Capítulo 10

La luz del sol resultaba brillante, casi cegadora, contra la palaciega mansión de blancas paredes. Mientras observaba el cielo y el mar, a Bella pareció que jamás había visto tantas tonalidades de azul y gris . Se estiró en la hamaca que había Junto a la piscina y decidió que el cielo parecía unirse al mar. Dejó a un lado su libro sobre embarazos y observó cómo el mar lamía la blanca arena de la playa.

Sólo llevaban allí unas pocas horas, pero ella ya se había puesto un bikini de color amarillo y una hermosa túnica de color rosa. Afortunadamente, tenía en su armarlo ya gran cantidad de prendas cómodas y atractivas.

Cerró los ojos y gozó con la calidez que los rayos del sol le transmitían a la piel.

Además, ella no era la única a la que parecía gustarle. De repente, abrió los ojos de par en par y contuvo la respiración. Se colocó las manos sobre el vientre, justo por encima de la braguita del bikini.

¿Acababa de sentir…? ¿Había sido eso…?

—Buenos días, mi amor

Miró hacia atrás y vio que Edward estaba en la terraza. Sólo llevaba un bañador y tenía una bandeja con dos vasos de agua con gas y dos platos de sándwiches y fruta. Ella le sonrió, aunque no tenia demasiada hambre.

Al menos, no de comida.

Centró la atención en su musculoso torso, sus fuertes brazos y sus potentes piernas cubiertas de vello cobrizo… No comprendía del todo la razón por la que, con tanta urgencia, se habían trasladado hasta allí desde seattle, pero se había mostrado tan cariñoso y tan encantador, que le había resultado imposible negarse a su deseo por llevarla a casa.

Desde que llegaron a la mansión aquella mañana, se había tomado muchas molestias para que se sintiera allí como en su casa. Bella no podía creer que fuera la dueña de aquella casa que estaba frente a las costas de la push y a la que se podía acceder por un camino rocoso o helicóptero. Los muchos criados que se ocupaban de la enorme mansion resultaban casi invisibles.

Su marido bajó con la bandeja y le dio un dulce beso en la mejilla.

—¿Te gusta?

—Es como un sueño, Edward Un cuento de hadas. Me encanta.

—Bien —dijo él mientras se sentaba en la hamaca que había al lado de la de Bella—. Quiero que seas feliz. Quiero que críes a nuestros hijos aquí.

—¿Hijos? ¿Cuántos hijos?

—¿Dos?

—¿Seis? —bromeó ella.

—Creo que podremos alcanzar un acuerdo. Tres.

—Está bien. Soy tan feliz aquí, que creo que no querré marcharme nunca.

—Así será.

—Bueno, ¿qué es lo que tienes en mente? ¿Una luna de miel que no acabe nunca?

Edward se inclinó para besarla tierna y dulcemente en los labios.

—Exactamente.

Se levantó de nuevo y se dirigió a la mesa con la bandeja. Colocó los platos e hizo lo mismo con cubiertos y servilletas. Entonces, se llevó las dos copas de agua mineral a las hamacas y le entregó una a bella

Luego, levantó la suya.

—Por la mujer más hermosa del mundo.

bella se sonrojó y golpeó suavemente la copa contra la de él.

—Por el hombre más maravilloso del mundo. Gracias por decirme la verdad. Gracias por perdonarme. Gracias por dejarlo todo atrás y por traerme a casa.

Edward frunció el ceño y apartó la mirada. Entonces, echó la cabeza hacia atrás y se bebió el agua de un trago bella dio un sorbo y, entonces, se incorporó de un salto sobre la hamaca. Inmediatamente, se puso las manos sobre el vientre.

—¡Creo que acabo de sentir cómo se movía el bebé!

—¿Si? —preguntó él. Entonces, le colocó las manos sobre el vientre, por encima de la transparente bata rosa—. No siento nada.

