NA: ¡Al fin! (eso dirán ustedes, bellos lectores)
Como he prometido en mi reciente fic, para estas fechas está el capítulo. La única advertencia es que piensen cuál parte de la historia adapto... sí, ésa misma. El período de exámenes y de San Valentín, por lo que verán que el capítulo avanza un poco rápido entre escena y escena.
Y también... a partir de este capítulo comienzan los cambios significativos a la trama (ya saben, para que encaje a mi historia). Eso me lleva a un comentario que me hicieron y cuya respuesta creo que interesará a otros: no abarcaré el fic después de casados —mi tiempo y mi inspiración no me darían para tanto, pero trataré de no dejar muchos cabos sueltos (pese a ser buenísima para eso).
Algo tiene el destino
X
Todo era dicha y felicidad en el comienzo de año en el templo, el aire festivo se respiraba en el ambiente que ocasionaban los visitantes que iban a agradecer por el fin de otro ciclo y a pedir bendiciones por otros trescientos sesenta y cinco días que se vendrían duros, a la vez que buenos en ocasiones.
Para Naoki, el mundo le sonreía por el inicio de un año nuevo que se preveía lleno de experiencias memorables y retos en puerta, especialmente porque comenzaría sus estudios universitarios, que supondrían una carga muy pesada, pero también con ella le sobrevendrían emociones de todo tipo. Ese año sentía que sería diferente, de algún modo. Ser universitario haría una gran diferencia.
Aunque también cierta pelirroja podía ser el motivo por el cual sintiera que ese año sería distinto. Si le hubieran dicho que daría inicio de año con ella viviendo en su misma casa, no lo habría creído, habría pedido que le pellizcaran para comprobar que era un sueño. La presencia de Kotoko alimentaba el presentimiento de que muchas cosas por venir serían especiales —y a su favor.
Sonrió a sus familiares que, como él, agradecían en el templo la llegada del año nuevo y observaban lo que les depararía el destino (y los ancestros) en aquellos trescientos sesenta y cinco —casi cuatro— días que estaban por transcurrir.
Él abrió su papeleta y su corazón se llenó de entusiasmo al ver que el destino estaba acorde a sus propias esperanzas. Buena suerte, éxito.
Ese año sería fantástico.
Y quería vivirlo con Kotoko.
Sonrió y la buscó con la mirada, hasta que la halló y notó que fruncía el ceño ligeramente antes de desechar su papeleta. No sabía qué estaría pensando, pero tal vez el destino no le auguraba nada bueno, por lo que prefería deshacerse de la predicción.
Encogiéndose de hombros, él asintió para sí y dobló nuevamente el papel, guardándolo celosamente para que los buenos deseos no se fueran de su lado y pudiera contagiárselos a ella cuando hubiera la oportunidad. Debía aprovechar todo lo que tenía a su favor, se dijo contemplando a la dueña de su corazón ataviada en su kimono amarillo y un elegante peinado adornado con un prendedor de mariposa, cuyo rostro expresaba claras intenciones de querer estar en otra parte.
Sí, no tenía que perder las esperanzas.
Auguraba muchas cosas buenas en su futuro.
"Buena fortuna", recordó sonriendo como tonto.
Suspiró, por lo menos así sería hasta que ella estudiara en Tokio.
—Tontas supersticiones —musitó Yuuki a su lado, arrugando su papel con una mueca de fastidio. —Me voy a creer que tendré mala fortuna —completó tan bajo que tuvo que inclinarse un poco para poder oírlo.
—¿No te salió lo que esperabas, eh? —bromeó colocando una mano sobre su hombro en señal de apoyo. —No te preocupes, te compartiré un poco de mi suerte —afirmó sonriéndole al pequeño, que bufó.
—Eso dice cualquier afortunado que tiene a su novia en casa —masculló su hermano antes de reunirse con los otros, que se habían adelantado.
—¡Ey! —gritó apurando el paso—. Ella no es mi novia.
Todavía, pensó con buenos ánimos, mirando subrepticiamente a Kotoko.
—Ni lo sueñes —dijo ella, adivinando sus intenciones.
Oh sí, buena fortuna.
La necesitaba.
«...»
Con expresión impertérrita, Kotoko observaba a sus compañeros de clase, esos que eran catalogados como listos según la selección hecha por Tonan, dar muestras de ansiedad y temor. Toda la seguridad que presumían los jóvenes de la Clase A estaba resbalándoseles del cuerpo con temblores y sudores fríos rotundamente ridículos, a su parecer.
Los exámenes de admisión para el ingreso a la Universidad de Tokio estaban a la vuelta de la esquina, y los nervios estaban acabando con los listos estudiantes de Tonan, asustados ante la posibilidad de no aprobar la prueba y quedarse sin la oportunidad de asistir a la mejor universidad de su país, además de las mejores del mundo. Ellos tenían que representar a su generación de la mejor manera posible y esa universidad era la meta a alcanzar por todos, para ser orgullo de sus familias y de los ciudadanos de su país.
Kotoko no comprendía la excitación y ansiedad que sentían sus compañeros (eran los "listos", ¿no?); para ella, la universidad sólo era otro nivel de estudios que daba un reconocimiento admirado y aceptado por la sociedad, de que habías pasado poco menos de un lustro aprendiendo cosas en una institución, cosas que fuera de ella podían ser aprendidas. Aparentemente, pasar por la universidad te daba prestigio y la oportunidad de ejercer legalmente, pero nada más. Ella se creía lo suficientemente hábil como para aprender y ser la mejor en una rama, sin tener que estudiar en la universidad y pasar por esos filtros de selección ridículos.
Por supuesto, ya había decidido que tendría que ir si quería que su ejercicio profesional fuera legítimo, además de que lo haría para enorgullecer a su padre y demostrar a la sociedad que alguien podía provenir desde lo bajo y llegar a lo más alto.
La cuestión era que estaba indecisa si necesariamente debía ir a la Universidad T para hacerlo. ¿No era ella una genio? ¿No sería mejor ir a cualquier universidad, incluso la de peor calaña, y al tener éxito hacer ver a sus congéneres que la institución era lo de menos? ¿Que lo más importante era el tipo de persona que fungiera como estudiante?
Por ella, hasta iba a la universidad escaladora de su sistema escolar… pero, ¿qué de su padre? Él estaría pletórico de saber que su hija pudo llegar tan lejos y estudiar en Tokio, contrario a él que comenzó a trabajar al concluir los estudios de secundaria y no siguió estudiando.
¿Qué debía hacer?
Dudando por eso, debía creer que la papeleta de "Pésima fortuna", recibida en año nuevo, se estaba volviendo realidad (aunque no creyera en ello).
