Free! Iwatobi Swim Club no me pertenece.
.o.O.o.
.
¿Tienes miedo?
.
.o.O.o.
Resumen:
Después de un par de años sin verse, Haru regresa a Iwatobi, donde se encontrará con aquel que llamó mejor amigo… Sin embargo, descubrirá que el miedo tuvo más fuerza que la posibilidad de una escena que nunca había visto.
o.O.o
.o.
o.O.o
¿Tienes miedo?
.
.
.
—Me pregunto si podré verla de nuevo. Esa vista.
Makoto está mirando mucho más lejos que el barco. Aun más lejos que el horizonte.
Los remos empiezan a deslizarse del bote.
Los niños están absortos mirando el fondo del mar, parece que ni siquiera han notado que perdieron los remos.
—Makoto, los remos se están cayendo.
...
Makoto Tachibana y Haruka Nanase. High Speed 2. Capítulo 8 Light
.
O.o.O.
Décimo Capítulo:
El oasis no existe
.
.o.O.o.
Esta vez, no se propuso nadar hacia las islas, sino que se quedaron en el mismo lugar. Rei, quien ahora era famoso en su universidad por el combinado individual, dijo que no tenía la suficiente stamina para nadar tanto. Ninguno comentó lo poco probable que era que cuatro jóvenes, amantes del deporte, a los veintitantos no tuvieran la resistencia; pero estuvo bien. Pudieron conocer de cabo a rabo la playa en la que estaban.
Mientras caminaban, Makoto los entretenía con explicaciones sobre algas, corales, hongos y animales que parecían de otro planeta. En un simple charco, olvidado entre las piedras, Makoto encontraba todo un ecosistema, y tenía a los escuchas más entusiastas. A Haru, en cierto modo, le recordaba cuando le enseñaba a nadar a los niños. Makoto tenía talento para enseñar.
—Haruka-sempai, en ese lugar hay muchas piedras. ¡Debe tener cuidado!—llamó la atención Rei.
Haru asintió, sin dejar de nadar. Pudo ver como la espalda de Makoto se tensaba, pero el muchacho no se volvió, sino que siguió inclinado ante alguna concha o cangrejo, sin girarse hacia al mar, hacia Haru.
Haru nadó, hasta bordear las piedras y llegó a una playa pequeña mucho más serena, el agua quedaba atrapada entre las rocas y parecía que la marea estaba subiendo. Unos minutos después, trepando por las rocas, los otros llegaron. Rei apuntó sobre la proximidad de la marea alta y las probabilidades de que el paso por las piedras fuera tapado por el mar en poco tiempo. Y justo cuando Makoto iba a sugerir que se fueran, Nagisa encontró los restos de una casa abandonada.
Haru continuó nadando, mientras Nagisa armaba cierto alboroto. Minutos después, cuando dirigió sus ojos hacia la playa, vio que Makoto estaba solo, sentado en la arena.
—¿Estás bien?—preguntó Haru, tomando asiento al lado de Makoto.
—Si estamos los cuatro juntos, siento que podemos llegar hasta donde sea—respondió suavemente Makoto, en parte justificando por qé había dejado que lo arrastraron hasta el extremo de la playa. Sus cejas se fruncieron, y miró con recelo hacia un caminillo enmontado que llevaba a la choza—. Menos a casas embrujadas.
—No creo que esté embrujada—murmuró Haru, aunque lo que quería decir era: "tampoco entraste al mar".
Makoto bajó el rostro, pensativo. Haru sintió algo en su estómago. Anticipación, ansia, deseo. Recogió sus rodillas y abrazándolas quiso decirle a Makoto que no intentaría tocarlo: no quería presionarlo, otra vez, con su roce. Pero quería una respuesta.
—Una vista que jamás has visto—susurró Makoto, sin mirarlo—. Esas fueron las palabras de Rin.
—Lo sé.
Haru quiso decirle que no era necesario hablar de Rin en cada una de sus conversaciones.
