Ya vamos en la recta final!

Con ustedes, el capi diez: Aioria.

Advertencias del capi: Nada, no yaoi. Ubicado después del hades. Estuve pensando mucho para Aioria, al principio era un lemmoncito pero creo que no se me dan muy bien, así que lo reescribí y quedó este.

Ah, nada mío. Todo de Kurumada.

El amor es valentía.

Traidor. Así es como te han catalogado durante tantos años. Una simple palabra bastó para marcarte...y a mi contigo. Traidor. El señalamiento, el odio, el más puro rencor. Aquello que me cala y me ahoga, que me sigue a todas partes como una sombra. La duda que emerge y causa suspicacia, desconfianza hacia mí. Tu hermano.

Ahora mismo me encuentro solo, caminando entre las ruinas que están atrás del Santuario. El único lugar donde podía, antaño, respirar aire puro; sin aquella aura de sospecha que se levantaba a mi paso. Mis manos están ocultas en mis bolsillos, mientras no puedo evocar esos días donde todo era tan diferente. Donde tu nombre era sinónimo de entrega y justicia. El héroe del cuento. Yo, tu orgulloso hermano.

Me siento pesadamente sobre una de las piedras, sintiendo la tierra bajo mis pies. Recordando cuando todo parecía sencillo y el verdadero motivo de obtener la armadura era para verte erguido de satisfacción y suficiencia. Cuando todo lo que hacía era para hacerme merecedor de ser precisamente eso...tu hermano. Pasé tantas noches en vela, entrenando, estudiando, preparándome, para alcanzar eso que, según yo, me daría valía no ante los ojos de los demás, sino ante los tuyos.

Ahora, sencillamente no sé qué hacer. O donde comenzar. Ni siquiera sé si realmente es el inicio o sólo es la continuación de algo que ha quedado estancado, oxidado por los años, dañado. Quizás podría empezar por decirte las veces que, en silencio, te extrañé; en la soledad prematura de un niño que no entendía de razones. En el miedo de decir tu nombre cuando para todos eras sólo una mentira, un traidor. En el desconsuelo de luchar contra el amor fraternal y la admiración, porque no se puede admirar a aquél que ha engañado.

Dime si está mal el haberte odiado y maldecir tu existencia cuando las miradas de rencor y de desconfianza caían sobre mí; de vivir a tu sombra, siempre tratando de demostrar que era diferente, a pesar que el espejo me recordara lo iguales que podíamos llegar a ser.

El aire empieza a enfriar, igual que mi cariño paulatinamente se fue apagando. Se consumió, como el fuego en el más crudo invierno. Y ahora...ahora vuelves. Después de tanto tiempo, de tanta sangre, de tantas batallas; con tu honor restaurado y tu orgullo en alto. Vuelve aún más imponente, aún más héroe.

Una historia digna de contar, un hombre excepcional. Perfecto, a los ojos de tantos. Y yo, yo que soy tu hermano, que debería de estar contento y radiante por tu regreso, no sé que sentir. Las emociones se mezclan y me impiden ver con claridad. Las sombras regresan y te siento cada instante más lejano. Tengo ganas de abrazarte y decirte: "Mírame, soy todo un hombre". Tengo ganas de decirte que te he extrañado, que he pensado en ti a lo largo de los años; pero sería sólo una parte de la verdad, camuflada. Mentiría.

Mi corazón palpita fuerte cuando te observo a lo lejos, y me dan ganas de reclamarte tu abandono, como un niño. Me dan ganas de gritarte lo mucho que sufrí al ser marginado por tu culpa. ¿Por tu culpa? Realmente no. Y ahí aparece nuevamente, quizás nada de lo que haga sea suficiente para dejar de ser "el hermano" y volverme yo mismo. Quizás siempre esté condenado a una eterna comparación contigo. Aioros. Mi hermano.