Suspiró imperceptiblemente, nadie sabía de su zozobra; precisamente por ello su rostro permanecía impávido, para no dar muestra a los demás de la inquietud que sufría. Al único al que había dado indicio de ello era Irie y al pensarlo se dio cuenta que habló de más.
Las cosas que le obligaba a hacer ese chico.
Gracias a él también tenía otro dilema… Cuando Irie habló con infinito entusiasmo de lo que quería estudiar en la universidad, comenzó a ver que su tan bien trazado plan era monótono y muy poco atractivo en comparación. ¿Por qué él no podía meterse en sus propios asuntos y causar desastrosos efectos en ella?
Primero, se entrometía en su cabeza hasta hacer que le gustara, y luego hacía cambios en su manera de ver las cosas y vivir su vida.
Tonto Naoki Irie.
Por su culpa, su vida estaba alterada; mas debía admitir que ya no era tan molestoso como antes. (Igual era patético y pueril inculparlo).
—¿Es una dicha no tener que estar estudiando, verdad? —La voz de Jinko a su costado la sacó de sus pensamientos, haciéndola apartar la mirada del libro de existencialismo entre sus manos, que cerró suavemente para continuarlo más adelante.
Dirigió su mirada a la derecha y contempló los cuadernos de apuntes en la mesa de Jinko, igual de llena como estaba la de Satomi y los demás alumnos de su clase. Se encogió de hombros.
—Quien fuera como tú, Kotoko —dijo la rubia con un suspiro de resignación, soltando el lápiz con que rellenaba una hoja—. No estás mínimamente preocupada, en comparación a todos. La cercanía de los exámenes centrales no altera para nada tu tranquilidad.
Si ella supiera, pensó la aludida con ironía.
—Por primera vez mis padres me han relevado de mis responsabilidades en casa, sólo para estudiar… No tienen idea que eso aumenta el peso sobre mis hombros —se lamentó Jinko tallándose los ojos con cansancio. —Ya quiero tener los resultados en mi mano.
—Yo igual —farfulló Satomi al tiempo que unas risas en volumen bajo, provenientes del pasillo, atrajeron su atención.
Las personas riéndose eran audibles por el silencio que había en el 3A.
Kotoko volteó subrepticiamente y se encontró con Irie y los chicos con los que andaba siempre, alejándose de la puerta tranquilamente.
—¿Creen que Robbins decida postular para Tokio? —preguntó Satomi llevándose una goma de mascar a la boca—. Porque si es así, no parece estar muy preocupada por prepararse.
—Es probable que lo haga —respondió Jinko pensativa—, pero también puede que decida estudiar en una universidad de Londres. O vaya a la universidad escaladora. ¿Tú qué sabes, Kotoko?
Ella frunció el ceño levemente; no tenía idea. Pero la perspectiva de Chris estudiando en el mismo sitio que Naoki le parecía desagradable; era probable que su cercanía aumentara y ellos dos finalmente comenzaran una relación.
Por una parte, eso le libraría de él… aunque por otra, le resultaba impensable.
—El tonto no ha comentado nada sobre ello —informó al darse cuenta que esperaban su respuesta.
Sólo que ya no eran las únicas curiosas respecto al tema.
«...»
Uno de los días decisivos para Kotoko había llegado. Era sábado veinte de enero y correspondía la aplicación de exámenes centrales para el ingreso a la universidad, pero ella seguía sin estar del todo segura de cómo proceder a partir de allí, ¿iría a Tokio o no?
Sabía que cualquier universidad la aceptaría sin rechistar, así que no había ningún impedimento de no presentar el examen de Tokio, sólo que de hacerlo se sobrevendrían miles de implicaciones.
La más importante de ellas es que al fin recuperaría su paz, lo sorprendente era cuan renuente se sentía hacia ello. Había que admitirlo, Naoki Irie había ganado, una vida apacible ya no le era tentadora.
Tosió un poco dirigiéndose hacia las escaleras y pensó que tal vez en ese momento sí. Sentía debilidad en el cuerpo y le dolía la cabeza, probablemente había pescado uno de los típicos resfriados de la temporada invernal. A buen día había llegado.
Las ganas de volver a su cama y recostarse eran inmensas.
Lástima que no podía.
Con su lentitud acostumbrada, llegó hasta el recibidor y comenzó a calzarse los zapatos para ir al centro donde se aplicaría el examen, inmune a las miradas extasiadas de su padre, Machiko e Irie, que después del desayuno se habían plantado frente a la puerta para despedirla y desearle suerte.
—¿Llevas todo? ¿Tu hoja de examen? —cuestionó su padre con voz ansiosa, observándola atentamente.
Asintió, que estuviera un poco enferma nos significaba que se despistara a tal grado. Bueno, él tampoco sabía que ella se sentía mal.
De nuevo una tos se presentó, ganándose un jadeo de sus tres acompañantes.
—¿Estás enferma? —preguntó Machiko alterada, rápidamente tocando sus frentes para comparar la temperatura que tenía. —¡Pero si tienes una leve fiebre! ¡Oh, no!
—¡Ya sé! Espera unos segundos, Kotoko —intervino Irie desapareciendo escaleras arriba como si fuera un rayo.
Ella parpadeó con molestia en los ojos y decidió seguir la instrucción del chico, curiosa de lo que haría —y muy cansada como para protestar.
Unos momentos después, Irie apareció con una bandeja donde había una caja de medicamentos y un vaso con agua.
Internamente, se sorprendió. Aparentemente no era tan despistado como creía.
—Esta medicina es muy efectiva —manifestó el chico con una nota de orgullo en su voz que casi le hizo gracia. Por fortuna, su control emocional no estaba tan afectado como para dejarlo a la vista. —Cura instantáneamente.
—Muchas gracias, Naoki —musitó su padre cuando ella tomó un comprimido y el vaso, asintiendo en agradecimiento.
La palpitación en su cabeza estaba aumentando y lo único que quería era que desapareciera, así que no se detuvo a pensar en lo que estaba tomando… hasta que un pensamiento coherente acudió a su cabeza cuando había tragado la medicina.
Iba a matarlo.
Su ojo izquierdo tembló y miró agriamente a Irie. —Ey, espero no estar en lo correcto, pero… esta medicina no provoca somnolencia, ¿o sí? —inquirió con un deje de advertencia, sintiendo coraje al ver que Irie se disponía a leer las contraindicaciones en la caja, hasta asentir con expresión de espanto.
Lo que le faltaba.
Pero se lo tenía bien merecido por confiar en él (y por la tonta enfermedad).