—Rin también nos mostró una vista que nunca habíamos visto, tanto a Nagisa como a mí—murmuró Makoto, y Haru encontró imposible apartar la mirada del perfil de Makoto—. Gracias a él, nadamos en relevos... aprendimos a compartir nuestros sentimientos al nadar y nosotros también respondimos la pregunta—Haru sabía a cuál pregunta se refería: ¿Por qué nado? ¿Para quién nado?—. Sin embargo… ya yo lo sabía, de cierta forma. El agua me daba miedo, pero nadaba, porque entendía lo que Rin decía, aunque no le diera el mismo nombre—Makoto sacudió un poco la cabeza y tensó los hombros—. Antes de que Rin viniera, yo entendía lo que él sentía, sabía lo que él sabía… pero nunca fui capaz de lograr que tú también lo entendieras. Después de que él se fuera, no pudiste revivir esa sensación, aunque yo seguía nadando contigo.
Haru frunció el ceño: el nadó en el relevo, la primera vez, porque Makoto estaba a su lado. La insistencia de Rin solo le alteraba los nervios y lo confundía. Pero Makoto no entendía, no entendía nada.
—La diversión de nadar con tus compañeros, la alegría de saber que estamos juntos, y que juntos podemos llegar a cualquier lugar, que no importa competir, porque tenemos a alguien con quien nadar, pero que podemos dar lo mejor de nosotros para ganar. Haru, yo sabía eso. Yo quería nadar contigo—Haru supo que esa frase sería lo más cercano a una declaración de amor; y que era en tiempo pasado—. Pero no tenía cómo hacer que lo vieras. Solo Rin pudo enseñarte eso, solo él pudo guiarte hacia un verdadero sueño. Porque tú… nadas para Rin.
Haru se puso de pie.
—Acompáñame—Haru caminó hacia el mar. Makoto también se puso de pie, y lo siguió, unos cuantos pasos.
—Ustedes no fueron los únicos que vieron una vista que nunca antes habían visto—dijo Makoto cuando sus tobillos fueron cubiertos por el agua—. Nagisa, Rei y yo sentimos lo mismo. En cada relevo que hicimos juntos, lo experimentamos. Todo gracias a ustedes dos. Rin también estuvo pendiente de nosotros, ayudándonos, preocupándose por nuestro bienestar. Y tu forma de nadar siempre nos ha inspirado. Ustedes son muy importantes para nosotros. Haru.
—Dejaste de nadar por mi culpa—dijo Haru.
Porque sin Haru no tenía sentido nadar. Porque solo tiene sentido si es contigo.
Makoto recordó cuando los peces, que el anciano pescador le regaló, murieron; y se sintió patético por recordar la muerte de todos los peces que había tenido. Recordó los cúmulos de tierra en su jardín, la fetidez, el agua negra, el vidrio de la pecera quebrándose, los agonizantes chapoteos de los peces, las garras del gato. Y su mente recreó con dolorosa precisión los instantes en los que se dio cuenta de que él no estaba destinado para Haru.
Cuando dejó de divagar en recuerdos, se dio cuenta de que tenía el agua por la cintura y Haru no estaba.
—¿Ha… Haru?—tartamudeó atolondrado. Por un momento, pensó que tan solo era su mente recordándole de forma muy vívida la única competencia de natación contra Haru, cuando, simplemente, Haru desapareció de su vista; y él se dio cuenta de que Haru estaba a un nivel que él no podía alcanzar, sin importar la fuerza que usara.
Sin embargo, la suave brisa y el movimiento del mar eran muy reales. Así como la desaparición de Haru. Plantó sus pies en la arena, la pantaloneta pegándose a sus piernas, y giró el torso hacia todos los lados. Unas cuantas olas chocando contra unas piedras lejanas le parecieron enloquecedoras.
—¡Haru!—chilló, asustado. Los dedos de sus pies enterrándose en la arena, pero era suave y desaparecía y, por unos instantes, parecía que el suelo también desaparecía.
Unos segundos después, Haru salió del agua.
—He llegado a sentir culpa, porque no pude apoyar a Rin, cuando pasó malos momentos. Rin debió enfrentar momentos difíciles, solo, y muchas veces yo sólo compliqué las cosas—dijo Haru, dando unos pasos hacia él—. Rin estuvo solo, mientras que yo siempre he tenido a Makoto a mi lado, apoyándome. Y Rin no tenía a nadie que estuviera junto a él.
