Capítulo X

I

- ¡EREN! ¡Eren por el amor de Dios, respira!

Era un dejavú y Erwin acababa de violarme. Tenía que morir o defenderme a como diera lugar. Clavé las uñas en las manos que me alzaban por las axilas y rasguñé la extensión de la carne hasta que escuché a la persona gritar.

Erd estaba sacándome de la tina tironeándome por los brazos. En algún punto comencé a forcejear y a arañar a la persona que trataba tan desesperadamente de salvar mi vida mientras gotas oscuras de sangre se regaban por el piso de azulejo que alguna vez fue blanco porcelana.

- ¡NO! ¡ALÉJATE DE MÍ!

El oxígeno me hizo toser y casi vomito en la tina si no fuera porque Erd me guío hasta el retrete. Vacíe un líquido amarillento y mis ganas de seguir viviendo.

- Eren, ¿trataste de matarte? ¿Estás loco?

¿Cómo se suponía que debía responder a eso? Tosí más hasta que las arcadas remitieron y me senté en las baldosas del piso. Erd colocó una toalla sobre mis hombros y me envolvió con ella de alguna manera.

Miré a Erd quien tenía la expresión de fastidio más parecida a Rivaille que vi jamás. Suspiró y me tendió la mano.

- ¿Ya sabes quién soy?

- Lo siento –gimoteé con voz rasposa-. Pensé que eras Erwin.

- Ni que lo digas –me pasó un brazo por los hombros y me llevó a la cama. Me acomodé la toalla alrededor de mi cintura, aun sintiendo la garganta rasposa y me senté sobre papeles desperdigados en mi cama después de empujar unos libros y revistas pues aún no arreglaba la habitación del desorden que provocaron los...

Di un salto y los busqué por todas direcciones con los ojos de repente desorbitados; pendiente de cualquier sonido que viniera del exterior. Me levanté, dirigiéndome a la puerta buscando cualquier cosa que me sirviera para defenderme. ¿Dónde estaba el cuchillo?

- ¿Dónde...?

- Eren, tranquilízate, sólo vine yo.

- Dónde están...

- Eren, por favor. Cálmate.

Como si fuera un anciano, me llevó de nueva cuenta hasta la cama pero esta vez no me senté. La urgencia de saber qué pasaba aumentaba conforme las preguntas acerca de todo lo que hube reflexionado ayer se aglomeraban en mi mente. Mis manos temblaron mientras miraba el rostro cansado de Erd.

- ¿Lo hallaste?

La pregunta me tomó por sorpresa pero por supuesto que sabía a qué se refería. Asentí quedamente y miré los brazos llenos de heridas de Erd. Yo había hecho eso. El darme cuenta hizo que dejara de temblar y me senté sobre la cama una vez más.

- Perdón por... -no supe cómo seguir-, eso... Lo siento -dije mientras gotas de agua que escurrían de mi cabello mojaban el piso bajo nosotros. La sensación de deja vú se hizo presente de nuevo y cerré las piernas con fuerza sonrojándome y tratando de no sentirme más como una colegiala.

- Tienes mucha fuerza, Eren. Me alegro que estés tan enérgico –dijo sin rencor guiñándome un ojo-. Buscaré vendas después. Y –me tomó de las manos, hincándose en una rodilla frente a mí-, gracias al cielo, llegué antes de que te mataras -le miré en verdad arrepentido y agregó-. En verdad tenía fe en que lo hallaras. Buen trabajo.

Se llevó las manos a la cabellera rubia seca, sueltos sobre los hombros. No me di cuenta del traje negro que usaba ni de cómo sus manos enguantadas en cuero negro apretaban mis manos. Suspiró y se levantó.

- Ahora debemos salir de aquí.

- ¿Por qué me ayudas a escapar?

Lo dije sin tono de reproche, más como una duda que se tiene en un examen especialmente difícil. Su sonrisa se esfumó y resopló al llevarse una mano a la frente y limpiarse el sudor con el dorso de esta. Comenzó a golpetear el suelo de la habitación con el tacón de sus zapatos elegantes. No me había dado cuenta de sus ojeras ni de su barba de días. El aspecto descuidado que portaba destacaba por la elegancia de su ropa. Esto me inquietó y aunque ya había decidido confiar en él por completo, no pude evitar mirarlo con recelo.

- Eren –regresó a su sitio frente a mí. Apoyó su peso en el librero y su sombra se proyectó en el piso por la luz que entraba por la ventana. Se inclinó ante el bulto húmedo sobre la cama que yo era-, hay algo que debo contarte. Es una historia larga y un algo aburrida, pero necesito que cuando salgas de aquí no confíes en nadie, ni siquiera en tu familia, ¿de acuerdo?

- ¿Voy a salir de aquí? –le miré boquiabierto-. Es decir, ¿ahora?

- ¿Quieres quedarte más tiempo? –un atisbo de impaciencia se asomó en su voz y pensé que quizás estaba comportándome como un estúpido-. Sí –añadió mirándome fijamente-. Pero no tenemos mucho tiempo, él regresara pronto.

-¿Él? ¡Espera! –Me puse de pie al darme cuenta. De pronto, todo lo que quería saber se abrió paso y no pude detenerme aunque en verdad lo deseé. Dios, en verdad lo hice-. ¡¿Cómo saben de Erwin?! ¡¿Cómo sabían tú y los demás que él me violó?!

- Eren, necesito que te calmes. Siéntate por f...

- ¡No puedo calmarme, deja de callarme! –Asesté un golpe hacia su pecho que se estrelló débilmente, y me dolió más a mí que a él-. ¡¿Por qué nadie quiere decirme nada?!

- ¡Eren...! –en su voz había un tono peligroso de alarma. Casi me detuve, sin embargo lo ignoré y avancé. Me dirigí hacia la puerta entreabierta y la cerré de una patada, me sentía sumamente ridículo vistiendo únicamente una toalla pero eso no redujo mi ira ni un ápice.

- ¡¿Qué conexión tienen tú e Erwin?! –le grité parado frente a la puerta.

- ¡Eren, no me hagas golpearte! –avanzó un paso y levantó el puño hacía mí. Me encogí en mi sitio y comencé a hipar tratando de contener las lágrimas de ira que amenazaban con salir. Me rendí con ellas mientras lo miré lleno de rabia y aun así sintiéndome impotente como siempre.

- ¡HAZLO! ¡GOLPÉAME! ¡No es como si él no lo hubiera hecho antes! ¡Y si quieres violarme también está bien! –tiré de la toalla y se la arrojé al rostro ante la mirada preocupada que me dirigía-. ¡Ya no me importa nada! ¡Rivaille está muerto!

Comencé a gritar mientras lloraba incontrolablemente hasta que sentí una mano estrellándose en mi pómulo izquierdo. Me lanzó a la cama y el deja vú se prolongó hasta el infinito. Caí esperando que se montara sobre mí como lo hizo Erwin hace casi dos meses pero nada pasó. Pasados casi dos minutos de respiraciones pesadas se acercó y tomó mi mano izquierda laxa y flácida; me acercó a él y me abrazó con tanto cariño que comencé a llorar otra vez.

- Lo siento, Eren -dijo acariciándome el cabello y estrechándome contra sí-. Siento mucho que Rivialle haya muerto, y que hayas tenido que pasar por todo esto; en verdad lo lamento.

- ¿Por qué, Erd? –Gemí ahogado sintiéndome el ser más miserable de la tierra. La mejilla me ardía y sin embargo, no era ese dolor lo que me importaba-¿Por qué esto tuvo que pasar? ¿Qué más quieren de mí? No entiendo nada...

- Ni yo –me alejó de él y me miró a los ojos limpiándome las lágrimas del rostro-. Pero me aseguraré de que salgas de aquí, lo prometo.

- ¿En verdad? –me cubrió de nueva cuenta con la toalla y me frotó los cabellos suavemente.

- Sí –se levantó no sin antes apretar mi mano vehementemente, como dándole fuerza a su declaración-. Ahora vístete, casi es hora de irnos. No empaques nada, si tenemos suerte, pronto podremos regresar y sacar tus cosas de aquí –hizo una pausa al abrir la puerta y continuó-. Eren.

- ¿Sí? –Seguía sentado en la cama limpiándome las lágrimas y frotándome la mejilla golpeada. Busqué la mirada de Erd pero él se mantenía dándole el rostro a la negrura del pasillo, fuera de la habitación. Solo dijo:

- Perdón por golpearte.