Las tres personas con ella se alarmaron y pusieron expresiones cómicas en sus caras. Ella casi rió por lo conveniente de la situación. Casi era una señal para no ir. Era tan sencillo tomarla y dejar que él cargara con la culpa, sin saber que una parte de ella estaba renuente a tomar el examen.
Irie comenzó a dar brincos, desesperado. —¡Escúpela! ¡Vomítala! —exclamó agitando los brazos cual ave aleteando.
Ella reprimió una sonrisa. La preocupación del chico era genuina, tanto que casi sintió pena al proponerse hacerle creer que sería su culpa que no tomara el examen. O no.
Sólo lo mataría porque le quitaría la certeza de cómo serían sus resultados, pues cabía la posibilidad de caer rendida en el examen y que no lo concluyera… o que lo contestara mal por el sueño.
Sería como una estudiante común temblando por un resultado.
Eso la animó. Iría al examen.
—¡Tenemos que hacer algo! ¡Tiene que sacarla! —gritó Irie mirando a su padre y a Machiko, ambos igual de preocupados que él.
Ella bufó. —Olvídalo —soltó yendo a la puerta con tranquilidad, deseando que los efectos de la medicina sí llegaran rápido, o de lo contrario estallaría si el dolor de cabeza empeoraba, ya que hasta ahora eran pequeñas palpitaciones en la sienes.
—¡Buena suerte! —deseó Irie con mucha fuerza.
E iba a necesitarla, decidió más adelante, al ver cómo las letras se perdían ante sus ojos.
La pésima fortuna de su papeleta se estaba cumpliendo.
«...»
Naoki temblaba ante la mera idea de que Kotoko no hubiese aprobado el examen central por su culpa. Ese día trece de febrero les entregarían los resultados de los exámenes que habían realizado, y temía que no indicaran nada bueno.
Recordaba a Kotoko al llegar a casa después del examen, diciéndole que había sentido somnolencia durante todo el examen y que había estado a punto de dormirse, aunque soportó lo suficiente mientras las letras bailaban sin cesar en su línea de visión. Había estado sumamente cansada al responder que no era muy seguro que lo hubiera hecho de la manera habitual.
Y si salía mal.
—Ella va a odiarme toda su vida —lloriqueó mordiéndose las uñas de anticipación, caminando hacia el restaurante del señor Aihara, donde todos iba a reunirse para conocer los resultados que Kotoko recibió. —¡No, por favor! No podré vivir con eso —se lamentó imaginando la mirada de desprecio —no que no la conociera— de Kotoko, al abrir el sobre y ver que había fallado. ¿Qué haría!
¡Le propondría matrimonio! ¡Sí! ¡Con esa excusa le pagaría los estudios en una universidad extranjera! ¡Así no lamentaría no haber ingresado a Tokio!
Abrió los ojos. ¡Sería su esposa!
Casi, casi, deseaba que saliera mal, pero…
¿Qué le aseguraba que ella aceptaría su proposición!
Se mordió las uñas, debía idear un plan B. Tal vez si le ofrecía dinero al rector de la universidad. Sí, eso haría. Le pediría un préstamo a su padre e iría de rodillas para rogar que le dieran a Kotoko una oportunidad de presentar el examen.
Eso era lo más indicado de hacer.
Respiró profundamente al ver que había llegado al restaurante. Hinchó el pecho preparándose para lo inevitable y abrió la puerta.
—¡Aprobó! —Se asustó con el recibimiento del señor Aihara en la puerta del local, que estaba pletórico al compartir la noticia.
—¡Sí! —profirió él recuperándose del susto y sin poder contenerse corrió hasta Kotoko, abrazándola fuertemente. ¡Lo había logrado! ¡Podría ir a Tokio! —¡Felicidades! —exclamó extremadamente feliz, dando vueltas con ella en brazos.
Hasta que un flashazo y la realidad de sus acciones lo hicieron reaccionar, separándose de la pelirroja. Ella lucía azorada después de haberla apretado, y fruncía el ceño en dirección a su madre, que lucía extremadamente contenta por el momento que había podido capturar con su inseparable cámara.
Él se sonrojó y miró abochornado a Kotoko.
—Lo siento —musitó apenado, tratando de contener el orgullo que sentía.
Kotoko entrecerró sus ojos cuasi enfadada y tomó el asiento que no había podido ocupar cuando Irie hizo su estrepitosa entrada, acabara ella de hacer el anuncio de sus resultados. Necesitaba sentarse para recuperarse de la sorpresa y el cosquilleo que sentía tras la exagerada muestra de emoción de Irie, que no había premeditado de ninguna forma. Sabía lo orgulloso que él estaba (además de aliviado después de las palabras maliciosas que ella había dicho hacía tres semanas), pero nunca hubiera creído que él violara su espacio personal de esa forma, menos públicamente, cuando ella no podría controlar del todo cómo respondía.
Tenía que saber qué había captado la lente de la señora Irie. Sólo esperaba que no fuera nada que revelara mucho.
Eso sí le molestaba, ventilar cosas muy personales —como lo que sentía por él—; mas la felicitación de Irie la había recibido, internamente, con mucha aceptación. Había provocado que su cuerpo reaccionara ante la cercanía, su corazón se había acelerado y a su piel le había dado escalofríos, además de que una sensación extraña la había traspasado como un rayo al percibir el olor masculino de su colonia, de un toque leve de madera.
—Se te ha caído esto —indicó Irie entonces, cogiendo la barra de chocolate que Jinko y Satomi le habían obligado a conservar. Después de erguirse con dificultad, como si estuviera mareado, él se la extendió amablemente.
Negó mirando el dulce sin mucho entusiasmo, ya que no le gustaba lo dulzoso. Había cooperado a las otras dos para que pudieran adquirir el paquete de tres chocolates, a precio especial por San Valentín, dado que ellas no contaban con la cantidad suficiente y querían "una explosión de azúcar" para celebrar que habían aprobado; cuando les dijo que no quería el chocolate, que se lo quedaran porque no lo comería, ellas habían insistido en lo contrario, porque era lo justo.
Ahora tenía una barra que no quería en primer lugar.
—Pero… —insistió Irie.
Ella suspiró, recordando la fastidiosa escena con las chicas fuera de la tienda. No quería que se repitiera con él.
—Quédatelo, seguro lo disfrutas más —dijo aceptando la bebida que su padre le ofrecía desde el otro lado de la barra.
Por el rabillo de su ojo observó que Irie se sentaba en un banco junto a Yuuki, mirando el chocolate con ojos brillantes. Era como si hubiera visto un chocolate por primera vez.