Makoto asintió, y por un quiebre en la expresión de Makoto, que duró menos de un segundo, Haru supo la suerte de pensamientos que había en la cabeza del otro. Rin tenía lo que Haru necesitaba. Haru podía darle el apoyo que Rin necesitaba. Se complementaban, se necesitaban, se merecían.
—Me hace infinitamente feliz que mi presencia te haya sido de utilidad—murmuró Makoto—. Pero creo que no…—lo miró a los ojos. Las palabras murieron en su boca, Haru se volvió a sumergir.
Makoto dio un paso, acelerado, hacia Haru; sin embargo, al sentir que el agua le llegaba a medio abdomen se detuvo. Apretó los puños, y quiso devolverse. Correr hacia la costa, pero, por alguna razón, no podía moverse.
Esta vez, Haru no duró tanto sumergido. Apenas asomó la cabeza, Makoto abrió la boca para terminar su idea, pero Haru levantó una mano, pidiéndole silencio.
—No te preocupes. Ya lo has dicho todo—murmuró Haru, sin variar mucho su expresión—. Entre la fábula del desierto y la vista que no lograste hacerme ver, me ha quedado muy claro. Tan claro como el agua.
—Haru. No tienes por qué ser tan duro—murmuró Makoto, nervioso, porque nunca había visto un agua tan turbia y oscura como en la que estaban ahora—. Solo trato de ser sincero.
Haru pensó que la sinceridad de Makoto apestaba. Era tan malo como todos los sentimientos y miedos que ocultaba. Porque las sonrisas amables y la preocupación desmedida por todos los demás, lograban ocultar los verdaderos pensamientos y miedos de Makoto. ¿Cuántos años tardó Haru en darse cuenta de que Makoto le tenía miedo al mar? Probablemente, sino era por Rin, nunca llegaría a darse cuenta.
—Ven—le pidió. Su última carta: debía hacer que Makoto enfrentara su miedo y recordara que aunque la presencia que acechaba en el agua nunca desaparecería del todo, al menos podría ignorarla si nadaba con la seguridad de que sus amigos estaban junto a él, en el mismo carril, con sus sentimientos conectados—. Nademos.
—No—murmuró Makoto, inseguro.
—Nada para mí, Makoto—exigió Haru, en otras palabras quería decir: "Vuelve a nadar para mí".
—No.
Haru volvió a sumergirse.
—Haru, estás siendo inmaduro—chilló Makoto, un minuto y medio después, cuando Haru volvió a la superficie, cerca de las rocas.
—¿Y tú eres muy maduro?—replicó Haru. Lo primero que notó era que Makoto tenía algunos mechones de cabellos mojados, como si se hubiera llevado las manos mojadas a la cabeza, pasándose los dedos entre el pelo, como ademán de frustración.
—Regresa—gruñó Makoto.
Haru volvió a hundirse.
Makoto cerró los ojos, contó hasta treinta. Cuando abrió los ojos, Haru no estaba. Casi podía escuchar los latidos de su corazón. Apretó con fuerza los ojos y sus puños. ¿Cuántos segundos un nadador como Haru podría aguantar la respiración bajo el agua?
Ya Haruka Nanase lo había exasperado con casi dos minutos. Esperaba que los pulmones de Haru no aguantaran tanto. Cielos. ¿Qué estaba diciendo? Solo quería que Haru saliera del agua y que él pudiera liberarse de esa sensación paralizante que le impedía mover las piernas.
—¡Haru!—gritó, asustado. Sus manos golpearon el agua, que le llegaba por la cintura—. ¡Haru! ¡Por favor!
Unos segundos después, la cabeza de Haru se asomó, aun más lejos. Lo vio agitar el cabello antes de volver a hundirse.
—No te puedo escuchar cuando nado—dijo Haru, cuando volvió a resurgir del agua, cerca de Makoto, con la intención de recalcar lo fútiles que eran los intentos de Makoto por sacarlo del agua.
La mandíbula de Makoto tembló levemente. La respiración de Haru apenas estaba agitada. Él parecía que acababa de correr una maratón.
—No hagas eso.
—Eso es lo que se supone que haga en el mar.
Makoto apretó los puños.
—Regresa, Haru—susurró, pero Haru, mirándolo con sus acusadores y penetrantes ojos volvió a hundirse.
