Capítulo 10.
Una Tarde de Películas.
..
—Cuando era pequeña, mi padre solía regañarme porque detestaba el cabello largo y siempre me lo cortaba con sus navajas. Hasta la fecha, aún sigo creyendo que es algo molesto, pero ya me acostumbré.
—Yo siempre tuve la mala gracia de comerme los mocos – confesó Edward a Alice
—¿Lo decís en serio? – se asombró la princesita.
—Mi madre creyó que era un mal hábito provocado por la temprana edad – asintió – empezó a preocuparse cuando, al tener catorce años, seguía haciéndolo.
—¿Y ahora?
—Me costó trabajo, pero lo he dejado.
Alice soltó una risita que fue coreada por la de Edward.
—Aww… ¡Qué lindos! – ironizó Bella, escondida detrás de la pared – ¡Hablando de secreciones nasales! ¡A eso sí que se le llama romanticismo!
—¿Es necesario que estemos espiándolos? –quiso saber Rose
—Muy necesario – asintió ella – Obsérvalos. Tú que sabes más sobre estas cosas, dime, ¿Parecen una pareja de enamorados?
—No – contestó la rubia con obviedad – Se ve que se divierten, pero como muy buenos amigos.
—Maldición…
—Bella, ¿Qué piensas hacer? ¿Qué tal si Alice y Edward simplemente no logran verse como una pareja?
—Eso es imposible – discutió – Es obvio que el destino los quiere juntos. Si no, dime, ¿Qué los llevaría a ser hechizados y traídos al mismo lugar? Dice un dicho: Cada oveja a su rebaño. Sólo que me imagino, algunas veces, las ovejas andan algo descarriadas, por lo que hay que guiarlas un poco.
—Y tú serás la pastora.
—Exacto – asintió con firmeza – Ahora, necesito tu ayuda. Llévate a Alice y a Emmett a dar un paseo, necesito quedarme a solas con Edward un par de horas. Estoy segura que él es el problema de que esa relación no avance a un paso seguro.
—Me niego a salir con esa pulga – contestó Rose
—Dile a Jasper que te acompañe. Por favor, Rose. A cambio te compraré el estuche de maquillaje que tanto te gustó como regalo de cumpleaños.
La rubia lo pensó detenidamente un par de segundos. Su estuche de maquillaje con tal de soportar a ese estúpido muchacho por ciento veinte minutos. Una decisión algo complicada…Al final, aceptó. Convencer al resto no fue difícil, una recia llovizna había caído por la tarde y la noche era refrescante y perfecta para caminar un poco.
—¿Porqué no fuimos nosotros también? – preguntó Edward
—Porque moría de ganas por estar a solas contigo – respondió Bella con fluido sarcasmo, sentándose a su lado y subiendo los pies en la mesita de centro.
El muchacho hizo una mueca, ¿Es que acaso esta chiquilla no podía comportarse aunque fuera un segundo? ¡Un solo y mísero segundo, no pedía más! Ya debería de estar acostumbrado a su falta de modales, pero no podía. Y es que todo ella tenía algo que le incitaba a mirarla, a no poder ignorarla…
—¿Qué pasa con Alice? – le preguntaron de repente.
—¿A qué os referís?
—¿Ya sientes algo por ella?
Él no contestó, sabía que su silencio daría la respuesta.
—Genial –bufó la castaña – Sé sincero, ¿Acaso no te gusta Alice?
—Por supuesto que sí – contestó – es una princesa hermosa, pero…
—Pero… – insistió ella.
—No lo sé – se sinceró – No logro verla como mujer.
—¿Qué tipo de mujeres te gustan?
—Este… Delicadas… amorosas… entregadas… – respondió, titubeando. La verdad era que nunca le habían preguntado ni se había planteado algo similar. Sus amores en Voltarie habían nacido espontáneamente. Él sólo se limitaba a recorrer los bosques en búsqueda de acción y aventuras, lo cual lo llevaba siempre a rescatar a una indefensa doncella que se enamoraría de él al instante. Así de simple, sin más contratiempos. ¿Por qué aquí todo era tan complicado?
—¿Y Alice no es todo eso?
