«Es más, el uróboros simbolizaba nuestra relación. Matthew y yo éramos el enlace alquímico del vampiro y la bruja, de la muerte y la vida, del sol y la luna. Esa combinación de contrarios había creado algo más refinado y precioso de lo que hubiéramos podido ser nunca cualquiera de los dos por separado.
Éramos el décimo nudo.
Irrompible.
Sin fin.»
Trilogía All Souls: El Libro de la Vida de Deborah Harkness
9.1. Insane Dream: Juntos
I
Tres años atrás. Yokohama.
—Lo haré.
Furioso, Dazai se levanta empujando la zaisu, volcándola estruendosamente de costado en los tatamis. La madera retumba por encima de la algarabía en una de las cabinas contiguas del restaurante. Se hace una pausa en la celebración de una promoción, y tras unos segundos el festejo vuelve a excluir de su felicidad al cuarteto aferrado al mutismo.
La historiadora y el psicólogo observan al detective, con la serenidad de quienes han visto el futuro y saben qué esperar, inmutables. El detective observa al mafioso, que sentado en su sitio, estoico, gira la copa de vino ordenada por los agentes. La yema de su índice acaricia el borde, recogiendo la descuidada gota que queda de su último trago. Repasa el sabor del líquido amargo y dulce en su boca, y el recorrido que ha trazado calentándole las entrañas. Se pregunta si esta ebrio. Hace un recuento de la mañana y las horas de la tarde. Es su primer trago. Está sobrio, los sentidos alertas, han sido días tranquilos de bien dormir y bien comer, no hay qué altere su estado cognitivo o emocional.
Está siendo racional, como Dazai le enseñó a ser, y como mil veces le pidió que fuera en lugar de entregarse a la impulsividad que fácilmente lo guiaba a una personalidad volátil.
Ve por el rabillo del ojo a su amante, enrojecido de ira, de rabia contenida esperando a que lo confronte. Es estúpido que la única vez que decide hacerle caso, actuando con la cabeza fría, esté en contra de su decisión, de la opción obvia, efectiva y eficaz.
Toma un trago.
¿Es estúpido por ir contra la lógica, o es estúpido porque el idiota se ha rendido a sus sentimientos? Los papeles parecen haberse invertido. Es gracioso. Tanto que lo hace reír y eso aumenta la molestia de Dazai.
—¡No lo harás! —dicta tajante el detective, irguiéndose en firme imposición, usando el porte con el que solía intimidar al bajo mundo sin problemas.
Al bajo mundo, no a él. A él jamás.
—Lo haré, con o sin tu consentimiento, Dazai —se dirige a Harkness ignorando a su excompañero—. Entonces tu habilidad nos trajo hasta aquí —frunce el ceño—. Nos manipulaste para venir.
Harkness niega.
—Tiré de un par de coincidencias cambiando sus reservaciones a este cubículo. Ustedes ya tenían planeado verse —muestra un hilo rosado unido en dos sentidos al rojo, que a la par se acopla a su índice con uno blanco—, desde hace un año han venido haciéndolo. Sostienen a escondidas una relación, planeando su huida —hubo complicidad amistosa y apoyo en la breve sonrisa que dibujó—, viéndose regularmente, manteniendo a ojo público una relación distante y conflictiva.
—¿La CIP nos ha estado espiando? —pese a la calma en su pregunta, Dazai no puede ocultarle a Chuuya un atisbo de sorpresa. No los había notado. Para alguien capaz de dar cuenta de detalles minúsculos, era un shock.
—No, pero tenemos nuestros modos de conocer esos detalles. Videntes. Para la manipulación del destino es necesario conocer las variantes, más allá de su presente y el rol que se planea asignarles.
—Lo relevante es que entiendan que Harkness tiene que manipular su hilo rojo para destruir a la 893 —interviene Abercrombie reencausando la conversación—. Que el agente Sanderson tuviera que encerrarse en el libro juega en nuestra contra, y acelera las probabilidades de que la 893 se consolide como una fuerza peligrosa para Japón, y la estabilidad internacional. Higashino contaba con la información para llegar ahí, y este desliz no hizo más que reducir las opciones de entre las que debe elegir para conseguirlo.
—Y ustedes reducirán esa cantidad a su favor.
Abercrombie asiente a la confirmación de Chuuya.
—Es la alternativa más arriesgada. Higashino no sospecharía de ella, no viniendo de la CIP.
Una apuesta a todo o nada, piensa, cayendo en cuenta de un detalle.
—Cuando entramos aquí y nos hablaron de la CIP, de Higashino y la 893, de usar nuestro hilo rojo, y que para hacerlo requerían de nuestra aprobación, por el sufrimiento que conllevaría —deja la copa en la mesa baja, deshaciendo la postura seiza, viendo a Dazai.—… no se referían a ambos.