Makoto gimió, no pudo evitar cerrar los ojos; esta vez al abrirlos, tenía a Haru al frente.
—Makoto, estuve a punto de perderte—dijo Haru—. No respirabas. Y yo no sabía qué hacer—Makoto recordó cuando Haru casi se ahoga, la noticia del barco pesquero que se hundió a escasos metros de la costa, a Rei ahogándose en ese mismo mar. Sintió vergüenza y culpa por haber preocupado a Haru en aquella ocasión que el miedo lo paralizó, en el mar. Él no quería causarle sentimientos de esa índole a su mejor amigo—. Estaba tan asustado. Tuve tanto miedo de perderte. No creas que no entiendo—Haru deslizó las yemas de sus dedos por la superficie del agua—. En ocasiones, el agua me aprisiona y no puedo moverme libremente en ella. Pero… eso no impide que pueda disfrutar de ella.
Makoto reconocía que Haru quería ayudarlo. Por un momento, el movimiento del mar, le tranquilizó, le acarició la piel. Su mano también se deslizó en el agua, acercándose a la mano de Haru, hasta que sus dedos se enredaron. Sin embargo, con un ágil movimiento, Haru lo agarró con fuerza de la muñeca.
—¡Haru!—exclamó, cuando el muchacho le dio un tirón para hundirlo—. No puedes presionarme—el agarre de Haru se hizo más fuerte, sus dedos cerrándose en la muñeca de Makoto, jalándolo hacia el agua, hacia más adentro. Con su mano libre trató de soltarse de Haru, pero Haru también le sujetó esa muñeca—. No puedes obligarme—gimió.
—Sí puedo—y para reafirmar a quien el mar apoyaba, una suave ola empapó el pecho de Makoto: los intentos de Haru por llevarlo al mar estaban funcionando.
—Soy más fuerte, Haru—dijo Makoto, en voz baja, controlando su voz, su fuerza, recurriendo al entrenamiento que había recibido para tranquilizarse cuando debía enfrentar una situación de riesgo.
Haru sabía que podía agarrarlo de esa forma porque Makoto se lo permitía, pero no por eso cedería. Impulsó su cuerpo hacia delante, para tener mayor fuerza, y hundió el brazo de Makoto, obligándolo a inclinarse hacia un lado.
Makoto trastabilló, las rodillas doblándose, su cuerpo hundiéndose, alzó el brazo que tenía libre, pero Haru continuó forcejeando con él.
—¡Le tengo miedo al mar!—chilló Makoto, sus ojos casi desenfocados—. ¡Eso no tiene nada de malo!
Haru bufó.
—Tiene todo de malo—apretó con fuerza los antebrazos de Makoto.
—Haru—chilló Makoto, nuevamente dando pasos hacia el mar obligado—. Si existe una persona como tú que le gusta tanto el agua, tiene que haber una como yo, que le tiene miedo.
Haru aprovechó que el agua le llegaba a la mitad del pecho y enredó una de sus piernas con las de Makoto para obligarlo a tropezar.
Makoto encontró a Haru como único apoyo, y Haru aprovechó que Makoto ponía su peso en él, para hundirse y hundirlo. Antes de que se mojara totalmente la cara, Makoto, por fin, usó su fuerza, plantó bien sus pies en la húmeda arena y elevó los brazos, rápidamente cambió la posición de sus manos, siendo él quien ahora agarraba las muñecas de Haru, al cual sacó del agua. No pudo hacer más, porque la rodilla de Haru se clavó en la cadera de Makoto.
—No digas estupideces—dijo Haru, aprovechando que Makoto lo sostenía con fuerza de las muñecas, que el agua era su apoyo para presionar con más fuerza—. Si fuera cierto lo que dices, entonces no tendría sentido que fuéramos amigos.
—¡Ya basta, Haru!—gimió Makoto, cuando de nuevo las piernas de Haru se abrieron espacio entre las de él y lo hicieron perder el equilibrio. Soltó los brazos de Haru y por el rabillo del ojo vio que algunas piedras ya habían sido tapadas por el mar—. Ni siquiera sabemos si todavía somos amigos—chilló, más asustado que otra cosa.