El frío se siente, la nieve se avecina. Las luces empiezan a brillar. Como todas las verdades surgen a pesar de cualquier intento vano por asfixiarlas. En aquellos tiempos, algo en mi interior me decía, casi me gritaba, que no era cierto. Que tu serías incapaz de fallarle a Athena. De fallarme a mí. Ese algo llamado esperanza que no abandona a los niños, pero puede olvidar a un adolescente. Pues bien, al poco tiempo lo olvidé. Olvidé las noches que pasaste en vela, cuidándome. Olvidé las sonrisas que sólo a mí me destinabas cuando hacia algo bien. O cuando hacía alguna travesura. Olvidé el tiempo que dedicaste a mis entrenamientos cuando bien pudiste estar con otra persona. Sí, también lo sé.

Y ahora vuelves. A pesar de que él te ha buscado, prefieres marcar distancia para intentar acercarte, dubitativo, a mí. Como todo un buen hermano. Mientras yo rehúyo tu mirada, tan igual a la mía, y no sé como corresponderte. ¿Debería abrazarte? A veces siento que es lo que más deseo, mirarte y sonreírte, recuperar el tiempo que se ha escapado entre las manos. Hacerte feliz a cambio de todo el sufrimiento que ya pasaste. ¿Qué me detiene?

Me siento tan cobarde al no poder hacer nada. Yo, que siempre me he jactado de ser fuerte, de ser valiente. No puedo...no puedo. Mis pies se niegan a avanzar en tu dirección, a pesar que a veces he pasado las noches imaginando como acercarme. Mil frases trilladas pasan por mi cabeza, cada una más ridícula que la anterior. Mi sonrisa se vuelve fingida con el paso del día y el peso se vuelve más tangible, más presente.

Y ella. Ella observa todo, sin decir nada. Sin reclamos como lo han hecho varios ya. Sin exigencias, sin preguntas qué podrían resultar imposibles de responder. Se dedica a observar y pasarme sus dedos por el cabello rizado tan parecido al tuyo. Se conforma con entrelazar su mano con la mía, en completo silencio. "Adelante", me dice. "Estoy contigo", parece susurrarme con cada una de sus caricias, cálidas y embriagantes. Y me devuelve la valentía con solo un beso. Un roce sencillo, escueto.

Su calor calma el frío invernal que se manifiesta en forma de copos. Me calma también después de liberarme, mientras reposo sumido en sus brazos. Reposo, recordando que precisamente fue ella quien me sacó del fondo en el que estaba sumergido, quien me rescató y me hizo entender, después de tanto tiempo. Ella y esa calidez que emanaba de su ser, ella que me hizo amarla aún sin conocer su rostro. Que me hizo imaginar cada una de sus líneas, dejando rezagado aquello que me aniquilaba. Ella, que se fue metiendo por cada poro de mi cuerpo, arraigándose, clavándose. Ella...tan inevitablemente parecida a ti.

En silencio, sus ojos se cruzan con los míos. Brillan. Queman. Me dan valentía, para hacer aquello que vengo evitando y que ahora se vuelve apremiante. Porque quizás me he guardado un par de palabras que he querido decirte, sin poder hacerlo. Cobarde, tontamente, porque sé que nunca me despreciarías y aún así me he escudado en ello. Pero hoy, al menos en este instante, me siento confiado nuevamente. Incluso alegre, esperanzado.

Me suelto de sus brazos, acariciando una vez más esa cara que sólo yo conozco; correspondiendo a una mirada que es sólo mía, con un amor que promete y espera; y me da valentía. La suelto y sonrío. Con la adrenalina de la emoción fluyendo por mi cuerpo.

Por hoy, dejo las frases trilladas a un lado de los miedos, abandonados; las dudas y los reclamos en el cajón. Dejo la coraza olvidada también y me muestro como soy, ni más ni menos. Y, despacio, me encamino hacia tu templo.

o.o.o.o.o.o

Como ven, intenté profundizar un poco en los sentimientos de Aioria hacia su hermano, que yo creo debieron haberle causado todo un caos interno en algunas ocasiones. Además quise tocar un poco la relación con Marín, espero haberlo logrado.

Gracias por leer! =)

Ya saben, se aceptan comentarios, críticas y sugerencias.

Saludos!