—Tal vez me haya equivocado. Soy nueva en esto… —dijo. Entonces, volvió a sentir algo parecido a las burbujas de champán en el vientre—. ¿Has sentido eso?

—No.

Se quitó la túnica y se colocó las manos de Edward contra la piel desnuda. Entonces, observó cómo el se concentraba, conteniendo hasta la respiración como si no hubiera nada más importante para él en todo el mundo que sentir cómo su hijo se movía dentro de ella.

Bella recorrió el hermoso rostro de Edward con la mirada. Le parecía imposible que hubiera ninguna mujer más afortunada que ella en el amor.

«Sin embargo, aún no te ha dicho que te quiere».

Decidió que no necesitaba escuchar esas palabras. Los actos de Edward demostraban lo mucho que ella le importaba. Las palabras se las lleva el viento. Podría vivir sin ellas.

—Sigo sin sentir nada…

—Lo sentirás, aunque creo que podría tardar un poco. El libro que estaba leyendo dice que podría pasar otro mes antes de que se le pueda sentir desde el exterior, pero me gusta que te preocupes por nuestro hijo tanto. Yo te…

«Te quiero». Estuvo a punto de pronunciar aquellas palabras, pero no lo hizo. No cuando él no se las había dicho a ella.

—Creo que me apetecería comer algo.

—Tus deseos son órdenes para mí —replicó él.

Se pasaron el día en la playa, paseando por la arena y descansando.

Edward la miraba constantemente y la besaba. Sus labios eran tan suaves y sus besos tan apasionados, que se sentía completamente viva.

Contuvo el aliento y lo miró. La bronceada piel del musculoso torso de Edward relucía con el agua del mar.

—No dejes nunca de besarme…

Sin previo aviso, él la tomó en brazos y la levantó contra su torso desnudo.

—Tengo intención de pasarme el resto de mi vida besándote.

Regresaron así a la casa. Edward subió las escaleras de dos en dos como si ella no pesara nada y la llevó a su dormitorio. Bella temblaba tanto de deseo, que ni siquiera consiguieron llegar a la cama. Al pasar frente a las puertas del balcón, con su maravillosa vista del mar, Edward la besó. Ella se giró hacia su cuerpo y le rodeó la cintura con las piernas. El beso se intensificó.

Él la empujó contra la puerta corredera y le quitó la braguita del bikini. Ella hizo lo mismo con el bañador que él llevaba. Se besaron frenéticamente, acariciándose por todas partes. Al besarle la piel, Bella notó el aroma a sal y a mar.

Edward lanzó un gruñido y la hizo tumbarse sobre la alfombra. La brisa del mar les refrescaba la piel. Él comenzó a besarle el valle que tenía entre los senos y siguió bajando hasta llegar a la húmeda feminidad. Bella gimió de placer cuando Edward le separó las piernas y comenzó a estimularla con la lengua hasta que ella creyó que iba a volverse loca.

Con cada lametazo, ella se tensaba más y más, hasta que se sintió abrumada por su propio deseo. Sintió que Edward le hundía la lengua y movió frenéticamente las caderas sabiendo que estaba a punto de explotar.

—No —susurró, apartándolo de sí—. Dentro de mí…

Edward no necesitó más invitación. Se tumbó sobre el suelo y la levantó sobre él para hacer luego que se sentara. Durante un instante, ella no pudo moverse, dado que él la llenaba plenamente.

Entonces, él volvió a levantarla con sus fuertes brazos y le dijo:

—Móntame…

bella obedeció. Gimió de gozo mientras se movía encima de él, controlando el ritmo. Lo sujetaba con fuerza en su interior, dejando que sus cuerpos se unieran como si fueran uno solo. Los dos estaban sin aliento, cubiertos de sudor y jadeando. Con un último movimiento, ella explotó por fin.

—Te amo —gritó—. ¡Te amo!

—Te amo…

Edward miró a bella cuando ella pronunció las palabras. Se sintió tan profundamente unido a ella que ya no podía negarlo.