Él lo había entendido desde el inicio, por eso se negó con tal vehemencia a su aceptación, porque la pregunta realizada en plural en realidad era en singular.
—Ningen Shikkaku es una habilidad problemática —alega Harkness—. Ni siquiera mi habilidad puede ejecutar una acción respecto a Dazai, sea en su persona o en su destino, en tanto este vivo. Por lo que deberás cargar con la totalidad del peso de las modificaciones —en su semblante había dolor. La agente parecía entender, por experiencia, la extensión de la advertencia.
—¿Por qué decirme? —Dazai da un paso, protector de Chuuya, que sopesaba con cuidado las palabras de Harkness.
—Porque aunque sólo es necesaria la aprobación de una de las partes, involucrarlos a los dos aumenta las posibilidades de triunfo —tenso, suelta a la defensiva Abercrombie.
—Ciertamente —continúa la agente, exigiendo serenidad—, de poder modificar ambas partes la tensión en el hilo, el sufrimiento, sería dividido equitativamente. Al no ser posible por tu habilidad, que estés informado nos dará una ventaja al final, al salir del trance y apoyar a Chuuya.
Dazai aprieta los puños.
—Quieren usarnos, nos neguemos o…
—No —Chuuya se coloca en pie.
Toma su mano y lo gira un cuarto de vuelta.
—Piensa, vagabundo —le tilda la frente en un regaño—, ¿qué harías tú con la información que tienen para lograr su objetivo?
El amor es una luz que puede otorgar claridad en la oscuridad, fuerza y esperanza, y también puede cegar y ofuscar. Para un hombre acostumbrado a tener los pies en la tierra, a la calma calculadora, alejado de las emociones y las sensaciones que hacen humanas a las personas, el amor es un peligroso y desconocido instinto irracional. Y Dazai se dejaba llevar por él sin frenos, sintiendo, después pensando. Por actuar así rechazaría la única opción real que tenían de escapar, de dejar todo en orden, de ser felices.
Un año había transcurrido, de que Dazai se marchó de la Port Mafia y se unió a la Agencia Armada de Detectives, en busca de formas para sepultar sus pasados e irse. Sin embargo, seguían estancados. Amaban esa ciudad y a su gente, y no podían fugarse sin un gramo de responsabilidad.
—Harkness nos da una oportunidad —suplicante se levanta en la punta de los pies—. Si las cosas salen bien, tú y yo podremos partir y no dejar pendientes, soltarnos de Yokohama, de la Port Mafia, de la Agencia —lo besa, en una promesa y traición—. Así que sí, lo haré. Soportaré el peso de los nudos, y tú estarás ahí como siempre has estado, para ser mi soporte al final —sonríe.
Asustado por la intensión de Chuuya, Dazai trata de alejarse.
El mafioso no lo permite, dobla el codo y le encesta un golpe en el estómago. Sin aire, el detective se precipita hacia la mesa. Lo detiene con un brazo por el pecho y golpea tras su nuca desvaneciéndolo.
Con cuidado deposita a su amante en el suelo.
—Quien debía aceptar era yo, y asegurarme de que él no interfiriera.
—Jamás habría permitido que lo hicieras, pero tenía que saber —Harkness pasó un mechón de cabello tras de su oído.
—Será un dolor en el trasero cuando recuerde —pero habrá valido la pena, se dijo.
Suspira, endureciendo la mirada
—Hazlo. Danos la oportunidad de ser felices. Lo soportaré —añade, más para sí y por convencerse, que para los demás.
—Los nudos te harán vulnerable, van a obligarte a sufrir —hala del hilo rojo que une los meñiques de Dazai y Chuuya.
—No importa. Estará bien si conseguiremos estar juntos —alza la copa al sentarse apurando su contenido. Valor. Lo necesitaba.
—No es garantía del cien por ciento. Es un reajuste a dos posibilidades —elige hilos de varios colores que anuda, trenza y entreteje. Quería disuadirlo por educación.
—Estoy bien con ello. Es mejor que seguir en este limbo de incertidumbre.
—La modificación a 10 nudos del hilo rojo, debe perseguir, independiente del destino general, la felicidad o infelicidad de los extremos. Ustedes elegirán —baja los hombros con una sincera disposición a permitirle retroceder, que respondía a culpas pasadas reflejadas en sus ojos bambú—. ¿Quieres conocer los efectos del primer nudo?
—¿Me ayudará en algo?
La agente niega.
—Entonces no. Hazme un favor —mira a Dazai, tumbado a su lado—, sé que por su habilidad no vivirá ningún nudo, pero si existe alguna repercusión que pueda haber en este idiota, aplázala hasta que sea necesario.