Haru le tiró agua. Makoto apenas pudo taparse el rostro para evitar que le empapara los ojos; sin embargo, el segundo ataque de agua, no fue, precisamente, agua. Fue el puño derecho de Haru que se estrelló contra el hueso de su clavícula. El segundo golpe lo recibió en el antebrazo, que, instintivamente, le protegió la mandíbula. El tercero pudo detenerlo.
Nunca, nunca, nunca nadie había golpeado a Makoto. Nunca, nunca, nunca Makoto había sostenido la muñeca de Haru con tanta fuerza.
—¡No soy Rin, Haru!—dijo él, frustrado, tiró hacia un lado, con brusquedad, el brazo de Haru—. No puedes golpearme, gritarme, obligarme… y pretender que voy a cambiar.
Ambos sintieron que se miraron por una eternidad. Cada respiración de Makoto más dolorosa que la anterior y, de repente, una ola se estrelló contra la espalda de Makoto.
Haru aprovechó que Makoto giraba el rostro hacia un lado para darle otro puñetazo. El golpe en la mejilla y la segunda ola en la espalda llegaron al mismo tiempo.
Haru volvió a sujetarlo y a hundirlo. Con la ayuda del oleaje que empezaba a remontar, los dos se hundieron, y a ratos sentían la arena contra sus pies, contra sus rodillas, y a ratos parecía que solo caían por un acantilado sin fondo.
Cada tanto salían del agua, para respirar, Makoto se alzaba violento, Haru solo parecía deslizarse entre las dos realidades. Fuera del agua, Makoto lograba inmovilizar a Haru. Pero apenas los golpeaba una ola y volvían a hundirse, Haru se soltaba de su agarre.
El contacto entre sus cuerpos era lo único que ocupaba sus mentes. Sus brazos fuertemente aferrados, las piernas de Haru alrededor de la cintura de Makoto, los choques de sus hombros, las manos de Makoto deslizándose por los costados de Haru.
Las olas enredándolos, las piernas que perdían el equilibrio, las bocanadas de aire. Las manos de Makoto en la espalda de Haru, el pie de Haru empujando el abdomen de Makoto, la cabeza de Makoto escondida entre el cuello de Haru.
El mar llenándolo todo. La sensación de que debajo de ellos yacía una criatura peligrosa. Los breves segundos en los que tenían el cielo, las piedras, la costa a la vista, antes de volverse a hundir en el mar.
Y, en algún momento, Makoto salió a la superficie con una renovada fortaleza. Y, después, se hundió voluntariamente.
Veía y escuchaba al mar. Sabía que había un monstruo en esa agua, al acecho, en las profundidades, pero no le importaba. No merecía su miedo. Porque ahora había algo que Makoto debía hacer.
Debía asegurarse de que cada cierto tiempo, él y Haru salieran a la superficie. Y cada vez que rompía la superficie, lo hacía con fuerza, como un animal marino. Apartaba el agua, poderosamente, empujando con su cuerpo. Por unos segundos escuchaba la respiración de Haru, agitada.
De repente, sus cuerpos se estrellaron contra la arena, empujados por una fuerte ola. Makoto logró arrodillarse, Haru quedó acostado en la arena.
Los dos trataban de recuperar la respiración, cuando una ola apareció, y al tocar las plantas de los pies de Haru, el muchacho ya no lo soportó más. Empezó a reír, con fuerza. Se llevó una mano al rostro para limpiarse las lágrimas y taparse la boca.
Makoto se giró hacia el mar. La risa de Haru era más fuerte que el sonido del mar. La risa de Haru era lo único que podía y quería escuchar.
—No hagas eso de nuevo—susurró, mirándolo.
Haru siguió riéndose, sus costillas marcándose, con cada movimiento de su pecho agitado.
—Fue… divertido—dijo, con un suspiro y le gustó la sonrisa de Makoto, que desvió sus ojos hacia el mar.
La sonrisa de Makoto poco a poco fue haciéndose más grande, y bufó, levemente divertido. Quizá necesitaba una pelea en el mar con Haru para tranquilizarse.
—Haru—lo volteó a ver, su rostro apacible—. ¿Te hice daño? —Haru extendió los brazos y cerró los ojos, su cuerpo siendo acariciando por una ola que llegaba y se iba, fría, rápida. No tenía ni un rasguño, y le gustó sentir la mirada de Makoto examinándolo, admirándolo—. ¿Dónde aprendiste a golpear así?—preguntó.