«Te amo».

Hacer el amor con ella en Atenas había sido explosivo, pero aquello era mucho más. Comprendió por qué aquello no se parecía en nada a lo que había experimentado antes. Por qué el placer había sido tan intenso. Al escuchar cómo ella pronunciaba aquellas dos palabras, no pudo contenerse más y se vertió en ella con un grito. Entonces, entendió que estaba enamorado de ella.

Miró a su hermosa esposa y comprendió que la amaba. Ella le había devuelto a la vida. Le había hecho sentir cosas y verlo todo bajo una luz diferente.

La amaba. Sabía que se moriría si la perdía. Rezó para que pudieran permanecer así siempre, ocultos al mundo, sin temer que ella pudiera recordar.

De repente, ella gritó de un modo que no tenía nada que ver con el placer. Se cubrió el rostro y se apartó de él.

—¡bella! —exclamó él. Se incorporó y la tomó entre sus brazos.

Entonces, vio que ella tenía el rostro lleno de lágrimas.

—Acabo de recordar algo más —gimió.

—¿El qué? —preguntó él, completamente aterrorizado.

—Recuerdo haber robado los papeles de tu caja fuerte. Se los di a Jake Skinner, tal y como tu dijiste. Entonces, salí huyendo de Atenas y no dejé de correr nunca. No quería que me encontraras. Te odiaba… ¿Por qué? ¿Por qué te odiaba tanto?

Talos sintió que se le hacía un nudo en la garganta. La miró fijamente, pero sin poder hablar.

—Dime por qué te odiaba.

—Yo… No lo sé —mintió. Deseaba proteger a su esposa.

Bella se cubrió el rostro y se apartó de él.

—No importa —dijo él tomándola entre sus brazos una vez más—. El pasado no importa. Ya no. Lo único que importa es el futuro. Nuestro hijo.

Bella lo miró fijamente.

—¿Me amas, Edward? —susurró ella.

Él no había esperado aquella pregunta. Se preparó para decirle que sí, que claro que la amaba, pero no pudo pronunciar las palabras.

Nunca antes se las había dicho a nadie.

«Te amo y me aterra poder perderte».

Cuando él no respondió. Bella contuvo el aliento. Edward vio la tristeza reflejada en el rostro de su esposa y supo que le había hecho daño en el momento en el que ella más apoyo necesitaba.

—bella… —susurró. Se inclinó para besarla, pero se detuvo.

Había pensado que llevándola a forks, a un lugar que ella no había visto antes, podría protegerla de sus recuerdos.

Decidió que no habían sido las vistas de Venecia o de Seattle lo que le habían hecho recordar. Había recordado lo primero después de que él la besara en el puente Rialto. Inmediatamente después de hacerle el amor en seattle, bella había recordado detalles de la muerte de su padre.

recordado que lo odiaba.

Aquella noche, ella se quedó dormida llorando. Edward no sabía qué hacer. Quería hacerle el amor. Quería decirle la verdad. No podía hacer ninguna de las dos cosas.

Cuando por fin bella se quedó dormida, Edward ya no pudo resistirlo.

Se levantó de la cama y se acercó a la terraza para mirar el mar.

Observó cómo la luna llena se reflejaba plenamente sobre las aguas de la push.

Había creído que allí podría mantenerla a salvo del mundo.

Se había equivocado.

Si quería salvar a su familia, no podría volverle a hacer el amor a su esposa. Ni siquiera podría besarla porque, si lo hacía, ella lo recordaría todo y la perdería.

El dolor se apoderó de él. Observó por última vez el cuerpo desnudo de su esposa. Gozó con su dulce belleza a pesar de que su alma sufría por las lágrimas que se le habían secado sobre el rostro. Observó cómo la luz rosada del amanecer se deslizaba lentamente sobre las paredes del dormitorio.

Entonces, con las manos apretadas en puños, se marchó y la dejó dormir a solas.