—Sí, supongo que sí…
—Supones – recalcó Bella.
—¡Dame tiempo! – exigió él – ¡La acabo de conocer!
—No me vengas con eso – entrecerró los ojos con acusación – ¡Por todo lo santo! ¡Eres un príncipe y ella una princesa! Y no estoy hablando de cualquier príncipe y cualquier princesa, ¡No!, estoy hablando de los posibles antecesores de Romeo y Julieta. El amor debería de surgir entre ustedes al instante. Algo como "Tú miras a Alice, Alice te mira; Tú le sonríes a Alice, Alice te sonríe; Tú te acercas a Alice, Alice se acerca; Las mariposas y pajaritos de colores repentinamente empiezan a agitar sus alitas cerca de ustedes mientras tú extiendes tu mano y Alice la acepta; la besas, te besa y ¡Cabum! Todos enamorados y felices, le pides matrimonio, tienen diez hijos y FIN". No es tan complicado, así es como sucede en las películas. ¿Qué parte es la que no puedes llevar tú a cabo?
—¿Qué son las películas? –preguntó él, un poco mareado por todo el incomprensible sermón recién escuchado. Apenas y con dificultad había logrado entender algo sobre mariposas y pájaros de colores… ¿Eso qué? –Siempre las mencionáis, pero nunca me has explicado qué son.
—Cierto – sonrió Bella ampliamente, pues una grandiosa idea se le había ocurrido – Acompáñame – se puso en pie
—¿A dónde?
—A rentar una película.
..
..
Alice detuvo sus pasos y giró el rostro al escuchar el sonido de las cuerdas de una guitarra no muy a lo lejos.
—¿Qué sucede? –preguntó Jasper, al notar que se había atrasado en la caminata.
—Aquí hay muchos trovadores, ¿no es así?
—Sí –se acercó él – ¿Quieres ir a ver?
—No –negó ella – no parece ser tan bueno como vos.
—Eres demasiado amable.
—Lo siento si fui atrevida – se disculpó la pequeña, a lo que Jasper sonrió.
—No es necesaria tanta formalidad entre nosotros. Puedes hablarme simplemente por mi nombre, al igual que al resto.
—¿En realidad está eso bien?
—Sí –aseguró –¿Debe de ser muy difícil para ti, no? –agregó ante la vacilación claramente manifestada en las delicadas facciones de la muchacha – Este mundo ha de ser muy diferente al que estás acostumbrada.
—Lo es – asintió Alice – pero no es eso lo que realmente me preocupa. Lo que me inquieta es no saber cómo está mi padre.
—Tu padre está bien – trató de alentar –Estoy seguro que confía en ti y sabe que regresarás junto a él dentro de poco.
—Eso espero –susurró ella, no muy convencida pues, a pesar de intentarlo, no lograba sentir por Edward más que un gran cariño y afecto fraternal. Y lo peor, sabía que el sentimiento era compartido. Suspiró por lo bajo, ¿Cómo se suponía iba a nacer el amor entre dos personas que se miran como hermanos?...
—Ya no miro a Rose ni a Emmett por aquí cerca, ¿Seguimos? – La mano de Jasper se acomodó suavemente sobre su cabeza y ella asintió, sintiendo algo que jamás había sentido. Algo extraño, pero al mismo tiempo, agradable. ¿Qué es? se preguntó, mientras ambos comenzaban a caminar lentamente, uno al lado del otro. ¿Qué era aquella sensación de calma que le envolvía cada vez que él estaba cerca?...
..
..
—¡¿Cómo es posible? –gruñó la rubia, frenando a mitad de una plaza atestada de gente – ¡¿Es que acaso no te diste cuenta que Alice y Jasper no venían con nosotros?
—¡¿Porqué siempre tengo que tener yo la culpa de todo lo malo que te pase? – exigió saber Emmett, haciendo lo mismo y encarándola.
—Sabía que era mala idea sacar a pasear al gorila – se apretó el puente de su nariz y suspiró hondo
—¿Qué has dicho?
—¡Argh! – volvió a gruñir, sin poder contenerse – ¡No puedo creer que seas tan insoportable!
—¡Si me permites decirlo, vos no sois la persona más agradable del mundo!