Erd se lanzó al pasillo a zancadas, perdiéndose en él. Cuando hube dejado de oír sus pisadas procedí a buscar ropa para vestirme. Aún había alguna en el suelo y esta se encontraba limpia. Me di cuenta de que no había algo especial que quisiera llevar.

Aún había manchas de sangre en el suelo y busqué en mi maleta las vendas que traje en mi kit de emergencias.

Cuando me hube vestido salí al encuentro de Erd, que no estaba en la sala así que caminé al azar por la casa, reconociéndola al fin.

Me di cuenta de que después de cinco meses encerrado en ella no había recorrido los pasillos ni las habitaciones que otrora eran tan importantes para mí, puesto que aquí hube crecido. Noté como la pintura caía en capas secas al suelo, desde las esquinas donde se aglomeraba la humedad y sonreí al pensar que Rivaille se hubiese vuelto loco al ver eso.

El primer piso se dividía en tres zonas importantes: La sala-comedor, la cocina y un estudio. Fuera, en el jardín, había una especie de bodega construida al lado de la cocina, y construida encima de esta, otra habitación, más pequeña, aledaña a la de mis padres.

El estudio abarcaba gran parte del primer piso. Arriba de él se hallaban las habitaciones de mis padres y la de Mikasa, una al lado de la otra. Frente a la habitación de Mikasa estaba la mía, y frente a la de mis padres un cuarto de huéspedes que nunca se usaba más que para guardar cosas de las cuales nadie quería deshacerse. La habitación por la que entré la noche anterior era la alcoba de mis padres, que fue convertida en el despacho del padre de Rivaille. Al parecer, se abrió un pasadizo y en él se construyeron las escaleras que dan al sótano.

Entré y traté de accionar los interruptores. Mis memorias acerca de cómo fue que llegué a la tina anoche eran poco menos que nulas así que me sorprendí cuando estos no funcionaron.

- ¿Erd?

- Por aquí.

Me habló desde las profundidades de la habitación. No lo vi envuelto en la penumbra de la puerta del sótano. Ya había retirado la caldera y en cuanto coloqué el primer pie afuera la bombilla se encendió.

- No entiendo, ¿por qué no usamos la puerta?

- No saldremos por aquí, Eren.

- ¿No?

- No –calló mientras buscaba algo en las cajas acomodadas pulcramente en los rincones, ayudado con una linterna. Erd sudaba en demasía y el cabello se le pegada en la frente. Quise preguntar si había algo más, algo que no me hubiere dicho, pero, francamente, estaba emocionado por salir de ese lugar.

- Antes –comencé a hablar, no muy seguro de lo que estaba diciendo-... Antes había una enorme planta que crecía hacia arriba del muro, iba a usarla para trepar y escapar de aquí pero…

Oh, sí. Iba a matar a Erwin.

Luego todo se salió de control y terminé llorando en posición fetal en una tina de agua caliente.

Erd me miró expectante, guardando un pequeño envoltorio de papel amarillento en su chaqueta. Iba de salida hacia el despacho del señor Ackerman y la expresión indescifrable de su rostro, aunado a la luz mortecina de la bombilla agonizante, no me calmaba en lo mínimo.

- ¿Por qué no escapaste cuando tuviste la oportunidad?

- Porque quería matar a Erwin –dije tan rápido que casi me mordí la lengua.

- Y ahora, ¿qué es lo que quieres?

- Vivir –hice una pausa, y comencé a llorar lleno de esperanza-. Quiero salir de aquí y regresar con las personas que quiero.

Me hizo a un lado y avanzó hacia la salida, caminé tras él limpiándome las lágrimas tercas e insuficientes.

- Eso es bueno.

II

Caminamos de vuelta al pasillo. Ya un poco más calmado me adelanté y le jalé la chaqueta.

- Espera –saqué el envoltorio de las vendas y se las tendí-... Para tus manos.

Me miró sin entender y luego sonrió mientras me revolvía los cabellos.

- Muchas gracias, Eren.

Caminamos al rellano de las escaleras y llegamos a la sala. Erd se dirigió a la puerta y sin perder más tiempo la abrió de una patada.

En cuanto salimos al camino pavimentado y al jardín posterior vi una escalera apoyada sobre el muro y corrimos hacia ella.

- Lamentablemente no puedo derribar esa reja con una patada –dijo Erd, burlón y jadeante-. Pero subiremos por ahí, nos están esperando. ¿Puedes trepar?

- Claro –me sentía débil pero ni con una pistola en la cien iba a aceptarlo.

Erd aseguró la escalera y me dijo que subiera primero mientras él la sujetaba, luego pareció recordar algo porque cuando yo ya estaba en la cima el regresó a las puertas del sótano y las cerró con la cadena y el candado oxidado. Regresó también por la puerta de la casa y la cerró aunque ya no existía tal cosa como un seguro o el pestillo.

Estar afuera de la casa, además de con alguien más, me parecía irreal, y no era como si hubiera creído que jamás iba a salir de ahí, es solo que creía que podía hacerlo solo.

Erd se acercó corriendo a la escalera y colocó el pie en el primer peldaño. Desde el piso me sonrió y al hacerlo, no me di cuenta de lo tenso que se encontraba y de cómo gruesas gotas de sudor se abrían paso en su frente. El cabello sujetado hacia arriba en un nudo se había aflojado y algunas hebras pajizas se deslizaban por sus hombros.

- Eren, sostendré la escalera mientras subes. Voy detrás de ti.

- ¡Hey! –una tercera voz se alzó del otro lado del muro y mi corazón se detuvo algunos segundos. Un auto negro aparcado frente a la casa dio dos toques de claxon y se alzó la voz desconocida-. ¡Están tardando demasiado, vámonos ya!

- ¡Sí!

Erd gritó a mi lado, me miró y asintió.

- Dijiste que venías solo.

- Mentí –le lancé mi mejor mirada de odio ante su sonrisa-. No ibas a escucharme de todas maneras, ¡vamos!

Me apresuré a subir a pesar de lo cansados que estaban mis brazos y piernas. Al llegar a la cima del muro Erd ascendió por esta. Miré hacia abajo, hallando otra escalera apoyada.

Miré el techo de automóvil negro por un segundo y pensé que era inusitadamente familiar.

Cadillac.

Era un Cadillac negro reluciente de arriba a abajo.

Decidí dejar de pensar en eso, por el momento, y comencé a bajar por la escalera cuando Erd llegó al muro, a mi lado, y lanzó la escalera que cayó estrepitosamente en la acera.

Me volví muerto de miedo por si algún vecino nos veía y llamaba a la policía pensando que había alguien robando la casa del vecino o algo peor.

- ¡Date prisa, Eren!

Erd me apresuró y comencé a bajar los escalones hacia la banqueta, preocupado de que alguien nos viera. No sabía si Erwin tenía espías rondando la casa (aunque en cierta forma ahora sabía que sí) y si estos irían a informarle que me hube escapado. Me sentía paranoico y con justa razón. Al tocar la acera con los pies solté el aliento que no supe estuve conteniendo hasta que mis pulmones enardecidos me lo dijeron.

- No te preocupes, nadie nos está viendo.

Afirmó Erd saltando a mi lado y tomando la escalera por la que ascendimos para doblarla ágilmente. La que yacía en el suelo ya estaba doblada.

- Pero los vecinos...

- ¡No hay! ¡Todas las casas de esta calle están vacías! ¡Vamos!

Esta vez gritó el hombre dentro del Cadillac.

Murmuró algo más pero no logré escucharlo. El hombre se introdujo en el automóvil, un modelo de Cadillac algo anticuado aunque el elegante color negro lo hacía ver bastante llamativo.

El eco de la escalera, ahora doblada y lista para empacar, golpeando el suelo hizo un ruido cuyo eco resonó por la calle desierta y me di cuenta de que era verdad.

Estábamos solos.

La certeza de que nadie iba a ayudarme de haber gritado por ayuda no era reconfortante.

Las escaleras, de tipo desplegable, fueron reducidas a la mitad y depositadas dentro del maletero del gigantesco auto. Me miró.

- Sube al auto. Ya tenemos un poco de tiempo extra –abrió una de las puertas traseras y me miró-. Prometo contarte todo. Será un viaje largo.

Abordé y decidí confiar en Erd y en el extraño hombre al que parecía no agradarle para nada.

No era como si tuviera muchas opciones.

Erd cerró la puerta. Se sentó al lado del conductor que me miraba lleno de fastidio y cansancio. Fruncí el entrecejo y desvié mi vista hacia la casa. El auto se encontraba estacionado frente a la reja principal y miré la casa una última vez.

