El Arte de Pasar Página
Alma a quien todo un Dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido,
su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrán sentido.
Polvo serán, mas polvo enamorado.
"Amor constante más allá de la muerte", Francisco de Quevedo.
.
Un año después la floristería frente al hospital abría de nuevo.
En todo aquel tiempo John y Mary se habían divorciado ya que a ella le habían ofrecido el trabajo de su vida y, viéndose incapaz de rechazar la oferta, decidió irse. La cosa no iba como debería ir, de todos modos. John había tenido varias novias fugaces, incapaz de volver a algo estable. Sherlock se desdibujaba en su memoria como un sueño, algo que nunca había llegado a suceder realmente. Había conseguido no pensar en él todos y cada uno de los días de la semana, lo que solía sucederle a menudo. Hubo una Elena, una Rachel, una Sara y una Vanessa, pero jamás otro florista.
Pero ahora las luces de la pequeña tiendecita de la calle de enfrente se habían encendido otra vez y el médico se descubría todas las tardes observándola con anhelo, muriéndose de curiosidad, de ganas, de nostalgia. Llevaba una semana saliendo del trabajo y deteniéndose a contemplarla, dividido entre cruzar o no la acera. Sin saber qué hacer.
Había pasado un año, al fin y al cabo, ¿qué podría decir? ¿Qué iba, a presentarse allí, sin más? ¿"Hola, qué tal, quería comprar unas flores", a ver si se acordaba de él siquiera? Se pasó ambas manos por la cara, angustiado, indeciso.
Le costó varias semanas reunir el valor necesario para cambiarse de acera (SEE WHAT I'VE DONE HERE #HEHEHEH), pero finalmente lo consiguió. Cruzó con decisión, atravesando el umbral de la puerta de cristal, un año y seis meses más tarde que la primera vez.
Se sintió como el primer día. No había nadie, aparentemente. Se paseó por la estancia, respirando hondo, todos los recuerdos que tan profundo había intentado enterrar saliendo a flote una vez más. Y descubrió que quería verle. Necesitaba verle. Se moría de ganas de verle.
Y nadie pareció salir a atenderle, así que hizo acopio de valor y, pasando tras el mostrador, atravesó por segunda vez en su vida la cortinilla que separaba el apartamento del florista de la tienda. Caminó por el pasillo, asomando la cabeza tras un par de puertas, hasta que oyó voces amortiguadas tras una cerrada. "De acuerdo, ya voy yo… ¡estate quieto, que me resbalo!" distinguió a duras penas. Tuvo el tiempo justo para apartarse de la puerta antes de que esta se abriese, dejando escapar un montón de vapor que inundó el pasillo y le nubló la vista unos instantes.
Delante de él apareció un chico muy atractivo que rondaría los treinta y tantos, solo con una toalla alrededor de su cadera, con el cuerpo aún húmedo por la ducha y el pelo mojado echado hacia atrás. Recibió a John con una sonrisa sorprendida, enseñando una dentadura perfecta que el médico odió al instante.
-Ah, perdona, qué vergüenza. Esto ha sido..., inoportuno –se disculpó, aún con una sonrisa, poniendo cara de circunstancias. Tenía una voz dulce, melodiosa, risueña-. Oye, tú debes ser John, ¿no? –le ofreció una mano que el rubio apenas pudo estrechar, aún en estado de shock- Sherlock te ha mencionado un par de veces, creo... ¿Quieres un té, o algo así?
John está lívido. ¿Quién coño eres tú? ¿Qué coño hacías… duchándote… con Sherlock? ¿Me ha mencionado "un par de veces"? ¿Llevas esa cara de modelo gilipollas todo el día? Quiere golpearle. Borrarle esa sonrisa horrible de la cara, romperle esa nariz perfecta o algo así. El tipo parecía sacado de un puto anuncio de lencería masculina.
-Que por cierto, debería estar fuera dentro de nada. Ya sabes cuánto tarda en ducharse –no, John no lo sabía. Lo que sí que sabía era que iba a matar a aquel tipo si abría la boca una vez más-. Siempre está más tiempo que yo, no falla. -Siempre está más tiempo que yo. En la ducha. Juntos. A menudo. Le odia, le odia con todo su ser, jamás había odiado tanto a alguien.