A punto estuvo de dar un sorbo a su vaso, cuando se percató de lo que había hecho: había dado un chocolate a Irie.
Justo cuando el día siguiente era catorce de febrero.
Casi se da de bruces contra la barra, ¿eso estaría pensando él, cierto? Esa era la razón por la que mirara el dulce como si fuera un vaso de agua en medio del desierto.
Era increíble… sin habérselo propuesto y sin afirmar o negar nada, lo había hecho. Había entregado su primer chocolate por San Valentín.
Sonrió irónicamente mientras bebía de su vaso, atenta al alboroto que hacía su padre por haber aprobado.
«...»
El calendario avanzó hasta que correspondió el día en que Kotoko debía asistir a responder el examen de acceso a la Universidad de Tokio y la emoción era palpable esa mañana en la residencia de los Irie. Poco le faltaba a la señora Machiko y al señor Shigeo para salir a anunciar a las televisoras que se avecinaba el ingreso de la genio a la universidad (una aparición mucho más aceptable que la noticia del derrumbe casi un año atrás).
Sin embargo, mucha era la decepción de la señora Irie y el papá de Kotoko, el no poder llevarla hasta las puertas de la universidad sana y salva. La primera debía asistir a un desayuno importante de negocios de su esposo, y el segundo tenía que trabajar en su restaurante, puesto que uno de sus ayudantes se había reportado gravemente enfermo.
La pelirroja estaba aliviada de poder irse por su cuenta, porque de lo contrario llegaría fastidiada al campus universitario. Si con sólo estar en el quicio de la puerta del comedor, se mostraban demasiado molestosos…
—Nosotros iremos a acompañarla —se ofreció entonces Naoki, incluyendo a Yuuki, iluminando los rostros de Shigeo y Machiko. —Yo me aseguraré de que llegue con bien a las puertas del campus —completó con una sonrisa. —Pueden ir tranquilos —tranquilizó hasta que logró se fueran los tres adultos y pudieran retornar a comer.
—No es necesario —dijo Kotoko unos minutos después, concluyendo su desayuno, viéndolo desde su lugar al otro lado de la mesa. —Soy perfectamente capaz de ir sola.
—Lo sé —reconoció Naoki levantándose del asiento con rapidez, perdiendo el equilibrio y haciendo que Kotoko pusiera los ojos en blanco.
—¿Así pretendes ir conmigo? Eres capaz de provocar un accidente —expuso sardónicamente. —No me fío de ti, Irie.
Él suspiró asintiendo.
—Aun así iré —replicó.
—Haz lo que quieras.
Kotoko se dirigió a la cocina para lavar sus trastes, con él siguiéndola, y ambos se detuvieron en seco al escuchar un alarido de dolor de la sala.
—Yuuki —pronunció Naoki asustado dejando su plato en la mesa, saliendo apurado hacia el lugar donde estaba su hermanito, que había desayunado mucho antes, e ignorando el mareo que sintió al dar la vuelta. —¡Yuuki! —exclamó apoyándose de la pared para caminar correctamente.
A su espalda, escuchaba los pasos de Kotoko siguiéndole.
—Yuuki, ¿qué ha pasado? —preguntó Naoki entrando a la sala, viendo a su hermanito recostado en el sofá con cara de sufrimiento, sujetando su estómago con ambas manos. Estaba un poco aliviado de ver que no se había caído, pero le preocupaba lo que ocurría con él. —¿Te has golpeado?
Llegó hasta el sofá y se sentó junto a su hermanito, tomándolo de los hombros con suavidad y acariciándolo hasta que se calmó. Le angustiaba no saber qué pasaba y sentía una opresión en el pecho al pensar que podía ser algo grave.
—¿Qué pasa, hermanito? —susurró calurosamente. —¿Dónde te duele exactamente? —preguntó mirándolo a sus pequeños ojos marrones, que transmitían un poco de miedo. —No te preocupes, estoy aquí e iremos con un médico que pueda ayudarte.
—Ya no me duele —murmuró Yuuki negando—. Pero el dolor viene y se va —finalizó con voz apenada, señalándose una parte baja de su abdomen.
—¿Desde cuándo? —preguntó en voz baja.
—Hace unos días… —respondió su hermano tímidamente. —Pero hoy en la mañana me dolía mucho más.
Despeinó el cabello de Yuuki amistosamente para indicarle que no estaba molesto. —¿Por qué no habías dicho algo?
—Papá tenía su importante desayuno y no quería que dejara de asistir por mí —explicó Yuuki inclinando su cabeza en forma de disculpa—. Lo siento.
—Ninguna reunión habría sido más importante que tú, Yuuki —le dijo abrazándolo—. Ahora no te preocupes, aprovecharemos que tu médico está hacia el rumbo de donde va Kotoko y nos iremos ahora con ella, ¿qué opinas?
—Está bien.
—Buscaré mis cosas, ¿de acuerdo? —Yuuki asintió.
Naoki alzó la cabeza y sus ojos se encontraron con los de Kotoko, que lo miraba con una expresión indescriptible, la cual se esfumó cuando observó con detenimiento al otro miembro de la sala, inspeccionándolo, hasta que pareció conforme con lo que vio.
—Iré a terminar en la cocina —dijo ella yéndose de la habitación antes de que pudiera responder.
Él la miró extrañado y se levantó como un resorte cuando recordó el asunto que lo acuciaba. Pero su rapidez le costó, porque tuvo que posar su mano en el respaldo del sofá para guardar el equilibrio y no caer.
No era momento de estar con torpezas. Tenía que llevar a su hermano al hospital y asegurarse que Kotoko llegara con bien a la universidad.
—Es cierto —musitó tronando sus dedos, para después salir corriendo hasta su habitación por sus pertenencias hasta dar con todo lo que necesitaba. Sus llaves, su billetera, su teléfono… con el que logró conseguir una cita para su hermano ese mismo día —tuvo mucha suerte.
Y el amuleto para Kotoko.
Con la misma rapidez de antes, tomó las escaleras.
—Aunque sé que ella no necesita suerte para pasar, quiero dársela —reflexionó para sí apretando la tarjeta morada en su mano—. Kotoko necesita de buena vibra para la inquietud que le ocasiona la universidad —continuó recordando las palabras de la pelirroja sobre estudiar o no en Tokio, y los celos que le provocaba que él pudiera ser capaz de conocer sus debilidades y fortalezas —o que las tuviera, también—, y ella no.
Cómo me gustaría ayudarte, pensó…
…y el suelo a sus pies se movió.
—¡Ooooooh! —exclamó cuando se vio al comienzo de las escaleras, con el trasero adolorido. —¡Auch!
