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— Chocolate —
Según Glen Kirkland
— ¡A-Ah! ¡Ngh…!
— ¿Hm?
— ¡G-Glen! ¡Y-Yo…!
— ¿Qué pasa? — levantó apenas la cabeza, soltando esa interrogación como una señal de mero cinismo — ¿Hay algo que quieras decir, Arthur?
Por supuesto que sí. Y no, a la vez, porque no podía hacerlo.
No cuando sólo unos momentos antes había comenzado a atender su miembro despierto con la humedad de su boca.
Lo sentía temblar, retorcerse en su sitio, arquear la espalda conforme le brindaba ese placer culposo que gozaban sin un remordimiento real.
Era precioso.
Escuchaba sus suspiros, sus palabras a medias, los gemidos que llenaban por entero su habitación. Lo único que ambos podían distinguir entre aquello era su nombre, con el implícito ruego de que continuara volviéndolo loco.
Nunca apreció algo más sensual y hermoso que eso.
Le dio apenas la oportunidad de recuperarse al pasar la lengua en su muslo interior, pero tan pronto como lo permitió, volvió a lamer su hombría cálida y dura, provocando un gemido más sonoro de su hermano menor.
Su amante.
— ¡G-Glen…!
Sonrió apenas, alejándose un momento de esa zona para subir hasta su rostroy mirarle profundamente.
Arthur se encontraba sonrojado, con un fino sudor comenzando a perlar su cuerpo; el pecho subía y bajaba rápido, la piel se le erizaba y sus ojos estaban entrecerrados, pero sin duda lo observaban con las mismas ansias que él.
La persona con la que quería estar por siempre.
— G-Glen… — volvió a jadear, intentando recuperar un poco de aire — P-Puedes… ¿podrías…?
No tuvo que terminar la frase para saber lo que quería.
Cortó la distancia entre sus labios y lo besó suave, con lentitud, apoderándose de su boca y de su lengua para jugar de manera delirante. Sintió los brazos de él subir por su espalda y aferrarse, al igual que sus piernas que se enredaron en su cadera para que sus miembros se rozaran.
Suspiraron en el beso, continuándolo con mayor rapidez y humedad. Lo sujetó de su bien formado trasero para pegarlo aún más e imitar un vaivén que les provocó un agresivo escalofrío.
Era tan erótico… tan suave el momento, a la vez…
Aquello era normal entre ellos, aun si no lo parecía.
Ceder a su mutuo deseo, compartir caricias en la intimidad, unirse tal y como lo haría cualquier pareja era algo que anhelaban más de lo que admitirían con palabras, pero que delataban en sus miradas y en sus discretos toques en público.
Estaban juntos, como hermanos y como amantes, juntando sus cuerpos a la primera oportunidad de privacidad que tenían.
A veces se encontraban aferrándose en algún salón vacío de la escuela del menor, o en la cama de una de sus habitaciones. Justo como en ese momento, en que llegando a casa atrapó sus labios con pasión y seguridad, ya que el resto de sus hermanos pasarían la noche con amigos en común. Unas horas sólo para ellos, al fin.
Era la lujuria combinada con algo más cálido en el pecho; mero placer que llevaba consigo ternura y consideración. La mirada brillosa de Arthur delataba su entera excitación, junto con la impresión de que no existía nada más que él. Que era lo que más deseaba y lo que más amaba en toda su vida.
Movió más su cadera, logrando que sus miembros tuvieran una caricia más fuerte. Recibió otro jadeo prolongado que le hizo sonreír.
— Tengo algo para nosotros — le susurro en su boca antes de darle otro beso más fugaz — Me tomé la libertad de prepararlo puesto que tenemos toda la noche.
— ¿A-Algo? — le tembló el labio sin dejar suspirar — ¿Q-Qué es?
Se estiró un poco, sin apartarse de encima. Del pequeño buró tomó un tazón que dejó antes de que separarse fuese impensable.
Metió dos dedos ahí y los mojó, sacándolos y dejando un rastro de aroma dulce a su paso. Luego los acercó a la boca del rubio. Él comprendió y comenzó a lamerlos de tal forma que lo hizo gruñir bajo.
— ¿Chocolate? — preguntó algo curioso, respirando todavía rápido.
— Así es — le sonrió apenas, de lado. Eso provocó que el otro suspirara — ¿No te gusta el chocolate?
Tomó un poco para sí mismo, y con ese sabor en la boca volvió a besarlo. El menor jadeó de nuevo y le abrazó, entendiendo al fin cómo iban a usar aquello durante las horas que tenían.
El chocolate lo untó por varias partes: desde su boca, su cuello, hasta sus pezones y miembro. Ahí lo chupó con más ansias y fuerza, logrando que su hermano hiciese sonidos aún más prolongados y ahogados, como si fuese a perder la cordura en cualquier momento.
El aroma invadió el sitio tal como sus gemidos, sus caricias, los besos y los frotes que no se detuvieron en un lapso indefinible de tiempo.
En todos y en cada uno, con todo el placer y la vergüenza, Arthur le dijo cuánto lo amaba. Con su mirada, sus besos, sus abrazos, las tímidas palabras que dejaba salir en esos finos momentos en que entraba y salía de él.
También lo amaba. Siempre lo había hecho.
Nada podía ser más dulce que eso.
Ni siquiera el chocolate.