Apenas se puede creer lo que está sucediendo, porque no se lo esperaba en absoluto. Tiembla de rabia, incapaz de tranquilizar el torrente que le sacudía por dentro. Y entonces el tipo sonríe otra vez, de nuevo, una vez más, y de verdad que jamás había tenido tantas ganas de pegarle un puñetazo al alguien.
-Perdona, creo que se me ha olvidado presentarme –añadió, con una risa de disculpa-. Soy Víctor, Víctor Trevor. Encantado.
John se siente enfermo, no puede más. Consigue articular un "lo siento, me tengo que ir" y sale a grandes zancadas de allí, necesitando aire, alejarse lo máximo posible. Una vez en la calle respira profundamente, intentando calmarse. No sabe qué le ha sucedido ahí dentro, no tiene ni idea. Solo sabe que le ha sentado como una patada en el estómago, que jamás había odiado a alguien tanto como a ese gilipollas de Trevor. Tal vez era así como se había sentido Sherlock al verle con Mary.
¿Qué coño esperabas, John? Te lo dijo más claro que el agua: se acabó. Déjalo ya. ¿Te creías que te esperaría para siempre? Estuvo esperándote mucho tiempo, hasta que se cansó de hacerlo. Te mereces todo esto, por estar tan ciego, por negarte la realidad. Te lo mereces. Te lo has buscado tú solo.
Y tenía razón.
Manners maketh man
No le faltaba razón a aquel que dijo por primera vez que "lo bueno se hace esperar". Por culpa de alguna retorcida ley universal, cuanto más esperas algo, más tarda en llegar. O bueno, más bien tarda exactamente lo mismo en llegar, pero a ti la espera se te hace eterna. Los días se extienden hasta tener cincuenta y cuatro horas y las semanas mejor ni pensarlo. Es así, guste o no.
Lestrade estaba justamente pensando en que aquellas retorcidas leyes universales podrían irse a la mierda, mientras golpeaba de nuevo, una vez más, la cafetera del Yard. Algún día tendrían que cambiarla, honestamente. Por no mencionar que en vez de un café británico hacía más bien un café americano, más agua que otra cosa. Aguachirri. Qué asco.
-Le recomiendo encarecidamente que no se beba ese café, inspector.
Se estremece de arriba abajo al oír aquella voz a sus espaldas, no lo puede evitar. Respira hondo, intentando mantener la compostura, y se da la vuelta.
-Vaya, Mycroft. Cuánto tiempo.
-Apenas ha pasado una semana.
¿En serio? ¿En serio habían transcurrido únicamente siete días? Greg frunce el ceño, molesto. Para él habían pasado tres semanas. Puede que un mes. Quién sabe si una eternidad.
-¿Y le pasa algo al café?
-Aparte de ser de una calidad pésima, no. Pero pensé que preferiría saborear un café auténtico, en vez de agua hirviendo –enarca una ceja, dejando caer la proposición. Greg no puede evitar una media sonrisa.
-Ningún hombre sensato se negaría a algo así –deja el vaso de plástico en una mesa cualquiera, encima de una pila de papeles, y se da la vuelta buscando con la mirada a su compañera- ¡Donovan! Tengo que irme. Estás al mando.
-Pero señor, aún nos quedan varias horas de turn…
-Me ha surgido algo. Y ayuda a Dimmock con el último caso, como lo tenga que resolver él solo estamos con ello hasta el martes que viene –Era sabido por todos que Dimmock nunca había sido la bombilla más brillante del Yard. Sally acató sus órdenes sin rechistar, aunque no pudo evitar fruncir el ceño y mirar con recelo al hombre trajeado que había a su lado. Por su mirada, Greg sabía que murmurarían. ¿Abandonando el Yard cuando aún no había terminado su jornada, acompañado por un hombre misterioso trajeado que nadie conocía? Hablarían. Pues que hablen, joder, ya ves tú lo que me importa.