—Te prometo que haré lo posible —pacta la promesa y teje—. El primer nudo empieza con la ausencia y el deseo, empieza con sangre y miedo, empieza con el descubrimiento (1) del olvido y la sentencia no presagiada.
Un año desapareció. El año que hacía la diferente entre el juego de un borracho, y la declaración sincera de un hombre enamorado.
El primer nudo, el castigo tardío que el amante debió asumir por el amor que lo "traicionó", que lo "olvidó".
II
Yokohama, presente.
Chuuya aceptó por ambos. Repetía la oración con cada entonación conocida, del agradecimiento al enojo, de la tristeza a la resignación, y ninguna terminaba de asentar sus pensamientos revueltos, el lio en el mar de información que se liberó al desbloquearse la represa de sus recuerdos. Sus emociones, estancadas en su pecho, en un cuestionamiento constante de los conocimientos recuperados que otorgaban sentido al presente, abrumaban su respiración por encima del esfuerzo físico que le exigía el correr con una maleta cargada al hombro, hasta la cochera de la base de la CIP.
Dentro del auto dio marcha, y esperó a que el zaguán automático abriera y lo dejara ir del recinto, donde sufrían una tortura lenta Harkness, Abercrombie y Kunikida. Pasó una mano por su rostro, tirando de sus cabellos hacia atrás.
Varias veces juzgó su habilidad una desventaja, no en el terreno práctico, sino en el estratégico, donde ser sanado por una habilidad como la de Yosano podría ser la diferencia táctica que los llevara a la victoria. No obstante, si en ese momento consideraba su habilidad un inconveniente, era porque gracias a ella Chuuya había tenido que sufrir tres años de tortura. Chuuya había aceptado por ambos, sí, pero tampoco tuvo de otra.
Mordió el interior de su mejilla, reprimiendo la impotencia y la frustración tardías.
Sus recuerdos de la reunión con los agentes y su capacidad para notar las evidencias que lo conducirían a la verdad, fueron sellados por Abercrombie empleando una técnica sencilla y carente de tintes sobrenaturales: hipnosis. Cada que estaba por hallar una pista que lo desviara del tejido de Harkness, la hipnosis lo distraía con fragmentos del pasado —delirios, pesadillas—, que al acercarse la fecha límite del plan, con los nudos creándose seguidos, aumentaron hasta absorber por completo su mente. Pasado atado a una canción, a una melodía, que completa, lo predispuso a recordar. El décimo nudo en el hilo, por parte de Chuuya, lo acabó de liberar.
Si las instrucciones en la carta que Harkness le entregó, al borde del colapso, eran ciertas, Chuuya estaría en un edificio cerca de la bahía.
Arrancó veloz.
Tenía que ir por él, ser su soporte, salvarlo. Él confió que lo haría, cargando una vez más con el trabajo sucio.
III
Ambulancias, bomberos, policías. Decenas de sirenas partieron la noche a sus espaldas. Fue consciente por segundos de ser el responsable del caos, de los principales hombres y mujeres de la Port Mafia, la Agencia y la CIP, retorciéndose de un dolor aún más potente y asesino que el físico. Repasó el listado de los monstruos atrapados en la red de Mull, a los que discretamente colocó su marca aprovechando su fachada de alegre vendedor de armas, con un toque; trayendo a su mente a las víctimas añadidas en un arrebato, tras ver a Fukuzawa y notar en sus ojos el brillo que en antaño le perteneció, fulgurando por alguien más.
Presionó los puños sin abrir los ojos.
Has ganado, se dijo, arrebujado en una falsa sensación de éxito, ocultándose de la culpa.
Trató de alabar el uso que dio a Katayama al potenciar la habilidad de Mull para marcar a los agentes de la CIP durante su batalla contra Miyabe; y su decisión de que fuera más allá de lo planeado, internándose en el hilo rojo para abarcar a las tres organizaciones sobrenaturales enemigas. Hizo un esfuerzo monumental por elogiar a su hija caída.
Querer regocijarse y no lograrlo.
Un quejido surgió de su garganta. Preludio del llanto.
Estrujó las marcas de uñas en las muñecas descubiertas, forzándose a rechazar la compasión y los tirones de su consciencia, de la bondad sepultada por años.
Con el auto avanzando el padre de la yakuza sufrió en privado. Su venganza se cumplió, no así la satisfacción o el alivio, reemplazados por el odio a su debilidad, a su amor por Fukuzawa y el aborrecimiento que sentía por la bazofia en que se convirtió.
El monstruo quería odiar su naturaleza bondadosa, la devoción con que aun amaba, y terminó odiando su deseo.
—No hay vuelta atrás —no era una frase reconfortante, era sentencia hiriente.
No hay salvación.