—Eres increíble —le dijo Kotoko sarcásticamente cuando vio sus piernas colocarse frente a él. Él se sonrojó rascando su cabeza, en la ridícula posición que se encontraba tras caer de los últimos tres escalones de las escaleras. ¿Cómo le pasaba eso?
—Hermano, ¿estás bien? —preguntó Yuuki llegando con rapidez—. ¡Oh! Otra vez… —comentó riendo.
Su bochorno aumentó al escucharlo. Qué vergüenza que cada cierto tiempo le ocurriera lo mismo cuando se despistaba al descender las escaleras. Y que todos se lo recordaran era mucho peor.
Seguro que él necesitaba más el amuleto que Kotoko, reconoció en silencio, aprovechando que la aludida estaba junto a él, con su maletín, para colgarle la tarjeta.
—¿Qué haces? —inquirió ella cuando él gritó con júbilo que había concluido. —¿Qué es eso?
—Es un amuleto de buena suerte —informó poniéndose en pie con una leve sensación de mareo.
—No lo necesito —se quejó ella arrugando la nariz al ver el amuleto. —Podría estar maldito.
—Oye, no seas cruel —expresó cruzándose de brazos.
Yuuki rió con más fuerza.
—Tú, colócate tus zapatos —instruyó con un deje de molestia, haciéndolo callar. —Estoy seguro que te bendecirá —manifestó ante Kotoko antes de apurarse a calzarse sus zapatos, viendo que ella estaba más que lista.
—Sí, sí, gracias —cortó ella poniendo los ojos en blanco y abriendo la puerta.
—Ya vámonos —anunció él a su hermano, saliendo junto a la chica.
«...»
El único que se notaba completamente animado por el viaje en tren, era Yuuki. Naoki ese día estaba un poco mareado con las vueltas que incluía el recorrido y le fastidiaba lo lleno que estaba el vagón siendo domingo.
Y también estaba el fastidioso zumbido en su oído derecho.
Pero ahora que reparaba en ello, ya llevaba un tiempo así. ¿Por qué no se había dado cuenta? Quizá sería porque llevaba tiempo preocupado por el examen de Ko…
Alguien haló de su manga.
—¿Eh? —Miró a su derecha y vio a su hermano. —¿Qué pasó? ¿Te sientes mal?
Yuuki negó, con cara extrañada.
—Te estaba llamando —dijo—. Pero no me escuchabas, ¿tienes algo? Tienes una cara rara —comentó con los ojos entrecerrados.
Él se señaló con un dedo y rió como si nada, aunque sintió una punzada en su oído. Notó que Kotoko también lo observaba dudosa.
—¿Yo? Je, je. No tengo nada… —Rascó su oreja para ahuyentar el hormigueo.
—Hermano, a veces eres raro. —Yuuki se encogió de hombros con exasperación y siguió observando el exterior, pero Kotoko continuó mirándolo unos instantes intensamente.
Se sintió nervioso ante los ojos inexpresivos de la chica, cuyo escrutinio era capaz de acabar con él por lo pesado que era el análisis al que estaba siendo sujeto. Ella era demasiado perspicaz y podría darse cuenta que estaba ocultando algo, como médico sería muy buena, pero se le ocurrió que como abogada ganaría millones, nada se le escaparía en un tribunal y los declarantes hablarían hasta más de la cuenta con tal de que ella dejara de mirarlos tan intimidantemente.
A él no le molestaba que lo mirara, por el contrario, le fascinaba la idea de que pasara horas haciéndolo, pero le incomodaba que quisiera descubrir sus secretos.
—Bajamos en la próxima parada —habló Yuuki entonces—. Saldremos por… ¡oh, oh!
El contacto visual de Kotoko y él se rompió bruscamente.
—¿Qué ocurre? —preguntó alarmado.
Yuuki señaló la puerta de la izquierda del vagón tragando saliva y él dirigió su mirada allí; sus ojos se abrieron con estrépito.
¡El amuleto se quedó atorado!
¡Y salían por la puerta de la derecha!
—Irie… —masculló Kotoko entre dientes, mientras él se arrodillaba desesperado tratando de desatar el nudo del amuleto.
—¡Ya llegamos! —exclamó Yuuki, alarmado.
—No puedo zafarlo… —se quejó el mayor de los tres—. ¡Adelántense!
—No puedo llegar sin mis cosas —reclamó Kotoko con voz amenazante, haciéndolo a un lado bruscamente. —Tu tonto amuleto —farfulló jalando la maleta con fuerza, hasta que se sintió sujetada por él para ayudarla.
Pusieron todo su esfuerzo en tratar de zafar el amuleto de la puerta.
—Las puertas se cierran —anunció Yuuki, que esperaba junto a ellas, cuando todos ya habían salido.
—¡Vamos! —gritó Naoki sujetando fuertemente a Kotoko hasta que el amuleto salió, completamente intacto, y los tres tuvieron que correr para no quedarse dentro del vagón.
Al pisar la estación, respiraron con dificultad por el jaleo, hasta que Yuuki se recuperó rápidamente y comenzó a reír a carcajadas.
—Y es-eso… es un… amul-amuleto… de buen-ena… suerte —dijo entre risas, con las manos en su estómago y con lágrimas cayendo por sus ojos. —Más bien… brujería…
Kotoko se irguió con acritud y continuó su camino, mientras él continuaba apenado por el incidente y las palabras de su hermano. Parecía que él era un estorbo en la vida de la chica, siempre ocasionando terribles situaciones, arruinando su apacible y perfecta existencia.
Sin mediar palabra, empujó a su hermano por la estación, con los ánimos decaídos.
«...»
—Hasta aquí puedo ir sola —indicó Kotoko con voz irritada, fastidiada por el aspecto apesadumbrado del idiota tras salir de la estación, y por tener a los dos Irie siguiéndola como si fueran dos perritos falderos. Era como si no confiaran que ella fuera capaz de defenderse si alguien trataba de hacerle algo en las calles.
Sabía que era pequeña, pero siempre iba lo suficientemente atenta a su alrededor como para que fácilmente fuera a caer en alguna trampa.
Seguro que si fuera hombre no habría existido siquiera la necesidad de tener guardián.
Siseó una maldición por la genética.
Sin embargo, también estaba molesta por la no muy aparente preocupación que sentía hacia Irie, que tenía algo tal vez más urgente de atender que Yuuki, el cual no se había quejado más que una vez desde que salieron de casa.