Sin duda esperaba que la primera vez que montase en limusina fuese después de alguna fiesta gorda, o en alguna despedida de soltero, o algo así. No frente a un miembro del gobierno británico casi desconocido, con un silencio sepulcral calado entre ambos, la cabeza llena de preguntas y sin poder articular ninguna. Era cuanto menos frustrante. Y mentiría si dijese que no está un poco nervioso, aunque sólo fuese un poco. No sabe por qué: tal vez sea el porte de Mycroft, la espalda recta, imponente y férreo. Tal vez su mirada, más azul que el hielo de ambos polos, tan fría como los dos juntos y sin lugar a dudas igual de misteriosa, recóndita e inconquistable. De esas que tienes miedo de explorar, porque tal vez te mueras de hipotermia o no veas la luz del sol en seis meses. De esas que te atrapan. O tal vez la manera que tenía de dirigirse a él, como si ya le conociese por completo pero con una cordialidad y una distancia siempre en veda, británico hasta los huesos, o esa manera que tenía de apenas alzar la voz y hacerse oír de todos modos, como si en vez de hablarte desde el otro lado de una mesa estuviese justo detrás de ti, susurrándote al oído.
Se veían una vez por semana, tal vez una vez cada quince días cuando la ocupada vida del político no daba para más. Al principio no estaban más de hora y media: un café en el Speedy's, Mycroft le contaba los avances del caso, Gregory intentaba sonsacarle más detalles en vano y el mayor de los Holmes se despedía porque tenía "asuntos que atender", para variar. Poco a poco la cosa fue cambiando. Se veían una vez a la semana y cuando no podían Mycroft le enviaba un mensaje disculpándose, y Greg lo leía con una sonrisa resplandeciente que le duraba el resto del día. Las quedadas se alargaban, llegando a alcanzar las dos horas, incluso tres. Empezaban hablando del caso y terminaban hablando (o más bien Greg hablando y Mycroft escuchando) de todo y nada, esas conversaciones naturales que fluyen solas cuando te encuentras con la persona apropiada, esas conversaciones que por muchas horas que duren a ti te saben a poco y tienes la sensación de que se han desvanecido en un parpadeo, que se escapan entre tus dedos inevitablemente. Y aunque Mycroft no fuese un gran conversador, sin duda sabía escuchar.
A Greg le gusta. Le gusta cómo le escucha, aunque no diga más que tonterías, aunque no diga más que cosas que a él no debían interesarle ni de lejos. Le gusta cómo le mira mientras habla, cómo le observa con esos ojos azules como el hielo más cálido como si fuese la cosa más interesante del mundo, algo fascinante, un mundo por descubrir. Cómo de vez en cuando sonríe muy levemente cuando dice algo que por algún motivo misterioso le ha hecho gracia y se le forman pequeños hoyuelos en la comisura de los labios. La verdad es que no lo entiende: para Greg es un enigma, Mycroft es el caso más complicado al que se haya enfrentado jamás. No entiende qué ha podido ver en él, por qué malgasta su tiempo a su lado, tomando té en una cafetería cualquiera. A horas intempestivas, cuando no puede dormir, las preguntas y las dudas le asaltan en la oscuridad. Tal vez algún día se canse de mí, o tenga cosas más importantes que hacer que tomar un café los viernes. Tal vez desaparezca de repente, sin darme ninguna explicación, y no le vuelva a ver. La idea le aterra.
-¿Gregory?
Levanta la mirada y se lo encuentra, observándole con el ceño fruncido, interrogante. Por lo general era bastante fácil saber qué se le estaba pasando a Greg por la cabeza, pero en momentos como aquel a Mycroft se le hacía imposible deducirlo, y eso le turbaba.
-Llevas cinco minutos mirando a la nada. ¿Qué ocupa tus pensamientos, que es tan importante? -más importante que yo, quiero decir.
Al oír su pregunta Greg enarca una ceja, sonriendo de medio lado.
-Espera, ¿Mycroft Holmes no es capaz de adivinar en qué estoy pensando?
Le mira fingiendo desdén, fingiendo que le molesta su guasa, aunque ambos saben que no es así.
-Yo no adivino nada, Gregory. Lo deduzco. Me ofende la ligereza con la que te tomas el tema -frunce el ceño y baja la mirada hacia sus waffles para disimular la sonrisa que amenazaba con florecer en su boca. Corta con elegancia un trozo, con suavidad, y se lo lleva a la boca. Queda nata en el tenedor e instintivamente lo relame, llevándosela toda. Greg le observa y se le seca la garganta. Le observa y toma una bocanada de aire, como si le faltase el oxígeno. En pleno silencio traza sus labios con la mirada, y no lo puede evitar. Seguro que saben dulce. Seguro que aún saben a nata.