IV
Frotó sus brazos en un intento por aminorar los temblores. El epicentro del sismo que azotaba su persona se hallaba en la pérdida de su mentora, la mujer que idolatraba, en un recriminar constante (¡si hubiera desobedecido las ordenes de padre!), y la inexperiencia que desataba nervios por estar a cargo de la defensa de la base de la 893.
Pena arañando su entereza.
—Está por llegar, señora —avisó un subordinados, vacilante. La muerte de Miyabe, y el ser su discípula, la situaban en una posición ambigua: ¿ya había sido ascendida a hija o a tía, o aun debía tratársele como a una hermana?
—Ataquen en cuanto baje del auto —ordenó, apretando puños, sin interesarse en las cuestiones jerárquicas. Su mayor anhelo estaba en la venganza, en acabar con Dazai Osamu.
Padre dijo que hacerlo encestaría un golpe tan grande al perro de la Port Mafia, como el que él le dio apagando la luz de su mentora.
Akutagawa pagaría.
—No dejen que mueva ni un musculo sin que trague plomo —farfulló grueso, severa, presionando el mango de la tachi, gravándose en la piel el trenzado de seda del tsuka-ito (2).
Casi enseguida las luces de los faros de un auto alumbraron los barrotes del portón de hierro, cortando las sombras a las que la luna otorgaba un parcial cobijo.
Los yakuza se colocaron frente al portón. La portezuela del auto se abrió. Las descargas empezaron. Un estruendo constante e imparable, granizada que perforó acero y aluminio, demolió cristales, y atravesó el hule de las llantas y el tejido sintético de las vestiduras, en una nube de polvo y humo de pólvora.
Los cartuchos armaron un alfombrado metálico dorado y bronce.
El resplandor de los disparos iluminó el odio en los ojos de Yoshimoto, que cruzada de brazos se mantenía atenta a la ejecución. Ella, en persona, anunciaría a Akutagawa la muerte de Dazai.
Levantó la mano cuando creyó haber gastado suficientes balas, y el subordinado a su lado repitió el cese al fuego.
—Traigan el cuerpo.
El subalterno asintió apresurándose a dirigir a tres a la chatarra agujerada.
El cuarteto cruzó al abrirse el portón. Se escuchó un clic, y enseguida una explosión los hizo saltar en partes por los aires. Antes de replegarse o poder seguir una orden, varios clics precedieron a más detonaciones, reduciendo en estallidos y desmembramientos a los yakuza.
La humareda envolvió a Yoshimoto en su vaporosa estola.
Desenvainó la tachi. Dazai estaba ahí, cual lo previsto, y consiguió resistir al primer ataque, el de mayor probabilidad de acabarlo. Si pasaba de ese punto, sin un rasguño, su porcentaje de triunfo sería alto y la muerte de Miyabe podría haber sido en vano.
Se sonrió, segura. Un detective con las habilidades marciales de un niño, a quien ya habían vencido, no era rival para ella.
Reculó dos pasos.
—Amrita —su habilidad no la ayudaría a vencer a Dazai, la ayudaría a dar con él.
Las incorpóreas mujeres sosteniendo un lazo aparecieron, elevándose en las alturas.
—¡No puedes esconderte! —en el campo de batalla del patio del edificio, los quejidos de los moribundos la rodeaban—, voy a acabar contigo y a hacer que el perro que criaste sienta el tormento de perder a su dueño —gruñó.
El vibrador de un celular proveniente de detrás del auto alertó a su habilidad y obtuvo su atención. Una distracción en la que una figura se desprendió de los cadáveres del derredor, clavándole la punta de una semiautomática en el abdomen, apretando el gatillo.
—Reconozco tu deseo de venganza —el cañón de la 9mm se sirvió de su camino hasta quedar de rodillas, soltando la tachi y sosteniendo su vientre ensangrentado, para situársele a la altura de la frente—, pero mi deseo de protegerlo es más grande —un segundo disparo y el mundo se oscureció por última vez.
V
Los estorbos sobrantes fueron apartados sin dilaciones. Le había preocupado Yoshimoto y ya no tenía porque.
Se miró las manos, subiendo las escaleras que conducían a donde, según una de sus víctimas, estarían Chuuya y los demás miembros de la 893. Sus dedos y palmas teñidos de un rastro borroso de rojo, mantenían una firme compostura, exentos de duda o remordimiento por las vidas aplastadas. No peleó contra eso. Lo aceptaba. El Dazai de la Port Mafia nunca desapareció, por más buenas acciones que hiciera.
La sangre, la muerte, el sufrimiento, la pólvora y el acero, los gritos y la agonía, le eran indiferentes.
Media docena de enemigos acudieron a su encuentro, siguiendo órdenes de detenerlo. Memorizó su ubicación y disparó a los focos, cegándolos. Fulminante guadaña de la parca al cernirse sobre su presa, se internó en las sombras y emergió con certeros disparos.
