del mismo estilo, pero Hermione ya no bailaba. Se había quedado clavada en el suelo con los brazos cayendo pesados a sus costados. Tardó un par de minutos en mover un poco la cabeza y caminar unos pasos hasta la pared más alejada. Arrancó un papel que había allí colgado y se quedó mirándolo durante lo que pareció una eternidad. Luego se giró lentamente y clavó sus marrones ojos en él. Sus hombros subían y bajaban demasiado rápido debido a la agitación del baile. O al menos eso había creído él. Granger no dejó de mirarlo mientras se acercaba con el rostro pálido y los ojos algo más abiertos de lo normal. Cuando llegó a su altura y le tendió el papel con dedos temblorosos, Draco pudo ver el rostro sonriente de un chico pelirrojo bajo un encabezado que anunciaba un concierto a piano el día 1 de marzo a las diez de la noche.

Draco y Hermione miraron el piano que había pasado desapercibido en la otra esquina del escenario. Todo el mundo había desaparecido la noche del 1 de marzo sin dejar rastro alguno, pero por una extraña razón ese chico todavía se reflejaba en aquel cartel. Era la primera persona que habían visto desde entonces.


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Cristy :D