Irie lucía un poco mareado en el viaje y andaba un poco más torpe de lo normal, aunque habitualmente no lo era demasiado, puesto que para practicar tenis se valía de cierta agilidad (cuando se concentraba, podía ser útil). No, esa torpeza era extraña, mucho, y él no hacía amago de resolverlo.
Mas su orgullo no le iba a permitir cuestionar qué le ocurría, si Irie no decía nada, tendría que permanecer callada. Allá él. Sólo que no arrastrara a su hermano en lo que fuera que pasara. No obstante, eso también parecía imposible, por la tierna manera en que lo consoló en la sala, la cual tocó una muy oculta fibra sensible en ella.
—Tendremos tiempo para llegar a la cita aunque vayamos contigo —replicó Irie sin detener el paso tras de ella. Internamente suspiró con alivio al saber que no lo perdería de vista hasta más adelante.
Siguieron caminando sin entablar plática hasta que el campus de la universidad de Tokio estuvo a la vista, haciendo que el inminente examen finalmente llegara.
Ya no podía evitarlo más, habría de tomarlo de una vez y que las cosas siguieran su propio curso, pese a que no le entusiasmara. Era lo que se esperaba de ella.
En silencio, contempló las amplias instalaciones diciéndose que habría de acostumbrarse a asistir allí.
—Suerte, Kotoko —le desearon los dos Irie al detenerse junto a ella, que asintió en agradecimiento. Afortunadamente no acostumbraba a hablar mucho y no sería problema que no contestara como era debido.
De tener que hacerlo, se percatarían de lo insegura que sonaría su voz.
Cuando era inevitable tomar el examen, veía la luz al final del túnel diciéndole que no quería estar en la Universidad de Tokio. Quería ir a una universidad normal, no tener millones de expectativas sobre sus hombros y disfrutar del ambiente universitario y las experiencias de las que Irie presumía ocurrirían.
Más que nada, quería tener a alguien que le animara a asistir todos los días al campus, incluso si no fuera a ver a la persona todo el tiempo. Que la sola idea de su presencia en el lugar le instara a llegar.
Sería mucho más entretenido ir a la misma universidad que Irie, y por primera vez en su vida anhelaba ese entretenimiento y diversión. No le animaba volver a esa vida sosegada, apacible.
Lástima que no estuviera en ella echarse para atrás.
Así que siguió avanzando con paso lento.
—¡Hermano!
La voz de Yuuki penetró en sus sentidos y volvió sobre sus pasos con extremada rapidez, encontrando a una pequeña multitud haciendo un círculo alrededor de donde el llamado del menor de los Irie había provenido.
Con la respiración acelerada y la preocupación nublando sus sentidos, además de maldiciendo su orgullo, se apresuró hasta donde Irie se encontraba, abriéndose paso entre la gente.
Suspiró con alivio al ver que el susodicho se incorporaba, ante la atenta mirada de su hermano menor, igual de preocupado que ella, sólo que no lo disimulaba.
—Naoki —dejó escapar entre sus labios al llegar junto a ellos, arrodillándose, notando que había un pequeño arañazo en la quijada del chico. —¿Qué ha ocurrido? —preguntó a Yuuki, esperando que su desliz no hubiera sido notado por ambos, mientras Naoki se recuperaba con un quejido.
—Caminábamos tranquilamente cuando él tropezó y cayó de bruces al suelo, ¿hermano? —pronunció el niño inquieto.
—Fue sólo un pequeño mareo —dijo el aludido mirándola finalmente, la gente comenzaba a dispersarse a su alrededor. —Pero no te preocupes, ahora que iremos al hospital veré a un doctor. Ve por tu examen —rogó colocando su mano sobre la suya.
Tenía que ser necio, rezongó ella.
—No.
Ambos Irie la miraron por su tono rotundo, al tiempo que se ponía en pie, para, a continuación, con ayuda de Yuuki, apoyar a Naoki para levantarse.
—Pero… —intentó hablar el mayor de los tres.
—Vamos —interrumpió decidiendo arriesgarse a caminar hasta el hospital que quedaba a pocas cuadras, posicionándose junto al castaño por si ocurría algo (incluso cuando su tamaño jugaba en contra).
No iba a aceptar alguna réplica hasta que estuviera segura él había sido atendido debidamente. Muy poco le importaba el examen.
«...»
La tarea de llamar a la señora Irie le correspondió a Kotoko, después de que tuvo que acompañar a Yuuki al consultorio del doctor, mientras el hermano que más le preocupaba estaba en un consultorio de urgencias siendo atendido (por la tajante amenaza de ella).
Al parecer, habría que extirparle el apéndice al niño antes de que fuera más grave el problema, pero viendo que quien podía firmar estaba enfermo también, podía esperar hasta más tarde, cuando los padres llegaran y el personal preparara el quirófano para operarlo antes de la noche.
El que seguía sin salir, y del que no tenía conocimiento de lo que ocurría, era Naoki (al que su cabeza se negaba a llamarlo de otra forma).
—¿Qué crees que sea? —preguntó Yuuki en la sala de espera, con el mismo cuestionamiento que ella se hacía. El libro de medicina que había leído no le hablaba mucho de lo que pasaba, y lo que intuía era demasiado grave para siquiera pensarlo.
—No lo sé —susurró cruzándose de brazos, sintiendo impotencia por tener que pronunciar esas palabras, que odiaba sobremanera. —Pero él estará bien —afirmó, consciente de que se trataba de convencer más a sí misma, que a él.
—¿Qué pasará con tu examen? —quiso saber entonces Yuuki, mirándola de reojo sin apartar la vista del pasillo por el que se supondría llegaría su hermano. —Todavía estás a tiempo…
—Decidí no tomarlo —dijo como si nada, tratando de no hacer una mueca o desmayarse al ver pasar un paciente con un vendaje lleno de sangre.
—¿Él sí te importa, verdad? —inquirió su acompañante, sonriendo con malicia.
Afortunadamente, un niño como de su edad de cabellos negros, de rasgos inocentes, pero expresión furiosa, se sentó de golpe en el lugar junto a Yuuki, evitándole tener que contestar y dar una respuesta que no estaba preparada a pronunciar.
—Odio estar aquí —dijo el niño en voz alta, ocasionando que Yuuki estuviera más interesado en él que en ella.
—¿Estás enfermo? —cuestionó el Irie dándole su completa atención.
—Siempre estoy yendo y viniendo al hospital —ofreció como respuesta el pelinegro, sin ser muy específico—, me enfermo mucho… pero no es culpa de mamá.
—¿De qué hablas? —Fue la pregunta hecha por Yuuki, en tono atento. La atención de Kotoko también fue captada debido al tono triste del menor.