El Dazai de la Port Mafia nunca desapareció, pero sí advertía una variación en la presión que ejercía en el gatillo. Sus balas estaban cargadas de un motivo, sino válido, sí apasionado. No era muerte impartida indolente, era muerte con un objetivo.
Cambió de cartucho.
En las artes marciales su nivel se ubicaba por debajo de lo esperado en un exlíder, y ese fue el error de Yoshimoto, subestimarlo por su habilidad de combate cuerpo-a-cuerpo, guiada por su resentimiento, en lugar de considerar el resto de destrezas de las que podía valerse. Un celular con alarma. Su carta de triunfo.
Abatió a un yakuza que apareció, atraído por el revuelo.
Frente a la puerta de la habitación, dos hombres custodiaban llamando a sus compañeros por radio. Su confusión por la falta de respuesta se tornó sorpresa al verlo aparecer en el extremo del pasillo.
—Acabé con sus refuerzos, así que tienen dos opciones —dijo en un tono cantarín, muy propio de él—. Pueden atacar y morir —contó con el índice arriba—, o huir y morir —levantó también el medio.
Uno huyó. Dazai apuntó y de un tiro en la nuca lo aniquiló. El otro desenfundó su arma, dispuesto a un duelo por sobrevivir, y ni siquiera fue capaz de enfocar el blanco. Un disparo le atravesó la cabeza en diagonal, del mentón hasta la coronilla, proveniente de un verdugo que se acercó raudo y sigiloso por abajo, rociando de sesos la jamba de la puerta y la manga de su ejecutor.
En las artes marciales su nivel era básico, y obnubilado por la hipnosis de Abercrombie, patético. Sin embargo, era veloz y astuto para esquivar o atacar, y si bien eso no era todo en una batalla, si representaba una ventaja y los requisitos mínimos para hacer parte del Doble Negro.
Inspiró limpiándose la porquería en la ropa de los cadáveres, pañuelos desechables al alcance, y reemplazó el cartucho. Mejor uno lleno que uno a medias.
VI
Higashino rio. Un sonido puro y cristalino. Derrotado.
Limpió, con la impasible elegancia del vencido, el hilillo de sangre que le manaba de la nariz fracturada y de la comisura del labio, sin atender la sensación de dolor, apoyando la espalda en un tronco muerto a medio metro del arcén de la carretera. Rodillas flexionadas se mantuvo trabajosamente en pie. Sin tráfico a esa hora por aquel camino secundario, el sonido del metal retorcido con brusquedad y la agonía del motor del auto impactado en el muro de contención, que partía al monte, llenaban la serenidad de la madrugada.
Media hora de tortura, o un poco más, fue cuanto duró su triunfo, su vendetta. No estaba seguro de si sentía decepción o alivio… o por qué. Media hora quizás no fuera tan mala. Prestándose a un gramo de positivismo, podría estar a mano con Hobb y el resto.
La humanidad que aún le quedaba salió a flote, rodeándolo para pedirle que ya no peleara. Estaba cansado, y el hombre que lo devastó, su verdadero enemigo, el antiguo jefe de la Port Mafia, hacía años que había muerto a manos del Dr. Mori.
Era consciente de eso. Su venganza, en muchos sentidos —no por completo—, no era más que una pataleta infantil extrapolada por la edad, los recursos y el orgullo herido. Lo dañaron e hicieron mierda, y aunque estaba bien no perdonar, olvidó concentrarse en lo importante, en sanar y continuar, en vivir y seguir adelante, en no dejar que un acto de bajeza inhumana consumiera su alma y su corazón. Al borde del fin lo entendía.
Resignado, pensó en ver a Mull en el infierno para agradecerle por traicionarlo a estar alturas. Siempre supo que él sería su salvación —sin necesidad de que Otsuka se lo confirmara—, que en algún momento, si lo presionaba lo suficiente, lo obligaría a desengancharse de su resentimiento.
El perro de la Port Mafia se soltó del agarre del tigre, que le gritaba sobre compasión y no matar, respondiendo que era el único modo de terminar con esto. El ángel y el demonio.
Miró las estrellas. Aun si Atsushi no estaba de acuerdo, él sabía bien, como Hobb que tiraba de los hilos por su Tejedora, que asesinarlo era el punto final para la yakuza. Si lo dejaba vivo, por más que ahora reflexionara acerca de sus errores y aciertos, retomaría el control de la 893 y no se detendría. El monstruo era demasiado grande.
—Y enviaron al perro a lomos del tigre —extendió los brazos mostrando a Akutagawa que no ofrecería resistencia—. La habilidad de Atsushi-kun es muy útil con la velocidad que adquiere por las patas felinas —alabó.
Akutagawa lanzó una garra de Rashomon perforando el hombro de Higashino, que contuvo un grito.
