Quiero apagar en tus labios la sed de mi alma…
Y descubrir el amor juntos cada mañana…
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Había cerrado los ojos por un instante y en realidad se quedó dormido cerca de quince minutos. Nada lo hubiera interrumpido de no ser el sonido de la puerta. Abrió los ojos de inmediato y se fijó en el chico rubio despeinado que estaba delante suyo.
Sebastián se puso de pie y extendió una mano al paciente. – Hola, soy Sebastián Michaelis. Gusto de conocerte.
El rubio extendió la mano también para estrechar la del moreno. No obstante, el mayor no sabía que lo que el chico respondería le otorgaría el momento más misterioso de su vida hasta ese momento. – Hola, me llamo Alois Trancy.
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En menos de lo que esperaba o creía tener programado, Sebastián se hallaba de nuevo en el camino. Trazas de lo que le había contado Alois iban y venían de su mente.
"No importa si es tu familia. Pueden destruirte igualmente. Yo he desaparecido. Mis tíos, mis primos, todos…" A veces el chico se detenía y el moreno se preocupaba de pensar que ese hospital mental ya había calado en sus venas. El pensamiento que quizás Alois ya no estuviese tan cuerdo como antes de entrar en ese lugar. "Todos creen que estoy en Europa estudiando. Nadie me busca. Seguro creen que me he olvidado de ellos y… él… Él ha de creer que ya ni siquiera le amo."
-Que equivocado estás. – Dijo Sebastián para sí mismo, mientras tomaba la autopista a toda velocidad. Si los padres de Alois habían sido lo suficientemente homofóbicos para rechazarlo y enviarlo a un lugar como ese.
¿Qué podría hacerle entonces Madame Red a Ciel?
Sabía que se estaba comportando como un egoísta al no avisarle a Claude sobre su descubrimiento, pero no tenía tranquilidad en este instante para nada más. Tenía aquel mal presentimiento en el pecho que no le dejaba en paz y no se sentiría mejor hasta que le viera.
No sintió el tiempo. Antes de cumplir dos horas en el camino ya se encontraba frente a Le Rouge y eso le hacía pensar que había conducido a más de noventa kilómetros por hora.
Se bajó del auto y hasta entonces se dio cuenta que la noche ya había caído en la enorme ciudad en la que tanto Le Rouge como su historia solo eran pequeñas migajas.
Entro en el local y miró alrededor. No había nada diferente, sin embargo parecía como si algo hubiera cambiado. Como siempre, se aproximó al mostrador de la recepción. En esta ocasión, una chica de cabellos púrpura surgió de la sombra que provocaba la altura del mueble y le preguntó qué necesitaba. Sebastián pidió lo de siempre. A la misma persona y la misma habitación.
Sin embargo, después de andar por el pasillo, llamar a la puerta y abrir ésta, supo que su corazonada era la correcta. Algo no estaba bien ahí.
Ciel estaba sentado en la cama. Estaba perfectamente vestido y peinado. Sebastián inconscientemente bajó la vista a su reloj. Eran más de las siete de la noche, ¿sería posible que no hubiese tenido ningún cliente?
El ojiazul aún no le volteaba a ver. El moreno supuso que se trataba de alguno de sus juegos perversos. Sacó los guantes blancos de su bolsillo y se los puso. No obstante, apenas acabó de hacerlo cuando el menor se dio la vuelta. ¿Entonces si sabía que Sebastián estaba en la habitación?
-Hoy no puedo atenderte. – Fue todo lo que dijo. Su voz fue un susurro lastimero. – Madame Red debe haber colocado a alguna de las chicas nuevas en la recepción y por eso te ha dejado entrar.
El moreno arqueó una ceja y se puso de pie frente al ojiazul para luego apoyarse en una rodilla. - ¿Qué he hecho ahora?
Ciel subió la vista y sintió el escozor en los lagrimales. No podía verle a la cara. Era demasiado. Sin embargo, las manos de Sebastián debajo de su mandíbula no le permitían dejar de hacerlo. – Vete. Por favor… Solo vete. – Cerró los ojos.
-¿Por qué? No. ¡No voy a irme hasta que me digas porqué no quieres estar conmigo! – Reclamó, mirándole seriamente. Ciel abrió los ojos nuevamente y en su mirada se leía algo de temor. Sebastián se sintió de inmediato como una basura por alzarle la voz. – Perdóname. Es que no quiero marcharme… Quiero estar toda la noche contigo… Solo eso. – Llevó sus labios hasta los del menor y lo besó apenas unos instantes.
