9. Mark Jefferson o el hombre que no amaba a las mujeres

La historia de Mark Jefferson podría haber sido resumida en apenas unas pocas frases; niño modelo, joven aplicado, fotógrafo exitoso, atento profesor, asesino sin escrúpulos.

Digamos que todas las circunstancias que le habían llevado hasta este punto no habían sido las idóneas a su parecer. Tener que acabar con su ayudante y cómplice ya era una complicación suficiente como para encima haber tenido que cambiar de planes en el último momento. Sin embargo, a pesar de que todo aquello iba en contra de su manera de proceder y era consciente de que era la mayor temeridad que había cometido hasta ahora, se sentía satisfecho. Satisfecho porque creía haber encontrado algo que hasta entonces no había tenido.

Mientras miraba el cuerpo dormido de su nueva modelo en la silla metálica le dio un par de sorbos al café soluble que se había preparado. -"Asqueroso como siempre"- pensó. Esa porquería la compraba Nathan alegando que le ayudaba a templar los nervios y a pensar con mayor claridad. Cafeína, ¡Bah!, no había nada peor par aun fotógrafo que una sustancia que te hiciese perder el absoluto control de tu pulso manual. No había nada peor que echar a perder una buena fotografía por una negligencia profesional, no, desde luego beber aquello antes de trabajar no era una buena idea.

Y sin embargo, ahí se encontraba, bebiendo pequeños sorbos de aquel café de horrible sabor aún a sabiendas de que no era bueno para su trabajo. Otra cosa mas que apuntar en la lista de rarezas que Mark Jefferson estaba cometiendo hoy.

Sería de locos negar que su nuevo descubrimiento le tenía totalmente atrapado. Ya la había visto en una ocasión acompañando a Max en el jardín de Blackwell, pero nunca como hasta esta noche. La mirada de rabia e ira que le propinó cuando le vio golpeando a su amiga fue algo que no había visto jamás en ninguna otra persona. No solo era una reacción completamente ilógica, sino que era algo que nunca habría esperado ver en sus chicas. Una vez hubo presenciado aquella verdadera reacción de ira, decidió que debía fotografiarlo. No podía dejarla escapar.

Y ahí se encontraban ambos, uno de pié, saboreando el café y otra, dormida, sin sentido, atada a una silla metálica. La noche parecía ser mas negra que nunca, lo cual le había ayudado en cierta manera a llevar a cabo su plan. Sin embargo le inquietaba terriblemente, desde niño había sentido que el silencio absoluto no presagiaba nada bueno, y por ello era cauteloso, contando siempre con un equipo de música a su disposición cuando comenzaba con sus sesiones fotográficas. Habría sido incapaz de llevar a cabo esa tarea en silencio.

Mientras observaba como el cuerpo de su nueva modelo comenzaba a retorcerse despertando poco a poco del sueño químico dejó la taza a medias encima de la mesa, dirigiéndose entonces hacia su equipo de música.

Cuando lo puso en marcha sintió como todo el aire contenido de sus pulmones salia de golpe lentamente. No había sido consciente hasta ahora de haber estado conteniendo el aliento, y sin embargo lo hacía. Había algo en toda esta situación que lo estaba perturbando enormemente y lo llevaba a hacer cosas fuera de su rutina habitual. Era esa chica, podía presentirlo. Podía sentir su fuerza emanando de su cuerpo semi-inconsciente y volvía a estremecerse al recordar toda la rabia acumulada que guardaba dentro.

Eso era, había retratado a cientos de chicas, había captado cientos de expresiones; pureza, pasión, inocencia, alegría, tristeza, miedo, pánico... literalmente estaba seguro de haber captado todas las emociones humanas, guardándolas a buen recaudo en los ficheros que se apilaban a su espalda. Todas menos una, una emoción de la que no había sido consciente hasta esa misma noche. Nunca en su vida había retratado el odio, nunca la ira, nunca la rabia.

Del equipo de música comenzó a brotar suavemente una melodía de sobra conocida para el fotógrafo. Era su canción favorita, la canción con la que comenzaba todas sus sesiones. Apenas era una retahíla de palabras sueltas aparentemente sin significado y enlazadas únicamente por una base musical a medio tiempo. Sin embargo para el significaba todo. Todas y cada una de las palabras sueltas que se iban mencionando en la absurda letras guardaban alguna relación para él. Eran sensaciones perdidas, eran descripciones breves de pequeños sentimientos sueltos en el tiempo. Es un parpadeo, un rápido destello, un rayo de sol que deja ciego. Cambia en un instante la forma en que todo toma aire, y para el tiempo.

Incluso en este justo momento, en que nada ocurre, calma blanca, olor a químico. Incluso ahora que hay miedo, que todo tiembla, brillo dorado en la piel.

Las sacudidas del cuerpo de la chica cada vez eran más bruscas, se notaba que estaba a punto de despertar, y por supuesto Mark Jefferson quería estar ahí cuando eso sucediese. Quería fotografiar desde el despertar hasta el último aliento, quería ver cuando odio podía desprender durante ese tiempo.

Sí, Chloe Price estaba apunto de despertar, en su sueño inducido se sentía inquieta. Sabía que no debía de estar ahí, fuese donde fuese. Su lugar estaba en otra parte, podía sentirlo, su lugar era el jardín de Blackwell a la salida de una completamente desmadrada fiesta estudiantil. Poco a poco fue recuperando sus funciones vitales y el movimiento consciente. Primero los parpados, luego los dedos de las manos, finalmente las extremidades al completo y la capacidad de emitir sonidos. Cuando finalmente levantó la vista en su posición se dio cuenta de que se encontraba inmovilizada en una silla metálica en una sala completamente desconocida. Pero desde luego, lo más escalofriante de todo fue el hombre que se encontraba agachado frente a ella sujetando una cámara entre las manos.