—¡Akutagawa! —Atsushi se interpuso, protegiéndolo y alejando a Rashomon—, ¡no debemos matarlo!
En los ojos grisáceos del perro hubo un leve atisbo de fría racionalidad sanguinaria, luchando contra el deseo de la complacencia proveniente de un brote cálido.
—Hunter dijo… —quiso explicarse Akutagawa.
La bondad de Atsushi no entendería razones, y la vacilación de Akutagawa surgida del sentimiento indudable que, aun inmaduro, compartían, requeriría de un empujón para concluir la apuesta que Hobb y él tenían.
—¡Mátame!
Simuló apresurarse a sacar un arma de sus ropas, que no tenía, y Akutagawa, por reflejo, respondió apartando a Atsushi y taladrando su pecho, tirando el telón.
VII
Junto a la ventana se apoyaba el cuerpo escuálido de un adolescente, con un corte cruzándole del hombro derecho a la izquierda de su cintura. En una silla un hombre de ropas oscuras yacía con la garganta abierta de extremo a extremo, separada carne y arterias hasta las cervicales. A los pies, en el colchón, Mull limpiaba con un pañuelo blanco la hoja de una odachi (3) que, por su longitud, no solía llevar consigo todo el tiempo.
La odachi de tsuba plateada, el símbolo de la mano derecha del padre.
Ceremoniosamente colocó la espada en sus muslos, retirando la vista del reflejo en el filo, y sonrió.
—Ni una sola herida —verificó el estado de Dazai—. No pensé que en realidad lo lograrías. Eres un enemigo formidable, y el mejor para cargar con la reputación de haber vencido a la 893 —sujetó del mango la odachi, trazando una curva horizontal, apuntando con el filo al cuello de Chuuya en la cama, aun durmiendo—. No tengo intenciones de dañarlo ni de usarlo de rehén, y tampoco el valor para suicidarme o enfrentar a las autoridades, no sin Higashino vivo, así que tendré que obligarte a tomar cartas en el asunto por mí.
Presionó el filo en la piel del cuello del líder. Dazai adelantó un paso apuntando.
—Hazlo.
Con la odachi en el suelo, Mull cayó apretando la quijada, desangrándose al seguir su orden Dazai y dispararle en la arteria coronaria.
—Aún no ha terminado —dedicó una mirada en dirección a Nakahara, recibiendo la urgencia de Dazai—. Su mente ya no está unida al resto, y Murakami ya no lo atormenta —se retorció del dolor, robando a la muerte unos segundos—, pero se ha quebrado. Va a despertar y no será él. Aun estará encerrado en su pesadilla, y si tardas demasiado en sacarlo, no sólo en anular su habilidad, se quedará atrapado por siempre —lo vio tantas veces, en Otsuka, en varias víctimas de la 893.
Tosió, saboreando el metálico del granita. Su entorno se tornó borroso. Estaba satisfecho con su última acción, pese a ser un redimir esquelético para el grueso de sus pecados. Algo es algo, se dijo.
De entre los diversos rumbos que podía tomar la venganza de Higashino, había uno que Otsuka le reveló en la agonía de su sufrimiento, uno que se guardó en secreto, en el que su arrepentimiento por las víctimas pisoteadas por su lealtad, y su amor, podían pactar tregua:
«Se hablaba del amor como el motor de las proezas de leyenda. Anhelábamos poseer su armadura, la que vence al plomo y la pólvora, y sin gota de sangre derramada nos empujara a cruzar las fauces de la bestia hasta su corazón para derrotarlo.
Éramos guerreros de corazón negro rendidos.»
Si Dazai llegaba hasta ese punto sin una herida, dos caminos discurrirían frente a Mull: la confrontación, en la cual sus posibilidades de vencer, tres a uno (un exmafioso sanguinario reconocido), eran dudosas pero probables; y la rendición.
Harto de venganza, de ver la infelicidad de Higashino, tomó su decisión en cuanto Yoshimoto fue vencida y le transmitieron el mensaje. Desactivó su habilidad, fue por su odachi y asesinó a sus compañeros, liberando a Sanderson, que ya corría fuera del edificio trastabillando.
Ya estaba bien de venganza y de sufrimiento, Higashino, y él, merecían un descanso.
VIII
Con las pupilas empequeñecidas a causa de la cordura absorbida por su forma corrupta, desencadenada enseguida de la muerte del yakuza, Chuuya levitaba sobre la cama, en vertical, elegante, mortífero y observándolo en silencioso odio.
La inmovilidad de ambos postergaba lo inevitable.
—Hacerlo elegir lo correcto —se repitió las palabras de Harkness, irguiendo medio cuerpo con los codos apoyados en el suelo, tras ser lanzado por la violenta ráfaga de aire que generó la habilidad de su excompañero, al ser activada de súbito.