Ciel le rodeó el cuello con los brazos y susurró contra sus labios. – Bésame una última vez. Pero no me beses como a quien te sirve sino como lo que querías que fuera, tu amante.
Sebastián enredó los brazos alrededor de la cintura del ojiazul y lo besó profundamente. – Ciel… - Jadeó, sin poder despegarse de los labios y del cuerpo de su joven amante. – Te amo… Ya no puedo ocultarlo. Estoy enamorado de ti…
El menor le empujó hacia atrás suavemente. Su pecho subía y bajaba con movimientos veloces y hasta entonces Sebastián se dio cuenta que estaba llorando. – Sebastián… ¡Ah! Yo también te amo… - Cerró los ojos y movió la cabeza en gesto negativo. – Pero… hoy es el último día que puedo verte.
-Amor… - Y no se sintió ni un poco incómodo de llamar a Ciel en esa forma.- No importa qué sea. Yo puedo cambiarlo. – Pensando que quizás se refería a alguno de sus comportamientos como sucedía con Geneviere.
-¡No, no puedes! - Gritó. - ¿No sabes? – Se limpió las lágrimas del rostro y se echó a reír de una forma que asustó ligeramente al moreno. - ¡Madame Red va a venderme a Parker!
-¿Qué dices? – Sebastián le empujó, haciéndolo caer de espaldas en la cama, se subió encima de él y le sujetó por la manos. Por alguna razón aquello le provocaba rabia, demasiada rabia. Si Ciel estaba jugando con él, él le enseñaría a no hacerlo. - ¡Mientes! ¡Mientes, maldita sea!
-Quisiera mentirte… - Susurró el ojiazul, dejándose hacer la voluntad del mayor.- Pero no lo hago. – Le miró a los ojos. Ciel sentía el corazón partírsele como cuando supo de la muerte de sus padres. Aunque se negaba a aceptarlo.
-No… -Masculló, liberándole del agarre. – No voy a dejarte ir con ese sujeto.
La pelirroja llamó a la puerta en ese momento. – Ciel… el señor Parker ha llegado. – Dijo, como quien anuncia el invitado más esperado de todos los tiempos. La sonrisa que había en su cara podía leerse a través de la puerta cerrada.
-En un momento voy. – Respondió el ojiazul, con tanta sequedad que al moreno le dio un escalofrío. – Hay cosas que no pueden ser, Sebastián. –Susurró un instante después contra los labios del moreno.
Sebastián se puso de pie y se arregló la chaqueta. – Entonces, ve. ¡Corre con él! – Espetó y no esperó más. Salió de la habitación y se encaminó al baño.
Habría deseado ver a Madame Red en el camino y olvidar que era un caballero para darle una buena golpiza, pero no. Entró en la pequeña habitación de puerta roja, echó el seguro en la puerta. Sentía demasiada confusión en su interior, una impotencia que ya no estaba dispuesto a experimentar.
Apoyó las manos en el borde del lavamanos, mirando su rostro en el espejo viejo y rayado que era apenas iluminado a causa de la bombilla de luz blanca que pendía del techo. Los guantes se mojaron en la orilla, pero él ni siquiera se dio cuenta.
Antes que pudiera sentirlo, su mano derecha se deslizó dentro de su bolsillo y sacó el pequeño frasco en el que había colocado sus pastillas antes de salir del apartamento. Sacó dos y las tomó en seco. Luego contempló el frasco por un instante. – Ciel… - Susurró, apretándolo con una mano mientras llevaba la otra a sus labios sin pensarlo.
Había algo que podía hacer todavía.
Salió del baño y se dirigió a la barra. Tenía que hablar con el bartender si quería hacer hasta lo imposible por salvar a Ciel.
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Ciel buscó a Madame Red con la mirada. La pelirroja lo notó y se acercó de inmediato. Apenas había reunido las fuerzas para levantarse de la cama y componerse la ropa. Pensar en lo que le aguardaba le aterraba.
Había escuchado sobre el tema antes. Sería vendido como esclavo sexual al hombre, quien retendría toda su papelería, haciéndole perder cualquier identidad que tuviera y bloqueando cualquier oportunidad de escapar de él.
Ahora que se veía a sí mismo caminando hacia la mesa en la que se hallaba sentado James Parker acompañado por Madame Red se daba cuenta que todo esto era mucho más que una noche en Le Rouge.