—¡No tolero estar a tu lado ni un segundo más!
—¡Finalmente tenemos algo en común!
A estas alturas, Emmett y Rose habían acercado su rostro a una distancia mínima, con una guerra ahogada de ceños fruncidos que terminó hasta que una fría y cristalina gotita cayó justo en medio de sus narices. Alzaron la mirada al cielo, comprobando que éste había sido tapizado por obscuras nubes, mientras que un poderoso trueno daba inicio a lo que era una imperiosa tormenta que se desató sin anuncio alguno.
—Mi-mi-erda – titiló Rose, abrazándose a sí misma en una estrecha esquina que habían logrado encontrar para refugiarse – Lo q-que me fal-faltaba…
—¿Ves? Eso ganáis por tener tan mal carácter.
—¡Ca-Calla! –exigió ella – Ya suficiente es saber que tengo que estar contigo hasta que este aguacero pase.
—Si tan malo es, tenéis la completa libertad de iros para cuando gustes – ofreció él, con una malvada sonrisa en el rostro.
Rose no contestó. Se limitó a frotarse los brazos con sus manos en un vano intento por brindarse algo de calor. Salir y empaparse con tan fría tormenta, o esperar al lado del Rey de los Idiotas a que ésta culminase. Menudo lío. No quería pescar una gripe, los exámenes estaban próximos y caer enferma en cama era lo menos favorable para su desempeño académico. Pero tampoco quería estar ahí, al lado de esa… de esa cosa. Le miró de reojo, con cierta indignación reprimida al comprobar que él parecía estar muy relajado y concentrado en la tormenta y no mirándola. Rose estaba acostumbrada a que los hombres siempre le miraran, así que, aunque no quisiera admitirlo, le irritaba que Emmett fuera la excepción. Bufó mentalmente y dejó caer su peso en la pierna izquierda, sin dejar de observarlo despectivamente por encima del hombro. Era… tan alto. Quizás el pobre no era idiota porque quería, si no porque dicha "gracia" se debía a una compensación de la naturaleza. Cuerpo grande, cerebro pequeño. No todo en la vida puede ser perfecto. El tipo, había que admitirlo, no era feo. Mirándolo así de cerca podía notar ciertos detalles que hacían de Emmett un hombre atractivo, como lo blanco de su piel contrastando con el obscuro de sus cabellos ondulados. Y sus brazos… esos brazos que se mostraban fuertes y muy masculinos. Si tan sólo fuera diferente, un poco más maduro, quizás (Sólo quizás) podría ver en él a un muchacho normal en lugar del primo hermano de KING-KONG.
—Os vais a quedar ciega de tanto mirarme, Barbie.
Reaccionó con un salto y de inmediato volvió el rostro en dirección contraria. ¿Qué era aquel ardor que cosquilleaba en sus mejillas? Discretamente, pasó sus dedos por éstas y comprobó que estaban cálidas. ¿Habría cogido una fiebre? Naaa, ella no era así de débil. ¿Entonces qué era? El corazón le había empezado a golpear el pecho con desenfreno. Pum, pum, pum... Fiebre, sí, mucha fiebre. Ahora no eran sólo las mejillas que sentía arder, si no toda la cara.
—¡Oh! ¿Qué es lo que mis ojos contemplan en vuestros pómulos? ¿Rubor, acaso?
¡¿Rubor? Se irguió bruscamente ¡No! ¡Imposible! Automáticamente dio un paso al frente, entregándose a la lluvia.
Mojarse, resfriarse, pasar días y noches enteras congestionada por los desagradables fluidos llenos de infección, hincharse el trasero por las inyecciones, coger la gripe española, todo, absolutamente TODO, era mucho mejor que continuar al lado de ese intento fracasado de ser humano.
—¡Oye! ¿Qué hacéis? ¿A dónde vais con esta tormenta?
—¡M- Me largo! –escupió con las manos empuñadas y sus rubios cabellos derritiéndose sobre sus hombros y espalda – ¡No te soporto!
..
..
Llegaron a la entrada del viejo video-club tras chapotear cinco calles bajo la lluvia. Bella cerró el paraguas, ignorando el golpe que Edward recibió en la nariz gracias a ello.
