X. Marcada por algo tan bueno.

«La mayor declaración de amor es la que no se hace; el hombre que siente mucho, habla poco.»

Platón.

Octubre de 2022.

La hora de la comida transcurrió de forma muy extraña.

Como Rafael había tenido ocasión de contarle, Alphonse sabía que la casa del Emisario había sido antes la mansión de una antigua familia de cazadores de sombras, ya extinta, que la Clave había cedido para el nuevo funcionario en su engranaje político, sin importarle en lo más mínimo la negativa de dicho funcionario a aceptarla. Sabiendo que la familia de Rafael no era típica, Alphonse creyó detectar sarcasmo en su voz al narrarle eso, conocedor del disimulado desprecio que varios aún sentían por su padre cazador de sombras, un hombre sencillo y diligente que obtuvo un cargo al nivel del de Cónsul y del de Inquisidor tratando con subterráneos como si fueran si no amigos, al menos seres racionales y cordiales. Incluso, espetó Rafael con rencor una vez, había quienes creían que Alexander Lightwood no tendría semejante posición si su propio padre no hubiera sido antes Inquisidor, pero eran quejas ridículas, porque actualmente eran más los nefilim interesados en que se les enseñara cómo llegar a una cooperación pacífica con los subterráneos, aunque fuera con motivos tan frívolos como obtener favores en un futuro inmediato.

Así las cosas, el comedor de aquella casa solo lo usaban cuando estaban todos en Alacante, cosa que no ocurría con frecuencia. Para las reuniones del Consejo, el Emisario y su pareja, el representante de los brujos, solían viajar solos y se quedaban en la ciudad el tiempo estrictamente necesario para los asuntos oficiales, mientras sus hijos permanecían en Nueva York. Rafael y Max solo empezaron a acompañarlos cuando descubrieron que debían aprender a enfrentar las críticas… y claro, cuando más miembros de su familia podían hacerles compañía.

Solo por el número de invitados usaban el comedor ese día. Rafael, casi al instante, aprovechó la ocasión para presentarle a todo el mundo. Alphonse ya conocía a los Herondale de oídas: el rubio era Jace, héroe de guerra y parabatai del Emisario; la pelirroja, por tanto, debía ser su esposa Clarissa, quien creara un montón de runas nuevas en la última década, algunas muy controvertidas. También estaban allí los padres de Alexander Lightwood, quienes años atrás fueran el Inquisidor y la directora del Instituto de Nueva York, cuyos portes severos se suavizaban cuando Rafael o Max les dirigían la palabra. Y más allá, charlando con Kit y Livia, estaban los Lovelace: la mujer era hermana del Emisario, muy guapa y segura de sí misma; por su parte, el hombre era todo un personaje por lo que tuvo que pasar hasta llegar a cazador de sombras.

Era Simon Lovelace quien intrigaba a Alphonse. Mejor dicho, le daba curiosidad sobre lo que habría estado hablando con Getty, pero ninguno de los dos pronunció palabra cuando regresaron de la biblioteca, tras una hora de ausencia. Debido al semblante de ambos, no les habían hecho preguntas y hasta Jace Herondale dejó de lado sus frases ocurrentes (algo por lo que era bien conocido); en cambio, el excéntrico padre brujo de Rafael, Magnus Bane, declaró que era hora de comer y podían pasar a la mesa.

Justo en ese momento, cuando habían terminado sus alimentos y cada quién se entretenía en compañía de quien quería, Alphonse pensó que sería buena idea averiguar cómo estaba Getty, aunque debió esperar a que Rafael acabara de darlo a conocer a su parentela. No se había sentado junto a su amiga durante la comida, pues Isabelle Lovelace se hizo cargo de la distribución de asientos alegando que había que conocerse unos a otros, por lo que la miraba de reojo desde su puesto, dándose cuenta que ella intentaba comer normalmente y responder a lo que Clarissa Herondale le preguntaba con tono jovial. No se habría preocupado más de no ser porque la había perdido de vista de repente y no lograba encontrar su mata de rizos rubios por ningún lado.

—¿Has visto a Getty? —decidió preguntarle a Max, el primero que se cruzó en su camino tras un rato de inútil búsqueda de la niña.

—No desde hace rato.

—Tuvo que salir —exclamó Rafael de pronto, llegando hasta ellos velozmente—. Me pidió que le dijera dónde estaba el baño.

—¿Y dejaste que se fuera sola? Se puede perder —regañó Max, frunciendo el ceño.

—¿Tú crees?

—¡Pues claro! ¿Dónde tienes la cabeza, Rafael?

—Iré por ella —anunció Alphonse, pero apenas si lo tomaron en cuenta, lo cual no le sorprendió: ya había visto que cuando peleaban esos dos, no le hacían caso a nada más.

Salió discretamente del comedor, a un amplio pasillo que a su derecha, conducía al recibidor y a su izquierda, llevaba más adentro. Se giró hacia la izquierda, intentando recordar la última vez que había estado allí y las numerosas descripciones de Rafael.

