Tras aceptar la proposición de John Smith, subieron al helicóptero, le indicaron al piloto que les dejara en lo que ellos denominaron "punto de inicio de senderismo", un punto lo suficiente alejado para que pudieran llegar hasta allí en el helicóptero sin que hubiera peligro alguno pero lo suficiente cerca como para que se ahorraran parte del camino y pudieran llegar hasta allí a pie en el menor tiempo posible.
Como las veces anteriores, Ron no cabía en sí de emoción ante el hecho de estar volando.
–¿Ves, Hermione? Esto es por lo que mi padre trabaja en el departamento de artefactos muggles, son capaces de hacer cosas extraordinarias.
Hermione sonrió con orgullo mas le mando callar, llevándose el dedo índice a los labios y haciendo un gesto con la cabeza hacia John Smith, estaba hablando de muggles, delante de un muggle que no sabía lo que era un muggle.
Cuando llegaron a su destino se despidieron de John Smith, quien, basándose en la última conversación que habían tenido acerca de los pagos por los viajes que hicieran, les recordó que accedió que le pagasen el próximo viaje en avioneta y que el que acababan de hacer había sido en helicóptero antes de explicar que sus viajes eran más por hobby y por ver las reacciones de aquellas personas que volaban por primera vez que por trabajo propiamente dicho. Alzó una mano en despedida al mismo tiempo que el helicóptero comenzaba a elevarse, despeinando el pelo de las chicas que, al igual que el mago y el semidiós, se quedaron observando el helicóptero hasta que se perdió de vista en el cielo.
–Vale, ¿cuál es el plan? –preguntó Ron.
–Si John Smith nos ha dejado en el sitio correcto –comenzó Annabeth, mirando alrededor como si tratase de asegurarse que era el lugar que ella había especificado– tenemos que seguir caminando cuatro kilómetros hasta el norte. ¿Hermione, compraste la brújula que te pedí?
–Está en tu mochila.
–Vamos a necesitar que la llevéis vosotros, el metal de mi daga o la espada de Percy podría alterar su campo magnético y tenemos que llevarlas a mano porque no sabemos qué podemos encontrar.
–Deberíamos haberle preguntado a Jason y Piper –comentó Percy, destapando su bolígrafo que no varió en forma ante los jóvenes magos. Annabeth se acercó a Ron y Hermione, pidiéndoles que buscasen la brújula.
–Sí, no hubiera sido una mala idea, al menos sabríamos a lo que enfrentarnos –Ron le informó de que ya habían sacado la brújula. Se volvió a colocar la mochila correctamente sobre los hombros–. Lo único que sé sobre él es que le gusta hablar francés, que puede controlar las corrientes de aire como cualquier dios del viento y que puede congelar cosas al instante. Por no hablar de sus hijos.
–¿Hijos? –preguntó Ron.
–Sí. Calais, Zetes y Khione, se les ofreció la inmortalidad y la aceptaron. No son alguien con los que nos gustaría encontrarnos, y, sin embargo, lo vamos a hacer –comenzaron la marcha, guiados por Ron y Hermione que seguían la dirección que la brújula apuntaba.
–Me preocupa más eso del francés, chica sabia, ¿tú sabes hablarlo?
–Tal vez podamos forzarle a hablar en inglés, no creo que le cueste demasiado, es un dios después de todo.
–Yo sé hablar francés –intervino Hermione, atrayendo las miradas de los semidioses que se habían quedado tras ellos, discutiendo el plan de ataque.
–Tienes que enseñarnos –dijo Percy, Hermione le miró como si estuviera loco.
–Percy –Annabeth fue la que habló–, no podemos aprender a hablar un francés fluido tan rápido.
–¿Y qué vamos a hacer?
–No lo sé, lo ideal sería que Hermione hiciera de intérprete pero no les dejaran pasar si no son semidioses –Annabeth se froto la sien como si de esa manera pudiera encontrar una solución.
–Quizás viniendo con nosotros pasen desapercibidos y puedan pasar.
–Habrá que arriesgarse –se resignó Annabeth–. ¿Estáis de acuerdo? –miró a Ron y Hermione que asintieron.
Tras un camino que se les hizo más corto de lo que esperaban, llegaron al hotel de Bóreas. Ron y Hermione no sabían decir por qué, pero había algo diferente, no era la fachada, que no se distinguía mucho de aquellos hoteles en Londres, no eran los coches aparcados en líneas perfectas, era el ambiente que les rodeaba, una magia que ellos desconocían
-Ha llegado a su destino –dijo Percy, tratando de imitar lo mejor posible la voz de un GPS. Hermione rió, Annabeth entornó los ojos y Ron no entendió la referencia pero no dijo nada, simplemente sonrió al escuchar a Percy y Hermione reír.
