Capítulo 9: Nada es seguro

Estuvimos caminando por el bosque durante todo el día, siempre cerca del agua. Aunque hiciese frío, y de vez en cuando cayesen copos de nieve, no teníamos recipiente donde calentar el agua, y comer directamente nieve no era una buena opción.

No nos habíamos encontrado con ningún otro tributo desde que sucedió el baño de sangre; ni tampoco se oyeron más cañonazos. Llevábamos casi un día de Juegos, y aún no había muerto ningún tributo desde el sangriento comienzo. A lo mejor empezábamos a parecerles aburridos.

A lo mejor esa noche alguno moría congelado. La temperatura no había subido nada desde la noche anterior, y después del subidón de adrenalina que me supuso el ataque de la bestia, volvía a sentirme entumecido. Bueno, y el resto de tributos también. Quizá por eso no dejábamos de caminar, al menos mantenía la temperatura más o menos constante.

-No podemos estar dando vueltas como idiotas por ahí –dijo Jude, clavando el hacha en los arbustos que teníamos delante, abriendo camino-. Si nos alejamos demasiado de la Cornucopia, nos obligarán a volver. Y creedme que no me gustan los métodos de los Vigilantes.

-Entonces… ¿salimos del bosque? –intervine yo, que iba detrás de él. Jude asintió-. Pero eso sería exponernos a campo abierto, al ataque de los profesionales. ¡Es un suicidio!

-No si tenemos un plan –respondió triunfante.

-¿Es que tienes algo? –Jude sonrió.

Estuvimos cavando durante varias horas, con unas palas rudimentarias que nos hicimos, y luego cubrimos la entrada hojas, tierra y algunas piedras. Habíamos dejado totalmente inaccesible una parte del riachuelo, quien quisiera acercarse a él, tendría que pasar por la trampa. Al cabo de varias horas, oímos cómo alguien se acercaba, desde mi posición, en la rama baja de un roble, vi que se trataba de la chica del 9.

Parecía exhausta, y me dio un poco de pena. Iba directa a la trampa, quería coger agua, pero no lo conseguiría. En mi fuero interno me hubiese gustado no tener que hacer esto, pero si querías sobrevivir aquí, o agudizabas el ingenio y además te volvías un asesino sádico y cruel, o te mataban. Y ésa no era una opción para mí.

Me sorprendí a mí mismo murmurando repetidas veces "vamos, camina. Ve hacia la trampa". ¿Es que estaba deseando que muriera? ¿Disfrutaría de su muerte? Jamás había matado a nadie, excepto a ese chico del 3. Y él no era ningún problema, simplemente se interpuso en mi camino y lo dejé caer, y luego lo maté con su propia arma, antes de quedármela. Pero luego, cuando tuve la lucha con John, tuve miedo.

Un grito me sacó de mis cavilaciones. La chica había caído en el agujero, y no podía salir. Mis compañeros salieron de sus lugares, Beth iba a darle el golpe de gracia. Sin embargo, me adelanté. Aún desde la rama, lancé el cuchillo, y le acerté en el pecho. De inmediato sonó un cañón. Suspiré, con frío orgullo. Esa era la tercera muerte que me cobraba en los Juegos, si se contaba la del zorro, claro.

Mis compañeros empezaron a verme de una manera un poco extraña, como si me tuvieran miedo. No era de extrañar, era el rematador oficial del grupo. Ellos no habían visto aún una gota de sangre, mientras que yo llevaba litros de sangre derramada. Me sentía importante, egocéntrico. Pero lo oculté.

El resto del día fue bastante tranquilo. Volvimos a cazar y a recoger agua, esta vez yo me quedé protegiendo el fuego fatuo que teníamos para calentarnos. Amber se quedó conmigo.

-Tienes bastante puntería –me halagó, tratando de romper el silencio. Abrí los ojos y la miré, sonreí de medio lado y me senté junto a ella.

-Bueno… podría decirse que sí. Pero sólo si el objetivo está quieto –con una pequeña rama, removí las ascuas.

-Por las mañanas te veía volver del bosque con una presa, y a veces las vendías en el mercado. ¿Por qué lo hacías?

Oh, vaya. Una chica observadora. Entonces recordé que ella provenía de la zona pobre del Distrito, las que se conformaban con una simple sopa para poder subsistir.