Había pasado casi cuatro meses dentro de ella y me di cuenta de que no la conocía para nada.

No me hube dado cuenta de cuándo las tejas de los techos cambiaron de color rojo a un naranja desvaído; o como las manchas de humedad en el ala del estudio subían hasta la habitación que era de mis padres.

La casa ahora estaba vacía, así como el vecindario entero.

Al estar en la cima del muro, pude ver las casas detrás de las rejas o de las pesadas puertas de madera.

La extensión total de la calle, o hasta donde alcanzaban a ver mis ojos, estaba desierta.

Miré hacia adelante tratando de vislumbrar algún rastro de civilización humana. No había ni un solo vehículo.

Erd me lanzó una sonrisa tranquilizadora al tiempo que se giraba, mirándome.

- Las casas fueron abandonadas desde hace bastante tiempo, no mentiría si te dijera que eras la única persona que estaba en esta parte de la ciudad.

El auto se puso en marcha y poco a poco aceleró. Entro a una avenida por la que ahora únicamente circulaban camiones de carga y vehículos pesados que salían de la ciudad. Sentí una nostalgia vaga al pasar frente de un viejo parque y no supe explicarme el por qué.

- Pero, ¿por qué? Este solía ser un lugar tranquilo, y recuerdo que antes había mucha gente. Era una zona algo... ¿residencial?

Sin duda había un montón de gente, considerando las familias jóvenes que había cuando mi madre y yo llegamos a ese lugar. Solo había una o dos casas en renta, así como grandes muros levantados alrededor de cada propiedad, y aun así los vecinos se las arreglaban para conocerse entre ellos. Cuando alguien nuevo llegaba al vecindario mi madre invitaba a los vecinos y hacia una especie de fiesta de bienvenida, hablaba sobre nada en particular y se hacía de unas cuantas amistades.

Mi madre siempre fue muy hospitalaria. Más cuando ella estaba cansada de su trabajo y necesitaba distraerse un poco. Ayudaba a los demás para distraerse de su propia soledad. Cuando papá por fin regresó de su viaje y encaró sus responsabilidades con nosotros; estaba seguro que la cantidad de personas no había hecho más que aumentar puesto que mi padre se convirtió en un médico privado y la gente le profesaba una gran confianza. Pensó en abrir su propia clínica pero la idea fue rápidamente desechada por...

Pues, por mí.

Pero entonces, ¿por qué? ¿Por qué de repente abandonar una zona tan pacífica como esta? Estaba seguro de que la capital del estado era bastante peligrosa, no era ningún tonto, y aunque sólo había ido una vez sabía de los peligros escondidos bajo la superficie aparentemente alegre y festiva de la ciudad. Y, sin embargo, las provincias que brillaban por su austeridad se volvieron puntos de aglomeración y juntas eran como un anillo rodeando la capital. Aparecieron distritos comerciales importantes en cada una de ellas y cada vez más circuitos industriales eran creados, haciendo innecesario ir a la ciudad por víveres o cualquier otra cosa. La región era muy pequeña y mis padres estaban acostumbrados a cosas distintas por lo que sabía, puesto que ellos habían viajado alrededor del mundo y conocían muchos lugares o algo así; entonces por supuesto que apoyaron en gran medida el crecimiento gradual de las regiones aledañas a la capital.

Eventualmente nos mudamos a otra ciudad, me imagino que satisfechos por el trabajo que habían realizado en las otras provincias. Sin embargo mi madre no quiso vender la propiedad que había construido con la herencia que le habían dejado sus padres, mis abuelos maternos. Así, no se habló más de ella hasta que años después comenzó a rentarla.

Me di cuenta de que había comenzado a cabecear y me incorporé tan rápido que me dolió la cabeza. Cruzamos varias calles y llegamos a la autopista. No necesité que me dijeran a dónde íbamos. El auto desapareció dentro del flujo de corrocerías y deseé poder dormir aunque fuera un poco.

- Hace mucho tiempo -Erd comenzó. A mi pesar, e tono de su voz era tan interesante que me abstuve de dormir-, Rivaille era un matón que cobraba deudas y favores a las personas que cometían el error de pedirle algo al señor Ackerman, su padre.

Erd habló rápido y casi perdí pista de lo que decía. Espabilé al tiempo que el sujeto que conducía asintió con gesto grave y un sonido parecido a "tch" se escapó de su boca. Tragué duro y mi garganta emitió un chasquido.

Erd se dio cuenta y soltó una risita.

- Lo siento Eren. Éste hombre con cara de estreñido aquí presente es Oruo Bossard. Él y yo éramos amigos y compañeros de aventura de Rivaille.

Oruo le lanzó una mirada significativa a Erd, a lo que él solo asintió.

- Él también... –comencé.

- Sí, él les regaló el equipo de sonido y el teatro en casa.

- ¿En serio?

Lo miré sorprendido y él solo suspiró hastiado.

- Mira, mocoso; es de mala educación recordar a la gente por lo que te regala.

Sonreí casi sintiéndome extraño de usar los músculos de mi rostro para eso. El tono de voz y las palabras que usaba… Sí, me recordaba a él.

Un hombre vestido de negro con una elegante corbata blanca ondeando al viento y los brazos cruzados detrás de su espalda se hallaba parado al lado del discreto pastel de bodas. Tenía un gesto de beneplácito y su barbilla casi tocaba el cielo al elevarse lleno de orgullo... Y no dejaba de picotear el pastel con el índice de su mano derecha. Una chica bajita de cabello rubio cobrizo no paraba de regañarlo tampoco. En mis recuerdos, dos hombres más se sumaron a ellos y los cuatro saludaron efusivamente a Rivaille, agitando los brazos y sonriendo de oreja a oreja. Se veían tan felices y orgullosos. Después, Rivaille caminó hacia ellos y posó su mano sobre el hombro de Oruo. Sonrió afable y comenzaron a charlar.

- Ahora lo recuerdo –dije sonriéndole-. Gracias por todo.

- Mocoso.

- Eren...

- Sí, lo siento –fijé mi vista en Erd-. Es sólo que eso ya lo sabía, el pasado de Rivaille y el trabajo que hacía para su padre.

- Eso está bien –respondió Erd. No parecía sorprendido-. Me ahorras muchas explicaciones.

El auto se deslizó al carril izquierdo de la autopista, al roce de la acera casi inexistente pude apreciar un cauce de un intento de río, contaminado y triste. La vertiente de agua algo sucia se perdía hacia el horizonte, en dirección contraria a la nuestra.

No sabía que había un río por aquí.

El auto entró en un túnel que, según las señales, se dirigía al corazón de la ciudad.

Antes de que el sol desapareciera de mi vista, Erd comenzó a hablar otra vez.

III

- Antes de que Rivaille se fuera de la ciudad, lo cual fue –Erd dirigió su vista a la carretera mientras su mirada se tornaba gris. Imaginé que trataba de recordar-... Lo cual fue dos años antes de que su madre muriera, comandaba una de las líneas de acción más importantes de su padre.

Hizo una pequeña pausa y se llevó la mano izquierda a su barba incipiente. Era rojiza y corta.

- Las líneas de acción, o como nos gusta llamarlas, "territorios" son las zonas de las que ciertos grupos se adueñan. Extorsiones, tráfico, secuestros, robos, etc. De eso no nos encargamos nosotros, por cierto; son tantas las corrientes que los grupos delictivos pueden tomar, y aún más si son numerosos. Nosotros sólo hacíamos el trabajo "financiero" –el énfasis que utilizó en las comillas me pareció casi divertido. Casi-, que es la cobranza.

- El señor Ackerman cuenta con 4 territorios bien delimitados y reconocidos en la capital, y son los más importantes y los más grandes también –Oruo habló con voz rasposa. Estaba cansado por lo que me revelaban sus ojeras oscuras y su cabello ligeramente desordenado-. La ciudad en sí nos pertenece y en eso Rivaille ayudó mucho.

- Así es –secundó Erd-. Sin embargo, no podemos decir que la ciudad esta sitiada por la delincuencia, porque no es así. Pero aún podemos decir que está siendo... "Controlada". Ya que las zonas más grandes e importantes de la ciudad son ocupadas por el señor Ackerman, no hay mucho espacio para cosas como las bandas de criminales comunes -se llevó ambas manos a las sienes y se inclinó, buscando algo dentro de la guantera. Resopló al no hallarlo-. Como sabes, el señor Kenny vive en la misma provincia a la que tú y Rivaille se mudaron después de su boda.

Asentí tratando de seguir el hilo de la conversación.