-Ahora manteneros callados y no os separéis de nosotros –indicó Annabeth.
-Tranquila.
Una vez entraron en el hotel Annabeth, seguida por los otros tres chicos, se dirigió a un mostrador tras el que había una mujer de mediana edad que escribía con rapidez en el teclado de un ordenador que parecía de última generación, algo fuera de lugar para el aspecto clásico del recibidor.
-Buenas noches –Percy se aclaró la garganta-. Nos gustaría ver a Bóreas –la mujer alzó la mirada y, con una mano, se bajó las gafas, mirando al grupo sobre los cristales.
-Lo siento, pero me temo que no sé de quién estáis hablando. Aunque lo supiera –se colocó las gafas de nuevo en su lugar y volvió a teclear en el ordenador- en este hotel tenemos una política de privacidad que nos impide revelar los datos de nuestros clientes.
-No es un cliente –rebatió Annabeth-, queremos hablar con –miró hacia los lados, asegurándose que no había nadie más además de ellos cuatro- el dios Bóreas, el dueño del hotel. Somos semidioses, venimos desde Nueva York, desde el Campamento Mestizo para hablar con él –la recepcionista alzó la vista de nuevo, pasando la vista una vez más por los cuatro jóvenes, dos de los cuales permanecían ligeramente hacia atrás.
-No se nos ha informado de ninguna visita, no sé si está en el protocolo que deba dejaros pasar.
-Mire, señora, hemos recorrido un camino muy largo desde Nueva York, hemos tenido que caminar hasta aquí porque nuestros pegasos se han cansado de volar hasta tan al norte, juntado con el frío que hace en Quebec que ha estado a punto de congelar sus alas –Percy se apoyó en el mostrador-, ¿podría, por favor, informarle al menos que estamos aquí? Tal vez no le importe hablar con nosotros.
-Veré qué puedo hacer –levantó un teléfono y sujetó el auricular entre su oreja y su hombro, anotando en unos papeles con bolígrafo dorado-. Buenas noches, tengo unos jóvenes que claman ser semidioses venidos desde el Campamento Mestizo que quieren ver al señor Bóreas –alguien parecía responder desde el otro lado-. Por supuesto, así lo haré –colgó el teléfono y terminó de rellenar los papeles antes de dirigirse de nuevo a ellos-. Tenéis una posibilidad de ver al señor Bóreas, pero antes tenéis que rellenarme estos papeles.
Puso cuatro impresos con caracteres griegos sobre el mostrador acompañados de cuatro bolígrafos dorados. Ron y Hermione se acercaron al mostrador, recogiendo los suyos y mirándolos por encima, dándose cuenta que ninguno sabía qué ponía en ellos ni cómo responder. Hermione, siendo la más cercana a Annabeth, le dio un golpecito en la mano, permitiendo a la semidiosa averiguar el problema de la bruja, acercando el papel hacia ella para dejarle ver qué datos había que poner. Hermione trató de rellenarlos lo más rápido posible para dejar que Ron también lo viese y pudiese escribir, pero la señora tras el mostrador notó que no estaba escribiendo antes.
-¿Qué pasa, muchacho? ¿Prefieres los caracteres latinos? Con la noticia de que habéis unido los campamentos asignaros los impresos se está volviendo más complicado, en especial si venís juntos, asumí que, viniendo de Nueva York, todos eráis semidioses griegos.
-Sí, precisamente es lo que me pasa. No entiendo esto.
-Perdona –cogió la hoja que estaba frente a Ron y escribió en otra con rapidez antes de ofrecérsela-, fallo mío.
-¿Le importa si nos vamos a sentar en esas sillas mientras lo rellenamos? –preguntó Hermione, señalando unas sillas que rodeaban una mesa de café junto a un gran ventanal.
-Por supuesto, sentiros como en casa.
Los magos y semidioses se dirigieron a la mesa, sentándose de espaldas a la mujer para poder hablar en susurros.
-No sabemos quiénes son nuestros padres. He visto que has puesto Atenea, me imagino que es eso, ¿no? La identidad de nuestros padres.