—¡Ey! –se quejó el príncipe.
—¿Ya te he dicho que te quejas más que una nena? –se bajó la capucha de su chamarra sólo para dedicarle una mirada esquiva.
—Yo no tengo la culpa de que vos seas tan violenta –se excusó, mientras le seguía los pasos y se preguntaba a quién, en su sano y racional juicio, se le ocurría salir con semejante aguacero – Y sí, ya me lo habéis dicho hasta el cansancio.
La castaña le ignoró, como siempre, y localizó rápidamente a la encargada del negocio, una pelirroja mujer de edad madura y coloridas vestimentas que se pegaban a su pomposo cuerpo adornado por exuberantes curvas.
—¡Bella! –le reconocieron rápidamente, mientras ella se acercaba – Tenía tiempo que no venías. ¿Buscas algo en especial? Acaban de llegar unas películas de terror que estoy segura te van a gustar.
—No – murmuró incómoda, acomodándose nerviosamente un grueso mechón de cabello detrás de la oreja –Esta vez… no vengo por ese tipo de películas.
—¿Ah, no? – se asombró la mujer, quien de pronto miró más allá de la acongojada muchacha y se centró en el pálido joven que le esperaba unos cuantos metros atrás – ¡Oh!, ya entiendo…
—Necesito… - carraspeó y maldijo interiormente, ¿Por qué le daba tanta vergüenza pedir una película romántica? Si no era más que eso: una estúpida película rosa. Una de esas estúpidas películas rosas que juró jamás ver… – Necesitamos…
—Oh, sí, sí – le interrumpieron – Ya sé lo que necesitan.
—¿De verdad? –le brillaron los ojos.
—¡Claro! – aseguró la señora, regalándole a ambos una sospechosa sonrisa de complicidad, mientras se adentraba entre unos pasillos y regresaba al poco tiempo con una película de portada negra – Toma. Esto es justo lo que necesitan. Algo con mucho amor y pasión.
Pasión. La forma en que la última palabra sonó tuvo algo que le produjo cierto escalofrío, pero lo dejó pasar fácilmente.
—¡Gracias! –sonrió, muy satisfecha por la amabilidad de la encargada. ¡Carajo! ¡Esto sí que era tener suerte! Salió del local con un humor casi refrescante, tanto, que hasta se dio el lujo de pasar a un mini súper y comprar un par de botanas. Mirar ciento veinte y dos minutos de un barato rodaje novelesco sería para ella algo parecido a lo que sentiría un ateo al ser obligado a entrar a una iglesia y rezar. Y había escuchado por ahí decir que "Las penas, con pan, son menos". Si atascarse de palomitas y frituras iba a disipar un poco el mal sabor de boca, que así fuera.
—¿Quieres algo? – ofreció a Edward.
Éste aflojó la mandíbula y parpadeó numerosas veces, ¿Se habrá vuelto loca? Vacilante, tomó un pequeño vaso de helado (cosa que Jasper le había convidado en la mañana y le había encantado) y observó atónito el cómo Bella pagaba en la caja y después chapoteaba entre los charcos de agua al regresar al departamento. ¡Ja! ¿Y decían que la muchachita no era bipolar? Hacía menos de quince minutos casi le arrancaba el pescuezo con el paraguas y ahora hasta se había dignado en invitarle algo de cenar. Genial. ¿Quién la entendía? Nadie, por supuesto. Aunque, debía admitirlo, otra vez estaba presente aquel lejano y nada consciente pensamiento que le incitaba a creer que, cuando sonreía y lo salvaje se le iba un poco, Isabella lucía diferente…
Suspiró y agitó la cabeza. Diferente, "sí cómo no". El poco tiempo que llevaba al lado de esa jovencita había bastado para dejarle muy en claro que ella era una especie rara de ser humano. Una especie rara, pequeña y malvada. Algo así como un frasquito de veneno
—Pues bien – dijo Bella al estar nuevamente en la sala del departamento – Esto es una película –le enseñó el disco que venía dentro de la cajita– En seguida verás de lo que se trata – tomó el control del reproductor de DVD y encendió el televisor –Deberás prestar atención a lo que veas. Esto será como que un video educativo. Si miras algo que te parece lindo, sólo deberás copiar la idea y hacer lo mismo con Alice, ¿entendido?