- No siempre fue así –Erd continuó-. Él vivió en esta provincia.

- ¿Eh...?

- Y no solo eso –Erd pareció pensarlo un poco antes de continuar-. También vivió en la casa de la que te rescatamos.

-Eso es imposible –levanté las voz incrédulo-. Mis padres rentaban esa casa y estoy seguro de que ambos sabría reconocer a alguien... Peligroso.

- En este mundo se debe ser inteligente, Eren –sacó una pequeña fotografía de su bolsillo y me la tendió. Mostraba mi casa desde el frente, podía ver la puerta de madera oscura, así como los barrotes del ventanal. Frente a ella, el padre de Rivaille ataviado en un traje oscuro completo, pese al sol cuya luz arruinaba la fotografía en las esquinas, abrazaba por la cintura a una mujer un poco más alta que él. Sonreían a la cámara, y la sonrisa de la mujer me pareció un poco ausente. La madre de Rivaille, arriesgué.

- Era la casa de la familia de tu madre, ¿Cierto? –asentí, Erd continuó-. El señor Ackerman hizo creer a tus padres que eran una pareja que se mudaba a la provincia, lo cual era cierto; pero solo usaron la casa como bodega durante unos cuantos meses. Luego el señor Ackerman se mudó a otra casa prácticamente al otro lado de la ciudad, a las afueras del estado.

- Ellos construyeron el sótano –me oí decir.

- Así es –mi cabeza daba vueltas y ahora más que nunca quería dormir-. Lo que el señor Ackerman quería era una bodega para guardar... Bueno, eso no necesitas saberlo. Él hizo varias modificaciones a la casa, y aunque prácticamente nunca vivió ahí construyó su oficina, quitó algunos de los accesos a la casa y dejó el resto tal cual lo encontró. Es por eso por lo que el interior no ha cambiado mucho.

Observé a Erd por un minuto completo y él suspiró.

- Yo estuve con él cuando se mudó -hizo una pausa rascándose la nuca con la mano derecha-. Era muy joven... Y estúpido... –suspiró-. En fin, te contaré esa historia luego. Es aburrida, de todas maneras.

- Pero tiene qué ver con Rivaille, ¿no es cierto? –me incliné hacia él, expectante.

- ...Sí.

Salimos del túnel (qué gran túnel era) y la luz del sol nos saludó desde el cielo azul infestado de motas blancas, ligeramente grises. Esperaba que no lloviera pronto. No me gustaba la combinación de lluvia en la carretera y un auto conducido por dos extraños.

- Conocí a Rivaille un año antes de entrar a la "familia" –comenzó Erd-. Mi padre tenía un pequeño negocio y personas de otro grupo comenzaron a fastidiarlo y a extorsionarlo. Eventualmente amenazaron con hacernos algo a mi madre y a mí, que era solo un mocoso. Mi padre estaba tan asustado que nos envió a otra ciudad –hizo un movimiento con el dedo y apuntó hacia abajo-. Esta ciudad era muy tranquila, y un día; me enredé en una pelea de bandas. Tuve la mala suerte de encontrarme con el chico Ackerman.

Oruo soltó una carcajada y se llevó una mano a la frente mientras echaba la cabeza hacia atrás negando.

Erd soltó una risa y mi me miró con los ojos brillantes de emoción.

- Estábamos peleando en una calle cerrada. Una pelea tradicional, sin cuchillos, ni armas, solo montones de chicos estúpidos con ganas de mostrar su existencia. Yo golpeaba a cualquiera que se pusiera en mi camino, incluso tuvieron que detenerme cuando comencé a confundir a mis amigos con los otros tipos –lanzó una carcajada-. Entonces llegaron... –hizo una pausa dramática, y se giró hacia Oruo con la emoción pintada en el rostro, luego de vuelta a mí. Parecía que en verdad estaba ahí, reviviendo el momento.

Eran alrededor de 50 sujetos, todos con traje oscuro y camisas blancas. Uno tenía un pañuelo doblado en el bolsillo y casi me moría de la risa al darme cuenta de que era el más bajito de todos; y que además comandaba al grupo a ese callejón sin salida. "¡Ha! ¡Qué perdedor!", grité. Y entonces –levantó los brazos e hizo un ademán de un espiral-. ¡Puaff! Yo y otros cinco de mis amigos estábamos mordiendo el piso. Ese sujeto era tan rápido que nunca vimos cuándo corrió hacia nosotros... Si corrió. A lo que me refiero es que –se aclaró la garganta y le dijo a Oruo algo que no logré escuchar, luego dobló a la derecha en una desviación prolongada, hacia un restaurante de comida rápida-... Es que Rivaille era alguien muy fuerte desde antes y lo admirábamos profundamente. Todos los que lo seguíamos. Después de la tremenda golpiza que nos dio a ambos bandos le supliqué que me dejara unirme a él. Quería hacer que los matones que molestaban a mi padre se alejaran de él y ayudarlo de alguna manera. Rivaille no solo me aceptó, si no que se encargó personalmente de ellos. Claro, me costó mucho trabajo convencerlo de que me tomara como su discípulo. Tuve que trabajar como chofer para los Ackerman durante algún tiempo pero –se giró de nueva cuenta hacia mí, y me dio una sonrisa llena de suficiencia-, valió la pena.

Oruo aparcó en un espacio vacío del restaurante al llegar, y abrió los seguros de las puertas. Miré expectante hacia afuera del vehículo y no pude decir que no estaba sorprendido. Miré a Erd y él respondió la pregunta que no articulé.

- No has comido como en tres días o más, por lo que veo.

Se apeó sin dejarme responder, y aunque yo sabía que era verdad no quería ser una molestia para ellos más de lo que ya lo era. Abrió la puerta de trasera de la izquierda y me tendió la mano para ayudarme a salir. Ignoré su mano con un dejo de molestia pues no quería que me trataran con tanta delicadeza. En cuanto coloqué un pie en el asfalto mis rodillas se doblaron y caí a los brazos abiertos de Erd.

- Déjanos ayudarte, Eren –dijo mientras me ponía de pie por mi costado derecho.

Oruo chasqueó la lengua y me tomó el brazo izquierdo. Me pusieron de pie tan suavemente que la vergüenza me impidió despegar los ojos del suelo.

- Mi madre –comencé-...

- Déjanos primero contarte lo demás, ¿sí? –dudó u poco pero añadió-. Ya están en su casa.

- Bien –aunque me moría de ganas de saber qué era de mis padres, y verlos, no quería ver sus rostros estando así de destrozado. Bien ya no tenía el deseo de venganza en contra de Erwin pero los sucesos que viví me impidieron pasar mi luto de manera tranquila y, repentinamente, no sabía si iba a ser capaz de volver a ver a Rivaille a la cara, aunque sabía de antemano que estaba muerto.

Solo quería estar con ellos.

- Gracias –dije mirándolos a los dos.

Erd sonrió, Oruo desvió la mirada; luego procedimos a entrar a restaurante.

Había pocos comensales y cuando entramos inmediatamente llamamos la atención tanto de ellos como de los empleados. Nos sentamos en una mesa cercana a la puerta y Erd me empujó hacia la ventana. Él se sentó a mi lado, nosotros dando la espalda a la puerta y Oruo frente a nosotros. Podíamos ver el auto aparcado frente al local y quise dormir un poco en los asientos incómodos y duros del lugar.

- ¿Cómo te sientes? –escuché que Erd me preguntó desde una distancia equivalente a tres continentes.

- Mal –contesté secamente-. No dormí durante varias noches, tenía miedo de que Erwin regresara.

- Es extraño que Erwin no regresara en... ¿Cuánto tiempo? – Oruo me miró expectante-. Al parecer fue más de un mes... -Terminó.

- No me importa porqué. No es como si tuviera muchas ganas de verlo –agregué.

- Déjame verte... –Erd me tomó el mentón y giró mi cabeza a un lado, luego al otro-. Aun tienes marcas en el cuello, las heridas pequeñas están cicatrizando, pero dejarán marcas –chasqueó la lengua en evidente disgusto-. Es una bestia.

- Y no quieres ver lo que hay debajo de mi camiseta –anoté sintiéndome harto y cansado. La mano de Erd se sentía cálida contra mi piel y un escalofrío me recorrió de arriba abajo al recordar los dientes de Erwin hincándose en mi cuello y pecho. Abrí los ojos y aparté la mano de Erd de mi rostro procurando ser todo lo suave que mis manos temblorosas me dejaban-. N-No quiero pensar en Erwin ahora.

- Lo entiendo.