-Lo estás haciendo otra vez.
Greg, concéntrate, por favor.
-¿Eh? Sí. Perdona. Día largo -dice, mientras se afloja un poco la corbata. Menos mal, piensa, menos mal que no es capaz de deducir lo que se me pasa por la cabeza. Procesa entonces que tal vez eso que lleva quince minutos rozando su rodilla no es la pata de la mesa y se obliga a sí mismo a respirar profundo y mantener la calma porque joder, Greg, que ya tienes una edad. Necesita sacar un tema de conversación YA-. ¿Tú no estabas de dieta?
Mycroft carraspea.
-Los horarios de mi dieta son de nueve de la mañana a cuatro de la tarde.
-Estoy bastante seguro de que las dietas no tienen horarios, Myc...
-Soy un hombre ocupado, no puedo estar de dieta todo el día.
-No veo qué tiene que ver.
-Gregory, como sigas cuestionando mi dieta te vas a pasar toda la semana que viene haciendo papeleo en el Yard. Sin ver la luz del sol.
El policía abre mucho los ojos y prefiere terminarse el café antes que abrir la boca de nuevo. Mycroft solía cumplir sus amenazas. Mira a través de la ventana, dándose cuenta de que, a lo tonto, ya se les había hecho de noche. El pelirrojo parece percatarse también de ello, carraspeando.
-Se nos ha hecho tarde, voy a tener que irme -dice, poniéndose el abrigo. No necesitan pagar, es Mycroft, se lo suman directamente a la cuenta.
-Sí. Ya.
Salen a la calle y el frío les golpea. Greg se arrebuja en el abrigo, intentando conservar todo el calor posible, y Mycroft, como siempre, no parece ni inmutarse de ello. Se miran y el policía balbucea un poco, sin saber muy bien qué decir. Era muy malo con las despedidas. Malísimo. Además, había descubierto que se le daba fatal pensar en algo cuando tenía a Mycroft delante mirándole así. No lo puede evitar, le deja en blanco.
-Bueno, pues, eh... gracias por el café. Como siempre.
-Un placer.
-Nos vemos, ¿eh?
-Todas las semanas, Gregory.
-Claro, sí. De acuerdo. Pues nada, eh..., adiós -se da la vuelta y echa a andar. Gilipollas. Es que eres gilipollas, Greg. ¿"Pues nada, adiós"? Subnormal. ¿Se puede ser más cobarde? Suspira. Traga saliva, suspira de nuevo. Y puede que se arrepienta, pero le da igual. Échale huevos, pedazo de cobarde. Se da la vuelta a toda prisa.
-Espera, ¡Mycroft!
Tenía ya la puerta abierta y estaba a punto de meterse en el vehículo, pero se detiene al escucharle y voltea la cabeza para ver cómo se acerca de nuevo, interrogante. Greg se come las cuatro zancadas que les separaban y sin pensarlo dos veces se inclina hacia él y hace lo que llevaba mucho tiempo, secretamente, queriendo hacer: le besa. Es un beso rápido pero convencido, con una pequeña mordida de labios al final y una sonrisa que dice mucho. Cuando finalmente se separa Mycroft no dice nada y se le queda mirando, parpadeando un par de veces.
-¿Sabes hace media hora, cuando me preguntaste que en qué estaba pensando?
Alza la mirada hacia él, confuso. Greg le observa, algo divertido al darse cuenta de que se ha puesto rojo. Tiene las orejas rojas. Y las mejillas. Un Mycroft sonrojado es seguramente lo último que esperaba ver hoy, pero sin duda alguna lo más bonito que vería en semanas.
-Sí.
-Estaba pensando en ti. Siempre lo hago -y desempolvando sus dotes de latin lover Greg le guiña un ojo, le sonríe una última vez y, ahora sí, se aleja con las manos en los bolsillos. Camina hacia atrás unos tres pasos, gritándole un "¡Hasta la semana que viene, Myc!" hasta que se da la vuelta y se va. Canturreando alguna canción desentonada. Piensa en encenderse un cigarrillo, pero quiere disfrutar un poco más del sabor entre sus labios.