-Bien, Ciel. ¿Listo para que nos vayamos? – Preguntó el hombre.
Ciel sintió un escalofrío recorrer su cuerpo al asentir. – Sí. Mis maletas están hechas.
-Magnífico. – Añadió Parker. – Pero, ¿cómo acordaremos el precio, Madame Red?
Sebastián apareció en ese momento detrás de ambos. Colocó una mano en el hombro de la mujer y otro en el del hombre. – Creo que sería mejor discutir cómo será la subasta. – Intervino el moreno.
-¿Subasta? – El rostro de Parker cambió por completo. –Madame, ¿acaso le ha dicho a este hombre lo que haremos? – Ciel se giró para verle dudoso. No tenía idea de lo que Sebastián planeaba. Era imposible que le ganara a James.
-N-no… - Tartamudeó ella. – Señor Michaelis, esto no es asunto de suyo. Es un negocio entre el señor Parker y yo.
-Lo cual no me parece justo. Yo también quiero participar y creo que lo más indicado sería una subasta. – Argumentó.
James lo miró de pies a cabeza mientras sostenía su vaso de whiskey para luego echarse a reír. - ¡Ah, Madame! ¡Déjelo! ¡Nunca podrá pagar lo mismo que yo!
Madame Red miró a ambos y sonrió. – Buen punto, señor Parker. – Aunque internamente consideraba que no sería mala idea eso de la subasta, pues se ahorraría el negociar con el hombre. – Que empiece la subasta.
-Tráigame otro whiskey. –Dijo Parker al mesero, quien se retiró para cumplir el pedido tan pronto como fuera posible. Las propinas del hombre no eran nada malas.
Sebastián cogió una lata de soda de una máquina expendedora que había al fondo y observó desde ahí dar el primer trago del nuevo vaso de whiskey a Parker. Sonrió maliciosamente. El Demerol tenía una sola contraindicación: Jamás tomarlo y beber alcohol.
-Me voy a ir al infierno si muere. – Susurró para sí, mientras caminaba de regreso a la mesa.
Los guardias abrieron un círculo entonces, donde ya se comenzaban a aglomerar los curiosos bajo las luces rojas para ver lo que sucedería. ¿Era verdad que habría una subasta? ¿Es que acaso aquí vendían a las personas?
Madame Red leyó los pensamientos de los asistentes en sus rostros. No podía ser tan obvia con la transacción por lo que explicó a los presentes que la subasta no era más que un juego de orgullos y que ambos participantes pagarían el mejor precio por hacer suyo a Ciel durante toda una semana. "¿Acaso no es ridículo?" Había preguntado la mujer al final riendo. "Pero yo complazco a todos acá y quiero a mis dos clientes felices."
-Señoras, señores. – Anunció Brian con un micrófono. – La subasta comenzará en doscientos dólares. ¿Quién da doscientos?
Sebastián levantó la mano.
-Cuatrocientos. – Dijo Parker, bebiendo más de su vaso.
-Seiscientos. – Respondió Sebastián, mirando de reojo a Ciel, quien le miraba nervioso.
-Ochocientos.
-Mil doscientos.-
Ciel tomó un vaso que encontró de alguien y contrario a todas las reglas bebió lo que quedaba en el interior. Parecía ser un cóctel de margarita en el que el hielo se había derretido, pero se sintió bastante bien.
-Cinco mil.
-Siete mil.
El ojiazul miró a Parker en ese momento. En su interior lo maldecía tan profundamente. Sin embargo, de repente notó que el hombre llevaba una mano a su pecho y comenzaba a dar un masaje a la altura de su corazón.
-Trece mil.
-Quince mil.
Sebastián sabía que aquel era un precio exorbitante y que no tendría cómo pagarlo. No obstante, un objeto llegó a su mente en ese instante.
-Veinte mil dólares. – Dijo. Era su última oferta y Parker podría superarla fácilmente. O hubiera podido, de no caer desmayado frente a todos en el acto.
Brian gritó desde el micrófono. – Veinte mil a la una, veinte mil a las dos… Veinte mil a las tres. Vendido al señor Michaelis.
Unos aplaudieron y otros corrieron a ver al inconsciente. Sebastián sonrió. Era una suerte que el medicamento hiciera efecto justo en el momento necesario.
Ciel anduvo hasta él. – Ahora soy tuyo.
-Te dije que no te irías con él. – Murmuró, atrapándolo por la cintura.