-Me gustaba, simplemente –me rasqué la cabeza, mirándola-. Mi padre me hizo varias dianas, pero cuando crecí, se me volvieron pequeñas. Entonces empecé a cazar. Ardillas, pavos, venados… lo que se pusiera por delante. Y también hacía trampas, pero pocas veces me han sido útiles –sonreí, y Amber también.

-Yo apenas salía del colegio tenía que ir a la fábrica. Es lo que tiene ser pobre –dijo de soslayo-. ¿De qué sirve hacer planchas de madera en unos Juegos?

-Le robas el hacha a Jude, y le das su merecido –dije de broma.

Estuvimos charlando durante toda la tarde, cuando oímos un estruendo, como si algo explotase, y la tierra tembló. Sonaron dos cañonazos, mientras caía tierra y piedras del cielo. Amber y yo nos protegimos resguardándonos bajo las ramas de los árboles del bosque, la tenía abrazada a mí, protegiéndole la cabeza. Cuando todo el estruendo terminó, oímos pasos que se acercaban, nos separamos rápidamente y cogimos nuestras armas.

Cada uno se colocó en una punta del claro, ella con la lanza en ristre y yo con la espada desenvainada. Los arbustos se movían furiosamente, hasta que dejaron entrever quiénes eran los intrusos.

Blandí la espada hasta apenas unos centímetros del cuello de Beth, gracias a que ella se apartó, y la espada quedó clavada en la corteza del árbol.

-¡Idiota! ¿Es que querías matarme? –me chilló, empujándome y dejándome caer al suelo.

-¡Lo siento! –bramé, forcejeando para que ella se me quitase de encima-. ¡No tengo ojos en la nuca, señorita! ¿Y si era un enemigo, qué? ¿También tú le hubieras dejado pasar?

-¡Eh, eh! ¡No os peleéis! –intervinieron Jude y Amber; Jude se llevó a su compañera de Distrito un poco aparte, dirigiéndome una mirada de odio-. ¿Se puede saber…? –y sus voces se perdieron en el aire.

Entonces me di cuenta de que faltaba alguien. Tom. Habían sonado dos cañonazos, posiblemente uno era él. Sentí pena por su pérdida, pero a la vez, me alegré: uno menos al que no tendría que matar, un paso más hacia mi objetivo.

Al caer la noche, asé las truchas que Jude y Beth habían pescado, salimos a una por persona. Al menos, no moriríamos de hambre en esta Arena, ni de sed. Mientras cenábamos, sentí la mirada fija de Beth en mí, odio y resentimiento, ¿y si pensaba en romper nuestra alianza? ¿Perderíamos el apoyo de Finnick, y por lo tanto, de los patrocinadores? Gracias a la red que nos envió teníamos comida, sin ella… bueno, podría cazar, pero sólo con las trampas. Y no había muchos animales en este bosque, eso, uniéndole el que no tenía nada arrojadizo, dificultaba muchísimo mis planes a la hora de sobrevivir.

A medianoche, durante mis horas de guardia, volví a encaramarme al árbol, y desde allí vigilaba. Siempre me pedía el primer turno; desde pequeño me había costado bastante quedarme dormido y no quería malgastar las pocas horas de sueño que tenía dando vueltas en el suelo. Esa noche, al quedar sólo cuatro, hice la guardia solo.

En el cielo nocturno, puntual como siempre, acompañado del himno, aparecieron las caras de los tributos caídos ese día. La chica del 9; la chica del 11 y Tom. Posiblemente, con el estruendo de la tierra abrirse y llover piedras sobre nosotros, alguno de los cañonazos podría no haberse oído. Así, después de un día más en la Arena, quedábamos 14 tributos.

Con la noche de fondo, podía ver el humo ascendente de una hoguera a lo lejos. Me subí a las ramas superiores del árbol. No me equivocaba. Dentro del castillo, muy posiblemente los profesionales, tenían una hoguera para calentarse y protegerse. Mi cabeza empezó a maquinar, podríamos atacarles cara a cara, estábamos en igualdad de condiciones. Claro que ellos estaban más preparados que nosotros en la lucha cuerpo a cuerpo, además de que a ellos sus alianzas no les importan más allá de su propia vida. En cuanto el número de contrincantes descendiese y pudieran valerse por sí mismos, se separarían y acabarían con la vida de los demás tributos, hasta proclamarse vencedores.