Se había equivocado: no sabían a nata, sabían mucho, mucho mejor.
xxxxxx
No, no está alucinando. Lleva algo así como diez minutos pellizcándose el brazo y parpadeando, pero la imagen sigue ahí. Acaba de pasar por delante de la vidriera de un restaurante y, sin duda alguna, ese es Sherlock. Cenando. Con Víctor Trevor, por la noche.
No se lo puede creer. Es decir, ¿desde cuándo Sherlock sale? Y no solo eso, sino que sale a cenar con su novio a un restaurante caro. Intenta pasar de largo, ignorarlo, pero es incapaz.
Es incapaz porque es la primera vez que ve a Sherlock en un año y madre mía, desde cuándo es tan guapo. Desde cuándo va tan arreglado, la camisa planchada, los zapatos impolutos. Está nuevo, está resplandeciente, increíble. Radiante. Joder, qué guapo. Entonces se ríe por algo que habrá dicho su novio y John no puede oírle pero le escucha. Escucha su risa de forma nítida, como si estuviese a su lado. El aire en sus pulmones desaparece y suspira una vez más, y sus suspiros suenan siempre igual: Sherlock. Parece sacado de un cuento, un dios entre humanos, una figura mítica. Se siente morir una vez más. No tiene ni idea de cómo ha podido negarse durante tanto tiempo una verdad tan absoluta y tan radical: que está enamorado hasta los huesos, perdidamente, de forma inevitable y catastrófica y que nunca, jamás podrá pasar página y olvidarse de él, por mucho que lo intente. Nunca podrá superarlo. Le quiere hasta romperse, le quiere tanto que duele solo pensar en ello, le quiere más allá de la muerte y de la enfermedad y de lo que coño sea que alla después. Y ahora que le tiene ahí delante, cenando con otra persona, sonriéndole a otra persona… se quiebra en mil pedazos.
Entonces sucede: como si le sintiese Sherlock ladea la cabeza hacia un lado y le ve. Su cara es un cuadro. Primero parpadea, frunce el ceño, como si no se lo creyese. Después abre la boca, como si susurrase su nombre; casi puede leer el suave "John" que arquean sus labios. Entonces cierra los ojos, respira profundo y… vuelve a mirar a Víctor. Como si nunca hubiese estado ahí, ignorándole, negando su presencia al otro lado del cristal.
John siente cómo le clavan una daga en la espalda y se desangra irremediablemente. No, no, ni de coña. No lo puede permitir. No. La historia no puede acabar así, se niega en redondo. Sin pensarlo siquiera coge y entra en el restaurante, asegurándose de que Sherlock le vea, se encamina al baño disimulando ante los camareros y espera.
Y espera.
Y espera.
Espera lo que se le antojan horas, días, siglos. Tal vez he cometido un error. Tal vez haya pasado página realmente. Tal vez no venga.
Y entonces aparece.
John siente que le falta el aire al verle ahí, real, corpóreo. Apenas les separan tres metros, pero joder, parece un abismo.
-Qué quieres –pregunta Sherlock, imprimiendo toda la frialdad que puede en su tono. John puede ver el dolor reflejado en sus ojos. Puede ver las mil y una heridas que él había dejado abriéndose poco a poco y por su culpa. Lo siento. No sabe qué decir. Lo siento tanto. El florista bufa- Si no tienes nada que decir, está Víctor esperánd…
Es algo impulsivo: John le sujeta del brazo con fuerza para evitar que se vaya, que desaparezca una vez más, y Sherlock le mira con sorpresa ante el contacto.
-Sherlock. No, ni se te ocurra irte. No te vayas. Lo siento, Sherlock –sintió que jamás se había disculpado más sinceramente que en aquel momento-. Lo siento mucho. Por todo.
-De acuerdo. ¿Algo más, John? –pregunta, impasible. El médico se desespera.
-Te quiero.
-Me alegro. ¿Podrías soltarme ya el brazo? Está mi cita esperándome.
-No me lo creo.