Acabó localizando el baño, pero no hubo necesidad de que llamara a la puerta, pues Getty estaba apoyando la espalda en ella, sentada en el suelo. Se abrazaba las piernas y miraba al frente fijamente, con los anteojos en una mano y el semblante más pensativo y apático que Alphonse le había visto. Ni siquiera lucía así en junio, después de saber lo del orfanato Ashfield.

Algo en su interior se oprimió dolorosamente, aunque no tenía idea de por qué.

—¿Getty? —llamó con cuidado—. ¿Todo bien?

Ella alzó un poco la cabeza, asintió y cerró los ojos por un momento.

—Rafe dijo que estarías aquí, vine a ver si no te habías perdido.

La niña hizo una débil mueca, pero no replicó.

—Si todo está bien, voy a regresar a…

—No —soltó ella de pronto, irónica—. No todo está bien.

—Lo siento, pensé… No quería molestarte…

—No eres tú —aclaró ella enseguida, alzando la cara—. Yo… Tú no hiciste nada malo, ¿sí? Es que… —suspiró—. Es complicado —concluyó, no muy convencida.

Alphonse no sabía qué decir. No se le daba hablar con niñas, aunque por un tiempo creyó que las entendía un poco, por tratar con Suzette desde que podía recordar. Pero en vista de los últimos acontecimientos, se preguntaba si no habría sido demasiado torpe, demasiado ingenuo, porque de otra forma Suzette quizá…

—¿Puedo contarte una cosa? —preguntó Getty, tímida.

—¿A mí? —inquirió él a su vez, intentando que no se le notara el asombro.

—Sí, ¿por qué no? Somos amigos.

Algo impulsó a Alphonse a dejar de lado cualquier duda y antes de arrepentirse, se sentó en el suelo, a la izquierda de Getty, cruzando las piernas y recargándose en la pared.

—Muy bien —dijo, lo más sereno que pudo—. Te escucho.

Ella movió los labios, queriendo sonreír, pero el gesto que le salió fue tan fugaz y desganado que Alphonse temió haberlo imaginado.

—Simon Lovelace me dijo… Me contó quiénes son mis padres.

Vaya, la conversación era mucho más seria de lo que Alphonse pudo haber imaginado.

—¿De verdad? —preguntó con suavidad, animándola a seguir.

—Sí. Resulta que él se enteró después de que nací, porque… Bueno, mi madre al parecer hizo algo estúpido y desapareció, así que le pidieron ayuda.

—Espera, ¿tu madre desapareció? ¿No está muerta?

—El señor Lovelace habla de ella como si… Cree que todavía esté viva.

Se quedaron callados por un momento, hasta que Getty logró hablar de nuevo.

—¿Cómo se llama tu madre? —se atrevió a preguntar Alphonse.

—Julie —Getty dijo el nombre con tal cuidado, que Alphonse imagino que aún se hacía a la idea de conocerlo, de saber quién era la mujer que la había traído al mundo—. Julie Beauvale.

—¿Beauvale? El director del Instituto de París es Jean–Luc Beauvale.

—¿Ah, sí? Creí que era el señor Verlac —Getty hizo una mueca al acordarse del tipo.

—No, aunque sé que Antoine quiere ese puesto en cuanto Jean–Luc se retire.

—Da miedo pensar que lo consiga. ¡Ay, perdón, Al! Sé que…

—No importa. Ya decidí no volver allá, y menos si Antoine logra ser el director.

Getty casi sin querer, sonrió un poco, lo que animó a Alphonse de forma inesperada. Sentía que con ese gesto, su amiga daba a entender que estaba feliz porque no se marchara lejos.

—¿Crees que ese Beauvale sea pariente de… de mi madre?

—Tal vez. Ahora mismo, no es un apellido muy común entre los cazadores de sombras.

—Sus apellidos son raros de por sí. Algunos, nada más. Yo… El señor Lovelace… Simon… Él dice que si quiero ser una cazadora de sombras, puedo ser una Beauvale, como mi madre, o…

—¿O qué? ¿Tu padre es cazador de sombras también?

Ante la cuestión, Getty se encogió más en sí misma, escondiendo la cara entre las piernas mientras agitaba la cabeza en forma negativa.

—Él murió —musitó ella, de forma apenas audible, sin alzar el rostro.

—Lo lamento. Sabes que los cazadores de sombras…

—¡Pero es que ni siquiera pudo ser uno! —dejó escapar ella, en voz más alta que antes, aunque sonaba ahogada por la posición en la que estaba—. Él era… Era mundano, ¿de acuerdo? Era mundano y entró a la Academia y trabajó, trabajó y trabajó… Pero luego, la Copa…

No hacía falta que Getty diera más detalles. Eso fue suficiente para que Alphonse pudiera imaginar el resto. Se llenó de horror, pues conocía de sobra las historias de cómo morían aquellos mundanos que no lograban Ascender. En ese momento sintió dolor por su amiga, porque ella supiera que su padre fue uno de esos desafortunados mundanos y peor aún, después de todo lo que seguramente él tuvo que esforzarse para que le concedieran la oportunidad de intentar ser un cazador de sombras.