- Hey –Oruo miró a Erd y movió la cabeza hacia las cajas registradoras. Apoyó ambas manos sobre la mesa y se levantó.

- Él irá a pedir nuestra comida, al parecer aquí no hay meseros –pensé en qué clase de restaurante creían que estábamos. Sonreí para mis adentros, preguntó-. ¿Hay algo en especial que quieras?

- No realmente.

Para ser honestos lo último que quería hacer era comer, y una parte de mí estaba convencida de que si comía aunque fuera un poco iba a desecharlo en el inodoro más cercano. Suspiré sintiendo un nudo en la garganta que no podía tragar y me recliné en mi asiento. Erd se levantó y se situó frente a mí, en el lugar que ocupaba Oruo. Me sonrió cansado.

- No hemos dormido como en tres días –se llevó las palmas de las manos a los ojos y resopló. Cuando las depositó en la mesa se veía miles de años más viejo-. Cuando supimos que Erwin te tenía secuestrado hicimos todo lo que pudimos para ayudarte. Afortunadamente nadie se dio cuenta de nuestros planes.

- Eso fue lo que dijiste cuando te conocí –recordé.

- Así es –se rascó la nuca y el cabello se movió en todas direcciones-. Aún sigo trabajando para él pero ahora estoy en una misión encubierta: Rescatar al esposo del gran Rivaille Ackerman.

"Viudo", estuve a punto de decir pero me tragué la palabra al sentirla llenas de amargura.

Erd levantó la vista hacia Oruo y una chica, que colocaban tres bandejas en la mesa. Agradeció con una sonrisa y se sentó a mi lado. Podría apostar que a regañadientes.

- Listo Eren, trata de comer lo que...

Aunque yo dijera que mi estómago no aceptaría comida alguna o que mi mandíbula había recibido tantas bofetadas que no podría masticar, todo eso eran viles mentiras. Tomé una hamburguesa y le arranqué el envoltorio grasiento y le di una mordida que amenazó con llevarse mis dedos.

Casi se me salían las lágrimas de agradecimiento pero las contuve lo mejor que pude. Aun así mi voz salió cortada cuando musité:

- Está delicioso -pausé un minuto entero-... Gracias.

Me miraron con una sonrisa paternal en el rostro y comieron ellos también.

IV

Habiéndose salido de control las cosas, me trasladé al baño más cercano, casi saltando por encima de Oruo, y atropellando dos meseros.

Corrí hasta donde la señal del baño para hombres se alzaba inmisericorde y abrí la puerta. Me lancé sobre la cabina abierta y, sin pensarlo mucho más, vacié el contenido de mis entrañas.

Era la hamburguesa más deliciosa que había comido en mi vida y aun así, era demasiado para mi estómago. Gruesas lágrimas se escaparon de mis ojos y entendí que tan destrozado me encontraba. Tanto física y mentalmente. Solté una carcajada falta de humor y vomité de nuevo.

- Eren –la voz de Erd detrás de mí me tomó por sorpresa. Le miré volteándome lentamente-. Fue demasiado para tu estómago, ¿verdad?

Asentí quedamente mientras accionaba el agua del inodoro. Crucé a su lado y me di cuenta de que Erd me miraba con una preocupación desesperante.

- Estaré bien, Erd.

Dije un poco más irritado de lo que me sentía ya, sin querer.

- Gracias –agregué tratando de suavizar en serio el ceño que le dedicaba.

Me lavé la cara, las manos. Enjuagué mi boca y salí del baño, no sin antes escupir en el lavabo. Me sentía un poco mejor y mi estómago me dejaría en paz por un par de horas a lo mucho antes de que comenzara a gruñir de nuevo, preguntándome dónde estaba su hamburguesa grasosa.

Cuando regresé no había nadie en la mesa y miré lleno de terror el estacionamiento, saboreando la posibilidad de que el auto ya no estuviera ahí, además de mis jugos gástricos.

Oruo accionó el claxon y salí de la restaurant a trompicones, dándole unas gracias apresuradas a la mesera. Me escabullí en los asientos traseros del impecable Cadillac con los pulmones hinchados y mi garganta rasposa.

- ¿Dónde está Erd?

- Creo que quería usar el baño –respondí tratando de disimular lo quebradiza de mi voz; siendo consciente de que era la primera vez que estaba solo con Oruo.

Estiré mis piernas sorprendiéndome de cuán espacioso el auto era y Oruo me arrojó una bolsa de papel café raído con el logo del restaurante.

Lo miré en espera de una explicación y él le resopló al retrovisor.

- Para más tarde –dirigió una mirada nerviosa hacia afuera, en la calle-. Apuesto a que echaste hasta la primera papilla.

Abrí la bolsa inspeccionando el contenido con una mueca incrédula que se abrió paso hacia mi rostro. La bolsa estaba llena de postres y lo que podría calificarse como comida para niño. Hasta había un juguete en colores chillones y una pequeña imagen en papel que me animaba a comprarlos todos, y que ilustraba cómo se vería junto a los otros personajes de la colección.

Sonreí enternecido por su amabilidad.

- Gracias, Oruo.

Era la primera vez que decía su nombre y el sólo resopló irritado.

- No creas que lo hago por ti, mocoso –sacó una cajetilla de cigarros baratos de su chaqueta, idéntica a la de Erd. Sacó uno y lo colocó entre sus labios-. Si no te alimento me matarán.

-¿Erd? –sopesé pensando en la mirada gélida que me ofreció el día que lo conocí-. Aun así, gracias.

- Erd no podría matarme aunque quisiera –se rió ligeramente al abrir su ventana y depositar fuera las primeras cenizas de su cigarrillo-. Me refiero a...

- ¿De qué me perdí? –Erd apareció del otro lado del auto metiendo la cabeza por la ventana abierta. Sonrió afable mientras abría la puerta y se sentaba pesadamente-. Oruo, ¿sigues fumando eso? Vas a morir joven.

- Cállate y toma uno.

Oruo le tendió la cajetilla y Erd, pese a lo dicho, tomó una con la punta del índice y el anular de la mano izquierda. Sacó un mechero y de repente parecía que se habían olvidado que estaba ahí, con ellos.

- La marca más barata –Oruo exhaló humo en pequeñas volutas- siempre mata más rápido.

- ...Cierto.

Olvidé que Oruo iba a decirme algo antes de que Erd llegara, así como olvidé por un momento que estaba escapando de Erwin. Solo lo recordé cuando, una vez más, el Cadillac se puso en marcha y Erd se dirigió a mí de nueva cuenta. Arrojando la colilla consumida hasta el filtro al cenicero. Exhaló el humo del último cigarrillo que fumaría en su vida y me miró por el retrovisor.

- La razón por la que te estamos ayudando a escapar Eren es porque tú eres la persona más importante para Rivaille. Y no nos perdonaríamos por nada del mundo verte sufrir si podemos hacer algo para evitarlo.

- Además –agregó Oruo, apretando el volante de tal manera que sus nudillos se tornaron blancos-, no tenemos nada mejor que hacer.

Sopesé por un momento lo que me decían y miré a Erd expectante.

- ¿El señor Ackerman les pidió que me salvaran? –pregunté incrédulo.

- No seas ridículo Eren –esta vez fue Oruo el que contestó. Erd le lanzó una mirada reprendiéndolo-. Al señor Ackerman no le importa una mierda lo que te suceda.

- Entonces, ¿cómo sabían ustedes que estaba secuestrado?

- Digamos que porque te manteníamos vigilado, ¿de acuerdo?

Erd saltó al auxilio de Oruo, pero yo no estaba dispuesto a dejarlo ir sin las respuestas que quería.

- ¿Vigilado? ¿Para qué? –luego, como un relámpago lo entendí-. ¿Qué quiere de mí el señor Ackerman?

- El señor Ackerman quiere quedarse con las propiedades que le pertenecían a Rivialle.

- ¡Oruo!

- ¡Ya basta! –Oruo se giró tan rápidamente hacia Erd que temí por un momento que nos saliéramos de la pista. Oruo solo dio un ligero desliz hacia el carril contrario que no pasó a mayores-. ¡Si vamos a sacarlo de toda esta mierda no podemos impedir que se salpique un poco! Erd, tú debes de entenderlo mejor que nadie, la razón por la que Erwin estuvo tras Eren todo este tiempo.

- ¿Qué?

- No lo escuches, Eren.