-Sí –respondió Annabeth-. Escuchad –susurró a Ron y Hermione-. Hermione, tú puedes decir que eres hija de Hécate, diosa de la magia, si te piden demostraciones podrás hacerlas, ¿verdad? –Hermione asintió con la cabeza-. Bien, tú Ron –Annabeth se frotó la frente, mientras Hermione terminaba de rellenar su impreso-, no sé qué podemos decir de ti. Si no hubiéramos tenido que cambiar tu identidad por romano habríamos podido buscar a alguien, incluso podrías ser hijo de Atenea por tu miedo a las arañas, pero...
-Mercurio –Annabeth miró a Percy.
-¿Mercurio?
-Sí, es como nuestro Hermes, como estoy seguro que ya sabes, chica sabia. No se molestarían en comprobarlo.
-¿Te parece interesante ser hijo de Mercurio, Ron? –preguntó Annabeth.
-Sí puedo ayudaros así –se encogió de hombros.
Hermione acercó la hoja a Ron, suplicando a Merlín porque los datos que pidiesen fueran los mismos y no hubiese ninguna variación. Ron firmó al final de la hoja, tras haber rellenado su nombre, edad y padre inmortal y dejó el bolígrafo sobre la mesa, reuniendo todos los impresos y ofreciéndoselos a la mujer tras el mostrador que los miró uno por uno antes de señalarles una puerta e indicarle que esperasen en aquella habitación hasta que alguien fuera a buscarles.
Los cuatro jóvenes pasaron a la habitación en la que solo había un largo sofá, una chimenea que la mantenía caliente, y otra puerta en la pared contraria, enfrentada a la puerta por la que ellos habían entrado.
Sin saber muy bien qué debían hacer, actuaron más por instinto y lógica, dirigiéndose a la puerta contraria pero, antes de poder abrirla, salieron dos hombres de pelo blanco, un blanco que se asemejaba al hielo, y con alas. Annabeth los identificó en seguida, eran los hijos de Bóreas, los mellizos Zetes y Calais.
-¿Queréis algo? –preguntó el más delgado de ellos.
-Nos gustaría encontrarnos con Bóreas –respondió Percy, extrañado porque habían rellenado unos formularios que debían haberles permitido pasar sin ningún intermediario y sin embargo estaba frente a una versión de "El bueno, el feo y el malo" en la que el bueno no aparecía por ninguna parte-. ¿Quiénes sois vosotros? Hemos respondido a vuestros impresos, no sé por qué tenéis que detenernos el paso.
-Nosotros –respondió nuevamente el larguirucho- somos los hijos de Bóreas. Yo soy Zetes.
-¡Cal! –exclamó el otro alzando los brazos como si animara en un partido de fútbol, provocando que Percy y Annabeth retrocediesen un paso ante la repentina reacción. Ron y Hermione, más por los gestos de los semidioses que por ver algo, también retrocedieron-. ¡Pizza! ¡Hockey!
-¿De qué nos asustamos? No hay nadie –preguntó Ron a Hermione, quien le hizo callar inmediatamente, apretándole la mano y agradeciendo que Percy estuviese hablando con alguien que ellos no podían ver para cubrir una pregunta que les podía haber salido muy caro.
-¿Pizza? –preguntaba Percy mientras al más grandullón de los hermanos-. ¿Te gusta la pizza? Yo adoro la pizza, ¿cuál es tu favorita? –si Ron y Hermione hubieran podido ver la cara de Zetes se hubiesen encontrado con una expresión muy similar a la que tenía Annabeth mirando a Percy salvo que él dirigía su confusión y exasperación a su hermano Calais que parecía tratar de unir más de dos palabras en su cabeza.
-¡Cal! ¡Céntrate!
-¿No pizza?
-No, no pizza –su rostro volvió a congelarse en una mueca que él parecía encontrar atractiva, mirando de nuevo a los semidioses, preguntando con tono aburrido-. ¿Por qué deberíamos dejaros pasar?
-¿Por qué no? Somos semidioses.
-Demuéstramelo.
Annabeth se quedó unos segundos en silencio, tratando de pensar cómo podría demostrar ella que era una hija de Atenea. No era como Percy que podía manejar el agua o Hermione si tenía que fingir ser hija de Hécate, su habilidad se demostraba en el campo de batalla.
Así como en el pensamiento rápido, que le hizo recordar las monedas griegas que llevaba en los bolsillos de la mochila. Se la descolgó del hombro, arrodillándose para buscarla en el suelo y, finalmente, volviéndose a poner en pie con cuatro monedas en las manos, ofreciéndoles a cada uno una moneda dorada.