—Entendido –asintió el príncipe.
—De acuerdo –se puso en pie y fue a la cocina, vertió las palomitas de maíz en un plato hondo y luego se volvió a sentar – Esto será aburrido…
Su dedo sumió con lentitud el botón "ON/OFF"
"¡Aaaaaaay!"
La película comenzó; la pantalla del televisor pasó de color azul a negro; se escuchó un fuerte y jadeante gemido; las imágenes comenzaron a reproducirse; una mujer y un hombre con poca (muy poca) ropa aparecieron; Los ojos de Edward y Bella se desorbitaron hasta casi salirse de sus cuencas, mientras que cosas no aptas para describirse comenzaban a ocurrir; el plato de palomitas cayó al suelo; los gemidos aumentaron y se expandieron entre el mortífero silencio alzado en la pequeña sala.
—¿Esto es lo que tengo que aprender? – susurró Edward, casi haciendo bizcos de tanto asombro. Era algo demasiada confusa la maraña de pensamientos creada por su mente, ya que él se consideraba un experto para demostrar el amor en una cama… pero jamás creyó posible que algunas cosas fueran capaces de ser llevadas a cabo. Y lo peor… esas cosas que, al parecer, tenía que aprender, no se le antojaban dignas de practicar con nadie. Y mucho menos con la pequeña e inocente Alice.
—¡Deja de mirar eso! – gimió Bella, roja y tiesa en su lugar. Mierda, debía de recordar la manera de moverse para poder detener "la película" ¿Dónde estaba el control? por más que tentaba el sofá no lograba encontrarlo. Ante la presión, decidió hacerlo ella misma y se lanzó al reproductor DVD. Los nervios eran tantos que, por más que lo intentaba, no lograba acertar en el botón de "apagado" – ¡Ayúdame!
Entre la multitud de jadeos, gemidos y cientos de extraños sonidos provenientes de una acalorada e impúdica pareja, su súplica estalló con ímpetu entre los sentidos de Edward.
—No os preocupéis, Mi Lady – recitó con voz valiente, mientras desenvainaba su espalda y la blandía contra el viento –¡Yo os salvaré!
Bella palideció. ¿Cómo era que esa maldita espada siempre aparecía en estos momentos? ¿De dónde la sacaba? ¿Y la capa? ¿Cómo cojones había llegado esa capa a sus hombros? ¡Maldición! ¿Eso qué importaba ahora? El filo de esa arma mortal comenzaba a acercarse a la televisión; la única televisión que realmente funcionaba correctamente, y debía hacer algo por impedirlo.
—N-no…no, ¡No! ¡Espera!
¡CRASH!
Demasiado tarde. El aparato ya había sido prácticamente cortado a la mitad y exhalaba su último aliento mediante una densa capa de humo. ¿Lo peor? Que la maldita película seguía reproduciéndose como si nada a través del vidrio desquebrajado.
—Pequeño error de cálculo – justificó Edward, con el verde de sus ojos brillando con enloquecido sadismo mientras aventaba su espada hacia atrás, tomando impulso para otra arremetida más – ¡Pero ahora sí probarás toda mi furia, Ser Maldito!
—¡NOOOO! – bramó Bella, embistiéndolo fuertemente con un cabezazo, actuando más como un toro que como un humano.
Cayeron al suelo, el príncipe con la cara morada por la ausencia de aire en su estómago y la muchacha demasiado mareada por la arremetida que se había visto obligada a hacer. Cielos, pensó, jamás creyó que ese idiota tendría un estómago tan firme. Podía apostar que esto mismo sintió aquella ocasión en la que, siendo una niña, creyó poder derrumbar una pared con un frentazo.
—¿Por…? ¿Por qué hiciste eso? – jadeó Edward
—¡Y todavía preguntas porqué! – se exaltó ella, alzándose con ayuda de ambas manos para mirarle, no dándose cuenta de la posición en la que se encontraba: subida sobre él como si de un jinete y su caballo se tratara – ¡Si no lo hacía, ibas a acabar con la sala entera, pedazo de imbécil!