—Mis padres están divorciados y tengo que irme con mi papá… Él tiene más dinero que mamá y su abogado hizo que yo no pudiera vivir con ella porque dice que por su culpa me enfermo —explicó el niño comenzando a sollozar—. Y-yo no… quiero vivir… con él… —hipó con tristeza tratando de borrar sus lágrimas.
Kotoko tragó saliva imaginándose la situación ocurrida. Las peleas de custodia, incluso en Japón, con valores familiares muy elevados, se podían volver aparatosas. Además, observando los rasgos del niño, intuía que su madre no era japonesa, lo que inclinaba más la balanza hacia el padre, sin tomar en cuenta la opinión del menor. Era injusto.
—¿Cómo te llamas? —habló ella, insegura de qué decirle al niño para tranquilizarlo. Veía que Yuuki estaba en la misma situación. Para ella era quizá más difícil porque nunca había buena para tratar con menores, pero no podía dejarlo así. —Yo soy Kotoko y él es Yuuki.
—Nobuhiro… Soy Nobu —se presentó el pelinegro.
—Nobu, ¿has hablado con tu padre?
Él negó.
—Hazlo —dijo Yuuki interviniendo—. Dile que también quieres ver a tu mamá…
—Pero y si él… —Nobu calló—. No quiero que se enoje conmigo.
—Nunca sabrás qué puede pasar si no lo intentas —dijo Kotoko con voz serena, mirándolo a sus ojos marrón oscuro.
Él abrió la boca para responder.
—¡Nobu! —le llamaron desde el otro lado de la sala; era una mujer rubia de aspecto humilde y con sonrisa bondadosa, que agitaba su mano para que su hijo se acercara. Confirmaba las sospechas de Kotoko de su procedencia extranjera. Sus ojos eran claros y sus facciones occidentales.
—Tengo que irme —se despidió el pelinegro—. Gracias… —Agitó su mano derecha y corrió hasta abrazar a su progenitora, desapareciendo segundos después de la sala.
—Es muy triste —dijo una voz al costado de Kotoko sobresaltándola. Pero también a Yuuki, que brincó en su lugar.
Era Naoki.
—¿Cuándo llegaste? —preguntó Yuuki.
—Hace unos minutos —susurró el otro, observando de reojo a Kotoko con expresión pensativa, justo en el instante en que aparecían sus padres con rostros preocupados.
«...»
Esa misma noche, Naoki contemplaba la luna desde el jardín de su casa, con cara apesadumbrada.
Estaba sentado en el columpio de madera con una bolsa de basura descansando en el piso, decidiendo qué hacer con lo que adentro se encontraba.
Se sentía culpable. Cuando había salido de la consulta del doctor y había visto la hora, se había maldecido a sí mismo porque ya no alcanzaba el tiempo para que Kotoko se fuera a tomar su examen a la universidad. Era su culpa que no pudiera estudiar en Tokio.
Si tan sólo hubiese estado más atento a su salud, se habría percatado que tenía un problema en el oído derecho y habría ido al médico antes, así ese día habría llevado a Yuuki él mismo y no habría sido un estorbo para Kotoko.
Ella y el señor Aihara debían odiarle. Le ocasionaba muchos problemas a la que se suponía era la chica que quería.
Había arruinado su futuro.
Ya una vez había estado a punto, con el medicamento, pero ahora era seguro.
Debía rendirse en sus planes de estar con ella más adelante. No podría mantenerla a su lado siendo él quien había arruinado su oportunidad de tener un buen futuro. Ella se merecía a alguien que no fuera una molestia, una persona lista y responsable, alguien digno de admirar, no un hombre que sólo ocasionaba problemas.
Tal vez sí debía deshacerse de la serie de regalos que había adquirido para Kotoko el año pasado, y que le daría para enamorarla cuando se decidiera a pedirle una oportunidad como su novio.
No podía ser tan egoísta, debía de dejarla libre.
Suspiró; eso debía hacer. Ahora que no había nadie más que ella en casa tenía que aprovechar para deshacerse de los obsequios que tenía para ella, en su mayoría libros. Ya era el final de su historia.
—¿No deberías estar en cama reposando? —La pregunta vino de la derecha; desde las sombras surgió la inconfundible silueta de Kotoko, que se sentó en el columpio junto a él.
—No podía dormir —contestó encogiéndose levemente de hombros. —Estaba pensando y por eso la medicina no sirvió para adormecerme. Siento… Siento que por mi culpa no pudieras tomar el examen de Tokio… sólo sirvo para arruinar tu vida. Si pudiera alejarme lo haría… pero no puedo. Yo me rendiré…
—No digas tonterías —interpuso Kotoko con arrogancia—. Tenía tiempo suficiente para tomar el examen, yo fui quien decidió no presentarme.
—Pero…
—¿Crees que tú me detendrías si quisiera estudiar en la Universidad de Tokio? —Él negó en voz baja, solo que ella lo ignoró. —Para aprender lo que quiero ser, cualquier universidad bastará. Alguien como yo, no necesita de los maestros para enseñarle. La universidad del sistema escalador será suficiente.
Naoki abrió su boca con asombro… eso significaba que él y ella estarían…
—Entonces, ¿seguiremos juntos? —preguntó atónito.
—Al parecer así será… Por fortuna no te veré mucho en el campus. Aunque…
—¿Sí?
—Debo de admitir que mi vida se ha vuelto un poco más entretenida desde que tú te entrometiste en ella —manifestó con una sonrisa torcida, que provocó que su cuerpo se llenara de calidez.
—¿Y eso es bueno?
—Me he acostumbrado a ello.
¡Sí!, gritó para sí él, absteniéndose de bailar de emoción. ¡Kotoko lo aceptaba! ¡Estaba un paso más cerca de ella! ¡Todavía tenía oportunidad!
—¿Eso significa que no tengo que rendirme todavía? ¿Ya no tengo que botar todos los obsequios que he adquirido para ti? —Cubrió su boca al darse cuenta de lo que había dicho. ¡Había arruinado la sorpresa! ¡Oh, no! ¡Su regalo del día blanco no le tomaría sin preaviso!
—Tergiversas mis palabras… —masculló ella—. Y yo que había pensado salir a tomar aire un momento… en paz —musitó suavemente, observando la luna que resplandecía en el manto oscuro donde las nubes se mecían.
—Lamento arruinar tu paz —dijo tratando de contener su entusiasmo.
Aun habían esperanzas.
—¿Todavía tengo una oportunidad para que me aceptes? —preguntó ansioso.
—Bobadas —respondió ella con un bufido.