Quizá por eso Jude y Beth seguían con nosotros. Amber y yo les dábamos la protección en los bosques, conocíamos estos terrenos como la palma de nuestra mano. Y a cambio, ellos pescaban con una facilidad asombrosa, fruto de la práctica de toda la vida.

Quería atacar, separar o al menos disminuir el número de profesionales. Pero necesitaba ayuda, no podía hacerlo solo.

-Eh, Davo –me llamó Jude, desde el suelo-. Anda, vete a dormir. Ya me quedo yo.

-De acuerdo –me relajé en la rama, y me dispuse a dormir. Sin embargo, esa noche tuve de todo menos un sueño tranquilo.

Abrí los ojos y me encontraba de nuevo en casa, ¿es que acaso todo había sido un mal sueño? El árbol que daba justo a la ventana de mi habitación, donde solía pasar algunas tardes, mirando el discurrir de la gente. A veces subía con Elena, con Alec, con Elizabeth. Marie lo odiaba.

Esa tarde era especialmente preciosa. El cielo se iba volviendo anaranjado, poco a poco la noche caía sobre el Distrito. Me sentía completamente en paz.

Pero en Panem nada es para siempre.

Oí los gritos y chillidos desesperados de Elizabeth, reconocería su voz en cualquier parte. Me bajé rápidamente del árbol y me adentré en el bosque, con un cuchillo en la mano. Di varias vueltas a mi alrededor, no era capaz de encontrar a mi hermana. Oía su voz a la izquierda, a la derecha. A veces, incluso en la copa de los árboles. Cerca, lejos. Era un completo caos.

-¡Davo! ¡Hermano, ayúdame! –y un nuevo grito.

-¡Elizabeth! ¡Effy, Effy! –la garganta me dolía de repetir el nombre de mi hermana, estaba cubierto de sudor y el corazón me latía de manera desenfrenada contra las costillas-. ¡Mamá! ¡Effy!

Sí, mi madre también gritaba. Gritaba mi nombre, el de mi hermana. Mi padre y Raoul. Me dejé caer al suelo, el cuchillo lo perdí. Caí de rodillas, con las manos en los oídos, intentando parar el ruido, pero era imposible.

El aleteo de una manada de pájaros me hizo mirar arriba. Una bandada de cuervos, negros como el carbón, me miraban con sus ojos negros y brillantes, y movían su cabeza a la izquierda y a la derecha, como si fuera un movimiento automático, algo siniestro y cruel.

Y una conocida risa.

Snow.

A lo lejos empecé a ver algo, algo que me heló la sangre. Me acerqué corriendo, sólo para ver el goteo sangriento de dos cuerpos descuartizados, siendo devorados por varias aves carroñeras. Picoteaban la carne y los intestinos, los ahuyenté con los brazos, pero no era suficiente. Volvían, y empezaron a atacarme.

"No puedes hacer nada contra el poder del Capitolio, insignificante tributo"

La voz de Snow.

La risa de Snow.

La diversión del Capitolio.

Los carroñeros me derrotaron, me picoteaban la carne, y a mí me dolía, pero no tenía fuerzas para quejarme. Me zarandeaban, con las alas me golpeaban.

"¡Davo, Davo!" gritaban… ¿De dónde venía esa voz?

Y entonces empezó a llover, agua fría, helada…

Y desperté.

-¡Davo! –Amber se abalanzó sobre mí, abrazándome y hablando muy rápido. Sus manos en mi espalda, en mis mejillas, en mi frente. Detrás de ella, los rostros preocupados de Beth y Jude.

-Estoy… bien –dije a duras penas. Sentía la boca reseca, estaba desorientado.

-Iré a por agua –se ofreció Jude.

Ambas chicas se quedaron conmigo mientras el castaño traía la cantimplora. Hablaban entre sí, escuché el nombre de varias telas, así que supuse que hablaban de ropa. No les prestaba atención, me entretenía con una brizna de hierba que la iba partiendo por la mitad y empezaba a hacer trencitas con ella. Jude me enseñó a tejer un poco, durante la primera noche de guardia.

Cuando ya estuve un poco más repuesto, nos levantamos, y nos asomamos a la linde del bosque. El sol estaba en lo más alto del cielo, y frente a nosotros teníamos el enorme castillo donde se resguardaban los profesionales.

Sólo podía ser por un motivo.

La Arena era un terreno móvil.