—Os recuerdo que vos me pediste ayuda – se acercó más para reclamarle, haciendo que Bella entrelazará sus brazos alrededor de su cuello para evitar caerse de espaldas.
—No me refería a esa clase de "actos heroicos" –se defendió la castaña – Y, para colmo, ¡Esa cosa sigue sin apagarse!
Miraron por un segundo la grotesca escena de sexo pintada en la pantalla y luego optaron por olvidarse de ello y del mutuo sonrojo. Esta discusión era, por mucho, más importante.
—No sirves para nada –continuó ella – Te dices ser un jodido príncipe, pero no eres capaz de conquistar a una mujer. ¡Mira lo que tu ineptitud ha provocado!
—¿Ineptitud, decís? Chiquilla malcriada, decís ser una mujer, más no te comportáis como una – Edward contestó, de la misma manera – He conocido a doncellas mucho más jóvenes y con más modales que vos.
—Claro, maldito machista, para ti una mujer no es una dama si no se la vive postrada ante tus pies, ¿verdad?
—Te equivocas – gruñó. ¿Pero qué le pasaba a esta criatura? ¿Es que acaso cada día desconocía más el significado de la palabra "respeto"? En su vida alguien le había hablado así, con esa crudeza en la voz y en la mirada.
La mirada… Su mirada era tan penetrante, indescifrable y diferente, como ella. Directa, sin preámbulos, molesta. Molesta, pero a la vez, agradable. Algo divertida… Le parecía gracioso ver su ceño fruncido y el chocolate de sus ojos destilando parte de su petulante carácter… La tenía cerca, muy cerca, apenas y estaba percatándose de ello. Y olía bien, demasiado bien, a fresas y flores. Inspiró disimuladamente un poco más de su exquisita fragancia, descubriendo también que era mucho más frágil de lo que él creía, pues apenas y lograba sentir su peso. ¿Cómo era que con tan menuda forma fuera capaz de casi matarle a golpes?
Quería más, quería descubrir más de ese monstruo disfrazado de oveja. Había conocido y estado con decenas de mujeres, pero ninguna con una combinación tan compleja e impredecible como ella. Ahora mismo no sabía por qué tanto silencio entre ambos, y no le importaba, se sentía bien estando así, disfrutando de aquel dulce olor que su espeso castaño despedía.
—¡ERES DE LO PEOR, MALDITO SIMIO!
—¡Al menos yo no poseo cara de plástico, BRUJA!
La puerta principal se abrió de un solo golpe. Rose y Emmett olvidaron toda la serie de maldiciones que se venían diciendo por horas al encontrar a Bella en ahorcadillas sobre Edward. Un colosal silencio se produjo entonces, rotó por los interminables y sonoros jadeos que la caliente pareja protagonista del video aventaba sin el más mínimo pudor.
Por la santa y jodida mierda, Bella y Edward se separaron de un salto; pero ya era muy tarde y lo sabían. Rose y Emmett los miraban fijamente, con picardía, con culpa, con diversión, con pena… con todo.
—No es lo que piensan - dijo Bella, con firmeza.
—Claro, jamás es lo que pensamos – sonrió Rose con maldad.
—Estábamos discutiendo – agregó Edward
—Sí, por supuesto – escupió Emmett mientras contenía la risa – Se nota que estaban teniendo una pelea muy acalorada.
—Discutir mientras se ve una película porno es lo de hoy – señaló Rose la desgastada televisión.
—Eso fue una confusión – aclaró Bella – ¿O qué? ¿Pensarás que nosotros rompimos la televisión con una de esas tantas posiciones exóticas que ahora mismo están cruzando por tu cochambrosa cabeza? – Rose guardó silencio, un silencio que Bella supo interpretar muy bien como respuesta – ¡Mierda! – masculló – Estamos con ropa – sabía que era algo estúpido, pero no encontraba otra manera de justificarse – "Esas" cosas no se hacen con ropa, ¿O sí?