—Makoto—dijo Haru, sin abrir los ojos—. No quiero perderte.
Makoto sonrió, y miró al océano. Lo único que debía perderse era el miedo al mar. Cierto tiempo después, cuando el sol estaba en el ocaso, Nagisa corrió hasta acostarse en el medio de ellos. Rei, quedándose atrás, murmuró que Nagisa debería dejar de interrumpir.
—No es como que haya interrumpido una declaración de amor—se quejó Nagisa—. Ya todos sabemos que se aman.
Ni Makoto ni Haru intercambiaron miradas o palabras después de eso.
.O.o.O.
—¿Entonces: no?—preguntó Haruka Nanase cuando regresaba a Iwatobi en un compartimiento casi vacío del tren, como si varias horas y situaciones no hubiesen ocurrido desde la última conversación -en teoría olvidada- que tuvieron en un tren.
—Mi respuesta es no.
—Pensé que al menos reconocerías que hice planes sobre mi futuro.
Eso tomó a Makoto con la guardia baja. Sus labios temblaron un poco, abrió la boca, pero no pudo decir nada. Demasiada angustia acumulada en su pecho. Makoto aun no se preocupaba por su futuro, porque le quedaban muchos meses como estudiante; sin embargo, sabía que cuando tuviera un título en la mano, debería tomar importantes decisiones. Haru no tenía por qué preocuparse de eso; sin embargo, se preocupó.
La vida activa de un nadador podía extenderse hasta los treinta, incluso cuarenta años. Cada año había competencias en las que Haru podría participar: inclusive Haru el próximo año iniciaría entrenamiento para los 400 y 1500 metros. Haru no tenía la necesidad de hacer planes: pero pensó en las necesidades de Makoto e hizo planes.
Por supuesto, a los planes de Haru les faltó el factor "comunicación", pero al menos, Makoto reconocía que Haru tuviera la confianza de que todo le saldría bien en la universidad y que en cuatro años podría licenciarse. Sin embargo, para Makoto las cosas no fueron tan bien, pero Makoto no preocuparía a Haru contándole de las malas noches de sus primeros años en Tokio.
—¿Puedo preguntar por qué? Y no menciones a Rin.
—No quiero lastimarte—murmuró Makoto. Haru frunció el ceño. Por un momento, su mente –negra y enloquecida por Makoto- pensó que la primera vez dolería, pero después no. Sin embargo, sabía que Makoto debía estar hablando de otra cosa, Makoto no escalaría tan pronto: ¡si ni siquiera se atrevía a darle la mano!—. No quiero que desperdicies tu tiempo, tu talento, con alguien como yo. Estás destinado a llegar muy alto, no quiero entorpecer tu camino.
Makoto pensaba que durante su compañía Haru vivió deprimido, pensando que quería tener 20 años para ser alguien normal, sin atreverse a dar lo mejor de sí. Makoto no tenía nada qué ofrecer para Haru. Rin era todo lo que Haru necesitaba.
—Tampoco quiero esa respuesta—dijo Haru—. Si desperdicio mi tiempo, si entorpezco mis planes… esas son cosas que yo decido. Quiero saber tus propios motivos para decirme que no. Quiero saber a qué le tienes miedo de todo esto.
Makoto tamborileó los dedos sobre su muslo.
Podría decirle que él era demasiado grande, o entrometido, o cobarde o simple para alguien como Haru. Podría decirle que él se había rendido, que era suficiente saber que eran amigos, que se sentía agradecido por tenerlo a su lado y que jamás le exigiría algo que él no quería darle. Podría decirle que no quería presionarlo con sus años de amistad o con la preocupación de su bienestar, que Haru no tenía qué hacer nada por él, que estaban bien solo como amigos.
Podría decirle que estaba bien así, que de todos modos iba a ser muy difícil: que vivían en distintos países y eran hombres, que Haru tenía sueños que apuntaban a coronas de olivo, y que él solo podría ofrecerle de las vidas simples, la más simple: la que siempre habían tenido, una rutina que nunca cambiaba.