Ajeno a la realidad, Chuuya izó un brazo moldeando una esfera negra y roja.
Aun debe creer que lo dejé a su suerte y olvidado, pensó Dazai. Un hueco se formó en el pecho, ante la perspectiva de tan desalentadora certidumbre jalándolo al fondo de la demencia.
Se levantó.
—Si intento hablar contigo en este estado, no vas a entender.
Confirmando, Chuuya arrojó su ataque de gravitones. La sonrisa desquiciada que exhibía el juicio perdido estaba ausente, remarcando el dolor en sus labios comprimidos y los dientes chirriando, en sus ojos anegados de lágrimas rojas, vino embriagante del sufrimiento vertido por sus mejillas hasta la punta de su mentón, y de ahí a los nudos atados a su destino.
La esfera cruzó el piso con un estallido cuando Dazai la esquivó, cimbrando parte del edificio, molestando las vigas derruidas del techo que liberaron una llovizna de escombros. Las enrojecidas baldosas del ala debajo relucieron a la nitidez parpadeante del candelabro, por el boquete abierto.
—¡Chuuya! —probó a llamarlo, pese a que era imposible hacerlo volver a base de palabras.
Provocado, el líder formó un arco de diez esferas unidas.
Impresionado y aterrado, Dazai se precipitó fuera de la habitación, al tiempo que Chuuya serpenteaba su creación y las esferas se disparaban en múltiples direcciones. Un ataque carente de estrategia, colmado de mera sed de destrucción y una sensación cegadora de poder desmedido.
Las paredes internas de la planta colapsaron en su mayoría, resintiendo la estructura del edificio entero que tembló. Dazai se dio de costado en el tapizado de las escaleras, evitando ser alcanzado por una esfera. El ataque sobrenatural de Chuuya no le preocupaba, dado que su habilidad desharía el efecto de los gravitones al contacto. Lo que lo preocupaba, era el remanente físico de la inercia, la energía de la fuerza impresa que, en varios ataques, le sería imposible detener.
Tocar a Chuuya, siendo su objetivo, iba a ser difícil.
Se detuvo en seco en el pasillo del siguiente piso, cortado el aliento, y con una fría revelación abrazando su razón.
"Hacerlo elegir lo correcto".
No es que fuera a ser difícil hallar el modo de tocarlo, sino que el modo sería difícil por sí mismo.
Buscó a tientas la semiautomática guardada en la sobaquera. Al rozar el grip con las yemas sus dedos retrocedieron, como si palpara la encarnación de sus pesadillas y no una frívola aleación de aluminio y acero.
Escuchó explosiones descendiendo por las escaleras. Del techo cayeron trozos de escombros y nubes de polvo, apagando luces y trozando los vidrios y la madera.
Abandonado y traicionado, furioso, olvidado. Eso sentía Chuuya, eso creía que había pasado, víctima aun del primer nudo, el que hizo que el jefe Mori tomara la revancha menos lógica y más emocional, usándolo y aumentando su pena en escalada durante tres años. Pedirle que lo escuchara, que le permitiera acercarse, era una estupidez.
Sacó el arma. Revisó municiones. Lamentablemente el cartucho estaba lleno y traía otros tres consigo.
Chuuya apareció al pie de los escalones, varios centímetros por arriba de la destrucción sembrada a su paso.
La decisión correcta no sería exclusiva de Chuuya.
Aun estando en su límite, el líder de la mafia no permitiría que lo tocara hasta verlo muerto. Y si sabía algo, es que concederle eso, y suponiendo que sobreviviera al quiebre de Murakami o a la sobrecarga de la corrupción, el haberlo matado lo destrozaría.
Si tenían una oportunidad para ambos, era una bala.
Consintiendo un encuentro directo Chuuya aterrizó, con una esfera en su diestra, y corrió hacia él.
Dazai apuntó…Y disparó.
IX
La pesadez y el dolor similares a los síntomas del cuerpo cortado de la gripe, articulaciones débiles y ganas sofocadas rechinando en cada centímetro, multiplicados por un número indefinido; hicieron de la simple tarea de abrir los ojos, un suplicio. Al abrirlos, lo vio ahí, sujetando su mano, ocultando la preocupación en una mueca despreocupada y boba.
—Te volviste un poco loco —explicó, señalando el derredor salpicado de grandes socavones.
—¿Yo? —cayó de bruces al ya no soportar estar en pie.
Dazai lo atajó abrazando su cintura.
—¡Pesas!
—Eres un maldito grosero —repeló a duras penas.
—¿Me lo dice quien acaba de llamarme "maldito? —rio—, es buena señal tu falta de coherencia.