- Ni Erwin ni el señor Ackerman saben que estamos aquí, ayudándote –continuó Oruo y él tenía toda mi atención ahora-. Estamos aquí porque fue la última voluntad de Rivaille. Cuidar que su padre no trate de dejarte en la calle. Está escrito en el testaento, solo los abogados que llevaron tu caso lo saben.

- ¿La voluntad de Rivaille?

El Cadillac avanzó hasta llegar a una ciudad poblada de árboles antiguos y casas pintorescas de un estilo con aires a campiña europea. Nos adentramos a las calles y no pasó mucho tiempo para que pudiera reconocer el lugar en el que nos hallábamos.

- La voluntad de Rivaille está en el testamento, yo tengo una copia exactamente igual a la que tenían los abogados. Yo estaba ahí cuando lo escribió –dije eso último casi al borde de la histeria, más como para recordármelo a mí mismo. Obviamente era mentira, Rivaille no tenía manera de saber todo lo que ocurriría después de su muerte-. Las únicas copias del testamento las tienen los abogados y yo, ¿cómo podía él saber qué iba a suceder después? Además, no es como si pudiera tomar las propiedades solo porque él quiere, no es como si pudiera matarme y tomarlas.

A menos que...

A menos que sí pudiera.

- ¿Ahora entiendes el porqué de que Rivaille le pidiera a Erwin que te protegiera?

- Lo que Oruo quiere decir –intervino Erd, cortando momentáneamente el hilo de mis pensamientos-, es que Rivaille sabía que esto pasaría.

- ¿A qué te refieres?,¿qué era lo que sabía?

- Verás –comenzó y mi mirada cautelosa no lo abandonó en ningún momento. Seguí sus ojos miel por los retrovisores hasta que abrió la boca para decir:-, Rivaille tenía consciencia de que hasta qué punto podía llegar su padre. Podría enviar sicarios a matarte a sabiendas de que estabas solo en un vecindario fantasma, lo cual obviamente sabía; incluso podría mover algunos de los hilos en los altos mandos y obligar al estado a quitarte todo y dárselo a él. Rivalle lo conocía muy bien y tomó sus precauciones. Digamos que fueron precauciones extras que todo el mundo pensó que eran innecesarias pero que al final no lo fueron tanto –me lanzó una sonrisa misteriosa y no la supe interpretar-. Y aunque no contábamos con que el bastardo de Erwin se volviera loco hizo su parte al apostar patrullas al final de la calle y en las entradas principales de tu residencial.

- Dio la casualidad de que uno de los nuestros vio a Erwin salir de la zona, acompañado con todas sus escoltas y asumimos que ya no estabas ahí.

- Me sorprendí mucho al encontrarte en la tina.

Respiré hondo y la comida infantil se asentó lenta e inevitablemente en mi estómago reducido.

- Aun así eso no explica cómo es que sabías que –miré a Oruo de soslayo y pensé en si lo sabía o no-... Abusó de mí.

La manera en la que frunció el ceño con desdén me dijo que sí lo sabía.

- Eso... Lo deduje.

Le miré confundido y continuó.

- Las marcas en el cuello y –señaló las clavículas y hombros en un movimiento circular- las mordidas. Pensé que algo así había sucedido. Cuando te cargué y te amarré a la silla vi los golpes en las piernas y pude ver algo de sangre.

Me quedé en silencio por un momento, sopesando todo lo dicho y agradeciendo internamente el hecho de que Erd y Oruo estuvieran a mi lado justo ahora.

Ahí estaba, esa era la explicación más convincente. Pero había algo más. Algo que el mundo sabía pero que yo parecía ignorar.

Era una diferencia abismal y eso, por sobre todas las cosas, me hacía sentir furioso.

En este lugar, el matrimonio entre dos personas era algo legal y cuya controversia había pasado de moda hacía mucho tiempo. Los homosexuales se casaban y se divorciaban casi tan frecuentemente como los heterosexuales, y las oficinas de gobierno estaban llenas de personas que ansiaban registrarse como pareja. La adopción era cosa de todos los días y el que Rivaille y yo no quisiéramos hijos (aún) no significaba que los demás no los quisieran.

Para el estado, Rivaille y yo estábamos casados. Y para el estado, yo era un viudo ahora. Los abogados hacen el resto y yo puedo pintarme el cabello las veces que quiera.

- ¿Pero qué tiene que ver Erwin en todo esto?, ¿qué clase de beneficios obtiene?

Recordé las cosas que me dijo, y no parecía que fuera especialmente amigable con Rivaile, después de todo.

- Eso es lo que no sabemos.

La respuesta quedó flotando en el aire de repente viciado del Cadillac y mi sopor momentáneo me hizo darme cuenta del verdadero estado de este.

La recubiertas interiores se hallaban desgastadas y el sistema de aire acondicionado se había roto hace quizás mucho tiempo. El parabrisas estaba sucio y manchas de humedad se extendían por el cielo del auto.

Erd y Oruo, muy lejos de ahí, discutían acerca de lo que era lo mejor para mí, y que muy probablemente no lo era; el auto aparcó fuera de otra casa y yo hice ademan de apearme sin mirar hacia atrás.

La casa de mis padres se hallaba a unos pasos de mí, tan solo cruzando la calle.

Traté de abrir la puerta de mi lado pero el seguro automático me lo impidió. Intenté una y otra vez sin despegar los ojos de las puertas y las ventanas y las tejas y oh Dios, ese árbol tan enorme del que me caí a los 14 años tratando de recuperar la pelota de soccer de unos niños muy malcriados por quienes me rompí una pierna. Solo quería salir ya, y ver a mi madre y tratar de olvidar por un momento toda esta pesadilla y quizás llamar a Mikasa y a su estúpido esposo y salir del país con ellos y no regresar jamás.

- Eren, necesitas calmarte.

La puerta se abrió por fin, víctima de mis forcejeos al desactivar los seguros automáticos. Desde el asiento trasero les lancé una mirada llena de frustración y agradecimiento a los dos hombres que habían arriesgado más que el pellejo por ayudarme y a los que les estoy profundamente agradecido, y que para quienes estoy seguro existe una especie mágica de retribución si no en esta vida en la que le sigue si es que hay una después. Estaba por invitarlos a entrar y participar en una bella tarde de té, en la cual todos los participantes habíamos perdido un poco la razón pero la idea se me antojó muy Lewis Carrol y deseé que Erwin me abofeteara porque las bofetadas de Erwin se sentían tan bien...

Habían pasado casi seis meses y los doscientos kilómetros más largos de mi vida me llevaban de vuelta a las personas que quería.

Planté un pie afuera del Cadillac y Erd estaba muerto.

V

- Antes de conocerte, salí con Jean durante un tiempo.

Rivaille bajó su libro de texto de la academia y me dedicó una mirada atenta a través de los anteojos, por debajo de su flequillo cortado a raya, casi la altura de las cejas.

Nunca había cuestionado sus gustos en cuanto a los cortes de cabello que escogía pero yo sabía que para mí Rivaille se vería como un Dios incluso en un saco de papas.

Carraspeó cerrando el libro y dejando sobre éste los anteojos.

- ¿Por qué la confesión tan repentina?

- No lo sé –me rasqué la nuca haciéndome la misma pregunta pero aliviado por el tono burlón de la misa-. Quizás para salir de la rutina.

Le di un sorbo a mi café esperando que la cafeína entrara a mi sistema y aunque era un perezoso mediodía de domingo Rivaille no me permitía holgazanear tan cerca de las fechas límites de entregas de trabajos finales y ejecuciones de obras semestrales.

Suspiré pensando en que era domingo, a las ocho de la mañana y yo parecía listo para ir a la escuela.

- Sigue -le miré con la interrogante pintada en el rostro y le dio un sorbo a su café-. Me estabas contando de Jean.

- ¿Eh? –Abrí los ojos sorprendido por su interés en el tema y me enderecé en mi sitio-. Claro, aunque no hay mucho que contar y es una historia aburrida.

- No me importa escuchar una de tus historias, Eren. Además, este libro es mucho más aburrido.

- Bien –traté de recordar-. Iba en primer año en el instituto cuando a mí y a Mikasa nos cambiaron de escuela.

- Se dice "a Mikasa y a mí".

- Cómo sea –una cuchara voló en mi dirección-, nos asignaron un grupo compuesto por un montón de chicos diferentes los cuales resultaron ser mis amigos cuando estaba en la guardería y el preescolar. No los había vuelto a ver desde hacía un tiempo y eran bastante molestos, aunque la mayoría de las veces, también eran divertidos. Volví a hablarles, a quienes recordaba, y ahí estaba él, con su cara de caballo en celo babeando la sombra de Mikasa.