Madame Red bufó por lo bajo y se levantó del suelo, dejando a Parker tirado y a merced de los mirones, mientras ella se dirigía hasta Sebastián. - ¿Y usted? ¿Cómo piensa pagarme? – Preguntó fastidiada. – Recuerde que de no poder hacerlo, la apuesta la habrá ganado el señor Parker.
Sebastián sacó las llaves de su auto del bolsillo y se las entregó a la mujer. – Con mi auto. Es un Lincoln MKX modelo del año pasado. – Dijo el moreno, abrazando a Ciel con un brazo contra su cuerpo.
Madame Red hizo una mueca disfrazada de sonrisa, mirando las llaves. – Brian, ven. – Llamó al jefe de los guardias, quien bajó del escenario y se encaminó hasta ella para tomar las llaves. – Tú sabes de autos. Dime si es del valor que el señor Michaelis dice.
-¿Me puede acompañar, señor Michaelis? – Preguntó Brian. En el fondo, él no tenía favoritismos por ninguno.
-Claro. – Respondió el moreno, andando detrás de él hasta la calle. – Ése es mi auto. – Añadió, señalándolo.
El otro se acercó a inspeccionarlo. En efecto, era un Lincoln negro con un valor de más de veinte mil dólares. Brian se giró para verle y volvió a ver el auto. ¿Sería que se lo había robado? Sebastián no tenía el porte de tener un auto así. No obstante, su trabajo era simplemente revisar el auto. Abrió la puerta y lo contempló. Asintió. –Bien, señor Michaelis. Su deuda está saldada. Ciel puede irse con usted.
"¿En qué se irá?" Se preguntó Sebastián mentalmente. " Esa es la cuestión. Bueno, tomaremos un taxi." Pensó, mientras sacaba su propia maleta del auto y su chaqueta de médico.
Ciel estaba detrás suyo, contemplando la escena. - ¿Podemos irnos ya? – Preguntó tímidamente. Algo raro en él.
-Seguro. ¿Dónde están tus cosas? – Preguntó el mayor y el ojiazul le mostró las dos pequeñas maletas que sostenía en las manos.
Sebastián sonrió y tomó una de las maletas. Detuvo un taxi y ambos lo abordaron. El moreno indicó el nombre de un hotel que Ciel no conocía y luego miró al ojiazul.
Ciel al principio le correspondió la mirada con seriedad. Sin embargo, cuando Sebastián sonrió, él no pudo evitar hacer lo mismo. – Me muero por besarte. – Le susurró el moreno en el oído.
-Yo también. – Respondió Ciel.
No obstante, sabiendo que podían levantar sospechas, no se atrevieron ni a tomarse la mano. Continuaron el resto del camino al hotel y a la habitación en silencio. El ojiazul únicamente habló para aseverar que Sebastián era su tío y no dijo más.
Subieron las escaleras que les separaban de la habitación y al llegar a ésta, el moreno abrió la puerta. Ciel esperó a que cerrara para acercarse a él. - ¿Es verdad eso que has dicho antes?
-¿Qué cosa? – Preguntó malicioso.
-Eso… Que me amas y eso… - Sebastián aprovechó para abrazarlo contra su cuerpo. –Te amo, sí. Eso no tienes que dudarlo. La pregunta es si tú me amas a mí.
El ojiazul se sonrojó ligeramente. – Te amo, Sebastián Michaelis. – Susurró.
Sebastián acarició su rostro aún con las manos enguatadas mientras le besaba. – Gracias.
Ciel tomó una de sus manos y le quitó el guante, luego la otra. El moreno le miró divertido. – Gracias a ti por dar tu auto por mí, amo. – Musitó, sonriendo picarescamente mientras tomaba la mano de Sebastián nuevamente y lamía la palma sensualmente.
-¿Soy tu amo ahora? – Preguntó, mordiendo ligeramente su labio inferior. – ¿Significa eso que puedo hacer lo que quiera? – Ciel asintió y Sebastián lo aproximó de golpe para luego deslizar una mano en la parte trasera de sus jeans y acariciar su entrada por encima de la ropa interior. – Esto es mío ahora.- El ojiazul gimió por lo bajo y susurró. – Mmm… sí. Es tuya cuantas veces la quieras.
El mayor no pudo evitar tener una erección al sentir como su joven amante tenía una que rozaba contra su pierna. Fue en ese momento que le lanzó a la cama, bajó los pantalones del menor y los dejó caer al suelo.