Pero él no dejó que su entusiasmo se evaporara. Ella estaba ahí con él, lo aceptaba, y eso era una luz al final del túnel en la travesía de ganarse el amor de Kotoko. Una que mejoraría cuando él fuera un digno candidato de ella, cuando estudiara en la universidad una carrera demandante que estuviera al nivel de ella e hiciera se sintiera orgullosa. Su momento estaba cerca.
¿Por qué había pensado hacía unos momentos en rendirse! ¡Si iba por buen camino!
Ya verían todos que ganaría el corazón de Kotoko.
Su sonrisa se deshizo cuando captó un destello de desasosiego en los ojos de ella, que no había estado allí antes. ¿Qué le ocurría?
Recapituló la conversación… quería paz. ¿Para qué? ¿Para pensar? ¿Sobre qué?
Pensó en su día y sólo una cosa acudió a su cabeza.
—¿Qué crees que pase con Nobu? —cuestionó con suavidad y reprimió una sonrisa al ver que había acertado, por el leve respingo que ella dio.
—Seguro que su madre tratará de llegar a un acuerdo por el bien de él, aunque ella no esté contenta con la resolución.
Kotoko cerró sus ojos y mantuvo su expresión facial estoica, lo que le dificultó a él tratar de adivinar lo que sentía en ese momento. Sin embargo, tal vez aquello que imaginaba no estaba muy alejado de la realidad.
—Es injusto que muchas personas sin los suficientes ingresos pasen situaciones como ésa —dijo él suspirando. —O que haya abogados que no sean lo suficientemente buenos para algunos casos… pero… podría haber…
Sonrió cuando una idea excelente se formó en su cabeza, recordando lo que había pensado ese mismo día, por la mañana.
—Tú serías una abogada excelente, Kotoko. —Ella siguió sin abrir sus ojos, aunque notó su atención estaba puesta en él. —Tienes una enorme capacidad para entender las cosas y creo que eres capaz de ganar a cualquiera, cuando te propones algo, lo cumples. Has demostrado llegar muy lejos cuando todo estaba en tu contra… y eres muy hábil para actuar inteligentemente. ¡Serías una gran abogada y podrías ayudar a muchos como Nobu y su madre! Yo sé que sí.
Kotoko rió entre dientes. —Muchos desearían tener tu nivel de confianza —dijo y se puso en pie para entrar a la casa, no sin antes mirar una última vez la luna con duda y determinación en su mirada.
Naoki la observó desaparecer seguro de que había plantado una importante semilla en su mente, mas lo que en realidad le enorgullecía es que había visto interés en sus palabras y al asunto de Nobu en sí, un interés mayor a cuando ella habló de querer estudiar negocios. Ella era quien debía decidir qué hacer o no con su vida, pero él había captado su inquietud hacia el asunto y la había canalizado a una solución plausible.
Ella tenía que confiar en sí misma y explorarse para definir con exactitud el camino que debía tomar. Ese papel no le correspondería a él. Claro que aceptaría el rumbo que ella tomara.
Aun así, tenía la intuición sobre lo que Kotoko haría.
Ella sólo requería de confianza.
Y él confiaba en ella. Esperaba haberle transmitido lo suficiente de ella.
Se levantó con lentitud con la bolsa en la mano para volver a su habitación, con el "Naoki" de Kotoko grabado en su mente, junto con la reciente conversación sostenida con ella.
Mirando el sitio donde estuvo la pelirroja, sonrió.
Ahora sí tendría un apacible sueño: en ese momento se sentía más cerca de Kotoko que nunca.
NA: ¡Saludos!
Soy terrible... he tardado mucho en actualizar aquí. Es horrible que no pueda concentrarme en la historia, pero así es la vida real. ¿Cómo están? ¿Todo bien? Por mi parte, no. Ja, ja, qué triste.
Será nota larga.
¿Qué les digo de este capítulo? En enero debí haberlo concluido, sólo que me bloqueé terriblemente al analizar con detenimiento el capítulo a adaptar (porque sí, principalmente ocupo el anime). ¡Era puro salto de tiempo! Y si de por sí a partir de aquí iba a hacer cambios, no quería meter muchas cosas entre escena y escena, ya que me confundirían mucho y causarían que perdiera el hilo.
Y luego estaba el hecho de la decisión sobre la universidad, eso me quitaba todas las oportunidades de hacer gracioso el capítulo. Eso era una decisión seria... porque sí, a los que sobresalen en la escuela siempre se les pone mucho peso sobre sus hombros. Y en una geniecillo era de esperarse que más. No profundicé mucho porque no elucubré mucho realmente (no alcanza demasiado mi análisis para eso). Pero luego, ¿se esperaban a Nobu-chan aquí? ¿O que Kotoko vaya a ser abogada?
En primer lugar, ya les estoy adelantando que quité la parte donde Yuuki tiene que asistir de emergencia al hospital, pero tiene, para mí, cierta lógica, porque, ¿con qué intención volvería Kotoko si se va? Y tampoco encaja mucho con lo que tengo planeado.
Por otro lado... sobre Kotoko abogada... aunque investigo un poco, no sé mucho sobre la cultura japonesa, así que la demanda laboral se me escapa, pero la personalidad de la pelirroja me dio los fundamentos para hacerla así.
En fin, ya es tiempo de ir cortándolo. Ojalá que el capítulo no estuviera demasiado confuso o fuera muy desagradable, o lo que sea. Siempre pienso que los lectores juzgan mejor, así que también si hay discrepancias o errores con lo que previamente he subido, avísenme, de verdad, tengo mil cosas en la cabeza y probablemente se me fueran una u otra cosa (si hay detalles importantes que no he tocado aquí, pueden decírmelo y lo agregaré después, estoy a tiempo). También, lamento si hay otros errores, me decidí a escribir directamente en ordenador, o de lo contrario habría tardado mucho más.
¡En el próximo viene la graduación el beso! Yeah, babies. Y luego, Kin-chan (griten conmigo). Ya pueden imaginarse cómo intervendrá... tan tan tan...
Buen Dios, mejor me retiro ya. Gracias por la espera y siento si hay decepciones. No prometo actualización en este mes de abril que viene, pero para mayo debería de hacerlo (¡No! Lo haré, aunque sea el 31).
Enormes abrazos, Karo.
Behla: Es el único sitio donde tengo garantizado que leerás ja, ja (solo que no me explayaré mucho). Gracias por tus palabras, seguro que algo debió pasar con Kin-chan... lo pensé en su momento, pero ya qué. Por lo demás, no hay presión. Y anímate a crear una cuenta... es divertido y siempre se aceptan más historias :3 - Te agradezco la felicitación, por cierto.