Podría decirle que tenía miedo de decepcionarlo, de causarle dolor. Tenía miedo del día en que Haru se diera cuenta de que Makoto no encendía ninguna llama en él. Tenía miedo del día en que Haru se diera cuenta de él solo soportaba la presencia de Makoto porque había sido una constante en su vida, no porque realmente lo necesitara. Tenía miedo del día en que Haru se diera cuenta de la diferencia entre amar a alguien y querer a un amigo, y del día en que Haru supiera que había confundido esos sentimientos.
Al final decidió condensar sus razones en:
—No estoy seguro de que realmente me quieras a mí.
Haru, de cierta forma, se esperaba esa respuesta. La pudo leer en los ojos de su amigo. La inseguridad y la desconfianza. Años de sentir que ignoraban sus sentimientos, temores infundados que crecían cada día más, expectativas que no podía cumplir, personas que lo superaban y sus habilidades que se quedaban cortas. Esa sensación de que nadie necesitaba de Makoto, pero la naturaleza lo había hecho un hombre cariñoso, bondadoso, entrometido y con complejo sobreprotector, un hombre que sabía cómo lidiar con la decepción y disfrazar su sufrimiento con un "espero que sean felices", que a pesar de todo era sincero.
—Rin siempre habla de una vista que nunca he visto o de enseñarme algo nuevo, solo porque le parezco aburrido—murmuró Haru, cuando una voz anunció la cercanía de Iwatobi—. Makoto habla de permanecer a mi lado y de nuestra amistad, porque me quiere tal como soy.
...
See you next water time!
Gracias por leer.
Pensé mucho la pelea. Seguro que Makoto y Haru nunca se golpearían, pero me autoconvencí a mí misma de que podría pasar. Júzguenme: ¿pequé del peor pecado? ¿Escribí algo que ellos nunca harían? ¿Fue totalmente fuera de lugar? Haru sabe que en el agua puede sentir a Makoto, pero qué hacer si Makoto no quiere entrar al agua. A lo mejor había otras formas sin recurrir a la violencia, pero Makoto es una orca: ¡que lo demuestre!
Muchísimas gracias a las personas que leen y dejan review. Aprecio mucho sus palabras y me hacen feliz. Espero, de todo corazón, que la historia les guste. Y a los lectores silenciosos, los invito a manifestarse :)
Les dejo esto:
Segunda parte: Drabble
El señor Nanase los regañó por jugar con agua, otra vez. Le recordó a Haru que los padres de Makoto no lo dejarían ir a jugar con él si volvía a llegar a su casa con la ropa mojada. Makoto se puso a llorar.
Entonces, la abuela Nanase debió intervenir. Con una toalla en cada mano, los mimó y les pidió que le explicaran por qué estaban jugando con agua.
—Yo inicié ese incendio. Me quedé dormida mientras cocinaba macarela—dijo la abuela, participando del juego de los niños.
—Y, entonces, los robots destruyeron la casa—aclaró Haru, subiendo el peldaño hacia la casa, y dejó que su abuela le secara el cabello.
—¿Te salvé del incendio?—preguntó Makoto, mirándola con interés, con la mullida toalla apretada contra el pecho.
—No—murmuró la mujer—. Me convertí en agua antes de que llegaras a la cocina.
Los ojos de Makoto se aguaron. Haru lo miró de reojo, casi preocupado. No quería que volviera a llorar.
—Cuando una persona se convierte en agua, no muere y puede regresar—le dijo Haru a Makoto.
—Me evaporé, subí al cielo, y poco a poco me convertí en una nube. Cuando empezó a llover, caí al suelo—explicó la abuela.
—Pero si te conviertes en lluvia, caes en ¡todo el mundo!—exclamó Makoto, afligido—. ¡Separada en pequeñas gotas! —Haru se sorprendió de lo acertadas que eran las preocupaciones de Makoto, miró a su abuela casi suplicante: por favor que no fuera cierto lo que Makoto decía.
—Caí en un río. En uno muy grande—se las ingenió la abuela—. Después, terminé en una gran represa.
—Pero la represa está muy lejos—apuntó Makoto, en sus ojos brillando el miedo.
—La abuela regresó a casa por las tuberías—concluyó Haruka, con seguridad.
Los tres sonrieron.
Nos leemos
¡Gracias por leer!
No olviden el review :p