—¿Por qué Simon te contó todo eso? —quiso saber, repentinamente serio.

¿Qué ganaba Lovelace diciéndole algo así? Resultaba casi cruel cargarla con una noticia semejante, de algo que no se podía arreglar. ¿Por qué hacerlo, entonces?

Getty respiró hondo, seguramente buscando tranquilizarse, antes de levantar un poco la cabeza. Tal como imaginaba Alphonse, había llorado, pero en ese momento ni una lágrima le caía por las mejillas, solo tenía los ojos irritados y aguados.

—Simon… Él quiso a mi padre —respondió, titubeante—. Me dijo que ellos se consideraban hermanos, que se indignó cuando no lo llevaron a la Ciudad Silenciosa después de morir, que se volvió un Lovelace en su honor y… Creo que quiere que lo conozca para que lo quiera también, pero… —volvió a inhalar con fuerza, dejando escapar el aire lentamente antes de confesar—, pero yo ya lo quiero. Lo he querido desde antes de saber que era él.

—¿De qué estás hablando?

—Bueno, a mi madre no la conozco, y tal vez nunca pueda verla —admitir semejante posibilidad, notó Alphonse, hizo que Getty se tensara, pero no le impidió seguir hablando—, pero a mi padre… Yo lo conozco, Al. No lo sabía y siempre ha estado conmigo, porque él sabía quién era yo, sabía que estaba sola y me quiere. Siempre me ha querido.

—¿Cómo es eso posible?

—¿Recuerdas cuando nos conocimos? El día que llegué diciendo lo del orfanato.

Alphonse asintió, haciendo a un lado los pavorosos recuerdos del orfanato Ashfield.

—¿Te acuerdas que les dije que me envió un amigo? ¿Que no supe explicarles quién era mi amigo y Tiberius supo que era alguien que no todos podían ver?

Alphonse arrugó la frente, intentando recordar, aunque en aquel momento en particular había estado revisando sus armas, en espera de que los llevaran a esa misión de pesadilla

—Creo que sí —contestó al final.

—¿Nunca dije que mi amigo es como Jessamine, verdad?

—Espera, ¿hablas de un fantasma?

Cuando Getty asintió, Alphonse le halló cierta lógica a todo el asunto. Los fantasmas no eran muy estudiados por los cazadores de sombras en general, pero en el Instituto de Londres sí les interesaban, más desde que tenían a uno como Jessamine cuidándoles las espaldas. Por eso se había enterado de que los fantasmas solían aferrarse a algo en el mundo de los vivos, a algún asunto sin resolver. Generalmente los espíritus buscaban su ancla, un objeto al que estuvieran atados; por otro lado, no podían desplazarse demasiado lejos de donde estuvieran afianzados, ya fuera el sitio de su muerte o el de su sepultura. Eso hacía que se preguntara cómo había estado el padre de Getty con ella, ¿acaso sería un fantasma fuera de lo normal por la forma en que murió?

—No se lo dije a Simon —reconoció Getty en voz baja—. Me describió a mi padre, cómo se veía y cómo era, pero no le dije que ya lo conocía. Se veía tan animado al contarme de él…

—Querría hablar con él si supiera que es un fantasma, ¿verdad? ¿Crees que podría verlo?

—No estoy segura. No todos los días veía a George… A mi padre… —Getty se sonrojó, consciente de que había considerado como un simple amigo al fantasma de su progenitor.

—¿Así se llamaba? ¿George?

—Ajá. No sé cómo no se me ocurrió antes que él tenía algo que ver conmigo…

—¿Por qué?

—Por el pelo, los dos lo tenemos igual de rizado. Y por el nombre —la expresión confusa de Alphonse hizo que Getty confesara—. Yo… Me llamo Georgette, Al. Es raro, ¿no?

Lo dijo de forma tan casual, que Alphonse supo que toda su vida le habían insinuado que su nombre era demasiado extraño, quizá hasta feo. Eso lo hizo indignarse.

—¡Por supuesto que no! A mí me parece que tiene mucha clase —la mirada de Getty le dio a entender que tal vez se había excedido, por lo que rápidamente intentó arreglarlo—. Quiero decir… Hay tantos nombres en el mundo que se repiten tanto que incluso cansan, ¿te gustaría llamarte algo así como «Mary»? Georgette está muy bien. No es fácil de olvidar. Aunque no soy quién para hablar, mi nombre tampoco es… ¿Sabes qué? Olvídalo.

—No, está bien. Gracias. Aunque creo que te gusta porque es francés, ¿verdad?

Alphonse la miró con aire sorprendido. En realidad, hasta que ella lo mencionó, no había caído en la cuenta de ese detalle.

—Pues no. Me gustó y ya. ¿Está mal?

Getty negó con la cabeza, sonriendo un poco más que antes.

Solo por eso, Alphonse sintió que había logrado hacer algo importante por ella.