—Estoy demasiado cansado para tomar eso como insulto, así que nada más será un comentario estúpido de tu parte.
Compartieron el alivio de estar vivos con una sonrisa.
Dazai hizo una llamada por el radio portátil, y el par de adolescentes de la Port Mafia que acababan de aniquilar a una organización sobrenatural, en una noche, sin más que la encomienda de espiar, fue extraído convertido en leyenda del bajo mundo.
La primera vez que Dazai lo salvó de su corrupción.
El recuerdo se difuminó perdiéndose en el sordo dolor de una bala en su pecho, halándolo al presente.
Sus pupilas se ensancharon y sus parpados cedieron. Cayó sobre Dazai, sin reconocerlo ni a él, ni al agujero que su mano abrió en el corazón contrario.
X
La idea fue que Chuuya esquivara la bala y aprovechar ese instante para tocarlo. Una idea en verdad idiota.
Sosteniendo el cuerpo inerte del líder de la Port Mafia, de su amado, analizó en retrospectiva su decisión y se arrepintió, sin gritos o llanto de coraje, sólo con una tristeza que le escurrió por el pecho junto con los latidos que le quedaban.
Chuuya era terco, arrebatado, ¿por qué tendría que haber esperado que fuera distinto, dominado por su corrupción y los nudos?
Fue tal su odio, su sufrimiento, que se abalanzó directo a él.
Morir juntos.
A su forma era romántico, pese al drama. Una manera retorcida de cumplir su sueño de un suicidio doble con una belleza, con el ser humano más hermoso y perfecto que conoció, aunque pocas veces se lo dijo y casi siempre fue bajo los influjos insanos del alcohol.
Inclinó la cabeza sobre la frente de su compañero. Apartó el cabello, descubriendo sus ojos cerrados, y acarició su mejilla.
El edificio se sacudió proclamando su derrota, permitiendo un beso unilateral de un pedazo de vida esfumándose a la muerte alegre dándoles la bienvenida, antes de sepultar a los amantes.
XI
—Empieza con la ausencia y el deseo, empieza con sangre y miedo, empieza con el descubrimiento (1) de diez nudos.
XII
Yokohama amanece de luto. La mayoría de sus habitantes lo desconoce. A muchos, la noticia les será indiferente, con sus intereses y conflictos colocándose por encima de los demás. A varios, les causará ruido durante fugaces días y la noticia se irá desvaneciendo, siendo menos que un recuerdo. A unos pocos, los hechos los aplastarán durante el resto de su existencia.
El tejido se tuerce, se teje, se modifica y se crea.
En los titulares de los periódicos se plasma el paso de los hilos, los nudos, y el continuar despiadado del destino:
"Muere detective en enfrentamiento contra la yakuza."
"Aimer lanza nuevo sencillo: Insane Dream."
"Dos víctimas deja la 893."
"Ola de calor se aproxima a Japón, advierte Hidaka K."
"Un gato salva a su dueño de morir, marcando al número de emergencia."
"La Dieta suspende la revisión del segundo capítulo de la constitución de Japón."
"Tsushima S. es nominado para el Premio Shô."
"Princesa renuncia a su título por casarse con un plebeyo."
"Yagi no uta, una joya de poesía contemporánea."
Lo intrascendente se mezcla con lo trascendente en un amasijo homogéneo, indiscernible. Se trenza el pasado, se anuda el presente, y el deshilachado de hilos elegidos prepara los colores a tejerse en el telar para urdir el futuro pendiente.
NA:
Sé que dije que este sería el último capítulo, pero no calculé bien el desarrollo de los sucesos finales dentro del ff, por lo que tendré que dividirlo en dos partes, para no comprimir demasiado y tampoco extender de más. Esta, es la primera de ellas, y espero que haya sido de su agrado, ¡y que no me maten!, les voy a rogar paciencia para la siguiente parte donde se resolverá todo… aunque duela. Sí, ya sé que ese "aunque duela" no suena muy bien, ya me lo dijeron mis hermosas beta, mas es cuanto puedo decir para no hacer spoilers ni buenos ni malos.
Aclarado lo necesario, nuevamente agradezco sus comentarios, kudos / votos, que compartan la historia, ¡y todo!, créanme que los reviews que recibí del pasado capítulo han sido especialmente motivadores, y me han ayudado a sobrevivir a los nervios que tengo. Mil gracias, de todo corazón.
Sin más, me despido dejando las referencias del capítulo, y haciendo una nota que creo que no había realizado hasta ahora: el título del ff está basado en la canción del mismo nombre, de Aimer. Escúchenla. Es hermosa.
Referencias:
1. Fragmento original de la trilogía All Souls: El Descubrimiento de las Brujas.
2. El tsuka-ito es la envoltura del mango de una espada.
3. La odachi es un tipo de espada más larga que la tachi.