Zetes miró las monedas de los semidioses con atención y asintió, retirándose a un lado, al mismo tiempo que Calais. Percy y Annabeth pasaron por la puerta que, cuando Ron y Hermione fueron a atravesar, se cerraron firmemente. Los brujos escucharon unos golpes desde el otro lado y, como si apareciesen, dos hombres estaban a sus espaldas, vestidos con trajes negros y, uno de ellos, el más alto y delgado, gritó:
-Seguid hacia delante, u os dejaremos aquí para siempre.
-Continuad –prosiguió Hermione-, nos encontraremos ahora.
-Nos encontraremos ahora –repitió de nuevo el largirucho, con sorna-, pareces muy segura.
-Soy una semidiosa, él es un semidiós, como ellos, no sé por qué no nos has dejado pasar.
-Antes no eráis capaces de vernos, ¿cierto?
-Por supuesto que os veíamos, es una afirmación incoherente.
-Entonces, ¿por qué os asustasteis? –preguntó con suavidad, pasando su mirada a Ron-. No había nadie, ¿verdad, pelirrojo?
Ron tuvo que morder una maldición y mantener el semblante serio mientras continuaba hablando.
-Somos semidioses.
-Demuéstralo. O ella, me da igual. Según vuestros informes sois hijos de Mercurio tú y Hécate ella, adelante, estoy esperando.
-De acuerdo, lo haré yo –intervino Hermione, dando un paso al frente-. Necesito algo para canalizar el tipo de magia que os voy a enseñar –tocó con una mano el asa de su mochila-, ¿puedo?
-Haz lo que sea, pero deprisa.
Hermione fingió sacar un pañuelo de tela de su mochila cuando, lo que realmente hacía, era colocar su varita dentro de la manga. Se puso en pie y, nuevamente el mismo chico, habló.
-¿Un pañuelo? ¿Qué? ¿Lo harás desaparecer en tu mano?
Ese comentario pareció hacerle gracia a su compañero quien comenzó a reírse, una risa monosilábica que se repetía una y otra vez, hasta que tuvo que sujetarse el estómago, como si su acompañante hubiera hecho la mejor broma del mundo.
-¡Cal! –chilló el que, por descarte, tenía que ser Zetes-. ¡Calla!
-No –respondió ella, soportando la molesta mirada de Zetes-. Necesito ponértelo al cuello –él se movió, incómodo.
-Como se te ocurra alguna tontería, juro por mi padre Bóreas que mi hermano te lo hará pagar –advirtió amenazante.
-Nada de trucos bajo la manga, te lo puedes poner tú si quieres mientras me dejes sujetar un extremo.
Zetes acercó su mano al pañuelo que Hermione aún sujetaba. Ella, aprovechando que le tenía cerca conjuró un Confundus silencioso que hizo al chico sonreír con sorna, como antes, aunque la confusión era notable en sus ojos que la miraban.
-Está bien, podéis pasar.
Cal miró a su hermano como si le acabase de quitar su juguete favorito, pero se hizo a un lado, chasqueando la lengua. La puerta por la que habían pasado los semidioses se abrió de nuevo por ella misma y Ron y Hermione pudieron ver a sus compañeros de viaje, agachados y susurrando en voz baja, ponerse en pie inmediatamente. Los brujos pasaron y las puertas se cerraron.
-Por todos los dioses del Olimpo –susurró Annabeth-, ¿cómo habéis conseguido pasar?
-¿Un mago nunca revela sus secretos? –sugirió Ron, consiguiendo que los otros tres riesen, ahora estaban todos juntos y podían seguir su travesía.
Continuaron caminando por el pasillo perfectamente enmoquetado y decorado con cuadros que reflejaban tranquilos paisajes invernales. El pasillo se detuvo frente a un ascensor y así hicieron nuestros héroes mientras esperaban que las puertas se abrieran después de haber pulsado el único botón que había junto a ellas.
El ascensor era suficientemente grande como para haber entrado ellos y otras veinte personas más y un carácter, griego para los ojos de los semidioses, una B gigante para los brujos, en el botón más alto del ascensor, les hizo pulsarle, saliendo disparados con demasiada rapidez hasta llegar a su destino que se hizo notar por un ligero ding.
Las puertas se abrieron dando lugar a una gran estancia cubierta en hielo, repleta de figuras heladas demasiado realistas y, al final de la estancia, sobre un trono del helado material que recubría la sala, estaba Bóreas, jugueteando con copos de nieve en una pequeña ventisca formada en su mano.