—Vale, vale – aceptó Rose – Pero eso no quita que la posición en la que se encontraban era… ¿cómo decirlo?... Comprometedora. ¿Qué hubiera pasado si Alice los encontraba así? No creo que para ella haya sido muy gracioso encontrarte montada sobre su futuro esposo.
—¡Ba! – resopló Emmett – ¡Como si eso no fuera a pasar en un futuro!
—Emmett… - gruñó Edward, queriendo interrumpirlo, pero Bella fue rápida y le cubrió la boca con una mano.
—¿A qué te refieres con eso, gorila? – quiso saber Rose
—Pues a qué más – fue Bella la que contestó, siseando – Seguramente este hombre es un mujeriego y hasta la fecha nos ha hecho creer que es la perfecta imitación de un querubín con sonrojadas mejillitas y trasero paradito.
—N-no – titubeó Emmett (aunque casi no había entendido nada de lo dicho) al notar que había metido la pata – No me refería a eso…
—Buen intento, pero ya es tarde para querer decir lo contrario y defender a este engendro que tienes por primo – dijo Bella, mientras se ponía en pie y arrastraba a Edward a su habitación.
Emmett y Rose quedaron solos en la sala, observando pasmados cómo el otro par desaparecía tétricamente en la obscuridad.
—¿Qué crees que le haga? –se temió Emmett
—Lo torturará…
"Has sido un chico malo, ¿No es así?"
"Sí, castígame, ¡Castígame!"
Emmett viajó la mirada al televisor y observó a la exuberante mujer que golpeaba a su pareja con un látigo.
—¿En serio? – sintió náuseas y lástima por su primo.
—No de esa manera – Rose blanqueó los ojos y se acercó al reproductor DVD – ¿Cómo es que hicieron todo esto en menos de una hora? – se preguntó – En realidad son un desastre…
Intentó extraer la película, pero no pudo. Al parecer, ésta se había atorado.
—Maravilloso. ¿Y ahora qué?
Como respuesta a sus quejas, Jasper y Alice aparecieron de repente, quedando, al igual que ellos hacía pocos minutos, petrificados en la entrada, mientras la pareja sadomasoquista se descaraba más y más con cada escena.
—¡Alice, no mires! – reaccionó Jasper y le cubrió los ojos a la sonrojada princesita. De haber podido, hubiera hecho lo mismo con sus oídos.
—Bienvenidos – saludó Rose con ironía
—¿Se puede saber qué pasa aquí? – exigió saber Jasper, mostrándose un tanto alterado.
"¡Aaay!" "¡Uhhh!" "¡Siii!"
—Alice, ¡no escuches, por favor!
—Trataré de no hacerlo, joven Jasper…
—Vamos, Jazz, no es para tanto– interceptó la rubia – Es sólo una película porno que no muestra nada que todos aquí no sepamos se hace… ¿O sí? –Parpadeó y miró a Alice – Oye, no me dirás que tú… eres… virgen.
—¿Virgen? –se confundió la pequeña, aún con la visión obstruida por el par de manos que, repentinamente, se habían tornado un poco más frías y algo temblorosas
—¿Cuántos años tienes, Alice? – inquirió Rose
—Diecisiete…
—Entonces, supongo que tú ya lo has "hecho" con alguien, ¿no?
—¿Hecho qué?
—No lo puedo creer – musitó la rubia, atónita del asombro — ¿Pues qué usaban ustedes en la Edad Media para controlar a las hormonas?
—¡Calzones de Castidad! – apareció Bella de repente.
—¿Cómo? – voltearon todos en su dirección, mientras ella repasaba desesperadamente cada sección de una agenda local, se detenía en una página y marcaba sin vacilación un desconocido e intrigante número telefónico.
—¿Sí? Buenas noches, ¿Hablo a la SexShop "Loli-Loli"?... Quería hacer un encargo… Sí, un calzón de castidad para un hombre… Sí, calzón de castidad... para UN HOMBRE…
..
Ya estoy de vacaciones! Siento mucho la espera, pero por ahora estoy felizmente aislada del mundo de la tecnología y nada más he pedido prestada una compu para actualizar y no dejarlas tan abandonadas. Espero les haya gustado este capítulo ^^
En fin, me voy, se cuidan y un saludo grande.
atte
Anju