- ¿Si estaba tan enamorado de Mikasa por qué saliste con él?

- Ese era el problema –sorbí un poco más de café y vacié la taza-, él tampoco sabía si babeaba por ella o por mí.

A pesar de que habían pasado casi dos años desde esos fatídicos sucesos, y la que oficialmente fue la peor relación humana que he tenido en mi vida, me sonrojé. Rivaille me miraba atentamente desde la barra de la cocina y no podía verlo a los ojos a pesar de que en verdad quería hacerlo. Nunca le había hablado de Jean en un contexto que me involucrara de esa manera, y me di cuenta de que aún después de un par de años aún no sabía cómo hacerlo.

- ¿Qué pasó después?

- Bueno –me removí incómodo en mi sitio-... Tú sabes que algunas veces al año hacemos festivales escolares y nos disfrazamos y cosas así, ¿verdad?

- ¿...Sí?

- El día del festival escolar de verano mi clase hizo una especie de café maid –Rivaille contuvo la respiración y su expresión cambió imperceptiblemente-. Teníamos que convencer a los otros alumnos y a los directivos de entrar y consumir algunos de los dulces hechos por las compañeras, pero como las compañeras no podían ser las meseras ni las animadoras ese trabajo nos tocó a mí y a otro chico que tuvo la mala suerte de no ser administrativo... Creo que se llamaba Thomas. En fin. El punto era poder financiar parte de los gastos del festival, y en ese tiempo la escuela nos daba muchas libertades.

Hice amago de volver a tomar café y descubrí mi taza vacía. La bajé y la coloqué en la mesa tratando de reorganizar mis pensamientos.

Como se esperaba, nos fue de maravilla, ya que había muchas chicas y las propinas eran bastante buenas. Sin embargo no parecía que fuéramos a conseguirlo, es decir, era mucho dinero el que teníamos que reunir. Entonces cara de caballo, que estaba en mi clase, tuvo una idea.

- ¿Joderte y pagarte?

- ¡No! –Hice un puchero y me levanté a llevar la taza al lavaplatos-. Una exhibición y venta de mis pinturas.

Rivaille hizo un "Ohhh" gracioso y se me unió en la tarea de lavar los platos dejándome su taza y secándolos con la toalla.

- ¿Y qué paso después?

- Bien, entonces yo estaba muy feliz, ni siquiera sabía que él sabía que yo dibujaba o pintaba y si lo sabía que le importara. Entonces colgamos los cuadros en las paredes del salón y la gente comenzó a preguntar quién los había hecho, cuánto costaban y si podría hacer un retrato de la persona que les gustaba. Yo accedí y vendí casi todo, incluso las cosas que no estaba muy seguro de querer vender ya que me gustaban mucho. Luego de eso, alcanzamos la meta y pudimos cerrar y yo pude quitarme el uniforme de maid.

Hice una pausa.

- Luego Jean me llamó aparte y me di cuenta de que no lo vi después de que comencé a montar los cuadros. Hablamos un poco y él me dijo que se sentía confundido por varias cosas, y quería hacer una especie de experimento. Su confesión fue muy extraña y parecía que quería reafirmarse a sí mismo que lo suyo eran las chicas más que convencerme de querer salir con él. Me sentí un poco mal por él porque yo también pasé por eso, y aunque era abiertamente gay en la escuela había salido anteriormente, más o menos con los mismos términos, con una chica llamada Annie y fue divertido mientras duró. Entonces accedí y comenzamos a salir al día siguiente.

- Eso es difícil de digerir- Rivaille tomó su libro y se dirigió a la salita de su apartamento. Se sentó en el sillón y me llamó para que fuera con él. Me acosté apoyando la cabeza en sus piernas y me miró, instándome a continuar-. ¿Y después?

- Eh... Bueno... –carraspeé dándome cuenta de que no recordaba mucho, encaré el techo y jugué con mis dedos-. No recuerdo muchas cosas en realidad, y fue hace mucho tiempo... Pero te contaré una de las citas que tuve con él. Íbamos a ir a cine a ver...

- Tú sabes que eso no es lo que quiero saber, Eren.

El tono de su voz me lanzó una alerta y me erguí para verlo mejor. Me miraba como esperando algo y yo no entendía qué.

- ¿Qué quieres saber...?

- Dime Eren, ¿te acostaste con él?

Rivaille me tomó del brazo y aunque el agarre no fue doloroso era demasiado vehemente. Me revolví tratando de aminorar la presión y lo miré sin entender.

- ¿Qué te hizo, Eren?

- Yo... No...

- ¿Te besó?

- ¡No! Él ya no…

- ¿Entonces hizo esto?

Metió la mano derecha a mi pantalón seguido de la ropa interior y tocó suavemente mi entrepierna. Gemí tratando de sacar su mano y fui detenido por su izquierda, tomando ambas y dirigiéndolas a mi espalda. Dirigió su boca a mi cuello y mordió quedamente la superficie, dedicándole atención a mi cuerpo tembloroso ignorado por semanas.

- No... –Gemí tratando de sonar convincente. Sabía que Rivaille era algo territorial, pero la manera en la que se comportaba ahora... Era diferente.

- ¿Te acostaste con él, Eren?

Repitió subiendo la mano al tiempo que acariciaba mi vientre y pecho y apretaba uno de mis pezones. Gemí y miré sus ojos oscuros. La mirada juguetona que me lanzó me tranquilizó de sobre manera, ya que pensé que en verdad estaba celoso, y decidí participar en su juego; estirando un poco mi suerte, comencé a actuar.

- Sí –respondí desviando la mirada y tratando de verme lo más pudoroso que podía-. Lo hicimos muchas veces el último mes.

- ¿En serio? ¿Qué clase de cosas te hizo?

Sus ojos se oscurecieron más mientras dejaba marcas en el pecho y en los hombros. Gemí ocultando mi rostro girándolo hacia otro lado y mordí mis labios.

- Él... Él me besaba con miedo.

Rivaille y yo sonreímos mientras él se erguía. Me besó salvajemente sobre el sillón de la sala y no faltó mucho para que decidiera que quería llevar esta conversación a la cama. Me tomó de la mano y caminamos como pudimos al dormitorio. Sin aliento y con sendas erecciones con las que apenas podíamos caminar.

- ¿Qué más hacía, Eren?

Ahora que estábamos sobre la cama y él sestaba a horcajadas sobre mí no había manera de escapar de su mirada fría y traviesa. Sonreí, procediendo entonces a desvestirlo.

- Él –desvié la mirada y sonreí acariciando sus músculos por sobre la ropa y luego quitándosela-... No lo recuerdo.

- No mientas Eren.

Presionó su erección palpitante sobre la mía y acarició mi pezones con ambas manos, estimulándolos.

- ¡Ah! No... Él –pensé sobre el placer indescriptible que nublaba mi cabeza. Hacía mucho que Rivaille y yo no hacíamos nada... Como tres días-... Él me tocaba así...

Procedí entonces a meter las manos dentro de su camisa y a acariciar su torso y pecho. Me mordí los labios pensando en que Rivaille estaba muy cansado seguramente, puesto que no me di cuenta a qué horas regresó la noche anterior, y los círculos oscuros alrededor de sus ojos me dijeron que muy tarde. Me incorporé tendiéndolo sobre la cama y lo miré mientras metía mi lengua a su ombligo acariciando en todo momento su abdomen duro y fibroso. Besé su estómago, mientras bajaba peligrosamente las orillas de su bóxer y pantalones.

- ¿Qué estás...?

- Jean y yo no hacíamos nada de esto –dije al tiempo que sacaba su miembro erecto y le daba besos húmedos a lo largo y ancho. Rivaille parecía decepcionado de terminar con el juego de los celos, y me reí -. La verdad es que nunca hicimos nada. Pero tú te ves cansado, déjame hacerlo- metí la punta dentro de mi boca saboreando el líquido ligeramente salado. Cuando lo miré a los ojos le brindé mi mejor mirada pudorosa-. ¿Sí?

- Maldito mocoso... Ugh...

Su pequeño gemido fue respuesta suficiente para mí; su miembro se puso aún más duro y le sonreí frotándolo contra mis labios. Lo introduje nuevamente disfrutando los gemidos guturales casi dolorosos de Rivaille y tratando de no perderme ninguna de sus expresiones. No era tarea fácil puesto que él se cubría el rostro con los brazos y el hecho de que se avergonzara era demasiado lindo para mí.

Intuitivamente, supe que si le decía eso, él podría patearme.

Saqué su pene con un "bop" y le miré.