-¿No te crees el qué, John? Mira, si has venido a desvariar…
-No me creo que esto sea todo, Sherlock, no me creo que… que… no me creo todo esto. Siempre has sido un buen actor, pero no me lo trago. Sino no me habrías seguido hasta aquí. Te habrías quedado con Víctor.
El florista tensa la mandíbula, mirándole sin más.
-¿Qué más quieres de mí, John Watson? –interroga con gelidez, impávido. Te lo di todo en su día.
-Bésame.
Sherlock abre los ojos con sorpresa un segundo, sin esperarse esa petición.
-Venga, bésame. Demuéstramelo. Demuéstrame que no mientes y te juro que me iré de este restaurante, me iré incluso de la ciudad si es lo que quieres para no volverte a ver. Te lo juro.
Se observan durante lo que parecen horas, días enteros. John tiembla porque juega con todo. Ha lanzado un órdago, arriesgándose a perder la partida de su vida. Tiene el corazón en un puño. Sherlock murmura "como quieras", como si le diese igual, y se inclina hacia él para depositar un beso casto en sus labios y separarse rápidamente.
-Y una mierda, Holmes, sabes hacerlo mejor. Eso no es un beso.
Le coge de las solapas de la camisa que tan cuidadosamente había planchado yahora sí le besa de verdad. Con desesperación, con ganas, como si se tratase de vida o muerte, y es que en efecto así era. Un beso de película, de esos que dejan al público sin aliento y al cine en silencio. Un beso en blanco y negro, como los de antes, esos besos mudos que decían más que nada y hablaban por sí solos, esos besos que el espectador lleva esperando toda su vida sin saberlo. El beso que intentó plasmar Klimt en un lienzo virgen, el que dibujó Toulouse-Lautrec después de un vaso de absenta. Y la muralla que con tanto trabajo había mantenido el florista se derrumba por completo ante ese beso. Se entrega por completo, pasando las manos por su cuello, hundiéndolas en su pelo, pegándose completamente a él hasta que no quedase ni un centímetro de aire entre los dos. Quiere llorar, quiere vivir y morirse a la vez. Sienta a Sherlock en la encimera del baño, quedando ambos a la misma altura, y le besa el cuello, recorriéndolo con ahínco. Muerde, chupa, recorre, invade. Quema. Arde. Abrasa. El moreno cierra los ojos y gime, echando la cabeza hacia atrás, pidiendo más y exponiendo más piel que John no tarda en acaparar. Usando toda su fuerza de voluntad el rubio se separa, recordando que están en un baño público, sabiendo que puede entrar alguien en cualquier momento. Le observa: Sherlock está despeinado, con las mejillas rojas y los labios hinchados por las mordidas, respirando con dificultad. Apenas quedan rastro de sus ojos azules, casi ocultos por una pupila más negra que el carbón y el pulso acelerado. John daría su vida por contemplar aquel espectáculo eternamente, y si lo piensa bien sabrá que la está dando, porque esa es la única vida que vale la pena. Cierra los ojos, intentando pensar con claridad.
-Qué te parece si… -consigue decir costosamente, pero el moreno le interrumpe a medio camino.
-Sí –tiembla al escuchar su voz, más grave y ronca que nunca, un tono que va directamente a su entrepierna. John suspira. Esto va a ser difícil. Sale del baño intentando disimular lo más posible su aspecto y, sobre todo, esquivando a Víctor. Antes de salir del baño Sherlock se enjuaga la cara con agua fría, rezando para reducir la tensión de sus pantalones y se peina un poco. Toma una respiración honda y sale, acercándose a su mesa. Se excusa. Me tengo que ir, yo pago, lo siento. Deja un billete que cubría los gastos y antes de que Trevor pudiese preguntar nada sale del local, con un taxi ya esperándole.
JEJEJE. CORTE PUBLICITARIO. Sé que es una putada cortarlo aquí, pero oye, a joderse. Tenéis la hoja de reclamaciones en la caja de reviews, podéis cagaros en tos mis muertos ahí (es más, os invito a hacerlo). A cambio jurao que el siguiente capítulo ya será 100% slash y (redoble de tambores) ¡el fin de la trama de John y Sherlock! Sólo me quedará continuar un poquito con el mystrade, unirlo de alguna manera y (más redobles de tambores) ¡fin del fic! Esto ya es la recta final. Hasta la semana que viene :-*