- Ya no soy un mocoso... Tengo diecisiete años, muchas gracias.

- Pero yo tengo veinticuatro, mocoso torpe.

Lo introduje una vez más y él llevó una mano a mi nuca, obligándome a meterlo por completo. Después de muchos intentos de perfeccionar mi garganta profunda aún tenía problemas para engullir toda su extensión, más cuando se hallaba tan desesperado como ese día. Pensé en que quizás no tenía tiempo ni siquiera para masturbarse y le ofrecí una sonrisa lasciva, a lo que él solo atinó a empujarse sobre mi rostro.

- Riva... ¡Unmg!

- Esto es lo que obtienes por molestar a tus mayores –su voz salió quebrada y el sudor se aglomeraba en sus sienes, adhiriendo su cabello y corriendo hacia la mandíbula-. Será mejor que te responsabilices.

Siguió empujando, penetrando sin dificultad mi garganta y por sobre sus jadeos podía escuchar los sonidos obscenos de su miembro entrando y saliendo sin resistencia de mi boca y casi me vengo al pensar en cómo sería tenerlo dentro de mí, justo ahora.

Me sonrió a su vez, su propia versión de "voy a violarte si dices que no quieres seguir con esto" que me enviaba corrientes eléctricas por todo el cuerpo. Cerré los ojos y me vine silenciosamente mientras él decidía que estaba harto de mi boca.

- Eren, déjame venirme dentro de ti.

Asentí quedamente controlando las oleadas de placer de mi propio orgasmo. Lo recosté sobre la cama una vez más, colocándome a horcajadas sobre él, encarándolo. Él sacó a tirones mis pantaloncillos y ropa interior, propinándome una nalgada que me provocó una nueva erección. A este punto estaba fuera de mí mismo y lo único que quería era tenerlo dentro de mí.

Acerqué mis dedos previamente humedecidos con mi propio semen e introduje dos. Incitándolo.

- ¿Te viniste con solo darme una mamada? En verdad que eres un mocoso pervertido-. Tomó mi pene con ambas manos y comenzó a acariciarlo de arriba a abajo.

- T- Tú tienes la culpa de que sea así... ¡Ahn!

Metió dos dedos junto a los míos y jugó con mi interior, buscando mi próstata y sacándome más jadeos. Sentí que estaba listo y coloqué la cabeza de su miembro en mi entrada.

- Es en serio Eren, solo llevamos tres meses saliendo, ¿en verdad no hiciste nada con Jean?

- ¿En verdad quieres tener esta conversación ahora?

Me deslicé lentamente sobre ella, saboreándola. Y él, de una estocada, entró.

- ¡Ugh! ¡N-No...!

Fue más doloroso de lo que esperaba y mi miembro se puso flácido casi inmediatamente. No grité pero ahogué las lágrimas de dolor que amenazaban con salir. Quería alejarme de él pero el agarre que mantenía en mis caderas me decía que él no iba a permitirlo.

- Ri-Rivaille... Me duele...

- Respira Eren, no voy a moverme hasta que estés bien.

- Rivaille –asentí tratando de acompasar mi respiración mientras él masajeaba mi trasero y miembro, que poco a poco iba irguiéndose-... Rivaille... –repetí su nombre mientras me acostumbraba a tenerlo en mi interior y creí que lo había logrado. Comencé a moverme tímidamente empalándome sobre él. Al tenerlo todo dentro de mí usé mis manos para mantenerme erguido.

- ¿Te gusta, Eren?

- S-Sí... Más... Rivaille, más...

- Eres delicioso...

- ¡N-No digas eso!

- Te comportas como una esposa pudorosa, ¿lo sabes?

- ¡No es v-erdad! ¡Ah!

Comencé a moverme de arriba abajo mientras usaba sus manos para acariciar y pellizcar mis pezones. No dejé de gemir su nombre en ningún momento y en poco tiempo era un desastre de lágrimas y jadeos. Presionó mi cuerpo sobre él mismo y supe que estaba a punto de venirse.

- Eren... Voy a venirme.

- S-Sí –conseguí responder-... Hazlo dentro...

Me miró a los ojos mientras sus uñas se enterraban fuertemente en mis caderas y mis ojos se ponían en blanco al venirme sobre su abdomen. Solo pensaba en la expresión de placer en el rostro de Rivaille, y pensé que hacer este tipo de cosas de vez en cuando, hasta que la muerte nos separe no estaba nada mal.

Se vino dentro de mí después de dos estocadas más al apretar su miembro todo lo que pude, tratando de succionar todo lo que pudiera de él. Me miró con una sonrisa somnolienta y me invitó a recostarme junto a él. Salió de mí y me recosté sobre su hombro, agradecido de que no quisiera un segundo round.

- Lo siento –Rivaille habló y me miró con preocupación y arrepentimiento juntos-. ¿Estás bien?

- Sí –le sonreí pugnando por permanecer consciente-. Es solo que hacía tiempo que no lo hacíamos.

- Lo sé.

- ¿A qué hora llegaste anoche?

Pregunté acariciando su rostro y tratando de sonar lo menos "novia celosa" que podía.

- ... –hizo una pausa mientras miraba el techo-. No lo recuerdo.

No pasó mucho tiempo hasta que decidiera que teníamos que comenzar a hacer algunos deberes.

Me sacó a tirones de la cama y no tuve más remedio que seguirlo al fin del mundo.

- ¿En verdad hiciste todo eso con Jean?

- Ya te dije que no, o ¿de qué hablas?

- Ya sabes, le diste una mamada y luego lo montaste, y después dejaste que se viniera dentro.

- ¡N-No! –aún no entendía como podía decir todas esas cosas con la expresión más aburrida que he visto jamás-. ¡Claro que no! Te lo hubiera dicho cuando nos conocimos.

- Oh...

Rivaille y yo nos sumergimos en un silencio cómodo mientras él leía sus libros jurídicos y yo acomodaba los cuadernos que usaría ese período. Estábamos en la sala y la televisión daba un programa de concursos apto para toda la familia. Los demás canales daban repeticiones de shows de horario estelar de los días entre semana y películas famosas cuyos nombres no recuerdo ahora. Rivaille enmudeció la pantalla y me miró como tratando de recordar algo. Abrió los ojos al darse cuenta de qué era y me reí. Luego, abrí la boca para tratar de explicar mejor qué fue lo pasó hacía mucho tiempo.

- Después de que Jean me hiciera esa propuesta salimos un par de veces en las cuales nunca me tocó –miré a Rivaille, cuya expresión incrédula me hizo reír de nuevo-. Parecía que me tenía miedo y, de hecho, yo estuve a punto de hacer algo varias ocasiones, pero él siempre salía huyendo. Creí que había descubierto la verdad y que tenía miedo de decírmela, así que le ayudé un poco y no lo tomé personal.

Rivaille tomó un cuenco lleno de ciruelas y me instó a continuar, con exagerado interés. Bufé y tomé una, escupiendo la semilla después en mi mano.

Le dije que esto no estaba funcionando y que quería terminar con él. Su cara de agradecimiento fue suficiente para saber lo que él ya sabía. La farsa o experimento solo duró dos semanas. Me imagino que fue muy difícil para él.

- ¿Y tú? –Rivaille dejó el cuenco de nuevo en la mesa de la sala y tomó el libro una vez más-. ¿Qué pensabas conseguir de él?

Lo pensé. Ahora que lo mencionaba, nadie me había preguntado eso antes. Es decir, la mayoría de las personas que conocen esa historia también conocen a Jean. Asumen que su confesión momentánea fue debido a (lo bien que lucía en traje de maid) que en ese tiempo salíamos mucho con Ymir y Christa. Ellas debieron haberle metido ideas a la cabeza; yo sé lo problemática e insistente que Ymir puede llegar a ser. Pero, ¿qué esperaba de él?

- Supongo que nada.

Rivaille asintió y regresó su vista al libro de leyes que tenía en las manos. Escuché a los primeros niños del día reír, y supe que todo estaba bien. A través de la ventana frente a nosotros, los árboles se agitaban suavemente con la corriente, y contrastaban con el cielo azul intenso que nos envolvía. Habíamos pasado más de medio día ahí y yo me sentía en el lugar correcto.

Tres meses de felicidad, con la persona correcta.

- Rivaille...

- ¿Hmm?

- Te quiero.

Me miró sin entender, pero no dijo nada. Solo sonrió y se acercó a mí, sentándose en el sillón. Me senté a su lado y lo besé.

- Nada mal.

Aún tenía miedo de decir "te amo".